Dos poemas de Facundo Grehan

La energía oculta de los poemas

por J. E. Díaz

Siempre un poema llega para salvarnos. Esto podría ser un axioma arbitrario es por el contrario un principio de realidad que rige nuestras vidas. No es menos fundamental que la ley de la gravedad.

Hace unos días que juego con un imán oculto en la solapa de mi agenda y una cadenita. La cadenita tiene en un extremo un péndulo de cuarzo verde. Juego a agarrar la cadenita por el lado del péndulo y pasar la liviana cadena por encima de la agenda pero sin llegar a que se pegue con el imán. La imagen es hipnótica e inútil. Más que inútil: desesperadamente inútil porque paso muchos minutos que se transforman en horas con esto. Lo hago en momentos de ansiedad, los cuales no faltan en la ciudad. Por ejemplo cuando me distrae el canto de un pájaro que no llego a ver desde mi ventana. Lo hago un rato y lo dejo. Sigo trabajando pero ya centrado.

Cuando leo poesía siento que ocurre algo similar. Ante un texto desconocido me convierto en un péndulo: paso la atención por las palabras y si en verdad es poesía, ya no son solo palabras. Emanan una fuerza que me atrae y centra.

Eso mismo me ocurre cuando leo al joven poeta de Facundo Grehan. Sus poemas se abren hacia afuera a través de una observación minuciosa y una floreada cantidad de preguntas existenciales. Una construcción con sonidos de otra época pero que Grehan tuerce para hacerlos pertenecer a esta. Una nostalgia tierna que desembarca sin miramientos en las playas de la literatura nacional. Se puede sentir un deseo de pertenencia al mismo tiempo que un latido de inauguración.

Debajo los invito a leer y que ustedes mismos pasen por encima de los poemas . El libro de donde los extraje se llama “Tierno” y fue editado en el año 2019 de manera independiente en conjunto con otra poeta y aún no se consigue en las librerías. Hay muchos libros importantes que no se consiguen en las librerías. Por eso les dejo el contacto directo con el poeta para que se lo pidan. Instagram: @faquistan


emergencia de Juanele o
ablución al fin


Durante una cantidad líquida
de días lo que hacía era bajar
a eso de las once al río
desde la calle y luego subir por él evitando
ser absorbido por las seemannias,
hasta llegar a un punto de invisibilidad
perfecto. Entonces plantaba la reposera, me
sacaba el calzado y la ropa
y me sentaba a leer acariciándome
el agua las piernas sumergidas.


La soledad era tal que súbita, súbitamente
tras la sombra de un arbusto se podía
oír cómo sentado ahí cerca sulfuraba el Diablo.
¿O era Ortiz? No pocas veces
la gente de acá se lo ha cruzado, ellos dicen
no se da cuenta cuando lo miran y tiene
los ojos como olvidados, crepitándoles
resignadamente a la belleza. Me entumecía


de tal modo que en la otra orilla
era como si se dibujase, con los peligros
que bordea sin sucumbir la figura
larga y convexa del viejo entrerriano maligno.
La pena terca casi sonreía a la fábula,
amansando el cuerpo pero no el alma.
A eso de las doce me vestía y con
el terror envuelto en la remera
armaba el asiento, vaciado, y ya pegaba.
la vuelta –¿o era Ortiz?– torciendo los palos
y los pájaros que se aparecían con los ojos como olvidados.


una ballena dinamitada en
punta mogotes


mi primo apoya su cabeza en el hombro
de su novio desde esta silla
balconera el paisaje es más bien seco
el portón del lado
de adentro restalla el pedazo
azul grisáceo las inexactas nubes de
la tarde su ventana lo mira
a los ojos y lo besa con lengua


mi primo descansa su mano en el vientre
de su novio sobre las baldosas
del patio el agua
arrastra la mugre y empuja las almas
pobres los diminutos desajados
los sonidos desaparecen
en algún punto cercano siente su
vello luminoso y lo acaricia


mi primo mete su mano abajo del pantalón
de su novio y veo lo obvio
los yuyos se esparcen van creciendo
bajo la forma encorvada de
las luces rebotando
en las claras de las blancas
paredes del zaguán se encuentra
con su pija irguiéndose y lo masturba


mi primo saca la lengua salivada de la boca
de su novio cuando el mar
termina de retroceder en la playa
quedan almejas crustáceos nuestros
y la sal seminada por las
yubartas que más frías cantan detrás
del tornasolado la lleva hasta
donde sus manos acabadas y lo chupa.


“Fósforos quemados” de José Edgardo Díaz

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