Mujercitas, de Louisa May Alcott

Capítulo 1

—Sin regalos, Navidad, no es Navidad —suspiró Jo.

—¡Es triste ser pobre! —musitó Meg dando una mirada a su viejo vestido.

—Me parece injusto que algunas chicas tengan tantas cosas mientras otras no posean nada —agregó la pequeña Amy.

—Tendremos a nuestros padres —añadió Beth con satisfacción.

Los rostros de las cuatro jóvenes se iluminaron al escuchar las alegres palabras; pero luego se nublaron cuando Jo exclamó con tristeza:,

—No está papá y no lo tendremos por mucho tiempo.

No añadió “quizás nunca”, pero cada una pensó en el padre lejos de casa, allá donde se luchaba.

Hubo un silencio, luego Meg dijo:

—Mamá propuso que no hiciéramos regalos; dice que mientras los hombres padecen en la guerra no podemos dilapidar el dinero en cosas superfluas. Con esto no lograremos ayudar mucho, pero alegremente hagamos pequeños sacrificios. No obstante, temo que yo no los pueda hacer —y Meg movió la cabeza, pensando con arrepentimiento en todo lo que anhelaba.

—Pienso que el dólar que tiene cada una para gastar no ayudaría mucho al ejército. Me conformo con comprar un par de buenos libros para mí; aunque de mamá y ustedes no reciba nada —dijo Jo, que le gustaba mucho la lectura.

—He decidido gastar mi dólar en música —agregó Beth suspirando.

—Compraré una caja de pinturas, las necesito —añadió Amy.

—Lo mejor es que cada una compre lo que anhelaba para eso hemos trabajado como negras —expresó Jo observando los tacos de sus botas.

—Yo lo hago enseñando casi todo el día a esos terribles niños, en lugar de divertirme en casa —exclamó Meg en tono apesadumbrado.

—No es ni la mitad de mi trabajo —dijo Jo. ¿Te gustaría estar encerrada durante horas con una anciana caprichosa, que nunca está conforme con lo que realizas, te fastidia todo el día y te dan unos deseos locos de abofetearla o saltar por la ventana?

—Lo más desagradable es lavar platos y arreglar la casa. Este trabajo me pone las manos ásperas que me impide tocar el plano —y Beth las observa dando un suspiro.

—Ninguna sufre como yo, no van al colegio, donde las compañeras se burlan de mis ropas, porque no tenéis bonita nariz o hablan del padre porque no es rico —dijo Amy.

—Jo, ¿Te gustaría que pudiéramos disfrutar del dinero que tenía papá cuando éramos pequeñas? —exclamó Meg, que aún recordaba la época cuando la familia vivía con holgura.

—Pienso —dijo Jo—, que somos felices, pues al trabajar nos divertimos y formamos una “pandilla” muy alegre.

—¡Jo, utiliza un lenguaje tan chocante! —agregó Amy, dando una mirada despectiva.

Jo se levantó de un salto, metió las manos en los bolsillos y comenzó a silbar.

—Aborrezco a las chicas con ademanes ordinarios.

—Y yo detesto a las chicas relamidas.

—Las dos merecen crítica —expresó Meg corrigiendo a sus hermanas menores—. Jo, ya estás en edad de dejar los trucos de chicos y comportarte como señorita.

—¡Odio pensar que he de ser la señorita March, que deberé ponerme vestidos largos y más primorosa. Todavía no me acostumbro a la desgracia de no ser muchacho, y menos cuando me muero de deseos de pelear junto a papá y debo quedarme en casa tejiendo calcetas.

—Lo lamento, tendrás que consolarte dando a tu nombre forma masculina y jugar a que eres hermano nuestro —exclamó Beth acariciándole la cabeza.

—En cuanto a ti, Amy, eres muy relamida, en tus modales hay algo cómico, serás una persona muy tonta si no te cuidas. Me agradan tus maneras cuando no tratas de ser elegante, pero tus vocablos extraños son tan malos como la jerga de Jo —exclamó Meg.

—¿Qué soy yo, se puede saber? —preguntó Beth.

—Tú eres una niña querida —respondió cariñosamente Meg, porque el “ratoncito” era la preferida.

Las cuatro hermanas, en un atardecer de diciembre, se sentaron a tejer cerca del fuego, mientras en el exterior caía la nieve. El cuarto tenía unos muebles sencillos, una alfombra desteñida, unos cuadros  en las paredes, libros en los estantes, crisantemos y rosas en las ventanas, y en la casa se respiraba un aire de tranquilidad.

Meg tenía dieciséis años, era rubia, regordeta, ojos grandes, pelo castaño claro, manos blancas, las que eran su orgullo. Jo, muy alta, esbelta, morena, quince años, ojos grises, nariz respingada. Su cabello largo y hermoso lo llevaba recogido. Vestía con abandono y tenía la dureza de una muchacha que a pesar suyo se convertía en mujer.

Elizabeth o Beth, tenía trece años, pelo liso, ojos claros, con ademanes tímidos. Su padre le decía “pequeña tranquilidad”, pues tenía una expresión llena de paz y casi nunca se equivocaba.

Amy era la más joven. Tenía los ojos azules, pelo rubio, tez muy blanca, pálida, delicada y cuidaba mucho de sus ademanes.

El reloj marcó las seis. Entra la madre y todas se esforzaron para hacerle un buen recibimiento.

—Estas zapatillas están gastadas: mamá debe tener otras —dijo Jo.

—Yo había pensado comprárselas —exclamó Beth.

—¡Yo lo haré! —gritó Amy.

Meg comenzó a hablar, pero Jo la detuvo con fuerza.

—Ahora que papá no está, soy el hombre de la familia, yo compraré las zapatillas, porque papá me dijo que las cuidara mientras él no estuviese.

—¿Saben lo que podemos hacer? —dijo Beth—. Cada una le compra un regalo.

—¿Qué compraremos? —expresó Jo.

—Le regalaré guantes —dijo Meg.

—Las mejores zapatillas del ejército —exclamó Jo.

—Unos pañuelitos —manifestó Beth.

—Un frasco de colonia, es barata y me quedará dinero para comprar algo para mí —agregó Amy.

—¿Cómo le daremos los regalos? —preguntó Meg.

—Colocaremos los regalos en la mesa, como lo hacíamos para los cumpleaños —contestó Jo.

—Tenemos mucho que hacer para la obra que representaremos en Navidad —continuó Jo.

—No pienso actuar de nuevo, estoy grande para estas cosas —exclamó Meg.

—Tenemos que ensayar esta tarde. Ven, Amy, repite la escena del desmayo, porque te pones rígida al hacerlo.

—Si no puedo hacerlo bien, caeré con gracia en una silla aunque Hugo se acerque a mí con una pistola —dijo Amy, a quien habían seleccionado porque era pequeña y el protagonista podía tomarla en brazos.

—Aprieta las manos, camina tambaleándote por el cuarto y grita “¡Rodrigo!, ¡Sálvame! ¡Sálvame!” —y Jo lanza un chillido realmente dramático.

Amy quiso imitarla, pero sus movimientos eran automáticos más que de angustia y terror.

Todo se efectuó sin problemas, porque don Pedro hizo un parlamento sin interrupción. La bruja Hagar se inclinó en el caldero. Rodrigo como un valiente rompió sus cadenas, y Hugo murió arrojando exclamaciones inconexas.

—¡No entiendo cómo puedes dramatizar cosas tan bellas, Jo. Realmente eres un Shakespeare! —exclamó Beth.

—No lo soy, pero me encantaría representar “Macbeth”. Siempre he anhelado un rol donde tenga que matar a alguien. ¿Es un puñal lo que veo? —exclamó Jo girando sus ojos con gestos de tomar algo en el aire.

—No, son las zapatillas de mamá encima de las parrillas.

El ensayo terminó con una carcajada.

—Me alegro, hijas, que estén tan entretenidas —dijo una voz animada y todas se dieron vuelta para recibirla.

—¿Cómo lo han pasado? ¿Ha venido alguien? ¿Cómo está tú resfrío, Beth? Ven y dame un beso, Jo.

La señora March se colocaba las zapatillas calientes mientras interrogaba a sus hijas. Cada una trataba de colocar, a su manera, las cosas en orden.

—Tengo una gran sorpresa después de la cena —dijo sonriéndose la señora March.

—¡Carta! ¡Carta!

—Sí, una extensa carta de papá. Cree que soportará el frió mejor de lo que pensábamos, envía un mensaje especial para sus hijas, exclamó la madre.

—Me habría gustado ir de cantinero o de enfermera, para estar cerca de papá —expresó Jo suspirando.

—Debe ser muy molesto vivir en tienda de campaña o comer cosas con mal gusto —musitó Amy.

—Escuchad lo que dice la carta.

Las muchachas se acercaron al fuego, y se ubicaron de tal forma que ninguna pudiera ver algún signo de emoción.

Las cartas de esa época eran muy conmovedoras. En ésta se hablaba poco de los peligros, la nostalgia o las molestias sufridas. Era alegre, descubría la vida de los soldados, las marchas; sólo al concluir el autor dejó nacer el amor y su anhelo de padre de ver a las chicas.

“Mi amor y un beso a cada una. Diles que ruego por ellas y en su cariño encuentro el mejor consuelo. Un año para verlas parece interminable, pero podemos trabajar de modo que estos días tan duros no se derrochen. Estoy seguro que recordarán todo lo que les dije, que cuando regrese podré presumir más que nunca de mis mujercitas”.

Al llegar a esta parte se conmovieron.

—¡Soy egoísta! Trataré ser mejor para no defraudarlo —dijo Amy sollozando.

—¡Lo intentaremos todas! —expresó Meg—. Me preocupo mucho de mi apariencia y odio trabajar, pero lo trataré.

—Intentaré no ser alborotada sino una verdadera mujercita y cumpliré con mis obligaciones —exclamó Jo.

La señora March con voz alegre dijo:

—¿Recuerdan cómo representaban “El Peregrino”? Les encantaba que les colocara hatillos a la espalda para representar la carga, les hiciera sombreros, bastones y rollos; y les permitiera viajar por la casa donde encontrarían cosas bonitas para construir una Ciudad Celestial.

—¡Qué entretenido era cuando peleábamos con Apolo! —exclamó Jo.

—A mi me agradaban cuando caían las cargas —dijo Meg.

—Mi parte predilecta era cuando alegremente cantábamos en la azotea —murmuró sonriéndose Beth.

—No recuerdo mucho, sólo que me daba susto la entrada oscura de la bodega. Me gustaría representarlo de nuevo, pero pienso que estoy mayor para estas niñerías —exclamó Amy.

—No somos muy mayores para eso, hija, porque de una u otra forma siempre estamos jugando. Nuestras cargas están delante de nosotros y a través de ellas podemos encontrar la paz que es la verdadera Ciudad Celestial. En este instante, peregrinas mías, comenzaremos de nuevo, no como entretención, sino en serio y cada una, antes que regrese vuestro padre, verá hasta dónde puede llegar.

—Hagamos esto —exclamó Meg, pensativa—. Es una historia que puede ayudarnos para ser mejores.

—¿Qué haremos? —Interrogó Jo.

—En la mañana de Navidad, buscad debajo de la almohada; ahí estará vuestro guía —contestó la madre.

Analizaron el proyecto, luego se dispusieron a coser sábanas para la tía March. Antes de acostarse cantaron en forma habitual. Beth era la única que podía sacar notas del viejo piano.

Meg y su madre dirigían el coro. Desde que sabían hablar habían cantado: “Centellead, Centellead, estrellitas”, y era una tradición de familia, porque la voz de la señora March era lo primero que se oía en la mañana y en la noche era el último sonido que se escuchaba.


“Fósforos quemados” de José Edgardo Díaz

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