Los chicos del maíz, cuento de Stephen King

Burt elevó demasiado el volumen de la radio y no volvió a bajarlo porque estaban al borde de otra discusión y no quería que eso ocurriera. Se resistía desesperadamente a que ocurriera.

Vicky dijo algo.

—¿Cómo? —grito él.

—¡Baja el volumen! ¿Quieres romperme los tímpanos?

Mordió con fuerza lo que podría haber brotado de sus labios y bajó el volumen.

Vicky se abanicaba con el pañuelo de cabeza a pesar de que el «Thunderbird» tenía aire acondicionado.

—¿Dónde estamos, al fin y al cabo?

—En Nebraska.

Ella le clavó una mirada fría y neutral.

—Sí. Burt. Sé que estamos en Nebraska, Burt. ¿Pero dónde demonios estamos?

—Tú tienes el mapa de carreteras. Míralo. ¿O acaso no sabes leer?

—Muy ingenioso. Para esto abandonamos la autopista. Para poder contemplar quinientos kilómetros de plantaciones de maíz. Y para poder disfrutar de la chispa y la sabiduría de Burt Robeson.

Él apretaba el volante con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos. Resolvió que lo apretaba así porque si aflojaba la presión, caray, era posible que una de esas manos saliera disparada y se estrellara contra los morros de la ex Reina de la Promoción. «Estamos salvando nuestro matrimonio —pensó—. Sí. Empleamos el mismo método que nuestros soldados utilizaban para salvar aldeas durante la guerra».

—Vicky —dijo cautelosamente—. Desde que salimos de Boston he conducido más de dos mil kilómetros por autopistas. Durante todo ese trayecto tú te has negado a conducir. Después…

—¡Yo no me he negado! —exclamó Vicky vehementemente—. Sólo ocurre que me atacan las jaquecas cuando conduzco durante demasiado tiempo…

—Entonces, cuando te pedí que me orientaras por algunas de las carreteras comarcales tú dijiste claro que sí, Burt. Ésas fueron textualmente tus palabras. Claro que sí, Burt. Entonces…

—A veces me pregunto cómo llegué a casarme contigo.

—Lo que hiciste fue pronunciar dos palabritas.

Ella lo miró un momento, con los labios exangües, y después cogió el mapa de carreteras y pasó las páginas con gesto iracundo.

«Había sido un error dejar la autopista», pensó Burt morosamente. Y además era una lástima, porque hasta entonces se habían entendido bastante bien, y se habían tratado el uno al otro casi como seres humanos. A veces había tenido la impresión de que ese viaje a la costa, emprendido con el pretexto de visitar al hermano y el cuñado de Vicky, pero que en verdad era una tentativa desesperada de salvar su propio matrimonio, iba a culminar con éxito.

Pero desde el momento en que abandonaron la autopista todo había vuelto a empeorar. ¿Hasta qué punto? Bien, en verdad, hasta un punto límite.

—Dejamos la autopista en Hamburg, ¿no es cierto?

—Sí.

—No hay ninguna otra población hasta Gatlin —anunció ella—. Faltan treinta kilómetros. Un pueblo atravesado sobre la carretera. ¿Crees que podremos detenernos allí para comer algo? ¿O tu soberano programa estipula que hemos de seguir viajando hasta las dos, como ayer?

Apartó los ojos de la carretera para mirarla.

—Estoy harto, Vicky. Por lo que a mí concierne, podemos dar media vuelta aquí y volver a casa e ir a entrevistarnos con ese abogado con el que querías hablar. Porque esto ya no funciona…

Ella había vuelto a mirar hacia delante, impasiblemente. De pronto apareció en su rostro una expresión de sorpresa y de miedo.

Cuidado, Burt, vas a

Él dirigió nuevamente su atención hacia la carretera justo a tiempo para ver que algo desaparecía debajo del parachoques del «Thunderbird». Un instante después, cuando sólo estaba empezando a pasar la presión del acelerador al freno, sintió que algo se aplastaba tétricamente, primero bajo las ruedas delanteras y después bajo las traseras. Fueron despedidos hacia delante cuando el automóvil frenó sobre la línea de separación central, pasando de setenta y cinco a cero kilómetros por hora a lo largo de las huellas negras de los neumáticos.

—Un perro —exclamó él—. Dime que ha sido un perro.

Las facciones de ella estaban pálidas, del color del requesón.

—Un niño. Un crío pequeño. Salió corriendo del maizal y… te felicito, campeón.

Vicky abrió dificultosamente la portezuela, se encorvó hacia fuera y vomitó.

Burt estaba muy erguido detrás del volante del «T-Bird», sujetándolo sin fuerza. Durante un largo rato sólo tuvo conciencia del olor exuberante del abono.

Entonces descubrió que Vicky había desaparecido y cuando miró por el espejo exterior vio que se acercaba tambaleándose torpemente hacia un bulto que parecía un montón de harapos. Por lo general, era una mujer garbosa, pero ahora su apostura se había esfumado.

Es un caso de homicidio. Así es como lo llaman. Aparté los ojos de la carretera.

Cortó el contacto y se apeó. El viento susurraba suavemente entre el maíz que había alcanzado la estatura de un hombre y seguía creciendo, y al susurrar producía un soplo extraño, como el de una respiración. Ahora Vicky estaba junto al bulto de harapos, y él la oyó sollozar.

Se hallaba a mitad de trayecto entre el coche y el lugar donde se hallaba Vicky, cuando vislumbró algo a la izquierda, un manchón llamativo de color rojo, muy brillante, en medio del verde.

Se detuvo y miró fijamente hacia el maizal. Pensó (cualquier cosa con tal de desentenderse de esos harapos que no eran harapos) que ésa debía de haber sido una excelente temporada de cultivo para el maíz. Crecía muy apretado, casi a punto de dar fruto. Si uno se internaba entre esas pulcras hileras umbrías, podría pasar todo un día buscando nuevamente la salida. Pero ahí mismo se quebraba la pulcritud. Varios tallos altos estaban rotos y ladeados. ¿Y qué era eso que se ocultaba en el fondo de las sombras?

—¡Burt! —le gritó Vicky—. ¿No quieres venir a mirar? ¡Así puedes contarles a tus compañeros de póquer lo que cazaste en Nebraska! No… —Pero el resto de la frase se ahogó entre nuevos sollozos. Su sombra formaba un charco nítido alrededor de sus pies. Era casi mediodía.

La sombra se cerró sobre él cuando entró en el maizal. La pintura roja para paredes de granero era sangre. Se oía un zumbido bajo, somnoliento, a medida que las moscas se posaban, saboreaban, y volvían a remontarse bordoneando…, quizá para ir a alertar a sus compañeras. Más adentro, las hojas también estaban salpicadas de sangre. Seguramente no podía haber saltado tan lejos. Y entonces vio a sus pies el objeto que había divisado desde la carretera. Lo alzó.

Allí era donde se truncaba el orden de las hileras. Varios tallos se ladeaban como si estuvieran borrachos, y dos de ellos estaban netamente cercenados. La tierra había sido hendida. Había sangre. El maíz susurraba. Con un ligero estremecimiento, volvió a la carretera.

Vicky era presa de un ataque de histeria y le gritaba palabras ininteligibles, llorando, riendo. ¿A quién se le habría ocurrido pensar que el final sería tan melodramático? La miró y comprendió que él no tenía una crisis de identidad ni pasaba por una etapa difícil de transición. No se trataba de ninguna de esas contingencias que estaban tan de moda. La aborrecía. Le pegó una fuerte bofetada.

Ella se calló bruscamente y apoyó una mano sobre la marca cada vez más roja de sus dedos.

—Irás a la cárcel, Burt —dictaminó solemnemente.

—No lo creo —respondió él, y depositó a sus pies la maleta que había encontrado en el maizal.

—¿Qué…?

—No lo sé. Supongo que era de él. —Señaló el cuerpo despatarrado que yacía boca abajo sobre la carretera. A juzgar por su aspecto no tenía más de trece años.

La maleta era vieja. El cuero marrón estaba maltratado y desgastado. Dos trozos de cuerda para tender la ropa habían sido enroscados alrededor de ella y asegurados con grandes y grotescos nudos marineros. Vicky se inclinó para desatarlos, vio la sangre apelmazada y retrocedió.

Burt se arrodilló y volteó cuidadosamente el cuerpo.

—No quiero mirar —dijo Vicky, mirando a su pesar con expresión impotente. Y cuando el rostro de desorbitados ojos ciegos se torció hacia ellos, Vicky volvió a chillar. La cara del chico estaba sucia, convulsionada por una mueca de terror. Lo habían degollado.

Burt se levantó y rodeó a Vicky con los brazos cuando ella empezó a oscilar.

—No te desmayes —murmuró quedamente—. ¿Me oyes, Vicky? No te desmayes.

Lo repitió una y otra vez y por fin ella se recuperó un poco y lo abrazó con fuerza. Parecían estar bailando en la carretera bañada por el sol de mediodía, con el cadáver del niño a sus pies.

—¿Vicky?

—¿Qué? —Su voz estaba sofocada por la camisa de Burt.

—Vuelve al coche y métete las llaves en el bolsillo. Quita la manta del asiento posterior y coge mi escopeta. Tráelas aquí.

—¡La escopeta!

—Alguien lo degolló. Quizá nos está vigilando.

Ella alzó violentamente la cabeza y sus ojos desencajados escudriñaron el maizal. Éste se extendía hasta donde alcanzaba la vista, ondulando a lo largo de pequeñas depresiones y protuberancias del terreno.

—Sospecho que se ha ido. Pero no debemos arriesgamos. Vete y haz lo que te digo.

Vicky caminó en silencio hasta el coche, seguida por su sombra, una mascota oscura que no se separaba de ella a esa hora del día. Cuando Vicky se inclinó sobre el asiento posterior, Burt se acuclilló junto al cadáver. Un varón de tez blanca, sin marcas distintivas. Arrollado, sí, pero el «T-Bird» no le había cercenado el cuello. El tajo era mellado e ineficiente —ningún sargento del Ejército le había enseñado al homicida los detalles más sutiles de la lucha cuerpo a cuerpo— pero el efecto había sido letal. Había corrido o lo habían empujado a través de los diez metros del maizal, muerto o mortalmente herido. Y Burt Robeson lo había embestido. Si el muchacho estaba vivo cuando le había atropellado el coche, el accidente le había restado, a lo sumo, treinta segundos de vida.

Respingó cuando Vicky le dio un golpecito en el hombro.

Ella tenía doblada sobre el brazo izquierdo la manta militar marrón, y sostenía con la mano derecha la escopeta enfundada. Miraba en otra dirección. Burt cogió la manta y la desplegó sobre la carretera. Hizo rodar el cuerpo hasta depositarlo sobre el rectángulo de tela. Vicky emitió un gemido de desesperación.

—¿Estás bien? —La observó—. ¿Vicky?

—Estoy bien —asintió con voz estrangulada. Burt plegó los bordes de la manta sobre el cadáver y lo alzó, aborreciendo su peso muerto. El cuerpo intentó doblarse en U entre sus brazos y resbalar al suelo. Burt lo apretó con más fuerza y se encaminaron hacia el «Thunderbird».

—Abre el baúl —gruñó él.

El baúl estaba lleno de artículos de viaje: maletas y recuerdos. Vicky transportó casi todo al asiento posterior y Burt deslizó el cuerpo en el espacio desalojado y cerró enérgicamente. Dejó escapar un suspiro de alivio.

Vicky lo esperaba junto a la portezuela del lado del conductor, sin soltar el arma enfundada.

—Colócala atrás y sube.

Consultó el reloj y comprobó que sólo habían transcurrido quince minutos. Hubiera dicho que habían pasado varias horas.

—¿Y la maleta? —preguntó ella. Burt trotó por la carretera hasta donde la maleta descansaba sobre la línea blanca de separación de la calzada, como el punto focal de un cuadro impresionista. La levantó por el asa destartalada y se detuvo un momento. Tenía la acuciante sensación de que los estaban vigilando. Era una sensación de la que se hablaba en los libros, sobre todo en las novelas baratas, y siempre había puesto en duda su existencia. Ahora no. Era como si en el maizal hubiera gente, quizá muchas personas, que se preguntaban fríamente si la mujer podría sacar el arma de la funda y utilizarla antes de que pudieran cogerlo a él, arrastrarlo hasta las hileras sombrías, degollarlo…

Corrió de vuelta, con el corazón palpitante, arrancó las llaves de la cerradura del maletero, y se montó en el coche.

Vicky estaba llorando nuevamente. Burt arrancó, y antes de que hubiera pasado un minuto ya no pudo localizar en el espejo retrovisor el tramo donde había sucedido.

—¿Cómo dijiste que se llamaba la próxima ciudad? —preguntó.

—Oh. —Ella volvió a inclinarse sobre el mapa de carreteras—. Gatlin. Llegaremos dentro de diez minutos.

—¿Parece suficientemente grande para tener un destacamento de Policía?

—No. Es sólo un punto.

—Quizás hay un gendarme.

Viajaron un rato en silencio. Pasaron frente a un silo que se levantaba a la izquierda. Nada más que maíz. No se cruzaron con ningún vehículo que fuera en dirección contraria. Ni siquiera con el camión de una granja.

—¿Nos cruzamos con algo desde que salimos de la autopista, Vicky? —preguntó él. Vicky reflexionó un momento.

—Con un coche y un tractor. En la intersección.

—No, digo desde que entramos en esta carretera. La carretera 17.

—No, creo que no.

Probablemente antes éste habría sido el prefacio de algún comentario cáustico. Ahora Vicky se limitó a mirar, por su mitad del parabrisas, la carretera que se desplegaba ante ellos y la interminable línea de separación de los dos carriles.

—Vicky, ¿puedes abrir la maleta?

—¿Crees que eso importa?

—No lo sé. Quizá sí.

Mientras ella aflojaba los nudos (con un talante especial, inexpresivo pero de labios apretados, tal como el que Burt recordaba que tenía su madre cuando vaciaba las vísceras del pollo de los domingos), él encendió la radio.

La emisora de música pop que habían estado escuchando quedó casi eclipsada por la estática y Burt hizo correr lentamente la aguja roja a lo largo de la banda. Informaciones agrícolas. Buck Owens. Tammy Wynette. Todo lejano, deformado y casi reducido a jerigonza. Hasta que, cerca del final, el altavoz rugió una sola palabra, tan potente y clara como si los labios que la habían pronunciado se hallaran directamente detrás de la radio, en el tablero de instrumentos.

—¡EXPIACIÓN! —bramó la voz. Burt lanzó un gruñido de sorpresa. Vicky respingó.

—¡SÓLO NOS SALVARÁ LA SANGRE DEL CORDERO! —tronó la voz, y Burt bajó apresuradamente el volumen. Sin duda la emisora se hallaba cerca. Tan cerca que… sí, ahí estaba. Un trípode aracnoideo rojo, asomando del maizal en el horizonte y recortándose contra el cielo azul. La torre de la radio.

—La palabra es expiación, hermanos y hermanas —proclamó la voz, con un tono más coloquial. En el fondo, fuera del alcance del micrófono, otras voces murmuraron amén—. Están aquellos que piensan que es honesto internarse en el mundo, como si pudieras trabajar en él y marchar por él sin que te contamine. ¿Pero es esto lo que nos enseña el verbo divino?

Lejos del micrófono, pero siempre con fuerza.

—¡No!

—¡JESÚS BENDITO! —vociferó el predicador, y ahora sus palabras adquirieron una poderosa cadencia acompasada, casi tan compulsiva como la de un ritmo frenético de rock-and-roll—. ¿Cuándo aprenderán que ese camino conduce a la muerte? ¿Cuándo se convencerán de que el salario de este mundo se paga en el otro? ¿Eh? ¿Eh? El Señor ha dicho que hay muchas moradas en Su casa. Pero no hay lugar para el fornicador. No hay lugar para el codicioso. No hay lugar para el profanador del maíz. No hay lugar para el homosexual. No hay lugar…

Vicky apagó la radio.

—Esos desvaríos me enferman.

—¿Qué dijo? —le preguntó Burt—. ¿Qué dijo del maíz?

—No lo oí. —Vicky estaba tirando del nudo de la segunda cuerda para tender ropa.

—Dijo algo acerca del maíz. Lo sé.

—¡Ya está! —exclamó Vicky, y la maleta se abrió sobre su regazo.

Pasaban frente a un cartel que decía:

GATLIN 7 KM.

CONDUZCA CON CUIDADO

PROTEJA A NUESTROS NIÑOS

El cartel había sido colocado por el Rotary. Estaba agujereado por proyectiles calibre 22.

—Calcetines —dijo Vicky—. Dos pantalones… una camisa… un cinturón… una corbata con un… —se interrumpió, mostrándole el sujetador de corbata de metal descascarado—. ¿Quién es éste?

Burt lo miró de reojo.

—Supongo que Hopalong Cassidy.

—Oh —murmuró ella. Volvió a guardar el chisme. Estaba llorando nuevamente. Al cabo de un momento, Burt dijo:

—¿Hubo algo que te llamó la atención en ese sermón radiofónico?

—No. Con las filípicas de esa naturaleza que escuché cuando era niña ya tengo suficiente hasta el fin de mis días. Ya te he hablado de eso.

—¿No te pareció que parecía una persona muy joven? Me refiero al predicador. Vicky lanzó una risita desprovista de humor.

—Quizás era un adolescente. ¿Y qué? Es lo que más me horroriza en toda esta pantomima. Les gusta pillarlos cuando todavía tienen el cerebro maleable. Saben cómo implantarles toda clase de controles emocionales. Deberías haber estado en algunas de las asambleas religiosas a las que me arrastraron mis padres…, esas mismas donde me «salvaban». Se celebraban en grandes tiendas. Deja que recuerde. Una de las estrellas era Baby Hortense, la Maravilla Cantora. Tenía ocho años. Aparecía en escena y cantaba Leaning on the Everlastíng Anns mientras su padre pasaba el cepillo, diciéndoles a todos que fueran generosos, «para no decepcionar a esta criatura». Otra estrella era Norman Staunton. Éste prometía el fuego y el azufre del infierno vestido con su trajecito de pantalones cortos. Tenía apenas siete años.

Vicky hizo un ademán de asentimiento al ver que él la miraba con expresión incrédula.

—Y tampoco eran los únicos. Había muchos otros. Eran buenos señuelos. —Pronunció esta última palabra como si la hubiera escupido—. Ruby Stampnell. Era una curadora por la fe, de diez años de edad. Las hermanas Grace. Salían a escena con unos pequeños halos de papel de aluminio sobre las cabezas y… ¡oh!

—¿Qué sucede?

Él se volvió bruscamente para mirar a Vicky y lo que sostenía en la mano. Vicky contemplaba absorta el objeto. Sus manos lo habían palpado, al hurgar el fondo de la maleta, y lo habían extraído mientras hablaba. Burt detuvo el coche para inspeccionarlo mejor. Ella se lo entregó en silencio.

Era un crucifijo confeccionado con vainas de maíz retorcidas, en otra época verdes y ahora secas. Una mazorca de maíz enano estaba atada a ellas con barbas de maíz entretejidas. La mayoría de los granos habían sido cuidadosamente extirpados, probablemente de uno en uno, con un cortaplumas. Los granos restantes formaban una tosca figura cruciforme en un altorrelieve amarillento. Ojos de granos de maíz, con sendos cortes transversales que sugerían las pupilas. Brazos estirados de granos de maíz, las piernas juntas, terminando en un grosero simulacro de pies desnudos. Arriba, cuatro letras también talladas en el zuro blanco como un hueso: I. N. R. I.

—Es una fantástica obra de artesanía —comentó él.

—Es abominable —respondió Vicky, con voz apagada y tensa—. Tíralo.

—Vicky, es posible que la Policía quiera verlo.

—¿Por qué?

—Bien, no sé por qué. Quizá…

—Tíralo. ¿Quieres tener la gentileza de hacerme ese favor? No lo soporto en el coche.

—Lo dejaré atrás. Y apenas hayamos hablado con la Policía, nos libraremos de él, de una manera u otra. Te lo prometo. ¿De acuerdo?

—¡Oh, haz lo que se te antoje! —le gritó Vicky—. ¡Al fin y al cabo eso es lo que harás, de todas maneras!

Ofuscado, él arrojó el crucifijo al asiento trasero, donde aterrizó sobre una pila de ropa. Los ojos de granos de maíz miraban extáticamente la luz del techo del «Thunderbird». Él volvió a arrancar, y los neumáticos despidieron una andanada de grava.

—Entregaremos a la Policía el cadáver y todo lo que había en la maleta —prometió Burt—. Después nos desentenderemos de este asunto.

Vicky no contestó. Se miraba las manos.

Un kilómetro y medio más adelante, a los interminables maizales los sustituyeron una serie de granjas y cobertizos junto a la carretera. En un solar vieron unas gallinas sucias que picoteaban distraídamente la tierra. Sobre los techos de los graneros se veían desteñidos anuncios de gaseosas y de tabaco para mascar. Pasaron frente a un alto cartel que decía: SÓLO JESÚS SALVA. También pasaron frente a una cafetería con unos surtidores de gasolina «Conoco», pero Burt resolvió entrar en el centro de la ciudad, si la había. En caso contrario, podrían volver a la cafetería. Sólo después de dejarla atrás se le ocurrió pensar que el aparcamiento estaba vacío, exceptuando una vieja camioneta mugrienta que parecía descansar sobre dos neumáticos pinchados.

De pronto Vicky se echó a reír, con una risa aguda y sofocada que a Burt le pareció peligrosamente próxima a la histeria.

—¿Qué es lo que te parece tan gracioso?

—Los carteles —respondió ella, resollando e hipando—. ¿No los has leído? Verdaderamente, no bromeaban cuando designaron a esta zona con el nombre de Cinturón Bíblico. Cielos, ahí hay más. —Tuvo un nuevo estallido de risa histérica, y se cubrió la boca con ambas manos.

Cada cartel ostentaba una sola palabra. Descansaban sobre estacas blanqueadas que habían sido implantadas en la banquina arenosa. De eso hacía mucho tiempo, a juzgar por su aspecto. Se acercaban a trechos de veinte o treinta metros y Burt leyó:

UNA… NUBE… DE… DÍA… UNA… COLUMNA… DE… FUEGO… POR… LA… NOCHE.

—Sólo se olvidaron un detalle —dijo Vicky, sin poder contener su risita.

—¿Cuál? —preguntó Burt, frunciendo el ceño.

—La loción Burma. —Vicky apretó los nudillos contra la boca abierta para ahogar la risa, pero los sonidos semihistéricos siguieron fluyendo como burbujas de ginger-ale efervescente.

—¿Te sientes bien, Vicky?

—Se me pasará. Apenas estemos a mil quinientos kilómetros de aquí, en la soleada y pecaminosa California, separados de Nebraska por las Montañas Rocosas.

Apareció otra serie de carteles y los leyeron en silencio.

TOMA… ESTO… Y… CÓMELO… DICE… EL… SEÑOR.

«¿Por qué he de asociar inmediatamente ese pronombre indefinido con el maíz?», pensó Burt. ¿No es lo que dicen cuando te dan la comunión? Hacía tanto tiempo que no iba a la iglesia que en verdad no lo recordaba. No le sorprendería que en ese lugar usaran pan de maíz a manera de hostias consagradas. Abrió la boca para comentarlo con Vicky, pero después lo pensó mejor.

Llegaron a la cresta de una ligera pendiente y Gatlin apareció a sus pies, con sus tres manzanas de casas, semejante al decorado de una película sobre la época de la depresión.

—Debe de haber un gendarme —dijo Burt, y se preguntó por qué la aparición de ese pueblo campesino que dormitaba al sol le había obturado la garganta con un mazacote de miedo.

Dejaron atrás un cartel que advertía la prohibición de transitar a más de cuarenta y cinco kilómetros por hora, y otro letrero, carcomido por la herrumbre, que decía:

ESTÁ ENTRANDO EN GATLIN

EL PUEBLO MAS BELLO DE NEBRASKA…

¡Y DEL MUNDO!

POBLACIÓN: 5431 HABITANTES.

A ambos lados de la carretera se levantaban unos olmos polvorientos, secos en su mayor parte. Pasaron frente al aserradero Gatlin y frente a una gasolinera donde los carteles de los precios se mecían lentamente a merced de la tibia brisa del mediodía: NORMAL 35,9 SUPER 38,9 y otro que decía: GASÓLEO PARA CAMIONES AL FONDO.

Cruzaron Elm Street, y después Birch Street, y divisaron la plaza del pueblo. Las casas que flanqueaban las calles eran de madera común, y tenían galenas protegidas por mamparas. Angulosas y funcionales. El césped era amarillo y apático. Delante de ellos un perro mestizo se adelantó lentamente hasta la mitad de Maple Street, los miró un momento, y después se tumbó sobre la calzada con el hocico entre las patas.

—Detente —ordenó Vicky—. Detente aquí mismo.

Burt aparcó obedientemente junto a la acera.

—Da la vuelta. Vámonos a Grand Island. No está muy lejos, ¿verdad? Salgamos de aquí.

—¿Qué sucede, Vicky?

—¿Cómo me lo preguntas? —exclamó ella, elevando la voz atiplada—. Este pueblo está vacío, Burt. Aquí no hay nadie, excepto nosotros. ¿No te das cuenta?

Él había intuido algo, y seguía intuyéndolo. Pero…

—Eso es sólo lo que parece —respondió—. Claro que es una ciudad con una sola boca de riego. Probablemente están todos en una fiesta de beneficencia o jugando al bingo.

Aquí no hay nadie. —Repitió las palabras con un énfasis extraño, tenso—. ¿No te has fijado en la gasolinera que dejamos atrás?

—Sí, junto al aserradero.

Burt tenía la cabeza en otra parte, mientras escuchaba el monótono bordoneo de una cigarra que chirriaba en uno de los olmos próximos. Olía el maíz, las rosas polvorientas, y el abono…, por supuesto. Por primera vez estaban fuera de la autopista y en un pueblo. Un pueblo de un Estado que nunca había visitado (aunque lo había sobrevolado de cuando en cuando en los «747» de «United Airlines») y que le producía una sensación desagradable y cautivante a un tiempo. Más adelante encontrarían un drugstore con una fuente de gaseosas, un cine llamado «Bijou» y una escuela llamada John Fitzgerald Kennedy.

—Burt, los carteles indicaban que la gasolina normal costaba 35,9 céntimos y la super 38,9. ¿Cuánto tiempo hace que no se pagan esos precios en este país?

—Por lo menos cuatro años —confesó él—. Pero, Vicky…

—¡Estamos en el centro del pueblo, Burt, y no hay ni un coche! ¡Ni un coche!

—Grand Island está a más de cien kilómetros de aquí. Llamaríamos la atención si lo lleváramos allí.

—No me importa.

—Escucha, iremos hasta el edificio de los tribunales.

¡No!

Eso es, maldita sea, eso es. Ahí está, bien sintetizada, la razón por la cual nuestro matrimonio se va al diablo. No quiero. No señor. Y además, si no me dejas hacer lo que se me antoja aguantaré la respiración hasta ponerme morada.

—Vicky —dijo él.

—Quiero irme de aquí, Burt.

—Escúchame, Vicky.

—Da la vuelta. Vámonos.

—Vicky, ¿quieres callarte un momento?

—Me callaré cuando enderecemos en la dirección contraria. Vámonos.

¡Llevamos un muchacho muerto en el maletero del coche! —vociferó él, y se regocijó al ver cómo respingaba, cómo sus facciones se descomponían. Continuó con voz más baja—: Lo degollaron y lo arrojaron a la carretera y yo lo arrollé. Ahora iré hasta el edificio de los tribunales o lo que tengan aquí, y comunicaré lo que ha sucedido. Si quieres empezar a caminar hacia la autopista, hazlo. Te recogeré en el trayecto. Pero no me pidas que dé la vuelta y enderece hacia Grand Island, que está a más de cien kilómetros de aquí, como si sólo transportáramos un saco de basura y no un cadáver. Ese niño tiene madre, y denunciaré lo ocurrido antes de que quien lo mató se haya ocultado en las montañas.

—Hijo de puta —murmuró ella, llorando—. ¿Qué hago aquí contigo?

—No lo sé —dijo él—. Ya no lo sé. Pero la situación tiene remedio, Vicky.

Burt arrancó y se alejó de la acera. El perro levantó la cabeza al oír el breve chirrido de los neumáticos y después volvió a apoyarla sobre las patas.

Recorrieron la manzana que los separaba de la plaza. En la esquina de Main y Pleasent, la primera se bifurcaba. Había realmente una plaza urbana, una parcela de césped con un pabellón de música en el centro. En el otro extremo, donde Main Street constituía de nuevo una sola calle, se levantaban dos edificios de aspecto oficial. Burt alcanzó a distinguir el letrero de uno de ellos: AYUNTAMIENTO DE GATLIN.

—Ahí es —exclamó. Vicky no contestó. Al llegar al medio de la plaza, Burt volvió a detener el coche. Estaban frente al «Gatlin Bar and Grill».

—¿A dónde vas? —le preguntó Vicky, alarmada, cuando él abrió la portezuela de su lado.

—A preguntar dónde está la gente. En el escaparate hay un cartel que dice «Abierto».

—No quiero quedarme sola.

—Pues entonces ven conmigo. ¿Quién te lo impide?

Vicky también abrió su portezuela y se apeó mientras Burt pasaba frente al coche. Él vio que estaba muy pálida y experimentó un fugaz sentimiento de compasión. De compasión, irremediable.

—¿Lo oyes? —inquirió Vicky, al reunirse con él.

—¿Si oigo qué?

—El silencio. Ni coches, ni gente, ni tractores. Nada.

Y entonces, una manzana más adelante, estallaron unas fuertes y alegres risas infantiles.

—Oigo a los niños —manifestó él—. ¿Tú no?

Ella lo miró, inquieta.

Burt abrió la puerta del restaurante y se introdujo en un calor seco, antiséptico. El piso estaba cubierto de polvo. Las superficies cromadas estaban empañadas. Las paletas de los ventiladores del techo estaban inmóviles. Mesas vacías. Taburetes vacíos. Pero el espejo de detrás de la barra había sido trizado y había algo más… Todos los grifos de la cerveza habían sido rotos. Descansaban sobre la barra como extravagantes ornamentos.

La voz de Vicky sonó burlona y próxima a quebrarse.

—Claro. Pregúntaselo a cualquiera. Disculpe, señor, ¿puede decirme…?

—Oh, cállate. —Pero habló en un tono opaco y débil. Estaban en medio de un rayo de sol polvoriento que entraba por el gran ventanal del restaurante y él volvió a experimentar la sensación de que los vigilaban y pensó en el chico que llevaban en el maletero y en las estridentes risas infantiles. Inexplicablemente se le ocurrió una frase, una frase de connotación legal, y empezó a repetirla místicamente para sus adentros: Algo nunca visto. Algo nunca visto. Algo nunca visto.

Sus ojos recorrieron las tarjetas clavadas con chinchetas detrás de la barra y amarilleadas por el paso del tiempo:

HAMBURGUESA CON QUESO – 35 céntimos

PASTEL DE FRESA Y RUIBARBO – 25 céntimos

HOY ESPECIAL JAMÓN Y SALSA RED EYE CON PURÉ DE PATATAS – 80 céntimos

¿Cuánto tiempo hacía que no veía tales precios?

Vicky encontró la respuesta.

—Mira esto —exclamó con voz chillona. Señalaba un almanaque colgado de la pared—. Supongo que están en la fiesta de beneficencia desde hace doce años. —Lanzó una risita crepitante.

Burt se acercó. La ilustración mostraba a dos niños que nadaban en un estanque mientras un simpático perrito se llevaba sus ropas. Debajo de la ilustración se leía:

GENTILEZA DE CARPINTERÍA Y FERRETERÍA GATLIN.

Usted lo rompe, nosotros lo reparamos.

El mes a la vista era el de agosto de 1964.

—No entiendo, —balbuceó Burt—, pero estoy seguro…

—¡Estás seguro! —aulló Vicky histéricamente—. ¡Seguro que estás seguro! Eso forma parte de tu problema, Burt. ¡Has pasado toda tu vida estando seguro!

Él se volvió hacia la puerta y Vicky lo siguió.

—¿A dónde piensas ir?

—Al Ayuntamiento.

—¿Burt, por qué tienes que ser tan terco? Sabes que aquí pasa algo malo. ¿No puedes admitirlo, sencillamente?

—No soy terco. Sólo quiero librarme de lo que llevo en el maletero.

Pisaron la acera y Burt volvió a sentirse azotado por el silencio del pueblo y por el olor del abono. Quién sabe por qué, nunca pensabas en ese olor cuando untabas el maíz con mantequilla y le echabas sal y le hincabas el diente. Obsequio del sol, de la lluvia, de toda clase de fosfatos de factura humana y de una buena y saludable dosis de estiércol de vaca. Pero ese olor era curiosamente distinto del que él se había acostumbrado a respirar en la zona rural de Nueva York. Podías despotricar cuanto quisieras contra el abono orgánico, pero tenía una cualidad casi fragrante cuando el labriego lo esparcía por los campos. No era uno de los más deliciosos perfumes, claro que no, pero cuando la brisa primaveral de la tarde lo recogía y lo diseminaba sobre la tierra recientemente roturada, se convertía en un olor con asociaciones agradables. Significaba que el invierno había terminado de una vez por todas. Significaba que las puertas de la escuela se cerrarían al cabo de seis semanas y que los críos se zambullirían en el verano. Era un olor que estaba irrevocablemente unido en su sensibilidad a otros aromas que  eran perfumados: el de la hierba forrajera, el del trébol, el del humus fresco, el de la malva, el del cornejo.

«Pero allí debían de emplear otro sistema», pensó. El olor era parecido, pero no el mismo. Tenía un substrato morbosamente dulzón. Casi cadavérico. Él había sido enfermero en Vietnam y estaba muy familiarizado con ese olor.

Vicky estaba callada en el coche, y miraba con una expresión fascinada, que a Burt no le gustó, el crucifijo de maíz que sostenía sobre el regazo.

—Deja eso —ordenó.

—No —contestó ella, sin levantar la vista—. Tú jugarás tus juegos y yo jugaré los míos.

Arrancó y siguió hasta la esquina. Un semáforo apagado colgaba sobre sus cabezas, mecido por la suave brisa. A la izquierda había una pulcra iglesia blanca. El césped estaba recortado. Junto al camino de losas que conducía hasta la puerta crecían flores bien cuidadas. Burt aparcó.

—¿Qué haces?

—Entraré y echaré una mirada —anunció Burt—. Es el único edificio del pueblo donde no parece haberse acumulado el polvo de los últimos diez años. Y mira la vitrina de los sermones.

Vicky miró. Las letras blancas, cuidadosamente insertadas debajo del cristal, anunciaban: EL PODER Y LA GRACIA DEL QUE MARCHA DETRÁS DE LAS HILERAS. La fecha era la del 24 de julio de 1976. Una semana atrás.

—«El que marcha detrás de las hileras» —dijo Burt, apagando el motor—. Uno de los nueve mil nombres de Dios que sólo se emplea en Nebraska, supongo. ¿Vienes?

Ella no sonrió.

—No entraré contigo.

—Excelente. Haz lo que quieras.

—No he pisado una iglesia desde que me fui de casa y no quiero estar en esta iglesia y no quiero estar en esta ciudad, Burt. Me siento aterrorizada. ¿Es que no podemos irnos, sencillamente?

—Sólo tardaré un minuto.

—Tengo mis llaves, Burt. Si no has vuelto dentro de cinco minutos, me iré y te dejaré aquí.

—¡Eh, un momento!

—Eso es lo que esperaré. Un momento. A menos que estés dispuesto a atacarme como un vulgar asaltante para quitarme las llaves. Supongo que podrías hacerlo.

—Pero no crees que lo haga.

—No.

El bolso de ella descansaba sobre el asiento, entre los dos. Él lo cogió. Vicky gritó y manoteó la correa. Burt lo puso fuera de su alcance. Sin molestarse en hurgar, se limitó a dar vuelta al bolso y a volcar todo su contenido. El llavero refulgió en medio de los Kleenex, los cosméticos, las monedas y las viejas listas de compras. Vicky se arrojó sobre las llaves pero él se le adelantó nuevamente y se las metió en el bolsillo.

—No debiste hacer eso —sollozó Vicky—. Devuélvemelas.

—No —contestó Burt, y le sonrió cruel e inexpresivamente—. Ni en sueños.

¡Por favor, Burt! ¡Tengo miedo! —Ella tendió la mano, suplicante.

—Esperarías dos minutos y resolverías que ya habías esperado lo suficiente.

—No podría…

—Y después te irías riéndote y diciendo para tus adentros: «Así Burt aprenderá a no contrariarme cuando deseo algo». ¿No ha sido ése tu lema durante nuestra vida de casados? Así Burt aprenderá a no contrariarme.

Se apeó del coche.

—¡Por favor, Burt! —gritó ella, deslizándose por el asiento—. Escucha… lo sé… saldremos de la ciudad y telefonearemos desde una cabina pública, ¿te parece bien? Tengo montones de monedas. Sólo que… podemos… ¡no me dejes sola, Burt, no me dejes sola aquí!

Él le cortó el grito con un portazo y se recostó un momento contra la carrocería del «T-Bird», apretándose los ojos cerrados con los pulgares. Ella apretaba la ventanilla del lado del conductor y gritaba el nombre de él. Produciría una excelente impresión cuando finalmente encontrara una autoridad para entregarle el cadáver del chico. Oh, sí.

Se volvió y empezó a caminar por el camino de losas que conducía a la puerta de la iglesia. Dos o tres minutos, sólo una mirada en torno, y volvería a salir. Probablemente ni siquiera encontraría la puerta abierta.

Pero cuando la empujó, cedió silenciosamente sobre los goznes bien aceitados («reverentemente aceitados», pensó, y esto le pareció gracioso sin ningún motivo concreto) y entró en un vestíbulo tan fresco que casi resultaba glacial. Sus ojos tardaron un momento en acostumbrarse a la penumbra.

Lo primero que vio fue un montón de letras de madera acumuladas en el rincón más alejado, cubiertas de polvo y revueltas al azar. Se acercó a ellas, impulsado por la curiosidad. Parecían tan viejas y olvidadas como el almanaque del restaurante, a diferencia del resto del vestíbulo, que estaba barrido y ordenado. Las letras medían un poco más de medio metro de altura y obviamente formaban parte de una secuencia. Las desparramó sobre la alfombra —eran veintitrés— y las cambió de lugar como si estuviera armando un anagrama. AUTA GILES AIDE… No. TÍA RATA LESBIA… Esto tampoco tenía ningún sentido. Luego construyó rápidamente la palabra IGLESIA. Eso era absurdo. Estaba acuclillado jugando como un idiota con un montón de letras mientras Vicky enloquecía en el coche. Empezó a levantarse, y entonces lo vio claramente. Compuso la palabra BAUTISTA y alterando el orden de las letras restantes resultó DE GRACIA. IGLESIA BAUTISTA DE GRACIA. Esas letras debían de haber estado en la fachada. Las habían quitado y las habían arrojado indiferentemente en el rincón, y entretanto habían pintado la iglesia de modo que ya no se veían sus marcas.

¿Por qué?

Porque ésa ya no era la Iglesia Bautista de Gracia. ¿Y entonces qué clase de iglesia era? Por algún motivo esta pregunta le produjo un cosquilleo de miedo y se levantó rápidamente, limpiándose el polvo de los dedos. ¿Qué importaba que hubieran desmontado un montón de letras? Quizás ésa se había convertido en la Iglesia Flip Wilson de lo Que Está Ocurriendo Ahora.

¿Pero qué había ocurrido antes?

Apartó impacientemente la idea y atravesó las puertas interiores. Ahora estaba en el fondo de la iglesia propiamente dicha, y cuando miró hacia la nave sintió que el terror se ceñía sobre su corazón y lo estrujaba fuertemente. Aspiró profunda y ruidosamente, en medio del silencio que impregnaba el recinto.

El espacio situado detrás del púlpito estaba dominado por un gigantesco retrato de Cristo, y Burt pensó: «Si el resto de la ciudad no hubiera impresionado a Vicky, esto le habría puesto sin duda los pelos de punta».

Era un Cristo sonriente, vulpino. Sus ojos desorbitados, de mirada fija, le recordaron desagradablemente a los de Lon Chaney en El fantasma de la Opera. Dentro de cada una de las grandes pupilas negras alguien (presumiblemente un pecador) se ahogaba en un lago de fuego. Pero lo más extraño era que ese Cristo tenía una cabellera verde…, que según revelaba un estudio más minucioso estaba confeccionada con una masa enroscada de maíz estival. El retrato era tosco pero impresionante. Parecía un cómic mural dibujado por un niño talentoso…, un Cristo del Antiguo Testamento o un Cristo pagano capaz de masacrar a sus ovejas a manera de sacrificio en lugar de guiarlas.

Al pie de la hilera de bancos de la izquierda había un órgano, y al principio Burt no entendió qué era lo que hacía aparecer extraño al instrumento. Caminó por la nave de la izquierda y vio con creciente espanto que las teclas habían sido arrancadas, que los registros habían sido extirpados… Y que los tubos habían sido obturados con mazorcas de maíz. Sobre el órgano había un letrero cuidadosamente escrito que decía: NO HABRÁ MÁS MÚSICA QUE LA DE LA LENGUA HUMANA ORDENA EL SEÑOR.

Vicky tenía razón. Allí pasaba algo espantoso. Contempló la posibilidad de suspender la exploración y de volver junto a Vicky, montar en el coche y abandonar la ciudad inmediatamente, sin hacer caso del Ayuntamiento. Pero la idea lo irritó. «Sé sincero —pensó—. Quieres poner a prueba su Prohibición número 5000 antes de volver y confesarle que ella estaba en lo cierto desde el principio».

Se iría más o menos dentro de un minuto.

Se encaminó hacia el púlpito, pensando: Constantemente debe pasar gente por Gatlin. En los pueblos vecinos debe haber personas que tienen amigos y parientes aquí. La Policía del Estado de Nebraska debe patrullar de vez en cuando. ¿Y la compañía de electricidad? El semáforo estaba apagado. Si la corriente estaba cortada desde hacía doce largos años, seguramente lo sabían. Corolario: lo que parecía haber sucedido en Gatlin era imposible.

Pese a todo, sentía escalofríos.

Subió los cuatro escalones alfombrados que conducían al púlpito y miró los bancos vacíos, que brillaban en la penumbra. Le pareció sentir el peso de esos ojos macabros y resueltamente paganos que le perforaban la espalda.

Sobre el atril descansaba una gran Biblia, abierta en el capítulo 38 de Job. Burt bajó la vista y leyó: «“Entonces respondió el Señor a Job desde un torbellino, y dijo: ¿Quién es ese que oscurece el consejo con palabras sin sabiduría…? ¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra?”. El Señor. El Que Marcha Detrás De Las Hileras. Házmelo saber si tienes inteligencia. Y por favor pásame el maíz».

Volvió las páginas de la Biblia y éstas produjeron un seco susurro en medio del silencio: el ruido que probablemente harían los fantasmas si existieran de verdad. Y en semejante lugar casi podías creer en ellos. Algunos fragmentos de la Biblia habían sido cercenados. Sobre todo del Nuevo Testamento. Alguien había resuelto enmendarle la plana al buen rey Jacobo con un par de tijeras.

Pero el Antiguo Testamento estaba intacto.

Se disponía a abandonar el púlpito cuando vio otro libro sobre un estante más bajo y lo cogió, pensando que podía ser un registro de bodas y confirmaciones y entierros.

Hizo una mueca al leer palabras estampadas en la cubierta, torpemente recamadas con láminas de oro:

ARRASAD A LOS INICUOS PARA QUE LA TIERRA VUELVA A SER FÉRTIL DICE EL SEÑOR DE LOS EJÉRCITOS.

Allí parecía imperar una idea obsesiva, y a Burt no le gustaban mucho sus connotaciones.

Abrió el libro en la primera página ancha, rayada. Enseguida se dio cuenta de que eso había sido escrito por un niño. En algunos lugares había usado escrupulosamente una goma de borrar, y si bien no había errores de ortografía, las letras eran grandes y habían sido trazadas por una mano infantil que las había dibujado en lugar de escribirlas. La primera columna decía:

Amos Deigan (Richard),
Isaac Renfrew (William),
Zepeniah Kirk (George),
Mary Wells (Roberta),
Yemen Hollis (Edward),
n. 4-9-1945 4-9-1964
n. 19-9-1945 19-9-1964
n. 14-10-1945 14-10-1964
n. 12-11-1945 12-11-1964
n. 5-1-1946 5-1-1965

Burt frunció el ceño y siguió volviendo las páginas. Cuando faltaba una cuarta parte de las hojas para completar el libro, las dobles columnas se interrumpían bruscamente:

Rachel Stigman (Donna),
Moses Richardson (Henry),
Malachi Boardman (Craig),
n. 21-6-1957 21-6-1976
n. 29-7-1957
n. 15-8-1957

El último asiento del libro correspondía a Ruth Clawson (Sandra), n. 30-4-1961. Burt inspeccionó el estante donde había encontrado ese libro y descubrió otros dos. El primero tenía la misma leyenda de ARRASAD A LOS INICUOS y continuaba la misma lista, registrando fechas de nacimiento y nombres en la única columna. A comienzos de setiembre de 1964 encontró a Job Gilman (Clayton), n. el 6 de setiembre, y el siguiente asiento correspondía a Eve Tobin, n. el 16 de junio de 1965. Sin un segundo nombre entre paréntesis.

El tercer libro estaba en blanco.

Detrás del púlpito, Burt reflexionó.

Algo había sucedido en 1964. Algo asociado con la religión, el maíz… y los niños.

Dios amado te suplicamos que bendigas el maíz. En nombre de Jesús, amén.

Y el cuchillo en alto para inmolar el cordero… ¿pero había sido un cordero? Quizá se había apoderado de ellos una manía religiosa. Solos, aislados del mundo exterior por centenares de kilómetros cuadrados de secretos maizales susurrantes. Solos bajo treinta y cinco millones de hectáreas de cielo azul. Solos bajo el ojo vigilante de Dios, que ahora era un extraño Dios verde, un Dios de maíz, envejecido, extravagante y hambriento. El Que Marcha Detrás De Las Hileras.

Burt sintió que le recorría un escalofrío.

Vicky, deja que te cuente una historia. Es la historia de Amos Deigan, que nació el 4 de setiembre de 1945 y se llamaba Richard Deigan. En 1964 optó por el nombre de Amos, un bello nombre del Antiguo Testamento, Amos, uno de los profetas menores. Bien, Vicky, lo que sucedió —no te rías— es que Dick Deigan y sus amigos —Bill Renfrew, George Kirk, Robería Wells y Eddie Hollis, entre otros— se hicieron religiosos y mataron a sus padres. A todos. ¿No te parece alucinante? Los acribillaron en la cama, los apuñalaron en la bañera, les envenenaron la comida, los ahorcaron o tal vez los destriparon.

¿Por qué? Por el maíz. Quizá se estaba secando. Quizá se les ocurrió la idea de que se secaba porque la gente pecaba demasiado. Porque no había suficientes sacrificios. Y los hubo. En el maizal, en las hileras.

Y de alguna manera, de esto estoy seguro, Vicky, de alguna manera decidieron que nadie debía vivir más de diecinueve años. Richard «Amos» Deigan, el protagonista de nuestra historia, cumplió diecinueve años el 4 de setiembre de 1964…, la fecha que figura en el libro. Pienso que tal vez lo mataron. Lo sacrificaron en el maizal. ¿No te parece una historia tonta?

Pero ahora veamos qué le sucedió a Rachel Stigman, que hasta 1964 se llamó Donna Stigman. Cumplió diecinueve años el 21 de junio, hace más o menos un mes. Moses Richardson nació el 29 de julio… y dentro de sólo tres días cumplirá diecinueve años. ¿Sospechas lo que le ocurrirá el 29 al viejo Mose?

Yo lo imagino.

Burt se humedeció los labios. Los sentía muy secos.

Hay algo más, Vicky. Observa esto. Tenemos a Job Gilman (Clayton) que nació el 6 de setiembre de 1964. No hubo más nacimientos hasta el 16 de junio de 1965. Un vacío de diez meses. ¿Sabes lo que pienso? Mataron a todos los padres, incluyendo las madres embarazadas. Eso es lo que pienso. Y una de ellas quedó embarazada en octubre de 1964 y alumbró a Eve. Una muchacha de dieciséis o diecisiete años. Eve. La primera mujer.

Hojeó febrilmente el libro en sentido inverso y encontró el asiento de Eve Tobin. Debajo: «Adam Greenlaw, n. 11 de julio de 1965».

«Ahora sólo debían tener once años», pensó, y se le empezó a poner la carne de gallina. Y quizás están ahí fuera. En alguna parte.

¿Pero cómo podían haber ocultado eso? ¿Cómo era posible que continuara?

¿Cómo, a menos que el Dios implicado lo aprobara?

—Jesús —murmuró Burt en medio del silencio, y fue entonces cuando el claxon del «T-Bird» empezó a sonar en la tarde, con un largo toque continuo.

Burt saltó del púlpito y corrió por la nave central. Abrió la puerta exterior del vestíbulo, dejando que el sol caluroso, cegador, entrara a raudales. Vicky estaba erguida detrás del volante, con ambas manos apoyadas sobre el aro del claxon, sacudiendo frenéticamente la cabeza. Los niños se acercaban desde todas las direcciones. Algunos reían alegremente. Blandían cuchillos, hachas, tubos de hierro, piedras, martillos. Una niña, de unos ocho años, con una larga y hermosa cabellera rubia, empuñaba una manivela. Instrumentos rurales. Ni una sola arma de fuego. Burt sintió un incontenible deseo de gritar: ¿Cuáles de vosotros sois Adam y Eve? ¿Cuáles son las madres? ¿Cuáles las hijas? ¿Los padres? ¿Los hijos?

Házmelo saber, si tienes inteligencia.

Salían de las calles laterales, de los jardines del pueblo, por el portón del cerco de cadenas que rodeaba el campo de juegos de la escuela, situado una manzana más al Este. Algunos de ellos miraron con aire indiferente a Burt, que estaba petrificado en la escalera de la iglesia, y otros intercambiaron codazos y señalaron y sonrieron…, las dulces sonrisas de los niños.

Las niñas usaban largos vestidos de lana marrón y cofias desteñidas. Los niños vestían trajes totalmente negros, como los párrocos cuáqueros, y sombreros de copa redonda y ala lisa. Avanzaban hacia el coche por la plaza, por los canteros, y unos pocos atravesaron el césped de lo que había sido la Iglesia Bautista de Gracia hasta 1964. Uno o dos pasaron tan cerca que podría haberlos tocado.

—¡La escopeta! —vociferó Burt—. ¡Vicky, coge la escopeta!

Pero desde la escalinata vio que ella estaba paralizada por el pánico. Incluso dudaba que lo oyera a través de las ventanillas cerradas.

Convergieron sobre el «Thunderbird». Las hachas y hachuelas empezaron a subir y bajar rítmicamente. «¿Dios mío, es que veo realmente esto?», pensó, alelado. Una flecha de cromo se desprendió de la carrocería del coche. El ornamento del capó salió volando. Los cuchillos dibujaron espirales a través de las bandas laterales de los neumáticos y el coche se sentó sobre el pavimento. El claxon seguía sonando y sonando. El parabrisas y las ventanillas laterales quedaron hechos trizas por efecto de la embestida… y entonces el cristal de seguridad cayó pulverizado hacia dentro y pudo ver nuevamente. Vicky estaba acurrucada, con una sola mano sobre el aro del claxon, y la otra levantada para protegerse la cara. Unas ansiosas manos infantiles tantearon en el interior, buscando el dispositivo de seguridad de la portezuela. Ella las golpeó vehementemente. El toque de bocina se hizo intermitente y después enmudeció por completo.

La portezuela maltratada y abollada del lado del conductor se abrió bruscamente. Intentaban sacarla a rastras pero ella estaba aferrada al volante. Entonces uno de los niños se inclinó, empuñando un cuchillo, y…

Su parálisis se disipó y se precipitó escaleras abajo, a punto de caerse, y corrió hacia ellos por el camino de losas. Un muchacho de unos dieciséis años, cuyos largos cabellos rojos caían en cascada de debajo del sombrero, se volvió hacia él, casi displicentemente, y algo cruzó por el aire. El brazo izquierdo de Burt se convulsionó hacia atrás y por un momento se le ocurrió la absurda idea de que lo habían golpeado a larga distancia. Después sintió el dolor, tan agudo y súbito que el mundo se tornó gris.

Examinó su brazo con un asombro estúpido. Un cortaplumas «Pensy» de un dólar y medio asomaba de él como un raro tumor. La manga de su camisa deportiva «J. C. Penney» se estaba poniendo de rojo. Miró el cortaplumas durante lo que pareció una eternidad, tratando de entender cómo podía estar allí…, ¿era posible?

Cuando levantó la vista, el muchacho pelirrojo estaba casi encima de él. Tenía una expresión sonriente, confiada.

—¡Cerdo! —le espetó Burt, con voz quebrada, atónita.

—Encomienda tu alma a Dios, porque enseguida comparecerás ante Su trono —dijo el pelirrojo, y estiró las garras hacia los ojos de Burt.

Burt retrocedió, arrancó el cortaplumas «Pensy» de su brazo, y lo clavó en el cuello del pelirrojo. La sangre saltó inmediatamente, a borbotones. Salpicó a Burt. El pelirrojo empezó a gorgotear y a caminar en círculo. Manoteó el cortaplumas, tratando de desprenderlo, pero no lo logró. Burt lo observaba, con la mandíbula desencajada. Nada de eso sucedía realmente. Era un sueño. El muchacho pelirrojo gorgoteaba y caminaba.

Ahora ese ruido era el único que se oía en la tarde calurosa. Los otros lo miraban pasmados.

«Esta parte no figuraba en el guión —pensó Burt, aturdido—. Vicky y yo sí figurábamos. Y el niño del maizal, que trataba de huir. Pero no uno de ellos». Los miró ferozmente, con ganas de gritar: ¿Os gusta?

El muchacho pelirrojo lanzó un último y débil graznido y se desplomó sobre las rodillas. Miró un momento a Burt y después apartó las manos del mango del cortaplumas y se tumbó hacia delante.

Los niños congregados en torno del «Thunderbird» dejaron escapar un suspiro. Miraron a Burt. Éste les devolvió la mirada, fascinado… y fue entonces cuando se dio cuenta de que Vicky había desaparecido.

—¿Dónde está? —preguntó—. ¿A dónde la habéis llevado?

Uno de los muchachos alzó hasta su propio cuello un cuchillo de caza salpicado de sangre e hizo un rápido movimiento transversal. Sonrió. Ésa fue la única respuesta.

—A él —ordenó la voz de una chica mayor, desde atrás.

Los niños empezaron a avanzar. Burt retrocedió. Ellos avanzaron más de prisa. Burt retrocedió más de prisa. La escopeta, ¡la condenada escopeta! Fuera del alcance de sus manos. El sol recortó oscuramente sus sombras sobre el césped verde de la iglesia… y entonces él bajó a la acera. Se volvió y corrió.

—¡Matadlo! —rugió alguien, y emprendieron la persecución.

Corrió, pero no al azar. Rodeó el Ayuntamiento —allí no encontraría ayuda, y lo acorralarían como una rata— y enderezó por Main Street, que dos manzanas más adelante se ensanchaba y se convertía nuevamente en la carretera. Si hubiera hecho caso, él y Vicky se hallarían ahora en esa carretera y lejos.

Sus mocasines golpeaban rítmicamente la calzada. Delante de él vio algunos otros edificios comerciales, incluyendo la heladería «Gatlin» y, por supuesto, el «Bijou Theater». Las letras polvorientas de la marquesina anunciaban HOY STRENO OR POC S DÍAS ELI A TH TAYLOR CLEOPA RA. Después de la intersección siguiente existía una gasolinera que marcaba el límite del pueblo. Y más allá el maizal, que se cerraba a ambos lados de la carretera. Una marea verde de maíz.

Burt corría. Ya le faltaba el aliento y le dolía la herida del brazo. Y dejaba su rastro de sangre. Sin dejar de correr extrajo el pañuelo del bolsillo trasero y lo metió bajo la camisa.

Corría. Sus mocasines repiqueteaban sobre el cemento resquebrajado de la acera y el aliento cada vez más caliente le raspaba la garganta. El brazo empezaba a palpitarle fuertemente. Un tramo cáustico de su cerebro intentó preguntarle si pensaba que podía correr hasta la próxima ciudad, si podía resistir treinta kilómetros de carretera de dos carriles.

Corría. Los oía a sus espaldas, quince años más jóvenes y más veloces que él, ganando terreno. Sus pisadas restallaban sobre el pavimento. Intercambiaban alaridos y gritos. Burt pensó amargamente que se divertían más que con una alarma general de incendio. Hablarían de eso durante años.

Burt corría.

Pasó frente a la gasolinera que marcaba el límite del pueblo. El aire siseaba y rugía en su pecho. La acera desapareció bajo sus pies. Y ahora sólo le quedaba un recurso, una sola alternativa para librarse de ellos y escapar con vida. Ya no había casas ni ciudad. El maíz había vuelto a cerrarse como una plácida onda verde sobre los bordes de la carretera. Las hojas verdes, afiladas, susurraban suavemente. Allí el maizal debía de ser profundo, profundo y fresco, umbrío entre las hileras de tallos altos como hombres.

Pasó frente a un cartel que proclamaba:

ESTÁ SALIENDO DE GATLIN

EL PUEBLO MÁS BELLO DE NEBRASKA…

¡Y DEL MUNDO!

¡VUELVA CUANDO QUIERA!

«No faltaba más», pensó Burt con la mente embotada.

Pasó frente al cartel como un corredor a punto de llegar a la meta, y después viró hacia la izquierda, cruzó la carretera y se desprendió de los mocasines. Enseguida estuvo entre el maíz y éste se cerró detrás y encima de él como las olas de un mar verde, absorbiéndolo. Ocultándolo. Experimentó una inesperada sensación de alivio, y al mismo tiempo recuperó el aliento. Sus pulmones, que se habían estado comprimiendo, parecieron dilatarse y aumentar su capacidad respiratoria.

Puso rumbo hacia el fondo de la primera hilera por la que se había introducido, con la cabeza gacha, apartando las hojas con los hombros y haciéndolas temblar. Después de internarse veinte metros viró hacia la derecha, nuevamente en sentido paralelo a la carretera, y siguió corriendo, encorvado para que no vieran su cabellera negra asomando entre las mazorcas amarillas.

Por fin se dejó caer sobre las rodillas y apoyó la frente contra el suelo. Sólo oía su propia respiración jadeante, y el pensamiento que daba vueltas y vueltas por su cabeza era siempre el mismo: Gracias a Dios que dejé de fumar, gracias a Dios que dejé de fumar, gracias a Dios

Entonces los oyó, intercambiando gritos, tropezando a veces entre sí («¡Eh, ésta es mi hilera!»), y el ruido lo estimuló. Estaban muy lejos, a su izquierda, y parecían estar muy mal organizados.

Sacó el pañuelo de debajo de la camisa, lo dobló y volvió a introducirlo en el bolsillo trasero después de examinar la herida. La hemorragia parecía haberse detenido a pesar de que él la había maltratado mucho.

Descansó un poco más, y se dio cuenta de que se sentía bien, mejor, físicamente, que en muchos años…, si se exceptuaban las palpitaciones de su brazo. Su cuerpo estaba bien ejercitado, y de pronto debía abordar un problema claro (aunque demencial) después de dos años en los que sólo había tenido que lidiar con los demonios que succionaban la savia vital de su matrimonio.

«No era correcto que se sintiera así», pensó. Corría peligro de muerte y habían secuestrado a su esposa. Era posible que ella ya estuviera muerta. Trató de recordar el rostro de Vicky y de disipar así, en parte, la estrafalaria sensación de placer que lo embargaba, pero no consiguió evocar sus facciones. En cambio, acudió a su mente la imagen del muchacho pelirrojo con el cortaplumas clavado en el cuello.

En ese momento tomó conciencia de la fragancia del maíz que lo rodeaba, impregnando su olfato. El viento que soplaba entre los penachos de las plantas sonaba como voces. Voces sedantes. Poco importaba lo que se hubiera hecho antes en nombre del maíz: ahora éste era su protector.

Pero se acercaban.

Corrió agazapado por la hilera donde se hallaba, cruzó a otra, retrocedió, y atravesó más hileras. Procuró que las voces quedaran siempre a su izquierda, pero a medida que avanzaba la tarde esto era cada vez más difícil de lograr. Las voces se habían debilitado, y a menudo el crujido de los tallos las eclipsaba por completo.

Corría, escuchaba, volvía a correr. La tierra era dura, y sus pies descalzos, tan sólo cubiertos por los calcetines, dejaban pocas huellas o ninguna.

Cuando se detuvo mucho más tarde el sol se cernía sobre los campos, a su derecha, rojo e inflamado, y cuando consultó el reloj vio que eran las siete y cuarto. El sol había salpicado los penachos del maíz con un dorado rojizo, pero allí las sombras eran oscuras y espesas. Inclinó la cabeza, y escuchó. Al caer el crepúsculo el viento había amainado totalmente y los tallos estaban inmóviles, exhalando el aroma de su maduración en la atmósfera cálida. Si estaban aún en el maizal se hallaban lejos o agazapados y con el oído alerta. Pero Burt no creía que una pandilla de chicos, aunque estuvieran locos como ésos, pudieran permanecer tanto tiempo callados. Sospechaba que habían optado por la conducta más infantil, sin pensar en las consecuencias que ésta podría tener para ellos: se habían dado por vencidos y habían regresado a casa.

Se volvió hacia el sol poniente, que se había sumergido entre las nubes alineadas sobre el horizonte, y echó a andar. Si avanzaba en diagonal entre las hileras, cuidando que el sol poniente permaneciera siempre delante de él, llegaría tarde o temprano a la Carretera 17.

El dolor de su brazo se había reducido a una palpitación sorda que era casi placentera, y aún lo acompañaba la sensación agradable. Resolvió que mientras estuviera allí podría disfrutar sin remordimientos de esa sensación agradable. Los remordimientos volverían a aflorar cuando tuviera que enfrentarse con las autoridades para comunicarles lo que había sucedido en Gatlin. Pero aún faltaba mucho para eso.

Avanzaba entre el maíz, pensando que nunca se había sentido tan alerta. Quince minutos más tarde el sol fue sólo un hemisferio que asomaba sobre el horizonte, y se detuvo otra vez, con su flamante sensibilidad encuadrada en un esquema que no le gustó. Era vagamente… bien, vagamente alarmante.

Inclinó la cabeza. El maíz susurraba.

Hacía un rato que Burt había tomado conciencia de esto, pero había asociado el hecho con alguna otra cosa. No corría viento. ¿Cómo era posible que el maíz susurrara?

Miró cautelosamente en torno, casi preparado para ver cómo los muchachos sonrientes vestidos con sus ropas de cuáqueros salían sigilosamente del maizal, empuñando cuchillos. Nada de eso. Sólo se oía el susurro. Hacia la izquierda.

Empezó a caminar en esa dirección, sin tener que abrirse paso ya entre los tallos. La hilera lo llevaba hacia donde él quería ir, con la mayor naturalidad. La hilera terminaba más adelante. ¿Terminaba? No, se vaciaba en una especie de claro. El susurro provenía de allí.

Se detuvo, súbitamente asustado.

El aroma del maíz era tan intenso que se hacía pegajoso. Las hileras conservaban el calor del sol y Burt descubrió de pronto que estaba embadurnado de sudor y paja y barbas de maíz finas como telas de araña. Los insectos tendrían que haber pululado sobre él…, pero no había ninguno.

Se quedó inmóvil, mirando hacia el lugar donde el maizal se abría en lo que parecía ser un vasto círculo de tierra desnuda.

Allí no había jejenes ni mosquitos, ni moscardones ni niguas…, aquellos que, durante su noviazgo, él y Vicky llamaban «insectos de autocine», pensó con una súbita e inesperada nostalgia afligida. Y no había visto ni un cuervo. Qué cosa tan insólita: ¿un maizal sin cuervos?

Paseó los ojos atentamente sobre la hilera de maíz de su izquierda, iluminada por los rayos postreros del sol. Y tan sólo vio tallos y hojas perfectos, lo cual era sencillamente imposible. Ni añublo amarillo. Ni hojas roídas, ni huevos de oruga, ni madrigueras, ni…

Sus ojos se dilataron.

¡Dios mío, no hay malezas!

Ni un solo rastrojo. Las plantas de maíz brotaban del suelo a intervalos regulares de cuarenta y cinco centímetros. Ni una mata salvaje. Nada.

Burt miró el terreno, con los ojos desencajados. La luminosidad del Oeste se disipaba. Las nubes se habían cohesionado. Debajo de ellas el resplandor dorado se había tornado en rosa y ocre. Muy pronto estaría oscuro.

Era hora de adelantarse hasta el claro del maizal para investigar lo que había en él. ¿Y no sería eso lo que ellos habían planeado desde el principio? Mientras él creía avanzar hacia la carretera, ¿no lo habrían estado impulsando hacia ese lugar?

Con el estómago crispado por el miedo, avanzó a lo largo de la hilera y se detuvo en el borde del claro. La escasa luz bastó para mostrarle lo que había allí. No pudo gritar. No parecía quedarle suficiente aire en los pulmones. Se tambaleó sobre unas piernas débiles como estacas de madera astillada. Sus ojos estaban desorbitados en la cara sudorosa.

—Vicky —susurró—. Oh, Vicky, Dios mío…

La habían colgado de una barra horizontal como si fuera un vil trofeo, sujetándole los brazos a la altura de las muñecas y las piernas de los tobillos con alambre de espino, de ese que se compra a setenta céntimos el metro en cualquier ferretería de Nebraska. Le habían arrancado los ojos, y habían llenado las cavidades con barbas de maíz. Sus maxilares estaban desencajados en un alarido silencioso y tenía la boca llena de mazorcas.

A la izquierda de Vicky había un esqueleto vestido con una sobrepelliz cubierta de moho. La mandíbula desnuda sonreía. Las cuencas oculares parecían mirar jocosamente a Burt, como si el otrora pastor de la Iglesia Bautista de Gracia le estuviera diciendo: No está tan mal, no está tan mal que unos demoníacos niños paganos te sacrifiquen en el maizal, no está tan mal que te arranquen los ojos del cráneo como lo estipulan las Leyes de Moisés

A la izquierda del esqueleto de la sobrepelliz había otro, vestido con un uniforme azul corroído por la podredumbre. Sobre su calavera descansaba una gorra que le ocultaba los ojos, en la parte superior de la gorra había una placa manchada de verde donde se leía JEFE DE POLICÍA.

Fue entonces cuando Burt oyó que se acercaba. No eran los niños sino algo mucho más grande, que se desplazaba entre el maíz en dirección al claro. No, no eran los niños. Los niños no se habrían aventurado en el maizal durante la noche. Ése era el lugar sagrado, la morada de El Que Marcha Detrás De Las Hileras.

Burt se volvió bruscamente para huir. La hilera por donde había entrado en el claro había desaparecido. Estaba cerrada. Todas las hileras se habían cerrado. Ahora estaba más cerca y Burt lo oía abrirse paso entre el maíz. Lo oía respirar. Un éxtasis de terror supersticioso se apoderó de él. Se acercaba. El maíz del otro extremo del calvero se había oscurecido, como si lo hubiera cubierto una sombra gigantesca.

Se acercaba.

El Que Marcha Detrás De Las Hileras.

Empezó a entrar en el claro. Burt vio algo descomunal, que se empinaba hacia el cielo…, algo verde con espantosos ojos rojos del tamaño de balones de fútbol.

Algo que olía como mazorcas de maíz secas conservadas durante años en un granero oscuro.

Empezó a gritar. Pero su grito no duró mucho. Poco después, se levantó una tumefacta luna anaranjada de tiempos de cosecha.

Los niños del maíz estaban congregados en el claro a mediodía, contemplando los dos esqueletos crucificados y los dos cadáveres…, los dos cadáveres que aún no eran esqueletos pero que lo serían. A su tiempo. Y allí, en el corazón de Nebraska, en el maizal, no había más que tiempo.

—He aquí que un sueño se me apareció en la noche, y el Señor me enseñó todo esto.

Todos, incluso Malachi, se volvieron para mirar a Isaac, sobrecogidos y maravillados. Isaac tenía sólo nueve años, pero era su vidente desde que el maíz se había llevado a David hacía un año. David tenía diecinueve años y se había internado en el maizal en el día de su cumpleaños, en el momento justo en que la penumbra caía sobre las hileras estivales.

Ahora, con una expresión circunspecta en su pequeño rostro rematado por el sombrero de copa redonda, Isaac continuó:

—Y en mi sueño el Señor era una sombra que marchaba detrás de las hileras, y me habló con las palabras que empleó para dirigirse a nuestros hermanos mayores hace muchos años. Está muy disgustado con este sacrificio.

Todos dejaron escapar algo que era una mezcla de suspiro y sollozo, y pasearon la vista sobre la muralla verde que los circundaba.

—Y el Señor dijo en verdad: ¿Acaso no os he dado pruebas de benevolencia? Pero este hombre ha incurrido en blasfemia dentro de mí, y yo mismo he completado su sacrificio. Como los del Hombre Azul y el falso pastor que huyeron hace muchos años.

—El Hombre Azul… el falso pastor —susurraron todos, e intercambiaron miradas inquietas.

—De modo que ahora la Edad del Favor se reduce de diecinueve siembras y cosechas a dieciocho —continuó Isaac implacablemente—. Mas en verdad os digo que fructifiquéis y os multipliquéis como se multiplica el maíz, para que mi gracia os sea concedida y se derrame sobre vosotros.

Isaac calló.

Los ojos se volvieron hacia Malachi y Joseph, los dos únicos miembros del grupo que tenían dieciocho años. Los otros estaban en la ciudad, y quizás eran en total veinte.

Esperaban la respuesta de Malachi. Malachi, el mismo que había encabezado la cacería de Japheth, al que en el futuro conocerían por el nombre de Ahaz, el abominado de Dios. Malachi había degollado a Ahaz y había arrojado su cuerpo fuera del maizal para que sus carnes corrompidas no lo contaminaran ni lo apestaran.

—Obedezco la palabra de Dios —susurró Malachi. El maizal pareció lanzar un suspiro de aprobación. En las semanas por venir las niñas confeccionarían muchos crucifijos con mazorcas para alejar todo nuevo maleficio.

Y esa noche todos aquellos que ahora habían pasado la Edad del Favor se internaron silenciosamente en el maizal, para hacerse acreedores a la eterna benevolencia de El Que Marcha Detrás De Las Hileras.

—Adiós, Malachi —gritó Ruth.

La niña agitó la mano en un gesto de desconsuelo. Su vientre estaba dilatado por el hijo de Malachi y las lágrimas rodaban silenciosamente por sus mejillas. Malachi no se volvió. Marchaba con la espalda erguida. El maizal lo devoró.

Ruth dio media vuelta, sin dejar de llorar. Dentro de ella había germinado un odio secreto contra el maíz, y a veces soñaba que caminaba por las hileras con una antorcha en cada mano, cuando empezaba la sequía de setiembre y los tallos estaban muertos y eran más combustibles. Pero también le temía al maíz. Allí en el campo, algo marchaba por la noche y veía todo…, incluso los secretos ocultos en los corazones humanos.

La penumbra se espesó para transformarse en noche. El maíz crujía y susurraba furtivamente alrededor de Gatlin. Estaba muy satisfecho.

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