Financiamiento colectivo

Pidotiempo nace en diciembre del año 2016 con un epifanía. Era mi primera tarde en Estambul, Turquía. Estaba leyendo en una plaza céntrica un cuento de Hebe Uhart que me había atrapado la atención con una fuerza tremenda. Sabía que no era un lugar fácil para concentrarme y leer: cientos de personas cruzaban por minuto al frente mío. Todos apurados y con algún propósito inmediato. Venía consiguiendo abstraerme en la lectura con un éxito notable; solo me quedaban tres páginas para terminar el cuento cuando escuché un estruendo feroz. Fue como si se rompieran un millón de caparazones de nueces al mismo tiempo.

Por la calle del frente, a unos cien metros de donde leía, apareció la trompa de un tanque de guerra. Se aproximaba por la calle principal con una escolta de soldados que no necesitaban decir nada para despejar el camino. Hacía un ruido horrible. Y en eso tuve una epifanía. Una sensación nacida de mi pequeñez, de la fragilidad comparada con esa robustez de acero, de la impotencia ante esa arma de exterminio. Ante esa maquinaria de la muerte mi reacción fue aferrarme al libro. 

Calles de Estambul

Como si hubiera visto un aleph, dentro mío pasaron muchas cosas. Imágenes sin coherencia sobrepuestas como en un collage. Palabras. Pidotiempo. Un grito de la infancia para contener la brutalidad de un llanto sin explicación. Para encontrar algo de sentido. Pasaron muchas cosas por mi mente. Y un parpadeo más tarde desperté con un arma apuntando a mi cuerpo. 

Un soldado me decía algo en turco. No lo entendía. Había quedado solo en el banco. La plaza estaba del todo vacía. La calle era de ese tanque y del escuadrón de soldados. 

Lo saludé en español. Fue completamente inútil. Sentí un temblor en los huesos de las manos que sostenían el libro. Lo estaba apretando como si fuera un peluche. Lo levanté. Le señalé el libro. El soldado apretó los dientes. Durante unos segundos tuve ganas de nunca haber viajado a Turquía en plena guerra con Siria.

El soldado volteó y le hizo una seña a un compañero del escuadrón para que continuara la marcha. 

Quedé solo en la plaza ya despoblada. No me moví durante unos minutos. Miré alrededor y vi que solo cruzaba gente vestida de oficina por la plaza. En pocos minutos no tendría más luz. Me quedaban tres páginas. La cúpula de Santa Sofia brillaba de un color azul anaranjado, pensé en el día en que Constantinopla fue conquistada por los otomanos y pasó a llamarse Estambul. En la caída de un imperio y en el comienzo de otro. Y luego lo mismo hasta nuestros días. La guerra y la masacre seguían vigentes. 

Y entonces, con la serenidad y la liviandad de los muertos, me lancé otra vez a la lectura de esas últimas tres páginas.


Pidotiempo es un proyecto de financiamiento colectivo que difunde literatura y arte.

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“Fósforos quemados” de José Edgardo Díaz

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