La divina comedia – Canto trigesimotercero

Infierno, Canto trigesimotercero

Del fiero pasto levantó la boca
aquel pecador, limpiándola en los pelos
de la cabeza, que por detrás roía.

Luego comenzó: “Tú quieres que renueve
desesperado dolor que el corazón me oprime
de sólo pensar, antes de que hable.

“Pero si mis palabras serán simiente
que fructifique en infamia de este traidor,
hablar y lagrimear me verás juntamente.

“Yo no sé quién eres tú, ni de qué modo
has venido aquí abajo; pero florentino
me pareces realmente cuando te oigo.

“Debes de saber que fui el conde Ugolino, *
y este es el arzobispo Ruggieri:
y ahora te diré por qué soy tal vecino.

“Que por efecto de su mal pensamiento,
fiándome de él, yo fui apresado
y luego muerto, decir no es menester;

“pero aquello que puedes no haber sabido,
esto es, cómo fue cruel la muerte mía,
oirás; y sabrás si me ha ofendido.

“Una breve abertura dentro de la Muda,
la que por mí tiene el título del hambre,
y en la que encerrar a otros convendría,

“me había mostrado por su agujero
muchas lunas ya, cuando tuve el mal sueño
que me descorrió el velo del futuro.

“Éste se aparecía como maestro y dueño,
cazando lobo y lobeznos en el monte
por el que no pueden ver a Luca los pisanos.

“Con perras magras, entrenadas y bramantes,
Gualandi con Sismondi y con Lanfranchi
se me habían apostado enfrente.

“En corto trecho me parecieron cansados
el padre y los hijos, y agudos colmillos
me parecía ver morder los flancos.

“Cuando vi de esto, antes del alba,
llorar sentí entre sueños a mis hijos,
que estaban conmigo, y pedir el pan.

“Cruel debes de ser, si ya no te dueles
pensando lo que anunciaba el corazón,
y si no lloras, ¿de qué sueles llorar?

“Ya estaban despiertos, y llegaba
la hora en que nos daban la comida
y por el sueño cada uno dudaba;

yo sentí clavar le entrada de abajo
a la horrible torre; por lo que miré
en el rostro a mis hijos, sin un gesto.

“Yo no lloraba, me hice de piedra:
lloraban ellos; y mi Anselmito dijo:
‘¡Cómo miras, padre! ¿Qué pasa?’

“Pero no lloré ni respondí yo
en todo el día y la noche siguiente,
hasta que otro sol salió en el mundo.

“Cuando un pequeño rayo entró
en la dolorosa cárcel y pude ver
en cuatro rostros mi propio aspecto,

“me mordí por el dolor las manos;
y ellos, pensando que lo hacía por ganas
de comer, súbito se levantaron

“y dijeron: ‘Muchos menos nos dolería
si comieses de nosotros: tú nos vestiste
de esta mísera carne, y tú nos despojas.’

“Me calmé por no ponerlos más tristes;
el día y otros estuvimos todos mudos:
ah dura tierra, ¿por qué no te abriste?

“Cuando fuimos al cuarto día llegados,
Gaddo se me tiró extendido a los pies,
diciendo: ‘Padre, ¿por qué no me ayudas?’

“Allí aquél murió; y tal como me ves,
vi caer a los otros tres, uno por uno,
del quinto al sexto día; y me entregué,

“ciego, a andar a tientas sobre cada uno,
y durante dos días los llamé, muertos;
después, más que el dolor, pudo el ayuno.”

Cuando hubo dicho esto, con los ojos torvos,
retomó el cráneo miserable, y los dientes
fueron duros al hueso, como los de un perro.

¡Ah Pisa, vituperio de las gentes
del bello país donde el sí suena,
pues tus vecinos tardan en punirte,

que se muevan la Capraia y la Gorgona
y hagan cercos al Arno en su salida,
tal que anegue en ti a toda persona!

Que si del conde Ugolino había voces
de que había traicionado en tus castillos,
a sus hijos no debiste poner en esas cruces.

La edad joven los convertía en inocentes,
oh nueva Tebas, a Uguiccione, al Brigata,
y a los otros dos que el canto nombra.

Pasamos más allá, donde la helada
rudamente a otra gente la ceñía,
no boca abajo, sino al revés, boca arriba.

El mismo llanto allí llorar no deja,
y el dolor que encuentra obstáculo en los ojos,
se vuelve adentro y la ansiedad aumenta;

pues las lágrimas primero se reúnen,
y tal como viseras de cristal,
llenan bajo las cejas todo el hueco.

Y ocurrió que, aunque encallecido
por la frialdad, todo sentimiento
había cesado en mi mirada,

me pareció que sentía un viento;
y dije yo: “Maestro, ¿qué se mueve?
¿No está aquí extinguido el vapor?”

Y él respondió: “Pronto estarás donde
de eso te darán los ojos la respuesta,
al ver la razón que mueve aliento.”

Y uno de los tristes de la fría costra
nos gritó: “Oh, ustedes, almas crueles
a las que fue dado el último lugar,

“levántenme del rostro los duros velos,
tal que desfogue el dolor que el alma impregna
antes que de nuevo el llanto se congele.”

Por lo que yo a él: “Si quieres que te asista,
dime quién eres, y si yo no te libero,
me condenen a ir al fondo de la helada.”

Respondió pues: “Yo soy el frate Alberigo; **
soy aquel de las frutas del mal huerto,
que aquí cambio el dátil por el higo.”

“¡Oh!”, le dije , “¿entonces ya estás muerto?”
Y él a mí: “De cómo mi cuerpo está arriba,
en el mundo, ninguna ciencia tengo.

“Tal la ventaja que tiene esta Tolomea,
que muchas veces el alma aquí cae
antes de que Atropos mueva la mano.

“Y para que con más voluntad me afeites
las envidriadas lágrimas del rostro,
sabe que tan pronto el ánima traiciona

“como hice yo, el cuerpo le es quitado
por un demonio, que luego lo gobierna,
mientras que todo su tiempo sea vuelto.

“El alma rueda en cisterna semejante;
y tal vez aparece aún el cuerpo arriba
de la sombra que aquí detrás inverna.

“Tú debes saber, si acabas de llegar:
él es el señor Branca D’Oria, y años
transcurrieron desde que fue encerrado.”

“Yo creo”, le dije, “que me engañas;
porque Branca D’Oria no murió aún,
y come y bebe y duerme y viste paños.”

“En el foso”, dijo él, “del Malebranche,
allá donde bulle el tenaz aceite,
no era llegado aún Miguel Zanche,

“cuando D’Oria dejó al diablo lugar,
en su cuerpo, y también ese pariente,
que el cuadro de la traición hizo con él.

“Pero tiende de una vez aquí la mano;
ábreme los ojos.” No se los quise abrir;
y fue una cortesía el ser con él villano.

Ay, genoveses, hombres diversos
de todo hábito, llenos de toda lacra,
¿por qué no son del mundo dispersados?

Que, con el peor espíritu de Romaña,
hallé de ustedes un tal que, por su obra,
en el Cocito su ánima se baña,
y en un cuerpo parece viva arriba.

NOTAS:

* Ugolino della Gherardesca fue un poderoso en Pisa. Entregó algunos castillos a los güelfos de Florencia en 1284. El gibelino arzobispo Ruggieri degli Ubaldini alzó al pueblo contra él y logró que fuera encerrado en la torre de los Gualdani, llamada la de la Muda, pues se guardaban allí los halcones en espera del cambio de plumas. Ugolino fue apresado con dos de sus hijos y dos nietos, que fueron, como él, condenados a morir de hambre. En el sueño que imagina Dante, Ugolino ve al arzobispo a la caza de los lobos, que son los güelfos. Esto se deduce de que así se solía llamar a los líderes del partido, en recuerdo del origen del nombre: la casa germana de los Wolf (lobo) enfrentada a la de los Geberling por el cetro imperial, en 1120. El papado terminó tomando el lado de los lobos, pero en este sueño matutino de Ugolino (los sueños de la mañana son los que se cumplen), un dignatario de la Iglesia defiende la causa gibelina, lo que no fue la única excepción. Ugolino se ve debilitarse con sus hijos, frente a tres representantes de familias gibelinas de Pisa, de donde en el sueño está a la vez el pasado y lo que vendrá. La bestialidad de Ruggieri era poco común en la violenta Italia del duecento: podía condenarse a los enemigos a los peores castigos, pero no a sus mujeres ni a sus hijos. Esta carnal venganza de la divinidad contra el arzobispo en la parte helada del infierno es de las más recordadas de la obra dantesca, así como el dramático relato del conde. En los versos con los que concluye la escena, Dante maldice a Pisa con un odio desacostumbrado; ruega que las islas del Arno formen diques y el río ahogue a todos los habitantes de la “nueva Tebas”, invocación de la más violenta y trágica de las ciudades en la mitología griega

** El frate Alberigo degli Alberghetto fue güelfo. Ofendido por un pariente, fingió perdonarlo y lo invitó a cenar junto con su padre. A la señal de que sirvieran la fruta, entraron sicarios y descuartizaron a los invitados. El frate señala la entrada al recinto tercero del Noveno Círculo, el de Ptolomeo, tal vez en memoria del rey egipcio que fingió albergar a Pompeyo, quien huía del César, y lo mató. Aquí se castiga a los que fueron traidores a sus huéspedes. El frate da lugar a una interesante lección sobre la posesión diabólica: cuando ésta acaece, el alma humana baja al infierno, en tanto el diablo permanece en el cuerpo del pecador, hasta que la parca Atropos “mueva los dedos” para cortar el hilo. Dante lo juzga un engaño, pero escucha la explicación del siniestro frate, ejemplificada en la historia del genovés D’ Oria, quien mató a su suegro Zanche, también al término de un banquete. Dante, como personaje, no abre opinión sobre las palabras del frate; porque es opinión del autor Dante que de tal modo se mete el demonio en el cuerpo de los vivos, de manera que los humanos pueden vivir rodeados de demonios con rostros familiares, como lo dice el último verso del Canto.

La búsqueda de lo imposible

Espero que los lectores de este blog encuentren herramientas y formas útiles de pensar el oficio del escritor, mientras conocen la historia de un escritor que como tantos otros busca lo imposible. Básicamente de eso se trata este espacio; reflexionar sobre la escritura y su proceso creativo. Incursionar en distintas lecturas, ofrecer una variedad de textos que nos atrapen y enseñen otras formas de leer.

El gran Kellar

El gran mago Kellar.

El sitio de Pidotiempo está dividido en dos categorías; BlogTaller. En el blog se trabaja sobre algunos conceptos de la narrativa y la poética. El mercado y los distintos fenómenos a los que se ve expuesto un escritor indie en la actualidad. Se da prioridad a la sinceridad respetuosa, conocida también como ironía, que a menudo desembarca en la risa. Las preguntas y la conversación con los lectores y otros blogs es necesaria, enriquece, por lo que siempre se alienta a usar los comentarios. En ocasiones pueden aparecer reseñas y críticas a libros, series o películas, pero siempre la atención está enfocada en cómo funciona el texto, es decir, cómo está escrito.

Algunos de los temas que se desarrollan son el hábito de escribir, la pasión, las ideas, la frustración, la hoja en blanco, la estructura, el conflicto, el arco dramático, los personajes, el diálogo, la investigación, los borradores, los finales, la edición, los concursos, etc. La búsqueda es ser exhaustivos con los temas en cuestión pero al final del día siempre depende del que tiene el lápiz en la mano, o los dedos en el teclado, es decir, del escritor. Al final enseñar a escribir es una utopía, una encantadora utopía.

En la pestaña de Taller van a encontrar cuentos, poemas, ensayos, novelas y demás contenidos de diversos autores consagrados para leer y disfrutar. Esa sección se utiliza principalmente para subir el material que los alumnos del taller de escritura necesitan estudiar. El taller de escritura funciona de manera personalizada y es abierto a todos los niveles, podes leer más sobre el mismo clickeando acá. El arancel que se cobra por el taller cubre la asistencia personalizada y la corrección de los textos entregados por el alumno.

Un último dato antes de cerrar. Habitualmente las publicaciones en la sección Blog ocurren los jueves. Mientras que las entradas en Taller son azarosas y pueden ocurrir cualquier día.

Bienvenido a pidotiempo. No voy a extorcionarte para que pongas seguir este sitio, me resulta horrible cuando alguien obliga a sus lectores a hacer algo. Pierde la magia de la autenticidad. Es mucho mejor que nazca de uno mismo. Salvo cuando no nace -.-

 

La divina comedia – Canto trigesimosegundo

Infierno, Canto trigesimosegundo

Si yo tuviese las rimas ásperas y roncas,
como convendría al triste buco
al que apuntan todas las otras rocas,

yo exprimiría de mi concepto el jugo
más plenamente, pero como no las tengo,
no sin temor a hablar yo me encamino;

que no es empresa de tomar a burla
describir el fondo de todo el universo,
ni de lengua que babea “mamá” y “papá”;

pero aquellas mujeres ayuden a mi verso,
que a Anfión ayudaron a cerrar a Tebas, *
tal que del hecho el decir no sea diverso.

¡Oh más que todas mal creada plebe,
que está en el lugar del que hablar es duro,
mejor hubiesen sido aquí cabras y ovejas!

Cuando llegamos al pozo oscuro,
de los pies del gigante mucho más abajo,
y todavía yo miraba el alto muro,

me dije a mí mismo: “Cuidado al pasar:
camina de modo que no patees las cabezas
de los míseros hermanos desdichados.”

Por lo que me volví, y vi delante
y bajo los pies un lago que por el hielo
tenía apariencia de vidrio y no de agua.

No hizo a su paso tan grueso velo
de invierno el Danubio en Austria,
ni el Tanáis allá, bajo el frío cielo,

como era aquí; si el Tambernic
le hubiese caído encima, o el Pietrapana,
no habría logrado a la orilla hacer crujir.

Y como a croar se pone la rana
con el hocico fuera del agua, cuando sueña
solamente en espigar la aldeana;

lívidas, hasta donde aparece la vergüenza,
estaban las sombras dolientes en la escarcha,
batiendo los dientes a modo de cigüeñas.

Hacia abajo inclinaban el rostro:
del frío, la boca, y del triste corazón,
los ojos, rendían testimonio.

Cuando hube alrededor un poco visto,
volvíme a los pies y vi a dos tan juntos
que el pelo de la cabeza habían mezclado.

“Digan ustedes, apretados por el pecho”,
dije yo, “¿quiénes son?” Torcieron el cuello,
y luego que hubieron la vista a mí elevado,

sus ojos, que eran antes blandos,
gotearon sobre los labios, y coaguló el hielo
las lágrimas entre aquellos, cerrándolos.

Leño con leño, grampa jamás ciñó
tan fuerte; y como dos carneros
se toparon, tanta fue su rabia.

Y uno que había perdido las orejas
por el frío, siempre mirando para abajo,
dijo: “¿Por qué así nos examinas?

“Si quieres saber quiénes son estos,
el valle donde el Bisenzo declina
de su padre Alberto fue, y de ellos. **

“De un cuerpo vienen; y en toda la Caína
podrás buscar, y no encontrarás sombra
más digna de ser puesta en esta helada;

“no aquel a quien rompió el pecho y con él

la sombra, un golpe de la mano de Arturo; ***
no Focaccia; no este que tanto me tapa

“con la cabeza, que no veo más allá,
y se llamó Sassol Mascheroni:
si eres tosco, bien sabrás ya quién fue.

“Y para que no me metas en sermones,
sabe que fui el Comicion dei Pazzi,
y a Carlino espero, que me excusa.”

Después vi mil rostros amoratados
por el frío, por lo que me estremecen,
y lo harán siempre, los helados charcos.

Y mientras íbamos hacia el centro
en el que toda gravedad se suma,
y yo temblaba en el oscuro frío,

si lo quiso el destino o la fortuna
no lo sé, pero pasando entre las cabezas,
fuerte el pie golpeó el rostro de una.

Llorando me gritó: “¿Por qué me pisas?;
si no vienes a engrosar la venganza
de Monteaperto, ¿por qué fastidias?”

Y yo: “Maestro, ahora espérame,
hasta que me saque éste de una duda;
luego, cuanto quieras me darás prisa.

El duca se paró y yo le dije a aquel
que blasfemeaba duramente aún:
“¿Quién eres, que así a otros imprecas?”

“Tú quién eres, que va por la Antenora ****
golpeando”, repuso, “la mejilla a los demás,
tanto que, si vivieras, sería demasiado.”

“Vivo soy, y grato puedo serte”,
fue mi respuesta, “si demandas fama,
con poner tu nombre entre mis notas.”

Y él a mí: “Por lo contrario bramo;
¡vete de aquí y no me fastidies más,
que mal sabes alabar en este lodo!”

Entonces lo tomé por los pelos de la nuca,
y dije: “¡Más conviene que te nombres,
o no te quedará sobre ésta ni un cabello”!

De donde él a mí: “Aunque me deshojes,
no te diré quién soy, ni te lo mostraré
aunque mil veces la cabeza me sacudas.”

Yo tenía sus cabellos envueltos en la mano
y le había arrancado más de un mechón,
mientras él ladraba con los ojos hacia abajo,

cuando otro gritó: “¿Qué te pasa, Bocca? *****
¿No te basta atronar con las mandíbulas
sin ladrar? ¿Qué diablo ahora te toca?”

“Ya”, dije yo, “no quiero tus palabras,
malvado traidor; que para tu vergüenza
llevaré de ti noticia verdadera.”

“Vete”, repuso, “cuenta lo que quieras;
pero no calles, si sales de aquí adentro,
sobre este, que tuvo rápida la lengua.

“El llora aquí de los franceses el dinero:
‘yo vi’, podrás decir, ‘a aquel de Duera,
allá donde están al fresco los que pecan.’

“Si te preguntan quiénes más estaban,
tienes al lado a aquel de Beccheria
al que le cortó Florencia la garganta.

“Gianni de’ Soldanier creo que está,
más allá, con Ganelón y Tebaldello,
que abrió a Faenza cuando dormía.”

Habíamos partido ya de ellos,
cuando vi dos congelados en un hueco,
tal que una cabeza de la otra era sombrero;

y como el pan por hambre se manduca,
el de arriba le ponía al otro el diente,
allí donde el cerebro se une con la nuca.

No de otro modo Tideo le roía ******
las sienes a Menalipo por desprecio,
como aquél el cráneo y las otras cosas.

“Oh tú que muestras de tan brutal manera
el odio hacia éste que te comes,
dime el porqué”, dije yo, “y convengo

“que si tú con razón de él te quejas,
sabiendo quién eres y tu pecado,
en el mundo de arriba te compenso
si esta con la que hablo no se seca.”


NOTAS:


* El músico que con el poder de su lira acercó las piedras a su hermano Zeto para que construyera el muro de Tebas. Dante invoca a las musas que lo inspiraron

** Caína es la primera zona de la región central del Infierno en la que entran los poetas: están allí los traidores a su sangre – Cf. Canto Quinto: Caina attende: “la Caína espera” al asesino de Paolo y Francesca, pues era el hermano de Paolo

** Los hijos del señor del valle entre Florencia y Luca, Alberto degli Alberti. Napoléon y Alejandro -con tales nombres- disputaron entre ellos, aunque eran herederos de la misma riqueza y se mataron entre sí, en 1286. Además uno era güelfo y el otro gibelino

*** En la saga artúrica, Mordrec emboscó a su padre, Arturo,y éste le hizo pasar un rayo de luz a través del pecho, de un lanzazo. Se mencionan a continuación otros crímenes parentales: Vanni dei Cancellieri, llamado Focaccia (hogaza), le cortó la mano a un primo y mató a otro; Sassolo Mascheroni, de Florencia, mató a un primo que era su tutor para quedarse con la herencia; Comicion dei Pazzi, de Valdarno, espera a Carlino dei Pazzi, de quien insinúa que cometió un crimen más grande, pues excusa el propio

**** Antenora se llama la segunda zona de este Noveno Círculo, por Antenor, quien quiere la tradición que traicionó a los troyanos cuando abrió la puerta al famoso caballo de madera

***** Este Bocca, Bocca degli Abati, fue el que precipitó la derrota de los güelfos en Monteaperto, ya mencionada, y de la que la sangre de Alighieri no se olvida. Bocca fue traidor a su partido: militó con los gibelinos en la batalla y aun más: cortó la mano del portaestandarte güelfo, lo que decidió a los del partido del aún no nacido Dante a abandonar el campo en el que llevaban la peor parte. Esto explicaría la insólita violencia de Dante, quien ha dialogado respetuosa, aunque duramente, con el líder gibelino en aquel combate, Farinata degli Uberti, en el Canto Décimo. Bocca larga la lengua y menciona a todos los traidores que lo rodean, entre ellos al cardenal Don Tesauro da Beccheria, de Pavía, al que los güelfos de Florencia le cortaron la cabeza en 1258, bajo el cargo de urdir traición con los gibelinos, cuando éstos fueron arrojados de la ciudad. Hay testimonio de su inocencia, y también de su culpabilidad. Dante cree esto último. Gianni de’ Soldanier traicionó a los gibelinos: está junto a Ganelón, un traidor mítico: el que entregó a Roldán a los sarracenos, y junto a Tebaldello de’ Zambriasi, quien le abrió a los boloñenes las puertas de Faenza, en 1280. En esta parte del relato se hace patente la prescindencia de Virgilio de cuanto sucede, pues no dice palabra en todo el Canto

****** Otro héroe violento de los que asaltaron a Tebas. Bebió los sesos de su enemigo Melanipo

La divina comedia – Canto trigesimoprimero

Infierno, Canto trigesimoprimero

Una misma lengua primero me mordió,
tanto que me tiño una y otra mejilla,
y después la medicina me repuso.

Así escuché que solía la lanza
de Aquiles y de su padre ser ocasión
de tristeza, luego de buena ayuda.

Dimos la espalda al miserable valle,
sobre la orilla que lo ciñe en torno,
atravesando sin decir palabra.

Era menos que de día y menos que de noche,
tal que la mirada adelantaba poco,
pero sentí sonar un alto cuerno,

tanto que habría parecido flojo el trueno,
y que, en sentido contrario andando,
enderezó mis ojos directamente a un punto.

Luego de la dolorosa derrota, cuando
Carlomagno perdió la santa gesta, *
no lo tocó tan terriblemente Orlando.

A poco que di vuelta la cabeza,
me pareció ver muchas altas torres;
yo dije: “Maestro, di, ¿qué tierra es esta?

Y él a mí: “Como tú recorres
las tinieblas desde hace tiempo,
la imaginación puede confundirte.”

“Tú verás bien, si allá te acercas,
cuánto se engaña de lejos el sentido;
por esto, mejor es que te apures.”

Luego con cariño me tomó la mano,
y dijo: “Antes que más adelantemos,
para que el hecho no te parezca raro,

“sabe que no son torres, sino gigantes, **
y están en el pozo en torno de la orilla
hasta el ombligo metidos todos ellos.”

Como cuando la niebla se disipa,
y la mirada poco a poco refigura
aquello que cela el vapor cerrado,

así a través del aura gruesa y oscura,
más y más avanzando por la orilla,
huía el error y me crecía la pavura;

porque, así como sobre su cerca redonda
Montereggione de torres se corona,
así en el borde que el pozo circunda

torreaban con la mitad de su persona
los horribles gigantes, como amenaza
Júpiter desde el cielo cuando truena.

Yo distinguía ya de alguno la cara,
el dorso, el pecho y gran parte del vientre,
y por las costillas abajo ambos brazos.

Naturaleza, cuando dejó el arte
de hacer esos animales, hizo bien
en quitar a Marte tales ayudantes.

Y si de ballenas y de elefantes
no se arrepiente, quien mira sutilmente
la tendrá por más justa y más discreta;

porque si el argumento de la mente
se une a la fuerza y al mal querer,
ningún reparo podría tener la gente.

Su cara me pareció larga y ancha
como la piña de San Pedro en Roma,
y de tal proporción los otros huesos;

y eran tales, que la riba ocultaba
del medio abajo, pero mostraba tanto
de arriba, que de alcanzar la cabellera

tres frisones se habrían mal jactado;
porque yo le veía treinta grandes palmos
desde abajo, hasta donde se prende el manto.

“Raphèl may amèch zabí almi”,
comenzó a gritar la fiera boca,
a la que no se avendrían dulces salmos.

Y mi duca hacia él: “¡Alma tonta,
átente al cuerno, y con él desfoga,
la ira y cuanta pasión te toca!

“Busca en tu cuello y encontrarás la soga
que te tiene atado, oh alma confusa,
y mira cómo el gran pecho te atraviesa.”

Luego me dijo a mí: “El mismo se acusa;
este es Nemrod, por cuya mala idea
un solo lenguaje en el mundo no se usa.

“Dejémoslo estar y no hablemos en vano;
porque así es, para él, todo lenguaje:
como el suyo para otros, no se entiende.”

Hicimos entonces un viaje más largo,
por la izquierda; y a tiro de ballesta,
encontramos otro, aún más grande y fiero.

Para atarlo así, quién fue el maestro
no sé decir, pero tenía ceñido
delante el otro, atrás el brazo diestro

con una cadena que lo sujetaba
bajo el cuello, tanto que en lo descubierto
se le enroscaba hasta cinco veces.

“Este soberbio quiso ser experto
en su potencia contra el sumo Júpiter”,
dijo mi duca, “y por eso mereció esto.

“Efialto es su nombre; se puso a prueba
cuando los gigantes asustaron a los dioses:
los brazos que movió, ya no los mueve.”

Y yo a él: “Si se puede, yo querría
que del desmesurado Briareo
mis ojos tuvieran la experiencia.”

Y él a mí: “Tú verás a Anteo
cerca de aquí, que habla y está suelto,
y nos pondrá en el fondo del infierno.

“El que tú quieres ver está muy lejos,
ligado del mismo modo que estos,
salvo que tiene el rostro más feroz.”

No hubo terremoto tan robusto
que una torre tan fuerte sacudiese,
como Efialte se sacudió, presto.

Más que nunca yo temí la muerte,
y hubiese bastado sólo la pavura,
si yo no hubiese visto las cadenas.

Proseguimos adelante entonces,
y llegamos a Anteo, que cinco alas,
sin la cabeza, sobresalía de la gruta.

“Oh tú, que en el afortunado valle,
donde Escipión se llenó de gloria
cuando Aníbal le volvió la espalda,

“levantaste mil leones por presa,
y si hubieses estado en la alta guerra
de tus hermanos, aún se piensa

“que habrían vencido los hijos de la tierra;
bájanos, sin que te pongas feo,
adonde el Cocito el gran frío encierra.

“No nos llevarás a Ticio ni a Tifón:
éste te puede dar lo que deseas;
pero inclínate, y no tuerzas el hocico.

“Todavía puede darte en el mundo fama;
que éste vive, y larga vida aún lo espera,
si antes de tiempo la Gracia no lo llama.”

Así dijo el maestro, y el otro aprisa
tendió la mano y tomó a mi duca
con la que dio a Hércules la apretada.

Virgilio, cuando se sintió aferrado,
me dijo: “Ven aquí, para que te tome”;
luego hizo un haz que nos unió.

Como parece, al mirar la Garisenda ***
bajo lo inclinado, si una nube pasa,
que aquella a su encuentro vuela,

tal me pareció Anteo a mí, que estaba
viendo cómo se inclinaba, y en tal hora
hubiese querido caminar por otra senda.

Pero levemente en el fondo que devora
a Lucifer junto con Judas nos posó;
y lo hizo así, inclinado, sin demora,
y como el árbol de una nave se elevó.

NOTAS:

* Evoca la famosa batalla narrada en la Canción de Rolando, cuando éste cubría la retirada de Carlomagno desde España, en 778. En el desfiladero de Ronscevalles, Rolando resistió, sin tocar el cuerno con el que podía pedir ayuda a su ejército, hasta el final, por lo que aquel postrer llamado volvió de la historia al mito

** Gigantes: los hijos de Gea, la Tierra, nacidos de la sangre de Urano, tenían por misión rescatar a los titanes, que Zeus había encerrado en la Tartaria, de acuerdo con la cosmogonía griega. Combatieron valientemente contra los dioses en Flegras. Heracles estaba del lado de los dioses. Ahora bien, a medida que los nombra, Dante detalla sus medidas: palmos y “alas”, incluyendo que ni los altos frisones nórdicos podrían llegar hasta el pelo de los gigantes, subiéndose tres de ellos uno sobre otro. La tradición pagana y la cristiana se entrelazan, puesto que el primero que aparece es un gigante bíblico, Nemrod, de quien el Génesis dice que solía atronar con su cuerno. Es éste, quien estuvo en la construcción de la torre de Babel, el que pronuncia palabras ininteligibles, como lo ha hecho Plutón en el Canto Séptimo. Tales palabras, por esfuerzos que se hagan, no tienen significado. O mejor dicho, significan la improbable lengua de lenguas que puede pronunciar el gigante sin que lo entiendan, y sin que él entienda las otras. Dante ha jugado con resonancias que pueden fingir lenguas muy arcaicas; lenguas, tal vez, mágicas. Si uno quisiese pasarse de sagaz o analítico, podría encontrar en este y otros pasajes de la Comedia indicios de un pensamiento dantesco sobre la lengua y su relación con el Estado. De hecho, está escribiendo en toscano, mira con cierto desdén al lombardo, rinde escasos tributos al latín, la lengua culta de su tiempo, y parece inlinarse a que una nación, como él concebía a la Italia futura, es una lengua. Todos los gigantes que se nombran luego son paganos, entre ellos Ticeo y Tifón. Anteo es el único que no luchó contra Zeus y por eso está suelto (aquí, el Dios cristiano concede a un reo al atenuante que debió dar el dios griego). Heracles lo venció en el desierto de Libia (en el que combatió luego Escipión contra Aníbal), donde Anteo vivía alimentándose de leones. Heracles logró lo único que podía vencerlo: que sus pies no tocasen la tierra, es decir a Gea, su madre. Lo tuvo en alto, hasta que perdió el aliento materno

*** Una de las dos torres inclinadas de Bolonia.

La divina comedia – Canto trigésimo

Infierno, Canto trigésimo

En tiempos en que Juno estaba enojada *
por Semele contra la sangre tebana,
como demostró una y otra vez,

Atamante se volvió tan loco,
que viendo a la mujer con dos hijos,
cargando a uno en cada brazo,

gritó: “Tiendan la red para que atrape
a la leona y a los leoncitos a su paso”;
y extendió luego las despiadadas garras

tomando a uno que se llamaba Learco,
y lo revoleó y lo estrelló contra una roca,
y la madre se ahogó con el otro que cargaba.

Y cuando se volvió en contra la fortuna
de la soberbia de los troyanos tan ardida,
junto con el reino, el rey se vino abajo.

Hécuba triste, misera y cautiva,
luego que vio muerta a Polixena,
y de su Polidoro en la ribera

del mar hizo el doloroso hallazgo,
enloquecida ladró, igual que un perro;
tanto el dolor le trastornó la mente.

Pero furias de Tebas ni de troyanos
se conocieron jamás en trance tan crudo,
no de golpear bestias, sino miembros humanos,

cuanto dos sombras pálidas y desnudas
que vi correr mordiendo de igual modo
que el puerco cuando escapa del chiquero.

Una alcanzó a Capocchio, y en el nudo
del cuello lo mordió, tal que tirando
le hizo limar con el vientre el suelo duro.

Y el aretino, que quedó temblando,
me dijo: “Este loco es Gianni Schicchi, **
y va rabioso así a todos zurrando”.

“¡Oh!”, le dije, “si el otro no te clava
el diente en el lomo, no te fatigue
decirme quién es, antes de que parta.”

Y él a mí: “Es el ánima antigua
de Mirra perversa, que del padre***
se hizo, fuera de recto amor, amiga.

“Esta pecar así con él logró,
falsificándose en otra forma,
como el otro que va allá, también,

“para ganar la dama de la tropa,
se falsificó en Buoso Donati,
testando y dando al testamento norma.”

Y luego que los rabiosos se alejaron,
sobre los que tuve el ojo puesto,
me volví a mirar a los otros desgraciados.

Yo vi a uno hecho a modo de laúd,
si hubiese sido cortado por la ingle,
en el sitio en que el hombre se bifurca.

La grave hidropesía, que deforma
los miembros con el humor que mal se vierte,
tanto que el rostro no corresponde al vientre,

le hacía tener los labios separados,
como al tísico, que por la sed
uno hacia el mentón, otro arriba invierte.

“Oh ustedes que están sin pena alguna,
y no sé por qué, en el mundo triste”,
nos dijo él, “miren y consideren

“la miseria del maestro Adamo: ****
yo tuve en vida más de lo que quise,
y ahora, ¡miserable!, por una gota bramo.

“Los arroyitos que de las colinas verdes
del Casentino descienden hacia el Arno,
haciendo sus canales frescos y blandos,

“siempre tengo delante, y no en vano;
porque la imagen de ellos más me seca
que el mal con que el rostro me descarno.

“La rígida justicia que me estraga,
tiene la razón del lugar donde pequé,
para poner más mis suspiros en huida.

“Así es Romena, donde yo falsifiqué
los florines sellados del Bautista;
y el cuerpo dejé sobre la hoguera.

“Pero si viese aquí el ánima triste
de Guido o de Alejandro o de su hermano,
por la fuente de Branda no daría la vista.

“Uno está dentro ya, si las rabiosas
sombras que pululan son veraces:
pero, ¿qué me importa, si estoy atado?

“Si fuese al menos aún ligero
que en un siglo anduviese una pulgada,
yo estaría ya en medio del sendero,

“buscándolo entre estos indecentes,
aunque esta fosa rodee once millas,
y no menos de media tenga de través.

“Estoy por ellos con tan linda familia;
ellos me indujeron a imprimir florines
que tenían tres quilates de impureza.”

Y yo a él: “¿Quiénes son los dos míseros
que humean como manos mojadas en invierno,
y yacen apretados, a tu lado diestro?”

“Aquí los encontré, y nunca se movieron”,
respondió, “cuando lloví en este hueco,
y no creo que se muevan nunca más.

“Una es la falsa que acusó a José;
el otro es un Simón de Troya griego:
por fiebre aguda despiden este hedor.”

Y uno de ellos, que se fastidió
por haber sido nombrado tan oscuro,
con el puño le pegó en la panza dura.

Esta sonó como un tambor;
y el maestro Adamo le golpeó el rostro
con su brazo, que no parecía menos duro,

diciéndole: “Si bien me privaron
de mover los miembros, por el peso,
el brazo para este oficio tengo suelto.”

Repuso el otro: “Cuando caminabas
hacia el fuego, no lo tenías tan suelto;
pero tanto o más cuando acuñabas.”

Y el hidrópico: “Dices verdad con esto;
pero tú no fuiste tan veraz testigo
cuando en Troya fuiste interrogado.”

“¡Si hablé en falso, tú falsificaste el cuño”,
dijo Simón, “y estoy aquí por sólo un fallo,
y tú por más que algún otro demonio!”

“¡Acuérdate, perjuro, del caballo”,
repuso el de la panza inflada;
“y sé reo de lo que todos saben!”

“¡Y sea rea de la sed que te revienta”,
dijo el griego, “la lengua, y el agua podrida
te levante la panza ante los ojos y los tape!”

Entonces el monedero: “Así se descuajeringa
tu boca, para tu mal, como siempre suele;
que si tengo sed y el humor me hincha,

“tú tienes el ardor y la cabeza que te duele;
y para que lamas el espejo de Narciso
no hace falta emplear muchas palabras.”

En escucharlos estaba yo del todo fijo,
cuando el maestro dijo: “¡Ah, sigue mirando!,
que por poco contigo no me enfado.”

Cuando lo sentí hablarme a mí con ira,
me volví hacía él con tal vergüenza,
que aún por la memoria me da vueltas.

Como aquel que sueña su desdicha,
y soñando desea que sea un sueño,
y que lo que es no fuese anhela,

tal fui yo, no pudiendo hablar,
deseando excusarme, y me excusaba
sin embargo, y no creía que lo hiciera.

“Menor vergüenza lava mayor falta”,
dijo el maestro, “que la que tuviste;
así que alíviate de esa tristeza.

“Y piensa que estaré siempre a tu lado,
si de nuevo ocurre que te traiga la fortuna
donde hay gente en semejantes pleitos;
pero el querer oírlos es deseo bajo.”


NOTAS:

* La primera fase de este canto remite a la tragedia incluida en la antigua mitología griega. De inmediato pasará al escenario más sordido y, en algún sentido, grotesco, de esta “bolsa” del Octavo Círculo. Semele, hija de Cadmo, fundador de Tebas, fue amante de Zeus. La propia diosa reina, Hera (Juno) le sugirió que le pidiese al rey de los dioses que se mostrara desnudo. Cuando lo hizo, murió carbonizada. Se menciona enseguida a Atamante, monarca loco de Tebas. Su insanía era debida también a la furia de Hera, que seguía tramando males contra los tebanos. Como lo narra el canto, Atamante mató a uno de sus hijos y el otro murió con su madre, que se arrojó al mar. Hécuba fue la mujer de Príamo, rey de Troya durante la guerra con los griegos. Célebre por su fecundidad, ya había perdido a sus diecinueve hijos cuando cayó la ciudad. La tradición quiere que se convirtió en loba. Todas esta constelación de tragedias sirve de preámbulo, exquisito y abundante, a la presentación de dos condenados hidrófobos: una, personaje mítico; el otro, un delincuente común


** Era un pícaro estafador florentino; su historia está hábilmente sintetizada en estas estrofas. Fingió ser Donati, en su lecho de muerte, para testar ante notario a favor del sobrino de éste, Simón. Pero lo estafó también: no le dejó mucho. La “dama de la tropilla” era una yegua, parte de la heredad de Donati


*** Mirra, hija de Ciniras, rey de Chipre, o de Tías, de Siria, yació con su padre, por un enojo de Afrodita, que desató en ella esta pasión, hasta que aquél se dio cuenta de quién era y quiso matarla. Los dioses la convirtieron en el árbol de la mirra, y de su corteza nació Adonis

**** También la historia del maese Adamo Anglicus está sintetizada en precisas pinceladas por Dante. Fue acuñador de monedas de los condes de Romena, pero hizo florines (con la imagen acuñada de Juan el Bautista, patrón de Florencia). Nombra luego a sus protectores, de los que ansía vengarse por entregarlo a la hoguera y, según reza aquí, haberlo incitado al delito. Luego presenta a la bíblica mujer de Putifar, quien intentó tentar a José, jefe de la guardia del faraón, en el XXXIX capítulo del Génesis. Rechazada, acusó a José de ultraje. Fue tema recurrente de la pintura y de la literatura. La pintó Rembrandt, pero también, a su modo, la inmortalizó -de manera poco bíblica- la famosa zarzuela La corte del faraón, de Guillermo Perrín, Miguel Palacios y Vicente Lleó. A continuación, el maese nombra a su compañero de penurias, el griego Simón, quien entró a Troya jurando que estaba malquistado con los suyos. Logró convencer a los troyanos de que era conveniente recibir el famoso presente griego, el caballo de madera que fue el fin de Troya. La pelea que sigue a continuación entre el hidrópico y el febricente, es decir, entre el maese Adamo y Simón, es poco menos que de vodevil, y uno de los pasajes cuanto menos risueño de la Comedia. El infierno se convierte en un patio de conventillo en el que riñen un antiguo soldado griego con un ciudadano medieval corrompido, ante la mirada fascinada de Dante. La ira de Virgilio por esta debilidad de su discípulo es más estética que moral: Dante cede ante el encanto de la picaresca… y está junto a un épico. Sin embargo, la vergüenza del florentino ante la voz severa del maestro está narrada con tal pericia, que puede conmover sinceramente. Virgilio, majestuoso, trasluce que las diferencias entre dos épocas literarias no han de separarlo de su ahijado.

La divina comedia – Canto vigesimonono

Infierno, Canto vigesimonono

La mucha gente y las diversas llagas
tanto mis luces habían embriagado,
que de estar llorando eran anhelantes;

pero Virgilio me dijo: “¿Qué miras tanto?
¿Por qué la vista tienes fija allá abajo,
entre las tristes sombras mutiladas?

“Tú no hiciste esto en las otras fosas:
piensa, si lo que quieres es contarlos,
que veintidós millas mide esta vuelta.

“Y ya la luna está bajo nuestros pies: *
es poco el tiempo que nos concedieron,
y hay cosas para ver que tú no viste.”

“Si tú hubieras”, respondí yo presto,
“conocido el motivo por el que miraba,
quizá me habrías concedido detenerme.”

En tanto el duca se marchaba,
iba tras él, haciendo la respuesta
y agregando: “Dentro de esa cava

“donde puse tan atenta la mirada,
creo que un espíritu de mi sangre llora
la culpa que, allá abajo, tanto se paga.”

Entonces dijo el maestro: “No se pierda
tu pensamiento, en adelante, sobre eso:
atiende a lo demás, y él allá se quede;

“que yo lo vi al pie del puentecito
mostrar y amenazarte con el dedo,
y oí que lo llamaban Geri del Bello. **

“Estabas entonces tan paralizado
frente aquel que gobernó Altaforte,
que no miraste allá, y él se marchó.”

“Oh duca mío, la violenta muerte
que no fue vengada aún”, dije yo,
“por alguno que comparta su vergüenza,

“lo hace desdeñoso; por eso se ha ido
sin hablarme, según yo lo imagino;
y con esto me ha hecho más piadoso.”

Así hablamos hasta el lugar primero
que del escollo el otro valle muestra,
si más luz hubiera, todo hasta el fondo.

Cuando llegamos sobre el último claustro
de Malebolge, tal que sus conversos
podían aparecer a la mirada nuestra,

lamentos me asaetearon diversos,
que de piedad herrados eran los dardos;
y me tapé con las manos las orejas.

Era el dolor como si de los hospitales
de Valdichiana, entre julio y setiembre,
y de Maremma y de Cerdeña los males

fuesen en una fosa todos reunidos;
tal aquí era, y tal hedor se desprendía,
como el que dan los miembros muertos.

Descendimos bajo la última ribera
del largo escollo, siempre a la izquierda;
y fue entonces mi visión más viva

abajo hacia el fondo, donde la ministra
del alto sire, infalible justicia, pune
a los falseadores que aquí registra.

No creo que fuese mayor tristeza
el ver en Egina todo el pueblo enfermo ***
cuando el aire se llenó de pestilencia,

que los animales, hasta los gusanitos,
cayeron todos, y después la gente antigua,
según lo que los poetas tienen por cierto,

se regeneró del semen de hormigas,
que el ver por aquel oscuro valle
languidecer las almas por diversas plagas.

Uno sobre el vientre, otro sobre la espalda,
unos y otros yacían, y como a gatas
se trasmutaban por las tristes sendas. ****

Paso a paso andábamos sin hablarnos,
mirando y escuchando a los enfermos,
que no podían ni levantar sus cuerpos.

Vi dos sentados, apoyados uno en otro,
como a cocer se pone teja sobre teja,
de pies a cabeza de costras maculados;

y no vi jamás mover la almohaza
al muchacho que espera su señor,
ni a éste que contra su voluntad espera,

como cada uno movía el mordisco
de las uñas sobre sí, por la gran rabia
del picor, que no tiene más socorro;

y así las uñas arrastraban la sarna,
como el cuchillo al escaro las escamas,
o a otro pez que más grandes las tenga.

“Oh tú que con los dedos te desmallas”,
comenzó el duca mío a uno de ellos,
“y que de ellos sueles hacer tenaza,

“dime si hay algún latino entre estos
que están aquí, así las uñas te basten
eternamente para este trabajo.”

“Latinos somos los que ves devastados
aquí, ambos”, respondió uno llorando;
“¿pero quién eres tú, que lo preguntas?”

Y el duca dijo: “Soy uno que desciendo
con este vivo abajo, de salto en salto,
y mostrarle el infierno es lo que pretendo.”

Allí se rompe el común respaldo,
y temblando cada uno a mí se vuelve,
con otros que lo oyeron de rebote.

El buen maestro se me puso cerca,
diciendo: “Dile a estos qué deseas”;
y yo comencé, puesto que quería:

“Que la memoria de ustedes no se borre,
en el primer mundo, de las humanas mentes,
y que siga viva durante muchos soles:

“díganme quiénes son, y de qué gente:
la vergonzosa y fastidiosa pena
de manifestarlo no les cause espanto.”

“Yo fui de Arezzo, y Alberto da Siena”, *****
respondió uno, “me metió en la hoguera;
pero no fue esa causa la que aqui me trajo.

“Verdad es que le dije hablando en broma:
‘Yo sabría elevarme por el aire en vuelo’;
y él, que tenía mucho deseo y poco seso,

“quiso que le mostrase el arte, y solo
porque yo no hice de Dédalo me hizo
quemar por aquel que lo tenía por hijo.

“Pero a la última de las diez bolsas,
por la alquimia que hice en el mundo,
me condenó Minos, que nunca falla.”

Y yo dije al poeta: “¿Hubo jamás
gente tan vana como la de Siena?
¡En verdad, ni siquiera los franceses!”

De donde el otro leproso, que me oyó, ******
repuso al dicho mío: “Sin contar Stricca,
que supo en los gastos moderarse;

“y Nicolo, que el abundante uso
del clavo descubrió antes que ninguno
en el huerto donde se planta esa semilla;

“y no cuentes la brigada en que derrochó
Caccia de Asciano la viña y la gran fronda,
y el Abbagiato, que se bebió su juicio.

“Pero para que sepas quién te secunda
contra los de Siena, mírame a los ojos,
para que sea mi cara la que te responda;

“verás que soy la sombra de Capocchio,
que falsificó metales con alquimia;
y debes de recordar, si no te veo mal,
que yo fui de naturaleza simia.”

NOTAS:

* La Luna, que en la noche del Canto Vigésimo estaba alta, ahora brilla en el otro hemisferio, “a los pies” de Virgilio y Dante

** Hijo de un primo del padre de Dante. Murió en una riña asesinado. Los Alighieri no tomaron venganza del ofensor, de la familia de los Sachetti. Dante no vio la sombra de su pariente porque estaba inmovilizado por el espanto ante el espíritu de Bertrán de Born, señor de Hartfford, o Hautefort, o Altaforte, en el Canto Vigesimoctavo

*** Egina, la isla al sur de Atenas. Según la mitología griega, la ninfa que da nombre a esa tierra tuvo amores con Zeus; inexorable venganza de la diosa reina: Hera arrasó la isla con la peste. Eaco, el hijo de Zeus con la ninfa, viendo la isla despoblada, rogó a su padre que la repoblara con tantos hombres como hormigas tenía. Las hormigas se metamorfosearon en hombres. Ovidio lo narra en su Metamorfosis. Los habitantes de Egina fueron llamados desde entonces mirmidones (de myrmex, hormiga). Y su líder fue Aquiles

**** De acuerdo con algunos comentaristas, se llamaba “trasmutados” a quienes padecían enfermedades deformantes, como la lepra

***** Griffolino da Arezzo se burló de la ingenuidad de Alberto da Siena, prometiéndole que lo haría volar, y cuando éste se dio cuenta de la broma, valiéndose de su relación con un funcionario local (según algunos comentaristas, el obispo), logró que lo mandaran a la hoguera por nigromante. Griffolino dice por eso que no llegó al infierno por su crimen, es decir, por su broma

****** La sombra de Capocchio, de quien se dice fue amigo de Dante, y al que enviaron a la hoguera en 1293. Competirá con Alighieri en mencionar la vanidad de los de Siena. Los personajes que nombrará fueron todos miembros de una sociedad de burgueses enriquecidos (la Brigata Godereccia, brigada gozadora), que luego de formar un pozo común con todos sus bienes, en época de Dante, lo malgastaron en poco menos de dos años de orgías y disipaciones. Es notable que el tiñoso se olvide de su comezón para zaherir a los sieneses con gran sarcasmo, mencionando irónicamente a uno como moderado, a otro como el tonto que había descubierto el clavo de olor y gastó parte de su fortuna en aromatizar banquetes, a otro como loco que perdió el juicio bebiendo sus haberes. La alusión final al arte del simio refiere a que los alquimistas obraban por imitación de la naturaleza, siguiendo sus supuestas leyes ocultas. También se dice que Capocchio era un gran imitador. De lo que no cabe duda es de que era alquimista

La divina comedia – Canto vigesimoctavo

Infierno, Canto vigesimoctavo

¿Quién podría aun con palabras sueltas *
decir de la sangre y de las llagas a pleno
que allí yo vi, aunque lo narrara mil veces?

Toda lengua por cierto iría a menos
porque nuestro sermón y nuestra mente
son, para tanto comprender, estrechos.

Si se aúnase incluso toda la gente **
que allá en la afortunada tierra
de Puglia fue de su sangre doliente

por los troyanos y por la larga guerra,
que de anillos tuvo botín tran grande,
como escribe Livio, que no yerra;

con aquella que sintió dolor de golpes
por contrastar a Roberto Guiscardo;
y la otra, cuyos huesos aún acoge

Ceperano, allá donde fue falsario
todo pullés, y allá en Tagliacozzo,
donde sin armas venció el viejo Alardo;

y uno hendido su miembro, y otro roto
mostrasen, no habría modo de igualar
de la octava bolsa el modo inmundo.

Un tonel cuya duela perdiese o fondo,
como yo vi a uno, así no se agrieta,
roto desde el mentón a donde se pea:

entre las piernas las tripas le colgaban;
se le veían las costillas y el triste saco
que hace mierda de todo lo que engulle.

Mientras que a mirarlo yo comienzo,
me miró, y con las manos se abrió el pecho,
diciendo: “¡Oh, mira como me desgarro!

“¡Mira cómo a Mahoma han estropeado! ***
Delante de mí va llorando Alí,
herido el rostro del mentón al jopo.

“Y todos los demás que tú ves aquí,
sembradores de escándalo y de cisma,
fueron vivos y ahora van cortados.

“Un diablo viene atrás, que nos parte
así cruelmente, al tajo de la espada,
remitiendo a cada uno a esta gavilla,

“cuando dan vuelta a la doliente senda;
porque las heridas son cerradas
antes que otros se les adelanten.

“¿Pero tú quién eres? ¿Sobre el escollo
husmeas, tal vez para retrasar ir a la pena
que le fue adjudicada arriba a tus acciones?”

“Ni muerte lo alcanza aún, ni culpa lo lleva”,
respondió el maestro, “a atormentarlo;
pero para darle una experiencia plena,

“a mí, que estoy muerto, cupo llevarlo
por el infierno abajo, de vuelta en vuelta;
y esto es tan cierto como que yo te hablo.”

Más de cien, cuando lo oyeron,
se pararon en el foso a contemplarme,
por asombro, olvidando su martirio.

“Entonces di a fray Dulcino que se arme, ****
tú que tal vez verás el sol en breve,
si él no quiere aquí pronto encontrarme,

“bien de víveres, que ceñido por la nieve
no entregue la victoria al novarés,
a quien conquistarla así no será leve.”

Luego que alzó un pie para girar,
Mahoma me dijo estas palabras;
entonces, lo apoyó para marcharse.

Otro, que agujereada tenía la garganta,
y trunca la nariz hasta debajo de la ceja,
y no tenía más que una sola oreja,

parado para mirar maravillado
con los otros, antes que nadie abrió la cala,
que por fuera era toda bermeja,

y dijo: “Oh tú, cuya culpa no condena,
y a quien yo vi allá, en tierra latina,
si tanta semejanza no me engaña,

“acuérdate de Pier da Medicina, *****
si aún regresas a ver el dulce llano
que de Vercelli a Marcabó declina.

“Y haz saber a los dos mejores de Fano,
al maese Guido y así también al Angiolello,
que si el predecir de aquí no es vano,

“arrojados serán fuera de su bajel
y masacrados cerca de la Católica
por traición de un tirano falso.

“Entre la isla de Chipre y la de Mallorca,
no vio nunca Neptuno tan grande engaño,
ni de piratas ni de gente argólica.

“Aquel traidor, que ve sólo por uno,
y tiene la tierra que un tal aquí conmigo
querría de mirarla estar ayuno,

“los hará venir a parlamento rápido;
luego hará tal mal, que al viento de Focara
no les será menester voto ni ruego.”

Y yo a él: “Demuéstrame y declara,
si quieres que lleve arriba tu noticia,
quién es aquel de la mirada amarga.”

Entonces puso la mano en la mandíbula
de un compañero y le abrió la boca,
gritando: “Este es, pero no habla.”

“Este, desterrado, en la duda sumergió
a César, afirmando que quien está listo,
siempre daño sufre cuando espera.” ******

¡Oh, cuán asustado me pareció,
con la lengua cortada en la garganta
Curión, que para decir fue tan ardido!

Y uno que tenía una y otra mano cortadas,
elevando los muñones en el aura fosca,
tal que la sangre la cara le ensuciaba,

gritó: “Acuérdate también del Mosca, *******
que dijo, ¡miserable!, ‘Está la cosa hecha’,
que fue mala simiente para la gente tosca.”

Y yo agregué: “Y muerte de tu estirpe”;
por lo que él, sumando dolor al duelo,
se marchó como persona triste y loca.

Mas yo quedé para mirar la turba
y cosa vi que me daría pavura
sin más trámite que contarla sólo,

si no me asegurara la conciencia,
esa buena compañía que alienta
bajo el abrigo del sentirse pura.

Lo vi, por cierto, y aún parece que lo veo,
un busto sin cabeza andar tal como
andaban los otros de la triste grey;

y la cabeza cortada tenía por el pelo,
colgada de la mano a modo de linterna;
y ésta nos miraba y decía: “¡Ay de mí!”

De sí hacía a sí mismo lucerna,
y eran dos en uno y uno en dos:
cómo es posible, lo sabe quien gobierna.

Cuando derecho al pie del puente fue,
levantó el brazo con la cabeza,
para acercanos las palabras de él,

que fueron: “¡Ahora mira la molesta pena,
tú que, respirando, vas mirando muertos:
mira si alguna es grande como ésta!

“Y para que de mí lleves noticia,
sabe que soy Bertrán de Born, aquel ********
que al joven rey dio malos consejos.

“Hice que el padre y el hijo se pelearan:
Ajitófel no hizo más a Absalón
y a David con sus punzadas.

“Porque yo dividí así personas juntas,
partido llevo mi cerebro, ¡desdichado!,
de su principio que está en este tronco.
Así se observa en mí el contrapaso.”


NOTAS:

* La expresión es traducida frecuentemente como “prosa”, y es posible que “palabras sueltas” signifique eso. Dante, consciente de que escribe en complicados tercetos con rima alternada, no parece valorar el género narrativo, ya que dirá que por más que sea contada, la cosa no se alcanzará. Implícitamente, otorga a la poesía la posibilidad de ir más allá de lo referente, aproximándose a lo que no puede decirse

** Luego de la declaración de las limitaciones de la prosa, sobreviene una larga y compleja comparación: primero se alude a la Segunda Guerra púnica (218-201 aC.) contra Aníbal el Cartaginés, y a la gran matanza de romanos (llamados por el autor “troyanos” por ser descendientes de Eneas, con lo que se convierte en actualidad un abismo de tiempo) en diversas batallas, especialmente la de Cannas, donde se calcula que murieron 25.000, cuyos anillos fueron enviados a Cartago. Agrega enseguida a los muertos que desde mediados del siglo XI cayeron defendiendo la Puglia de la invasión normanda de Roberto Guiscardo. Suma enseguida a los caídos por causa de la traición de los barones pullenses, que dejaron entrar en el siglo XIII, hacia la fecha del nacimiento de Dante, a Carlos de Anjou, lo que provocó la matanza de Benevento. Y por fin, a los muertos de Carlos en la batalla de Tagliacozzo contra los suevos. Los pullenses, tras perder casi todo su ejército, siguieron el consejo del viejo Araldo de Valery: corrieron sin armas, fingiendo una huida, para arrastrar a los suevos a una emboscada, donde fue apresado Corradino, rey de Suevia. Semejante aparato retórico para presentar a la multitud de mutilados en el infierno, es posible en prosa, pero la síntesis de la poesía puede convertir las imágenes en relampagueantes presencias, hasta acercar vertiginosamente hechos separados por siglos, y muchedumbres de difuntos

*** Si la presencia de Mahoma respondiera al criterio de que su doctrina significó un cisma religioso, no estaría el Profeta en este círculo, sino en el de los herejes. Su presencia más bien alude a la feroz guerra contra los árabes, cuyo universo -por lo demás fascinante para los intelectuales de Occidente en sus aspectos culturales- se había expandido partiendo en dos el mundo de los europeos, especialmente el antiguo Mare Nostrum de los romanos, el Mediterráneo

**** El frate Dolcino da Novara, cabeza de los apostólicos, de doctrina albigense y franciscana. Los dolcinistas predicaban no solo la vida austera, sino también la igualdad y la vida comunitaria. Hermanos guerreros, los de Dolcino resitieron en las montañas del norte de Italia los embates de los obispos de Vercelli y Novara y al marqués de Montferrato. Aunque llegaron a sumar más de diez mil combatientes, debieron rendirse en 1307, los años en que Dante estaba más activo como escritor. Dolcino fue quemado luego de presenciar la quema de su compañera, Margherita, y de su lugarteniente, Longino da Bergamo. Mahoma, que fue soldado, lo aconseja aquí más como estratega que como religioso acerca de hechos futuros, ya que la Comedia sucede en 1300: con buen avituallamiento, Dolcino podría haber resistido más, acantonado tras la nieve en los montes, y quizá hubiese logrado dominar cierto territorio. Es el pensamiento de Dante puesto en la boca del Profeta, quien desde luego no conoció a Dolcino

***** El reo Pier da Medicina es un personaje del que no hay muchos datos. Los comentaristas dicen que era famoso por sus intrigas entre nobles boloñeses. La historia que cuenta es la de Guido da Casera y Angiolello da Cignano, nobles de Fano, sobre el Adriático, unidos contra las pretensiones de Malatesta da Verrucchio, el Tuerto. Como sólo esto los unía, el tirano Malatesta los invitó a conferenciar en Católica, los apresó y los arrojó al mar en un saco. El monte Focaro: se suponía que de allí provenían vientos tormentosos, por lo que solían rezarle al monte los navegantes. Guido y Angiolello ya no necesitarán rezarle

****** Cayo Curión, tribuno romano. Aconsejó a Julio César no demorarse en iniciar la guerra civil contra Pompeyo. Al parecer, solía hablar en exceso, por lo que ahora, privado de la lengua, no habla

******* Mosca dei Lamberti, asesino, tomó en sus manos la venganza de la familia Amidei, una de cuyas hijas había sido deshonrada. Comunicó su decisión a la familia con la frase: “Cosa cumplida, cosa hecha”. Y mató al ofensor, un señor Buondelmonte. Esto fue germen de grandes discordias entre güelfos y gibelinos. En 1258, a causa de tales reyertas, su propia familia fue expulsada de la ciudad. El dice que su crimen trajo desgracia a los “toscos” (toscanos) y Dante le agrega: “Y a los tuyos”.

******** El gran poeta provenzal y guerrero, vizconde de Hautffort (c. 1140-1215). Instigó al hijo de Enrique II de Inglaterra a rebelarse contra su padre. Compara el resultado de su acción, un poco exageradamente, con la rebelión bíblica de Absalón contra David. En esta conjura, Absalón fue aconsejado por Ajitófel. Sin embargo, el no aceptar la propuesta de Ajitófel sobre el mejor modo de terminar con David, lo condujo a la ruina (II Samuel, 15 a 18).