El padre-cosa y otro cuento de Philip K. Dick

El padre-cosa

—La cena está preparada —dijo la señora Walton—. Ve a buscar a tu padre y dile que se lave las manos. Aplícate el mismo cuento, jovencito. —Trasladó una cacerola humeante a la mesa—. Le encontrarás en el garaje.

Charles vaciló. Sólo tenía ocho años y el problema que le atormentaba habría confundido a Hillel.

—Yo… —empezó, titubeando.
—¿Qué pasa?

June Walton percibió el tono inquieto de la voz de su hijo y su busto maternal se agitó de alarma.

—¿No está Ted en el garaje? Por el amor de Dios, estaba afilando las tijeras de podar hace unos minutos. No habrá ido a casa de los Anderson, ¿verdad? Le dije que la cena ya estaba en la mesa.
—Está en el garaje —contestó Charles—, pero está…, está hablando consigo mismo.
—¡Hablando consigo mismo! —La señora Walton se quitó el delantal de plástico y lo colgó en el pomo de la puerta—. ¿Ted? Nunca habla solo. Ve a decirle que ya puede venir. —Vertió café humeante en las tazas de porcelana azul y blanca, y procedió a servir el maíz cubierto de crema—. ¿Qué mosca te ha picado? ¡Ve a avisarle!
—No sé a cuál de ellos decírselo —farfulló Charles, desesperado—. Los dos son iguales.

June Walton estuvo a punto de soltar la cacerola de aluminio; por un momento, el maíz cubierto de crema se tambaleó peligrosamente.

—Jovencito —empezó, en tono de irritación, pero Ted Walton entró en la cocina.

Aspiró el aroma de la cena y se frotó las manos.

—¡Ajá! —exclamó—. Estofado de cordero.
—Estofado de buey —murmuró June—. Ted, ¿qué estabas haciendo ahí fuera?

Ted ocupó su puesto y desdobló la servilleta.

—He afilado las tijeras de podar como una hoja de afeitar. Engrasadas y afiladas. Será mejor que no las toques, o podrías quedarte sin mano.

Era un hombre atractivo, de treinta y pocos años, abundante cabello rubio, brazos fuertes, manos grandes, rostro cuadrado y brillantes ojos castaños.

—Caramba, qué buen aspecto tiene este estofado. Menudo día he tenido en la oficina. Como todos los viernes, ya sabes. El trabajo se amontona y las cuentas deben estar terminadas a las cinco. Al McKinley afirma que el departamento podría encargarse de un veinte por ciento más de trabajo si organizáramos la hora de comer, haciendo turnos para que siempre se quedara alguien. —Se dirigió a Charles—. Siéntate y empecemos.

La señora Walton sirvió los guisantes congelados.

—Ted —dijo, mientras se sentaba—, ¿tienes algo en mente?
—¿En mente? —Parpadeó—. No, nada fuera de lo normal. ¿Por qué?

June Walton miró a su hijo, inquieta. Charles estaba sentado muy tieso, inexpresivo, blanco como la tiza. No se había movido ni desdoblado la servilleta; ni siquiera había tocado su leche. La tensión se palpaba en el aire. Charles había apartado la silla de la que ocupaba su padre; se había encogido en un menudo bulto, lo más lejos posible de su padre. Movió los labios, pero la mujer no pudo leer lo que estaba diciendo.

—¿Qué dices? —preguntó, inclinándose hacia él.
—El otro —murmuró Charles—. Es el otro quien ha entrado.
—¿A qué te refieres, cariño? —preguntó June Walton en voz alta—. ¿Qué otro?

Ted dio una brusca sacudida. Una extraña expresión cruzó su cara. Desapareció al instante, pero fue suficiente para que el rostro de Ted Walton perdiera toda familiaridad. Algo frío y extraño asomó, una masa retorcida y serpenteante. Los ojos se empañaron y encogieron, proyectaron un brillo arcaico. El aspecto normal de un marido cansado había desaparecido.

Y en seguida reapareció, o casi. Ted sonrió y comenzó a devorar el estofado, los guisantes congelados y el maíz cubierto de crema. Rió, revolvió su café, bromeó y comió. Pero algo iba terriblemente mal.

—El otro —murmuró Charles, pálido, y sus manos empezaron a temblar. De pronto, se levantó de un salto y se apartó de la mesa—. ¡Vete! —gritó—. ¡Largo de aquí!
—Oye, ¿qué demonios te pasa? —rugió Ted, en tono amenazador. Indicó con severidad la silla—. Siéntate y acaba tu cena, jovencito. Tu madre no la ha preparado porque sí.

Charles salió corriendo de la cocina y subió la escalera. June Walton lanzó una exclamación ahogada y se removió en la silla, afligida.

—¿Qué le… ?

Ted siguió comiendo, con expresión ominosa y ojos sombríos.

—Ese chico necesita una lección —dijo con voz ronca—. Quizá tengamos que hablar en privado, de hombre a hombre.

Charles se acuclilló y escuchó.

El padre-cosa subía la escalera, se acercaba cada vez más.

—¡Charles! —gritó, encolerizado—. ¿Estás ahí?

No contestó. Caminó de puntillas hacia su habitación y cerró la puerta sin hacer ruido. Su corazón latía locamente. El padre-cosa había llegado al rellano; dentro de un momento estaría en su cuarto.

Se precipitó hacia la ventana. Estaba aterrorizado. El impostor ya buscaba a tientas el pomo en el pasillo a oscuras. Levantó la ventana y salió al tejado. Saltó al jardín situado frente a la puerta principal, se tambaleó y cayó, se puso en pie y huyó de la luz que surgía a chorros por la ventana, un parche amarillo en la negrura de la noche.

Distinguió el garaje, un cuadrado negro que se recortaba contra el horizonte. Buscó en su bolsillo la linterna, abrió la puerta con cautela y entró.

El garaje estaba vacío. El coche estaba estacionado frente a la casa. A la izquierda tenía el banco de trabajo de su padre. Martillos y sierras en las paredes de madera. En la parte trasera guardaba el cortacésped, el rastrillo, la pala y el azadón. Un bidón de queroseno. Matrículas clavadas por todas partes. El sucio suelo era de hormigón. Una gran mancha de aceite destacaba en el centro; el haz de la linterna reveló manojos de hierba grasienta y ennegrecida.

Nada más cruzar la puerta había un gran barril de basura. Sobre el barril se amontonaban periódicos y revistas antiguos, cubiertos de moho y humedad. Un intenso olor a podrido se desprendió de ellos cuando Charles los apartó. Cayeron arañas al cemento y se escurrieron; el niño las aplastó con el pie y siguió explorando.

La visión le arrancó un grito. Soltó la linterna y retrocedió de un salto. El garaje se sumió al instante en una oscuridad total. Se puso de rodillas con un gran esfuerzo de voluntad y tanteó el suelo en busca de la linterna, entre las arañas y la hierba grasienta. Por fin, la encontró. Apuntó el haz al interior del barril, al hueco que había hecho al apartar los montones de revistas.

El padre-cosa lo había ocultado en el fondo del barril, entre hojas caducas, cartones rotos, los restos podridos de revistas y cortinas, toda la basura del desván que su madre había amontonado en el barril con la intención de quemarla algún día. Él lo había encontrado, y al verlo se le revolvió el estómago. Se inclinó sobre el barril y cerró los ojos hasta que fue capaz de volver a mirar. En el barril se hallaban los restos de su padre, su auténtico padre. Pedazos que el padre-cosa no necesitaba. Pedazos que había descartado.

Tomó el rastrillo y agitó los restos. Estaban secos. Crujieron y se quebraron en cuanto el rastrillo los tocó. Eran como una piel de serpiente desechada, escamosa y crujiente al tacto. Una piel vacía. Lo que contenía, lo realmente importante, había desaparecido. Esto era todo cuanto quedaba, la piel frágil y crujiente, tirada en el fondo del barril de basura. Esto era todo cuanto había dejado el padre-cosa; había devorado el resto. Se había apoderado de lo que contenía, usurpando el lugar de su padre.

Un ruido.

Tiró el rastrillo y corrió hacia la puerta. El padre-cosa se acercaba por el sendero, en dirección al garaje. Sus zapatos aplastaban la gravilla. Avanzaba con cierta vacilación.

—¡Charles! ¿Estás ahí? ¡Ya verás cuando te ponga la mano encima, jovencito!

La forma llena y nerviosa de su madre se recortó en la puerta de la casa.

—Ted, no le hagas daño, por favor. Está preocupado por algo.
—No voy a hacerle daño —graznó el padre-cosa. Se detuvo para encender una cerilla—. Sólo voy a charlar un momento con él. Necesita aprender mejores modales. Dejar la mesa así y salir corriendo en plena noche, bajando por el tejado…

Charles salió del garaje. El resplandor de la cerilla iluminó su forma. El padre-cosa lanzó un berrido y corrió tras él.

—¡Ven aquí!

Charles corrió. Conocía el terreno mejor que el replicante de su padre; éste también sabía muchas cosas, obtenidas del padre verdadero, pero nadie conocía el terreno mejor que Charles. Alcanzó la valla, trepó, saltó al patio de los Anderson, dejó atrás la ropa tendida, bajó por el sendero que rodeaba la casa y desembocó en la calle Maple.

Escuchó, agachado y sin respirar. El replicante no le había seguido. Había regresado. O tal vez se acercaba por la acera.

Respiró hondo. Tenía que marcharse. Tarde o temprano le encontraría. Miró a izquierda y derecha, no vio a nadie, y se alejó a toda la velocidad que le permitían sus piernas.

—¿Qué quieres? —preguntó Tony Peretti, en tono beligerante.

Tony tenía catorce años. Estaba sentado a la mesa del comedor, chapado en roble, rodeado de libros y lápices, con medio bocadillo de jamón con manteca de cacahuete y una coca-cola a su lado.

—Eres Walton, ¿verdad?

Tony Peretti desembalaba cocinas y neveras después del colegio en la tienda de Johnson, en el centro de la ciudad. Era grandote y de cara ruda. Cabello negro, piel olivácea, dientes blancos. Le había dado palizas un par de veces a Charles; se las había dado a todos los chicos del vecindario.

Charles se encogió.

—Oye, Peretti, ¿puedes hacerme un favor?
—¿Qué quieres? —se irritó Peretti—. ¿Un moretón?

Charles, con la cabeza gacha y los puños apretados, explicó lo ocurrido con breves y entrecortadas palabras.

Cuando terminó, Peretti silbó por lo bajo.

—No me estarás tomando el pelo…
—Es verdad —se apresuró a insistir—. Te lo enseñaré. Acompáñame y te lo enseñaré.

Peretti se puso en pie con parsimonia.

—Sí, enséñamelo. Quiero verlo.

Fue a buscar su pistola de bajo calibre a la habitación, y los dos avanzaron en silencio por la oscura calle, en dirección a la casa de Charles. Ninguno habló mucho. Peretti estaba absorto en sus pensamientos, con expresión seria y solemne. Charles continuaba aturdido; su mente estaba en blanco por completo.

Entraron en el camino particular de los Anderson, atajaron por el patio posterior, saltaron la valla y se deslizaron con cautela hacia el patio trasero de Charles. No se movía nada. El silencio reinaba en el patio. La puerta principal de la casa estaba cerrada.

Miraron por la ventana de la sala de estar. Habían bajado las persianas, pero quedaba una estrecha rendija de luz amarillenta. La señora Walton, sentada en el sofá, cosía una camiseta de algodón. Su rostro expresaba tristeza y preocupación. Frente a ella estaba el replicante. Reclinado en la butaca de su padre, sin zapatos, leía la prensa vespertina. El televisor estaba encendido, pero nadie le hacía caso. Una lata de cerveza descansaba sobre el brazo de la butaca. El replicante se sentaba exactamente como su padre. Había aprendido mucho.

—Se parece a él —susurró Peretti, suspicaz—. ¿Estás seguro que no me tomas el pelo?

Charles le condujo al garaje y le enseñó el barril de basura. Peretti hundió en el interior sus largos brazos bronceados y sacó con mucho cuidado los restos secos y quebradizos. Los desdoblaron hasta que se dibujó la silueta de su padre. Peretti depositó los restos en el suelo y colocó en su sitio las partes rotas. Los restos carecían de color. Eran casi transparentes. Un amarillo ámbar, fino como el papel. Seco y sin vida.

—Eso es todo —dijo Charles. Las lágrimas anegaron sus ojos—. Eso es todo lo que queda de mi padre. La cosa se ha quedado con el contenido.

Peretti había palidecido. Tiró de nuevo los restos en el barril, tembloroso.

—Esto es muy fuerte —murmuró—. ¿Dices que viste a los dos juntos?
—Estaban hablando. Eran exactos. Me metí dentro. —Charles secó sus lágrimas y lloró sin control; no podía continuar callándolo—. Le devoró mientras yo estaba dentro. Luego, entró en casa. Fingió que era él, pero no. Le mató y devoró su contenido.
Peretti guardó silencio un instante.
—Voy a decirte algo. He oído hablar de cosas parecidas. Es un asunto feo. Debes utilizar la cabeza y no asustarte. No estarás asustado, ¿verdad?
—No —consiguió murmurar Charles.
—Lo primero que hay que hacer es pensar en una forma de matarlo. —Agitó la pistola—. No sé si todavía funciona. Será difícil capturar a tu padre. Era un hombre muy grande. —Peretti reflexionó unos momentos—. Larguémonos de aquí. Podría volver. Es lo que suelen hacer los asesinos, según dicen.

Salieron del garaje. Peretti volvió a mirar por la ventana. La señora Walton se había levantado. Hablaba con nerviosismo. Se oían vagos sonidos. El replicante cerró el periódico. Estaban discutiendo.

—¡Por el amor de Dios! —gritó el padre-cosa—. No cometas una estupidez semejante.
—Algo ha ocurrido —gimió la señora Walton—. Algo terrible. Deja que llame al hospital y pregunte.
—No llames a nadie. Se encuentra bien. Jugando en la calle, probablemente.
—Nunca sale a estas horas. Nunca desobedece. Estaba terriblemente preocupado… ¡Te tenía miedo! No le culpo. —Su voz se quebró de aflicción—. ¿Qué te ha pasado? Estás muy raro. —Salió al vestíbulo—. Voy a llamar a los vecinos.

El replicante la fulminó con la mirada hasta que desapareció. Entonces, sucedió algo horrible. Charles lanzó una exclamación ahogada; incluso Peretti gruñó para sí.

—Mira —murmuró Charles—. ¿Qué…?
—Demonios —masculló Peretti, los ojos abiertos como platos.

En cuanto la señora Walton salió de la sala, el replicante se hundió en la butaca, como si todos sus músculos hubieran perdido la tensión. Su boca se abrió. Sus ojos tenían una mirada vaga. Su cabeza cayó hacia adelante, como una muñeca de trapo desechada.
Peretti se apartó de la ventana.

—Eso es —susurró—. Ésa es la explicación.
—¿Cuál? —preguntó Charles. Estaba perplejo, asustado—. Ha sido como si alguien le hubiera cortado la energía.
—Exactamente —asintió Peretti, sombrío y estremecido—. Lo controlan desde fuera.

El horror sobrecogió a Charles.

—¿Desde fuera de nuestro planeta, quieres decir?

Peretti sacudió la cabeza.

—¡Desde fuera de la casa! Desde el patio. ¿Sabes rastrear?
—No mucho. —Charles se devanó los sesos—. Conozco a alguien que es muy bueno. —Logró recordar el nombre—. Bobby Daniels.
—¿Ese negrito? ¿Es un buen rastreador?
—El mejor.
—Muy bien. Vamos a buscarle. Debemos encontrar lo que acecha fuera. Lo que puso esa cosa ahí, y todavía continúa…
—Es cerca del garaje —dijo Peretti al menudo negro acuclillado a su lado en la oscuridad—. Cuando le mató, estaba en el garaje. Mira por ahí.
—¿En el garaje? —preguntó Daniels.
—Alrededor del garaje. Walton ya está dentro. Explora los alrededores. Las cercanías.

Un pequeño macizo de flores crecía junto al garaje, y entre éste y la parte posterior de la casa había una gran confusión de bambúes y restos desechados. La luna había salido; una luz brumosa y fría lo bañaba todo.

—Si no lo encontramos pronto —dijo Daniels—, tendré que volver a casa. No puedo estar levantado hasta muy tarde.

Apenas era un poco mayor que Charles. Tenía nueve años.

—Muy bien —contestó Peretti—. Empieza a rastrear.

Los tres se desplegaron y exploraron el suelo con cuidado. Daniels trabajaba a una velocidad increíble; su cuerpo menudo se movía como una exhalación entre las flores. Miró debajo de las rocas, bajo la casa, separó tallos de plantas, recorrió las hojas y las hierbas con mano experta. No pasó nada por alto.

Peretti se detuvo al poco rato.

—Yo vigilaré. Podría ser peligroso. Podría aparecer el padre-cosa y tratar de detenernos.
Se rezagó con la pistola preparada, mientras Charles y Bobby Daniels investigaban. Charles procedía con lentitud. Estaba cansado y tenía el cuerpo entumecido y aterido de frío.

Todo se le antojaba imposible, el padre replicante y lo sucedido con su padre, el auténtico. Sin embargo, el terror le espoleaba. ¿Y si pasaba igual con su madre, o con él? ¿O con todo el mundo? Quizá el mundo entero.

—¡Lo he encontrado! —gritó Daniels con voz aguda—. ¡Vengan, de prisa!

Peretti levantó la pistola y se incorporó con cautela. Charles dirigió el haz de su linterna hacia Daniels.

El negro había levantado una placa de hormigón. Un cuerpo metálico brillaba en el suelo húmedo. Algo articulado y delgado, de innumerables patas torcidas, que cavaba frenéticamente. Satinado como una hormiga, un bicho pardo rojizo que desapareció de repente ante sus propias narices. Sus filas de patas excavaban y arañaban. La tierra cedió en seguida. Su cola de aspecto mortífero se agitó con furia mientras se abría paso por el túnel que excavaba.

Peretti volvió corriendo al garaje y tomó el rastrillo. Atrapó la cola del bicho con la herramienta.

—¡De prisa! ¡Dispárale con la pistola!

Daniels se apoderó del arma y apuntó. El primer disparo arrancó la cola del bicho. Se retorció frenéticamente; la cola se arrastró en vano y algunas patas se rompieron. Medía unos treinta centímetros de largo, como un gran ciempiés. Se esforzó con desesperación en escapar por su agujero.

—Dispara otra vez —ordenó Peretti.

Daniels volvió a utilizar la pistola. El bicho se escurrió y siseó. Su cabeza se agitaba de un lado a otro. Mordió el rastrillo. Sus perversos ojos diminutos brillaban de odio. Atacó unos momentos al rastrillo, sin conseguir nada. Luego, de repente, se revolvió en una convulsión frenética que aterrorizó a los muchachos.

Algo zumbó en el cerebro de Charles, un sonido áspero y metálico, como un millón de alambres metálicos que vibraran a la vez. La fuerza le tiró al suelo; el estruendo metálico le aturdió y ensordeció. Se puso en pie, tambaleante, y retrocedió. Los demás le imitaron, pálidos y temblorosos.

—Si no podemos matarlo con la pistola —dijo Daniels—, podemos ahogarlo, quemarlo o hundirle un alfiler en el cráneo.

Se esforzó en mantener inmóvil al bicho con el rastrillo.

—Tengo un frasco con formaldehído —murmuró Daniels. Sus dedos juguetearon con la pistola—. ¿Cómo funciona esto? Creo que no me…

Charles le arrebató la pistola.

—Yo lo mataré.

Se agachó, apuntó y cerró el dedo sobre el gatillo. El bicho se debatió. El campo de fuerza martilleaba en sus oídos, pero no soltó la pistola. Su dedo se fue cerrando…

—Muy bien, Charles —dijo el padre-cosa.

Unos dedos poderosos paralizaron sus muñecas. El arma cayó al suelo, mientras luchaba en vano. El replicante se precipitó sobre Peretti. El muchacho saltó y el bicho, liberado del rastrillo, desapareció por el túnel.

—Te espera una buena zurra, Charles —tronó el padre-cosa—. ¿Qué mosca te ha picado? Tu pobre madre está loca de preocupación.

Estaba al acecho, oculto entre las sombras. Agazapado en la oscuridad, vigilándoles. Su voz serena y desprovista de emoción, una parodia espantosa de la de su padre, retumbó en sus oídos mientras le arrastraba hacia el garaje. Su frío aliento, de olor dulzón, como tierra putrefacta, bañó su rostro. Su fuerza era inmensa; no podía hacer nada.

—No opongas resistencia —dijo el ser con calma—. Entra en el garaje. Es por tu bien. Lo sé mejor que tú, Charles.
—¿Le has encontrado? —preguntó su madre con voz nerviosa, mientras abría la puerta trasera.
—Sí, le he encontrado.
—¿Qué vas a hacer?
—Darle una pequeña azotaina. —El replicante abrió la puerta del garaje—. En el garaje. —Una leve sonrisa, desprovista de humor y emoción, dilató sus labios en la semipenumbra—. Vuelve a la sala de estar, June. Yo me ocuparé de este asunto. Soy el más adecuado. A ti nunca te gustó castigarle.

La puerta se cerró de mala gana. Cuando la luz se apagó, Peretti se agachó y tomó la pistola. El replicante se quedó inmóvil al instante.

—Vuelvan a casa, chicos —dijo con voz rasposa.

Peretti no parecía muy decidido.

—Lárguense —repitió el replicante—. Tira ese juguete y lárgate.

Avanzó poco a poco hacia Peretti, aferrando a Charles con una mano y extendiendo la otra hacia Peretti.

—En esta ciudad están prohibidas las pistolas de bajo calibre, hijo. ¿Tu padre sabe que la tienes? Lo dice una ordenanza municipal. Será mejor que me la des antes que…

Peretti le disparó en el ojo.

El replicante gimió y se llevó la mano a su ojo destrozado. De repente, se abalanzó sobre Peretti. Éste se alejó hacia el camino particular, mientras intentaba amartillar la pistola. El replicante saltó. Sus fuertes dedos se apoderaron de la pistola. En silencio, la rompió contra la pared de la casa.

Charles salió del trance y huyó. ¿Dónde podía ocultarse? El padre-cosa se interponía entre él y la casa. Ya corría hacia él, una forma negra que avanzaba con cautela, escudriñaba la oscuridad, intentaba localizarle. Charles retrocedió. Si tuviera algún sitio donde esconderse…

Los bambúes.

Se deslizó en silencio entre los bambúes. Los tallos eran gruesos, viejos. Se cerraron tras él con un leve crujido. El replicante buscó algo en el bolsillo. Encendió una cerilla, y después ardió toda la caja.

—Charles —dijo—. Sé que estás por aquí. Es inútil que te escondas. Lo único que lograrás será crearte más dificultades.

Charles se acuclilló entre los bambúes. Su corazón latía con violencia. Era como un vertedero, rebosante de malas hierbas, basura, papeles, cajas, ropa vieja, tablas, latas, botellas. Arañas y salamandras se arrastraban a su alrededor. El viento nocturno movía los bambúes. Insectos y podredumbre.

Y algo más.

Una forma, una forma silenciosa e inmóvil que se alzaba entre los desperdicios como un champiñón nocturno. Una columna blanca, una masa pulposa que brillaba a la luz de la luna. Estaba cubierta de telarañas, como un capullo mohoso. Poseía vagos brazos y piernas. Una cabeza a medio formar. Las facciones aún no se distinguían. Pero sabía lo que era.

Una madre-cosa. Crecía en el terreno húmedo y podrido, entre el garaje y la casa. Detrás de los altos bambúes.

Casi estaba terminada. En unos cuantos días alcanzaría la madurez. Aún era una larva, blanca, blanda y pulposa. Pero el sol la secaría y calentaría. Endurecería su concha. Le proporcionaría fuerza y un tono más oscuro. Surgiría del capullo y un día, cuando su madre pasara junto al garaje… Detrás de la madre-cosa había otra larva blanca y pulposa, expulsada por el bicho hacía poco. Pequeña. Acababa de nacer. Comprendió de dónde había surgido el padre-cosa, dónde había crecido. Había madurado aquí. Y su padre se había topado con él en el garaje.

Charles se alejó poco a poco de las tablas podridas, de los desperdicios, de la larva en forma de champiñón. Extendió la mano para agarrarse a la valla…, y retrocedió.

Otra. Otra larva. No la había visto. No era blanca. Ya era de color oscuro. La telaraña, la blandura pulposa, la humedad, habían desaparecido. Estaba preparada. Se movió un poco, agitó los brazos débilmente.

El replicante de Charles.

Los tallos de bambú se separaron y el padre-cosa agarró con fuerza la muñeca del niño.

—Quédate aquí. Es el lugar perfecto. No te muevas. —Con la otra mano arrancó los restos del capullo que rodeaba al replicante de Charles. Le echaré una mano. Aún está un poco débil.

Cayó la última brizna grisácea y el replicante de Charles salió; tambaleante. Avanzó con torpeza, mientras el padre-cosa despejaba de obstáculos el camino que le conducía a Charles.

—Por aquí —gruñó—. Yo lo sujetaré. Cuando hayas comido, serás más fuerte.

El replicante de Charles abrió y cerró la boca. Extendió los brazos hacia Charles. El chico se debatió, pero la inmensa mano del padre-cosa le inmovilizó.

—Basta ya, jovencito —ordenó—. Te resultará mucho más fácil si…

Chilló y se retorció. Soltó a Charles y retrocedió. Su cuerpo se agitó con violencia. Se golpeó contra el garaje. Todos sus miembros temblaban. Rodó y sufrió convulsiones durante un rato, presa del dolor. Lloriqueó, gimió, intentó alejarse. Poco a poco, sus movimientos se aplacaron, hasta convertirse en un bulto silencioso. Quedó tendido entre los bambúes y los restos podridos, el cuerpo fláccido, la cara desprovista de la menor expresión.

Por fin, el padre-cosa cesó de moverse. Sólo se oía el leve susurro de las cañas, mecidas por el viento.

Charles se puso en pie con movimientos torpes. Salió al camino particular. Peretti y Daniels se acercaron con cautela, los ojos abiertos como platos.

—No te acerques —ordenó Daniels—. Aún no está muerto. Tardan un poco.
—¿Cómo lo hiciste? —murmuró Charles.

Daniels depositó el bidón de queroseno en el suelo con un gruñido de alivio.

—Lo encontré en el garaje. En Virginia, los Daniels siempre utilizábamos queroseno para matar los mosquitos.
—Daniels vertió queroseno en el túnel del bicho —explicó Peretti todavía aturdido—. Fue idea suya.

Daniels propinó una patada al cuerpo retorcido del padre-cosa.

—Ya ha muerto. Murió al mismo tiempo que el bicho.
—Imagino que los demás también morirán —dijo Peretti.

Apartó las cañas para examinar las larvas que crecían entre los desperdicios. Cuando Peretti hundió el extremo de un palo en el pecho del replicante de Charles, éste no se movió.

—Está muerto.
—Será mejor que nos aseguremos —dijo Daniels, ceñudo.

Tomó el pesado bidón de queroseno y lo arrastró hacia el borde del cañaveral.

—Dejó caer unas cerillas en el camino particular. Ve a recogerlas, Peretti.

Intercambiaron una mirada.

—Claro —dijo Peretti en voz baja.
—Sugiero que cerremos la tapa para evitar que se derrame —dijo Charles.
—Démonos prisa —replicó Peretti, impaciente.

Se puso a andar sin esperarles. Charles le siguió a toda prisa y empezó a buscar las cerillas bajo la luz de la luna.

Algunas peculiaridades de los ojos

Descubrí por puro accidente que la Tierra había sido invadida por una forma de vida procedente de otro planeta. Sin embargo, aún no he hecho nada al respecto; no se me ocurre qué. Escribí al gobierno, y en respuesta me enviaron un folleto sobre la reparación y mantenimiento de las casas de madera. En cualquier caso, es de conocimiento general; no soy el primero que lo ha descubierto. Hasta es posible que la situación esté controlada.

Estaba sentado en mi butaca, pasando las páginas de un libro de bolsillo que alguien había olvidado en el autobús, cuando topé con la referencia que me puso en la pista. Por un momento, no reaccioné. Tardé un rato en comprender su importancia. Cuando la asimilé, me pareció extraño que no hubiera reparado en ella de inmediato.

Era una clara referencia a una especie no humana, extraterrestre, de increíbles características. Una especie, me apresuro a señalar, que adopta el aspecto de seres humanos normales. Sin embargo, las siguientes observaciones del autor no tardaron en desenmascarar su auténtica naturaleza. Comprendí en seguida que el autor lo sabía todo. Lo sabía todo, pero se lo tomaba con extraordinaria tranquilidad. La frase (aún tiemblo al recordarla) decía:

…sus ojos pasearon lentamente por la habitación.

Vagos escalofríos me asaltaron. Intenté imaginarme los ojos. ¿Rodaban como monedas? El fragmento indicaba que no; daba la impresión que se movían por el aire, no sobre la superficie. En apariencia, con cierta rapidez. Ningún personaje del relato se mostraba sorprendido. Eso es lo que más me intrigó. Ni la menor señal de estupor ante algo tan atroz. Después, los detalles se ampliaban.

…sus ojos se movieron de una persona a otra.

Lacónico, pero definitivo. Los ojos se habían separado del cuerpo y tenían autonomía propia. Mi corazón latió con violencia y me quedé sin aliento. Había descubierto por casualidad la mención a una raza desconocida. Extraterrestre, desde luego. No obstante, todo resultaba perfectamente natural a los personajes del libro, lo cual sugería que pertenecían a la misma especie.

¿Y el autor? Una sospecha empezó a formarse en mi mente. El autor se lo tomaba con demasiada tranquilidad. Era evidente que lo consideraba de lo más normal. En ningún momento intentaba ocultar lo que sabía. El relato proseguía:

…a continuación, sus ojos acariciaron a Julia.

Julia, por ser una dama, tuvo el mínimo decoro de experimentar indignación. La descripción revelaba que enrojecía y arqueaba las cejas en señal de irritación. Suspiré aliviado. No todos eran extraterrestres. La narración continuaba:

…sus ojos, con toda parsimonia, examinaron cada centímetro de la joven.

¡Santo Dios! En este punto, por suerte, la chica daba media vuelta y se largaba, poniendo fin a la situación. Me recliné en la butaca, horrorizado. Mi esposa y mi familia me miraron, asombrados.

—¿Qué pasa, querido? —preguntó mi mujer.

No podía decírselo. Revelaciones como ésta serían demasiado para una persona corriente. Debía guardar el secreto.

—Nada —respondí, con voz estrangulada.

Me levanté, cerré el libro de golpe y salí de la sala a toda prisa.
Seguí leyendo en el garaje. Había más. Leí el siguiente párrafo, temblando de pies a cabeza:

…su brazo rodeó a Julia. Al instante, ella pidió que se lo quitara, cosa a la que él accedió de inmediato, sonriente.

No consta qué fue del brazo después que el tipo se lo quitara. Quizá se quedó apoyado en la pared, o lo tiró a la basura. Da igual en cualquier caso, el significado era diáfano.
Era una raza de seres capaces de quitarse partes de su anatomía a voluntad. Ojos, brazos…, y tal vez más. Sin pestañear. En este punto, mis conocimientos de biología me resultaron muy útiles. Era obvio que se trataba de seres simples, unicelulares, una especie de seres primitivos compuestos por una sola célula. Seres no más desarrollados que una estrella de mar. Estos animalitos pueden hacer lo mismo.

Seguí con mi lectura. Y entonces topé con esta increíble revelación, expuesta con toda frialdad por el autor, sin que su mano temblara lo más mínimo:

…nos dividimos ante el cine. Una parte entró, y la otra se dirigió al restaurante para cenar.

Fisión binaria, sin duda. Se dividían por la mitad y formaban dos entidades. Existía la posibilidad que las partes inferiores fueran al restaurante, pues estaba más lejos, y las superiores al cine. Continué leyendo, con manos temblorosas. Había descubierto algo importante. Mi mente vaciló cuando leí este párrafo:

…temo que no hay duda. El pobre Bibney ha vuelto a perder la cabeza.

Al cual seguía:

…y Bob dice que no tiene entrañas.

Pero Bibney se las ingeniaba tan bien como el siguiente personaje. Éste, no obstante, era igual de extraño. No tarda en ser descrito como:

…carente por completo de cerebro.

El siguiente párrafo despejaba toda duda. Julia, que hasta el momento me había parecido una persona normal se revela también como una forma de vida extraterrestre, similar al resto:

…con toda deliberación, Julia había entregado su corazón al joven.

No descubrí a qué fin había sido destinado el órgano, pero daba igual. Resultaba evidente que Julia se había decidido a vivir a su manera habitual, como los demás personajes del libro. Sin corazón, brazos, ojos, cerebro, vísceras, dividiéndose en dos cuando la situación lo requería. Sin escrúpulos.

… a continuación le dio la mano.

Me horroricé. El muy canalla no se conformaba con su corazón, también se quedaba con su mano. Me estremezco al pensar en lo que habrá hecho con ambos, a estas alturas.

…tomó su brazo.

Sin reparo ni consideración, había pasado a la acción y procedía a desmembrarla sin más. Rojo como un tomate, cerré el libro y me levanté, pero no a tiempo de soslayar la última referencia a esos fragmentos de anatomía tan despreocupados, cuyos viajes me habían puesto en la pista desde un principio:

…sus ojos le siguieron por la carretera y mientras cruzaba el prado.

Salí como un rayo del garaje y me metí en la bien caldeada casa, como si aquellas detestables cosas me persiguieran. Mi mujer y mis hijos jugaban al monopolio en la cocina. Me uní a la partida y jugué con frenético entusiasmo. Me sentía febril y los dientes me castañeteaban.

Ya había tenido bastante. No quiero saber nada más de eso. Que vengan. Que invadan la Tierra. No quiero mezclarme en ese asunto.

No tengo estómago para esas cosas.

 

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Ciencia ficción: precursores y fundadores, por Elvio E. Gandolfo

Capítulo primero de “El libro de los géneros recargado” de Elvio E. Gandolfo, editado por Blatt & Ríos. 

 

La ciencia ficción, al igual que la narración policial, la novela rosa o el western, es una forma literaria popular, y entra dentro del fenómeno de los “géneros”, que se desarrolla desde mediados del siglo XIX hasta la actualidad. El término “género” tiene en este caso un matiz distinto, más limitado y particular, que cuando se lo emplea para referirse a las diferencias entre la novela, el drama o la poesía. En ese sentido está relacionado sobre todo con la difusión, y su consideración incluye elementos que no suelen tenerse en cuenta para valorar una obra literaria a secas. Así, por ejemplo, dentro de la evolución de un género suelen ser más importantes las obras “básicas”, las que destacan la originalidad, el primer empleo de un tema, por ejemplo, que las obras “mejores”, desde un punto de vista estilístico. Importa más el tiraje de un libro, la cantidad de público que lo lee, que su calidad intrínseca, siempre si hablamos dentro de ese género.

No puede dejar de tenerse en cuenta, sin embargo, que hay múltiples vasos de comunicación entre ese mundo restringido y el de la literatura general. Sobre todo en el siglo XX, los géneros de difusión popular han cumplido un papel vivificador en momentos de estancamiento, no por oculto menos importante.

En el caso de la ciencia ficción su peso dentro de la cultura ha adquirido una amplitud fuera de lo común. Muchas de sus supuestas profecías se han cumplido y su presencia es múltiple en la vida cotidiana. Un aparato demasiado aerodinámico, un ambiente o decorado futurista son de “ciencia ficción” en el habla común.

La omnipresencia del fenómeno hace olvidar en ocasiones que el género pertenece, ante todo, a lo escrito, a la literatura, y que cuenta con una historia compleja y precisa. Aquí nos concentraremos sobre todo en los precursores y en los fundadores del mismo. La línea divisoria entre ambos sería justamente el momento de conformación de una prensa periódica o masiva que le dio su base de difusión y sus virtudes y defectos. En el caso de los precursores no hay conciencia de estar escribiendo dentro de un género preciso; en el de los fundadores esa conciencia ya se va precisando.

Precursores

Con las obras precursoras de la ciencia ficción ocurre como con el descubrimiento de América en el terreno histórico. Es indudable que hubo diversas expediciones anteriores al desembarco de Colón. Pero este último significó el momento definido de choque e interpenetración entre dos mundos, la exploración sistemática de un terreno nuevo. Del mismo modo es indudable la relación que tienen muchas de las obras precursoras con la ciencia ficción, pero no la han generado, se han transformado en antecedentes justamente a partir de su existencia.

Como elemento común a muchos de los textos desperdigados en los siglos anteriores al XIX, puede citarse el hecho de que por lo general tienen que ver con mentes inquisitivas, especuladoras, satíricas, humorísticas, apartadas de las corrientes comúnmente aceptadas de la literatura de la época, y en más de una ocasión pertenecientes a filósofos, predicadores de nuevas sociedades o disconformes radicales con las condiciones vigentes. Dentro del siglo XIX la mayor parte de los escritores cuenta con algún relato encuadrable dentro de la ciencia ficción o la narración fantástica, muy cercana al género que nos ocupa.

Con cierto exagerado propósito de dotar de cartas de nobleza a un género popular se tiende a veces a incluir dentro de él, o como antepasado de él, casi la totalidad no sólo de la literatura sino de los textos escritos por el hombre. Así hay quienes citan fragmentos de la Biblia, del Popol Vuh o de otros libros de orden religioso. Menos erróneo es reconocer la influencia de todo el material mitológico, reencarnado bajo distintos ropajes en la ciencia ficción moderna. En ese sentido pueden citarse obras básicas como la epopeya de Gilgamesh, La Ilíada, La Odisea, incluso en el aspecto de la estructura, de la forma de presentar una serie de aventuras. En lo temático, La República de Platón ha influido a más de una utopía posterior, y el fragmento del Critón donde se cita La Atlántida ha desencadenado bibliotecas enteras de civilizaciones desaparecidas u ocultas.

Con el paso del tiempo, uno de los temas más insistentes es el del viaje a la Luna, o la ubicación de reinos y ciudades imaginarias en el cielo. Luciano de Samosata habla de ellas en su Historia verdadera, en el siglo II. En 1536 Ariosto imagina en el Orlando Furioso un desplazamiento hasta nuestro satélite mediante un ala de buitre y otra de águila. A partir de las observaciones con telescopio de Galileo, realizadas en 1609, los relatos comienzan a incorporar datos científicos. Kepler da a conocer teorías astronómicas bajo forma de sueño en su famoso Somnium (1634). El obispo inglés Francis Godwin publica su The Man in the Moone en 1638, y a mediados de ese siglo aparece uno de los viajes a la Luna más famosos: El otro mundo o Los Estados e imperios de la Luna, de Cyrano de Bergerac, personaje auténticamente novelesco. En él, intenta viajar en primer lugar mediante botellones de rocío (sabido era entonces que la Luna atraía el rocío), pero fracasa y aterriza en Canadá. Luego lo intenta con cohetes (idea realmente de avanzada) y es salvado de caer nuevamente a tierra gracias a la atracción gravitatoria de nuestro satélite. A partir de su llegada, el libro se transforma en un desfile de ideas brillantes en ocasiones, un tanto farragosas en otras, relacionadas con los intereses múltiples de su aventurero autor.

Por su parte el deán irlandés Jonathan Swift describe distintas sociedades y una isla voladora en sus justamente célebres Viajes de Gulliver (1726), donde la acidez de sus críticas y de su cinismo está inextricablemente ligada a su poderosa capacidad narrativa, evitando así la alegoría directa o el texto de tesis. Lo mismo ocurre con el Micromègas (1752) de Voltaire.

La Utopía (1516) de Tomás Moro inaugura el híbrido subgénero utópico, a mitad de camino entre el ensayo y la narración, que sería continuado por Campanella (con La ciudad del sol, 1623), Bacon (con La nueva Atlántida, 1627) e innumerables idealistas posteriores.

El barón danés Louis de Holberg publicó en 1741 su Viaje de Nicolás Klim por el mundo subterráneo, dando origen al tema de la tierra hueca y habitada, que tendría descendientes tan importantes como el Viaje al centro de la tierra de Verne, o Pellucidar, el fantástico mundo de cavernas inventado por E. R. Burroughs, creador de Tarzán.

A partir de 1764, fecha de publicación de El castillo de Otranto de Horace Walpole, aparece la novela gótica, relacionada con lo sobrenatural y el terror, y que inaugurará más de un elemento típico de la ciencia ficción.

Enraizada con vigor en la novela gótica inglesa, y participando de la extraña mezcla de ciencias exactas y ocultismo de fines del siglo XVIII, la novela Frankenstein o el Prometeo moderno (1817), de la novelista inglesa Mary Shelley, bien puede tomarse como el primer indicio concreto de la aparición de un género nuevo. Resultado de una apuesta con su esposo (el poeta Shelley), John Polidori y Byron, y escrita a los dieciocho años de edad, en ella aparecen elementos básicos: el sabio que roza la locura, los peligros de la experimentación, el ser creado que escapa al control de su creador, la parafernalia seudocientífica (el laboratorio con máquinas impresionantes, el poder omnipotente de la electricidad celestial). La novela tuvo gran éxito y conoció adaptaciones teatrales inmediatas y posteriormente adaptaciones cinematográficas que dieron al monstruo estatura de auténtico mito contemporáneo.

Entre los numerosos escritores que incluyen relatos relacionados con este género durante el siglo XIX pueden citarse ante todo a Edgar Allan Poe (en “El entierro prematuro”, “Hans Pfall”, “Manuscrito encontrado en una botella” y, especialmente, en su única novela, Las aventuras de Arthur Gordon Pym), Nathaniel Hawthorne (en “El experimento del Dr. Heidegger”, “La hija de Rapaccini”, “La marca de nacimiento”), Ambrose Bierce, Fitz James O’Brien, Jack London, Samuel Butler y Sir Edward Bulwer Lytton. En Francia, tanto Balzac como Alphonse Daudet y Erckmann-Chatrian ofrecieron ejemplos aislados de ciencia ficción.

La prensa periódica

A partir de mediados del siglo XIX los grandes adelantos en las técnicas gráficas, sumados a la educación primaria compulsiva, crearon un enorme mundo lector y un mecanismo de publicación y distribución de material de lectura que tuvo su manifestación más importante en la prensa periódica.

Ese mecanismo se puso en marcha ante todo en Estados Unidos, Inglaterra y Francia, reproduciéndose luego con pocas variantes en los demás países occidentales.

En Estados Unidos el Saturday Evening Post ya alcanzaba entre 80 y 90 mil ejemplares por número hacia fines de 1855. Se publicaban además revistas semanales y relatos (las dime novels) a bajo precio, para las clases con menos recursos económicos. Ya hacia fines de siglo y principios del XX, publicaciones como la ya citada y el Ladies’ Home Journal tenían un tiraje que oscilaba en el medio millón de ejemplares.

En Inglaterra el editor más destacado era George Newnes, que lanzó las revistas Tit Bits (célebre también en su versión castellana) y The Strand, donde aparecieron la mayor parte de los cuentos de Sherlock Holmes.

Casi todas estas revistas incluían seriales, relatos de diversa medida y también, señal del interés cada vez mayor por lo científico en sus aspectos sensacionalistas, famosos fraudes, como The Moon Hoax, fraguado por un periodista del diario The Sun en 1835, fingiendo informar sobre observaciones del célebre astrónomo Herschel.

La primera revista que incluyó sólo cuentos fue Argosy, a partir de 1896. Era publicada por Frank Munsey, un personaje novelesco, típicamente americano, que llegó a poseer una gran cadena de publicaciones.

Entre los innumerables autores ahora ya olvidados puede citarse a Louis Phillips Senarens (1863-1939), destacable por su productividad: cerca de mil quinientos títulos. Otros autores de mayor o menor importancia, difundidos en ese entonces, son Robert Barr, Fred M. White, Grant Allen, Arthur Conan Doyle, Rider Haggard (cuyas novelas se señalizaban en las publicaciones periódicas norteamericanas) y W. H. Hodgson.

La obra de quienes fundaron la ciencia ficción estaría ya enmarcada dentro de este mundo de producción masiva de libros y revistas.

Fundadores

Con Julio Verne, H. G. Wells y J. H. Rosny Ainé llegamos a los verdaderos padres fundadores. El primero constituyó un adecuado puente de transición con la novela de aventuras. Sus narraciones se basaban hasta donde era posible en la ciencia conocida, y participaban de positivismo filosófico de la época, creyente del progreso, elemento que se fue atenuando en los últimos años de su vida, tiñendo de amargura algunos de sus relatos finales (como El eterno Adán, publicado póstumamente en 1910).

Para precisar lo que lo diferenciaba de H. G. Wells, Verne declaró “Yo aplico la ciencia, él inventa”. La frase, en su concisión, es útil para distinguir también dos grandes ramas de la ciencia ficción en general: la corriente soviética y una reducida porción de la norteamericana (últimamente bautizada como hard science) seguirían a Verne en su respeto por los hechos conocidos y en los propósitos didácticos, aunque con menor empuje y frescura que en el maestro. El resto, que constituye la porción más importante del género, inventaría, como Wells, renovando la narración fantástica y brindándole a la ciencia ficción esa extraña mezcla de lo maravilloso explicado con lo filosófico o lo metafísico que la ha caracterizado hasta hoy.

Las novelas y cuentos de H. G. Wells (1888-1940) asentaron los temas clásicos y hasta el modo de tratarlos, en una producción no muy extensa que abarca pocos años, y conocida en esa época como sus “novelas científicas” (scientific romances). Los temas y títulos más importantes fueron: el viaje por el tiempo en La máquina del tiempo (1896), la locura de la ambición científica desmedida y la revitalización del tema del golem en La isla del Dr Moreau (1896), la invisibilidad en El hombre invisible (1897) y sobre todo la invasión extraterrestre, de tan fecunda continuidad, en La guerra de los mundos (1898), que marcaba además el derrumbe del positivismo y el antropocentrismo de la época victoriana.

La obra del francés J. H. Rosny Ainé (1856-1940) ha sido mucho menos reconocida que la de los autores anteriores, aunque no es menos importante. Como rasgos distintivos pueden anotarse el tono espiritualista de muchos de sus relatos y el ritmo poético de su prosa, a veces de arrebatado panteísmo. Describió el encuentro de seres humanos con una raza extraterrestre en Los Xipéhuz (1887; el ocaso de la vida terrestre ante una nueva forma biológica (los ferromagnetales) en La muerte de la Tierra (1910); un cataclismo cósmico en La fuerza misteriosa (1914) y una típica saga espacial en Los navegantes del infinito (1928).

Para dar punto final a esta imprecisa zona de los fundadores, mencionaremos a dos de los que han quedado más relegados en la consideración histórica y crítica: el francés Albert Robida, eximio dibujante que describió gráfica y literariamente artefactos cotidianos y armas del futuro en obras como Los viajes extraordinarios de Saturnino Farándula, y el periodista norteamericano Edward P. Mitchell, que anticipó con ágil estilo temas de Wells como la invisibilidad y el viaje por el tiempo, e imaginó, entre otras invenciones, la implantación de una computadora dentro de un cerebro humano.

Con esto llegamos a los límites impuestos para el presente trabajo. Incluyendo la producción de las décadas posteriores, que acentuaron por una parte la tendencia literaria en lo estilístico y por otro la diversificación de los medios de expresión o de presencia de la ciencia ficción hasta convertirla en un fenómeno que rompe las barreras de lo literario, pueden apuntarse algunos de sus aportes.

En algunas de sus zonas le ha dado continuidad al relato épico, estancado en el western y presente aquí bajo la forma de la space opera, difundida sobre todo durante la época de la Gran Depresión, en un estallido de sociedades vistosas y aventuras espaciales de capa y espada, que contrastaba con la dura realidad. En otras zonas, la ciencia ficción ha logrado una especie de vulgarización o solidificación alrededor de estructuras de alcance popular de imágenes del inconsciente personal o colectivo que el movimiento surrealista tocó con marcado elitismo; y en un buen par de docenas de novelas importantes ha construido una salida viable para el encajonamiento al que había llegado la novela psicológica burguesa, caída en la evidente decadencia de los best-sellers.

Por último, y quizá más importante, ha desplegado una especie de vastísima visión de los anhelos y pesadillas de la raza humana. Como es lógico, la realidad ha sido menos brillante que la visión (basta comprar lo que brinda hasta ahora la conquista del espacio con los delirios de la space opera). Pero en toda novela o cuento mayor del género se detecta un aliento casi metafísico, de búsqueda de otra cosa, que evita la alegoría y el irracionalismo,  expresándose con las herramientas de la imaginación, sin trampear, sin aprovechar el anhelo público de esa otra dimensión misteriosa para inventar la seudobúsqueda de vanos dioses astronautas.

Cómo alimentar a una musa y conservarla, por Ray Bradbury

No es fácil. Nadie lo ha hecho nunca de un modo sistemático. Los que más se esfuerzan acaban ahuyentándola al bosque. Los que le vuelven la espalda y se pasean despreocupados, silbando bajito entre dientes, la oyen andar tras ellos con cautela, atraída por un desdén cuidadosamente adquirido.

Por supuesto, hablamos de La Musa.

El término ha desaparecido del lenguaje de nuestro tiempo. Las más de las veces sonreímos al oírlo y evocamos imágenes de una frágil diosa griega cubierta de helechos, arpa en mano, acariciando la frente de nuestro sudoroso Escriba.

La Musa, entonces, es la más asustadiza de las vírgenes. Se sobresalta al menor ruido, palidece si uno le hace preguntas, gira y se desvanece si uno le perturba el vestido.

¿Qué la aflige?, se preguntarán ustedes. ¿Por qué la estremece una mirada? ¿De dónde viene y adónde va? ¿Cómo lograr que nos visite por períodos más largos? ¿Qué temperatura la complace? ¿Le gustan las voces fuertes o suaves? ¿Dónde se le compra el alimento, de qué calidad y cuánto, y a qué horas come?

Podemos empezar parafraseando un poema de Oscar Wilde, sustituyendo la palabra «Arte» por «Amor»:

El Arte escapará si tu mano es floja, y morirá si aprietas demasiado. Mano leve, mano fuerte, ¿cómo saber si retengo el Arte o lo he soltado?

Que cada cual reemplace, si quiere, «Arte» por «Creatividad», o «Inconsciente» o «Ardor», o cualquier palabra que describa lo que ocurre cuando uno gira como una rueda de fuego y un relato «sucede».

Quizás otra forma de describir a La Musa sería reexaminar esas pequeñas motas de luz, esas etéreas burbujas que cruzan flotando la visión de todos, diminutas pecas en la lente externa y transparente del ojo. Inadvertidas años enteros, pueden volverse de pronto insoportablemente molestas, interrumpirnos a cualquier hora del día. Se entrometen y arruinan lo que se está mirando. El problema de las «manchitas» ha llevado a más de uno al médico. El inevitable consejo es: no les haga caso y se irán. Lo cierto es que no se van; se quedan, pero, más allá de ellas, uno se concentra en el mundo y sus cambiantes objetos, como es debido.

Lo mismo con nuestra Musa. Si ponemos la atención más allá de ella, recupera el aplomo y se aparta.

Es mi opinión que para Conservar a una Musa, primero hay que ofrecerle comida. Cómo se alimenta algo que todavía no está ahí es un poco difícil de explicar. Pero vivimos en un clima de paradojas. Una más no debería hacernos daño.

El hecho es harto simple. A lo largo de la vida, ingiriendo comida y agua, construimos células, crecernos y nos volvemos más grandes y sustanciosos. Lo que no era, ahora es. El proceso no se puede detectar. Sólo se percibe a intervalos. Sabemos que está sucediendo, pero no muy bien cómo ni por qué.

De modo parecido, a lo largo de la vida nos llenamos de son idos, visiones, olores, sabores y texturas de personas, animales, paisajes y acontecimientos grandes y pequeños. Nos llenamos de impresiones y experiencias y de las reacciones que nos provocan. Al inconsciente entran no sólo datos empíricos sino también datos reactivos, nuestro acercamiento o rechazo a los hechos del mundo.

De esta materia, de este alimento se nutre La Musa. Ése es el almacén, el archivo, al que hemos de volver en las horas de vigilia para cotejar la realidad con el recuerdo, y en el sueño para cotejar un recuerdo con otro, lo que significa un fantasma con otro, y exorcisarlos si hace falta.

Lo que para todos los demás es El Inconsciente, para el escritor se convierte en La Musa. Son dos nombres de lo mismo. Pero independientemente de cómo lo llamemos, allí está el centro del individuo que fingirnos encomiar, al que alzamos altares y de la boca para afuera lisonjeamos en nuestra sociedad democrática. Porque sólo en la totalidad de su propia experiencia, que archiva y olvida, es cada hombre realmente distinto de todos los demás. Pues nadie asiste en su vida a los mismos acontecimientos en el mismo orden. Uno ve la muerte antes que otro, o conoce el amor más temprano. Cuando dos hombres ven el mismo accidente, cada uno lo archiva con diferentes referencias, en otro lugar de su alfabeto único. En el mundo no hay cien elementos; hay dos billones. Cada uno dejará una marca diferente en espectroscopios y balanzas.

Sabemos qué nuevo y original es cada hombre, incluso el más lerdo e insípido. Mi padre y yo no fuimos realmente grandes amigos hasta muy tarde. El lenguaje, el pensamiento cotidiano de él no era muy excepcional, pero bastaba que yo dijera «Papá cuéntame cómo era Tombstone cuando tenías diecisiete años», o «¿Y los trigales de Minnesota cuando tenías veinte?», para que papá se largara a hablar de cómo había huido de su casa a los dieciséis, rumbo al oeste a comienzos de este siglo, antes de que se fijaran las fronteras, cuando en vez de autopistas sólo había sendas de caballo y vías de tren y en Nevada arreciaba la Fiebre del Oro.

El cambio en la voz de papá, la aparición de la cadencia o las palabras justas, no sucedía en el primer minuto, ni en el segundo ni en el tercero. Sólo cuando había hablado cinco o seis minutos, y encendido la pipa, volvía de pronto la antigua pasión, los días pasados, las viejas melodías, el tiempo, la apariencia del sol, el sonido de las voces, los furgones surcando la noche profunda, los barrotes, los raíles estrechándose detrás en polvo dorado a medida que adelante se abría el Oeste: todo, todo, y allí la cadencia, el momento, los muchos momentos de verdad y por lo tanto de poesía.

De pronto La Musa se había presentado a papá.

La Verdad se le acomodaba en la mente.

El Inconsciente se ponía a decir lo suyo, intacto, y le fluía por la lengua.

Como debemos hacer nosotros cuando escribirnos.

Como podemos aprender de todo hombre, mujer o niño de alrededor, cuando, conmovidos y emocionados, cuentan algo que hoy, ayer o algún otro día los despertó al amor o al odio. En algún momento, después de chisporrotear húmedamente, la mecha destella y empiezan los fuegos artificiales.

Ah, para muchos es un trabajo duro y dificil meterse con el lenguaje. Pero yo he oído a granjeros hablar de su primera cosecha de trigo en la primera granja de un estado, recién llegados de otro, y aunque no eran Robert Frost parecían su primo tercero. He oído a conductores de locomotora hablar de América en el tono de Thomas Wol- fe, que recorrió nuestro país con estilo como lo recorrían ellos con acero. He oído a madres contar la larga noche de su primer parto y el miedo de que el bebé muriese. Y he oído a mi abuela hablar de la primera pelota que tuvo, a los siete años. Y, cuando se les entibiaban las almas, todos eran poetas.

Si parece que he tomado el camino más largo, quizá sea así. Pero quería mostrar qué llevamos todos dentro, eso que siempre ha estado allí y tan pocos nos molestamos en tener en cuenta. Cuando la gente me pregunta de dónde saco las ideas me da risa. Qué extraño… Tanto nos ocupa mirar fuera, para encontrar formas y medios, que olvidamos mirar dentro.

Para recalcar la cuestión, pues, La Musa está ahí, almacén fantástico, todo nuestro ser. Todo lo más original sólo espera que nosotros lo convoquemos. Y sin embargo sabemos que no es tan fácil. Sabemos cuán frágil es la trama tejida por nuestros padres o tíos o amigos, a quienes una palabra equivocada, un portazo o una sirena de bomberos pueden destruir el momento. Así también, el embarazo, la timidez o el recuerdo de las críticas pueden endurecer a la persona media de modo que cada vez sea menos capaz de abrirse.

Digamos que todos nos hemos alimentado de la vida, primero, y más tarde de libros y revistas. La diferencia es que una de esas series de acontecimientos nos sucedió, y la otra fue alimentación deliberada.

– Si vamos a poner nuestro inconsciente a dieta, ¿cómo preparar el menú?

Bien, la lista podría empezar así:

Lea usted poesía todos los días. La poesía es buena porque ejercita músculos que se usan poco. Expande los sentidos y los mantiene en condiciones óptimas. Conserva la conciencia de la nariz, el ojo, la oreja, la lengua y la mano. Y, sobre todo, la poesía es metáfora o símil condensado. Como las flores de papel japonesas, a veces las metáforas se abren a formas gigantescas. En los libros de poesía hay ideas por todas partes; no obstante, qué pocos maestros del cuento recomiendan curiosearlos.

Mi cuento «La costa en el crepúsculo» es resultado directo de haber leído el encantador poema de Robert Hillyer sobre el encuentro de una sirena cerca de Plymouth Rock. Mi cuento «Vendrán lluvias suaves» se basa en el poema así titulado de Sara Teasdale, y el cuerpo del cuento engloba el tema del poema. De «Aunque siga brillando la luna» de Byron surgió un capítulo de mi novela Crónicas marcianas, que habla de una raza muerta de marcianos que por las noches ya no rondarán los mares vacíos. En estos casos, y docenas más, hice que una metáfora saltara hacia mí, me diera impulso y me lanzara a escribir una historia.

¿Qué poesía? Cualquiera que ponga de punta el pelo de los brazos. No se esfuerce usted demasiado. Tómeselo con calma. Con los años puede alcanzar a T. S. Eliot, caminar junto con él e incluso adelantársele en su camino a otros pastos. ¿Dice que no entiende a Dylan Thomas? Bueno, pero su ganglio si lo entiende, y todos sus hijos no nacidos. Léalo con los ojos, como podría leer a un caballo libre que galopa por un prado verde e interminable en un día de viento.

¿Qué más conviene a nuestra dieta?

Libros de ensayo. También aquí escoja y seleccione, paséese por los siglos. En los tiempos previos a que el ensayo se volviera menos popular encontrará mucho que escoger. Nunca se sabe cuándo uno querrá conocer pormenores sobre la actividad del peatón, la crianza de abejas, el grabado de lápidas o el juego con aros rodantes. Aquí es donde hará el papel de diletante y obtendrá algo a cambio. Porque, en efecto, estará tirando piedras a un pozo. Cada vez que oiga un eco de su Inconsciente se conocerá un poco mejor. De un eco leve puede nacer una idea. De un eco grande puede resultar un cuento.

Busque libros que mejoren su sentido del color, de la forma y las medidas del mundo. ¿Y por qué no aprender sobre los sentidos del olfato y el oído? A veces sus personajes necesitarán usar nariz y orejas para no perderse la mitad de los olores y sonidos de la ciudad, y todos los sonidos del páramo libres aún en los árboles y la hierba de los parques.

¿Por qué esta insistencia en los sentidos? Porque para convencer al lector de que está ahí hay que atacarle oportunamente cada sentido con colores, sonidos, sabores y texturas. Si el lector siente el sol en la carne y el viento agitándole las mangas de la camisa, usted tiene media batalla ganada. Al lector se le puede hacer creer el cuento más improbable si, a través de los sentidos, tiene la certeza de estar en medio de los hechos. Entonces no se rehusará a participar. La lógica de los hechos siempre da paso a la lógica de los sentidos. A menos, claro, que corneta usted algo realmente imperdonable que saque al lector del contexto, como hacer que la Revolución Norteamericana triunfe con ametralladoras o presentar dinosaurios y cavernícolas en la misma escena (vivieron en épocas separadas por millones de años). Yaun en este último caso, una Máquina del Tiempo bien descrita y técnicamente perfecta puede volver a suspender la incredulidad.

Poesía, ensayos. ¿Y qué de los cuentos y las novelas? Por supuesto. Lea a los autores que escriben como espera escribir usted, que piensan como le gustaría pensar. Pero lea también a los que no piensan como usted ni escriben como le gustaría, y déjese estimular así hacia rumbos que quizá no tome en muchos años. Una vez más, no permita que el esnobismo ajeno le impida leer a Kipling, por ejemplo, porque no lo lee nadie más.

Vivimos en una cultura y una época tan inmensamente ricas en basura como en tesoros. En ocasiones es un poco difícil diferenciar la basura del tesoro, así que nos contenemos, temerosos de pronunciarnos. Pero como queremos darnos consistencia, recoger verdades a muchos niveles y de muchas maneras, probarnos en la vida y probar las verdades de otros que se nos ofrecen en tiras cómicas, shows televisivos, libros, revistas, periódicos, obras de teatro y películas, no debemos temer que nos vean en mala compañía. Siempre me he sentido en buenos términos con el «Pequeño Abner» de Al Capp. Creo que Charlie Brown puede enseñarnos mucho de psicología infantil. En los hermosos dibujos del «Príncipe Valiente» de Hal Foster hay todo un mundo de aventura romántica. De niño yo coleccionaba esa maravillosa tira del C. Williams sobre la clase media norteamericana, «A nuestro modo», que quizá más tarde haya influido en mis libros. Tanto soy el Charlie Chaplin de Tiempos modernos en 1935 como el amigo-lector de Aldous Huxley en 1961. No soy una sola cosa. Soy muchas cosas que Norteamérica ha sido en mi tiempo. Fui lo suficientemente sensato como para no dejar de moverme, aprender, crecer. Y nunca he abjurado de las cosas que me alimentaron ni les he vuelto la espalda. Aprendí de Tom Swift y aprendí de George Orwell. Me deleité con el Tarzán de Edgar Rice Burroughs (y sigo respetando esa vieja delicia y no me lavarán el cerebro) como me deleito hoy con las Screwtape Letters de C. S. Lewis. He conocido a Bertrand Russell y he conocido a Tom Mix, y mi Musa ha crecido en el abono de lo bueno, lo malo y lo indiferente. Soy una criatura capaz de recordar con amor no sólo los frescos de Miguel Ángel en el Vaticano sino también los sonidos hace tanto tiempo muertos del programa de radio «Vic y Sade».

¿Cuál es la pauta que mantiene todo esto unido? Si he alimentado a mi Musa con partes iguales de basura y tesoros, ¿cómo he llegado al cabo de la vida con historias que algunos consideran aceptables?

Pienso que hay un nexo. Todo lo que hice fue hecho con entusiasmo, porque quería, porque hacerlo me encantaba. El hombre más grande del mundo, un día, fue para mí Lon Chaney, fue Orson Welles en Ciudadano Mane, fue Laurence Olivier en Ricardo III. Cambian los hombres, pero hay algo que sigue siempre igual: la fiebre, el ardor, la delicia. Porque quería hacerlo, lo hice. Donde quería alimentar, alimenté. Me recuerdo vagando tras el escenario de mi pueblo natal, azorado, ¡con un conejo que me había dado el Mago Piedranegra en la mayor actuación de la historia! Me recuerdo en 1933, vagando azorado por las calles de papiermáché de la Exposición de Chicago sobre el Siglo del Progreso; y en 1954 por las salas del dux de Venecia. La calidad de cada evento fue inmensamente diferente, pero mi capacidad de beber la misma.

Esto no significa que en distintos momentos uno tenga que reaccionar a todo de igual forma. Por empezar es imposible. A los diez uno acepta a Verne y rechaza a Huxley. A los dieciocho acepta a Thomas Wolfe y deja atrás a Buck Rogers. A los treinta descubre a Melville y pierde a Thomas Wolfe.

Permanece la constante: la búsqueda, el encuentro, la admiración, el amor, la respuesta sincera a los materiales accesibles, por muy raídos que parezcan, cuando un día se vuelve a mirarlos. Cuando tenía diez años pedí una estatua de un gorila africano, de la cerámica más barata, que regalaban contra envío de la faja de un paquete de macarrones Fould. El gorila, que llegó por correo, tuvo una recepción tan grande como la ofrecida al Niño David en su primera ceremonia.

Así pues, la Alimentación de la Musa, a la cual hemos dedicado aquí la mayor parte del tiempo, me parece una continua persecución de amores, una comparación de esos amores con las necesidades presentes y futuras, un paso de texturas simples a complejas, de ingenuas a informadas, de no intelectuales a intelectuales. Nada se pierde nunca. Si uno ha transitado vastos territorios y se ha atrevido a amar tonterías, habrá aprendido hasta de los artículos más primitivos que alguna vez recogió y descartó. Una curiosidad errante por todas las artes, de la mala radio al buen teatro, de las canciones de cuna a la sinfonía, de la choza en la selva al Castillo de Kafka, siempre encontrará una excelencia básica que discernir, una verdad que guardar, saborear y utilizar más tarde, algún día. Hacer todo eso es ser una criatura de su tiempo.

No dé la espalda, por dinero, al material que ha acumulado en una vida.

No dé la espalda, por la vanidad de las publicaciones intelectuales, a lo que usted es; al material que lo hace singular, y por tanto indispensable a los otros.

Para alimentar a su Musa, pues, es preciso que usted siempre haya tenido hambre de vida, desde niño. De lo contrario es un poco tarde para empezar. Claro que mejor tarde que nunca. ¿Aún se siente dispuesto?

De ser así, tendrá que dar largos paseos nocturnos por su ciudad o su pueblo, o paseos de día por el campo. Y largos paseos, a cualquier hora, por librerías y bibliotecas.

Y, mientras la alimentamos, el último problema es cómo conservar a la Musa.

La Musa debe tener forma. Escribirá usted mil palabras al día durante diez o veinte años a fin de modelarla, aprendiendo gramática y el arte de la composición hasta que se incorporen al Inconsciente sin frenar ni distorsionar a la Musa.

Viviendo bien, observando a medida que vive, leyendo bien y observando a medida que lee, usted ha nutricio su Identidad Más Original. Mediante el entrenamiento, el ejercicio repetido, la imitación y el buen ejemplo ha creado un lugar limpio y bien iluminado para conservar a la Musa. Le ha dado, a él, ella o lo que sea, espacio para que se vuelva y revuelva. Y a través del entrenamiento ha llegado a aflojarse y ya no tiene una mirada fija y descortés cuando la inspiración entra en el cuarto.

Ha aprendido a ir de inmediato a la máquina y conservar para siempre la inspiración poniéndola en papel.

Y ha aprendido a responder a la pregunta que hicimos al comienzo: ¿La creatividad prefiere las voces fuertes o suaves?

La que más le gusta, parece, es la voz fuerte, apasionada. La voz que se alza del conflicto, la comparación de contrarios. Siéntese frente a su máquina, elija personajes de varios tipos, échelos a volar juntos con gran estrépito. En un abrir y cerrar de ojos surgirá su personalidad secreta. A todos nos gusta la decisión, la convicción; cualquiera que alce la voz a favor, que la alce en contra.

Lo cual no significa excluir la historia tranquila. Una historia tranquila puede entusiasmar y apasionar tanto como cualquier otra. En la calma y quieta belleza de una Venus de Milo hay entusiasmo. Aquí el espectador es tan importante como la cosa vista.

Tenga esto por seguro: cuando habla el amor sincero, cuando empieza la admiración franca, cuando surge el entusiasmo, cuando el odio se riza como humo, no hay duda de que la creatividad se quedará con usted toda la vida. El centro de su creatividad ha de ser el mismo que el centro de la historia y del personaje principal de la historia. ¿Qué quiere su personaje, cuál es su sueño y qué forma tiene, cómo se expresa? Una vez dada, esa expresión será el motor de la vida del personaje, y de la suya como Creador. En el momento exacto en que irrumpe la verdad, el inconsciente cambia de archivo de desperdicios a ángel que escribe en un libro de oro.

Mírese, entonces. Pondere aquello que lo ha alimentado durante años. ¿Fue un banquete o una dieta de inanición?

¿Quiénes son sus amigos? ¿Creen en usted? ¿O le atrofian el crecimiento a fuerza de ridículo e incredulidad? Si éste es el caso, usted no tiene amigos. Vaya a encontrar alguno.

Y por último, ¿se ha entrenado lo suficiente como para poder decir lo que quiere sin sentirse maniatado? ¿Ha escrito lo bastante como para estar relajado y permitir que la verdad salga sin que la arruinen poses afectadas ni la cambien el deseo de hacerse rico?

Alimentarse bien es crecer. Trabajar bien y constantemente es mantener en condición óptima lo que se ha aprendido y se sabe. Experiencia. Labor. Son las dos caras de la moneda que cuando gira de canto no es ni experiencia ni trabajo sino el momento de la revelación. Por ilusión óptica, la moneda se vuelve redonda, brillante, un arremolinado globo de vida. Es el momento en que la hamaca del porche cruje levemente y una voz habla. Todos contienen el aliento. La voz se eleva y cae. Papá habla de otros años. De sus labios surge un fantasma. Agitándose, el inconsciente se restrega los ojos. La Musa se aventura a los helechos que hay bajo el porche, desde donde, dispersos en la hierba, escuchan los muchachos del verano. Las palabras se vuelven poesía que a nadie importa, porque nadie ha pensado llamarla así. He aquí el tiempo. He aquí el amor. He aquí el cuento. Un hombre bien alimentado guarda y serenamente da cauce a su infinitesimal porción de eternidad. En la noche estival parece grande. Y lo es, como lo fue siempre en todas las edades, cuando hubo un hombre con algo que contar y otros, tranquilos y sabios, que escucharan.

NOTA FINAL

La primera estrella de cine que recuerdo es Lon Chaney.

Lo primero que dibujé fue un esqueleto.

Lo primero que recuerdo haber temido fueron las estrellas en una noche de verano en Illinois.

Las primeras historias que leí fueron cuentos de ciencia ficción en Amazing.

La primera vez que me alejé de casa fue para ir a Nueva York y ver el Mundo del Futuro encerrado en la Periesfera a la sombra del Trilón.

La primera vez que decidí una carrera fue a los once años: sería mago y recorrería el mundo con mis hechizos.

La segunda vez fue a los doce, cuando para Navidad me regalaron una máquina de escribir.

Y decidí hacerme escritor. Y entre la decisión y la realidad hubo ocho años de escuela y colegio, y de vender perió- dicos en una esquina de Los Ángeles, mientras escribía tres millones de palabras.

La primera vez que me aceptaron fue en la revista Script, de Rob Wagner, y tenía veinte años.

El segundo cuento se lo vendí a Thrilling Wonder Stories.

El tercero a Weird Tales.

Desde entonces he vendido 250 cuentos a casi todas las revistas de Estados Unidos, además de haber escrito el guión de Moby Dick para John Huston.

He escrito para Weird Tales sobre Lon Chaney-y-los-delesqueleto.

He escrito sobre Illinois y sus tierras vírgenes en mi novela El vino del estío.

He escrito sobre las estrellas del cielo de Illinois, a las que hoy viaja una nueva generación.

He hecho en papel mundos del futuro muy parecidos a los que vi en la Feria de Nueva York cuando era chico.

Y, muy tarde en el día, he decidido que nunca abandonaría mi primer sueño.

Me guste o no, al fin y al cabo soy una especie de mago, medio hermano de Houdini, conejo, me gustaría pensar, hijo de Piedranegra, nacido bajo la luz de cine de un viejo teatro (mi segundo nombre es Douglas; cuando en 1920 llegué, Fairbanks estaba en su apogeo), y maduré en una época perfecta, cuando el hombre da el último y mayor paso fuera del mundo que lo alumbró, la cueva que le dio abrigo, la tierra que lo sostuvo y el aire que lo convocó para que nunca pudiera descansar.

En suma, soy un retoño pío de nuestra era de emoción-en-masa, diversión-en-masa y soledad-en-la-multitudneoyorquina.

Es una gran era en la cual vivir, y morir, si hace falta, por ella. Cualquier mago que se precie les diría lo mismo.

1961

 

Decálogo del perfecto cuentista de Horacio Quiroga

Estos que siguen a continuación, bien podrían ser los mandamientos de los que creen en la cuentística. Recitar en voz alta hasta ser uno con ellos.

I

Cree en un maestro -Poe, Maupassant, Kipling, Chejov- como en Dios mismo.

II

Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.

III

Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia.

IV

Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.

V

No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.

VI

Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: “Desde el río soplaba el viento frío”, no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.

VII

No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.

VIII

Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos no pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.

IX

No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino.

X

No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento.

El pulpo que no murió, de Sakutaro Hagiwara y otro microcuento

El pulpo que no murió, de Sakutaro Hagiwara

Un pulpo que agonizaba de hambre fue encerrado en un acuario por muchísimo tiempo. Una pálida luz se filtraba a través del vidrio y se difundía tristemente en la densa sombra de la roca. Todo el mundo se olvidó de este lóbrego acuario. Se podía suponer que el pulpo estaba muerto y solo se veía el agua podrida iluminada apenas por la luz del crepúsculo. Pero el pulpo no había muerto. Permanecía escondido detrás de la roca. Y cuando despertó de su sueño tuvo que sufrir un hambre terrible, día tras día en esa prisión solitaria, pues no había carnada alguna ni comida para él. Entonces comenzó a comerse sus propios tentáculos. Primero uno, después otro. Cuando ya no tenía tentáculos comenzó a devorar poco a poco sus entrañas, una parte tras otra.

En esta forma el pulpo terminó comiéndose todo su cuerpo, su piel, su cerebro, su estómago; absolutamente todo.

Una mañana llegó un cuidador, miró dentro del acuario y solo vio el agua sombría y las algas ondulantes. El pulpo prácticamente había desaparecido.

Pero el pulpo no había muerto. Aún estaba vivo en ese acuario mustio y abandonado. Por espacio de siglos, tal vez eternamente, continuaba viva allí una criatura invisible, presa de una escasez e insatisfacción horrenda.

 

Cuento policial, de Marco Denevi

Rumbo a la tienda donde trabajaba como vendedor, un joven pasaba todos los días por delante de una casa en cuyo balcón una mujer bellísima leía un libro. La mujer jamás le dedicó una mirada. Cierta vez el joven oyó en la tienda a dos clientes que hablaban de aquella mujer. Decían que vivía sola, que era muy rica y que guardaba grandes sumas de dinero en su casa, aparte de las joyas y de la platería. Una noche el joven, armado de ganzúa y de una linterna sorda, se introdujo sigilosamente en la casa de la mujer. La mujer despertó, empezó a gritar y el joven se vio en la penosa necesidad de matarla. Huyó sin haber podido robar ni un alfiler, pero con el consuelo de que la policía no descubriría al autor del crimen. A la mañana siguiente, al entrar en la tienda, la policía lo detuvo. Azorado por la increíble sagacidad policial, confesó todo. Después se enteraría de que la mujer llevaba un diario íntimo en el que había escrito que el joven vendedor de la tienda de la esquina, buen mozo y de ojos verdes, era su amante y que esa noche la visitaría.

Sobre el daño que hace el tabaco, monólogo de Antón Chejov

Monólogo en un acto, escrito por Antón Chejov. Personaje: Iván Ivanovich Niujin, esposo de la propietaria de una escuela de música y de un pensionado de señoritas.

NIUJIN, hombre de largas patillas y sin bigote, vestido de un frac viejo y deslucido. Tras hacer una entrada majestuosa, saluda y se estira el chaleco.

     NIUJIN.-¡Muy señoras y muy señores míos!… (Se atusa las patillas) Habiendo sido invitada mi mujer a hacerme dar una conferencia con fines benéficos sobre un tema popular…, he de decirles que, por lo que a mí respecta, el asunto de esta me es indiferente… ¿Que hay que dar una conferencia?… Pues a dar una conferencia… No soy profesor, y estoy muy lejos de poseer la menor categoría científica; pero, sin embargo, hace ya treinta años que trabajo de un modo incesante, y hasta con perjuicio…, podría decir…, de mi propia salud, en cuestiones de un carácter puramente científico… Incluso escribo artículos científicos o, al menos, si no precisamente científicos, algo, con perdón de ustedes, que se asemeja mucho a lo científico. Justamente, en uno de los pasados días, compuse uno larguísimo, que llevaba el siguiente título: «Sobre lo dañino de determinados insectos»… A mis hijas les gustó mucho… En especial, la parte dedicada a las chinches… Yo, sin embargo, después de leído lo rompí… Después de todo, y se escriba lo que se escriba, no puede uno prescindir del uso de los polvos persas… Por tema de mi conferencia de hoy he elegido el que sigue: «Sobre el daño que el tabaco causa a la Humanidad». Yo soy fumador…, pero como mi mujer me manda hablar de lo dañino del tabaco…, ¡qué remedio me queda!… ¡Si hay que hablar del tabaco…, hablaré del tabaco!… A mí me da igual!… Eso sí…, les ruego, señores, que escuchen esta conferencia con la debida seriedad… Aquel a quien una conferencia científica asuste o desagrade…, puede no escucharla y retirarse… (Se estira el chaleco) Solicito también una atención especial por parte de los señores médicos…, ya que estos pueden sacar gran provecho de mi conferencia…, dado que el tabaco, a pesar de su carácter perjudicial, es empleado también en medicina. Si, por ejemplo, metiéramos una mosca en una tabaquera…, moriría, seguramente, víctima de un desequilibrio de sus nervios… Como primera orientación, puede decirse que el tabaco es una planta… Les advierto que yo, por lo general, cuando doy una conferencia, tengo la manía de guiñar el ojo derecho; pero ustedes no reparen en ello… Es un defecto de mis nervios… Soy hombre muy nervioso, y esta costumbre de guiñar un ojo la contraje el trece de septiembre de mil ochocientos ochenta y nueve: día en el que mi mujer dio a luz su cuarta hija, de nombre Varvara… Todas mis hijas nacieron en trece… Pero… (Mira el reloj), el tiempo apremia y no podemos desviarnos del tema de esta conferencia. Tengo, primeramente, que decirles que mi mujer es propietaria de una escuela de música y de un pensionado de señoritas… Dicho sea entre nosotros, a mi mujer le gusta mucho quejarse de la falta de dinero; pero la realidad es que tiene ahorros de cuarenta a cincuenta mil rublos…, ¡por lo menos!…, mientras que yo no dispongo ni de una sola «kopeika»… ¡En fin, qué se le va a hacer!… En la pensión, el encargado de las faenas domésticas soy yo… Voy a la compra, vigilo el servicio, anoto los gastos, confecciono cuadernos, limpio de chinches los muebles, paseo al perrito de mi mujer, cazo ratones… Ayer, por ejemplo, que proyectaban hacer «blinis», mi obligación se redujo a dar a la cocinera la harina y la mantequilla; pues bien…, figúrense que hoy, cuando estaban preparados ya los «blinis», viene mi mujer a la cocina y dice que tres de las alumnas no pueden comerlos por tener las amígdalas inflamadas… Sobraban, por tanto, varios «blinis»… ¿Qué hacer con ellos?… Mi mujer quiso, primero, guardarlos en la despensa; pero luego, después de pensarlo un rato, me dijo: «¡Cómetelos tú, espantapájaros!»… Cuando está de mal humor me llama «espantapájaros»… «¡Satanás!»… ¿Y qué tengo yo de Satanás?… ¡Ella es la que está siempre de mal humor!… No puedo decir que me comí los «blinis»… Me los tragué sin masticar… ¡Tengo siempre tanta hambre!… Ayer, por ejemplo, no me dio de comer en absoluto… «¿Por qué voy a tener yo que darte de comer?», me dijo… Pero… (Mirando el reloj), nos estamos desviando del tema. Prosigamos… Aunque, en realidad, creo que seguramente les gustaría más estar escuchando una sinfonía o un aria… (Canta) «¡En el combate no perderemos la sangre fría!»… No me acuerdo de dónde es esto… A propósito…, me olvidaba decirles que en la escuela de música de mi mujer…, aparte de las ocupaciones domésticas…, tengo obligación de dar clase de matemáticas, de física, de química, de geografía, de historia, de solfeo, de literatura, etcétera… Las lecciones de baile, canto y dibujo las cobra mi mujer, aunque la de baile y la de canto también soy yo quien las doy… Nuestra escuela está situada en el callejón de Piatisobachi y en el número trece. Seguramente es el vivir en un número trece lo que me hace tener tan poca suerte en la vida… Mis hijas nacieron en trece y nuestra casa tiene trece ventanas… ¡Qué, se le va a hacer!… Si alguien desea más detalles puede dirigirse a mi mujer, que está a todas horas en casa, o leer los programas de la escuela. Los vende el portero a treinta «kopeikas» la hoja. (Saca unas cuantas de su bolsillo) Si lo desean, puedo darles algunos. ¡A treinta «kopeikas» la hoja!… ¿Hay quien la quiera?… (Pausa) ¿No quiere nadie?… ¡Se la dejo a veinte! (Pausa) ¡La fatalidad!… ¡Si vivo en un número trece, cómo voy a tener suerte!… ¡Me he vuelto viejo y tonto!… Quién sabe si, por ejemplo, mientras estoy dando esta conferencia presento un aspecto alegre y, sin embargo…, ¡cómo me agradaría pegar un grito muy fuerte o salir de aquí disparado e ir a parar a mil leguas!… ¡No tengo nadie con quien poder lamentarme y hasta me entran ganas de llorar!… Me dirán ustedes…: «¿Y sus hijas?»… ¡Mis hijas!… ¡Les hablo y se echan a reír!… Mi mujer tiene siete hijas. No, perdón…, creo que seis… (Con viveza) No, siete… La mayor, Anna, ha cumplido los veintisiete, y la menor, los diecisiete… ¡Muy señores míos!… ¡Escuchen!… (Volviendo la cabeza para mirar tras de sí) ¡Soy un desgraciado!… ¡Me he convertido en un ser anodino…, aunque, en realidad…, tienen ustedes delante al más feliz de los padres…, o, por lo menos, debían tenerlo… Es todo lo que me atrevo a decir… ¡Si supieran ustedes solamente cuánto!… He vivido junto a mi mujer treinta y tres años de mi vida, que puedo decir fueron los mejores de ella… ¡Bueno!… ¡Los mejores, precisamente, no, pero…, casi, casi!… Estos, en una palabra, se deslizaron como un feliz instante…, aunque para hablar en justicia…, que se los lleve el diablo… (Volviendo la cabeza) Me parece que ella no ha venido todavía y que puede uno decir lo que quiere… ¡Me da miedo!… ¡Me da un miedo horrible cuando me mira!… Pues…, como les iba diciendo…, mis hijas seguramente no se casan por su timidez y, además, porque no hay hombre que tenga ocasión de conocerlas… Mi mujer no quiere dar reuniones ni invita nunca a nadie a comer… Es una dama sumamente roñosa, gruñona e irascible, por lo que jamás viene nadie a visitarnos; pero, sin embargo, puedo comunicarles, en calidad de secreto (Se acerca a las candilejas), que a las hijas de mi mujer puede vérselas en los días de las grandes festividades en casa de su tía Natalia Semionovna…, esa que padece de reuma y gasta un vestido amarillo con pintitas negras que parece va todo salpicado de cucarachas… Allí acostumbran también dar meriendas, y, cuando mi mujer no está presente, se permite esto: (Empina el codo) Tengo que decirles que la primera copa suele ya embriagarme, y que, en ese momento, siento en el alma tanta paz y, al mismo tiempo, tanta tristeza, que no tengo palabras para expresarlas… No sé por qué, acuden a mi memoria los años de mi juventud y experimento unos tremendos deseos de correr… ¡Ay!… (Con animación) ¡Si supieran ustedes lo fuertes que son estos deseos!… ¡Correr!… ¡Dejarlo todo!… ¡Correr sin volver atrás la cabeza!… ¡Adónde?… ¡Qué importa adónde!… ¡Lo que importa es escapar a esta vida fea, vulgar, barata, que me ha convertido en un viejo y lamentable tonto…, en un viejo y lamentable idiota!… ¡Escapar a esta vieja mezquina, mala, mala tacaña que es mi mujer!… ¡Mi mujer, que durante treinta y tres años me ha martirizado!… ¡Huir de la música, de la cocina, del dinero de mi mujer, de todas estas pequeñeces y vulgaridades, y detenerme lejos…, lejos…, en algún lugar del campo…, convertido en un árbol, en un poste, en un espantapájaros, bajo el ancho cielo, y pasarme la noche contemplando la clara, la silenciosa luna y olvidar!… ¡Olvidar!… ¡Oh, como quisiera no acordarme de nada!… ¡Cómo quisiera arrancar de mis hombros este vil y viejo frac con el que me casé hace treinta años!… (Arrancándose de encima el frac) ¡Con el que estoy dando siempre conferencias para fines benéficos!… ¡Toma!… (Pisoteándolo) ¡Toma!… ¡También yo soy tan viejo, tan pobre y tan lamentable como este chaleco de espalda gastada y deshilachada!… ¡Nada necesito!… ¡Estoy por encima y soy más puro que todo esto!…

¡Hubo un tiempo en el que fui joven, inteligente…, en el que estudié en la Universidad…, en el que soñé y me consideré un hombre!… ¡Ahora, nada necesito!… ¡Nada, salvo la paz!… (Mira hacia un lado y se pone precipitadamente el frac) Pero ¡si está mi mujer entre bastidores!… ¡Ha venido y me está esperando! (Mira el reloj) ¡Señores! ¡El tiempo fijado para esta conferencia ha expirado ya!… ¡Les ruego…, si ella les pregunta algo…, digan que ha sido pronunciada…, que el fantoche…, o séase, yo…, se portó dignamente!… (Echando una mirada a un costado y aclarándose la garganta) ¡Está mirando hacia aquí!… (Alzando la voz) «¡Una vez admitido que el tabaco contenga en sí el terrible veneno a que acabo de referirme, en ningún caso les aconsejo que fumen, y hasta me permito esperar que esta conferencia, que ha tenido por tema «El daño que hace el tabaco», les aporte un beneficio… He dicho… Dixi et animam levavi.» (Saluda, y sale con paso majestuoso) Telón.

 

En lo alto para siempre por David Foster Wallace

Feliz cumpleaños. Tu decimotercer cumpleaños es importante. Tal vez sea tu primer día realmente público. Tu decimotercer cumpleaños es la ocasión para que la gente se dé cuenta de que te están pasando cosas importantes.

Te han estado pasando cosas durante el último medio año. Ahora tienes siete pelos en tu axila izquierda. Doce en la derecha. Espirales duras y amenazadoras de pelo negro y encrespado. Un pelo crujiente, animal. Alrededor de tus partes íntimas te han salido más pelos duros y rizados de los que puedes contar sin perderte. Y otras cosas. Tu voz es llena y rasposa y se mueve entre octavas sin previo aviso. Tu cara empieza a brillar cuando no te la lavas. Y dos semanas de dolor profundo y temible la pasada primavera hicieron que algo se te descolgara desde dentro: tu saco se ha llenado y se ha vuelto vulnerable, un articulo de lujo que tienes que proteger. Levantado y amarrado por unos suspensorios prietos que te dejan rayas rojas en las nalgas. Te ha brotado una nueva fragilidad.

Y sueños. Durante meses has tenido sueños que no se parecían a nada que hubieras visto antes: húmedos, trepidantes y distantes, llenos de curvas cimbreantes, de pistones frenéticos, de calor y de un vértigo tremendo. Y te has despertado con los párpados convulsos al ritmo de una descarga, un borbotón y un espasmo que te ha sacudido desde el cuero cabelludo hasta los dedos de los pies procedente de una zona en las profundidades de tu interior que nunca imaginabas que tuvieras, estremecimientos producidos por un dolor profundo y dulce, las farolas del otro lado de las persianas de tus ventanas proyectando estrellas brillantes en el techo negro del dormitorio, y una gelatina blanca y densa rezumándote entre las piernas, goteando y pegándose, enfriándose sobre ti, endureciéndose y aclarándose hasta que no queda nada más que nudos retorcidos de pelo animal duro y pálido en la ducha matinal y en esa maraña húmeda persiste un olor dulce y limpio que no puedes creer que proceda de nada que tú hayas creado en tu interior.

Más que a ninguna otra cosa, el olor se parece a esta piscina: una sal dulce mezclada con lejía, una flor de pétalos químicos. La piscina tiene un fuerte olor azul claro, aunque ya se sabe que el olor nunca es tan fuerte como cuando uno está dentro del azul, como tú ahora, recién salido del agua, descansando en la parte menos profunda de la piscina, con el agua a la altura de las caderas lamiéndote esa zona que te ha cambiado.

La terraza de esta vieja piscina pública situada en el extremo occidental de Tucson está rodeada por una verja Cyclone del color del peltre, decorada con un enredo brillante de bicicletas sujetas con cadenas. Detrás de la verja hay un aparcamiento negro y caluroso lleno de líneas blancas y coches resplandecientes. Un prado indistinto de hierba seca y matojos duros, cabezas aterciopeladas de viejos dientes de león que estallan y flotan como copos de nieve en el viento que se levanta. Y más allá de todo esto, doradas por un redondo y lento sol de septiembre, están las montañas, dentadas, con los ángulos agudos de sus picos recortándose contra una luz cansina de color rojo intenso. Sobre el fondo rojo sus picos afilados y conectados trazan una línea serrada, el electrocardiograma del día que agoniza.

Las nubes se tiñen de color en el borde del cielo. Flotan lentejuelas en el azul claro del agua, a esa temperatura cálida propia de las cinco de la tarde, y el olor de la piscina, igual que el otro olor, conecta con una niebla química que hay dentro de ti, una penumbra interior que desvía la luz hacia los bordes y difumina la distinción entre lo que termina y lo que empieza.

Tu fiesta es esta noche. Esta tarde, la tarde de tu cumpleaños, has pedido permiso para venir a la piscina. Querías venir solo, pero un cumpleaños es un día familiar, tu familia quiere estar contigo. Es amable por parte de ellos, no sabes explicar por qué querías venir solo, y la verdad es que tal vez no quisieras estar realmente solo, de manera que han venido. Están tomando el sol. Tu padre y tu madre toman el sol. Sus hamacas han estado señalando la hora toda la tarde, siguiendo la curva del sol a través de un cielo despejado y tan recalentado que ha adquirido la textura de una película gelatinosa. Tu hermana juega a Marco Polo cerca de ti en la parte menos profunda con un grupo de niñas flacas de su curso. Le toca a ella quedar, dice «Marco» y ha de perseguir a ciegas a quienes le replican chillando «Polo». Tiene los ojos cerrados y va dando vueltas al compás de un coro de gritos, girando en el centro de una rueda de niñas chillonas con gorros de baño. De su gorro sobresalen flores de goma. Los pétalos de color rosa viejos y flácidos tiemblan cada vez que ella se abalanza en dirección a los ruidos invisibles.

En el otro extremo de la piscina están el «tanque», la zona destinada a saltos, y la torre elevada del trampolín. En la terraza de detrás está la CAF TERÍA, y a ambos lados de la misma, atornillados sobre las entradas de cemento de las duchas oscuras y húmedas y los vestuarios, están los megáfonos de metal gris que emiten el hilo musical de la piscina, ese ruidito metálico y mortecino.

Caes bien a tu familia. Eres inteligente y callado, respetuoso con los mayores, aunque no te faltan agallas. Te portas bien en general. Vigilas a tu hermana pequeña. Eres su aliado. Tenías seis años cuando ella tenía cero y estabas enfermo de paperas cuando la trajeron a casa envuelta en una manta amarilla muy suave; le diste un beso de bienvenida en los pies por miedo a contagiarle las paperas. Tus padres dijeron que aquello era un buen augurio. Que marcaba la tónica. Ahora creen que tenían razón. Están orgullosos de ti y satisfechos en todos los sentidos y se han retirado a esa distancia afable en la que se mueven el orgullo y la satisfacción. Os lleváis bien.

Feliz cumpleaños. Es un gran día, tan grande como la bóveda del cielo del suroeste. Lo has estado cavilando. Ahí arriba está el trampolín. Pronto querrán marcharse. Súbete y hazlo.

Te sacudes de encima la limpieza azul. Estás lleno de cloro, suave y resbaladizo, reblandecido, con las yemas de los dedos arrugadas. La niebla de olor demasiado limpio de la piscina se te ha metido en los ojos; descompone la luz en colores suaves. Te golpeas la cabeza con la base de la mano. En un lado de la cabeza suena un eco fofo. Inclinas la cabeza hacia ese lado y das un saltito, un calor repentino en tu oído, delicioso, mientras el agua calentada en tu cerebro se enfría en el nautilo exterior de tu oreja. Ahora oyes la música más nítida y metálica, los gritos más cercanos, mucho movimiento en mucha agua.

La piscina está llena para ser tan tarde. Hay chicos flacos, hombres peludos como animales. Chicos desproporcionados, todo cuello, piernas y articulaciones huesudas, estrechos de pecho y vagamente parecidos a pájaros. Como tú. Hay ancianos que se mueven a tientas por la parte menos profunda con las piernas rígidas como patas de palo, palpando el agua con las manos, fuera de todos los elementos a la vez.
Y niñas-mujeres, mujeres, curvilíneas como instrumentos o como frutas, con la piel barnizada de color castaño oscuro, la parte superior de sus bañadores sostenida por frágiles nudos de cordón de colores delicados que aguantan el peso de cargas misteriosas, la parte inferior encabalgada sobre las suaves prominencias de unas caderas totalmente distintas a las tuyas, hinchazones desmedidas y giratorias que se funden bajo la luz con un espacio circundante que sostiene y acomoda sus curvas suaves como si fueran objetos preciosos. Casi lo puedes entender.

La piscina es un sistema de movimientos. Aquí y ahora se ven: chapoteos, combates de salpicaduras, zambullidas, acorralamientos en las esquinas, Tiburones y Sardinas, caídas desde lo alto, Marco Polo (tu hermana todavía Lo es, medio llorosa, hace demasiado rato que Lo es, el juego rayano en la crueldad, pero no te compete defenderla ni avergonzarla). Dos chicos de color blanco brillante con toallas de algodón atadas como si fueran capas corren por el borde de la piscina hasta que el socorrista les hace detenerse en seco gritando por el megáfono. El socorrista es de color castaño como un árbol, el vello rubio le forma una línea vertical sobre el estómago, lleva un sombrero de explorador de la selva y su nariz es un triángulo blanco de crema. Una niña rodea con el brazo una de las patas de su torreta. Está aburrido.

Ahora sales y pasas junto a tus padres, que están tomando el sol y leyendo y no te miran. Olvídate de tu toalla. Detenerse a recoger la toalla significa hablar y hablar requiere pensar. Has decidido que el miedo lo causa básicamente el hecho de pensar. Sigue adelante, hacia el tanque que hay en el extremo hondo de la piscina. Al borde de tanque hay una torre enorme de hierro de color blanco sucio. Un trampolín sobresale de la alto de la torre como una lengua. La terraza de cemento de la piscina es áspera y está caliente al tacto de tus pies llenos de cloro. Cada una de las huellas que dejas es más fina y tenue. Va menguando detrás de ti sobre la piedra caliente hasta desaparecer.

Flotan hileras de salchichas de plástico alrededor del tanque, que es un mundo en sí mismo, ajeno al ballet convulsivo de cabezas y brazos del resto de la piscina. El tanque es azul como la energía, pequeño y profundo y perfectamente cuadrado, flanqueado por las calles de la piscina y por la CAF TERÍA y la terraza áspera y caliente y la sombra inclinada bajo la luz del atardecer de la torre y el trampolín. El tanque está silencioso y tranquilo y quieto en el lapso entre dos zambullidas.

Tiene un ritmo propio. Como la respiración. Como una máquina. La cola de quienes esperan para subir al trampolín forma una curva que retrocede desde la escalera de la torre. La cola se tuerce gradualmente y se endereza al acercarse a la torre. Uno por uno, van llegando a la escalera y suben. Uno por uno, separados por un latido del corazón, alcanzan la lengua del trampolín que hay en lo alto. Y una vez en el trampolín, hacen una pausa, siempre exactamente la misma pausa que se prolonga durante un latido del corazón. Sus piernas los llevan hasta el extremo, donde todos dan el mismo bote para impulsarse y trazan una curva con los brazos como si estuvieran dibujando algo circular y total. Pisan con fuerza el extremo de la tabla y hacen que esta los lance hacia arriba y afuera.

Es una máquina de descensos en picado, de líneas de movimiento discontinuas a través de la dulce neblina de cloro del atardecer. Uno puede contemplar desde la terraza cómo golpean la superficie fría y azul del tanque. Cada zambullida crea un penacho blanco que se eleva, se desploma sobre sí mismo, se extiende y se deshace en forma de espuma. Luego aparece un azul puro en medio de la mancha blanca y crece como un pudín, hasta limpiarlo todo de nuevo. El tanque se cura a sí mismo. Tres veces mientras tú recorres el camino.

Estás en la cola. Mira a tu alrededor. Tienes que parecer aburrido. En la cola casi nadie habla. Todos parecen ensimismados. La mayoría miran la escalera y parecen aburridos. Casi todos tenéis los brazos cruzados y estáis congelados por un viento vespertino que se está levantando y que golpea las constelaciones de partículas de cloro azul puro que cubren vuestras espaldas y vuestros hombros. Parece imposible que todo el mundo pueda estar tan aburrido. A tu lado tienes el extremo de la sombra de la
torre, la lengua negra inclinada que es el reflejo del trampolín. La sombra es un sistema enorme, largo, escorado a un lado y unido a la base de la torre formando un ángulo oblicuo y agudo.

Casi todos los que están en la cola del trampolín miran la escalera. Los chicos mayores miran el trasero a las chicas mayores que suben. Los traseros están enfundados en una tela suave y fina, en nilón ajustado y elástico. Los buenos traseros ascienden por la escalera como péndulos sumergidos en líquido, siguiendo un código lento e indescifrable. Las piernas de las chicas te hacen pensar en ciervos. Tienes que parecer aburrido.

Mira más allá. Mira al otro lado. Puedes ver perfectamente. Tú madre está en su hamaca, leyendo, con los ojos entornados, con la cara inclinada hacia arriba para recibir la luz del sol en las mejillas. No ha mirado para ver dónde estás. Da un sorbo de alguna bebida dulzona de una lata. Tu padre está tumbado sobre su enorme panza, su espalda parece una cresta en el lomo de una ballena, los hombros cubiertos de rizos de pelo animal, la piel untada de aceite y de color castaño oscuro por culpa del exceso de sol. Tu toalla está colgando de la silla y ahora se mueve una punta de la tela: tu madre la ha golpeado al espantar a una abeja a la que parece gustarle lo que ella tiene en la lata. La abeja vuelve enseguida y parece flotar inmóvil sobre la lata trazando un suave borrón. Tu toalla tiene una cara enorme del oso Yogi.

En algún momento ha tenido que haber más gente en la cola detrás de ti que delante. Ahora no hay nadie por delante excepto tres personas que suben por la estrecha escalerilla. La mujer que hay delante de ti está en los travesaños de abajo, mirando hacia arriba. Lleva un bañador ajustado de nilón negro de una sola pieza. Asciende. Desde lo alto llega un retumbo, luego una caída tremenda, un penacho y el tanque se cura a sí mismo. Ahora quedan dos personas en la escalera. Las normas de la piscina dicen que solamente puede haber una persona en la escalera, pero el socorrista nunca grita a los que suben. El socorrista es quien dicta las verdaderas normas gritando o dejando de gritar.

La mujer que hay por encima de ti no tendría que llevar un bañador tan ajustado. Es tan mayor como tu madre e igual de corpulenta. Es demasiado corpulenta y está demasiado blanca. Su bañador rebosa. La parte posterior de sus muslos queda constreñida por el bañador y tiene un aspecto parecido al queso. Sus piernas están marcadas con los garabatos pequeños y abruptos de las venas varicosas y azules que circulan por debajo de la piel blanca, como si sus piernas tuvieran algo roto o herido. Parece que sus piernas tendrían que doler si uno las apretara, de tan llenas como están de garabatos árabes retorcidos de un azul roto y frío. Sus piernas hacen que te duelan las tuyas.

Los travesaños son muy delgados. No te lo esperabas. Cilindros delgados de hierro envueltos en fieltro de seguridad mojado y resbaladizo. El olor del hierro mojado a la sombra te hace sentir un sabor metálico. Cada travesaño se te clava en las plantas de los pies y te deja una marca. Las marcas se clavan hondo y duelen. Te sientes pesado. Cómo debe de sentirse la mujer corpulenta que tienes por encima. Los pasamanos a los lados de la escalera también son muy delgados. Parece que no puedan sostenerte. Confías en que la mujer también se coja bien. Y, por supuesto, desde lejos parecía que hubiera menos travesaños. No eres estúpido.

Subes hasta la mitad, a la vista de todos, la mujer corpulenta por delante de ti, un hombre robusto, calvo y musculoso bajo tus pies. El trampolín todavía está lejos en lo alto y es invisible desde aquí. La tabla retumba y hace un ruido batiente, y un chico al que puedes ver a lo largo de unos cuantos pies a través de los finos travesaños de la escalera cae trazando una línea resplandeciente, con una rodilla abrazada contra el pecho, y se zambulle al estilo bomba. Un enorme signo de exclamación de espuma aparece en tu campo visual, se disgrega y se desmorona sobre el enorme borbotón. Luego, el murmullo del tanque curando de nuevo su superficie azul.

Más travesaños delgados. Agárrate fuerte. La radio se oye más alta aquí, uno de los altavoces colocado sobre una de las entradas de cemento de los vestuarios te queda a la altura de los oídos. Un tufillo húmedo y frío sale del interior del vestuario. Te agarras fuerte a las barras de hierro, te doblas, miras hacia abajo y a tu espalda y puedes ver a la gente comprando chucherías y refrescos allí abajo. Puedes verlo todo desde arriba: la cima blanca y limpia de la gorra del vendedor, los envases de helado, las neveras de latón humeantes, los tanques de sirope, las serpientes de las mangueras de soda, las cajas abultadas de palomitas saladas recalentadas por el sol. Ahora que estás en lo alto puedes verlo todo.

Hace viento. Cuanto más alto llegas más viento hace. El viento es fino; cuando sopla a la sombra te enfría la piel mojada. Con el fondo de la escalera y a la sombra tu piel se ve muy blanca. El viento te produce un silbido agudo en los oídos. Faltan cuatro travesaños para el final de la escalera. Los travesaños te hacen daño en los pies. Son delgados y te demuestran cuánto pesas. En la escalera pesas mucho. El suelo te quiere de vuelta.

Por fin puedes ver lo que hay por encima de la escalera. Ves el trampolín. La mujer está ahí. Tiene dos caballones de callos rojos y de aspecto doloroso en la parte posterior de los tobillos. Está de pie al principio del trampolín y le miras los tobillos. Ahora estás por encima de la sombra de la torre. El hombre corpulento que hay debajo de ti está mirando por entre los travesaños de la escalera el espacio que la mujer tiene que atravesar.

Ella se detiene durante el instante que dura un latido del corazón. No hay ni rastro de lentitud. Te quedas helado. En un abrir y cerrar de ojos llega al final del trampolín, toma impulso hacia arriba, luego hacia abajo, el trampolín se comba hacia abajo como si no la quisiera. Luego asiente, rebota y la arroja violentamente hacia arriba y hacia fuera. Sus brazos se abren para trazar el círculo y de pronto desaparece. Se esfuma en un parpadeo oscuro. Y pasa tiempo antes de que oigas el impacto allí abajo.

Escucha. No parece apropiado, esa manera de desaparecer durante el tiempo que transcurre hasta que se oye el ruido. Como cuando tiras una piedra en un pozo. Pero te da la impresión de que ella no piensa lo mismo. Ella era parte de un ritmo que excluye el pensamiento. Y ahora tú también te has convertido en parte de él. El ritmo parece ciego. Como las hormigas. Como una máquina.

Decides que es necesario pensar en esto. Después de todo, puede ser apropiado hacer algo temible sin pensarlo, pero no cuando lo temible es el propio hecho de no pensar, Ion cuando resulta que el penar es inapropiado. En algún momento los detalles inapropiados se han amontonado hasta cegarte; el aburrimiento fingido, el peso, los travesaños finos, el dolor en los pies, el espacio segmentado por la escalera en encuadres unidos solamente mediante una desaparición en el tiempo. El viento en la escalera que nadie hubiera esperado. La manera en que el trampolín sobresale de la sombra para entrar en la luz y no puedes ver más allá de su extremo. Cuando todo resulta distinto a lo esperado uno tendría que ponerse a pensar. Es lo que habría que hacer.

La escalera está atestada debajo de ti. La gente está apilada, separados los unos de los otros por unos pocos travesaños. La escalera está conectada a una nutrida cola que retrocede y traza una curva hasta la oscuridad de la sombra escorada de la torre. La gente de la cola tiene los brazos cruzados. Los que están al pie de la escalera están ansiosos y miran todos hacia arriba. Es una máquina que solamente se mueve hacia delante.

Subes a la lengua de la torre. El trampolín resulta ser muy largo. Tan largo como el tiempo que pasas en él. El tiempo se ralentiza. Se condensa a tu alrededor mientras tu corazón late cada vez más veces por segundo y sus latidos abarcan todos los movimientos del sistema de la piscina allí abajo.

El trampolín es largo. Desde donde estás parece estrecharse hasta la nada. Te va a enviar a alguna parte que su propia longitud te impide ver y parece inadecuado entregarse a esto sin pararse a pensar.

Mirado de otro modo, el mismo trampolín no es más que una cosa larga, plana y delgada cubierta con una sustancia plástica blanca y áspera. La superficie blanca es muy áspera y tiene motas y rayas de un color rojo pálido y acuoso que sin embargo nunca deja de ser rojo para convertirse en rosa: viejas gotas de agua de la piscina que atrapan la luz del sol vespertino sobre las montañas escarpadas. La sustancia blanca y áspera del trampolín está mojada. Y fría. Los pies te duelen por culpa de los travesaños delgados y tienen una sensibilidad exacerbada. Se resienten de tu peso. Hay barandillas en el principio del trampolín. No son como las barras laterales de la escalera. Son gruesas y están muy bajas, de modo que casi tienes que agacharte para cogerte a ellas. Solamente son de adorno, nadie se coge a ellas.. Agarrarse lleva tiempo y altera el ritmo de la máquina.
Es un trampolín largo, frío, áspero y blanco de plástico o fibra tic vidrio, veteado del mismo color triste cercano al rosa que las golosinas baratas.

Pero al final del trampolín blanco, en su extremo, en donde te apoyas con todo tu peso para hacer que te arroje lejos, hay dos zonas de oscuridad. Dos sombras planas bajo la luz del sol. Dos formas ovales difusas y negras. El final del trampolín tiene dos manchas sucias.

Son de toda la gente que ha pasado antes que tú. Mientras estás aquí de pie tus pies están reblandecidos y marcados, doloridos por la superficie áspera y mojada, y ves que las dos manchas oscuras las ha hecho la piel de la gente. Es piel erosionada de los pies por la violencia de la desaparición de gente provista de un peso real. Más gente de la que podrías contar sin perderte. El peso y la erosión causada por su desaparición deja trocitos de pies reblandecidos, migas, grumos y tiras de una piel sucia, oscurecida y morena cuyos trocitos diminutos y deslavados se ven a la luz del sol al final del trampolín. Se amontonan, se deslavan y se mezclan. Se oscurecen formando dos círculos.

Fuera de ti el tiempo no transcurre en absoluto. Es asombroso. El ballet vespertino que tiene lugar allí abajo se mueve a cámara lenta, con los movimientos pesados de mimos sumergidos en jalea azul. Si quisieras podrías quedarte aquí encima para siempre, vibrando tan deprisa por dentro que flotarías inmóvil en el tiempo, como una abeja flotando sobre alguna sustancia dulce. Pero tendrían que limpiar el trampolín. Cualquiera que lo piense un segundo se dará cuenta de que tendrían que limpiar del extremo del trampolín toda esa piel de la gente, esas dos huellas negras de lo que queda del pasado, esas manchas que desde aquí detrás parecen ojos, ojos ciegos y bizcos.

El sitio donde estás ahora es tranquilo y silencioso. La radio grita al viento y chapotea en otra parte. No hay tiempo ni más sonido real que tu sangre chillándote en la cabeza.

Estar aquí en lo alto comporta visiones y olores. Los olores son íntimos, recién blanqueados. Es ese peculiar aroma floral de la lejía, pero de su interior emanan otras cosas hacia ti como una nieve sembrada de hierba. Notas un olor intenso a palomitas amarillas. A un aceite dulce y tostado como el de los cocos calientes. Deben de ser perritos calientes o maíz tostado. Un rastro diminuto y cruel de Pepsi muy oscura en vasos de papel. Y ese olor especial a toneladas de agua emanando de toneladas de piel, elevándose como el humo de un baño reciente. Calor animal. Desde lo alto es más real que nada.

Míralo. Puedes verlo todo en toda su complejidad, azul y blanco, marrón y blanco, bañado en un destello acuoso de color rojo cada vez más intenso. Todo el mundo. Esto es lo que la gente llama una vista. Y sabías que desde abajo no te podía parecer que estuvieras tan alto aquí arriba. Ahora ves qué alto te encuentras. Sabías que desde abajo no se puede saber.

El tipo que tienes debajo te dice, con la vista clavada en tus tobillos, el hombre calvo y corpulento: Eh, chico. Quieren saber. ¿Tienes pensado pasarte todo el día aquí o qué te pasa exactamente? Eh, chico, ¿estás bien?

Todo este tiempo ha habido tiempo. No puedes matar al tiempo con el corazón. Todo ocupa tiempo. Las abejas tienen que moverse muy deprisa para permanecer quietas.

Eh, chico, te dice. Eh, chico, ¿estás bien?

Brotan flores metálicas en tu lengua. Ya no hay tiempo para pensar. Ahora que hay tiempo no tienes tiempo.

Eh.

Lentamente ahora, atravesándolo todo, surge una mirada que se extiende como las ondas que aparecen en el agua cuando lanzas algo. Mira cómo se extiende desde la escalera. Tu hermana, a la que acabas de ver, y sus amigas blancas y delgadas, señalándote. Tu madre mira hacia la parte menos profunda de la piscina donde estabas antes y pone la mano en forma de visera. La ballena se agita y se sacude. El socorrista levanta la vista, la niña que le agarra la pierna levanta la mirada, echa mano al megáfono.

Debajo para siempre hay una terraza áspera, chucherías, música tenue y metálica, ahí abajo donde solías estar. La cola está abarrotada y no permite marcha atrás. Y el agua, por supuesto, solamente es blanda cuando estás en su interior. Mira hacia abajo, Ahora se mueve bajo el sol, llena de monedas duras de luz dotadas de un resplandor rojizo a medida que se alejan y se funden con una niebla que es1a sal de tu propio sudor. Las monedas estallan formando lunas nuevas, cascotes alargados procedentes de los corazones de estrellas tristes. El tanque cuadrado es una sabana fría y azul. Lo frío es una modalidad de lo duro. Una modalidad de la ceguera. Te han pillado desprevenido. Feliz cumpleaños. ¿Creías que ya había pasado? Sí y no. Eh, chico.

Dos manchas negras, un momento de violencia y desapareces en el pozo del tiempo. La altura no es el problema. Todo cambia cuando vuelves abajo. Cuando impactas con todo tu peso.

Entonces, ¿cuál es la mentira? ¿Lo duro o lo blando? ¿El silencio o el tiempo?

La mentira es que haya que elegir entre una cosa y otra. Una abeja quieta y flotante se mueve demasiado deprisa para pensar. Desde lo alto la dulzura la hace enloquecer.

El trampolín asentirá y tú saldrás despedido, y los ojos de piel podrán cruzar a ciegas un cielo empañado de nubes, la luz horadada se vaciará detrás de esa piedra afilada que es la eternidad. Que es la eternidad. Pisa la piel y desaparece.

Hola.