Vicente Luy: poemas

Vicente el poeta popular

Vicente Luy nació en Córdoba en 1961 y se suicidó en Salta en el año 2012 luego de pasar severas temporadas internado en neuropsiquiátricos. Vicente publicó su primer libro en el 1991, Caricatura de un enfermo de amor. A su primera publicación le siguieron: La vida en Córdoba (1999), Aviones (2002), No le pidan peras a Cúper (2003), La sexualidad de Gabriela Sabatini (2006), Vicente le habla al pueblo (2007) y Plan de operaciones / La única manera de vivir a gusto es estando poseído, y otros. En ocasiones Vicente Luy ocupó el foco de la atención por sus polémicas a través de anuncios en el vallado público. Su poesía permaneció mayormente oculta, circulando poco a través de amigos y conocidos. Fue recién en el año 2012 con la consumación de su suicidio que la obra del poeta cordobés salió del olvido y se propulsó como un meteorito en reversa hasta el panteón de los mitos.


Llueve y alguien está diciendo “llueve”. 

Si me equivoco contradíganme con amor, porque con amor digo.

Si erro pónganme maestros, que luego yo les enseño,

 porque con amor hago.

O ustedes, ¿Por qué creen que llueve; porque hace falta? 

¿creen que llueve porque sí? ¿por qué carajo creen que 

llueve?

Llueve; y no sólo eso; la verdad es que hay un montón 

de gente diciendo “llueve”.

De a uno empiezan a notarlo, y no lo pueden evitar;

simplemente dicen “llueve”.

Porque llueve.

Si me equivoco contradíganme con amor, porque

con amor digo.


En la cocina de la casa de su madre Melissa Sue Anderson

aprendió a mirar, a ser inocente.

El pibe Ingalls fue más lejos. Hizo un cáncer y en distintos

programas de lucha contra el cáncer se fue despidiendo

de a poco.

Yo, en la grava antes de la escalera que da a los salones,

voy gestando una voz tibia y rota, aunque hiriente; la de

alguien –un desconocido- que te pueda entender, que te va 

a escuchar.

La puerta está abierta, y paso. Hay muchísima gente.

Toman Felipe Rutini, las velas están encendidas, los manteles

son blancos. Me llama la atención un florero. 6’ después,

tropiezo y lo rompo. La mayoría me mira.

Yo sonrío y trato de explicar lo azaroso del hecho.

Igual me echan.

De acuerdo. De acuerdo. Me voy.

Pero por lo menos lo intenté.


Entre 2 tablitas de la persiana de la habitación de la casa que alquilo en Argañaraz y Murguia y San Carlos no cabe un marlo de choclo, pero sí una mirada asesina.

Por eso estoy paranoico.


Subo a besos por su sangre,

cuento los días.

Ella abre un paquete de Merengadas;

ella comemos.

El sur vuelve lleno de camarones

y aire de los Aguirre.

Y todos sudan:

la madre, el padre y el pingüino.

Ella suda.

Ella se vuelve clítoris,

y yo también


Eso es una pollera; eso es una mujer. Una mujer con un cigarrillo 

en la mano. Tiene las uñas pintadas y toma un té. Parece bonita. 

No me interesa ninguna otra cosa en este mundo.


Si fuera Dios me haría hombre, pero no otro.

Apostaría todo a la transformación.

Mi desesperación y mi miseria

son la plataforma desde donde me intuyo.

Sólo soy tuyo siendo yo.


¿Por qué los secuestradores prosperan?

¿Por qué sonríen los diputados?

Tienen plan.

Vos no tenés plan.


Por romper las reglas a Adán lo echaron del paraíso.

Yo reivindico eso.

¿Qué clase de Edén es ese

que hay cosas que no se pueden hacer?


¿Tus palabras no atraviesan las paredes?

Modifica tus palabras


¿Venderle el alma al diablo? Sí, pero cara.

Y si se puede, venderle también otras cosas.

Y vender a Dios lo que el diablo no compre.


Uno deja a veces el camino por miedo al fracaso.

Uno deja a veces el camino por miedo al fracaso.

Uno deja a veces el camino por miedo al fracaso.

Uno deja a veces el camino por miedo al fracaso.

Uno deja a veces el camino por miedo al fracaso.

Uno deja a veces el camino por miedo al fracaso.

Uno deja a veces el camino por miedo al fracaso.

Uno deja a veces el camino por miedo al fracaso.

Uno deja a veces el camino por miedo al fracaso.

Uno deja a veces el camino por miedo al fracaso.

Uno deja a veces el camino por miedo al fracaso.

Si no lo leíste las 10 veces leelo de nuevo y después saltate este renglón.

Pero el miedo no siempre se ve.

Ahora miralo.


Recomendamos el libro“Poesía popular Argentina” de Vicente Luy.


¿Queres seguir leyendo poesía? Te propongo un cambio drástico, una de mis autoras favoritas canadienses: Poemas de Anne Carson.


“Fósforos quemados” de José Edgardo Díaz

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