El mono del hielo, cuento de M. John Harrison

EN cuanto llegó Jones, me di cuenta de que se había arreglado para ir a ver a su mujer. La ropa no tenía ningún valor para él. Carecía por completo de gusto, aunque tampoco le hacía ninguna falta a menos que se presentaran ocasiones “oficiales”. Esta diferenciación, vestigio de la educación de clase media que había recibido, le provocaba muchos quebraderos de cabeza. Los límites entre lo oficial y lo no oficial los marcaba él mismo, aplicando unos criterios que nunca he logrado entender; por otro lado, cuando lo habitual ya no servía de consuelo y el sentido común no deparaba ninguna solución, Jones terminaba por perder los ánimos y recurría al estilo del joven que ha estudiado en una universidad moderna: es decir, intentaba parecerse todo lo posible al fantasma de un joven Kingsley Amis. Se trataba de un instinto oscuro y propiciatorio, que en esta ocasión le había aconsejado además que se afeitara y se cortara el pelo, lo cual realzaba sus pómulos prominentes y acentuaba sus facciones angulosas, pero al mismo tiempo le daba un aire más joven, vulnerable y estúpido.

Aunque sabía muy bien lo que quería, no me atreví a fingir que no estaba en casa.

—Oye, Spider —me dijo. Para disimular su turbación no dejaba de manosear un pañuelo que se había arrollado en torno a los nudillos—. ¿Me podrías hacer un favor?

—Me encantaría, Jones —repuse—, pero, francamente…

Entonces me acordé de que, a juzgar por cómo se había comportado aquella tarde, era poco probable que pudiese acudir a Henry. Y como en Londres no conocía a nadie más, no tuve otro remedio que ponerme la chaqueta y acompañarle a la estación del metro.

—De todas formas, creo que me toca a mí —dije tratando de quitar importancia a la situación. Jones se encogió de hombros y clavó la vista en el andén. Eso también era muy propio de él—. No quiero que se arme otra bronca —le advertí cuando subíamos al tren de la línea metropolitana—. Si vuelve a pasar lo de la última vez, tendré que marcharme. —Pero mi voz se perdió entre el silbido y el ruido sordo de las puertas que se cerraban detrás de nosotros. En el extremo opuesto, el viento había amainado y estaba cayendo una cortina de agua; llovía intensamente encima nuestro y también en la zona Este de Londres.

—Pues a mí me era muy simpática Maureen.

Ellos —así me refiero a Maureen y al crío, puesto que Jones se alojaba en su casa muy pocas veces, ni siquiera cuando ella se lo permitía— tenían un pisito amueblado en la segunda planta de un edificio situado en algún punto entre Bow y Mile End. El edificio en cuestión había estado a punto de ser demolido varias veces en el espacio de cinco años, pero actualmente se alzaba junto a dos o tres más en medio de un descampado que frecuentaban los contratistas, de una milla de anchura, la planta enorme de un barrio pobre, lleno de hogueras que se consumían lentamente, de aplanadoras silenciosas y árboles que parecían condenados a muerte al faltarles las tapias junto a las que crecieran tiempo atrás. Nos abrimos paso a través del fango lleno de roderas y los rescoldos humeantes de pilas de listones; cuando llegamos, una muchacha antillana metida en carnes asomó la cabeza por detrás de la puerta principal. Nos hizo un guiño. “¡Ya está aquí, Maureen, tesoro!” —dijo mirando hacia lo alto de la escalera—. “¡No olvides lo que te he dicho!” Tras lo cual nos sonrió en actitud insolente, y en aquel preciso instante retumbó un trueno teatral en el cielo de Mile End Road; sin embargo, no creo que Jones notara el efecto. Para él y Maureen la cosa no iba de broma: ninguno de los dos había visto la zona Este hasta cumplidos los treinta años, y su imposibilidad de habituarse a ella estaba incrustada en las paredes del hueco de la escalera junto con la otra porquería.

—Lo va a entender, señor Jones, ¡y cómo! —me dijo la muchacha antillana.

Maureen estaba de pie ante la ventana del piso, fumando un pitillo nerviosamente y contemplando el descampado como si lo comparase mentalmente con otro paisaje que hubiera visto alguna vez.

Tenía los hombros redondeados y tensos a un tiempo. El crío, a sus pies, estaba jugando alegremente con un amigo imaginario. “Ya era hora”, dijo a Jones con aire distraído. Estaba más delgada desde nuestro último encuentro: una rubia de baja estatura y expresión preocupada, con pantalones tejanos manchados de pintura y un jersey de la casa Marks & Sparks que se estaba deshaciendo; la cara, que al principio tenía forma de corazón, se le había quedado muy consumida a causa de las preocupaciones y la soledad; tenía la voz áspera y desabrida.

—¡Ay, señor! —exclamó—, ¡pero qué pinta tienes! —Expulsó el humo por la nariz furiosamente y aplastó el cigarrillo en un cenicero de cristal—. ¡Tendrías que mirarte al espejo! —En lugar de hacerlo, Jones permaneció en el centro de la habitación como un marinero abandonado en una isla desierta y posó la vista, indeciso, en los estantes improvisados repletos de ropita de niño, en la alfombra marrón, en el orinal de plástico amarillo. Estaba ya desesperado y confuso.

—Han pasado veinte años —dijo Maureen dirigiéndose a las hogueras y a las silenciosas aplanadoras cubiertas—. Dios mío, para ti todavía estamos en 1958, ¿verdad?

—Montaña arriba, montaña abajo —canturreó el crío. Se había embadurnado el pelo y la ropa con chocolate.

Jones levantó las manos ligeramente.

—Son lo único que tengo —dijo—. ¿Has estado pintando? Queda muy bien.

Maureen se echó a reír. Apretó los labios.

—Siéntate —me dijo, renunciando a la protección de la ventana—. Esta vez te ha tocado a ti, ¿eh? ¿Cómo va el negocio, Spider? ¿Qué tal está Henry? Tendrá que ser té. El café no me lo puedo permitir. —Pasó a la cocina, evitando concienzudamente a Jones, que seguía plantado en medio de la estancia, y se puso a revolver cosas en el fregadero.

—¿De quién ha sido la idea de que se cortara el pelo? —comentó. Volvió con una bandeja—. No está tan mal para 1958. Coge una galleta de jengibre, Spider. ¿Dónde está mi pensión, Jones? Resulta que me debes tres meses; ahora sí que ya no puedo arreglármelas. —Mientras lo decía se apresuró a volver a la ventana y miró fijamente hacia el exterior, comparando y comparando. En torno al cuello llevaba una cadena con un monito de plata colgado. Como estaba roto el aro minúsculo que fijaba su cabeza al eslabón central, le había rodeado el cuello con la cadena para sujetarlo. Jones carraspeó y apuró la taza de té. Hubo unos momentos de silencio. El crío levantó los ojos y miró a su madre. De pronto se sentó en cuclillas y emitió una ruidosa pedorrera. “Montaña arriba, montaña abajo”, dijo. Un tufo espantoso invadió la habitación.

—Resulta que derribaron la taberna —explicó Maureen—, de modo que me he quedado sin trabajo. Este sitio lo echan abajo el mes que viene y el ayuntamiento todavía no me ha proporcionado un piso nuevo. Ahora sí que tendrás que escribirles explicándoles la situación. —Levantó al crío y lo puso sobre las rodillas de Jones—. Aquí está tu papá —le dijo—. Pídele que te cambie. —El crío le miró con fijeza unos momentos y luego se puso a gimotear con voz sorprendentemente aguda. Jones le miró a su vez.

—¿No te das cuenta de que te vas a meter en un lío con lo de la pensión? Tansy dice que, quieras que no, te pueden obligar a pagar…

—¡Tansy! —chilló Jones de repente en la cara del crío—. ¿Tansy? —Rompió a reír frenéticamente—. ¡Estupendo! ¿Quién es esa Tansy de los cojones? ¿Esa vaca boba del piso de abajo? ¡Claro que me pueden obligar, hostia! ¿Es qué no tienes bastante sesera para verlo tú misma?

—¡Es la única persona con la que puedo contar! —gritó Maureen, y rompió a llorar amargamente—. ¡Ay! ¡Me cago en la madre que te parió! ¡No tengo a nadie más que me diga…!

El crío agitaba los brazos y gimoteaba. Jones lo dejó en el suelo con brusquedad y salió del piso precipitadamente, exclamando “¡Tansy dice!, ¡Tansy dice!” y sin parar de reír con exasperación. En cuanto se hubo marchado me refugié en la cocina, que no olía tan mal, e hice un poco más de té.

—No estás obligado a quedarte, ya lo sabes —dijo Maureen—. Seguro que ya no vuelve. Andará por ahí, a solas. —Limpió al crío en actitud displicente y le cambió los pañales (“Montaña arriba, montaña abajo”, canturreaba, mirando por encima del hombro de su madre a un amigo invisible—. No sé lo que pasa cuando viene él —dijo—. Ya no puedo seguir comportándome con sensatez. —Luego añadió—: ¿Te acuerdas de Swansea, Spider? Entonces las cosas eran diferentes. Yo estudiaba Historia del Arte. Sus manos me gustaban muchísimo. ¿Has visto cómo las tiene ahora? Todas llenas de costras. —Tomó un sorbo de té, dejando de mirarme y dirigiendo la vista hacia la ventana; es posible que se acordara de la época en que solía ponerse un dos piezas blanco y practicar la natación, cuando Jones empezaba a ser conocido por las hazañas que llevaba a cabo en los impresionantes acantilados de Gales, hacía ya muchos veranos, y el agua tenía el color de una cuerda flamante de nailon azul.

—Entonces ya tenía las manos bastante llenas de costras, Maureen —le recordé con dulzura.

—Vete a la porra, Spider. Que te den por el saco.

Antes de irme le ofrecí colocarla en una de las tiendas.

—En el caso de que necesites un abogado, o lo que sea, no tienes más que llamarme —añadí.

Y ella repuso:

—Cuando le convenzas de que venga solo, siquiera una vez, entonces sí que creeré que quieres ayudarme de verdad.

Jones estaba abajo, entre las hogueras humeantes de los contratistas; su silueta delgada aparecía y desaparecía misteriosamente conforme iba pasando de un fuego a otro, en la penumbra surcada por la lluvia, dando puntapiés a los rescoldos y, según me pareció, tratando de armarse del valor necesario para volver a entrar. Tardé unos momentos en conseguir que me prestara atención.

—Es la única ropa de vestir que tengo —decía una y otra vez mientras estábamos sentados frente a frente, cariacontecidos, en un vagón del metro—. ¿Por qué la tiene que criticar continuamente?

Explicárselo habría llevado demasiado tiempo; así pues, mientras el tren avanzaba con estruendo, dando bandazos, en dirección a los barrios más civilizados que se extienden al este de Farrington, me limité a dejar que se mirara con gesto embobado en las ventanillas oscuras, que palpara con curiosidad las mejillas enrojecidas por el afeitado de su reflejo sarroso e inexacto y que manoseara (lleno de perplejidad, aunque a punto de dejarse llevar a un resentimiento hipócrita, que le infundía ánimos para eludir uno o dos meses más sus obligaciones) la chillona corbata amarilla de punto, la americana de pana color tabaco y la camisa blanca a gruesas rayas achocolatadas, que conservaba desde el último y glorioso cumpleaños de su adolescencia.

Entretanto, me representaba a Maureen en la zona Este de Londres, donde los horizontes no existen sino en el recuerdo, meditando sobre libertades desaparecidas: de nuevo la veía, en mi imaginación, los lunes por la mañana, en el curso de verano, después de pasar dos noches en Llanberis en un granero o en una sencilla tienda de campaña de algodón, sin tener siquiera un cepillo de dientes, corriendo por los largos pasillos encerados del Instituto de Ciencias de la Educación, comiéndose una tostada quemada, llegando tarde a la clase de Historia del Arte, un poco desarreglada todavía, soñolienta y con resaca, con uno de los jerseys raídos de la casa Marks que le había prestado Jones y unos tejanos azules descoloridos, convertida en el centro de miradas celosas e interesadas.

—Eso que lleva en el cuello se lo compré yo —comentó Jones malhumorado—. Me he dado perfecta cuenta de que lo ha roto.

—Venga ya, Jones —dije.

La preocupación suele tomarse erróneamente por debilidad. Gracias a ello pudo Jones subsistir en un mundo que no le comprendía, aunque no creo que se aprovechara a menudo de tal circunstancia con pleno conocimiento. La obsesión que constituía el alpinismo para él era de todo punto verdadera y había empezado mucho antes de lo de Swansea y de conocer a Maureen. Cinco semanas después de que ocurriera el incidente motivado por la pensión, a mediados del mes de febrero, uno de los más fríos que habíamos padecido desde 1964, decidí llevarle a Escocia. Tenía la intención de ir a ver a mis padres, que se han jubilado y viven en Bearsden, un pueblecito muy acogedor donde tienen una gasolinera. Las autopistas estaban cubiertas de hielo ennegrecido: como nos vimos obligados a tomar interminable desvíos, al final me pasé toda la noche del viernes al volante. Jones dormía en el asiento posterior; más tarde se comió tres huevos fritos en una cafetería que cruzaba la carretera, mirando a su plato con la cabeza ladeada en actitud intelectual, mientras el tráfico escaso pasaba gruñendo en dirección al sur y una especie de mucosidad agrisada iba penetrando en el local por las ventanas empañadas. Me habló de la caída que había sufrido tiempo atrás en un camino de piedra caliza de Derbyshire, muy conocido, a causa de la cual se le fracturó la nariz. La bolsa de tiza que llevaba había reventado y toda la cara le quedó manchada de sangre y polvo blanco. Tenía incluso una fotografía que le había tomado alguien en aquel momento. “Lo peor de todo vino cuando tuve la sensación de que no podía respirar”, dijo. “Me imaginé que me estaba muriendo.” Esto lo repitió dos o tres veces, en un tono que, al menos en aquella ocasión, parecía reflejar una suerte de placer supersticioso.

Me dijo que durante el fin de semana quería escalar el Point Five Gully, de Ben Nevis, y me pidió que le acompañara. “Henry no quiere venir”, añadió. “Supongo que ya sabes el porqué.” Estaba sentado delante de mí, echando salsa de tomate en el plato.

—No puedo venir, Jones —dije—. Es que me están esperando. —Hacía muchos años que no practicaba la escalada en hielo; él se encontraba en la misma situación. En cuanto hubimos pasado el puente de Orchy le dejé conducir a él, pues quería dormir un poco. A la altura de Glencoe nos metimos en un ventisquero; ante mis ojos, durante todo el trayecto, se fueron abriendo las curvas carnívoras de la A82 hasta que llegamos a Fort William. (Diez años antes, o puede que hiciera más tiempo, yo, que iba sentado en el sillín trasero de su motocicleta, había atravesado la ventanilla posterior de un Mini con el mástil de una tienda de campaña, justo cuando él intentaba adelantarlo en una de aquellas curvas. Todavía no me explico por qué llevaba aquel mástil debajo del brazo, ni cómo pudo convencerme de que cargara con él.) Cuando me desperté al cabo de un rato, noté que había estacionado la camioneta en un aparcamiento de no sé dónde y que el aire frío entraba por las puertas traseras. Llevaba unos pantalones elásticos muy sucios y una chaqueta Javelin con los antebrazos completamente gastados por haber escalado sobre arenisca. Un anticuado cinturón de alpinismo de la marca Whillans le pendía en la entrepierna como si fuera una bragueta arrugada. Estaba hablando con alguien que yo no alcanzaba a ver.

—Perdonad —oí que decía—. ¿No tendríais un pitillo por casualidad?

Como única respuesta recibió unas risillas sofocadas; yo intenté conciliar el sueño otra vez.

El domingo temprano nos dirigimos al sitio donde pensábamos emprender la subida. Todavía estaba oscuro y hacía un tiempo espantoso. “Hala, Jones”, le dije. “Con semejante día nadie quiere tomarse la molestia de imitarnos.” El monte Ben, cuando se divisaba, tenía un aspecto muy parecido al de aquellas montañas que pueden verse en las películas sobre los guías alpinos filmadas en los años cincuenta: no terminaba en punta, naturalmente, pero tenía la misma apariencia de cartón piedra, de telón pintado. La nieve pulverizada nos llegaba en ráfagas, azotándonos la cara, como jirones de niebla a merced de un viento cortante procedente del este. Nos pusimos en marcha junto con otros escaladores, pero cuando llevábamos un rato caminando a ciegas por Tower Ridge acabamos por separarnos de ellos. Seguimos oyendo sus voces durante unos minutos, lejanas y destempladas, sobre el retumbar del viento; luego se desvanecieron definitivamente.

Jones quiso que tomara la iniciativa en la primera elevación.

Con botas provistas de puntas delanteras y llevando en cada mano una piqueta corta del nuevo modelo (cuyas bocas de ángulo muy pronunciado recuerdan el pico de un pterodáctilo) es posible escalar incluso las cornisas de hielo. Lo más divertido son los saltos de agua: cuando uno está suspendido en medio de los carámbanos enormes que se han ido juntando hasta adquirir el aspecto de un haz de tubos de órgano, manteniéndose en equilibrio sobre media pulgada de acero a más de seiscientos metros de altura, en una mañana soleada, entonces sí que se lo puede pasar en grande. ¡Chunk!, hacían las piquetas al clavarse en el hielo. Aquel día en el monte Ben ni siquiera oía mis propios pensamientos. Los remolinos de viento explotaban continuamente en el despeñadero. En algunos puntos apenas había bastante hielo para recibir la piqueta; la boca de la misma lo resquebrajaba y lo desprendía en escamas; por otro lado, todo el camino estaba repleto de nieve pulverizada, como el desagüe de una lavandería obstruido con Persil. Pasados unos momentos, ya no veía a Jones al mirar hacia abajo (y tampoco le oía cantar); lo único que distinguía era un vacío grisáceo lleno de partículas de hielo, en el cual desaparecían las dos cuerdas de nueve milímetros. No podía hacer otra cosa que ir subiendo: abriendo cortes en la capa fina de hielo negro, forcejeando, apoyando en ella los crampones de las botas delicadamente, mientras el viento me impulsaba hacia el fondo del despeñadero y luego me volvía a succionar contra la pared del mismo, salpicándome de agua esparcida, que se me introducía en el cuello, debajo del casco y en los ojos… Hasta que por fin aparecieron protuberancias de hielo de buena calidad. Me encaramé a una de ellas, hinqué un par de pitones de rosca para hacer un amarre de seguridad y tiré de la cuerda indicando a Jones que podía subir.

Para cuando se reunió conmigo en la pequeña plataforma delicuescente, el tiempo había mejorado ya. El viento se había calmado, nos veíamos el uno al otro y nos oíamos las voces. La siguiente elevación resultó ser una prominencia de unos quince metros, que formaba una curva en lo alto y estaba bordeada de carámbanos cortos y torcidos; la luz, que iba aumentando de intensidad, le daba un color verdoso. A juzgar por su aspecto, estaba compuesta de hielo muy consistente. Jones encendió un pitillo, se frotó las manos y se puso a escalarla a un ritmo increíble, enviándome una granizada de trozos de hielo. Salvó rápidamente la parte más difícil, que era la que sobresalía de la pared, e insertó un pitón de rosca debajo de ella, después de lo cual descansó un rato. Yo sólo alcanzaba a verle estirando el cuello; era una figura borrosa que colgaba de un nudo corredizo de vivo color naranja, balanceándose suavemente, como una crisálida en un seto. Hasta mí llegó un sonido de canturreo. “Venga, Jones, que no tenemos todo el día.” “Vete a hacer puñetas.” Estábamos empezando a disfrutar. Doblé los dedos dentro de los guantes de piel sintética; inspeccioné los amarres de seguridad; silbé una melodía. Cuando el cuello se me puso rígido de mirar hacia arriba, lo descansé asomándome al borde del despeñadero. No se divisaba nada. “Voy a continuar la subida”, avisó Jones. “Es muy fácil.” La cuerda se extendió entre mis manos. Jones hincó las dos piquetas en el hielo que cubría la parte superior del saliente y luego clavó las puntas de las botas en él. La prominencia entera estalló como una bomba y Jones se precipitó en el vacío que se abría a sus espaldas. Había salido proyectado hacia el despeñadero. El pitón que le sostenía cedió en el acto al no poder soportar su peso y Jones cayó a plomo lanzando un grito inarticulado, pasando frente a la plataforma donde me encontraba yo. La cuerda se extendió casi diez metros, resbalando entre mis manos, hasta que conseguí frenar su caída; aun así, la fuerza del choque arrancó los pitones que la sujetaban como si fueran dientes cariados, y me vi arrojado al vacío. Caí dando vueltas y más vueltas sin encontrar apenas ningún obstáculo. Iba pensando “Dios mío, Dios mío, Dios mío” en una suerte de sonsonete mental. A mitad del descenso di con los pies contra algo sólido que me distendió los ligamentos de las piernas. Bajé resbalando por una pendiente durante unos momentos: traté de utilizar la única piqueta que me quedaba a modo de freno, volviéndome hacia el otro lado y clavando el pico en el hielo; éste se desprendió. Fui a parar al fondo del despeñadero en posición fetal, resollando, gimiendo y respirando con dificultad a causa de la nieve pulverizada que me había salvado la vida. Me dolían tanto las piernas que me imaginé que me las había roto. Vi a Jones a unos metros de distancia. Estaba arrodillado en medio de una neblina de agua esparcida, haciendo un extraño sonido ronco. Permanecí inmóvil, pensando en que podía quedar inválido. Ello me prestó el ánimo necesario para levantarme e ir a ayudarle.

Las cuerdas se habían enroscado en torno suyo durante la caída; una de las vueltas le rodeaba el cuello, sosteniendo todo el peso de su cuerpo. No hubo manera de quitársela. Había quedado prendida en algún saliente de lo alto de la pared. A pesar de que aún movía la lengua, tenía el rostro ennegrecido y estaba muerto. De todas formas, habría muerto igualmente en el tiempo que tardé en bajar la pendiente arrastrándome.

El entierro fue una cosa terrible. Se celebró al cabo de unos días en uno de estos lugares que están aprisionados entre Manchester y los páramos de arenisca (puede que fuera Mottram, o bien Stalybridge; la clase de parajes donde nada está bien definido, donde no existe la ciudad ni el campo, sino únicamente una repulsiva mezcolanza industrial de ambos), en un cementerio enorme y sombrío, situado en la falda de una colina. El ataúd abierto de Jones estaba expuesto en el salón de una de las casas conjuntas donde residía su hermano. Cuando me tocó desfilar ante el mismo no tuve fuerzas para mirarle. Sus familiares estaban sentados en silencio tomando té; cada vez que mi vista se cruzaba con la de alguno de ellos, sentía dolor en las piernas. Supongo que siempre echamos las culpas al que sobrevive. Pareció que los vehículos de la comitiva fúnebre tardaban horas en recorrer las calles mojadas y sucias de la periferia de la población; luego, una vez que llegamos al lugar de la sepultura, un golpe de viento hizo que una vieja tía suya se tambaleara al borde de la fosa, lo cual me obligó a soltar el bastón y cogerla por el antebrazo para evitar que cayera en ella. Noté que sus huesos eran frágiles como los de un pájaro. Intentamos decirnos algo, pero el viento nos arrebató las palabras.

A continuación tuvo lugar un almuerzo deprimente, en una sala de fiestas situada encima de una panadería. La sala en cuestión estaba decorada con paneles de madera; la carne de cordero tibia la sirvieron unas mujeres de la localidad vestidas de negro con delantales blancos. Estuve solo durante la comida. (Antes habían venido otros escaladores amigos suyos, pero se marcharon juntos después de la ceremonia. De todas formas, yo tampoco les conocía muy bien.) Cuando se disponían a servirle el hermano de Jones se puso en pie bruscamente y exclamó: “¡No quiero carne! ¡Ya se lo dije, que no quería carne!”. Todas las ancianas se le quedaron mirando. Era mucho mayor que Jones: alto y delgado, con la boca rodeada de arrugas producidas por la tensión, que pudiera ser debida al vegetarianismo o bien al dolor; él también falleció al cabo de unos meses, de un cáncer de intestino, a causa de lo cual sólo quedaron las mujeres. Cuando le hubieron convencido de que volviera a sentarse el hombre rompió a llorar. Aquel local servía para todo tipo de funciones. Alguien había dejado un monito de tosca factura, comprado en alguna tierra de recuerdos, con las patas hechas de yute trenzado y la cabeza de madera, colgado encima de la trampilla que comunicaba la cocina con el comedor; en el techo podían verse todavía unos cuantos adornos navideños descoloridos.

El fin de semana lo pasé en un hotel, y el sábado por la tarde, antes de marcharme, me fui al cementerio yo solo. No sé lo que esperaba encontrar allí. La carretera que conducía a él estaba llena de cintas de satén y papel celofán de las floristerías, que el viento había arrancado de las tumbas por la noche. Al bajar la ventanilla de la camioneta percibí el olor que provenía del páramo mojado, y me acordé entonces de que Jones, cuando niño, había escalado por primera vez en esta región, y volvía a casa ya entrada la noche, hambriento y dolorido, después de pasar el día en las zonas rocosas de las proximidades de Sheffield. En verano, mientras avanzaba palmo a palmo por las escarpadas paredes de arenisca, habría habido el olor repentino y seco del polvo de tiza; el tacto caliente de la piedra bajo los dedos; alguna que otra risa. La sepultura daba la impresión de que estuviera a medio terminar; su hermano se encontraba delante de ella, con la cabeza inclinada. Como había oído que me acercaba por el camino de grava, no me fue posible volverme atrás. Me quedé a su lado e incliné también la cabeza; noté que le estaba molestando y que él me molestaba a mí al mismo tiempo. Pasados unos minutos, se sonó la nariz ruidosamente.

—Así que al final no se presentó. Su mujer. Cualquiera diría que le suponía un gran esfuerzo venir.

Me imaginé a Maureen, contemplando desde la ventana las ruinas de la zona Este de Londres, la lluvia que caía.

—Me parece que estaban un poco tirantes —dije.

—¿Tirantes?

—Sí, ellos dos.

Aunque era evidente que no me había entendido, no quise darle explicaciones y procuré cambiar de conversación.

—Notaremos mucho su falta —dije—. Era uno de los mejores alpinistas del país.

Entonces se volvió a mí.

—Conque notaréis su falta, ¿eh? —preguntó con rencor—. Tendríais que haber sido más sensatos y no haberle animado tanto.

Si bien Maureen permanecía en el fondo de mi pensamiento, las circunstancias me impidieron volver a la zona Este. Las tiendas de mi propiedad estaban marchando muy bien: como preveía que la temporada de verano iba a resultar productiva, me trasladé a Nueva York y California para efectuar algunas compras, y regresé provisto de un surtido de sacos de dormir ligeros de fibra sintética y con la exclusiva para Inglaterra de un nuevo modelo de cinturones de escalada que, a mi modo de ver podían rivalizar con los de la marca Whillans. Al llegar a Londres hacía un tiempo crudo y húmedo, aunque estábamos solamente a finales de marzo. Las piernas me dolían a ratos, como si ello fuera una especie de señal psíquica. Cuando bajé del tren que iba en dirección este, en la estación de Bow, hacía una tarde bastante soleada.

El fango del campo de batalla de los contratistas se había helado, endureciéndose las roderas impresas en él, y sólo quedaban ya dos edificios intactos, que se habían salvado —si puede decirse así— gracias a la escasez temporal de mano de obra en el ramo de la construcción. Ya no me acordaba de cuál era el de Maureen. Me dirigí hacia el que no tenía las planchas de hierro ondulado clavadas en las ventanas del primer piso; esperé a que alguien bajara a abrir la puerta. Las aplanadoras yacían a mi alrededor con las palas bajas y hundidas en la tierra, como si estuvieran agotadas por una larga campaña tras un invierno muy crudo. Entre las casetas de aluminio cercadas, que se hallaban esparcidas por el terreno, discurrían nubecillas de humo gris. Se habían realizado algunos intentos de iniciar las obras, pues se veían zanjas repletas de cemento, montones de cañerías de barro y, en algunos puntos, sobre las roderas, hiladas de ladrillos nuevos que llegaban a la cintura. Eran fortificaciones condenadas a la destrucción ya desde un principio: en esa zona tenían lugar una suerte de excavaciones arqueológicas al revés, que ponían al descubierto la planta del barrio pobre que iba a levantarse en ella.

—Ah, Spider, hola. Me parece que no llegas en el momento más oportuno —dijo Maureen—. Te diría que pasaras —añadió—, pero estoy esperando a una persona.

Se había cortado mucho el pelo y llevaba una ropa que no le había visto nunca. Usaba un esmalte de uñas de un color ciruela muy raro, con pequeñas muescas en los sitios mordidos. Se dio cuenta de que no sabía muy bien cómo reaccionar.

—¡Voy un poco más elegante que de costumbre! —dijo, soltando una carcajada nerviosa—. Anda, sube. —Una vez arriba encendió un pitillo—. ¿Quieres un café, Spider?

En la cocina había unos cuantos muebles nuevos: una mesa de formica muy limpia, alacenas, sillas plegables con las patas de metal; en cuanto al salón, los estantes improvisados llenos de ropita de niño los había sustituido por otros. En una librería con las puertas de vidrio ahumado había varios libros de bolsillo y un diccionario. Sea como sea, a pesar de todas las modificaciones, diríase que el piso no había cambiado en absoluto, como si se resistiera, al igual que sus uñas, a todos los intentos de normalizar su vida. Todavía se notaba el olor del crío, que estaba sentado en cuclillas en el orinal amarillo, mirando absorto hacia el extremo opuesto de la estancia y murmurando para sí.

—Ya debes de haber terminado —le dijo Maureen.

Se volvió a mí, con la mirada inquieta.

—Yo habría asistido al entierro; lo que pasa es que no tenía ni un céntimo. Esta semana no me han pagado el subsidio de desempleo. —Apagó el cigarrillo—. Recibí una carta de su hermano —dijo.

—Siempre puedes ir a verles un día de éstos. No creo que se hagan cargo de la situación, eso es todo.

—Ya no sé si voy a tener tiempo —dijo—. Me ha salido un empleo.

Resultó que era la secretaria de un empresario de la ciudad. Le pregunté cómo se las arreglaba con el crío. “Va a una guardería”, repuso vagamente. Estaba mirando por la ventana, a un coche que avanzaba por el borde del campo de batalla, un modelo europeo de grandes dimensiones, cuyo chasis rozaba el suelo cada vez que se hundían las ruedas en los hoyos abiertos por la maquinaria de los contratistas. Como si la llegada de aquel vehículo, con sus connotaciones de bienestar y comodidad, fueran una señal o una advertencia, ella se volvió de repente y dijo:

—Spider, me pasé una barbaridad de años imaginando noche y día que ese coche de la policía iba a aparecer de un momento a otro. Vinieron en plena noche y no sabían exactamente quién de vosotros había muerto. Habían cogido mal los nombres. —Intenté decir algo, pero ella siguió hablando precipitadamente—. Estuve llorando toda la noche, lo que quedaba de ella. Lloraba por él, por ti, por mí, por todos nosotros. Por lo que fuimos en Swansea. ¡Si al menos hubiera ganado un poco de dinero alguna vez, hostia! —Se echó a llorar y se frotó suavemente los ojos. En el exterior, el coche se detuvo bajo la ventana. Se apeó un hombre con cazadora de piel y lo cerró a conciencia. Luego levantó la vista sonriendo y saludó con la mano. Maureen bajó a abrirle.

Se llamaba Bernard. Vestía un traje oscuro, o puede que fuera marrón, o azul, ya no me acuerdo; llevaba el pelo bastante largo y bien peinado y usaba algún tipo de loción facial. Tenía aspecto de sentirse molesto. Aunque parecía ser buena persona, no hice nada para darle confianza. “Qué, ¿cómo está el chavalín?” dijo, levantando al crío. “Ay, Dios mío.” Maureen fue a prepararle un café. “Bernard es programador de ordenadores”, dijo desde la cocina, como si ello pudiera animarnos a hablar. “Se dice análisis de circuitos, Maureen”, la corrigió: “análisis de circuitos.” Sostuvieron una conversación a media voz en la cocina, y me pareció que decían: “Pero vamos a ir al cine. Ponen El ángel exterminador. Dijiste que tenías muchas ganas de ver El ángel exterminador”. Cuando volvió, lo único que me dijo fue que le perdonara y cogió el orinal para ir a vaciarlo en el lavabo. Mientras estaba fuera, Maureen, poniéndose a la defensiva, dijo: “Nos vamos a casar, Spider”.

Y a continuación hablamos de los utensilios de alpinismo de Jones, que yo tenía guardados por si Maureen me los pedía.

—Me parece que no sería conveniente para ella recuperar esas cosas, ¿verdad, Spider? —manifestó Bernard (convencido tal vez de que nunca lo sería). Bebió un poco de café, que tomaba sin leche—. Al menos mientras viva sola. —Echó un vistazo al reloj—. Maureen, cariño, ya casi es hora de marcharnos. —A pesar de todo, Maureen, sin levantarse de la silla, se inclinó y se puso a revolver la bolsa en que había traído el material.

—Aquí hay un par de botas reforzadas de alpinista —dijo—. Y están casi nuevas. ¿Las podrías vender en una de las tiendas, Spider? —Bernard puso cara agria.

—Me parece que no andamos tan escasos de fondos, Maureen —dijo. Se echó a reír.

—¿Lo podrías hacer, Spider? —repitió Maureen. Yo le dije que lo intentaría. (Al cabo de un par de meses le envié el dinero que había sacado de la venta, pero es dudoso que pasara de Bow, puesto que no recibí ninguna respuesta.) Hubo un silencio embarazoso. Entonces me invitaron a la boda, que iba a celebrarse en mayo.

—Me temo que no podré venir —dije—. Tengo que ir a los Estados Unidos a hacer unas compras. Un surtido de sacos de dormir que me interesan.

El crío andaba a gatas, respirando trabajosamente. “Montaña arriba, montaña abajo.” Cuando me levanté para irme, estaba intentando subir por el costado de la librería; sus pies diminutos resbalaban sobre la melamina reluciente.

Bernard me acompañó a la puerta. “Espero poder hacerla feliz”, dijo, y me dio las gracias por haber ido a verla. Caí en la cuenta de que Maureen ya se había despedido de mí.

Mientras bajaba las escaleras noté que ya anochecía. Por las ventanas del rellano se divisaba un terreno yermo; hogueras. Más abajo me tropecé con Tansy, la muchacha antillana. Llevaba la cadena con el monito de plata de Maureen. En la penumbra ocre, las dos piezas relucían sobre su piel. Supongo que Maureen se las habría regalado.

—Hasta la vista —dijo; y sonrió.

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