Tolstoi: un ensayo de Fabián Casas

Todo comenzó en Rusia y terminará en Rusia.

G. I. Gurdjieff

Para Anita Carilina.


En Argentina el escritor no ocupa ningún lugar, a nadie le importa lo que dice un poeta o un novelista y ni hablar de los filósofos. Este ninguneo es una bendición, sirve para que los escritores se pongan a escribir con la boca cerrada, sólo pensando en sus trabajos, sea esto un ensayo, un poema, una novela o un cuento. O den a luz una nueva forma de escritura que no tiene nombre.

El corpus de la obra de Tolstoi está sancionado como un clásico. Muchos se pueden preguntar ¿para qué escribir sobre algo antiguo, por qué no trabajar sobre lo nuevo, sobre lo inmediato? En una página gloriosa de Ema la cautiva, César Aira hace que un indio se pierda entre la corriente de un río abrazado a un témpano. Así me aferro yo a esta idea de Walter Benjamin, cuando sugiere que trabajar sobre un objeto arcaico tiende a otorgarle una nueva luz al presente. Susan Buck-Morss en su libro sobre el origen de la dialéctica negativa, cuenta que Theodor W. Adorno, el amiguito de Benjamin, empezó a preguntarse en 1925 si «todas las obras eran interpretables en todos los tiempos» y, en el plano musical, argumentaba que un director de orquesta no podía repetir la obra como había sido ejecutada en el momento de su creación. En cambio, proponía, el director de orquesta debía mediar entre pasado y presente, transformando la obra con su propia historia interna. Es decir que para ser fiel a su material, para extraerle el significado, paradójicamente, el director debía transformar ese material alterando su tiempo, su articulación y su expresión. Adorno, parece, estaba hablando de hacer un cover.

Mas allá de estas consideraciones, acá se trata de dar cuenta de mis investigaciones sobre Tolstoi y de recomendar enfáticamente su lectura. Nada más.

Hace muchos años, en la casa del superpoeta Daniel Durand, quien entonces era casi un hermano mío, cayó en mis manos un libro de Vladimir Nabokov que Daniel estaba leyendo maravillado. El libro tenía un nombre aliterado genial:Ada o el Ardor. El comienzo era éste: «Todas las familias felices son más o menos distintas; todas las desgraciadas son más o menos iguales, afirma un gran escritor ruso al principio de una célebre novela, (Anna Arkadievitch Karenina), desfigurada al inglés por R. G. Stonelower». Fin de la cita. Nunca leí el libro (Ada or Ardor) pero el comienzo que cita Nabokov sobre la disparidad de las familias me quedó en la mente. De hecho, he visto este comienzo en diferentes idiomas y siempre traducido de maneras disímiles, con mayor o menor fortuna. En mi cabeza, yo hice mi propia traducción sin saber nada de ruso: «Todas las familias felices se parecen, las familias infelices, lo son cada una a su manera».

En una época solíamos jugar fútbol cinco con amigos escritores. Uno de ellos, fanático del fútbol y de Boca Juniors, se llamaba —y se llama— Fulbio. Era o es amigo de Ezequiel Alemián, quien lo llevaba a los partidos. Nosotros le decíamos Futbiol. Fulbio sabe ruso, ha traducido poetas rusos y creo que antes de que termine este texto que estoy escribiendo, voy a tratar de contactarlo para que me dé su propia versión del genial comienzo de Ana Karenina. No sólo para escuchar su versión, sino para escucharla decir en ruso.

Cuando uno descubre a un escritor que tiene una obra inmensa, es como descubrir un nuevo planeta. Cuando la Nasa descubre un nuevo planeta, lo primero que se pregunta es «¿Hay vida en él?» Es una pregunta que se le puede hacer también a una obra escrita. Leer a Tolstoi en ruso es caminar por el planeta, pisarlo, olerlo, tocarlo, leer a Tolstoi traducido es mirar el planeta desde la tierra, imaginarlo desde nuestra terraza. Sin embargo, está demostrado que los lejanos cuerpos celestes tienen influencia sobre nuestras mareas. Y de la mano del doctor Jung y sus cartas astrales también nos gusta creer que determinan nuestro carácter y destinos. Leer a Tolstoi en traducciones —es decir, desde la terraza de mi casa— me ha producido igual una influencia descomunal en el metabolismo. No sólo para copiar técnicas de escritura (lo cual, como veremos más adelante, no sirven para nada por sí mismas), sino que ha intervenido en mi formación como persona, en mis decisiones diarias. En mi estado de ánimo. Michel Houellebecq en su ensayo de fan sobre H. P. Lovecraft anota algo muy preciso que también se le puede aplicar a Tolstoi: «Como la mayoría de los contaminados, yo descubrí a Lovecraft a los 16 años gracias a un amigo. Como impacto, fue de los fuertes. No sabía que la literatura podía hacer eso. Y, además, todavía no estoy seguro de que pueda, hay algo en Lovecraft que no es del todo literario». Así es, hay algo en la obra del Conde de Yasnaya Poliana que no es del todo literario.

Tolstoi fue soldado, polemista, jugador, escritor, y, sobre el final de su vida, un predicador que tuvo adeptos en todo el mundo y cuyo pensamiento embuido de un cristianismo no trascendental —para decirlo de alguna manera— llevó a crear colonias de hombres y mujeres que vivían practicando la no violencia y comiendo vegetales y llamándose a sí mismos tolstoianos. Sus panfletos de la última época posterior a sus grandes obras, generaron estupor en la opinión pública e inquietudes en la corte del emperador, quien apreciaba su inmenso talento literario pero veía en él a un fomentador del nihilismo y la revolución proletaria. Pero Rusia era una olla hirviendo que iba a volcar Lenin, no Tolstoi. Las pesadillas que tiene Ana Karenina donde un campesino se le presenta de manera premonitoria y extraña, sucio, provocándole pavor, iban a ser capitalizadas, finalmente, por los bolcheviques.

De manera que hace muchos años, en la casa de Daniel Durand, tuve por primera vez un acercamiento a ese cuerpo astral llamado León Tolstoi a través de uno de sus discípulos más brillante y pedante: Vladimir Nabokov. Este último, en sus cursos de literatura rusa, solía decir que no le interesaba la vida de los escritores y sí los textos que escribieron. Pero igual siempre se veía obligado a dar cuenta de datos biográficos para explicar tal o cual pasaje de Gogol o de Guerra y Paz. Nabokov, en los textos publicados de sus clases, dice que él se va a cuidar de no dejar huellas para que ningún biógrafo pueda trabajar sobre su vida. Algo desmentido rotundamente por la monumental biografía del cazador de mariposas escrita por Brian Boyd. ¿Alguien cree realmente que no sirve de nada, que no echa luz en los textos de Borges o Kafka, saber cómo fue su vida? En mi caso, que soy un fanático de las biografías, muchas veces éstas han servido de introducción a autores que no me decían ni fu ni fa o que me caían francamente mal, como Nabokov. Leer su vida me hizo sentir curiosidad por sus textos. Esto no quiere decir que, de manera mimética, uno pueda interpretar en los hechos vitales los signos de la escritura, ya que en las obras de los grandes escritores siempre hay algo que se les escapa, que aparece como un principio de no identidad.

La vida de Tolstoi es intensa y larga, con un final extraordinario, a todo lo que da. De la lectura de sus diarios, y los diarios de su mujer Sonia Bers y sus muchas biografías que compré y leí, uno puede trazar un periplo vital descomunal, con una alta presión psicológica y existencial que podría haber sido escrita por su genial antagonista: Fedor Dostoievsky.

Leer a Tolstoi es viajar a una época sin celulares, sin electricidad, sin trenes supersónicos, sin twitters y sin emails. El tiempo se alarga, camina en punta de pie, se elastiza. Muchas personas todavía tienen una vida privada. En la aristocracia, gracias a Dios, casi todos llevan diarios íntimos que han llegado hasta nosotros. Y escriben cartas casi día a día. Se retan a duelo y andan a caballo. Hacen fastuosas orgías en el campo o fiestas a la luz de las velas o bajo las lámparas de petróleo en salones inmensos. Huelen mal, hablan francés de manera artificial y cagan en retretes alejados de las casas principales. Y a veces mueren como moscas por epidemias y pestes, esto último de manera democrática.

Es probable que actualmente muchos escritores jóvenes se vean influenciados no tanto por la lectura de otros libros sino por la influencia de otros formatos. No sólo las historias sino la forma de narrar, la velocidad de la virtualidad, el fraseo del twitter, el balbuceo de los mensajes de texto, los power points empresariales, los formatos histéricos de los videojuegos y el facebook y la construcción de las ficciones televisivas que exporta el imperio.

¿Que un escritor en formación se vea más impactado por Lost o Mad Men que por los clásicos de la literatura mundial es signo de un posible debilitamiento de la narración escrita? No lo sé. Hay poesía en muchos capítulos de Mad Men y lo hubo también en Lost donde los guiones rizomáticos lograron impactar en la audiencia. Y sin duda la escritura de Manuel Puig estuvo más influenciada por el cine que por la literatura.Una cosa es segura: los guionistas que escriben estas series leen libros. En Lost algunos personajes, aún perdidos en medio de una isla, estaban con un libro en la mano, como La Invención de Morel, de Bioy Casares. Y en Mad Men las alusiones a John Cheever (uno de los personajes vive en Ossining, como el gran escritor) están a la orden del día no sólo con esos guiños geográficos, sino con el tono narrativo de las epifanías domésticas de estos hombres y mujeres de la década de fines del cincuenta que tuvo, en Cheever, a su poeta suburbano. Incluso en una serie más conservadora y convencional, como Homeland, hay un capítulo que transcurre en una fiesta, donde una mujer de la casta más alta del poder de los Estados Unidos reúne a sus invitados para generar intrigas políticas. Hay en esta escena algo que recuerda inmediatamente al comienzo de Guerra y Paz, cuando en el mes de julio de 1805, Ana Pavlovna Scherer dama de honor y persona allegada a la emperatriz María Fiodorovna, era elegida por Tolstoi para dar una fiesta y empezar su fresco inmortal sobre las guerras napoleónicas. ¿Los guionistas habrán tenido en cuenta a Tolstoi para hacer estas escenas? Yo creo que sí. Pero mientras un batallón de ellos trata de mantener en vilo a su audiencia, Tolstoi, él solito, ha manejado en Guerra y Paz más de 600 personajes y —a diferencia de Lost, por ejemplo— los ha llevado a buen término a través de miles de páginas. Igual, como percibió George Steiner, las grandes novelas de Tolstoi (Guerra y Paz,Ana Karenina) no terminan, se detienen. Y no se puede hacer con ellas una lectura de superficie, hay que ponerse el traje de buzo y bajar a las profundidades. Es una experiencia riesgosa y contundente, de la cual emergemos a la superficie con algo ya casi en extinción como la experiencia. «Ya no puedo leer Guerra y Paz, he perdido la capacidad de hacerlo. Hasta un posteo en un blog de más de tres o cuatro párrafos es demasiado para absorber, lo leo al ras», dice Bruce Friedman, un médico que es citado por Nicolas Carr en su ensayo «¿Google nos está volviendo más estúpidos?» La respuesta es: sí.

Cada escritor encuentra en su técnica, si es bueno, su metafísica. La literatura es el lugar donde se derriban todos los dogmas, incluso éste que acabo de enunciar. Cada nueva experiencia expande la anterior o la inutiliza por cierto tiempo. Se puede escribir a contrapelo de la historia (como quería Adorno), en la historia, o fuera de ella. Cada escritor es merecedor de la época que le toca. Las décadas infames suelen escribir muy bien: la caída del Imperio Austro Húngaro produjo a Kafka, Broch, Musil y Freud, entre otros. La vergüenza de la esclavitud y el zarismo en la Rusia imperial produjo a Gogol, Dostoievsky, Tolstoi, Chejov y Turgueniev. En nuestro país, la vilipendiada década del 90 trajo una novela genial que prefiguró, por muchos motivos, lo que sucede hoy en día : El Traductor, de Salvador Benesdra. ¿No son los Gaitanes, esos progres a los que no le tiembla la mano a la hora de echar gente en la novela de Benesdra, antecesores de los funcionarios K? La actualidad de nuestro país, donde la miseria, la violencia, el clientelismo político y las castas sociales están a la orden del día, también es un buen fermento para que la potencia creativa tenga su correlato en las ficciones. La gran ficción está en el mundo para dar cuenta —a su manera— de la inutilidad o el fulgor de la vida humana. Para sembrar preguntas, para volver inestables a las ideologías.

El primer día del jardín de mi hija vamos con su madre y, cuando se hace el acto de inicio, las autoridades nos sorprenden porque, en vez de cantar el Himno Nacional, eligen cantar una canción de Spinetta: «Seguir viviendo sin tu amor». Me parece una señal extraordinaria para la vida futura de mi hija. Yo, en cambio, escuché el Himno Nacional en mi primer día de clase, lo escuché después en Ezeiza, cuando los peronistas de derecha e izquierda se masacraron, lo escuché cuando se invadió Malvinas, a cada rato, con cada uno de los comunicados del ejército y lo había escuchado antes, cuando le dieron el golpe a Isabel Perón. De manera que el Himno Nacional no me gusta nada. No me gusta el himno de ningún país. Pero Spinetta ha muerto unos meses antes de este inicio de clase y junto con la emoción de estar cantando una canción y no un himno, se junta la de estar cantando una canción de Spinetta. Inmediatamente mi cabeza viaja a unas frases que sobre Tolstoi escribió Máximo Gorki y que subrayé porque me llamaron la atención. Gorki solía ir a visitar a Tolstoi a Yasnaya Polyana y, como muchos otros que lo hacían (Anton Chejov, Dimitri Merejkovski), dejar por escrito lo que veían en el gran hombre, aun cuando no se lo «comprara completamente» como es el caso de Gorki, que lo critica y elogia de manera alternativa. Leamos cuando lo elogia: «Temo la muerte de Tolstoi. Si muriera, se crearía en mi vida un gran vacío. En primer lugar, porque nunca quise a nadie como a él… en segundo lugar, porque cuando en el mundo de las letras existe un Tolstoi, se vuelve fácil y agradable ser un hombre de letras. Y aun si uno tiene conciencia de no haber hecho nada, de no hacer nada, no es tan terrible porque Tolstoi crea por todos y su obra sirve de justificación a todas las esperanzas y a todas creencias que ponemos en la literatura. En tercer lugar , la autoridad de Tolstoi es sólida, su autoridad inmensa y, mientras viva , se mantendrán alejados el mal gusto literario, todo lo que es vulgar y lacrimógeno, los amores propios agriados, todo quedará en la sombra. Sólo su ascendiente puede elevar a un cierto nivel las diferentes tendencias y corrientes literarias. Sin él, no quedaría más que un rebaño sin pastor… Su alma es de todos para siempre. ¿Por qué la naturaleza no haría una excepción a la regla dándole a él solo la inmortalidad física, sí, por qué no?». Lo mismo podría decir uno sobre Spinetta.

Buscar los libros es una experiencia importante. Por eso siempre voy a preferir el libro físico al libro virtual. Como conté antes, conocí el famoso comienzo de Ana Karenina parafraseado por la prosa de Nabokov. Sin embargo, el interés definitivo por leer a Tolstoi me lo dio una biografía que compré en una librería antigua de San Telmo. El libro fue editado en 1942 por Santiago Rueda y está escrito por José Kallinikow y fue traducido del ruso directamente por Alejo Markoff y Osés Hidalgo. El título es Tolstoy (con «y» y no con «i») Vida íntima. Es un objeto grande y hermoso, de casi unas 300 páginas. Escrito en un lenguaje bastante antiguo, la lectura al principio se ralentiza. Lo esencial de esta biografía está puesto en la intensa relación de pareja que tuvo Tolstoi con Sonia Andreevna Bers. Ni bien empieza la biografía, el autor cita a Gorki que cita una frase que Tolstoi le dijera alguna vez y que, rápidamente, captura la atención del lector: «El hombre soporta con relativa facilidad los horrores de las epidemias y de los terremotos y de las torturas del alma, pero la tragedia más terrible fue y será, siempre, la tragedia de la alcoba». Creo que si no hubiese estado esta larga frase, tal vez no habría seguido leyendo la biografía. La terminé y rápidamente conseguí Ana Karenina en dos volúmenes, editados por Alianza editorial traducido y anotado por Juan López Morilla. El libro me fascinó. Más adelante voy a escribir específicamente sobre él. En México conseguí Tolstoi o Dostoievsky de George Steiner, editado por Siruela, libro en el cual se cita el Tolstoi y Dostoievsky de Demetrio Merejkovsky, contemporáneo de Tolstoi y libro que conseguí en una librería de viejos de la calle Florida. En un encuentro fascista al que asistí en Rosario, Mario Vargas Llosa me recomendó El Zorro y el erizo de Isaiah Berlin. Lo conseguí saldado en la calle Corrientes, prologado por el ex candidato a presidente del Perú. Hace muchos años mi padre, que tenía un trabajo nocturno (era secretario privado de Alberto Olmedo) entró en mi cuarto donde yo dormía y me despertó para decirme que había comprado en un quiosco dos libros que me dejaba sobre mi cama. Eran las Lecciones de literatura rusa y europea de Vladimir Nabokov. Uno era verde y el otro bordó. No los leí y apenas hojeé en su momento y luego los perdí en las mudanzas y cambios y compras de libros. Ahora que quería leer todo sobre Tolstoi, empecé a buscar el curso ruso. Se hallaba descatalogado —lo publicó Emecé— y no estaba por ningún lado. Finalmente Alfredo, un librero hincha de River y buen amigo, me contactó con una amiga suya que tenía —él se lo había prestado, me dijo— el libro de literatura rusa de Nabokov donde estaban sus clases sobre Ana Karenina. Contacté a la mujer por un número de teléfono que me dio Alfredo, pasé por su casa y me llevé el libro. Cerca del Zócalo, en la calle Doncelles, del DF Mexicano, se encuentran un sinfín de librerías con estantes a los que hay que subir con escaleras. Ahí conseguí la monumental biografía sobre Tolstoi que escribió Henry Troyat (quien también tiene una, menor, sobre Dostoievski). La biografía consta de tres tomos y en Doncelles sólo vendían dos. Un año después, en un puesto del Parque Rivadavia di con los tres tomos, a un precio irrisorio y envueltos en papel transparente. Los compré. En Barcelona conseguí los diarios publicados por El Acantilado. Éstos tienen unas fotos increíbles de Tolstoi de joven y de viejo. Compré cinco biografías más sobre Tolstoi. Las leí y las vendí, permaneciendo sólo con la de Kallinikov (supongo que por gratitud) y la de Troyat, porque me parece genial.

Y así, de a poco, guiado como un murciélago por su radar, fui dando con muchos libros más de o sobre Tolstoi.

Tratar de dar cuenta de la vida de un hombre en su totalidad, es como armar el cubo de Rubik. Casi imposible. Las biografías de Tolstoi oscilan entre las que lo tratan casi como un super héroe y las que prefieren hacer foco en su trágica vida conyugal, la «tragedia de la alcoba», como apuntara Gorki. Pero igual, resumiendo, hay ciertos hechos que se pueden verificar históricamente ya que se repiten en todos los frescos biográficos. María, la mamá de Tolstoi, era una mujer soñadora, espiritual, cuyo padre era un hacendado que tenía tierras en Yasnaya Poliana, lugar que heredaría el escritor. El abuelo de Tolstoi formaba parte de la corte del emperador y era famoso por haberse negado a casarse con una ex amante de éste. Su hija era devota del padre y después de un corto noviazgo platónico con un joven que murió de tifus, interpretó este hecho como una señal de que debía consagrar su vida a estar con su padre hasta que éste muriera y dedicarse, luego, a peregrinar por Rusia, buscando la iluminación. Esto último era una costumbre que mucha gente tenía en esa Rusia imperial. Los peregrinos iban de a pie, comiendo lo que la gente les daba y entregando su vida a la concentración religiosa. Algo de este carácter de la mamá de Tolstoi debe haber quedado inoculado en su hijo para propulsarlo a su último viaje antes de morir. La cosa es que María, la futura mamá del autor de Guerra y Paz, estaba por quedarse soltera ya que era poco agraciada y, para esa época, grande de edad (se acercaba a la treintena) cuando en una fiesta en Moscú conoció al conde Nicolás Ilitch Tolstoi. El conde estaba en problemas económicos y el casamiento le serviría para recuperarse. Se casaron, tuvieron cuatro hijos varones, Nicolás, Sergio, Dimitri y el 28 de agosto de 1828 a León. Hubo un quinto embarazo del cual nació una nenita que se llamó María, como la madre. Al poco tiempo, según los biógrafos, la madre que nunca pudo restablecerse de los embarazos, enfermó y murió. Tolstoi era muy pequeño y no tenía consciencia de este hecho, sin embargo, muchos años después cuando ya era anciano, escribiría en sus diarios: «Me paseo por el jardín y sueño con mi madre. Con mamá, de la que no me acuerdo en absoluto y que se ha convertido para mí en un ideal de santidad. Nunca oí decir nada desagradable de ella». Tolstoi fue educado por profesores y aunque fue a la universidad de Kazán y a la de San Petersburgo, nunca terminó sus estudios. Gracias a sus relaciones aristocráticas, entró rápidamente en la alta sociedad, participando de sus fiestas, bailes y juergas. Le gustaba el juego, la bebida y el sexo, el cual practicaba en casas de citas. En su diario relata que no le gustaba mirarse al espejo porque no era bello. Tenía la nariz ancha y los ojos muy chicos. Visto su rostro joven desde hoy en día, uno tiende a pensar que hubiera encajado tranquilamente en la cara de un cantante punk, pero para la llegada de ese movimiento, faltaba mucho tiempo. A los 21 años, cuando su hermano Nikolai que era artillero, llegó a la ciudad de Moscú, con permiso desde el Cáucaso, decidió partir con éste y enrolarse en el ejército. Cuando estalló la guerra de Crimea, en el sitio de Sebastopol, el conde Tolstoi estuvo al frente de una batería. Empezó a escribir bosquejos de cuentos y a publicarlos en revistas y se ganó una rápida fama en Moscú por estos relatos. Parece que Tolstoi tenía un caracter difícil en su juventud y los amigos trataban de que no se batiera a duelo muy seguido. Conoció y vivió con Turgueniev, con quien mantuvo una relación tirante durante toda su vida. Cuando dejaba la ciudad, se iba a Yasnaia Poliana donde había fundado una escuela y había ofrecido a los siervos su emancipación, cosa que éstos rechazaron por desconfianza. Después de darle mucha vuelta al asunto, se casó con Sonia Bers, de 18 años. Tuvieron 13 hijos. Sonia copiaba a mano sus manuscritos —se dice que llegó a copiar Guerra y Paz siete veces— y era la única que podía descifrar su letra enmarañada. Tanto ella como su marido llevaban diarios, cosa que después también empezaron a hacer sus hijos y los médicos, asistentes y secretarios que rodeaban el círculo de Tolstoi, lo cual llegó a parecerse a un verdadero reality show, ya que muchos de ellos escribían en el mismo momento en que sucedían los hechos (mientras almorzaban o desayunaban, con las manos debajo de la mesa), para dejar escrito para la posteridad las cosas que sucedían en la casa del maestro. Tolstoi era una persona contradictoria. Desde chico se impuso reglas que debía cumplir para mantener a raya a su diablo. Fanático de la caza, mató animales por doquier pero después se declaró vegetariano y decía que no había que matar ni a un mosquito. Fue profundamente creyente pero terminó excomulgado por la iglesia ortodoxa rusa debido a sus críticas furibundas a esta religión. Vivió en una casa extraordinaria, en el campo, rodeado de servidumbre hasta el final de su vida, pero con grandes remordimientos por ser miembro de una clase superior y por ver que su mujer y sus hijos gastaban dinero en cosas superficiales. Trató de vivir de acuerdo con la naturaleza, cosió zapatos, donó los derechos de sus libros —cosa que le llevó a una disputa terrible con su mujer— y terminó escapando de su casa de noche, porque no soportaba más esa vida de lujo y porque consideraba que no practicaba lo que predicaba. Tenía un discípulo, Chertkov, un joven de la alta sociedad que se había convertido en el líder de las colonias de tolstoianos y que actuaba como una especie de super yo del escritor, fustigándolo para que fuera implacable con su pensamiento, para que no hubiera diferencia entre su prédica y sus actos. Cuando Tolstoi abandonó la casa, su mujer intentó suicidarse arrojándose a un estanque, pero la salvaron. Tolstoi no llegó muy lejos, octogenario, acompañado por su médico personal, Chert­kov y su hija menor, Alexandra, tomó un tren y debió bajar en la estación de Astopovo porque volaba de fiebre. El guarda de la estación le cedió su hogar para su agonía y Tolstoi murió ahí después de unos días sitiado por la prensa de Rusia que había viajado hasta el lugar para seguir los acontecimientos. Sonia Bers recién pudo franquear el cerco de Chertkov cuando vieron que Tolstoi expiraba y sólo lo vio unos breves momentos. Hay una foto de esa época donde la condesa intenta mirar desde la calle, a través de una ventana, el interior del cuarto donde su marido se moría. Cada familia infeliz es infeliz a su manera, es cierto.

Cuando a los treinta años me agarró el Horla —una fuerza oscura que puede ser tanto un maestro como tu asesino— terminé en el consultorio psicoanalítico de un analista junguiano llamado Enrique Di Pietri. Este hombre me salvó. Es decir, lo que hablamos durante casi seis años, me salvó. Él era el stalker que me conducía por un terreno extraño y peligroso. Enrique tenía una particularidad que a mí me gustaba mucho: solía confesarte que, a veces, cuando empezaba a hablar, no sabía bien qué te iba a decir. Esa confesión que puede hacer salir corriendo a un paciente de un diván, a mí me encantaba, la encontraba honesta. Muchos años depués, cuando llegué a un arreglo diplomático con el Horla (Enrique siempre me decía que los arreglos diplomáticos eran esenciales, ya que para que duren en el tiempo, tienen que dejar disconformes a ambas partes) recibí un llamado de Rafael Cippolini. Me dijo que estaba coordinando un ciclo donde un escritor o un músico o lo que fuera, hablara de su libro preferido. Me preguntó si yo quería participar y también cuál sería mi libro elegido. Dos semanas antes de esta llamada, una chica me paró en la calle y me dijo que quería ser escritora, y me preguntó si servían los talleres, o qué tenía que hacer para escribir. Como Enrique, cuando abrí la boca no tenía pensado qué le iba a decir, pero le dije que leyera Ana Karenina y que después se sentara a esperar. La vocación es un bumerang que uno arroja en la infancia y que después regresa cuando menos lo esperamos.

Néstor Sánchez solía decir, y lo repiten sus discípulos, que no había que escribir algo que se podía contar por teléfono. Esta frase parece estar en contra del argumento, de la literatura, para decirlo de alguna manera, conservadora. Las novelas de Sánchez, por ejemplo, desde la primera y cortazariana Nosotros dos, hasta Cómico de la lengua, se vuelven erráticas, crípticas. El disfrute está en el fraseo, en la posibilidad vanguardista de desprenderse del asedio de la vida real para ser otra cosa. Sin embargo Sánchez, cuando respondía sobre por qué no había escrito más, decía algo genial: «Porque se me acabó la épica». Tolstoi tuvo épica hasta el último minuto de su vida. Escribiendo y viviendo. Su escape con su hija y su médico, huyendo de su mujer y las posesiones terrenales, ya anciano, para morir en la estación de Astapovo, es demencial. Y Ana Karenina, claro, se puede contar por teléfono. En una de esas llamadas largas cuando uno no tiene obligaciones por delante y se recuesta en la cama con el teléfono en la mano escuchando del otro lado la atención y la voz receptiva de un ser querido.

Los críticos que ven a la literatura de manera diacrónica, han resaltado que Ana Karenina se escribió después de Madame Bovary. En los dos libros la mujer protagonista se suicida y se sabe, por cartas que escribió Tolstoi a su amigo Turgueniev, que la novela de Flaubert le había gustado mucho. Pero salvo que el protagonista es mujer y que se suicida, y que ambas novelas se titulan con el nombre de la protagonista, no se parecen en nada. Flaubert trabaja el estilo, busca la pura música en una historia mediocre hasta la exasperación. Y escribe un libro extraordinario. Tolstoi, que venía de escribir sobre el período de las guerras napoleónicas en Guerra y Paz y que, después de esa obra inmensa uno podía imaginar que ya se podía sacar los botines e irse a descansar, en cambio elige este tema para dar cuenta de un fresco de época impresionante, ahora contemporáneo del autor ya que el libro termina con la guerra contra Turquía que estaba sucediendo en ese mismo momento. Acá quiero parafrasear a Nabokov cuando dice en un apunte a sus clases sobre Ana Karenina que «Cuando se lee a Turgueniev, uno sabe que está leyendo a Turgueniev. Cuando se lee a Tolstoi, se lee porque no se puede dejar de leer el libro». Yo cambiaría a Flaubert por Turgueniev en esta frase.

Hay muchos libros de Tolstoi sobre los que se podría hablar largo y tendido. Guerra y PazLa muerte de Iván IllichLa Sonata Kreutzer o el genial Hadjí Murat escrito ya al final de su vida. Pero voy a elegir de entre su vasta obra a Ana Karenina porque en este libro —escrito cuando su autor soportaba una gran crisis espiritual— se ve cómo el polemista y el artista se conjugan en un equilibrio único. Si en Guerra y Paz el predicador aparecía opinando largas parrafadas, dictando cátedra de geografía e historia, en Ana Karenina las ideas se reflejan a través de la voz y los hechos de su personajes. Como pedía William Carlos Williams en el estribillo de su hermoso poema llamado «Paterson»: no ideas, salvo en las cosas.

¿Hay una historia? Sí. En el principio Ana Karenina se iba a llamar Dos parejas o Dos casamientos. Los borradores de Tolstoi muestran los vaivenes que la obra fue teniendo a medida que se iba ejecutando. La composición de Ana Karenina dura cuatro años, desde 1873 a 1877. La acción de la obra va de 1872 y se prolonga hasta julio de 1876, con lo cual los hechos de la novela y el tiempo de escritura son estrictamente contemporáneos. El 19 de marzo de 1873, Sonia Bers anotaba en su diario: «Ayer por la tarde León me dijo a quemarropa: He escrito una página y media y me parece que va bien. Pensando que había ensayado escribir algo de la época de Pedro el Grande, no presté mayor atención a sus palabras; pero en seguida me enteré de que había comenzado una novela sobre la vida contemporánea». Un día después le escribe a su hermana: «León se puso a escribir una novela sobre la vida contemporánea. El tema: la mujer infiel y todo el drama que resulta. Estoy muy contenta».

Parece que el hecho que propició el germen de la novela fue la infortunada suerte de una mujer de la aldea de Tolstoi que, al enterarse de que era engañada por su marido, decidió arrojarse a las vías del tren. Ana Karenina fue escrita en menos tiempo que Guerra y Paz, pero igual es un volumen inmenso. T. S. Eliot escribió un ensayo donde se preguntaba por qué uno habría de leer poemas largos: «Sentimos que la molestia de leer un poema largo no vale la pena a menos que, en su especie, sea tan bueno como Paradise LostDon Juan o Hiperion». En un mundo donde reina el twitter y donde las noticias de los diarios de papel se pueden resumir en sus destacados sin necesidad de entrar en todo su desarrollo de página, es difícil pensar que los grandes poemas largos —como Ana Karenina o 2666, de Roberto Bolaño— van a encontrar muchos lectores. Ricardo Zelarayán siempre decía que a él se le complicaba escribir novelas porque para hacerlo «había que irse a vivir a ellas». Leerlas también tiene algo de eso. Cuando uno lee Ana Karenina, tiene que irse a vivir a la novela. Existe determinado tipo de formato estereotipado que permite que uno pueda leer una novela o verla por tv mientras cocina o plancha o muda la ropa de invierno por la ropa de verano. Como ya sabemos lo que va a pasar —y lo único que esperamos es que el guionista no nos defraude en esa certeza— podemos mirarla de reojo. Ana Karenina tiene una trama simple, pero es la construcción órfica de los detalles lo que la hace singular y maravillosa. Para experimentar toda la potencia de la escritura de Tolstoi hay que leer detenidamente hasta varias veces los pasajes para descubrir las razones del encantamiento que nos produce esta novela. A veces pienso que también El Padrino, de Coppola, en su grandeza épica, es hermano de esta novela. No tiene escenas de transición, todas son buenas, centrales (hay una escena donde Clemenza, uno de los laderos de Corleone, prepara pastas y nos pasa la receta de su tuco, que es similar a un capítulo largo de Karenina donde en el campo una familia hace dulce: el hecho trivial de cocinar se vuelve intenso, inolvidable). La novela de Tolstoi, a pesar de ser larga y que, precisamente por esa longitud, se podría permitir bajadas de nivel, nunca lo hace. Los Vronski, los Oblonski, los Corleone son de la misma madera dramática.

No creo que valga la pena diseccionar una novela para encontrarle un valor. A veces, esos trabajos de disección sólo sirven para que el que los hace se sienta más importante que el mismísimo autor, como es el caso de Vladimir Nabokov cuando describe minuciosamente los errores que comete Tolstoi en el armado del tiempo objetivo de su narración. Lo cierto es que ningún lector puede percibir esto porque el mundo al que asistimos es tan grande y vívido que nos resulta imposible verle las costuras. Y además porque en nuestra realidad también hay errores constantes, de los cuales dio cuenta la novelística paranoica de Philip K. Dick. Por eso yo prefiero marcar algunos detalles que, espero, inviten a leer el libro, no ha escrutarlo como en esos juegos infantiles donde el niño tiene que encontrar las siete diferencias.

En Ana Karenina se relatan, en principio, los destinos de tres matrimonios. El matrimonio formado por Stiva y Dolli, el formado por Kitti y Levin, y el de Ana Karenina y Vronski (y también, de manera más lateral, pero no menos intensa, el de Ana y Aleksei Karenin). En el comienzo del libro Stiva está soñando y se despierta en su recámara, no en su cuarto matrimonial. ¿Qué pasó? Dolli, su mujer —hermana mayor de Kitti— le descubrió un romance con una de las institutrices que trabajaban en la casa. Como la mujer lo quiere hechar a patadas de la casa, Stiva llama a su hermana, una dama de la alta sociedad de San Petersburgo, para que lo ayude como mediador, del conflicto, para que convenza a Dolli que lo perdone. La hermana es Ana Karenina, quien está metida en un aburrido matrimonio y tiene un hijo pequeño. Anoten esto: Ana viaja de San Petersburgo a Moscú para ayudar a su hermano, llega en un tren expreso y en la estación se encuentra con Stiva —que la fue a esperar— y con Vronski, quien fue a buscar a su madre (Stiva y Vronski son amigos, en la sociedad imperial rusa todos se conocen, como en nuestra farándula). Hay una frase que dice que Dios está en los pequeños detalles. Tolstoi también. Ana llega compartiendo el vagón con la madre de Vronski. Ésta se lo presenta y ellos se miran fugazmente. Cuando finalmente bajan del tren, sucede un accidente, un guardavida que no vio que los vagones retrocedían por una maniobra, es pisado por ellos. Ana le dice a su hermano que es un presagio funesto y se pregunta si alguien va a ayudar a la mujer del guarda muerto. Vronski sale corriendo y ofrece plata para los familiares de la víctima; es, de alguna manera, un regalo para impresionar a Ana, algo similar a lo que Lacan llama «el regalo envenenado». Cuando salen de la estación, Ana escucha que alguien dice que la muerte del guardavía es la mejor manera de morirse, porque es instantánea, cosa que, como sabremos más adelante, Ana anota en su inconsciente y después ejecuta ella misma cuando las papas queman.

El matrimonio de Dolli y Stiva funciona como nexo y motor del devenir de las otras parejas. Kitti —la hermana de Dolli— está enamorada de Vronski y este —si bien se nos cuenta que no le interesa mucho formalizar una relación— la corteja. Hay que tener en cuenta que ninguno de los personajes de Tolstoi son de una sola pieza. Son complejos. Hacen una cosa y dicen otra: nunca son una función, son terriblemente humanos e imprevisibles. Tolstoi los construye con mano maestra, por ejemplo, nos presenta a Stiva de esta manera: «A pesar de que, en realidad, no le interesaban ni la ciencia ni el arte, ni la política, apoyaba con firmeza las opiniones que tanto la mayoría como su periódico profesaban sobre estos temas y sólo las cambiaba cuando la mayoría lo hacía. O mejor dicho, no las cambiaba , sino que ellas mismas se cambiaban en su mente sin que él se apercibiera de ello». Esto último que dice es genial: no conozco una manera más notable de decir que una ideología puede doblegar la voluntad de un pensamiento propio en una individualidad.

Otro de los momentos inolvidables del libro es cuando Liovin —personaje moldeado casi a imagen y semejanza del autor— llega a Moscú desde el campo donde vive, para pedir la mano de la princesa Kitti y se la encuentra en una pista de patinaje (inolvidable por la forma en que está descripto este lugar, por la manera en que los personajes van y vienen mirándose, ruborizándose, mientras el hielo y el frío los mantiene conservados en las bajas temperaturas del inconsciente). Liovin es rechazado por Kitti —ya que ella está detrás de Vronski— y éste vuelve al campo abatido y pensando que se va a quedar soltero para siempre y que la verdadera vida está entre la naturaleza y la soledad. La tensión entre la vida natural y la vida artificial de la sociedad rusa es una de las pujas que recorre todo el libro. Esta claro que Tolstoi está de parte de la vida natural, cuando Kitti descubre en el famoso baile que Vronski prefiere a Ana en vez de a ella, escribe Tolstoi: «Todo el baile, todo el mundo quedó nublado en el alma de Kitti. Sólo la rígida educación que había recibido le servía de puntal y la obligaba a hacer lo que se esperaba de ella, a saber, bailar, contestar preguntas, hablar, incluso sonreír». En este fragmento también podemos ver algo similar a lo que planteaba Lukács en la teoría de la novela cuando trabajaba el concepto de «segunda naturaleza» para describir el mundo alienado, vacío de significado «creado por el hombre y sin embargo compuesto por cosas perdidas para él…el mundo de las convenciones». Hoy Tolstoi se podría hacer una panzada describiendo los casamientos estereotipados de la clase media y alta. El plato frío, el carnaval carioca, el plato caliente, las fotos privadas de los recién casados con un tema musical de fondo que han elegido, la locura controlada del novio sobre el final de la fiesta, lanzado al aire por sus amigos, casi siempre con la corbata como vincha, la mesa de dulces, la búsqueda de los abrigos en el guardarropa cuando ya amanece. Todo siempre igual.

Como se ve, las tres parejas van girando y relacionándose haciendo avanzar la trama. George Steiner escribió algo acerca de este fenómeno que me parece necesario transcribir: «Ciertas teorías sobre los orígenes del sistema solar postulan una “densidad necesaria” de materia en el espacio para que las colisiones creadoras puedan ocurrir. Las tramas divididas de Tolstoi engendran tal densidad, y con ella, el novelista comunica una maravillosa ilusión de vida y realidad en todas sus animadas ficciones».

Anotemos más cosas: Ana llega a la casa de su hermano, logra reconciliarlos, va a un baile y queda prendada de Vronski mientras Kitti queda demolida por esto. Ésta es la historia de la música disco. Pocos escenarios son más crueles que una pista de baile para lograr amores y rechazos. Alguien dijo que un autor menor hubiera descripto a Ana en el baile, a través de Vronsky o de otro comensal, pero Tolstoi lo hace en tercera persona, y esa decisión es clave. Ahora que tenemos la posibilidad de entrar a los borradores que dejó Juan José Saer, podemos ver cómo el narrador de Colastiné había hecho una primera versión de El Limonero real narrándolo desde la subjetividad de Wenceslao, cosa que hubiera resultado imposible ya que la mente de ese hombre de campo no podía captar el registro fenomenológico de Saer sin parecer poco creíble.

Tolstoi trabajaba con sus personajes como si fuera un Dios, él les daba vida pero, mágicamente, éstos parecían moverse sin el titiritero detrás. Fernando Vallejo suele increpar a los escritores omniscientes por querer saber lo que piensan sus personajes y hace una reivindicación del novelista en primera persona. No veo motivos para que una de las dos opciones sea verdadera. En todo caso, lo importante está en el nivel de autenticidad de la prosa, en la potencia de combustión, esa que nos hace olvidar el artilugio técnico que el novelista está usando.

Después del baile y su irrupción en la sociedad de Moscú, finalmente Ana vuelve a estar sentada en un tren, regresando a San Petersburgo donde la espera su marido y su hijo. Cuando llega a la estación, nota —otra vez la mano maestra de Tolstoi— que las orejas de Karenin —su esposo— son feas y largas. El capítulo que sigue, cuando Ana y su marido se van a dormir, es una descripción minuciosa de una pareja en ruinas. Las reglas sociales han entrado hasta en los más mínimos resquicios de la intimidad de estos seres. La forma en que se describe cómo Karenin se pone sus pantuflas, toma un libro para leer antes de dormirse y cómo le sugiere a Ana que ya es hora de acostarse es perfecta. Nada de lo que debería hacer que una mujer y un hombre se unan, sigue vivo.

Siguiendo las fichas técnicas de Nabokov, podemos decir que la novela de Tolstoi se compone de ocho partes y cada uno de éstas consiste, por término medio, en treinta capítulos cortos, de cuatro páginas. Ana va a volver a Moscú, va a tener sexo con Vronski y va a ser rechazada por la sociedad rusa por ser infiel a su marido y por no lograr conseguir que este le dé el divorcio. Va a dejar a su hijo al que tanto ama con su marido y esto la va a ir liquidando interiormente. Kitti, repuesta del mal trago por el rechazo de Vronski, va a terminar casándose con Liovin y van a ser una pareja feliz que huye de Moscú y vive en la naturaleza, en la casa campestre de Liovin. Ana Karenina, como sabemos, desesperada, en medio de un monólogo interior magnífico, pre joyceano, que enhebra Tolstoi, se va a arrojar a las vías de un tren de circulación local. Si bien hoy en día Ana se hubiera divorciado de Karenin y se hubiera casado con Vronski sin tanto drama, la mayoría de las preguntas que se hacen los personajes de esta novela y que surgen en la mente del lector, no tienen aún fecha de vencimiento. ¿Para qué sirve vivir en sociedad? ¿Por qué hago todo lo que hago si en el fondo la muerte termina llevándose todo? ¿Hay algo trascendente esperándonos en algún lado? ¿No es la vida un campeonato corto que siempre ganan los mismos? ¿Tenemos que dejarnos llevar por nuestros apetitos o debemos controlarlos a pesar de que esto nos aniquile?

Siempre me llamaron la atención los finales de los grandes libros de Tolstoi. En Guerra y Paz, por ejemplo, hay un epílogo donde se nos muestra a los personajes llevando una vida, diríamos, demasiado corriente. Natacha, que nos había hechizado por su belleza, juventud y singularidad, está casada con Pierre y ha engordado. Creo que en este final se inspiró Nabokov para la escena en la que Humbert Humbert se encuentra con una Lolita encinta y desmejorada, viviendo con un joven en una cabaña precaria. Lo que muestra Tolstoi es que él ha puesto una lupa sobre determinados destinos pero que más allá de esta intromisión, la vida sigue, sus personajes siguen viviendo cuando cerramos el libro, no sólo porque los recordamos constantemente, sino porque están vivos en nuestra vida cotidiana: Natacha, Pierre, Andrey, Kitti o Liovin van a envejecer y morir, lo sabemos desde el principio, su tiempo cronológico es el mismo que el nuestro: Tolstoi transmite esto de una manera misteriosa, imposible de conseguir mediante técnicas literarias. Se tiene o no se tiene la cualidad de dar vida. Creo que el mundo de Tolstoi, la fuerza que logra emitir, viene de que es un sistema inmanente. No hay un Dios, hay naturaleza y su contracara, la sociedad. Todo se juega acá abajo. Este no es un tema menor porque el conde de Yasnaya Poliana, como lo hicieron muchos gnósticos a lo largo de los siglos en el transcurso del cristianismo primitivo, se preguntó muchas veces quién era Jesús, qué lugar vino a ocupar en el mundo y cuáles fueron las consecuencias de su prédica. Sobre los gnósticos se puede hablar mucho y de manera compleja, y recomiendo leer La Religión gnóstica de Hans Jonas y Los evangelios gnósticos de Elaine Pagels, libros que describen cómo estos inquietos hombres antiguos fueron perseguidos por la iglesia oficial. Sin duda, uno de los hechos relevantes del cristianismo fue el hecho de la resurrección, hecho que tiene sin duda un valor político ya que legitimiza la autoridad de ciertos hombres que pretenden ejercer la dirección exclusiva de las iglesias como sucesores del apóstol Pedro. Después de cuarenta días, el señor resucitado ascendió al cielo, pero antes hizo el traspaso de poder entre sus discípulos. Nunca más se lo volvió a ver, pero quienes lo habían tratado tenían ese poder de intimidad que los demás no podrían ostentar. Esa es la línea que divide a los creyentes de los heréticos.

Tolstoi, igual que los heréticos, llegó a las mismas conclusiones: Jesús fue un hombre normal, sin ningún razgo de divinidad, con un gran poder político para cambiar el mundo y la respuesta que lo neutralizó, que lo derrotó, no vino de Satanás, sino de sus propios seguidores quienes, intentando sostener una jerarquía que los protegiera, institucionalizaron sus enseñanzas, se enriquecieron y pusieron el foco en una vida extraterrenal. Crearon una iglesia para regentear el más allá cuando en realidad habría que haber pensado en una iglesia para la vida terrena, la única de la que tenemos noticia. No se necesitan guías jerárquicos para encontrar la iluminación. Cada uno puede encontrar esto por sí mismo. Nadie puede volver de la muerte y aun cuando pudiera, no significa nada. La resurrección se da en términos morales, vitales, resucitamos cuando nos despertamos a la vida real, intensa, y comprendemos que somos esclavos de costumbres estereotipadas y vacías de contenido que sólo sirven para evitar hacernos las preguntas verdaderas. León Tolstoi, como su personaje Liovin, vivió una vida compleja puesta siempre en estado de pregunta. Buscó la trascendencia en su obra literaria y abjuró de ella cuando empezó a pensar que no servía para nada. George Oppen, un gran poeta estadounidense, también dejó de escribir durante más de veinte años para dedicarse a la ayuda social porque encontraba inútil y parasitaria a la literatura. Muchas veces me pregunto si el verdadero budismo no lo practican las personas que no saben nada del budismo. Las personas que viven para dar amor a su semejantes y que se conforman —porque están plenas— con las cosas de la vida cotidiana. Una reunión de amigos, pasear con tu perro, ver televisión por la noche, leerles a sus hijos un cuento, lavar los platos y la ropa que se ensucia. Y permanecer en el anonimato sin ningún deseo de trascendencia social. Anonimato al que, por otra parte, estamos predestinados todos cuando finalmente llegue la gran entropía universal. Mientras tanto, leamos a Tolstoi.


“Fósforos quemados” de José Edgardo Díaz

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