Confesión de un golfo, y otros cuatro poemas Serguéi Yesenin

Sin lamentos

Sin quejas, ni lamentos ni llantos

como el humo a través del florido manzano

hasta mí llegó la marchitez dorada

ya no seré más joven y lozano.

Ya no lates con la fuerza de antes

mi corazón tocado por el hielo

y caminar descalzo por el bosque

ya no es una ilusión, no es un anhelo.

El deseo de aventura cada vez es menor

y el fuego de los labios ya se ha ido

¡oh mi joven y lejano frescor

mis antaños pletóricos sentidos!

Ahora son escasos mis afanes

¿he vivido mi vida o la he soñado?

Es como si en un alba primaveral

galopé sobre un caballo rosado.

Nuestro destino es frágil y finito

el cobre de las hojas lento emana

por todos los siglos sea bendito

lo que florece hoy para morir mañana.


Estoy cansado

Estoy cansado de vivir en mi país natal,

con la nostalgia de las extensiones de trigo negro;

dejaré mi choza,

partiré como un vagabundo y un ladrón…

Volveré a la casa paterna

a regocijarme con el júbilo ajeno.

Y en una noche verde, bajo la ventana,

con la manga de mi camisa me ahorcaré.

Los sauces de plata contiguos a la cerca

inclinarán sus cabezas con mayor dulzura aún.

Y sin lavarme, sin el menor ritual,

se me enterrará bajo los aullidos de los perros.

La luna continuará bogando por el cielo,

perdiendo sus remos en el agua de los lagos;

y Rusia siempre será la misma,

danzando y llorando alrededor de las empalizadas.


Sólo me queda una diversión

Sólo me queda una diversión:

los dedos en los labios y un alegre silbido.

Ya se ha esparcido mi mala fama

de peleador y escandaloso.

¡Qué ridícula mala fama!

Hay muchas caídas tontas en la vida.

Me avergüenzo de haber creído en Dios,

y me entristezco de no creer ahora.

¡Remotas lejanías doradas!

Todo arde en la rutina cotidiana.

Si blasfemé y fui escandaloso

fue para arder con mayor fulgor.

Acariciar y fustigar es el don del poeta

lleva sobre sí un signo fatal.

Yo quise enlazar sobre este mundo

a la rosa blanca y el sapo negro.

¡Qué importa no se hayan realizado

estos designios de los días buenos!

Si los demonios anidaron en mi espíritu

es porque los ángeles vivían en él.

Por estos alegres desvaríos,

yo quisiera en el postrer instante

antes de partir hacia otras comarcas

pedir a todos los que me acompañen

que por mis pecados mortales,

por no creer en el paraíso,

con mi camisa rusa me amortajen

y bajo los astros me dejen expiar.



Confesión de un golfo

No todos saben cantar,

no todos saben ser manzana

y caer a los pies de otro.

Esta es la suprema

confesión de un granuja.

Ando intencionalmente despeinado,

con la cabeza como una lámpara a petróleo.

me gusta alumbrar en las tinieblas

el otoño sin hojas de vuestros espíritus.

Me gusta que las piedras de los insultos

caigan sobre mí como granizo vomitado por la tormenta.

Entonces es cuando aprieto con más fuerza

el globo oscilante de mi cabezota.

Con qué nitidez recuerdo entonces

la laguna cubierta de hierba y la voz ronca del aliso

y que en algún lugar viven mi padre y mi madre.

Mis versos les importan un comino,

pero me quieren como a un campo, como a la carne de su carne,

como a la buena lluvia que en primavera ayuda a salir a los brotes.

Ellos les clavarían a ustedes sus horquetas

cada vez que me lanzan una injuria.

¡Pobres, pobres campesinos!

seguramente están viejos y feos

y siguen temiendo a Dios y a los espíritus del pantano.

¡Si sólo pudieran comprender

que su hijo

es el mejor poeta de Rusia!

¿Acaso sus corazones no temían por él

cuando se mojaba los pies en los charcos del otoño?

Ahora anda de sombrero de copa

y con zapatos de charol.

Pero con el mismo espíritu juguetón de antes.

De aldeano travieso.

Desde lejos saluda con una gran reverencia

a las vacas pintadas en los letreros de las carnicerías.

Y cuando se cruza con los coches de la plaza,

el olor del estiércol lo remonta a los campos de su tierra

y está dispuesto a sostener en el aire la cola de cada caballo

como si fuese la cola de un traje de novia.

Amo mi tierra.

¿La amo con locura!

Aunque sobre ella caiga toda la tristeza y el moho de los sauces.

Gozo con los hocicos inmundos de los cerdos

y con las notas estridentes de los sapos en el silencio nocturno.

Estoy enfermo de los recuerdos de infancia,

sueño con la niebla y con la humedad de las tardes de abril,

cuando nuestro arce se puso en cuclillas

para calentarse los huesos en la hoguera del crepúsculo.

¡Trepando de rama en rama,

cuántos huevos no robé de los nidos de las cornejas!

¿Seguirá siendo el mismo de antes, con su copa verde?

¿Tendrá todavía la corteza tan dura?

¿Y tú, mi querido perro fiel

overo?

La vejez te ha puesto gruñón y ciego

y vas de un lado a otro del patio arrastrando tu cola caída.

Tu nariz no distingue ya el establo de la casa.

Cuánto no significan para mí nuestras pillerías de antaño

cuando le robaba pan a mi madre

y lo comíamos entre los dos, mordiéndolo por turno

sin sentir repugnancia.

Soy siempre el mismo,

mi corazón es siempre el mismo.

Los ojos florecen en el rostro como los azulíes en el trigo.

Y yo, extiendo las esteras doradas de mis versos

quiero decirles a ustedes

mis palabras más tiernas.

¡Buenas noches a todos!

¡Buenas noches!

Rozando por última vez la hierba del crepúsculo

ha enmudecido la guadaña de la aurora.

Y siento unas ganas locas

de mear a la luna desde la ventana.

¡Luz azul, en este azul profundo

ni siquiera la muerte me importa!

¡Qué importa que yo parezca un cínico

con un farol colgando del trasero!

Viejo, buen y supercabalgado Pegaso,

¿Qué falta me hace a mí tu trote blandengue?

Yo he venido como un severo maestro

a cantar y a ensalzar a las ratas.

Como agosto, vierte

mi cabeza el vino espumoso de mis cabellos.

Yo quiero ser ese amarillo

que nos lleva al país que navegamos.


Hasta pronto amigo mío

Manuscrito escrito con sangre que se encontró
en la habitación donde Sergei Esenin se suicidó.

Hasta pronto, amigo mío, hasta pronto,

querido mío, te llevo en el corazón.

La separación predestinada

promete un nuevo encuentro.

Hasta pronto, amigo mío, sin gestos ni palabras,

no te entristezcas ni frunzas el ceño.

En esta vida el morir no es nuevo

y el vivir, por supuesto, no lo es.


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