Soy vertical pero preferiría ser horizontal, poemas de Sylvia Plath

Lorelei

No es una noche para ahogarse:

luna llena, río negro

bajo un suave brillo de espejo,

la azul neblina cae

lienzo a lienzo como redes

aunque los pescadores estén durmiendo,

las macizas torres del castillo

se duplican en el cristal

todo quietud. Pero estas formas flotan

subiendo hacia mí, perturban el rostro

de la calma. Desde el nadir

se alzan, sus poderosos miembros

pesados, el cabello más recargado

que el mármol esculpido. Cantan

un mundo más pleno y claro

que el posible. Hermanas, vuestra canción

lleva una carga insoportable

para el oído cansado de escuchar

aquí, en este país bien guiado

por un gobernante equilibrado.

Trastornando con armonía

más allá del orden mundano,

vuestras voces cercan. Os alojáis

en los altos arrecifes de las pesadillas,

y prometéis un puerto seguro;

durante el día disertáis desde las fronteras

de la pereza, desde el alféizar

de altas ventanas. Peor

aún que vuestro canto

enloquecedor, vuestro silencio. En el origen

de la llamada de vuestros corazones helados—

la embriaguez de las grandes profundidades.

Oh río, veo transcurrir

en tu profundo flujo de plata

a esas grandes diosas de paz.

Piedra, piedra, llévame al fondo.


Poema para un cumpleaños

1. Quién

El mes de la floración terminó. Se recogió la fruta,

podrida o comida. Soy toda boca.

Octubre es el mes del almacenaje.

Este cobertizo huele a rancio como estómago de momia:

viejas herramientas, tiradores, espigas oxidadas.

Estoy en casa, entre cabezas muertas.

Deja que me plante en un tiesto,

las arañas no lo notarán.

Mi corazón es un geranio parado.

Si el viento dejara en paz mis pulmones.

Cuerpo de perro husmea los pétalos. Florecen bocabajo.

Crujen como arbustos de hortensias.

Las cabezas mohosas me consuelan,

clavadas al techo ayer:

inquilinas que no hibernan.

Coles: púrpura carcomida, lustro de plata,

aderezo de orejas de mula, piel apolillada, pero verde corazón,

sus venas blancas como tocino.

¡Oh la belleza de la costumbre!

Las anaranjadas calabazas no tienen ojos.

Estas estancias están llenas de mujeres que se creen pájaros.

Es una escuela monótona.

Soy una raíz, una piedra, una egagrópila de búho,

sin sueños de ningún tipo.

Madre, eres la única boca

de quien yo sería lengua. Madre de la otredad

cómeme. Embobada con cubos de basura, sombra de portal.

Dije: debo recordar esto, pues soy pequeña.

Allí había flores enormes,

bocas rojas y púrpura, hermosísimas.

Las ramas de las zarzas me hacían llorar.

Ahora me iluminan como una bombilla.

No recuerdo nada desde hace semanas.

3. Ménade

Una vez, fui corriente:

sentada bajo el algarrobo de mi padre

comía los dedos de la sabiduría.

Los pájaros daban leche.

Cuando tronaba me escondía bajo una losa.

La madre de las bocas no me amaba.

El viejo se encogía hasta volverse muñeca.

Oh, soy demasiado grande para volver atrás:

la leche de pájaro es plumas,

las hojas del algarrobo son inertes como manos.

Este mes no da para mucho.

Los muertos maduran entre las hojas de vid.

Hay una lengua roja entre nosotras.

Madre, no te acerques a mi corral,

me estoy convirtiendo en otra.

Cabeza de perro, devoradora:

dame de comer las bayas de la oscuridad.

Los párpados no se cerrarán. El tiempo

desata del gran ombligo solar

su brillo infinito.

Debo tragarlo todo.

Señora ¿quiénes son esos en la vasija lunar—

ebrios de sueño, con los miembros desparejados?

Bajo esta luz, la sangre es negra.

Dime mi nombre.

6. Quema de brujas

En la plaza del mercado amontonan ramas secas.

Un matorral de sombras no es un buen abrigo. Habito

mi propia imagen de cera, el cuerpo de una muñeca.

El malestar comienza aquí: soy blanco de las brujas.

Sólo el diablo puede con el diablo.

En el mes de las hojas rojas, me subo a un lecho de fuego.

Es fácil culpar a la oscuridad: la boca de una puerta,

el vientre de la bodega. Han apagado mi bengala.

Una dama vestida de negro me tiene encerrada en una jaula de loro.

¡Qué ojos tan enormes tienen los muertos!

Intimo con un espíritu peludo.

El humo da vueltas desde el pico de este frasco vacío.

Si soy pequeña, no puedo hacer daño.

Si no me muevo, no tiraré nada. Es lo que dije,

sentada bajo la tapa de un bote, diminuta e inerte como un grano de arroz.

Están encendiendo los quemadores, aro tras aro.

Estamos llenos de almidón, mis pequeños amigos blancos. Crecemos.

Al principio duele. Las lenguas rojas dirán la verdad.

Madre de escarabajos, suelta la mano:

volaré por la boca del cirio como polilla que no se quema.

Devuélveme la forma. Estoy dispuesta a interpretar los días

que copulé con el polvo a la sombra de una piedra.

Mis tobillos se iluminan. Asciende la luz por mis muslos.

Envuelta en toda esta luz, estoy perdida, perdida.


Soy vertical

Pero preferiría ser horizontal.

No soy un árbol con las raíces en la tierra

absorbiendo minerales y amor maternal

para que cada marzo florezcan las hojas,

ni soy la belleza del jardín

de llamativos colores que atrae exclamaciones de admiración

ignorando que pronto perderá sus pétalos.

Comparado conmigo, un árbol es inmortal

y una flor, aunque no tan alta, es más llamativa,

y quiero la longevidad de uno y la valentía de la otra.

Esta noche, bajo la luz infinitesimal de las estrellas,

los árboles y las flores han derramado sus olores frescos.

Camino entre ellos, pero no se dan cuenta.

A veces pienso que cuando estoy durmiendo

me debo de parecer a ellos a la perfección—

oscurecidos ya los pensamientos.

Para mí es más natural estar tendida.

Es entonces cuando el cielo y yo conversamos con libertad,

y así seré útil cuando al fin me tienda:

entonces los árboles podrán tocarme por una vez, y las flores tendrán tiempo para mí.


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