Walter Benjamin: Teléfono y otro relato

Importa poco no saber orientarse en una ciudad. Perderse, en cambio, en una ciudad como quien se pierde en el bosque, requiere aprendizaje.

Walter Benjamin

Teléfono

Puede que sea por culpa de la construcción de los aparatos o de la memoria, lo cierto es que, en el recuerdo, los sonidos de las primeras conversaciones por teléfono me suenan muy distintos de los actuales. Eran sonidos nocturnos. Ninguna musa los anunciaba. La noche de la que venían era la misma que precede a todo alumbramiento verdadero. Y la recién nacida fue la voz que estaba dormitando en los aparatos. El teléfono era para mí como un hermano gemelo. Y así tuve la suerte de vivir cómo superaba, en su brillante carrera, las humillaciones de los primeros tiempos. Pues cuando ya habían desaparecido de las habitaciones exteriores las arañas, pantallas de estufa, palmeras, consolas y balaustradas, el aparato, cual mítico héroe que estuviera perdido en un abismo, dejó atrás el pasillo oscuro para hacer su entrada real en las estancias menos cargadas y más claras, habitadas ahora por una nueva generación. Para ella fue el consuelo de la soledad. A los desesperados que querían dejar este mundo miserable les enviaba el destello de la última esperanza. Compartía el lecho de los abandonados. Incluso llegaba a amortiguar la voz estridente que conservase desde su exilio, convirtiéndola en un cálido zumbido. Pues, ¿qué más había menester en lugares donde todos soñaban con su llamada o la esperaban temblando como el pecador? No muchos de los que hoy lo utilizan recuerdan aún qué destrozos causaba en aquel entonces su aparición en el seno de las familias. El ruido con el que atacaba entre las dos y las cuatro, cuando otro compañero de colegio deseaba hablar conmigo, era una señal de alarma que no sólo perturbaba la siesta de mis padres, sino la época de la Historia en medio de la cual se durmieron. Eran corrientes las discusiones con las oficinas, sin mencionar las amenazas e invectivas que mi padre profería contra los departamentos de reclamaciones. Sin embargo, su verdadero placer orgiástico consistía en entregarse durante minutos, y hasta olvidarse de sí mismo, a la manivela. Su mano era como el derviche que sucumbe a la voluptuosidad de su éxtasis. A mí me palpitaba el corazón; estaba seguro que, en estos casos, era inminente que la funcionaria recibiera una paliza por castigo. En aquellos tiempos, el teléfono estaba colgado, despreciado y proscrito, en un rincón del fondo del corredor, entre la cesta de la ropa sucia y el gasómetro, donde las llamadas no hacían sino aumentar los sobresaltos de las viviendas berlinesas. Cuando llegaba, después de recorrer a tientas el oscuro tubo, apenas dueño de sí mismo, para acabar con el alboroto, y arrancando los dos auriculares que pesaban como halteras, encajando mi cabeza entre ellos, quedaba entregado a la merced de la voz que hablaba. No había nada que suavizara la autoridad inquietante con la que me asaltaba. Impotente, sentía cómo me arrebataba el conocimiento del tiempo, deber y propósito, cómo aniquilaba mis propios pensamientos, y al igual que el médium obedece a la voz que se apodera de él desde el más allá, me rendía a lo primero que se me proponía por teléfono.

Despertar del sexo

En una de aquellas calles que más tarde rondaría por las noches en mis interminables andadas, que nunca se acabaron, me sorprendió, cuando hubo llegado el momento, el despertar del instinto sexual en las circunstancias más extrañas. Era el día del año nuevo judío, y mis padres habían dispuesto llevarme a la celebración de uno de los cultos. Probablemente se trataba de la comunidad reformada, por la que mi madre, debido a la tradición familiar, sentía cierta simpatía, en tanto que mi padre por su familia estaba acostumbrado al rito ortodoxo. Pero hubo de ceder. Me habían confiado este día a un pariente lejano, al que debía recoger. Puede que olvidara la dirección o que no me orientase en el barrio, el hecho es que se hacía más y más tarde e iba errando cada vez más desesperado. No era cuestión de si me atrevería a entrar yo solo en la sinagoga, ya que las entradas las tenía mi protector. La culpa de mi mala suerte la tenía principalmente la aversión a la persona casi desconocida de la que yo dependía, y el recelo frente a la ceremonia religiosa que no me prometía sino desconcierto y apuro. En medio de mi confusión me invadió una sofocante ola de miedo —«demasiado tarde para llegar a la sinagoga»— y aún antes de que decreciera, incluso en el mismo instante, una segunda de absoluta falta de conciencia «sea como sea, a mí no me concierne». Y ambas olas se golpearon incontenibles en la primera gran sensación de placer, en la que se mezclaban la profanación de la fiesta con lo que de alcahueta tenía la calle, que me hizo presumir, por vez primera, los servicios que debería prestar a los instintos que acababan de despertarse.


Los dos relatos publicados están incluidos en el libro “Infancia en Berlín” de Walter Benjamin.


“Fósforos quemados” de José Edgardo Díaz

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