Un mar de vacilaciones, clase de escritura de Hebe Uhart

“No quiero algo porque sea bueno.

Es bueno porque yo lo quiero”.

Spinoza

Saber y no saber adónde voy. Conocer las propias limitaciones. Elección del tema. Pathos o Eros disimulado. Acompañarse a sí mismo. Escribir no es inventar. Un tema me convoca. La verosimilitud del texto. El apego a la realidad. Lo inasible imaginario. Idealización de la infancia. La observación que permiten los animales. No apurar el final. Trazar el propio camino. No depender de la crítica. El internismo de los escritores. La conciencia del rol del escritor. Personas que escriben.

Al escribir tiene que haber un momento de vacilación, debo saber y no saber adónde voy, para que el texto sea como un viaje y para que ocurran novedades en el trayecto, que es lo mejor que puede pasar. Si ya sé adónde voy, si me encierro en la consecución de mi meta, no me va a ocurrir nada interesante. Sé la global, pero en el camino me pasan cosas.

Se trata de resaltar lo que despierta mi atención y para eso debo entrenar la mirada y la reflexión en función de esos temas, de esas sensaciones, personajes o conductas que me llamaron la atención. Elijo lo que me interesa y, al mismo tiempo, debo saber qué puede ser interesante para el lector, qué temas comunican. Se trata de elegir y recortar, no de contar todo lo que sé. Así como no digo todo lo que pienso, no voy a escribir todo lo que sé del tema. Si hago un viaje, no pongo todos los datos, porque el texto se convertiría en Wikipedia. Debo ser libre al escribir, pero también disciplinado. La facilidad para escribir es de gran ayuda, pero puede que se convierta en un obstáculo. Escribir es un don como cualquier otro. Simone Weil decía: “una dificultad es un sol”.

Lo primero que tiene que saber el que va a escribir es cuál es su meta, con qué material se debe meter o puede meterse. Cada uno debe saber cuáles son sus limitaciones, decirse: no me puedo meter con este material, porque no lo puedo manejar. No todos los materiales son para mí. Yo debo saber que un tema me va a convocar y que se va a imponer sobre todos los demás. Es como elegir cualquier otra actividad de la vida. Como con un vestido: puede gustarme, pero yo sé que no me va a quedar bien. O como cuando voy a un restaurante, hay de todo pero tengo que elegir lo que a mí me gusta o lo que deseo comer o lo que puedo pagar del menú.

Entonces, elijo el tema que me interesa y después lo defiendo. Yo debo defender mi veta, mi deseo. A veces la gente no defiende su propia veta porque piensa que no es objeto de literatura, que el tema que eligió es una pavada y no se trata de material literario. Hay un cúmulo de historias que pueden o quieren ser narradas y hay que encontrar un lugar mental y un tiempo para esa historia particular que me convoca. Cualquier cosa se puede convertir en literatura, si está bien escrita. El papel es como un burro, lleva lo que le ponen encima. La infancia, por ejemplo, tiene que ver con lo mítico. En cambio, el adolescente está muy inmerso en sí mismo, es mero cuerpo. Las personas viven en un mar de vacilaciones. Todo es elección. Spinoza decía: “No quiero algo porque sea bueno. Es bueno porque yo lo quiero”.

Uno no siempre elije los temas, a veces el tema te elije a vos. ¿Salgo o no salgo a la calle? ¿Voy a esa fiesta? Hay miles de razones para salir o tomar una decisión determinada y para eso hay que conocerse a sí mismo. Decido y luego actúo, tomo café o tomo té, le agrego leche o limón. A veces es el cuerpo el que decide por vos. El proceso de selección puede ser interno, como ocurre con la elección de los personajes. Hay cosas que te convocan, que te llaman. O encuentro una excusa para no ir, para no hacer, y esa excusa se transforma en mi tema.

Esto de escribir es de alguna manera un Pathos o Eros disimulado. Un texto es un entusiasmo sublimado, una transposición de Eros. ¿Acaso el amor no es un trabajo? Si a mí nada me interesa o me interesa todo de la misma manera, hay una indistinción por la cual yo no podré escribir. Para escribir, debo saber manejar el tiempo interno, mantener el nivel de esa tarea que debe durar un tiempo mínimo, para que tenga resultados. Busco un tiempo para escribir y en esa tarea me acompaño a mí mismo como el que escribe y también como el que acompaña al que escribe haciéndome cargo de lo que hago. Una cierta seguridad es necesaria, pero no debe ser petulante. Es la seguridad mínima que necesito pensando que voy a hacer algo bien, no dependiendo ni del elogio ni de los palos.

Escribir no es inventar. La realidad ya es un invento, porque lo real no existe, ni es real de igual manera para todos. Escribir es partir de algo que tiene que ser verosímil y que puede ser una sensación o un sueño pero debe tener pies y cabeza.

Al escribir, uno tiende a contar todo al detalle por diversos motivos: por apego a la realidad, porque uno complejiza la realidad o porque se engolosina con sus propias palabras, con su propio discurso. Debo y no debo tener apego a lo real. Si invento sin saber, si imagino por capricho, va a quedar mal. Hay que atenerse a la experiencia. Pero tampoco de una forma en la que el texto nos quede lleno de detalles sin importancia o con elementos tan poco significativos para la historia que embarullen al lector. El que comienza a escribir suele detenerse en cuestiones banales, como por ejemplo: “fue una tarde de diciembre…, no, en realidad fue a principios de enero”. ¿A quién puede interesarle la fecha concreta? Cuanto más fantasioso sea mi texto tanto más verosímil debo permanecer para que el lector no abandone la lectura.

Puede suceder que el que escribe quiera evadirse de la realidad a través de la escritura, ya sea porque tiene la concepción de que el mundo donde vive es de una chatura universal o por otra cosa. Una vecina mía cree que la Avenida Corrientes es “chota”; entonces ella se prepara, se “produce” y va a otros lugares, se va a un café de Recoleta, donde ella supone que están los centros de poder. La relación entre la rebeldía hacia la realidad y lo inasible imaginario es un buen tema para escribir. Y la fascinación está, además, implícita en la elección que yo hago del personaje.

Muchas veces en el taller propongo escribir sobre la propia infancia, aunque por lo general hay una idealización de la infancia. Alicia Steimberg decía: “yo no les creo a esos que me dicen que tuvieron una infancia feliz”. Los chicos pueden aburrirse soberanamente, pero el que escribe, ya mayor y a lo lejos, no recuerda ese aburrimiento, o lo niega. Otro tema puede ser la relación de chicas jóvenes con hombres grandes, pero si no tengo la experiencia o no lo he observado con detenimiento en otros, no me meto, porque no me va a salir bien. Un tema sobre el que siempre quise escribir es el de una familia ideal, pero nunca me salió. Hay que hacer bien los textos, saber desprenderse de la mirada de la edad, si no se hace de esta forma, sale un texto “de cajón”.

A mí me gustan los animales como tema porque son una fuente de placer inmediato. Uno puede observar a los animales sin censura y ejercitar la atención durante mucho tiempo. Para las personas, los animales tienen siempre un componente misterioso, uno está deseando que, para aliviarse, hablen un poco. Saki[3] escribió sobre animales y Julio Ramón Ribeyro tiene unas crónicas muy buenas de las observaciones que hizo de su gato en París.

Un buen tema o una buena trama pueden arruinarse por precipitación, por apurar el final. Cuando precipito algo y no me ocupo de los problemas menudos que van pasando, me queda una trama de cajón que no dice nada. Se pierde por impaciencia, por ansiedad. Hay que pensar bien la trama y no escribir por capricho, ni querer matar varios pájaros de un tiro. También cuando forzamos la trama de lo real por querer ir más allá estamos forzando los límites, y el texto, con seguridad, va a perder verosimilitud.

Recibir consejos de otros es bueno, pero en última instancia, cada uno debe trazar su propio camino. Cada persona tiene una experiencia de vida diferente y lo que puede ser bueno para el otro, no es bueno para mí. Es engañoso depender de la opinión, de la crítica o el elogio de los demás. No hay que dejar que los entusiasmos del otro me contagien, porque son equívocos. Uno no puede saber exactamente cómo hace bien algo. En el arte, en la música o en la literatura el elogio no es mensurable. El hecho artístico no es medible, ni estimable, como puede serlo la artesanía de un zapato, que cuando está bien hecho se nota.

La búsqueda del éxito conlleva una dependencia, una esclavitud de la que es difícil escapar. La fama es administrativa: partís como empleado, luego sos jefe y así. Heráclito decía que todo lo que facilita, a la vez, te obstaculiza. Para el éxito existen parámetros muy simples, como el económico. Se dice: “es un ganador”, “es un perdedor”, eso es más fácil de medir, pero ¿cómo medir la maduración, los vínculos internos? Maduramos a las patadas y no de forma homogénea, como una pera.

Al mismo tiempo, la peor inhibición para escribir son las propias palabras. Uno empieza a conciliarse con lo que está mal, para no herir o para no quedar mal. Pero también, criticar positivamente un texto donde todo está mal, desde las palabras hasta la falta de idea, la dispersión o el egocentrismo de quien lo escribe, termina en un bodoque del que no se puede salir y esa persona a la que no se le critica, sigue con su propio bodoque. ¿No es mejor criticar?

El que escribe debe olvidarse de que está escribiendo. El escritor debe parcializar, no redundar solo en la global. La gente rica o linda o con cierto poder, va e instrumenta cosas; no piensa todo el tiempo que es rico o lindo o poderoso, ni lo está diciendo, como algunos escritores, que ponen en claro continuamente que son escritores.

En Buenos Aires, la generación que anda por los 40 años escribe mucho sobre escritores. En otros lugares no pasa. Los peruanos escriben muy bien, los colombianos también. Ellos no escriben tanto sobre escritores porque eso es escribir sobre uno mismo y resulta algo pedante. Lo que pasa con el internismo de los escritores en Buenos Aires es que muchos, en lugar de ponerle el nombre que corresponde a un personaje, hacen un guiño interno y le ponen el nombre de otro escritor. Eso es una marca de internismo, cuando en realidad lo que habría que hacer es comunicar hacia otra cosa, hacia la gente. Algo parecido ocurre en el teatro: “nosotros nos divertimos”, dicen. Es como si la gente necesitara que un escritor o un actor fueran per se, como una entidad platónica. Esto se incentivó en los últimos años. Un escritor que se la cree, no quiere ser un trabajador, ni un artesano. Quiere decir: “qué linda manito que tengo yo”. Y eso hay que olvidarlo para hacer las cosas bien.

La conciencia del rol conspira contra la eficacia de lo que voy a escribir. El escritor es una entelequia: hay montones de escritores y son todos diferentes. Obsesivos parciales somos todos. Una chica en un taller de Córdoba escribía desde la necesidad, desde lo que le faltaba. Pero así, si uno escribe desde lo que le falta, le va a salir mal. Uno tiene que escribir desde lo que le sobra. Tampoco hay que dar demasiadas explicaciones al escribir. ¿Acaso uno da explicaciones por todo en la vida?

Yo nunca me sentí escritora, ni ahora. Siento que no debo sentirme escritora, no como una cosa excluyente. Además de escribir, tengo un montón de roles. A través del tiempo, uno va escribiendo cosas que le gustan a los amigos y alguien dice: “¿por qué no lo publicás?”. Es así como uno va convirtiéndose en alguien que escribe y publica y no desde la aspiración primera de ser escritor. La gente idealiza mucho la figura del escritor y esa idealización conspira contra el desarrollo de la veta personal. En la literatura hay modelos, como hay modelos de belleza en la moda, también sucede entre los escritores. No hay escritor, hay personas que escriben.

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