Las vejez de las gemelas de el resplandor, cuento de Espido Freire

Ahora salimos menos: cuando no es la una, es la otra la que siente una irrefrenable pereza. Remoloneamos antes de levantarnos de la cama, nos vestimos con calma, nos acercamos una y otra vez al espejo para comprobar si nuestros calcetines están bien subidos (los ocho: los nuestros y los del reflejo), las faldas de nuestros vestidos almidonadas y opulentas, y luego nos sentamos de nuevo, agotadas ya sin ni siquiera acercarnos a la puerta.

Crea un sitio web o blog en WordPress.com

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: