José Watanabe: poemas y relatos

Seguimos con el especial de poemas de amor, hoy toca subir desde Uruguay hasta Perú para encontrarnos con la poesía de José Watanabe nacido en Trujillo, Perú, un 17 de marzo de 1945 y fallecido en Lima el 25 de abril de 2007. El estilo de Watanabe es una conjunción armónica entre la tradición occidental; su madre peruana Paula Varas Soto, y la oriental; su padre japonés Harumi Watanabe Kawano fue quien lo introdujo en el arte del Haiku.


Como si estuviera debajo de un árbol

En otro lado esta muchacha tendría hermosas piernas

y yo abriría las manos midiendo en el aire su cadera

o pensaría algo impúdico y bello para nombrar sus senos.

Esta muchacha taquígrafa mecanógrafa de buena presencia

no me sonríe ni canta

pero debiera.

Vive ocho horas diarias frente a mí

sentada sola y lejana

lejana en una larga perspectiva sobrevolada por estantes y escritorios

y palomas fijadas en el aire y una ventana que distorciona

su propio marco y ella más sola y lejana cada vez.

Oh, yo no

soy surrealista

soy empleado

y esta muchacha archiva mi oficio y beneficio, mi nombre

que flota como un globo entre los conserjes y los doctores.

A la hora del refrigerio ella abre su lonchera

y dispone sobre su escritorio su alimentación de pájaro

como si estuviera debajo de un árbol.

Esta muchacha,

como si estuviera debajo de un árbol debiera cantar

y yo debiera ser galante con el suave color de sus mejillas.


La mantis religiosa

Mi mirada cansada retrocedió desde el bosque azulado por el sol

hasta la mantis religiosa que permanecía inmóvil a 50 cm de mis ojos.

Yo estaba tendido sobre las piedras calientes de la orilla del Chanchamayo

y ella seguía allí, inclinada, las manos contritas,

confiando excesivamente en su imitación de ramita o palito seco.

Quise atraparla, demostrarle que un ojo siempre nos descubre,

pero se desintegró entre mis dedos como una fina y quebradiza cáscara.

Una enciclopedia casual me explica ahora que yo habría destruido a un macho

vacío

la enciclopedia refiere sin asombro que la historia fue así:

el macho, en su pequeña piedra, cantando y meneándose, llamando hembra

y la hembra ya estaba aparecida a su lado,

acaso demasiado presta

y dispuesta.

Duradero es el coito de las mantis.

En el beso

ella desliza una larga lengua tubular hasta el estómago de él

y por la lengua le gotea una saliva cáustica,

un ácido,

que va licuándole los órganos

y el tejido del más distante vericueto interno, mientras le hace gozo,

y mientras le hace gozo la lengua lo absorbe,

repasando

la extrema gota de sustancia del pie o del seso, y el macho

se continúa así de la suprema esquizofrenia de la cópula

a la muerte.

Y ya viéndolo cáscara, ella vuela, su lengua otra vez lengüita.

Las enciclopedias no conjeturan. Esta tampoco supone qué última

palabra

queda fijada para siempre en la boca abierta

y muerta

del macho.

Nosotros no debemos negar la posibilidad de una palabra de agradecimiento.


Imiación de Matsuo Basho

Fuimos rebeldes y audaces. Yo la convencí de la nueva moral que ni aun yo tenía, y huimos sin ceremonia ni consentimiento. Ella trepó ágilmente a la grupa de mi caballo y así cabalgamos hasta las primeras estribaciones de la sierra. Bordeábamos los poblados y con ramas desgajadas íbamos cubriendo nuestras huellas. Nos detuvimos en una aldea cuyo nombre alude a la contemplada limpidez del río que la atraviesa.

Había clara luz de tarde cuando el posadero nos abrió la pesada puerta de palo. A pesar de reconocer en él a un hombre sin suspicacias, le mentimos nuestros nombres. Le encargué una buena habitación para nosotros y cuidados para nuestro caballo. Ella, azorada y hambrienta, mordía a mi lado una manzana.

El cuarto era blanco y olía a resinas de eucalipto. Aunque ofrecido con excesiva modestia por el posadero, allí hallamos seguridad. Desde el pie de nuestra ventana los trigales ascendían hasta las faldas riscosas donde pastaban los animales del monte. Las cabras se perseguían con alegre lascivia y se emparejaban equilibrando peligrosamente sobre las aguas rocosas. Ella cerró la ventana y yo empecé por desatar su largo cabello.

Fuimos rebeldes y audaces. Sin embargo, ahora nos perdonan nuestras familias y nos perdonamos nosotros mismos. Nuestro hogar ha sido tardíamente consagrado. Eso es todo. Nunca traicioné otras grandes verdades porque quizá no las tuve, excepto el amor que me hizo edificar una casa, excepto el amor que nunca debió edificar una casa.

A veces pienso cabalgar nuevamente hasta esa posada para colgar en su puerta estos versos:

En la cima del risco

retozan el cabrío y su cabra.

Abajo, el abismo.


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Si queres seguir leyendo poemas cortos de amor te recomiendo al autor español Miguel Hernández.


“Fósforos quemados” de José Edgardo Díaz

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