Suicidio, fragmento del libro de Édouard Levé

Un sábado del mes de agosto sales de tu casa vestido para jugar al tenis y acompañado por tu mujer. En medio del jardín le haces saber que se te ha olvidado la raqueta en casa. Vuelves a por ella pero, en vez de encaminarte hacia el armario de la entrada donde sueles guardarla, bajas al sótano. Tu mujer no lo ve, se ha quedado fuera, hace buen tiempo, disfruta del sol. Unos instantes después oye la descarga de un arma de fuego. Corre hacia el interior de la casa, grita tu nombre, se da cuenta de que la puerta de la escalera que da al sótano está abierta, la baja y te encuentra allí. Te has pegado un tiro en la cabeza con la escopeta que habías preparado cuidadosamente. Sobre la mesa has dejado un tebeo abierto por una página doble. Con la emoción tu mujer se apoya contra la mesa, el libro báscula y se cierra antes de que comprenda que se trataba de tu último mensaje.

Nunca he estado en esa casa. Con todo, conozco el jardín, la planta baja y el sótano. He visto la escena cientos de veces, siempre con los mismos decorados, los que imaginé la primera vez que me contaron lo de tu suicidio. Esa casa estaba en una calle, tenía un tejado y una fachada trasera. Pero nada de eso existe. Está el jardín donde sientes por última vez el sol y donde tu mujer se queda esperándote. Está la fachada hacia la que corre cuando oye la descarga. Está la entrada, donde se encuentran la raqueta, la puerta del sótano y las escaleras. Y, por último, está el sótano donde yace tu cuerpo. Está intacto. No te ha explotado el cráneo como me habían dicho. Eres como un joven tenista que descansa sobre la hierba después de un partido. Cualquiera diría que estás dormido. Tienes veinticinco años. Ahora ya sabes más que yo sobre la muerte.

Tu mujer pega un grito. Aparte de ti no hay nadie más que pueda oírlo. Están solos en la casa. Se echa sobre ti llorando y te golpea el pecho entre el amor y la rabia. Te coge entre sus brazos y te habla. Solloza y se desploma sobre ti. Las manos se le deslizan hasta el frío y húmedo suelo del sótano. Sus dedos restriegan el pavimento. Se queda así un cuarto de hora y nota cómo se te va enfriando el cuerpo. El teléfono la saca del aturdimiento. Reúne fuerzas para subir. Es la persona con la que habíais quedado para jugar al tenis. «Bueno, ¿qué pasa?». «Está muerto. Muerto», responde.

Ahí se detiene la escena. ¿Quién levantó el cuerpo? ¿Los bomberos, la policía? ¿Le hizo la autopsia un forense, por eso de que un suicidio puede ser un asesinato encubierto? ¿Hubo una investigación? ¿Quién decidió que ese suicidio era eso y no un crimen? ¿Interrogaron a tu mujer? ¿Le hablaron con delicadeza o sospechaban de ella? ¿Se unió el dolor de las sospechas al de tu desaparición?

No he vuelto a ver a tu mujer, apenas la conocía. La habré visto cuatro o cinco veces. Cuando te casastes dejamos de vernos. Vuelvo a ver su cara. Hace veinte años que tiene la misma. La imagen que conservo de ella se coaguló la última vez que la vi. La memoria, como las fotos, congela los recuerdos.

Viviste en tres casas. Cuando tu madre estaba embarazada de ti, tus padres vivían en un piso pequeño. Tu padre no quería que sus hijos pasasen estrecheces. Hablaba de «mis hijos» y todavía no había tenido el primero. Tu madre y él visitaron un castillo medio en ruinas de un coronel retirado de la Legión que no había llegado a habitarlo por las obras que creía conveniente realizar antes de mudarse. Tu padre, director de una empresa de obras públicas, no se dejó impresionar por lo ingente de la tarea. A tu madre le gustaron los jardines. Se trasladaron en abril. Naciste en una clínica el día de Navidad. Una criada mantenía vivos los tres fuegos del castillo a todas horas: uno en la cocina, otro en el salón y un tercero en la habitación de tus padres, donde dormiste los dos primeros años. Para cuando nació tu hermano las obras no habían avanzado. Viviste en una precariedad lujosa durante otros tres años más, hasta que nació tu hermana. Justo cuando decidieron buscar un sitio más confortable, tu padre le anunció a tu madre que la dejaba. Ella encontró una casa más pequeña y menos bonita que el castillo, aunque más acogedora y cálida. Allí tuviste tu segundo cuarto, que ocupaste hasta que te fuiste a vivir con tu mujer, a los veintiún años. En aquella pequeña casa estuvo tu tercer cuarto. Fue el último.

La primera vez que te vi estabas en tu cuarto. Tenías diecisiete años. Vivías en casa de tu madre, en la primera planta, entre el cuarto de tu hermano y el de tu hermana. Salías poco de él. Cerrabas la puerta con llave, hasta cuando estabas dentro. Ni tu hermano ni tu hermana recuerdan haber entrado. Si tenían que decirte algo te hablaban a través de la puerta. Nadie entraba a limpiar, te encargabas vos. No sé por qué me abriste cuando llamé. No preguntaste quién era. ¿Cómo adivinaste que era yo? ¿Por mi forma de acercarme, de hacer crujir el suelo? Tenías los postigos entornados. Una tenue luz roja iluminaba la habitación. Estabas escuchando el I talk to the wind de King Crimson y fumabas. Me recordó un pub. Era pleno día.

Al cabo de un tiempo tu mujer se acordó de que el tebeo que habías puesto allí estaba abierto antes de caerse de la mesa. Tu padre ha comprado decenas y decenas de ejemplares que regala a todo el mundo. Se sabe de memoria los textos y las imágenes de ese libro que no le decía mucho pero con el que ha acabado identificándose. Busca la página, y en la página, la frase que habías elegido. Anota sus reflexiones en una carpeta de anillas que tiene siempre sobre el escritorio y en la que ha puesto: «Hipótesis Suicidio». Si abres el armario que está a la izquierda del escritorio, te encuentras con una decena de carpetas del mismo formato, llenas de hojas manuscritas con la misma etiqueta. Cita los bocadillos del tebeo como si fuesen profecías.

Rara vez te equivocabas porque rara vez hablabas. Hablabas poco porque salías poco. Cuando salías, escuchabas y observabas. Siempre serás justo porque ya no hablas. Para ser exactos, sigues hablando a través de los que, como yo, te hacen revivir y te preguntan. Escuchamos tus respuestas, cuya sabiduría admiramos. Pero si los hechos desmienten tus consejos, nos acusamos de haberlos malinterpretado. Para ti las verdades, para nosotros los errores.

Sigues viviendo en la medida en que quienes te conocieron te han sobrevivido. Morirás con el último de ellos. A menos que alguno con sus palabras te haga vivir en el recuerdo de sus hijos. ¿Por cuántas generaciones vivirás así, como personaje oral?

Fuiste a París a un concierto. Al final de la primera parte el cantante se cortó las venas y diseminó la sangre por las primeras filas describiendo arcos con el brazo. En tu cazadora de cuero marrón impactaron algunas gotas que al secarse se confundieron con la tela. Después del concierto te fuiste con tus amigos a un bar cuyo nombre acabarías olvidando. Te pasaste horas hablando con desconocidos. Luego recorristeis las calles buscando más bares, pero estaba todo cerrado. Te tumbaste en los bancos de una plazoleta de al lado de la estación de Saint-Lazare y te pusiste a comentar la forma de las nubes. A las seis fuiste a desayunar. A las siete cogiste el primer tren de vuelta a casa. Cuando al día siguiente tus amigos te repitieron lo que les habías dicho a los desconocidos del bar, no te acordabas de nada. Era como si otro hubiese hablado por ti. No reconocías ni las palabras ni las ideas pero te gustaban más que si hubieses recordado haberlas dicho. A menudo bastaba con que otro defendiera tu discurso para que te gustara. Anotaste lo que te repitieron. De ese texto que escribiste fuiste el autor por partida doble.

Tu vida fue una hipótesis. Los que mueren viejos son una mole de pasado. Se piensa en ellos, y aparece lo que fueron. Se piensa en ti, y aparece lo que podrías haber sido. Fuiste y serás una mole de posibilidades.

Aunque tu suicidio fue el discurso más importante de tu vida, no recogerás sus frutos.

¿Estás muerto porque te hablo?

Si siguieras con vida, ¿seríamos amigos? Tenía más relación con otros chicos. Pero el tiempo me separó de ellos sin que apenas me percatara. Bastaría una llamada de teléfono para retomar lazos. Ninguno de nosotros corre el riesgo de desilusionarse por el reencuentro. Tu silencio se ha convertido en elocuencia. En cambio, ellos, que todavía pueden hablar, permanecen en silencio. Ya no pienso en ellos, a pesar de lo íntimos que fuimos. Sin embargo, tú, en otros tiempos lejano, distante y tenebroso, brillas ahora a mi lado. Cuando dudo, te pido consejo. Tus respuestas me satisfacen más que las que ellos podrían darme. Me acompañas fielmente, allá donde vaya. Son ellos los desaparecidos. Tú eres el presente en mayúsculas.

Eres un libro que me habla cuando quiero. Tu muerte ha escrito tu vida.

No me pones triste, me pones serio. Dañas mi ligereza incurable. Cuando soy demasiado impulsivo y, por razones que ignoro, se me aparece tu cara, le vuelvo a dar importancia a la gente que me rodea. Las cosas adquieren un relieve que rara vez veo. Disfruto por ti de lo que ya no conoces. Muerto, me vuelves más vivo.

Tenías cinco años, no conseguías ponerte un jersey. A pesar de que le sacabas dos años, fue tu hermano pequeño quien te enseñó a hacerlo. Tu padre te humilló cuando, burlón, te sugirió que tomases ejemplo de él; para rematar, te llamó inútil. Tu hermano, que te admiraba tanto como a tu padre, se vio atrapado entre dos autoridades. Como no quería herir a nadie, no se vanaglorió del comentario de tu padre. Su modestia remató la humillación.

Yaces solo en una tumba de piedra negra en la que están grabados en oro tu nombre y tu apellido. Debajo se leen las fechas de nacimiento y de defunción, separadas por veinticinco años.

Cuando me entero de un suicidio, pienso en ti. Sin embargo, cuando me entero de que alguien ha muerto de cáncer, no pienso ni en mi abuelo ni en mi abuela, a quienes este se llevó. Lo comparten con otros tantos millones más. Tú eres dueño del suicidio.

Unas ruinas son un objeto estético accidental. El embellecimiento, indudable, no se elige. Unas ruinas no se fabrican, no se cuidan. Las ruinas tienden hacia lo bajo y el hatajo. Lo más bello es lo que sigue cubierto pese a la expoliación. Tu recuerdo está así de alto y tu cuerpo así de bajo. Tu fantasma sigue de pie en mi recuerdo mientras tu esqueleto se descompone en la tierra.

Te alegrabas de haber nacido un 25 de diciembre: «La gente, con las fiestas, no se da cuenta de que es mi cumpleaños. Al olvidarme me ahorran la molestia de tener que brillar».

Un día un hombre te dijo: «Te quiero». No fui yo. Mientras vivías, no pensé en ello, sin embargo, hoy puedo decirte lo mismo, aunque no se trate del mismo amor que el que te declararon. Mis palabras llegan demasiado tarde. No habrían cambiado tu decisión pero habrían cambiado mi recuerdo. ¿Es amistad amar a alguien a partir de su muerte?

Solo he visto una fotografía tuya. Te la hice el día de tu cumpleaños. Estabas en nuestra casa. Mi madre había preparado una tarta. Tenía mi cámara preparada para que no tuvieses que repetir la escena en varias tomas. Hice la foto sin flash cuando soplabas las velas. La imagen está borrosa. Es en blanco y negro. Tienes las mejillas infladas de aire, los labios fruncidos para expulsarlo. Te encuadré a ti, no se ve quiénes te rodean. Llevas un jersey grueso de lana. La vida se te escapa de los pulmones para apagar las llamas. Pareces feliz.

Muerto joven, nunca serás viejo.

Tu abuelo hablaba menos que tú. Sonreía en silencio cuando le veíamos pasar con su caña de pescar, entre los árboles, por el camino de la ribera, que era el límite de los jardines y donde iba a pasar la tarde. Un día en que, bajo el agua, estaba haciendo acrobacias sobre unas ramas, se me cayó el reloj. Años más tarde, en un verano seco, el caudal del río disminuyó y tu abuelo lo encontró. Lo llevé a arreglar. Volvió a funcionar. Llevabas muerto dos años.

Un amigo tuyo, cuyo suegro dirigía un hotel importante, te buscó unas prácticas para el verano. Eras portero y limpiabas. Me costaba imaginarte en uniforme de botones, con una capa de otra época y una gorra roja y negra. Cuando limpiabas las habitaciones te encontrabas objetos insólitos. Un día, en el cajón de la mesita de noche de un hombre al que habías denominado «el banquero», descubriste varias revistas porno homosexuales todavía en su envoltorio y un consolador sin usar. Me lo enseñaste. No habías abierto nada. ¿Los habrán encontrado después de tu muerte? ¿Cómo habrán explicado su presencia en tu casa?

Solías hablarme de Las ruinas de los Gamieri. Su autor, Prospero Miti, no releía sus libros una vez publicados, solo las galeradas. Un día, a modo de excepción, releyó uno y se dio cuenta de que el orden de los capítulos no se correspondía con el que él había dispuesto. Como le gustó el libro tal cual, no pidió que se corrigiesen las reimpresiones. Te enteraste de la anécdota cuando ya habías leído el libro. No te cansabas de releerlo para descubrir el orden original.

Tomabas el ascensor para bajar, para subir, no.

Creías que al ir haciéndote mayor serías menos desgraciado porque, para entonces, tendrías razones para estar triste. Siendo joven, tu desasosiego era inconsolable porque lo considerabas infundado.

Tu suicidio fue de una belleza escandalosa.

Un día, en invierno, te fuiste a dar un paseo a caballo por el campo. Eran las cuatro. Anocheció cuando estabas a unos kilómetros de las caballerizas. Se estaba fraguando una tormenta. Estalló cuando tu caballo galopaba por los campos desolados. A lo lejos se recortaba la silueta del pueblo en azul y negro. El animal no se dejaba amilanar por los rayos y los truenos. Te sentías electrizado por el despliegue de inclemencias. Eras un mismo cuerpo con el animal, cuyo olor exaltaba la lluvia. Acabaste la travesía en la más absoluta oscuridad, a cada paso los cascos del caballo fustigaban la tierra embarrada y húmeda.

Leías más de pie en las librerías que sentado en las bibliotecas. Querías descubrir la literatura de hoy, no la de ayer. Para las bibliotecas el pasado, para las librerías el presente. Sin embargo, te interesaban más los muertos que los contemporáneos. Leías, más que nada, a aquellos que llamabas «los muertos vivientes»: autores difuntos que siguen publicándose. Confiabas en los editores para actualizar hoy el saber de ayer. No creías mucho en los descubrimientos milagrosos de escritores olvidados. Pensabas que el tiempo criba, y que en ese sentido valía más la pena leer autores del pasado publicados en nuestros días que autores de nuestros días que se olvidarán mañana.

En el pueblo había dos librerías. La pequeña era mejor que la grande, pero la grande permitía leer sin sentirse en la obligación de comprar. Había varios vendedores y varias estancias, no espiaban a los clientes. En la pequeña sentías la mirada del librero. Allí no ibas a descubrir libros sino a comprar los que ya habías elegido.

Te oí imitar a un viejo campesino que vivía detrás de la casa de tu madre y que contraía la fórmula de cortesía «¿Cómo le va a usted?» en «¿Lasted?». Te acercabas a tu interlocutor con la mano tendida para desearle unos buenos días normales y en el último momento le soltabas la fórmula. Ningún indicio lo hacía prever. No lo repetías para hacer reír una segunda vez. No divertías por encargo.

Te sentías más pequeño por las noches que por la mañana porque la gravedad te hundía las vértebras. Decías que la noche le daba a tu cuerpo lo que el día le había arrebatado.

Fumabas tabaco rubio americano. Impregnaba tu cuarto con su olor dulzón. Daban ganas de fumar al verte hacerlo. En tu mano un cigarrillo era un objeto artístico. ¿Te gustaba fumar, o la imagen de vos mismo fumando? Hacías aros perfectos, densos y espesos, que recorrían dos metros antes de envolver un objeto sobre el que acababan disolviéndose. Me acuerdo de la trayectoria que tomaban por la noche a contraluz, delante de una lámpara. La última vez que te vi habías dejado de fumar pero no de beber. Te acariciabas la barriga felicitándote por haber engordado, si bien la diferencia era mínima. Tu figura estaba intacta.

¿Explicar tu suicidio? Nadie se ha atrevido.


Fragmento del libro “Suicidio” de Édouard Levé.


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