Acerca de jediazz

Reír más, quitar límites, creer en las mil y una noches. Reducir, reciclar, reutilizar. Optimista hasta el fin del mundo.

El padre-cosa y otro cuento de Philip K. Dick

El padre-cosa

—La cena está preparada —dijo la señora Walton—. Ve a buscar a tu padre y dile que se lave las manos. Aplícate el mismo cuento, jovencito. —Trasladó una cacerola humeante a la mesa—. Le encontrarás en el garaje.

Charles vaciló. Sólo tenía ocho años y el problema que le atormentaba habría confundido a Hillel.

—Yo… —empezó, titubeando.
—¿Qué pasa?

June Walton percibió el tono inquieto de la voz de su hijo y su busto maternal se agitó de alarma.

—¿No está Ted en el garaje? Por el amor de Dios, estaba afilando las tijeras de podar hace unos minutos. No habrá ido a casa de los Anderson, ¿verdad? Le dije que la cena ya estaba en la mesa.
—Está en el garaje —contestó Charles—, pero está…, está hablando consigo mismo.
—¡Hablando consigo mismo! —La señora Walton se quitó el delantal de plástico y lo colgó en el pomo de la puerta—. ¿Ted? Nunca habla solo. Ve a decirle que ya puede venir. —Vertió café humeante en las tazas de porcelana azul y blanca, y procedió a servir el maíz cubierto de crema—. ¿Qué mosca te ha picado? ¡Ve a avisarle!
—No sé a cuál de ellos decírselo —farfulló Charles, desesperado—. Los dos son iguales.

June Walton estuvo a punto de soltar la cacerola de aluminio; por un momento, el maíz cubierto de crema se tambaleó peligrosamente.

—Jovencito —empezó, en tono de irritación, pero Ted Walton entró en la cocina.

Aspiró el aroma de la cena y se frotó las manos.

—¡Ajá! —exclamó—. Estofado de cordero.
—Estofado de buey —murmuró June—. Ted, ¿qué estabas haciendo ahí fuera?

Ted ocupó su puesto y desdobló la servilleta.

—He afilado las tijeras de podar como una hoja de afeitar. Engrasadas y afiladas. Será mejor que no las toques, o podrías quedarte sin mano.

Era un hombre atractivo, de treinta y pocos años, abundante cabello rubio, brazos fuertes, manos grandes, rostro cuadrado y brillantes ojos castaños.

—Caramba, qué buen aspecto tiene este estofado. Menudo día he tenido en la oficina. Como todos los viernes, ya sabes. El trabajo se amontona y las cuentas deben estar terminadas a las cinco. Al McKinley afirma que el departamento podría encargarse de un veinte por ciento más de trabajo si organizáramos la hora de comer, haciendo turnos para que siempre se quedara alguien. —Se dirigió a Charles—. Siéntate y empecemos.

La señora Walton sirvió los guisantes congelados.

—Ted —dijo, mientras se sentaba—, ¿tienes algo en mente?
—¿En mente? —Parpadeó—. No, nada fuera de lo normal. ¿Por qué?

June Walton miró a su hijo, inquieta. Charles estaba sentado muy tieso, inexpresivo, blanco como la tiza. No se había movido ni desdoblado la servilleta; ni siquiera había tocado su leche. La tensión se palpaba en el aire. Charles había apartado la silla de la que ocupaba su padre; se había encogido en un menudo bulto, lo más lejos posible de su padre. Movió los labios, pero la mujer no pudo leer lo que estaba diciendo.

—¿Qué dices? —preguntó, inclinándose hacia él.
—El otro —murmuró Charles—. Es el otro quien ha entrado.
—¿A qué te refieres, cariño? —preguntó June Walton en voz alta—. ¿Qué otro?

Ted dio una brusca sacudida. Una extraña expresión cruzó su cara. Desapareció al instante, pero fue suficiente para que el rostro de Ted Walton perdiera toda familiaridad. Algo frío y extraño asomó, una masa retorcida y serpenteante. Los ojos se empañaron y encogieron, proyectaron un brillo arcaico. El aspecto normal de un marido cansado había desaparecido.

Y en seguida reapareció, o casi. Ted sonrió y comenzó a devorar el estofado, los guisantes congelados y el maíz cubierto de crema. Rió, revolvió su café, bromeó y comió. Pero algo iba terriblemente mal.

—El otro —murmuró Charles, pálido, y sus manos empezaron a temblar. De pronto, se levantó de un salto y se apartó de la mesa—. ¡Vete! —gritó—. ¡Largo de aquí!
—Oye, ¿qué demonios te pasa? —rugió Ted, en tono amenazador. Indicó con severidad la silla—. Siéntate y acaba tu cena, jovencito. Tu madre no la ha preparado porque sí.

Charles salió corriendo de la cocina y subió la escalera. June Walton lanzó una exclamación ahogada y se removió en la silla, afligida.

—¿Qué le… ?

Ted siguió comiendo, con expresión ominosa y ojos sombríos.

—Ese chico necesita una lección —dijo con voz ronca—. Quizá tengamos que hablar en privado, de hombre a hombre.

Charles se acuclilló y escuchó.

El padre-cosa subía la escalera, se acercaba cada vez más.

—¡Charles! —gritó, encolerizado—. ¿Estás ahí?

No contestó. Caminó de puntillas hacia su habitación y cerró la puerta sin hacer ruido. Su corazón latía locamente. El padre-cosa había llegado al rellano; dentro de un momento estaría en su cuarto.

Se precipitó hacia la ventana. Estaba aterrorizado. El impostor ya buscaba a tientas el pomo en el pasillo a oscuras. Levantó la ventana y salió al tejado. Saltó al jardín situado frente a la puerta principal, se tambaleó y cayó, se puso en pie y huyó de la luz que surgía a chorros por la ventana, un parche amarillo en la negrura de la noche.

Distinguió el garaje, un cuadrado negro que se recortaba contra el horizonte. Buscó en su bolsillo la linterna, abrió la puerta con cautela y entró.

El garaje estaba vacío. El coche estaba estacionado frente a la casa. A la izquierda tenía el banco de trabajo de su padre. Martillos y sierras en las paredes de madera. En la parte trasera guardaba el cortacésped, el rastrillo, la pala y el azadón. Un bidón de queroseno. Matrículas clavadas por todas partes. El sucio suelo era de hormigón. Una gran mancha de aceite destacaba en el centro; el haz de la linterna reveló manojos de hierba grasienta y ennegrecida.

Nada más cruzar la puerta había un gran barril de basura. Sobre el barril se amontonaban periódicos y revistas antiguos, cubiertos de moho y humedad. Un intenso olor a podrido se desprendió de ellos cuando Charles los apartó. Cayeron arañas al cemento y se escurrieron; el niño las aplastó con el pie y siguió explorando.

La visión le arrancó un grito. Soltó la linterna y retrocedió de un salto. El garaje se sumió al instante en una oscuridad total. Se puso de rodillas con un gran esfuerzo de voluntad y tanteó el suelo en busca de la linterna, entre las arañas y la hierba grasienta. Por fin, la encontró. Apuntó el haz al interior del barril, al hueco que había hecho al apartar los montones de revistas.

El padre-cosa lo había ocultado en el fondo del barril, entre hojas caducas, cartones rotos, los restos podridos de revistas y cortinas, toda la basura del desván que su madre había amontonado en el barril con la intención de quemarla algún día. Él lo había encontrado, y al verlo se le revolvió el estómago. Se inclinó sobre el barril y cerró los ojos hasta que fue capaz de volver a mirar. En el barril se hallaban los restos de su padre, su auténtico padre. Pedazos que el padre-cosa no necesitaba. Pedazos que había descartado.

Tomó el rastrillo y agitó los restos. Estaban secos. Crujieron y se quebraron en cuanto el rastrillo los tocó. Eran como una piel de serpiente desechada, escamosa y crujiente al tacto. Una piel vacía. Lo que contenía, lo realmente importante, había desaparecido. Esto era todo cuanto quedaba, la piel frágil y crujiente, tirada en el fondo del barril de basura. Esto era todo cuanto había dejado el padre-cosa; había devorado el resto. Se había apoderado de lo que contenía, usurpando el lugar de su padre.

Un ruido.

Tiró el rastrillo y corrió hacia la puerta. El padre-cosa se acercaba por el sendero, en dirección al garaje. Sus zapatos aplastaban la gravilla. Avanzaba con cierta vacilación.

—¡Charles! ¿Estás ahí? ¡Ya verás cuando te ponga la mano encima, jovencito!

La forma llena y nerviosa de su madre se recortó en la puerta de la casa.

—Ted, no le hagas daño, por favor. Está preocupado por algo.
—No voy a hacerle daño —graznó el padre-cosa. Se detuvo para encender una cerilla—. Sólo voy a charlar un momento con él. Necesita aprender mejores modales. Dejar la mesa así y salir corriendo en plena noche, bajando por el tejado…

Charles salió del garaje. El resplandor de la cerilla iluminó su forma. El padre-cosa lanzó un berrido y corrió tras él.

—¡Ven aquí!

Charles corrió. Conocía el terreno mejor que el replicante de su padre; éste también sabía muchas cosas, obtenidas del padre verdadero, pero nadie conocía el terreno mejor que Charles. Alcanzó la valla, trepó, saltó al patio de los Anderson, dejó atrás la ropa tendida, bajó por el sendero que rodeaba la casa y desembocó en la calle Maple.

Escuchó, agachado y sin respirar. El replicante no le había seguido. Había regresado. O tal vez se acercaba por la acera.

Respiró hondo. Tenía que marcharse. Tarde o temprano le encontraría. Miró a izquierda y derecha, no vio a nadie, y se alejó a toda la velocidad que le permitían sus piernas.

—¿Qué quieres? —preguntó Tony Peretti, en tono beligerante.

Tony tenía catorce años. Estaba sentado a la mesa del comedor, chapado en roble, rodeado de libros y lápices, con medio bocadillo de jamón con manteca de cacahuete y una coca-cola a su lado.

—Eres Walton, ¿verdad?

Tony Peretti desembalaba cocinas y neveras después del colegio en la tienda de Johnson, en el centro de la ciudad. Era grandote y de cara ruda. Cabello negro, piel olivácea, dientes blancos. Le había dado palizas un par de veces a Charles; se las había dado a todos los chicos del vecindario.

Charles se encogió.

—Oye, Peretti, ¿puedes hacerme un favor?
—¿Qué quieres? —se irritó Peretti—. ¿Un moretón?

Charles, con la cabeza gacha y los puños apretados, explicó lo ocurrido con breves y entrecortadas palabras.

Cuando terminó, Peretti silbó por lo bajo.

—No me estarás tomando el pelo…
—Es verdad —se apresuró a insistir—. Te lo enseñaré. Acompáñame y te lo enseñaré.

Peretti se puso en pie con parsimonia.

—Sí, enséñamelo. Quiero verlo.

Fue a buscar su pistola de bajo calibre a la habitación, y los dos avanzaron en silencio por la oscura calle, en dirección a la casa de Charles. Ninguno habló mucho. Peretti estaba absorto en sus pensamientos, con expresión seria y solemne. Charles continuaba aturdido; su mente estaba en blanco por completo.

Entraron en el camino particular de los Anderson, atajaron por el patio posterior, saltaron la valla y se deslizaron con cautela hacia el patio trasero de Charles. No se movía nada. El silencio reinaba en el patio. La puerta principal de la casa estaba cerrada.

Miraron por la ventana de la sala de estar. Habían bajado las persianas, pero quedaba una estrecha rendija de luz amarillenta. La señora Walton, sentada en el sofá, cosía una camiseta de algodón. Su rostro expresaba tristeza y preocupación. Frente a ella estaba el replicante. Reclinado en la butaca de su padre, sin zapatos, leía la prensa vespertina. El televisor estaba encendido, pero nadie le hacía caso. Una lata de cerveza descansaba sobre el brazo de la butaca. El replicante se sentaba exactamente como su padre. Había aprendido mucho.

—Se parece a él —susurró Peretti, suspicaz—. ¿Estás seguro que no me tomas el pelo?

Charles le condujo al garaje y le enseñó el barril de basura. Peretti hundió en el interior sus largos brazos bronceados y sacó con mucho cuidado los restos secos y quebradizos. Los desdoblaron hasta que se dibujó la silueta de su padre. Peretti depositó los restos en el suelo y colocó en su sitio las partes rotas. Los restos carecían de color. Eran casi transparentes. Un amarillo ámbar, fino como el papel. Seco y sin vida.

—Eso es todo —dijo Charles. Las lágrimas anegaron sus ojos—. Eso es todo lo que queda de mi padre. La cosa se ha quedado con el contenido.

Peretti había palidecido. Tiró de nuevo los restos en el barril, tembloroso.

—Esto es muy fuerte —murmuró—. ¿Dices que viste a los dos juntos?
—Estaban hablando. Eran exactos. Me metí dentro. —Charles secó sus lágrimas y lloró sin control; no podía continuar callándolo—. Le devoró mientras yo estaba dentro. Luego, entró en casa. Fingió que era él, pero no. Le mató y devoró su contenido.
Peretti guardó silencio un instante.
—Voy a decirte algo. He oído hablar de cosas parecidas. Es un asunto feo. Debes utilizar la cabeza y no asustarte. No estarás asustado, ¿verdad?
—No —consiguió murmurar Charles.
—Lo primero que hay que hacer es pensar en una forma de matarlo. —Agitó la pistola—. No sé si todavía funciona. Será difícil capturar a tu padre. Era un hombre muy grande. —Peretti reflexionó unos momentos—. Larguémonos de aquí. Podría volver. Es lo que suelen hacer los asesinos, según dicen.

Salieron del garaje. Peretti volvió a mirar por la ventana. La señora Walton se había levantado. Hablaba con nerviosismo. Se oían vagos sonidos. El replicante cerró el periódico. Estaban discutiendo.

—¡Por el amor de Dios! —gritó el padre-cosa—. No cometas una estupidez semejante.
—Algo ha ocurrido —gimió la señora Walton—. Algo terrible. Deja que llame al hospital y pregunte.
—No llames a nadie. Se encuentra bien. Jugando en la calle, probablemente.
—Nunca sale a estas horas. Nunca desobedece. Estaba terriblemente preocupado… ¡Te tenía miedo! No le culpo. —Su voz se quebró de aflicción—. ¿Qué te ha pasado? Estás muy raro. —Salió al vestíbulo—. Voy a llamar a los vecinos.

El replicante la fulminó con la mirada hasta que desapareció. Entonces, sucedió algo horrible. Charles lanzó una exclamación ahogada; incluso Peretti gruñó para sí.

—Mira —murmuró Charles—. ¿Qué…?
—Demonios —masculló Peretti, los ojos abiertos como platos.

En cuanto la señora Walton salió de la sala, el replicante se hundió en la butaca, como si todos sus músculos hubieran perdido la tensión. Su boca se abrió. Sus ojos tenían una mirada vaga. Su cabeza cayó hacia adelante, como una muñeca de trapo desechada.
Peretti se apartó de la ventana.

—Eso es —susurró—. Ésa es la explicación.
—¿Cuál? —preguntó Charles. Estaba perplejo, asustado—. Ha sido como si alguien le hubiera cortado la energía.
—Exactamente —asintió Peretti, sombrío y estremecido—. Lo controlan desde fuera.

El horror sobrecogió a Charles.

—¿Desde fuera de nuestro planeta, quieres decir?

Peretti sacudió la cabeza.

—¡Desde fuera de la casa! Desde el patio. ¿Sabes rastrear?
—No mucho. —Charles se devanó los sesos—. Conozco a alguien que es muy bueno. —Logró recordar el nombre—. Bobby Daniels.
—¿Ese negrito? ¿Es un buen rastreador?
—El mejor.
—Muy bien. Vamos a buscarle. Debemos encontrar lo que acecha fuera. Lo que puso esa cosa ahí, y todavía continúa…
—Es cerca del garaje —dijo Peretti al menudo negro acuclillado a su lado en la oscuridad—. Cuando le mató, estaba en el garaje. Mira por ahí.
—¿En el garaje? —preguntó Daniels.
—Alrededor del garaje. Walton ya está dentro. Explora los alrededores. Las cercanías.

Un pequeño macizo de flores crecía junto al garaje, y entre éste y la parte posterior de la casa había una gran confusión de bambúes y restos desechados. La luna había salido; una luz brumosa y fría lo bañaba todo.

—Si no lo encontramos pronto —dijo Daniels—, tendré que volver a casa. No puedo estar levantado hasta muy tarde.

Apenas era un poco mayor que Charles. Tenía nueve años.

—Muy bien —contestó Peretti—. Empieza a rastrear.

Los tres se desplegaron y exploraron el suelo con cuidado. Daniels trabajaba a una velocidad increíble; su cuerpo menudo se movía como una exhalación entre las flores. Miró debajo de las rocas, bajo la casa, separó tallos de plantas, recorrió las hojas y las hierbas con mano experta. No pasó nada por alto.

Peretti se detuvo al poco rato.

—Yo vigilaré. Podría ser peligroso. Podría aparecer el padre-cosa y tratar de detenernos.
Se rezagó con la pistola preparada, mientras Charles y Bobby Daniels investigaban. Charles procedía con lentitud. Estaba cansado y tenía el cuerpo entumecido y aterido de frío.

Todo se le antojaba imposible, el padre replicante y lo sucedido con su padre, el auténtico. Sin embargo, el terror le espoleaba. ¿Y si pasaba igual con su madre, o con él? ¿O con todo el mundo? Quizá el mundo entero.

—¡Lo he encontrado! —gritó Daniels con voz aguda—. ¡Vengan, de prisa!

Peretti levantó la pistola y se incorporó con cautela. Charles dirigió el haz de su linterna hacia Daniels.

El negro había levantado una placa de hormigón. Un cuerpo metálico brillaba en el suelo húmedo. Algo articulado y delgado, de innumerables patas torcidas, que cavaba frenéticamente. Satinado como una hormiga, un bicho pardo rojizo que desapareció de repente ante sus propias narices. Sus filas de patas excavaban y arañaban. La tierra cedió en seguida. Su cola de aspecto mortífero se agitó con furia mientras se abría paso por el túnel que excavaba.

Peretti volvió corriendo al garaje y tomó el rastrillo. Atrapó la cola del bicho con la herramienta.

—¡De prisa! ¡Dispárale con la pistola!

Daniels se apoderó del arma y apuntó. El primer disparo arrancó la cola del bicho. Se retorció frenéticamente; la cola se arrastró en vano y algunas patas se rompieron. Medía unos treinta centímetros de largo, como un gran ciempiés. Se esforzó con desesperación en escapar por su agujero.

—Dispara otra vez —ordenó Peretti.

Daniels volvió a utilizar la pistola. El bicho se escurrió y siseó. Su cabeza se agitaba de un lado a otro. Mordió el rastrillo. Sus perversos ojos diminutos brillaban de odio. Atacó unos momentos al rastrillo, sin conseguir nada. Luego, de repente, se revolvió en una convulsión frenética que aterrorizó a los muchachos.

Algo zumbó en el cerebro de Charles, un sonido áspero y metálico, como un millón de alambres metálicos que vibraran a la vez. La fuerza le tiró al suelo; el estruendo metálico le aturdió y ensordeció. Se puso en pie, tambaleante, y retrocedió. Los demás le imitaron, pálidos y temblorosos.

—Si no podemos matarlo con la pistola —dijo Daniels—, podemos ahogarlo, quemarlo o hundirle un alfiler en el cráneo.

Se esforzó en mantener inmóvil al bicho con el rastrillo.

—Tengo un frasco con formaldehído —murmuró Daniels. Sus dedos juguetearon con la pistola—. ¿Cómo funciona esto? Creo que no me…

Charles le arrebató la pistola.

—Yo lo mataré.

Se agachó, apuntó y cerró el dedo sobre el gatillo. El bicho se debatió. El campo de fuerza martilleaba en sus oídos, pero no soltó la pistola. Su dedo se fue cerrando…

—Muy bien, Charles —dijo el padre-cosa.

Unos dedos poderosos paralizaron sus muñecas. El arma cayó al suelo, mientras luchaba en vano. El replicante se precipitó sobre Peretti. El muchacho saltó y el bicho, liberado del rastrillo, desapareció por el túnel.

—Te espera una buena zurra, Charles —tronó el padre-cosa—. ¿Qué mosca te ha picado? Tu pobre madre está loca de preocupación.

Estaba al acecho, oculto entre las sombras. Agazapado en la oscuridad, vigilándoles. Su voz serena y desprovista de emoción, una parodia espantosa de la de su padre, retumbó en sus oídos mientras le arrastraba hacia el garaje. Su frío aliento, de olor dulzón, como tierra putrefacta, bañó su rostro. Su fuerza era inmensa; no podía hacer nada.

—No opongas resistencia —dijo el ser con calma—. Entra en el garaje. Es por tu bien. Lo sé mejor que tú, Charles.
—¿Le has encontrado? —preguntó su madre con voz nerviosa, mientras abría la puerta trasera.
—Sí, le he encontrado.
—¿Qué vas a hacer?
—Darle una pequeña azotaina. —El replicante abrió la puerta del garaje—. En el garaje. —Una leve sonrisa, desprovista de humor y emoción, dilató sus labios en la semipenumbra—. Vuelve a la sala de estar, June. Yo me ocuparé de este asunto. Soy el más adecuado. A ti nunca te gustó castigarle.

La puerta se cerró de mala gana. Cuando la luz se apagó, Peretti se agachó y tomó la pistola. El replicante se quedó inmóvil al instante.

—Vuelvan a casa, chicos —dijo con voz rasposa.

Peretti no parecía muy decidido.

—Lárguense —repitió el replicante—. Tira ese juguete y lárgate.

Avanzó poco a poco hacia Peretti, aferrando a Charles con una mano y extendiendo la otra hacia Peretti.

—En esta ciudad están prohibidas las pistolas de bajo calibre, hijo. ¿Tu padre sabe que la tienes? Lo dice una ordenanza municipal. Será mejor que me la des antes que…

Peretti le disparó en el ojo.

El replicante gimió y se llevó la mano a su ojo destrozado. De repente, se abalanzó sobre Peretti. Éste se alejó hacia el camino particular, mientras intentaba amartillar la pistola. El replicante saltó. Sus fuertes dedos se apoderaron de la pistola. En silencio, la rompió contra la pared de la casa.

Charles salió del trance y huyó. ¿Dónde podía ocultarse? El padre-cosa se interponía entre él y la casa. Ya corría hacia él, una forma negra que avanzaba con cautela, escudriñaba la oscuridad, intentaba localizarle. Charles retrocedió. Si tuviera algún sitio donde esconderse…

Los bambúes.

Se deslizó en silencio entre los bambúes. Los tallos eran gruesos, viejos. Se cerraron tras él con un leve crujido. El replicante buscó algo en el bolsillo. Encendió una cerilla, y después ardió toda la caja.

—Charles —dijo—. Sé que estás por aquí. Es inútil que te escondas. Lo único que lograrás será crearte más dificultades.

Charles se acuclilló entre los bambúes. Su corazón latía con violencia. Era como un vertedero, rebosante de malas hierbas, basura, papeles, cajas, ropa vieja, tablas, latas, botellas. Arañas y salamandras se arrastraban a su alrededor. El viento nocturno movía los bambúes. Insectos y podredumbre.

Y algo más.

Una forma, una forma silenciosa e inmóvil que se alzaba entre los desperdicios como un champiñón nocturno. Una columna blanca, una masa pulposa que brillaba a la luz de la luna. Estaba cubierta de telarañas, como un capullo mohoso. Poseía vagos brazos y piernas. Una cabeza a medio formar. Las facciones aún no se distinguían. Pero sabía lo que era.

Una madre-cosa. Crecía en el terreno húmedo y podrido, entre el garaje y la casa. Detrás de los altos bambúes.

Casi estaba terminada. En unos cuantos días alcanzaría la madurez. Aún era una larva, blanca, blanda y pulposa. Pero el sol la secaría y calentaría. Endurecería su concha. Le proporcionaría fuerza y un tono más oscuro. Surgiría del capullo y un día, cuando su madre pasara junto al garaje… Detrás de la madre-cosa había otra larva blanca y pulposa, expulsada por el bicho hacía poco. Pequeña. Acababa de nacer. Comprendió de dónde había surgido el padre-cosa, dónde había crecido. Había madurado aquí. Y su padre se había topado con él en el garaje.

Charles se alejó poco a poco de las tablas podridas, de los desperdicios, de la larva en forma de champiñón. Extendió la mano para agarrarse a la valla…, y retrocedió.

Otra. Otra larva. No la había visto. No era blanca. Ya era de color oscuro. La telaraña, la blandura pulposa, la humedad, habían desaparecido. Estaba preparada. Se movió un poco, agitó los brazos débilmente.

El replicante de Charles.

Los tallos de bambú se separaron y el padre-cosa agarró con fuerza la muñeca del niño.

—Quédate aquí. Es el lugar perfecto. No te muevas. —Con la otra mano arrancó los restos del capullo que rodeaba al replicante de Charles. Le echaré una mano. Aún está un poco débil.

Cayó la última brizna grisácea y el replicante de Charles salió; tambaleante. Avanzó con torpeza, mientras el padre-cosa despejaba de obstáculos el camino que le conducía a Charles.

—Por aquí —gruñó—. Yo lo sujetaré. Cuando hayas comido, serás más fuerte.

El replicante de Charles abrió y cerró la boca. Extendió los brazos hacia Charles. El chico se debatió, pero la inmensa mano del padre-cosa le inmovilizó.

—Basta ya, jovencito —ordenó—. Te resultará mucho más fácil si…

Chilló y se retorció. Soltó a Charles y retrocedió. Su cuerpo se agitó con violencia. Se golpeó contra el garaje. Todos sus miembros temblaban. Rodó y sufrió convulsiones durante un rato, presa del dolor. Lloriqueó, gimió, intentó alejarse. Poco a poco, sus movimientos se aplacaron, hasta convertirse en un bulto silencioso. Quedó tendido entre los bambúes y los restos podridos, el cuerpo fláccido, la cara desprovista de la menor expresión.

Por fin, el padre-cosa cesó de moverse. Sólo se oía el leve susurro de las cañas, mecidas por el viento.

Charles se puso en pie con movimientos torpes. Salió al camino particular. Peretti y Daniels se acercaron con cautela, los ojos abiertos como platos.

—No te acerques —ordenó Daniels—. Aún no está muerto. Tardan un poco.
—¿Cómo lo hiciste? —murmuró Charles.

Daniels depositó el bidón de queroseno en el suelo con un gruñido de alivio.

—Lo encontré en el garaje. En Virginia, los Daniels siempre utilizábamos queroseno para matar los mosquitos.
—Daniels vertió queroseno en el túnel del bicho —explicó Peretti todavía aturdido—. Fue idea suya.

Daniels propinó una patada al cuerpo retorcido del padre-cosa.

—Ya ha muerto. Murió al mismo tiempo que el bicho.
—Imagino que los demás también morirán —dijo Peretti.

Apartó las cañas para examinar las larvas que crecían entre los desperdicios. Cuando Peretti hundió el extremo de un palo en el pecho del replicante de Charles, éste no se movió.

—Está muerto.
—Será mejor que nos aseguremos —dijo Daniels, ceñudo.

Tomó el pesado bidón de queroseno y lo arrastró hacia el borde del cañaveral.

—Dejó caer unas cerillas en el camino particular. Ve a recogerlas, Peretti.

Intercambiaron una mirada.

—Claro —dijo Peretti en voz baja.
—Sugiero que cerremos la tapa para evitar que se derrame —dijo Charles.
—Démonos prisa —replicó Peretti, impaciente.

Se puso a andar sin esperarles. Charles le siguió a toda prisa y empezó a buscar las cerillas bajo la luz de la luna.

Algunas peculiaridades de los ojos

Descubrí por puro accidente que la Tierra había sido invadida por una forma de vida procedente de otro planeta. Sin embargo, aún no he hecho nada al respecto; no se me ocurre qué. Escribí al gobierno, y en respuesta me enviaron un folleto sobre la reparación y mantenimiento de las casas de madera. En cualquier caso, es de conocimiento general; no soy el primero que lo ha descubierto. Hasta es posible que la situación esté controlada.

Estaba sentado en mi butaca, pasando las páginas de un libro de bolsillo que alguien había olvidado en el autobús, cuando topé con la referencia que me puso en la pista. Por un momento, no reaccioné. Tardé un rato en comprender su importancia. Cuando la asimilé, me pareció extraño que no hubiera reparado en ella de inmediato.

Era una clara referencia a una especie no humana, extraterrestre, de increíbles características. Una especie, me apresuro a señalar, que adopta el aspecto de seres humanos normales. Sin embargo, las siguientes observaciones del autor no tardaron en desenmascarar su auténtica naturaleza. Comprendí en seguida que el autor lo sabía todo. Lo sabía todo, pero se lo tomaba con extraordinaria tranquilidad. La frase (aún tiemblo al recordarla) decía:

…sus ojos pasearon lentamente por la habitación.

Vagos escalofríos me asaltaron. Intenté imaginarme los ojos. ¿Rodaban como monedas? El fragmento indicaba que no; daba la impresión que se movían por el aire, no sobre la superficie. En apariencia, con cierta rapidez. Ningún personaje del relato se mostraba sorprendido. Eso es lo que más me intrigó. Ni la menor señal de estupor ante algo tan atroz. Después, los detalles se ampliaban.

…sus ojos se movieron de una persona a otra.

Lacónico, pero definitivo. Los ojos se habían separado del cuerpo y tenían autonomía propia. Mi corazón latió con violencia y me quedé sin aliento. Había descubierto por casualidad la mención a una raza desconocida. Extraterrestre, desde luego. No obstante, todo resultaba perfectamente natural a los personajes del libro, lo cual sugería que pertenecían a la misma especie.

¿Y el autor? Una sospecha empezó a formarse en mi mente. El autor se lo tomaba con demasiada tranquilidad. Era evidente que lo consideraba de lo más normal. En ningún momento intentaba ocultar lo que sabía. El relato proseguía:

…a continuación, sus ojos acariciaron a Julia.

Julia, por ser una dama, tuvo el mínimo decoro de experimentar indignación. La descripción revelaba que enrojecía y arqueaba las cejas en señal de irritación. Suspiré aliviado. No todos eran extraterrestres. La narración continuaba:

…sus ojos, con toda parsimonia, examinaron cada centímetro de la joven.

¡Santo Dios! En este punto, por suerte, la chica daba media vuelta y se largaba, poniendo fin a la situación. Me recliné en la butaca, horrorizado. Mi esposa y mi familia me miraron, asombrados.

—¿Qué pasa, querido? —preguntó mi mujer.

No podía decírselo. Revelaciones como ésta serían demasiado para una persona corriente. Debía guardar el secreto.

—Nada —respondí, con voz estrangulada.

Me levanté, cerré el libro de golpe y salí de la sala a toda prisa.
Seguí leyendo en el garaje. Había más. Leí el siguiente párrafo, temblando de pies a cabeza:

…su brazo rodeó a Julia. Al instante, ella pidió que se lo quitara, cosa a la que él accedió de inmediato, sonriente.

No consta qué fue del brazo después que el tipo se lo quitara. Quizá se quedó apoyado en la pared, o lo tiró a la basura. Da igual en cualquier caso, el significado era diáfano.
Era una raza de seres capaces de quitarse partes de su anatomía a voluntad. Ojos, brazos…, y tal vez más. Sin pestañear. En este punto, mis conocimientos de biología me resultaron muy útiles. Era obvio que se trataba de seres simples, unicelulares, una especie de seres primitivos compuestos por una sola célula. Seres no más desarrollados que una estrella de mar. Estos animalitos pueden hacer lo mismo.

Seguí con mi lectura. Y entonces topé con esta increíble revelación, expuesta con toda frialdad por el autor, sin que su mano temblara lo más mínimo:

…nos dividimos ante el cine. Una parte entró, y la otra se dirigió al restaurante para cenar.

Fisión binaria, sin duda. Se dividían por la mitad y formaban dos entidades. Existía la posibilidad que las partes inferiores fueran al restaurante, pues estaba más lejos, y las superiores al cine. Continué leyendo, con manos temblorosas. Había descubierto algo importante. Mi mente vaciló cuando leí este párrafo:

…temo que no hay duda. El pobre Bibney ha vuelto a perder la cabeza.

Al cual seguía:

…y Bob dice que no tiene entrañas.

Pero Bibney se las ingeniaba tan bien como el siguiente personaje. Éste, no obstante, era igual de extraño. No tarda en ser descrito como:

…carente por completo de cerebro.

El siguiente párrafo despejaba toda duda. Julia, que hasta el momento me había parecido una persona normal se revela también como una forma de vida extraterrestre, similar al resto:

…con toda deliberación, Julia había entregado su corazón al joven.

No descubrí a qué fin había sido destinado el órgano, pero daba igual. Resultaba evidente que Julia se había decidido a vivir a su manera habitual, como los demás personajes del libro. Sin corazón, brazos, ojos, cerebro, vísceras, dividiéndose en dos cuando la situación lo requería. Sin escrúpulos.

… a continuación le dio la mano.

Me horroricé. El muy canalla no se conformaba con su corazón, también se quedaba con su mano. Me estremezco al pensar en lo que habrá hecho con ambos, a estas alturas.

…tomó su brazo.

Sin reparo ni consideración, había pasado a la acción y procedía a desmembrarla sin más. Rojo como un tomate, cerré el libro y me levanté, pero no a tiempo de soslayar la última referencia a esos fragmentos de anatomía tan despreocupados, cuyos viajes me habían puesto en la pista desde un principio:

…sus ojos le siguieron por la carretera y mientras cruzaba el prado.

Salí como un rayo del garaje y me metí en la bien caldeada casa, como si aquellas detestables cosas me persiguieran. Mi mujer y mis hijos jugaban al monopolio en la cocina. Me uní a la partida y jugué con frenético entusiasmo. Me sentía febril y los dientes me castañeteaban.

Ya había tenido bastante. No quiero saber nada más de eso. Que vengan. Que invadan la Tierra. No quiero mezclarme en ese asunto.

No tengo estómago para esas cosas.

 

Anuncios

Ciencia ficción: precursores y fundadores, por Elvio E. Gandolfo

Capítulo primero de “El libro de los géneros recargado” de Elvio E. Gandolfo, editado por Blatt & Ríos. 

 

La ciencia ficción, al igual que la narración policial, la novela rosa o el western, es una forma literaria popular, y entra dentro del fenómeno de los “géneros”, que se desarrolla desde mediados del siglo XIX hasta la actualidad. El término “género” tiene en este caso un matiz distinto, más limitado y particular, que cuando se lo emplea para referirse a las diferencias entre la novela, el drama o la poesía. En ese sentido está relacionado sobre todo con la difusión, y su consideración incluye elementos que no suelen tenerse en cuenta para valorar una obra literaria a secas. Así, por ejemplo, dentro de la evolución de un género suelen ser más importantes las obras “básicas”, las que destacan la originalidad, el primer empleo de un tema, por ejemplo, que las obras “mejores”, desde un punto de vista estilístico. Importa más el tiraje de un libro, la cantidad de público que lo lee, que su calidad intrínseca, siempre si hablamos dentro de ese género.

No puede dejar de tenerse en cuenta, sin embargo, que hay múltiples vasos de comunicación entre ese mundo restringido y el de la literatura general. Sobre todo en el siglo XX, los géneros de difusión popular han cumplido un papel vivificador en momentos de estancamiento, no por oculto menos importante.

En el caso de la ciencia ficción su peso dentro de la cultura ha adquirido una amplitud fuera de lo común. Muchas de sus supuestas profecías se han cumplido y su presencia es múltiple en la vida cotidiana. Un aparato demasiado aerodinámico, un ambiente o decorado futurista son de “ciencia ficción” en el habla común.

La omnipresencia del fenómeno hace olvidar en ocasiones que el género pertenece, ante todo, a lo escrito, a la literatura, y que cuenta con una historia compleja y precisa. Aquí nos concentraremos sobre todo en los precursores y en los fundadores del mismo. La línea divisoria entre ambos sería justamente el momento de conformación de una prensa periódica o masiva que le dio su base de difusión y sus virtudes y defectos. En el caso de los precursores no hay conciencia de estar escribiendo dentro de un género preciso; en el de los fundadores esa conciencia ya se va precisando.

Precursores

Con las obras precursoras de la ciencia ficción ocurre como con el descubrimiento de América en el terreno histórico. Es indudable que hubo diversas expediciones anteriores al desembarco de Colón. Pero este último significó el momento definido de choque e interpenetración entre dos mundos, la exploración sistemática de un terreno nuevo. Del mismo modo es indudable la relación que tienen muchas de las obras precursoras con la ciencia ficción, pero no la han generado, se han transformado en antecedentes justamente a partir de su existencia.

Como elemento común a muchos de los textos desperdigados en los siglos anteriores al XIX, puede citarse el hecho de que por lo general tienen que ver con mentes inquisitivas, especuladoras, satíricas, humorísticas, apartadas de las corrientes comúnmente aceptadas de la literatura de la época, y en más de una ocasión pertenecientes a filósofos, predicadores de nuevas sociedades o disconformes radicales con las condiciones vigentes. Dentro del siglo XIX la mayor parte de los escritores cuenta con algún relato encuadrable dentro de la ciencia ficción o la narración fantástica, muy cercana al género que nos ocupa.

Con cierto exagerado propósito de dotar de cartas de nobleza a un género popular se tiende a veces a incluir dentro de él, o como antepasado de él, casi la totalidad no sólo de la literatura sino de los textos escritos por el hombre. Así hay quienes citan fragmentos de la Biblia, del Popol Vuh o de otros libros de orden religioso. Menos erróneo es reconocer la influencia de todo el material mitológico, reencarnado bajo distintos ropajes en la ciencia ficción moderna. En ese sentido pueden citarse obras básicas como la epopeya de Gilgamesh, La Ilíada, La Odisea, incluso en el aspecto de la estructura, de la forma de presentar una serie de aventuras. En lo temático, La República de Platón ha influido a más de una utopía posterior, y el fragmento del Critón donde se cita La Atlántida ha desencadenado bibliotecas enteras de civilizaciones desaparecidas u ocultas.

Con el paso del tiempo, uno de los temas más insistentes es el del viaje a la Luna, o la ubicación de reinos y ciudades imaginarias en el cielo. Luciano de Samosata habla de ellas en su Historia verdadera, en el siglo II. En 1536 Ariosto imagina en el Orlando Furioso un desplazamiento hasta nuestro satélite mediante un ala de buitre y otra de águila. A partir de las observaciones con telescopio de Galileo, realizadas en 1609, los relatos comienzan a incorporar datos científicos. Kepler da a conocer teorías astronómicas bajo forma de sueño en su famoso Somnium (1634). El obispo inglés Francis Godwin publica su The Man in the Moone en 1638, y a mediados de ese siglo aparece uno de los viajes a la Luna más famosos: El otro mundo o Los Estados e imperios de la Luna, de Cyrano de Bergerac, personaje auténticamente novelesco. En él, intenta viajar en primer lugar mediante botellones de rocío (sabido era entonces que la Luna atraía el rocío), pero fracasa y aterriza en Canadá. Luego lo intenta con cohetes (idea realmente de avanzada) y es salvado de caer nuevamente a tierra gracias a la atracción gravitatoria de nuestro satélite. A partir de su llegada, el libro se transforma en un desfile de ideas brillantes en ocasiones, un tanto farragosas en otras, relacionadas con los intereses múltiples de su aventurero autor.

Por su parte el deán irlandés Jonathan Swift describe distintas sociedades y una isla voladora en sus justamente célebres Viajes de Gulliver (1726), donde la acidez de sus críticas y de su cinismo está inextricablemente ligada a su poderosa capacidad narrativa, evitando así la alegoría directa o el texto de tesis. Lo mismo ocurre con el Micromègas (1752) de Voltaire.

La Utopía (1516) de Tomás Moro inaugura el híbrido subgénero utópico, a mitad de camino entre el ensayo y la narración, que sería continuado por Campanella (con La ciudad del sol, 1623), Bacon (con La nueva Atlántida, 1627) e innumerables idealistas posteriores.

El barón danés Louis de Holberg publicó en 1741 su Viaje de Nicolás Klim por el mundo subterráneo, dando origen al tema de la tierra hueca y habitada, que tendría descendientes tan importantes como el Viaje al centro de la tierra de Verne, o Pellucidar, el fantástico mundo de cavernas inventado por E. R. Burroughs, creador de Tarzán.

A partir de 1764, fecha de publicación de El castillo de Otranto de Horace Walpole, aparece la novela gótica, relacionada con lo sobrenatural y el terror, y que inaugurará más de un elemento típico de la ciencia ficción.

Enraizada con vigor en la novela gótica inglesa, y participando de la extraña mezcla de ciencias exactas y ocultismo de fines del siglo XVIII, la novela Frankenstein o el Prometeo moderno (1817), de la novelista inglesa Mary Shelley, bien puede tomarse como el primer indicio concreto de la aparición de un género nuevo. Resultado de una apuesta con su esposo (el poeta Shelley), John Polidori y Byron, y escrita a los dieciocho años de edad, en ella aparecen elementos básicos: el sabio que roza la locura, los peligros de la experimentación, el ser creado que escapa al control de su creador, la parafernalia seudocientífica (el laboratorio con máquinas impresionantes, el poder omnipotente de la electricidad celestial). La novela tuvo gran éxito y conoció adaptaciones teatrales inmediatas y posteriormente adaptaciones cinematográficas que dieron al monstruo estatura de auténtico mito contemporáneo.

Entre los numerosos escritores que incluyen relatos relacionados con este género durante el siglo XIX pueden citarse ante todo a Edgar Allan Poe (en “El entierro prematuro”, “Hans Pfall”, “Manuscrito encontrado en una botella” y, especialmente, en su única novela, Las aventuras de Arthur Gordon Pym), Nathaniel Hawthorne (en “El experimento del Dr. Heidegger”, “La hija de Rapaccini”, “La marca de nacimiento”), Ambrose Bierce, Fitz James O’Brien, Jack London, Samuel Butler y Sir Edward Bulwer Lytton. En Francia, tanto Balzac como Alphonse Daudet y Erckmann-Chatrian ofrecieron ejemplos aislados de ciencia ficción.

La prensa periódica

A partir de mediados del siglo XIX los grandes adelantos en las técnicas gráficas, sumados a la educación primaria compulsiva, crearon un enorme mundo lector y un mecanismo de publicación y distribución de material de lectura que tuvo su manifestación más importante en la prensa periódica.

Ese mecanismo se puso en marcha ante todo en Estados Unidos, Inglaterra y Francia, reproduciéndose luego con pocas variantes en los demás países occidentales.

En Estados Unidos el Saturday Evening Post ya alcanzaba entre 80 y 90 mil ejemplares por número hacia fines de 1855. Se publicaban además revistas semanales y relatos (las dime novels) a bajo precio, para las clases con menos recursos económicos. Ya hacia fines de siglo y principios del XX, publicaciones como la ya citada y el Ladies’ Home Journal tenían un tiraje que oscilaba en el medio millón de ejemplares.

En Inglaterra el editor más destacado era George Newnes, que lanzó las revistas Tit Bits (célebre también en su versión castellana) y The Strand, donde aparecieron la mayor parte de los cuentos de Sherlock Holmes.

Casi todas estas revistas incluían seriales, relatos de diversa medida y también, señal del interés cada vez mayor por lo científico en sus aspectos sensacionalistas, famosos fraudes, como The Moon Hoax, fraguado por un periodista del diario The Sun en 1835, fingiendo informar sobre observaciones del célebre astrónomo Herschel.

La primera revista que incluyó sólo cuentos fue Argosy, a partir de 1896. Era publicada por Frank Munsey, un personaje novelesco, típicamente americano, que llegó a poseer una gran cadena de publicaciones.

Entre los innumerables autores ahora ya olvidados puede citarse a Louis Phillips Senarens (1863-1939), destacable por su productividad: cerca de mil quinientos títulos. Otros autores de mayor o menor importancia, difundidos en ese entonces, son Robert Barr, Fred M. White, Grant Allen, Arthur Conan Doyle, Rider Haggard (cuyas novelas se señalizaban en las publicaciones periódicas norteamericanas) y W. H. Hodgson.

La obra de quienes fundaron la ciencia ficción estaría ya enmarcada dentro de este mundo de producción masiva de libros y revistas.

Fundadores

Con Julio Verne, H. G. Wells y J. H. Rosny Ainé llegamos a los verdaderos padres fundadores. El primero constituyó un adecuado puente de transición con la novela de aventuras. Sus narraciones se basaban hasta donde era posible en la ciencia conocida, y participaban de positivismo filosófico de la época, creyente del progreso, elemento que se fue atenuando en los últimos años de su vida, tiñendo de amargura algunos de sus relatos finales (como El eterno Adán, publicado póstumamente en 1910).

Para precisar lo que lo diferenciaba de H. G. Wells, Verne declaró “Yo aplico la ciencia, él inventa”. La frase, en su concisión, es útil para distinguir también dos grandes ramas de la ciencia ficción en general: la corriente soviética y una reducida porción de la norteamericana (últimamente bautizada como hard science) seguirían a Verne en su respeto por los hechos conocidos y en los propósitos didácticos, aunque con menor empuje y frescura que en el maestro. El resto, que constituye la porción más importante del género, inventaría, como Wells, renovando la narración fantástica y brindándole a la ciencia ficción esa extraña mezcla de lo maravilloso explicado con lo filosófico o lo metafísico que la ha caracterizado hasta hoy.

Las novelas y cuentos de H. G. Wells (1888-1940) asentaron los temas clásicos y hasta el modo de tratarlos, en una producción no muy extensa que abarca pocos años, y conocida en esa época como sus “novelas científicas” (scientific romances). Los temas y títulos más importantes fueron: el viaje por el tiempo en La máquina del tiempo (1896), la locura de la ambición científica desmedida y la revitalización del tema del golem en La isla del Dr Moreau (1896), la invisibilidad en El hombre invisible (1897) y sobre todo la invasión extraterrestre, de tan fecunda continuidad, en La guerra de los mundos (1898), que marcaba además el derrumbe del positivismo y el antropocentrismo de la época victoriana.

La obra del francés J. H. Rosny Ainé (1856-1940) ha sido mucho menos reconocida que la de los autores anteriores, aunque no es menos importante. Como rasgos distintivos pueden anotarse el tono espiritualista de muchos de sus relatos y el ritmo poético de su prosa, a veces de arrebatado panteísmo. Describió el encuentro de seres humanos con una raza extraterrestre en Los Xipéhuz (1887; el ocaso de la vida terrestre ante una nueva forma biológica (los ferromagnetales) en La muerte de la Tierra (1910); un cataclismo cósmico en La fuerza misteriosa (1914) y una típica saga espacial en Los navegantes del infinito (1928).

Para dar punto final a esta imprecisa zona de los fundadores, mencionaremos a dos de los que han quedado más relegados en la consideración histórica y crítica: el francés Albert Robida, eximio dibujante que describió gráfica y literariamente artefactos cotidianos y armas del futuro en obras como Los viajes extraordinarios de Saturnino Farándula, y el periodista norteamericano Edward P. Mitchell, que anticipó con ágil estilo temas de Wells como la invisibilidad y el viaje por el tiempo, e imaginó, entre otras invenciones, la implantación de una computadora dentro de un cerebro humano.

Con esto llegamos a los límites impuestos para el presente trabajo. Incluyendo la producción de las décadas posteriores, que acentuaron por una parte la tendencia literaria en lo estilístico y por otro la diversificación de los medios de expresión o de presencia de la ciencia ficción hasta convertirla en un fenómeno que rompe las barreras de lo literario, pueden apuntarse algunos de sus aportes.

En algunas de sus zonas le ha dado continuidad al relato épico, estancado en el western y presente aquí bajo la forma de la space opera, difundida sobre todo durante la época de la Gran Depresión, en un estallido de sociedades vistosas y aventuras espaciales de capa y espada, que contrastaba con la dura realidad. En otras zonas, la ciencia ficción ha logrado una especie de vulgarización o solidificación alrededor de estructuras de alcance popular de imágenes del inconsciente personal o colectivo que el movimiento surrealista tocó con marcado elitismo; y en un buen par de docenas de novelas importantes ha construido una salida viable para el encajonamiento al que había llegado la novela psicológica burguesa, caída en la evidente decadencia de los best-sellers.

Por último, y quizá más importante, ha desplegado una especie de vastísima visión de los anhelos y pesadillas de la raza humana. Como es lógico, la realidad ha sido menos brillante que la visión (basta comprar lo que brinda hasta ahora la conquista del espacio con los delirios de la space opera). Pero en toda novela o cuento mayor del género se detecta un aliento casi metafísico, de búsqueda de otra cosa, que evita la alegoría y el irracionalismo,  expresándose con las herramientas de la imaginación, sin trampear, sin aprovechar el anhelo público de esa otra dimensión misteriosa para inventar la seudobúsqueda de vanos dioses astronautas.

Cómo alimentar a una musa y conservarla, por Ray Bradbury

No es fácil. Nadie lo ha hecho nunca de un modo sistemático. Los que más se esfuerzan acaban ahuyentándola al bosque. Los que le vuelven la espalda y se pasean despreocupados, silbando bajito entre dientes, la oyen andar tras ellos con cautela, atraída por un desdén cuidadosamente adquirido.

Por supuesto, hablamos de La Musa.

El término ha desaparecido del lenguaje de nuestro tiempo. Las más de las veces sonreímos al oírlo y evocamos imágenes de una frágil diosa griega cubierta de helechos, arpa en mano, acariciando la frente de nuestro sudoroso Escriba.

La Musa, entonces, es la más asustadiza de las vírgenes. Se sobresalta al menor ruido, palidece si uno le hace preguntas, gira y se desvanece si uno le perturba el vestido.

¿Qué la aflige?, se preguntarán ustedes. ¿Por qué la estremece una mirada? ¿De dónde viene y adónde va? ¿Cómo lograr que nos visite por períodos más largos? ¿Qué temperatura la complace? ¿Le gustan las voces fuertes o suaves? ¿Dónde se le compra el alimento, de qué calidad y cuánto, y a qué horas come?

Podemos empezar parafraseando un poema de Oscar Wilde, sustituyendo la palabra «Arte» por «Amor»:

El Arte escapará si tu mano es floja, y morirá si aprietas demasiado. Mano leve, mano fuerte, ¿cómo saber si retengo el Arte o lo he soltado?

Que cada cual reemplace, si quiere, «Arte» por «Creatividad», o «Inconsciente» o «Ardor», o cualquier palabra que describa lo que ocurre cuando uno gira como una rueda de fuego y un relato «sucede».

Quizás otra forma de describir a La Musa sería reexaminar esas pequeñas motas de luz, esas etéreas burbujas que cruzan flotando la visión de todos, diminutas pecas en la lente externa y transparente del ojo. Inadvertidas años enteros, pueden volverse de pronto insoportablemente molestas, interrumpirnos a cualquier hora del día. Se entrometen y arruinan lo que se está mirando. El problema de las «manchitas» ha llevado a más de uno al médico. El inevitable consejo es: no les haga caso y se irán. Lo cierto es que no se van; se quedan, pero, más allá de ellas, uno se concentra en el mundo y sus cambiantes objetos, como es debido.

Lo mismo con nuestra Musa. Si ponemos la atención más allá de ella, recupera el aplomo y se aparta.

Es mi opinión que para Conservar a una Musa, primero hay que ofrecerle comida. Cómo se alimenta algo que todavía no está ahí es un poco difícil de explicar. Pero vivimos en un clima de paradojas. Una más no debería hacernos daño.

El hecho es harto simple. A lo largo de la vida, ingiriendo comida y agua, construimos células, crecernos y nos volvemos más grandes y sustanciosos. Lo que no era, ahora es. El proceso no se puede detectar. Sólo se percibe a intervalos. Sabemos que está sucediendo, pero no muy bien cómo ni por qué.

De modo parecido, a lo largo de la vida nos llenamos de son idos, visiones, olores, sabores y texturas de personas, animales, paisajes y acontecimientos grandes y pequeños. Nos llenamos de impresiones y experiencias y de las reacciones que nos provocan. Al inconsciente entran no sólo datos empíricos sino también datos reactivos, nuestro acercamiento o rechazo a los hechos del mundo.

De esta materia, de este alimento se nutre La Musa. Ése es el almacén, el archivo, al que hemos de volver en las horas de vigilia para cotejar la realidad con el recuerdo, y en el sueño para cotejar un recuerdo con otro, lo que significa un fantasma con otro, y exorcisarlos si hace falta.

Lo que para todos los demás es El Inconsciente, para el escritor se convierte en La Musa. Son dos nombres de lo mismo. Pero independientemente de cómo lo llamemos, allí está el centro del individuo que fingirnos encomiar, al que alzamos altares y de la boca para afuera lisonjeamos en nuestra sociedad democrática. Porque sólo en la totalidad de su propia experiencia, que archiva y olvida, es cada hombre realmente distinto de todos los demás. Pues nadie asiste en su vida a los mismos acontecimientos en el mismo orden. Uno ve la muerte antes que otro, o conoce el amor más temprano. Cuando dos hombres ven el mismo accidente, cada uno lo archiva con diferentes referencias, en otro lugar de su alfabeto único. En el mundo no hay cien elementos; hay dos billones. Cada uno dejará una marca diferente en espectroscopios y balanzas.

Sabemos qué nuevo y original es cada hombre, incluso el más lerdo e insípido. Mi padre y yo no fuimos realmente grandes amigos hasta muy tarde. El lenguaje, el pensamiento cotidiano de él no era muy excepcional, pero bastaba que yo dijera «Papá cuéntame cómo era Tombstone cuando tenías diecisiete años», o «¿Y los trigales de Minnesota cuando tenías veinte?», para que papá se largara a hablar de cómo había huido de su casa a los dieciséis, rumbo al oeste a comienzos de este siglo, antes de que se fijaran las fronteras, cuando en vez de autopistas sólo había sendas de caballo y vías de tren y en Nevada arreciaba la Fiebre del Oro.

El cambio en la voz de papá, la aparición de la cadencia o las palabras justas, no sucedía en el primer minuto, ni en el segundo ni en el tercero. Sólo cuando había hablado cinco o seis minutos, y encendido la pipa, volvía de pronto la antigua pasión, los días pasados, las viejas melodías, el tiempo, la apariencia del sol, el sonido de las voces, los furgones surcando la noche profunda, los barrotes, los raíles estrechándose detrás en polvo dorado a medida que adelante se abría el Oeste: todo, todo, y allí la cadencia, el momento, los muchos momentos de verdad y por lo tanto de poesía.

De pronto La Musa se había presentado a papá.

La Verdad se le acomodaba en la mente.

El Inconsciente se ponía a decir lo suyo, intacto, y le fluía por la lengua.

Como debemos hacer nosotros cuando escribirnos.

Como podemos aprender de todo hombre, mujer o niño de alrededor, cuando, conmovidos y emocionados, cuentan algo que hoy, ayer o algún otro día los despertó al amor o al odio. En algún momento, después de chisporrotear húmedamente, la mecha destella y empiezan los fuegos artificiales.

Ah, para muchos es un trabajo duro y dificil meterse con el lenguaje. Pero yo he oído a granjeros hablar de su primera cosecha de trigo en la primera granja de un estado, recién llegados de otro, y aunque no eran Robert Frost parecían su primo tercero. He oído a conductores de locomotora hablar de América en el tono de Thomas Wol- fe, que recorrió nuestro país con estilo como lo recorrían ellos con acero. He oído a madres contar la larga noche de su primer parto y el miedo de que el bebé muriese. Y he oído a mi abuela hablar de la primera pelota que tuvo, a los siete años. Y, cuando se les entibiaban las almas, todos eran poetas.

Si parece que he tomado el camino más largo, quizá sea así. Pero quería mostrar qué llevamos todos dentro, eso que siempre ha estado allí y tan pocos nos molestamos en tener en cuenta. Cuando la gente me pregunta de dónde saco las ideas me da risa. Qué extraño… Tanto nos ocupa mirar fuera, para encontrar formas y medios, que olvidamos mirar dentro.

Para recalcar la cuestión, pues, La Musa está ahí, almacén fantástico, todo nuestro ser. Todo lo más original sólo espera que nosotros lo convoquemos. Y sin embargo sabemos que no es tan fácil. Sabemos cuán frágil es la trama tejida por nuestros padres o tíos o amigos, a quienes una palabra equivocada, un portazo o una sirena de bomberos pueden destruir el momento. Así también, el embarazo, la timidez o el recuerdo de las críticas pueden endurecer a la persona media de modo que cada vez sea menos capaz de abrirse.

Digamos que todos nos hemos alimentado de la vida, primero, y más tarde de libros y revistas. La diferencia es que una de esas series de acontecimientos nos sucedió, y la otra fue alimentación deliberada.

– Si vamos a poner nuestro inconsciente a dieta, ¿cómo preparar el menú?

Bien, la lista podría empezar así:

Lea usted poesía todos los días. La poesía es buena porque ejercita músculos que se usan poco. Expande los sentidos y los mantiene en condiciones óptimas. Conserva la conciencia de la nariz, el ojo, la oreja, la lengua y la mano. Y, sobre todo, la poesía es metáfora o símil condensado. Como las flores de papel japonesas, a veces las metáforas se abren a formas gigantescas. En los libros de poesía hay ideas por todas partes; no obstante, qué pocos maestros del cuento recomiendan curiosearlos.

Mi cuento «La costa en el crepúsculo» es resultado directo de haber leído el encantador poema de Robert Hillyer sobre el encuentro de una sirena cerca de Plymouth Rock. Mi cuento «Vendrán lluvias suaves» se basa en el poema así titulado de Sara Teasdale, y el cuerpo del cuento engloba el tema del poema. De «Aunque siga brillando la luna» de Byron surgió un capítulo de mi novela Crónicas marcianas, que habla de una raza muerta de marcianos que por las noches ya no rondarán los mares vacíos. En estos casos, y docenas más, hice que una metáfora saltara hacia mí, me diera impulso y me lanzara a escribir una historia.

¿Qué poesía? Cualquiera que ponga de punta el pelo de los brazos. No se esfuerce usted demasiado. Tómeselo con calma. Con los años puede alcanzar a T. S. Eliot, caminar junto con él e incluso adelantársele en su camino a otros pastos. ¿Dice que no entiende a Dylan Thomas? Bueno, pero su ganglio si lo entiende, y todos sus hijos no nacidos. Léalo con los ojos, como podría leer a un caballo libre que galopa por un prado verde e interminable en un día de viento.

¿Qué más conviene a nuestra dieta?

Libros de ensayo. También aquí escoja y seleccione, paséese por los siglos. En los tiempos previos a que el ensayo se volviera menos popular encontrará mucho que escoger. Nunca se sabe cuándo uno querrá conocer pormenores sobre la actividad del peatón, la crianza de abejas, el grabado de lápidas o el juego con aros rodantes. Aquí es donde hará el papel de diletante y obtendrá algo a cambio. Porque, en efecto, estará tirando piedras a un pozo. Cada vez que oiga un eco de su Inconsciente se conocerá un poco mejor. De un eco leve puede nacer una idea. De un eco grande puede resultar un cuento.

Busque libros que mejoren su sentido del color, de la forma y las medidas del mundo. ¿Y por qué no aprender sobre los sentidos del olfato y el oído? A veces sus personajes necesitarán usar nariz y orejas para no perderse la mitad de los olores y sonidos de la ciudad, y todos los sonidos del páramo libres aún en los árboles y la hierba de los parques.

¿Por qué esta insistencia en los sentidos? Porque para convencer al lector de que está ahí hay que atacarle oportunamente cada sentido con colores, sonidos, sabores y texturas. Si el lector siente el sol en la carne y el viento agitándole las mangas de la camisa, usted tiene media batalla ganada. Al lector se le puede hacer creer el cuento más improbable si, a través de los sentidos, tiene la certeza de estar en medio de los hechos. Entonces no se rehusará a participar. La lógica de los hechos siempre da paso a la lógica de los sentidos. A menos, claro, que corneta usted algo realmente imperdonable que saque al lector del contexto, como hacer que la Revolución Norteamericana triunfe con ametralladoras o presentar dinosaurios y cavernícolas en la misma escena (vivieron en épocas separadas por millones de años). Yaun en este último caso, una Máquina del Tiempo bien descrita y técnicamente perfecta puede volver a suspender la incredulidad.

Poesía, ensayos. ¿Y qué de los cuentos y las novelas? Por supuesto. Lea a los autores que escriben como espera escribir usted, que piensan como le gustaría pensar. Pero lea también a los que no piensan como usted ni escriben como le gustaría, y déjese estimular así hacia rumbos que quizá no tome en muchos años. Una vez más, no permita que el esnobismo ajeno le impida leer a Kipling, por ejemplo, porque no lo lee nadie más.

Vivimos en una cultura y una época tan inmensamente ricas en basura como en tesoros. En ocasiones es un poco difícil diferenciar la basura del tesoro, así que nos contenemos, temerosos de pronunciarnos. Pero como queremos darnos consistencia, recoger verdades a muchos niveles y de muchas maneras, probarnos en la vida y probar las verdades de otros que se nos ofrecen en tiras cómicas, shows televisivos, libros, revistas, periódicos, obras de teatro y películas, no debemos temer que nos vean en mala compañía. Siempre me he sentido en buenos términos con el «Pequeño Abner» de Al Capp. Creo que Charlie Brown puede enseñarnos mucho de psicología infantil. En los hermosos dibujos del «Príncipe Valiente» de Hal Foster hay todo un mundo de aventura romántica. De niño yo coleccionaba esa maravillosa tira del C. Williams sobre la clase media norteamericana, «A nuestro modo», que quizá más tarde haya influido en mis libros. Tanto soy el Charlie Chaplin de Tiempos modernos en 1935 como el amigo-lector de Aldous Huxley en 1961. No soy una sola cosa. Soy muchas cosas que Norteamérica ha sido en mi tiempo. Fui lo suficientemente sensato como para no dejar de moverme, aprender, crecer. Y nunca he abjurado de las cosas que me alimentaron ni les he vuelto la espalda. Aprendí de Tom Swift y aprendí de George Orwell. Me deleité con el Tarzán de Edgar Rice Burroughs (y sigo respetando esa vieja delicia y no me lavarán el cerebro) como me deleito hoy con las Screwtape Letters de C. S. Lewis. He conocido a Bertrand Russell y he conocido a Tom Mix, y mi Musa ha crecido en el abono de lo bueno, lo malo y lo indiferente. Soy una criatura capaz de recordar con amor no sólo los frescos de Miguel Ángel en el Vaticano sino también los sonidos hace tanto tiempo muertos del programa de radio «Vic y Sade».

¿Cuál es la pauta que mantiene todo esto unido? Si he alimentado a mi Musa con partes iguales de basura y tesoros, ¿cómo he llegado al cabo de la vida con historias que algunos consideran aceptables?

Pienso que hay un nexo. Todo lo que hice fue hecho con entusiasmo, porque quería, porque hacerlo me encantaba. El hombre más grande del mundo, un día, fue para mí Lon Chaney, fue Orson Welles en Ciudadano Mane, fue Laurence Olivier en Ricardo III. Cambian los hombres, pero hay algo que sigue siempre igual: la fiebre, el ardor, la delicia. Porque quería hacerlo, lo hice. Donde quería alimentar, alimenté. Me recuerdo vagando tras el escenario de mi pueblo natal, azorado, ¡con un conejo que me había dado el Mago Piedranegra en la mayor actuación de la historia! Me recuerdo en 1933, vagando azorado por las calles de papiermáché de la Exposición de Chicago sobre el Siglo del Progreso; y en 1954 por las salas del dux de Venecia. La calidad de cada evento fue inmensamente diferente, pero mi capacidad de beber la misma.

Esto no significa que en distintos momentos uno tenga que reaccionar a todo de igual forma. Por empezar es imposible. A los diez uno acepta a Verne y rechaza a Huxley. A los dieciocho acepta a Thomas Wolfe y deja atrás a Buck Rogers. A los treinta descubre a Melville y pierde a Thomas Wolfe.

Permanece la constante: la búsqueda, el encuentro, la admiración, el amor, la respuesta sincera a los materiales accesibles, por muy raídos que parezcan, cuando un día se vuelve a mirarlos. Cuando tenía diez años pedí una estatua de un gorila africano, de la cerámica más barata, que regalaban contra envío de la faja de un paquete de macarrones Fould. El gorila, que llegó por correo, tuvo una recepción tan grande como la ofrecida al Niño David en su primera ceremonia.

Así pues, la Alimentación de la Musa, a la cual hemos dedicado aquí la mayor parte del tiempo, me parece una continua persecución de amores, una comparación de esos amores con las necesidades presentes y futuras, un paso de texturas simples a complejas, de ingenuas a informadas, de no intelectuales a intelectuales. Nada se pierde nunca. Si uno ha transitado vastos territorios y se ha atrevido a amar tonterías, habrá aprendido hasta de los artículos más primitivos que alguna vez recogió y descartó. Una curiosidad errante por todas las artes, de la mala radio al buen teatro, de las canciones de cuna a la sinfonía, de la choza en la selva al Castillo de Kafka, siempre encontrará una excelencia básica que discernir, una verdad que guardar, saborear y utilizar más tarde, algún día. Hacer todo eso es ser una criatura de su tiempo.

No dé la espalda, por dinero, al material que ha acumulado en una vida.

No dé la espalda, por la vanidad de las publicaciones intelectuales, a lo que usted es; al material que lo hace singular, y por tanto indispensable a los otros.

Para alimentar a su Musa, pues, es preciso que usted siempre haya tenido hambre de vida, desde niño. De lo contrario es un poco tarde para empezar. Claro que mejor tarde que nunca. ¿Aún se siente dispuesto?

De ser así, tendrá que dar largos paseos nocturnos por su ciudad o su pueblo, o paseos de día por el campo. Y largos paseos, a cualquier hora, por librerías y bibliotecas.

Y, mientras la alimentamos, el último problema es cómo conservar a la Musa.

La Musa debe tener forma. Escribirá usted mil palabras al día durante diez o veinte años a fin de modelarla, aprendiendo gramática y el arte de la composición hasta que se incorporen al Inconsciente sin frenar ni distorsionar a la Musa.

Viviendo bien, observando a medida que vive, leyendo bien y observando a medida que lee, usted ha nutricio su Identidad Más Original. Mediante el entrenamiento, el ejercicio repetido, la imitación y el buen ejemplo ha creado un lugar limpio y bien iluminado para conservar a la Musa. Le ha dado, a él, ella o lo que sea, espacio para que se vuelva y revuelva. Y a través del entrenamiento ha llegado a aflojarse y ya no tiene una mirada fija y descortés cuando la inspiración entra en el cuarto.

Ha aprendido a ir de inmediato a la máquina y conservar para siempre la inspiración poniéndola en papel.

Y ha aprendido a responder a la pregunta que hicimos al comienzo: ¿La creatividad prefiere las voces fuertes o suaves?

La que más le gusta, parece, es la voz fuerte, apasionada. La voz que se alza del conflicto, la comparación de contrarios. Siéntese frente a su máquina, elija personajes de varios tipos, échelos a volar juntos con gran estrépito. En un abrir y cerrar de ojos surgirá su personalidad secreta. A todos nos gusta la decisión, la convicción; cualquiera que alce la voz a favor, que la alce en contra.

Lo cual no significa excluir la historia tranquila. Una historia tranquila puede entusiasmar y apasionar tanto como cualquier otra. En la calma y quieta belleza de una Venus de Milo hay entusiasmo. Aquí el espectador es tan importante como la cosa vista.

Tenga esto por seguro: cuando habla el amor sincero, cuando empieza la admiración franca, cuando surge el entusiasmo, cuando el odio se riza como humo, no hay duda de que la creatividad se quedará con usted toda la vida. El centro de su creatividad ha de ser el mismo que el centro de la historia y del personaje principal de la historia. ¿Qué quiere su personaje, cuál es su sueño y qué forma tiene, cómo se expresa? Una vez dada, esa expresión será el motor de la vida del personaje, y de la suya como Creador. En el momento exacto en que irrumpe la verdad, el inconsciente cambia de archivo de desperdicios a ángel que escribe en un libro de oro.

Mírese, entonces. Pondere aquello que lo ha alimentado durante años. ¿Fue un banquete o una dieta de inanición?

¿Quiénes son sus amigos? ¿Creen en usted? ¿O le atrofian el crecimiento a fuerza de ridículo e incredulidad? Si éste es el caso, usted no tiene amigos. Vaya a encontrar alguno.

Y por último, ¿se ha entrenado lo suficiente como para poder decir lo que quiere sin sentirse maniatado? ¿Ha escrito lo bastante como para estar relajado y permitir que la verdad salga sin que la arruinen poses afectadas ni la cambien el deseo de hacerse rico?

Alimentarse bien es crecer. Trabajar bien y constantemente es mantener en condición óptima lo que se ha aprendido y se sabe. Experiencia. Labor. Son las dos caras de la moneda que cuando gira de canto no es ni experiencia ni trabajo sino el momento de la revelación. Por ilusión óptica, la moneda se vuelve redonda, brillante, un arremolinado globo de vida. Es el momento en que la hamaca del porche cruje levemente y una voz habla. Todos contienen el aliento. La voz se eleva y cae. Papá habla de otros años. De sus labios surge un fantasma. Agitándose, el inconsciente se restrega los ojos. La Musa se aventura a los helechos que hay bajo el porche, desde donde, dispersos en la hierba, escuchan los muchachos del verano. Las palabras se vuelven poesía que a nadie importa, porque nadie ha pensado llamarla así. He aquí el tiempo. He aquí el amor. He aquí el cuento. Un hombre bien alimentado guarda y serenamente da cauce a su infinitesimal porción de eternidad. En la noche estival parece grande. Y lo es, como lo fue siempre en todas las edades, cuando hubo un hombre con algo que contar y otros, tranquilos y sabios, que escucharan.

NOTA FINAL

La primera estrella de cine que recuerdo es Lon Chaney.

Lo primero que dibujé fue un esqueleto.

Lo primero que recuerdo haber temido fueron las estrellas en una noche de verano en Illinois.

Las primeras historias que leí fueron cuentos de ciencia ficción en Amazing.

La primera vez que me alejé de casa fue para ir a Nueva York y ver el Mundo del Futuro encerrado en la Periesfera a la sombra del Trilón.

La primera vez que decidí una carrera fue a los once años: sería mago y recorrería el mundo con mis hechizos.

La segunda vez fue a los doce, cuando para Navidad me regalaron una máquina de escribir.

Y decidí hacerme escritor. Y entre la decisión y la realidad hubo ocho años de escuela y colegio, y de vender perió- dicos en una esquina de Los Ángeles, mientras escribía tres millones de palabras.

La primera vez que me aceptaron fue en la revista Script, de Rob Wagner, y tenía veinte años.

El segundo cuento se lo vendí a Thrilling Wonder Stories.

El tercero a Weird Tales.

Desde entonces he vendido 250 cuentos a casi todas las revistas de Estados Unidos, además de haber escrito el guión de Moby Dick para John Huston.

He escrito para Weird Tales sobre Lon Chaney-y-los-delesqueleto.

He escrito sobre Illinois y sus tierras vírgenes en mi novela El vino del estío.

He escrito sobre las estrellas del cielo de Illinois, a las que hoy viaja una nueva generación.

He hecho en papel mundos del futuro muy parecidos a los que vi en la Feria de Nueva York cuando era chico.

Y, muy tarde en el día, he decidido que nunca abandonaría mi primer sueño.

Me guste o no, al fin y al cabo soy una especie de mago, medio hermano de Houdini, conejo, me gustaría pensar, hijo de Piedranegra, nacido bajo la luz de cine de un viejo teatro (mi segundo nombre es Douglas; cuando en 1920 llegué, Fairbanks estaba en su apogeo), y maduré en una época perfecta, cuando el hombre da el último y mayor paso fuera del mundo que lo alumbró, la cueva que le dio abrigo, la tierra que lo sostuvo y el aire que lo convocó para que nunca pudiera descansar.

En suma, soy un retoño pío de nuestra era de emoción-en-masa, diversión-en-masa y soledad-en-la-multitudneoyorquina.

Es una gran era en la cual vivir, y morir, si hace falta, por ella. Cualquier mago que se precie les diría lo mismo.

1961

 

Escuchar críticas o estancarse

En otra entrada hablamos sobre los borradores y su compleja relación de enemigos íntimos. Supongamos que después de muchas relecturas y correcciones tenemos nuestro primero manuscrito terminado. ¿Qué sigue? Ofrecerlo en bandeja para que otros lo destrocen.

Para la clase de hoy sirve recordar esa línea imaginaria del narcisismo que divide a los escritores en dos tipos: los que nos se cansan de repetir que sólo escriben para ellos mismos y los que escriben para un otro y quieren generar algo en concreto. ¿Generar algo en concreto? No hablo de una casa, me refiero a una emoción, un estado ánimo, una reflexión, un conflicto, una duda existencial, etc.

Estos segundos son los que me interesan, por el simple hecho de que les afecta lo que pueda producir su obra en el receptor. Están atentos a las devoluciones, ven donde pueden mejorar, están hambrientos y no dejan de explorar su técnica.

La crítica tiene que ver con una lectura, con una forma de interpretar un texto dado. El primero en hacerlo es el mismo escritor. Pero después este proceso debe extenderse para salirse del hermetismo y continuar su enriquecimiento. No se trata de una obsesión con el lector y el síndrome del lameculismo de escribir algo que le caiga bien al público o “que venda”. ¿Cuántos buenos escritores se pierden en los géneros por ese síndrome?  Por otro lado la crítica es algo muy distinto a un trabajo de edición o corrección profesional, si tu búsqueda va por ahí te recomiendo que investigues empezar un taller.

Escuchar al lector es clave. Ceder la propia escritura en pos del lector es la perdición. En el medio de esos extremos hay una cuerda por la que hay que transitar haciendo equilibrio y a veces también malabares.

Se trata de aprender a escuchar una devolución y usar ese material para corregir el rumbo y llegar a donde planteamos al comienzo. Muchos lectores tienen una especie de sexto sentido para darse cuenta si algo funciona o no. Y así como tienen ese talento para encontrar Problemas, creen que tienen la llave para solucionarlos. Pero no, lo clásico es que cuando empiezan a proponer Soluciones transpiran su espantosa virginidad narrativa por los poros. Un repelente que a veces desemboca en peleas y enojos de por vida. Sobra decir que no es recomendable llegar a ese extremo. Sobre todo cuando tenemos al frente a un lector con criterio y honestidad para decir lo que piensa. Estas criaturas criteriosas están en extinción, más vale cuidarlas.  Lleva tiempo entablar una relación de confianza con el lector y hacer que funcione.

Te recomiendo ir a la búsqueda de las críticas. Ejemplo: invitar a tus seguidores a dar una devolución. Esto se traduce en más ojos marcando por dónde podría ser.

Digo Podría ser porque es importante mantener el condicional de que estamos recibiendo la crítica de una persona que quiere construir y no simplemente destruir y esparcir su odio.

Si tenes un blog (deberías tenerlo) la regla de oro es siempre responder los  comentarios. Aunque lo que te escriban sea tan parco como un “Me gustó la historia”. Lo podes saludar e invitar a ser más incisivo, a veces los lectores de blogs son temerosos a participar con una crítica. O no quieren decir algo que no les gustó del texto para no ofender al escritor. El hecho es que los necesitamos. Nadie tiene más gusto de recibir críticas que los escritores noveles. Bajo este mismo principio es que si comentas con criterio en blogs de temas similares vas a ver que te devuelven el comentario.

Si lo único que tenes son trolls, bueno, por lo menos estas generando algo. Ya vendrán lectores que puedan expresar mejor su cariño. No te olvides de lo que dice George Steiner:

La crítica literaria suele proceder de déficit de amor.

Un detalle lateral de pedir críticas, será mejor que pienses en que lugar lo haces, en mi experiencia los familiares jamas se abstienen de la oportunidad de criticar y mechar entre líneas algunas cuestiones personales.

En cualquier caso, mantenerse de pie y escuchar (o aprovechar para practicar la paciencia y el arte zen) representa un crecimiento para el escritor. Las cosas no salen perfectas a la primera, es bueno tenerlo presente.

Decálogo del perfecto cuentista de Horacio Quiroga

Estos que siguen a continuación, bien podrían ser los mandamientos de los que creen en la cuentística. Recitar en voz alta hasta ser uno con ellos.

I

Cree en un maestro -Poe, Maupassant, Kipling, Chejov- como en Dios mismo.

II

Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.

III

Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia.

IV

Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.

V

No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.

VI

Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: “Desde el río soplaba el viento frío”, no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.

VII

No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.

VIII

Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos no pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.

IX

No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino.

X

No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento.

Personajes, los percutores de la literatura

Partamos de la base: todo lo que se pueda conocer a nuestros personajes es poco. No hablamos solo de los protagonistas, para los que sin dudas esto se aplica al pie de la letra, sino que es un principio general de cualquier historia. Si un personaje entra en escena es por algo. Responde a una intención y tiene, desde lo narrativo, un objetivo determinado. 

Si estudiamos sus intenciones y contradicciones fundamentales les vamos a poder dar textura, profundidad y vida en la imaginación de los lectores. La tensión de un personaje gira alrededor de sus  intenciones y contradicciones; si las conocemos con precisión el resto de los detalles (las formas, las manías, los actos repetitivos, las muletillas, el tono de voz, etc.) van a aparecer solos y con coherencia.

Cuidado con describir la vestimenta y lo que reviste superficialmente al personaje, recordemos a Stephen King cuando dice “no estás vendiendo ropa, tío”. Una descripción exterior demasiado larga es un lujo del que el lector prescinde. Lo importante es que se conozca quién es el protagonista, qué lo motiva y cuáles son sus planes.

Les comparto como un maestro hace de la superficie un hueco donde meter una historia. Lo que sigue son las primeras dos oraciones del cuento “La forma de la espada” de Jorge Luis Borges:

“Le cruzaba la cara una cicatriz rencorosa: un arco ceniciento y casi perfecto que de un lado ajaba la sien y del otro el pómulo. Su nombre verdadero no importa; todos en Tacuarembó le decían el Inglés de La Colorada.” 

La imagen que se forma en la mente del lector lo es todo. El ruso Iván Turguénev decía que nunca empezaba un relato sin tener una imagen clara de sus personajes. ¿Si no la tenía él, cómo la iba a tener el lector? De esa manera se aseguraba que sus personajes cobraran vida.

El otro punto fundamental es el plan o trayecto por donde van a moverse nuestras criaturas. Es importante que el personaje actúe por su propia voluntad. Horacio Quiroga en su célebre Decálogo del perfecto cuentista habla sobre esto.

“Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos no pueden o no les importa ver. No abuses del lector.”

No obligues a los personajes a hacer algo de lo que no están  convencidos o verdaderamente dispuestos a hacer. Dejalos fluir por el camino que les dibujaste. Si están vivos ellos te van a sorprender, si no te sorprenden, desconfía. 

La voz de los personajes es su música.

Los personajes hablan, pero nunca dicen todo, (además de pedante esto es imposible). En la música ocurre igual; se combinan sonidos con silencios, si solo fueran sonidos sería ruido. La voz se crea también en los silencios.

Algunos personajes dicen más de lo que hacen. Otros hacen más de lo que dicen. Los hay también tímidos y silenciosos, o simplemente silenciosos. En cualquier caso hay voces. Los personajes son eso que dicen o callan. Prestarle atención a sus voces es descubrir de lo que están hechos por dentro.

¿Cómo habla? ¿Cuáles son sus maneras y modos? ¿Qué palabras repite? Pocas cosas definen más rápidamente a una persona que su forma de usar el lenguaje. Si han trabajado con entrevistas a esto ya lo saben.

Lo que nos diferencia de los animales es el lenguaje: podemos hablar. Darle a los personajes una voz es esencial. Y si además conseguimos una voz seductora les aseguro que la atención del lector será de principio a fin.

¿Y si no habla? Hacemos con eso. Explorar qué se dice en los silencios puede ser tan abridor como una frase perfecta.

Veamos uno de los silencios más importantes de la literatura occidental, extraído de la biblia, cuando Jesús está ante Pilato (S. Juan 18:38). Lo transcribo como líneas de diálogo de una obra de teatro para que se entienda mejor. Espero que ningún creyente se enoje.

Pilato: ¿Eres tú el Rey de los judíos?

Jesús: ¿Dices tú esto por ti mismo, o te lo han dicho otros de mí?

Pilato: ¿Soy yo acaso judío? Tu nación, y los principales sacerdotes, te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?

Jesús: Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí.

Pilato: ¿Luego, eres tú rey?

Jesús: Tú dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad. Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz.

Pilato: ¿Qué es la verdad?

Ahí termina el diálogo. En serio, ahí termina. No hay respuesta de Jesús a la pregunta de Pilato. Hay un vacío, un silencio. Quizá el silencio más importante de toda la biblia. Pero ese silencio nos está hablando en distintos niveles de sentido. Si el personaje no habla puedo ver qué hace, cómo se mueve, a dónde mira. Si tuviera que escribir el guión de ese pasaje le agregaría una descripción de la cara incómoda (¿o incrédula?) que hizo Jesús cuando Pilato le preguntó sobre la verdad.

A grandes rasgos existen dos posiciones que toma el escritor con sus personajes. O son sus hijos preferidos o son unas criaturas horribles que le llegan de afuera, con las que solo tienen una relación profesional, cuasi exorcista.

El tema es que para que cobren vida nos vamos a tener que acercar a los personajes emocionalmente. Para esto hay que entrar dentro de sus mundos de la manera más liviana posible. Es decir, sin llevar nuestros propios prejuicios o juicios de valor. Si entramos cargados de las convicciones propias no vamos a encontrar las del personaje.

En esto la escritura se vuelve parte del círculo vicioso de conocerse a uno mismo. Si están empezando a escribir y lo hacen sobre su propia vida les recomiendo concentrarse durante un tiempo en la infancia. ¿Cuál es tu primer recuerdo de la infancia? ¿Cómo fue tu llegada al jardín de infantes? ¿Cuál era tu juego favorito? ¿Quiénes eran tus amigos/enemigos?

Hay que adquirir un yo elástico, múltiple e infinito. A fines exploratorios la pregunta ¿quién soy? es igual de válida que la de ¿quién no soy? El ser escritor tiene que ver con el coraje de aceptar esa convivencia. 

Les recomiendo leer y hacer entrevistas. Son realmente una herramienta magnífica a fines de conocer los discursos de las personas. ¡Y están bien vistas! Es decir, en general los narcisismos de nuestra época son tan fervientes que nadie se niega a dar una entrevista.

No hace falta que sean celebridades. ¿A quién le interesan las celebridades? Para que el personaje conecte necesito ver su humanidad en lo cotidiano. No es que vayamos escribir una rutina (a los guionistas de hollywood esto les encanta) pero necesitamos algo de sustento cotidiano para convencer al lector que le contamos una historia verídica. O verosímil si trabajamos la ficción. Cuanto más fantásticos sean los personajes más hay que trabajar el efecto de verosimilitud. Stephen King escribe 30 páginas sobre la rutina de un pueblito donde no pasa nada antes de meter al monstruo que rompe todo.

Para cerrar un consejo práctico: no cometan el error de poner un nombre sin pensarlo un buen rato. Sométanlo a pruebas. Los personajes atraen por su nombre un aura que es innegable. Es inconsciente colectivo, un apellido ruso despierta en el lector algo distinto a un apellido guaraní.

Busquen la complejidad y lo particular, que de la idealización ya está  encargada la publicidad y hollywood. Hagan monstruos, confeccionen sus pequeños Frankensteins con amor y pasión. Y sobre todo,  con una sonrisa de diversión. 

El pulpo que no murió, de Sakutaro Hagiwara y otro microcuento

El pulpo que no murió, de Sakutaro Hagiwara

Un pulpo que agonizaba de hambre fue encerrado en un acuario por muchísimo tiempo. Una pálida luz se filtraba a través del vidrio y se difundía tristemente en la densa sombra de la roca. Todo el mundo se olvidó de este lóbrego acuario. Se podía suponer que el pulpo estaba muerto y solo se veía el agua podrida iluminada apenas por la luz del crepúsculo. Pero el pulpo no había muerto. Permanecía escondido detrás de la roca. Y cuando despertó de su sueño tuvo que sufrir un hambre terrible, día tras día en esa prisión solitaria, pues no había carnada alguna ni comida para él. Entonces comenzó a comerse sus propios tentáculos. Primero uno, después otro. Cuando ya no tenía tentáculos comenzó a devorar poco a poco sus entrañas, una parte tras otra.

En esta forma el pulpo terminó comiéndose todo su cuerpo, su piel, su cerebro, su estómago; absolutamente todo.

Una mañana llegó un cuidador, miró dentro del acuario y solo vio el agua sombría y las algas ondulantes. El pulpo prácticamente había desaparecido.

Pero el pulpo no había muerto. Aún estaba vivo en ese acuario mustio y abandonado. Por espacio de siglos, tal vez eternamente, continuaba viva allí una criatura invisible, presa de una escasez e insatisfacción horrenda.

 

Cuento policial, de Marco Denevi

Rumbo a la tienda donde trabajaba como vendedor, un joven pasaba todos los días por delante de una casa en cuyo balcón una mujer bellísima leía un libro. La mujer jamás le dedicó una mirada. Cierta vez el joven oyó en la tienda a dos clientes que hablaban de aquella mujer. Decían que vivía sola, que era muy rica y que guardaba grandes sumas de dinero en su casa, aparte de las joyas y de la platería. Una noche el joven, armado de ganzúa y de una linterna sorda, se introdujo sigilosamente en la casa de la mujer. La mujer despertó, empezó a gritar y el joven se vio en la penosa necesidad de matarla. Huyó sin haber podido robar ni un alfiler, pero con el consuelo de que la policía no descubriría al autor del crimen. A la mañana siguiente, al entrar en la tienda, la policía lo detuvo. Azorado por la increíble sagacidad policial, confesó todo. Después se enteraría de que la mujer llevaba un diario íntimo en el que había escrito que el joven vendedor de la tienda de la esquina, buen mozo y de ojos verdes, era su amante y que esa noche la visitaría.