Hebe Uhart, la abuela literaria que uno sueña

Hebe Uhart, la autora de Viajera crónica, Un budín esponjoso, Visto y oído, entre otros, acaba de ganar el prestigioso Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas. En esta entrada compartimos algunas de sus respuestas en la entrevista que le hizo  y uno de sus cuentos para el deleite de los lectores.

Dos semanas atrás, un jurado de notables —compuesto por César Aira, Martín Kohan, Alejandra Costamagna, entre otros— decidió entregarle Hebe Uhart el Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas. Este galardón que se da en Chile y está dotado en 60.000 dólares es uno de los más importantes de Sudamérica. Se premia la trayectoria y el aporte al diálogo cultural y artístico de Iberoamérica. Uhart se suma, así, a una lista que integran Rubem Fonseca, Ricardo Piglia, Horacio Castellanos Moya, Margo Glantz y César Aira. “Estoy contenta porque me lo de Bachelet; no me lo da el otro, Piñera”, dice. “Yo prefiero a Bachelet”.

 Siempre, desde chica, tuve buenas críticas. Los únicos que me jodieron por haber escrito fueron los novios.

“¿Cómo se vive el reconocimiento? Depende de las edades”, dice. “En realidad nunca recibí malas críticas. Siempre, desde chica, tuve buenas críticas. Los únicos que me jodieron por haber escrito fueron los novios. Uno me dijo ‘¿Yo a vos te trato mal? Porque vos escribís y yo quiero escribir pero no me ayudás’. Pero él quería ser más burguesito y para escribir, te tenés que desclasar. Tenés que poner las energías ahí, no en optimizar tus recursos. Si ponés las energías en optimizar tus recursos, los optimizás, pero va en detrimento de lo otro que vas a hacer, porque esto requiere más atención”.

—En Visto y oído hay una crónica de un viaje a Córdoba de tu etapa de maestra.

Ese fue un viaje muy interesante a Embalse Río III, que se había hecho para juntar a todos los chicos del país. Yo ahí era vicedirectora de una escuela de Santos Lugares. Los chicos nuestros eran suburbanos, pero prácticamente capitalinos; inmediatamente manejaban el espacio como si fueran los dueños. Los chicos jujeños —porque ahí se veía bien cómo es el país en sus distintas manifestaciones— venían de un pueblo y no habían visto nunca un colectivo. Los maestros los dejaban encerrados y ellos se quedaban quietitos. Había chicos de la villa, de Entre Ríos, del Chaco. Los chicos de Mendoza no le daban bolilla a nadie porque venían de un colegio privado caro. Ahí te das cuenta que la integración forzosa es muy difícil. Yo les decía a nuestros chicos que las chicas jujeñas eran muy lindas. ¿Sabés qué me decían? “¿Usted llama lindo a eso?” Claro, a los 11 o 12 años son crueles.

El cuento prometido: El budín esponjoso.

Yo quería hacer un budín esponjoso. No quería hacer galletitas porque les falta la tercera dimensión. Uno come galletitas y parece que le faltara alguna cosa; por eso se comen sin parar. Las galletitas parecen hechas con pan rallado o reconstituido. Los únicos que saben comer galletitas como corresponde son los perros: las cazan en el aire, las destrozan con un ruido fuerte y ya las tragaron en un suspiro, levantando un poco la cabeza.

Tampoco quería hacer un flan, porque el flan es un proto-alimento y se parece a las aguas vivas. Ni un bizcochuelo borracho, que es una torta ladina. Es una masa a la que se le pone vino; uno va confiado, esperando sabor a torta y resulta que tiene otro; un gusto fuerte y rancio.

El bizcochuelo esponjoso que yo quería hacer era como una torta que comí una vez, que venía hermosamente envasada en una cajita: se llamaba torta Paradiso. En la caja había una figura de una mujer, con un vestido largo: no recuerdo bien si era una mujer y un hombre o una mujer solamente; pero si era una mujer solamente, estaba esperando a un hombre.

La torta Paradiso era tan esponjosa como nunca volví a comer nada igual; no es que se deshiciera en la boca; apenas se masticaba suavemente y uno sentía que todos los procesos de masticación, deglución, etc., eran perfectos. Además no era como las galletitas, que son para comer cuando uno está aburrido; era para pensar en la torta Paradiso alguna tarde y comerla, alguna tarde de lindos pensamientos. Cuando vi la receta “Budín esponjoso”, dije: Con esto, voy a hacer una cosa semejante. Le pedí a mi mamá que me dejara usar la cocina económica para hacerla.

—Ni en sueños —me dijo.

La cocina económica nunca se encendía; era un artefacto negro y grande que tenía una tapa también negra. Nunca supe cómo era por dentro ni cómo funcionaba. No se usaba porque parece que era fastidiosa. Estaba todos los días en la cocina como un fastidio desconocido. Era como el horno para hacer pan; en el fondo había un horno para hacer pan pero yo no vi nunca hacer pan allí ni asar nada. Este era considerado otro fastidio, pero al aire libre. Pero para mí eran diferentes; de la existencia de la cocina económica yo rara vez me acordaba porque era como un mueble. Del horno sí, porque cada vez que me iba a jugar, iba a saltar desde la base del horno (previa mirada adentro, a lo oscuro, ya que estaba, lleno de ceniza vieja, de mucho tiempo atrás) hasta el suelo. Parecía un palomar el horno y si alguna vez habían hecho pan ahí, nadie recordaba y parecía que no quisieran recordar, como si ese horno trajera malos o despreciativos recuerdos. En la cocina económica no era posible que yo hiciera budín esponjoso, en la cocina común, tampoco. Entonces pregunté:

—Puedo hacerla en el galpón?

—Sí —me dijo mi mamá.

Podía hacerlo en el galpón con un calentador.

En la cocina no, porque los chicos enchastran la cocina. En el galpón mi mamá iba a prender un calentador (es peligroso, los chicos no deben manejarlo).

Hice el budín en una cacerolita que por su tamaño ni era apta para hacer sopa ni nada. Yo no conocía a esa cacerolita verde, sería de algún juego anterior cuando yo no había nacido.

Si el calentador era tan peligroso, como decían, yo no sé cómo mi mamá se arriesgaba a darle fuelle con ese inflador. A cada bombeada mi mamá se arriesgaba a ser quemada por un estallido; puede ser que la muerte no le importara.

Como ese budín tenía que dorarse arriba, sobre la cacerolita verde había unas brasas peligrosas. Para esta empresa yo quería que me ayudara mi amiga que vivía enfrente. Desde el día anterior le dije que tenía permiso para hacer el budín esponjoso y quedó en venir. Vino con cara de haber venido por no tener otra cosa mejor que hacer y participó en calidad de observadora reticente. Ella tampoco tenía miedo de la muerte por estallido de calentador y cuando se bajaban las llamas, bombeaba dándose el lujo de dar una última bombeada fuerte, como diciendo “Lista esta merda”. Pero yo advertí que no bombeaba como contribución al budín, sino por el ejercicio en sí, por hacer algo, porque ella estaba acostumbrada a manejar ese artefacto y le resultaba una cretinada que se apagara, por el hecho en sí.

Ya la cacerolita estaba al fuego con el budín esponjoso adentro; pero yo quería ver si ya estaba cocinado; mejor dicho, quería ver cómo se iba cocinando. Igual que un japonés que tenía un vivero y se levantaba de noche para ver cómo crecían las plantas.

Pero no podía levantar esa tapa que estaba llena de brasas; le pregunté a mi amiga y se encogió de hombros.

—Ah, ya sé —Pensé— Con un palo largo.

Agarré un palo largo de escoba y traté de pasarlo por la manija de la tapa; mi amiga me ayudaba, con reticencias. Cuando intentábamos abrirla, vino mi mamá y mi amiga puso cara y aspecto general (lo que además era cierto) de que no tenía nada que ver con esa idea luminosa del palo. Mi mamá supo enseguida que esa idea era mía.

—¡Qué manía! —Dijo— De mirar las cosas crudas, antes de que se hagan! A eso le falta mucho.

Cuando ella se fue, pude levantar la tapa con un palo más fino y pude espiar apenas un momento el pastel. Tuve una idea vaga, pero todavía parecía un panqueque, no tenía la tercera dimensión.

—A lo mejor todavía sube —me dijo mi amiga y me propuso hacer otra cosa mientras. Pero yo no me iba a mover hasta ver qué pasaba.

Al rato lo abrí, ya definitivamente, porque no se podían sacar y poner las brasas a cada momento: el pastel se había puesto de color marrón subido, se había replegado en si mismo en todas direcciones: a lo largo y a lo ancho. Quedó como una factura marrón, de esas que llaman vigilantes.

Mi mamá dijo:

—Es lógico, yo ya suponía.

Yo pensé que para los grandes la confección de soretes era una cosa lógica e inevitable.

Pero yo no lo comí ni nadie lo comió. Usted tampoco hubiera podido comer eso.

 

El origen de Frankenstein

Por Gustavo Berriel

En opinión de algunos, la ciencia-ficción surgió en Ginebra (Suiza), en una legendaria casa junto a un lago, de la potente imaginación de una mujer, una noche lluviosa y fría del extraño verano de 1816, cuando un puñado de personas (incluido el mítico Lord Byron) se encontraban confinadas junto a ella en aquella residencia, desde hacía días, por causa de un mal tiempo que parecía interminable.

En última instancia, la responsabilidad por ese prolongado encierro recaía en un lejano volcán (el Tambora, situado a miles de kilómetros de esa finca, en la isla de Sumbawa, en la actual Indonesia), que al entrar en erupción en 1815 generó –para 1816– el famoso “año sin verano” (“The year without summer”): hubo descensos bruscos y totalmente anormales de temperatura en varios sitios del planeta (fundamentalmente en el hemisferio Norte), tormentas de nieve en lugares cercanos al Ecuador y lluvias torrenciales por doquier (con pedriscos gigantes incluidos, en algunos casos), que engendraron consecuencias desastrosas para las cosechas y el comienzo de importantes hambrunas.

Byron alquilaba por aquel entonces aquella espléndida residencia llamada Villa Diodati, situada junto al lago de Ginebra, entre montañas, y recibió en calidad de huéspedes estivales a la pareja conformada por Mary Shelley (nacida 18 años antes como Mary Wollstonecraft Godwin) y Percy Bysshe Shelley (filósofo, poeta romántico y activista político con ciertas inclinaciones radicales). Pasaban el verano allí, además, Claire Clairmont (hermana adoptiva de Mary y en aquella época pareja ocasional de Byron, de quien esperaba una niña) y John William Polidori, médico personal del anfitrión y asimismo escritor.

El clima de toda Europa se vio drásticamente trastornado en los meses subsiguientes al episodio volcánico indonesio, y aquel verano boreal suizo de 1816 pareció más bien invierno, con frío, lluvias y vientos permanentes.  Polvo, gases y cenizas provenientes del Tambora fueron llegando sobre Europa en las semanas posteriores a la erupción, y acabaron conformando una especie de escudo contra la luz del sol.  Los días de aquel verano eran oscuros, con crepúsculos de coloración alucinante y anormal, hostiles y fascinantes a la vez, según se infiere de recuerdos consignados por la propia Mary Shelley en alguna anotación testimonial.

A instancias de esas circunstancias, el grupo pasaba la mayor parte del tiempo en el interior de la mansión Diodati, dedicando muchas horas a la charla, la lectura y la escritura, habida cuenta de que todos ellos, en mayor o menor grado, albergaban inquietudes literarias.  Entre otros temas de conversación, se hablaba con frecuencia de las teorías y experimentos del filósofo del siglo XVIII Erasmus Darwin (abuelo del mismísimo teórico de la evolución, Charles Darwin), relativos al poder de la electricidad para revivir cuerpos inertes, en aplicación de las ideas del galvanismo.  También se compartían lecturas, y el grupo disponía en la ocasión de una vieja antología alemana de historias de fantasmas, que captó la atención de los presentes en más de una de aquellas veladas de confinamiento forzoso en la casona.

En ese clima –atmosférico y psicológico– se llegó a la noche lluviosa y fría que con el paso de los años terminaría haciéndose leyenda.  Se hallaban anfitrión y huéspedes reunidos en la sala, junto al fuego de la estufa, bebiendo vino.  Afuera, el mal tiempo imperante, lejos de dar tregua, parecía empeorar.  Relámpagos y truenos imponentes, en lúgubre combinación, rajaban de lado a lado, cada tanto, un ominoso cielo negro.

Entonces a Lord Byron se le ocurrió una idea, que lanzó en forma de reto al grupo: a modo de macabro torneo, propuso que cada uno imaginara y escribiese la historia más espeluznante que su sentido del horror le permitiera concebir.

De los presentes, Mary Shelley fue, sin duda, la que obtuvo un resultado más notable a partir del desafío lanzado.  Aquella noche tormentosa de ribetes siniestros supondría para ella, al fin y al cabo, el chispazo inaugural en la gestación de Frankenstein, su novela más famosa y –simultáneamente, en opinión de algunos estudiosos– obra fundacional de un género literario nuevo, que muy lejos de allí y sólo muchas décadas más tarde, ya bien entrado el siglo XX (EEUU, década de 1920), adquiriría un desarrollo de entidad y un nombre propio: “ciencia-ficción”.

En realidad, aquella noche Mary no empezó propiamente a escribir su célebre relato, sino que apenas engendró una vaga idea, o quizá, incluso, tan sólo la intuición de que algo grande –aunque embrionario todavía– comenzaba a tomar forma en su interior y saldría pronto de su pluma.  El tema de la creación o recuperación eléctrica de vida en cuerpos o miembros muertos, tratado recurrentemente en aquellas veladas, debió, seguramente, causar honda impresión en la escritora, quien, algunos días más tarde, todavía en Villa Diodati, lo fantaseó o visualizó una madrugada, muy vívidamente, en formato de ensoñación o pesadilla.

Vi (…) con una nítida imagen mental, al pálido estudiante de artes impías, de rodillas junto al objeto que había armado. Vi al horrible fantasma de un hombre extendido y que luego, tras la obra de algún motor poderoso, éste cobraba vida, y se ponía de pie con movimientos torpes y poco naturales”, recordaría años después la autora, en alusión a la agitada madrugada en que encontró, por fin, el tema y los personajes de su extraordinaria narración.

La idea inicial era escribir un texto breve, pero la historia fue ganando su imaginación y terminó en novela. Mary Shelley trabajó en ella durante un año y medio aproximadamente, entre aquella noche del “torneo”, en que empezó a “pensarla” o vislumbrarla de algún modo, y enero de 1818, cuando fue publicada por primera vez, en Londres, en calidad de libro anónimo.  Durante todo ese proceso, al parecer, contó con la asistencia de su marido, Percy, en cuestiones de gramática y estilo.

Percy Bysshe Shelley, poeta romántico, filósofo y activista político, recibió una compensación con creces por esa ayuda prestada a la redacción de Frankenstein, de parte de su esposa, algunos años más tarde: tras la trágica muerte del poeta (acontecida en 1822, cuando navegaba en un velero por costas italianas), la escritora se dedicó durante varios lustros a conseguir la publicación, la difusión y el reconocimiento de la obra de su marido, y podría decirse que obtuvo un éxito razonable en dicha empresa.

Frankenstein o el Moderno Prometeo (tal el título completo de la novela) no fue el único libro escrito por Mary Shelley, pero sí, indudablemente, el que alcanzó mayor repercusión dentro de su obra e instaló su nombre en los anales literarios.  La autora produjo una media docena de novelas más (incluyendo dos históricas), libros de viajes e infantiles, poemarios y una enorme cantidad de biografías, entre otras cosas, aunque nada de ello logró el brillo y la resonancia de aquel relato tenebroso producido en su primera juventud.  

La historia del monstruo artificial–natural, ensamblado por un “científico loco” con diversos miembros y segmentos tomados de cadáveres y cosidos entre sí, al que da vida mediante una imponente descarga eléctrica, provocó a su vez en la literatura el efecto de un rayo imponente, que dejaría un sello indeleble y opacaría el resto de la producción literaria de su autora.

No todos los aficionados o estudiosos de la ciencia-ficción coinciden en la aceptación de esta novela como piedra fundacional del género, y señalan otras obras, anteriores o subsecuentes, para ocupar ese sitial: Utopía, de Tomás Moro (1516); Somnium, de Johannes Kepler (1623); El otro mundo, de Cyrano de Bergerac (1657/62), algunas novelas de Julio Verne o de H. G. Wells, y aun leyendas milenarias, como el antiguo mito griego de las estatuas animadas de madera diseñadas por Dédalo (padre de Ícaro y también diseñador del laberinto de Minos), o el del Gólem, en la tradición judía.

Sea como fuere, existe un consenso amplio en reconocer en Frankenstein, cuando menos, como una referencia ineludible y cierta, que no puede dejar de mencionarse –eventualmente junto a otras– al rastrear el nacimiento de la ficción científica (otro nombre utilizado a veces para referirse al género).

A partir de la segunda mitad del siglo XVIII, la Revolución Industrial comenzó a cambiar irreversiblemente el mundo occidental.  En relativamente pocas décadas (y de un modo que se iría acelerando), los adelantos tecnológicos fueron trayendo aparejadas drásticas transformaciones de los paisajes económicos, sociales y culturales, acompañadas en algunos aspectos de auténticos avances pero también, sin duda y frecuentemente, de incertidumbres, angustias y pesadillas que se volvieron, en algunos casos, espeluznantemente reales.

Aquella noche turbulenta de aquel año sin verano, de clima adulterado y cielos perturbadoramente extraños, en aquella casa junto al lago, entre montañas, una joven de conciencia inquieta se animó a asomarse, de algún modo, hacia “otro lado” (que gravitaba o acechaba desde la inminencia).  Osó ensoñar o vislumbrar otros paisajes, quizás anticiparse o acaso sólo imaginarlos, bajo la lógica de algún juego macabro que la escogió, tal vez, como pionera o pitonisa.  Y se atrevió, luego, a contarlo, en unas páginas que no se olvidarían.

___

Gustavo Berriel nació en la ciudad Montevideo, Uruguay, donde estudió Comunicación. Se define como amable, rebelde por naturaleza y un poco neurótico. Suele dar largas caminatas por la ciudad investigando su alma. Ama escribir en lengua española desde que fue alfabetizado. Editó libros de forma artesanal (poesía, ensayo).  La idea de que el arte puede cambiar al mundo lo cuenta entre sus adeptos.   

Ecos en la noche

Por Karla Chávez.

Una mujer abrió la puerta y entró a una sala de hospital. La sala estaba un tanto obscura, solo recibía la tenue luz de la lámpara que colgaba de arriba. La escena le parecía extraña, pero algo le invitaba a deambular por el lugar.

Miró con detalle los utensilios aún bañados con sangre que al parecer hacía poco habían sido utilizados por los médicos. A pesar de que no sabía cómo se usaban, sentía una especie de energía, como si le fueran objetos muy cercanos.

Toda la sala estaba hecha un desorden, había gasas y pedazos de hilo de sutura teñidos de rojo vivo tirados por el piso; las mesas en las que estaba el material médico estaban chuecas y su contenido estaba hecho un caos. Con solo pasear la mirada por el lugar podía escuchar las instrucciones que el cirujano había dicho hacía un rato.

Entonces se percató de que en la mesa de operación había un bulto, parecía ser un cuerpo. Dudó unos instantes si debía acercarse y corromper la paz de quien yacía en la mesa, pero esa energía que había estado sintiendo desde que entró al lugar la impulsaba a aproximarse.

Vio que una mano se asomaba de la sábana que cubría el cuerpo. Aquella mano de color pálido parecía invitarla a tomarla, como si de un saludo se tratara. Conforme se acercaba, un frío la invadió y le erizó la piel. Su respiración comenzó a entrecortarse. No quería seguir ahí, pero tal era la presión que la mano ejercía sobre ella que estiró la suya y con dedos temblorosos tocó la piel inerte.

Dudó, ¿sería posible?

Entonces de un jalón retiró la sábana del rostro del cuerpo y fue tal su sorpresa y alivio al no reconocerse en aquel rostro. Sonrió para sus adentros y se tomó la libertad de examinar a detalle las heridas que la cara del paciente tenía.

Imágenes aleatorias comenzaron a pasar por su mente. Un grito desgarró el silencio que había en la sala, solo que ese grito pertenecía a un tiempo pasado y a un lugar fuera de ese hospital.

La agitación de una persecución.

El llanto como resultado de la desesperación.

Disparos que hacían volar a las palomas de la iglesia donde habían hecho sus votos hacía veinte años.

No importó que él suplicara perdón, ella le había dado todo y él le falló.

Al descubrir el engaño, lo obligó a subir hasta el campanario y le hizo confesar que los votos que había dicho resultaron ser una gran mentira al irse con su amante.

Los dos habían prometido protegerse y apoyarse. Juntos, hasta que la muerte los separe. Y así sería. Le disparó hasta que cesaron sus disculpas, dejando la última bala para ella.

Los lamentos y disculpas se detuvieron, por fin podía sentir tranquilidad. Solo faltaba una cosa. Se acercó al borde del campanario y cerró los ojos. Un último disparo hizo eco, a la vez que un cuerpo caía desde lo alto de la torre.

Volvió a abrir los ojos y se descubrió de regreso en la sala de operaciones. No lo entendía, él estaba muerto y ella seguía ahí. Después de todo lo que había hecho para asegurar una partida sin regreso, seguía ahí.

Unos médicos entraron a la sala de operaciones y se llevaron el cuerpo de su esposo. Ella los siguió e intentó llamarles, pero ninguno parecía notar su presencia. Corrió tras ellos y apenas pisó el pasillo se vio de nuevo en el campanario. Intentó salir del lugar, pero siempre regresaba a ese punto.

Las campanas comenzaron a sonar y un nuevo grito inundó la noche.

___

Karla Chávez es egresada de Literatura Intercultural, con área de profundización en semiótica, en la ENES, Morelia. Es columnista semanal en Monitor Expresso. Le gusta perderse entre libros y entregarse a las palabras que brotan de su pluma.

20/07/69 – Neil Armstrong

Por José Luis Díaz Marcos

La viuda de Neil Armstrong encuentra

artefactos del paseo lunar en un armario.

                                                                                                                          CNN. 10/02/2015.

 

En su dormitorio, espacio conyugal durante décadas, Carol Armstrong temió desfallecer ante las puertas de un armario ya solo suyo. ¿Cuánto tiempo había transcurrido desde…? ¿Semanas, meses…? No estaba segura. A pesar del generoso y unánime apoyo recibido, todas sus certezas habían quedado difuminadas, luces en la lluvia, bajo un oscuro derrame de dolorosa soledad.

Neil Armstrong, primer hombre en pisar la Luna para el mundo y el amor de su vida para ella, había marchado de nuevo hacia las estrellas. Esta vez, para siempre. Su corazón, su enorme corazón, se había detenido incapaz de seguir el ritmo frenético e incansable de la vida. Qué desgracia. Para ambos.

Asumida su nueva condición, Carol, viuda del insigne astronauta, acarició la misma madera que su difunta mitad había tocado tantas veces y, por un instante, «¡Neil…!», creyó notar la amorosa piel de sus dedos. Ahogó un gemido.

No estaba preparada. Nunca lo estaría. Pero debía hacerlo. Asió ambos pomos con firmeza, inspiró profundamente, «Ayúdame…», y tiró, resignada, abriendo al presente el túnel del pasado. Y, tal como sabía, allí estaba él sin estarlo, ausencia de cuerpo presente en cada traje, en cada objeto, en cada fue y ya no es. «Neil…».

Por dónde empezar y qué hacer con sus pertenencias, con aquellos recuerdos que, demasiado banales o dolorosos para ella, decidiera no conservar. Respecto a lo segundo, «Acabarán repartidas por museos de todo el estado, patriotas orgullosos de difundir la leyenda de su héroe cósmico, de mi estrella», valoró. Respecto a lo primero…

«Mejor ir poco a poco», convino. Así, paseó la vista, indecisa, hasta descender a los zapatos, a las cajas, a… Estiró el brazo y tanteó el rincón derecho del armario. Sí, allí estaba el familiar volumen. Desde hacía, «Parece mentira…», casi cuarenta y cinco años, desde que su esposo, comandante del Apolo 11, pasase a la historia en compañía de los pilotos Buzz Aldrin y Michael Collins.

Se trataba de una bolsa de tela blanca semejante a un gran neceser. Por lo que ella sabía, aquélla era conocida como bolsillo McDivitt, en honor a James McDivitt, guía del Apolo 9, y estaba destinada a contener clavijas e instrumentos utilizados durante las misiones.

Y nunca la había abierto. Nunca. La despreocupada respuesta de Neil, «Cosas de trabajo», a la conveniente pregunta bastó, en aquella otra existencia ya perdida de 1969, para desanimarla. Hasta hoy. De algún modo, era esa incógnita la que ahora, harta de esperar, parecía salir a su paso.

Separó el cierre «de monedero» revelando el contenido. A simple vista, un variopinto conjunto de objetos se amontonaba sin orden ni concierto. Dispuesta a identificarlos, los vació en el suelo, sobre la alfombra.

Una cámara de cine, dos correas, una red, una bolsita negra de plástico, piezas diversas… Así hasta un total de veintiún elementos, contó Carol antes de sacar una fotografía.

Escuchado el ya mítico relato de boca del propio Neal y vista su grabación televisiva hasta la saciedad a lo largo del tiempo, la asaltó la duda sopesando la cámara de cine, el más aparente de los objetos contenidos en el bolsillo McDivitt: «¿Fue la que grabó la pisada de Neal sobre el polvo lunar?». Seguramente. Imposible saberlo con certeza.

«¿Y la bolsita?», reparó. «Pesa poco y su contenido es rígido…». La abrió también. Contenía, según pudo ver, una larga tira de película enrollada sobre sí misma. La puso al trasluz y contempló, uno a uno, los respectivos fotogramas.

…hueco rectangular en el firmamento, muy cerca de la Tierra, muestra una posterior pared de hormigón; escalera de mano y botes de pintura junto al Eagle alunizado; peones en mangas de camisa trasladan tablones entre cráteres; Armstrong, Aldrin y Collins, sin sus respectivos cascos, bromean con la supuesta ingravidez espacial,…

Desplazado por un instante el desconsuelo de la pérdida, Carol quedó conmocionada por el descubrimiento. «No es posible. Quiere, quiso, gastarme una broma. Conociéndome, supuso que, antes o después, acabaría cediendo y… Sin embargo, si lo piensas…» Un montaje así no encajaba con la profesionalidad de Neil, con su compromiso público, con su entrega absoluta a la causa espacial y a su propio país. «¡Hay cosas que maldita la gracia!», había soltado en alguna ocasión, molesto con insinuaciones semejantes. «Nunca habría corrido el riesgo, estoy convencida, de que una mofa parecida llegara a los norteamericanos, al mundo. Ni siquiera conmigo».

«A menos…». Tuvo que sentarse en la cama, indispuesta de repente. «A menos que creyese tener la seguridad absoluta, protegido por alguien, o por algo, de que nunca vería la luz. ¿Protegido, quizá,… por un gobierno?». Si era así, en el turbador caso de que fuese así, el alunizaje del Eagle, módulo del Apolo 11, en el Mar de la Tranquilidad del satélite terrestre, con su marido y otros dos hombres a bordo, habría sido… una invención, un escandaloso paripé. Tan falso como el contenido del mensaje grabado en una placa conmemorativa adjunta a una de las patas del mismo Eagle.

¡El pequeño paso para el hombre, gran salto para la humanidad, dado por el pionero Neil Armstrong, su Neil, momento histórico seguido en directo por seiscientos millones de personas en todo el planeta, habría sido, increíble,… una película de ciencia ficción!

¿Y por qué? ¿Para qué? «¿Para inclinar a nuestro favor la balanza de la guerra psicológica contra el archienemigo soviético? ¿Para dar una vuelta de tuerca, otra más, a la guerra fría?» ¿Por alguna otra razón que ella no alcanzaba a vislumbrar?

Por lo que fuera. Poco importaban ya los motivos. Terminada la metafórica emisión, el «The end» ya había salido. Hacía cuarenta y cinco años. «Y, por lo que a mí respecta, no seré yo quien critique a estas alturas el desarrollo de la historia ni la interpretación de los actores. Sobre todo, la del protagonista, mi adorado protagonista».

«¡Hace frío…!», se dijo de pronto frotándose los brazos. «Encenderé la caldera. Tengo entendido que el celuloide arde bien».

 

1. «Aquí, unos hombres procedentes del planeta Tierra pisaron por primera vez la Luna en julio de 1969 d.C. Vinimos en paz, en nombre de toda la humanidad. – Presidente de Estados Unidos de América – Richard Nixon».

_____

José Luis Díaz Marcos es autor de relatos publicados en diversas webs y antologías. 20/07/69 ganó el concurso de relatos 2016 de Klowns Horror Fanzine. También es autor de Paraísos de magia y fuego, novela fantástica ambientada en las islas Canarias y su apasionante mitología. Su blog: http://la-estanteria.webnode.es/

Viajar es ir en busca de los amigos que no conoces

El primer miedo que tuve cuando dejé a mi familia en el aeropuerto de Milán se me apareció con total claridad: desde ese momento estaba solo. Completamente solo y rumbo a un país en el que nadie me esperaba. El último abrazo se lo había dado a mi madre antes de cruzar la puerta de inmigraciones. Las piernas me temblaban, mi cabeza giraba en busca de la única persona que conocía. Ella lloraba, yo me negaba las lágrimas para poder avanzar en la fila que me daría el sello habilitante para viajar a Japón.

Tenía la cabeza inundada de preguntas traicioneras. ¿Por qué viajaba? ¿Qué buscaba? ¿No son todos los lugares igual de hermosos?

Ese miedo de viajar solo, que en las horas tempranas me apabullaba, era del todo ridículo. Ahora, cuando el viaje me enseñó algunas cosas, puedo sostener que nadie viaja solo. Y si eso ocurre es por decisión propia.

Pueden existir momentos de soledad, que también ocurren en la ciudad donde trabajamos, cuando nos sentamos a tomar un café y estamos rodeados de personas desconocidas que no hacen más que aumentar la sensación de transeúnte en un desierto superpoblado. O al despertar con una persona que ya no amamos pero que por inercia seguimos a su lado. Esa soledad existe siempre y esta en cada uno de nosotros tolerarla, mimarla, llevarla con dignidad y alegría.

Ya en el avión, esa cortina de miedo a estar solo perdió poder al conversar con un japonés que volvía a su país después de un viaje de negocios.

La actitud del viajero es la de estar abierto al mundo para que nos empodere. El viajero acepta que está solo y por eso deja de estarlo. Funciona como un principio de supervivencia que se activa para generar lazos con los demás. Se lo identifica con una sonrisa y el ánimo inocente de buscar lo que hay en común con el otro. Algo que en la vida cotidiana se nos olvida por el mandato de la competencia y la productividad. Sin embargo con un viajero hay una empatía diferente: el extranjero que llegó a nuestra tierra nos llama la atención. ¿Por qué habrá elegido venir acá? ¿Qué cosa querrá conocer? ¿Acaso yo conozco a dónde se dirige? ¿Y qué sabe de nosotros como pueblo? ¿Y qué me puede contar de su país? ¿Qué cosa conozco yo de su país?

De niño un amigo me decía que cuando fuera grande quería ser dueño de un hotel porque la gente que viaja está siempre contenta. En mi experiencia esa idea es certera. Los viajeros que me encontré durante 7 meses de mochilero por Asia, salvo contadas excepciones, eran personas alegres y dispuestas a conectarse. Es decir, amigos.

Y eso en lo personal me resultó fascinante. Saber que tenes amigos esperando a ser descubiertos. Que las distintas culturas no son barreras sino puentes. Que quizá uno viaja más por esos encuentros que por un lugar. Porque la foto con las pirámides detrás dicen poco o nada, pero el camino y la gente que conociste para llegar hasta ahí te marcaron. Las historias que te contaron de sus vidas. Lo que vos compartiste de la tuya. Y la invitación, que nunca falta, a que visiten tu país.

Es probable que estos sean los clichés del viajero y de los que viven los tours. Puede verse solo como la amistad fugaz de verano y la fogosidad de las playas calientes. Pero según las historias que he escuchado y las que me han ocurrido a mí, puedo decir que si haces el camino a pie y con el corazón en la mano vas a encontrarte amigos de verdad. Porque hay un trasfondo humano que todos compartimos y es más fuerte que las diferencias.

Por eso se me ocurrió escribir hoy, el día del amigo, sobre viajar. Que es otra forma de amistad, acaso una más amplia, porque es con el mundo.

La noche de los especta-culos

Esta historia ocurrió en sexto grado, de eso ya van más de 12 años, y recién ahora lo cuento con lujo de detalles en un lugar público. 

En sexto grado me enamoré de Belén. La única chica del curso que en la clase de educación física, cuando todos corríamos, le rebotaban dos tetas debajo de la remera. Bueno, al gordo Castañares también le rebotaban dos tetas, quizá hasta más grandes, pero esa es otra historia. En los recreos yo la buscaba con la mirada a Belén, sin ningún tipo de vergüenza, la perseguía hasta que ella volteaba y me clavaba la vista. Entonces yo estaba ocupadísimo encontrando algo para hacer y pasar desapercibido. A veces ocurría lo opuesto; yo estaba actuando de chico normal, por ejemplo, jugando al fútbol con el resto de compañeros, y no tardaba en sentirme observado. Cuando buscaba por el patio, siempre, invariablemente, en algún punto encontraba que Belén me miraba. Así pasamos todo el último grado de la primaria, amándonos en secreto.

Esa sería toda la anécdota si no hubiese existido el viaje de fin de año, que consistía en pasar tres noches en un hotel de las sierras. Yo había imaginado que esa vez podría finalmente decirle que la amaba, o lo que fuera necesario decirle para poder besarla. Pero la verdad es que desde el primer día las actividades eran tantas que no había ocasión para que ocurriera algo de ese estilo.

El único momento posible era a la noche, cuando los coordinadores iban a tener sexo con las madres que se habían ofrecido como acompañantes y se olvidaban de controlar que los chicos estuvieran en las habitaciones. El problema es que en esas veladas los que solían acaparar la atención de las chicas eran las habitaciones de los bravucones, los machos alfa que en su mayoría hoy están en la cárcel o repitiendo aún el secundario…

Pero sí, en esas primeras noches llevaban la delantera. Salvo la última, cuando de mi furiosa cabeza enamorada nació una idea que daría curiosamente en igual medida notoriedad, gloria y vergüenza.

La primera noche que pasamos en el hotel, en nuestra triste habitación solitaria y llena de comida, cuando las chicas estaban coqueteando en la habitación de los bravucones, había descubierto que uno de mis mejores amigos tenía un talento guardado, algo que nunca me había contado por pura vergüenza. Mi amigo, que conocía desde primer grado, nunca me había contado que tenía el talento natural de tirarse pedos cuando quisiera. Eso era. Tirarse pedos. Solo tenía que acostarse, levantar las piernas y se podía tirar tantos pedos como quisiera. De la duración y sonoridad que se le antojara. Y lo mejor de todo es que no tenían olor. Era sin dudas un talento impresionante. Para bien o para mal, quien lo veía se quedaba sorprendido.

De inmediato mi ingenio de narrador vio que se podía juntar con el talento de mi amigo para contar las mejores historias de todo el hotel. Y de esa manera traeríamos la atención de las habitaciones vecinas, hasta que tarde o temprano, Belén terminaría llegando a ver el fenómeno.

La función empezó la última noche, recién entonces pude convencer a mi amigo que su talento debía ser mostrado al mundo entero. La primera seguidilla de chistes fueron simples pero muy efectivos. Simplemente les narraba una escena a los espectadores que estaban sentados en las camas y el piso.

– Como ya sabemos, las personas tienen facilidad de cometer – y señalaba con las manos el trasero de mi amigo que estaba detrás mío acostado en la cama, y del cual salía un primer pedo muy sonoro – pero no se preocupen, ya sabemos por experiencia, y ustedes lo verán pronto también, que los – mi amigo ejecutaba una seguidilla de pedos tronadores – no son olorosos. No tiene olor, ni aroma alguno.

Las risas estallaban por todo el hotel. Hasta los coordinadores suspendieron los polvos con las madres para ver el fenómeno. Cada tanto ponía tandas de especta-culospedos.

– Esta serie de chistes fueron auspiciadas por – y explotaba la cadena tronante de pedos.

Esa consigna era simple y cualquier podía narrar un chiste con el simple hecho de lanzar un eslogan publicitario.

– Sopitas knorr son una fina mezcla de hierbas y …. – y sonaba el pedo como remate.

Hasta que llegó Belén y se sentó en primera fila, es decir, en la cama del frente. Era el gran momento. La hora de la verdad. Hice mi espectáculo sin mirarla, con la voz temblorosa. Usé el mejor repertorio que había descubierto hasta el momento. Y las risas fueron acompañando, incluso ella, que también estaba nerviosa, soltó alguna risita. Pero mi voz estaba como paralizada. Tuve que dejar el espectáculo sin concluir.

– Voy a tomar aire a la ventana que salió uno con olor – entonces la gente corrió afuera de la habitación.

– Que divertido – dijo Belén acercándose a la ventana.

– Sí, es divertido – dije percibiendo que estábamos más cerca de lo que nunca antes habíamos estado.

Me temblaban las piernas. Tendría que haberla agarrado por el cuello y besado. Pero no me animé. Se me ocurrió después. Ella me saludó y salió de la habitación para siempre. Yo estuve un rato más congelado con el aire fresco que entraba por la ventana.

Esa noche los chicos de la habitación pidieron que hiciera un espectáculo privado. Pero yo no estaba de humor. Seguía congelado en esa ventana. Si hubiera podido llorar hubiese llorado. Pero en lugar de eso dije que contaría una historia si apagaban las luces y hacían completo silencio, porque era verídica y no queríamos hacer enojar a las víctimas, ya que había ocurrido en ese mismo hotel, varios años atrás.

Era sobre dos mellizas, estudiantes sobresalientes de sexto grado, que habían sido asfixiadas por un grupo de abusones en el viaje de fin de año. Desde entonces se decía que las mellizas rondaban por las camas en búsqueda de los niños abanderados para asfixiarlos. Con esa historia, sin demasiados méritos narrativos, pude hacer que todos tiritaran hasta el punto que uno de ellos, mi amigo más miedoso, llamó en la madrugada al coordinador para preguntarle si era verdad.

Por supuesto que la historia era mentira. Me la había inventado toda para tapar mi parálisis con Belén. Pero no importaba que fuera mentira, el miedo ya estaba instalado y gracias a eso no fui el único que se quedó despierto hasta tarde esa noche.

Joyce Carol Vincent, historia de terror real

Joyce Carol Vincent, basado en una historia verídica.

joyce-in-studio-photo-2.jpg

En noviembre de 2003, Joyce Carol Vincent fue hospitalizada durante dos días después de vomitar sangre debido a una úlcera péptica. En la ficha médica listó al gerente de su banco como el pariente más cercano. Aun teniendo a cuatro hermanas vivas.

En diciembre del mismo año Joyce Vincent vuelve de hacer unas compras a su departamento. Una vivienda sencilla, ubicada encima del centro comercial “Wood Green”. La renta de la propiedad era pagada a medias por una agencia de beneficencia para mujeres que sufrieron violencia doméstica.

Joyce se quita los zapatos al entrar a su casa y cierra la puerta por última vez. En la cocina deja unas bolsas con compras y mira un helecho muerto que lleva meses ahí. Piensa que debería reemplazarlo, pero luego se convence que sería en vano, es inevitable, es mala cuidando las plantas, se olvida de regarlas.

Lleva los regalos navideños que ha comprado al sofá para envolverlos. Enciende la estufa y la televisión. O quizá siempre estaban encendidos. Termina de envolver los regalos, han quedado formando un círculo alrededor de ella. Está agobiada, las fiestas la hacen sentir horrible. No tiene ánimos siquiera de silbar una canción. Se estira a descansar en el sillón, sus ojos están idos en la pantalla brillante. Mira un programa de cocina donde preparan unos manjares para las fiestas. No tiene hambre ni ganas de levantarse a hacer la cena. En la bacha hay platos por limpiar. Piensa en los pocos días que faltan para navidad y se le agobia el pecho de imaginarse otra vez en completa soledad. Tiene hermanas pero no las verá. Vive en un edificio de 200 departamentos, muchos habitados por personas igual de solitarias que ella, ubicado en el centro de una ciudad de siete millones y medio de habitantes, pero nadie, absolutamente nadie dentro de esa cifra la buscará. Durante los próximos tres años nadie le exigirá que le conteste los mensajes, que le abra la puerta. Nadie de esa cifra será culpable y todos lo serán.

Joyce Carol Vincent muere en su departamento por un ataque de asma, un paro cardiaco o una complicación en la úlcera. Unos pocos sostienen el suicidio. Es poco probable. Pero nadie lo sabe con exactitud. Tampoco se sabe cuánto tiempo agonizó. Nadie recibió su llamada de auxilio. Tal vez no la pudo realizar. O acaso no quiso. Quizá aceptó que su vida había llegado al final.

¿Se habrá imaginado Joyce que sería famosa? No por cantar, que era su pasión y lo hacía bien. No por acciones en vida realmente. No por la muerte tampoco, que las hay más extrañas. Sino por el abandono, el olvido y el desinterés de la sociedad por el vecino de al lado.

Al otro día de su muerte la televisión sigue prendida sin preocuparse del receptor. Sintoniza el Gran Hermano, emitido por primera vez en Holanda en 1999 y después replicado con éxito en más de 70 países. El reality show muestra a un grupo de “habitantes” que conviven en una casa diseñada para la ocasión, en la que son filmados por cámaras durante las 24 horas del día. Los televidentes dejan las pantallas encendidas todo el día porque si las apagan pueden perderse de algo. ¿O es porque así se sienten menos solas? Quizá Joyce veía el programa por esa razón.

2004.

El primero de enero del 2004 empieza sin promesas de visitas, salvo en términos de insectos. Las moscas son las primeras en llegar al cuerpo ya hinchado por la actividad microbiana de su interior. Los gusanos siguen siendo fieles al llamado de la carne que muere. Las arañas son buenas inversionistas y ya han empezado a armar sus redes en la pantalla del televisor que les traerá un sinfín de presas. Los insectos se dan un festín de reyes mientras ven un programa sobre los diez animales más letales del mundo. El escorpión ocupa el puesto número tres, y el mosquito el uno. Curiosamente en la lista no figura el humano.

En febrero el olor fétido, que ya hace días impregna la ropa de Joyce, el sillón, la alfombra y las cortinas, ha traspasado los muros del departamento y llega a los pasillos del complejo. El hedor de la putrefacción se hace insoportable. Los vecinos – gente de la que conviene cuidarse – dictaminan que el olor viene de los basurales donde arrojan los desechos del centro comercial. Alguien quiere elevar un reclamo pero finalmente no lo hace por falta de apoyo. Se olvidan del tema y aprenden a convivir con lo hediondo. En la televisión pública alguien piensa, años más tarde, que toda la sociedad es un muladar.

El helecho sigue muerto pero a su alrededor, gracias a la humedad del ambiente, han crecido unos diminutos tallos verdes.

En abril del año 2004, un niño persigue un caminito de hormigas que entran por debajo de la puerta del departamento de Vincent. Huele la putrefacción y teme que las hormigas se hayan devorado al dueño de la casa pero luego escucha que la televisión está encendida. El niño corre a decírselo a la madre que está viendo absorta un programa de casos del FBI. La madre lo reta severamente por espiar a los vecinos y le manda a hacer sus deberes.

El 1 de junio Nelson Mandela anuncia que se retirará de la vida pública, lo hace por su salud, que viene empeorando, y por el deseo de pasar más tiempo en familia. La frase que marca el discurso dice “No me llamen, yo los llamaré”. Joyce Vincent tuvo oportunidad de conocer en persona a Mandela. Pero esto no le pareció gran cosa, a Joyce la política le aburría y hasta le daba miedo. Tenía vergüenza de contar que sufrió abusos domésticos.

En julio del 2004 un programa televisivo de turismo muestra el famoso Palacio de Fulham. A pocos kilómetros de este, en Hammersmith, el 15 de octubre de 1965 nació y creció Joyce Vincent. A los 11 años de edad su padre, un carpintero hábil para decir las cosas, sienta a Joyce en una silla y le dice que su madre ha muerto. Desde ese momento la crianza pasa a ser responsabilidad de las cuatro hermanas mayores.

Para sus hermanas y conocidos – después algunos se llamarán a sí mismo “amigos”, “novios” o “parejas” – el 15 de octubre del año 2004 Joyce Vicent cumple su cumpleaños número 38. El teléfono suena pero nadie responde. La contestadora graba unos pocos mensajes de voz. Algunas cartas se amontonan debajo de la puerta. Nadie se ha esforzado demasiado en contactarla. Una ex colega del trabajo que tuvo en Ernst & Young piensa que Joyce siempre fue desagradecida con ella y decide que el año próximo no la saludara. Se siente satisfecha con la decisión, piensa para ella misma, “hay que enfocarse en las personas que suman”.

En diciembre se cumple un año de la muerte de Joyce Carol Vincent pero todavía nadie lo sabe. ¿Se cumple entonces un año? El televisor, que sigue encendido, es el único que parece saberlo: para festejar el aniversario repite el mismo programa de cocina sobre platos navideños. El tan descarado le sigue hablando despreocupadamente a un muerto. Aunque no hay nada de nuevo en eso ¿Cierto?

2005.

El 2005 será un año de atentados. Los noticieros tendrán en la mira a todo elemento externo para atacar. Ningún país es confiable. La BBC emite un informe especial sobre el alto índice de suicidios que hay en Suiza. El 14 de marzo Vladimir Putin gana las elecciones en Rusia, los noticieros no hablan de otra cosa. El 7 de julio cuatro explosiones paralizan el sistema de transporte público londinense. El 21 de julio hay una segunda serie de explosiones. En los pasillos los vecinos hablan como chanchos asustados de lo mal que están las cosas. Se escucha que no se puede confiar en nadie. Alguien sugiere irse a vivir a las afueras, al campo o a un pueblo con poca gente. Otro dice que es inútil, las desgracias ocurren en cualquier lugar.

Llega otro 15 de octubre donde Joyce Vincent recibe cartas y llamadas. Esta vez son menos, hay quienes se han ofendido por no recibir una respuesta. Las llamadas de teléfono sin embargo han aumentado por el boom del telemarketing. Pero para desgracia del sistema, los cadáveres no contestan el teléfono.

En noviembre los gusanos ya casi han terminado su tarea. Falta poco para que el hueso quede pelado. Las arañas son las primeras en notar la disminución de la concurrencia que hay en el comedor. Algunas ya empiezan a pensar la mudanza a otro corredor abandonado.

Llegan las fiestas de diciembre y se cumplen tres años de la muerte de Joyce pero todavía nadie lo sabe. Los carteros siguen dejando las deudas de impuestos y servicios debajo de la puerta. En una ocasión un vecino tocó el timbre del departamento para pedir que bajara el volumen del televisor, pero terminó prevaleciendo el respeto de la propiedad privada y el sentido común inglés de no entrometerse en la vida del otro. La navidad pasa y los regalos que rodean el cadáver de Joyce siguen esperando envueltos, cubiertos por una capa de polvo.

“Sálvese quien pueda” y “Si te pierdes no esperes que te encuentren” son dos frases que repite al aire un comediante británico. En año nuevo pasan una de las canciones favoritas de Joyce, el estribillo dice “Mi sonrisa es sólo un ceño fruncido, sí / Girado al revés, sí sí / Solo un ceño fruncido / Al revés / Oh, y si por casualidad me oyes reír / Solo me río para engañar a la multitud”.

2006.

Finalmente llega el día que se genera un interés sobre Joyce Carol Vincent. Es, sin dudas, el interés del dinero. El sistema de rentas inmobiliarias reclama la propiedad. ¿Quién sino? La renta adeudada asciende a las 2400 libras. Ese dinero genera intereses. En este caso los oficiales actuaron rápido embargando el departamento. El 25 de enero de 2006 los agentes judiciales encontraron el cadáver en estado esquelético con el televisor y la calefacción encendidos.

La calefacción y la televisión siguen encendidos. Este dato sorprende a muchos. ¿No son una fiel prueba del mundo competitivo en el que se aspira a vivir, e incluso, morir? “Calefacciona hasta la muerte”, es el slogan rebotado de un joven creativo que trabaja en publicidad para una empresa de estufas.

Alrededor de los huesos están los regalos envueltos que nunca llegarán a destino, si es que alguna vez tuvieron uno.