La fuerza que lanzará la flecha hacia delante, cuento de Francisco Bitar

La fuerza que lanzará la flecha hacia delante

1.

El tiempo no pasa para todo el mundo de la misma manera.


En un principio, sin embargo, o, en todo caso, hacia el último año de la escuela secundaria, es decir, poco antes del principio, las vidas de Zindo y Gafuri están acompasadas.

Más allá de la insospechada cantidad de años que tomará en cada caso, ambos se sienten ya hombres y cada uno encuentra en el otro el modo de convalidar su propia condición.

En todo caso, también sus mayores transitaron el camino hacia la madurez refrendando los antiguos rituales de un colegial. Como ellos, como sus mayores, Zindo y Gafuri se sientan al fondo del aula en bancos contiguos, se duermen de madrugada en la casa de alguno de ellos, salen con chicas y dejan de hacerlo en simultáneo.

Así las cosas, el tiempo no hace más que pasar y pasar, aunque con un rumbo definido.


Una noche, mientras beben en la estación de servicio, compran un mapa y piden una birome, que el playero se saca de atrás de la oreja. Era un modo de imprimirle color a la borrachera, pero poco después una cicatriz en tinta negra cruza el país en dirección este-oeste.

Al final de la noche, Zindo clava el mapa en la pared, encima de su cama, y ambos lo miran desde su colchón hasta dormirse.


No viajarán a dedo. Hace tiempo que Zindo maneja y ahora, llegada la primavera, tiene además la edad reglamentaria para hacerlo. Cada tanto aparece por la escuela con el 504 de su tío, con quien vive, y quien además le presta el Peugeot por tiempo indeterminado a causa de su creciente ceguera.

En días como ese, Zindo y Gafuri tiran los guardapolvos en el asiento de atrás, se ponen los lentes de sol y conducen hasta el playón de CILSA, donde Gafuri recibe clases de manejo.


Según lo conversado, hay algo en ellos que sin duda pertenece a la órbita del mundo adulto: el momento en que cada uno fue capaz de dejar atrás los vínculos sanguíneos para formar una familia propia junto a un amigo.

Dedican horas a hablar del hecho de ser hijos únicos, con madres ausentes, y de la penosa circunstancia de vivir con un hombre mayor: Zindo, con su tío, que casi ciego se dedica a cuidar el jardín, y Gafuri, con su padre, que desde la puerta de casa mira pasar los autos hundido en el silencio, como si habitara un edificio vacío con una sola ventana en lo alto.


Han decidido que no formarán familia con mujeres.

Tarde o temprano, las mujeres exigen vocación para el noviazgo y, con eso, plantan la semilla de los hijos. Las chicas, en cambio, ofrecen posibilidades de abundancia y, sobre todo, de experiencia.

Aun así, ninguno de ellos parece a la altura de la consigna. Zindo es haragán y, en el fondo, un poco tímido a la hora de tomar la iniciativa. Gafuri, por su parte, va y viene con Irina, una chica un año menor, a quien finalmente abandona ante la inminencia del año en libertad.

2.

Pero el primer año en libertad termina siendo el primer año universitario: Gafuri decide utilizar su opción secreta de viajar a Rosario, donde se ha inscrito en la carrera de Odontología sin confesárselo a su amigo.

Es posible que los mejores recuerdos que Gafuri alberga sean recuerdos de consultorio. Su padre ya no habla, pero Gafuri interpreta que, en su lejanía, esto es lo que desea: antes de que la madre enfermara, su padre tomaba las visitas a los consultorios como una ocasión social. Sacaba charla a las secretarias y hablaba con los médicos acerca de los lugares convenientes para la temporada de pesca.

Ahora Gafuri vive a dos pasos de la facultad, en una casita de una sola habitación, con una sola silla y una única mesa. Comparte el lugar con Nando, un compañero de colegio a quien tanto Zindo como Gafuri apenas si registraban.


Como era de prever, la convivencia está lejos de ser ideal.

Cuando no está sentado en el inodoro, Nando ocupa la silla bajo pretexto de ser él quien la trajo. Ahora Gafuri reconoce su importancia y se pregunta qué posibilidades tendrá de avanzar en el estudio sin una silla donde sentarse.

En la casita pasa el tiempo parado o acostado. A la hora de cursar, es el primero en sentarse y el último en abandonar su asiento.


En lo que respecta a la posibilidad de hacer amigos y conocer chicas, las perspectivas son igual de desalentadoras. Los chicos y chicas que viven desde siempre en Rosario tratan a los extranjeros con una indiferencia polar, y los estudiantes del interior, lo mismo que Nando, se visten con ropa de misa y se sonrojan al hablar. Gafuri se pregunta si no constituyen su única posibilidad de ampliar un mundo todavía ajeno y se responde que si fuera así, si no quedara otra opción que relacionarse con chicos de provincia, preferiría quedarse solo por mucho que vaya a durar su estadía en la nueva ciudad.


Es cuando se hace de noche, a la hora en que cierran las puertas de la facultad y él recorre las inmediaciones del edificio, que Gafuri se entrena en el arte de estar solo. Al pasar junto al interurbano que toma por la avenida y llega a su ciudad, se obliga a agachar la cabeza; al pasar junto a las cabinas telefónicas, debe vencer la tentación de entrar y llamar: se sabe de memoria un número y se lo recita a sí mismo, al punto que cada vez que piensa en Irina, antes que el nombre, viene a su mente la posibilidad de llamarla.

Empieza a hacer frío y es por eso que crece el poder de las luces de los autos, y que el efecto del encandilamiento sigue ahí, rayando sus párpados, cuando vuelve a casa y se mete en la cama.

3.

Hacia mediados del primer año, entiende que el estudio representa su único consuelo: Gafuri se hunde en los libros, y las relaciones que teje, con hilo débil, opaco, se desprenden de su reclusión.

Se sabe el nombre del chico de la fotocopiadora, con quien conversa dos palabras entre cliente y cliente; se sabe el nombre de la bibliotecaria, una mujer adulta y algo interesante, que lo trata con simpatía pero que, a causa de su trabajo, está obligada a guardar silencio.


Aunque lo haga sin brillar, este modo de estabilizar su situación con lo poco que tiene a mano lo lleva a regularizar todas las materias del primer cuatrimestre, todo un logro para alguien que nunca se imaginó estudiando la composición de un diente y los factores de amenaza.

La sensación llega a embriagarlo: este puede ser el comienzo del gobierno de sí mismo. La única manera de saberlo será llevar el plan hasta las últimas consecuencias.

Esta es la fuerza que lanzará la flecha hacia delante.


Zindo, según le ha confesado a su amigo, todavía se acuesta de madrugada y se levanta al mediodía. Como hasta hace un año, pasa sus tardes en la peatonal y los parques, fumando cigarrillos doblados que compró de uno en uno y guardó en su pantalón. Si bien sabe perfectamente que ya no es un adolescente, Zindo ha encontrado un nuevo motivo para vagabundear: está enamorado.


Por más que las diferencias empiezan a asomar, es decir, por más que el significado del tiempo hubiera cambiado en cada caso, los encuentros, que suceden cada vez que Gafuri vuelve a Santa Fe, significan un descanso: para Zindo, de su vida reposada; para Gafuri, del rigor que él mismo se ha impuesto.

Pero las visitas, a fines de ese primer año universitario, empiezan a espaciarse. Una noche en que Gafuri ha tomado el volante del 504 de vuelta de la playa y Zindo escupe cada tanto en dirección a la laguna, Gafuri le dice a su amigo que es momento de preparar los exámenes finales y que deberán esperar hasta el verano para volver a verse. El comentario toma por sorpresa a Zindo, que entrando la cabeza al auto deja volar el viento en el interior del 504 y después dice comprender.

Por supuesto, hay algo más: Gafuri siente que su vida, la de alguien decidido a terminar una carrera universitaria, carece de significado para Zindo. También está cansado de escucharlo hablar de ese amor desesperado.

4.

Al año siguiente, sin que lo hubiera procurado, también Gafuri conoce a una chica. Ha ocurrido de una manera previsible: formaron grupos de trabajo en Odontología Social con el fin observar las prácticas de estudiantes avanzados y, después de tomar nota de las conclusiones, pidieron unas cervezas en la cantina.

Cintia sabe cómo llevar de inmediato la conversación a un terreno donde Gafuri se siente cómodo, donde puede hablar en serio o ser gracioso según prefiera. Es atractiva, aunque de un modo clásico, y ha nacido y vivido toda su vida en Rosario, lo que hace que Gafuri se sienta afortunado, elegido.

Es recién para esta época, con un año de demora, que Irina, su exnovia, deja de representar una posibilidad: su figura abandona el presente para instalarse en el recuerdo.

La de Gafuri con Cintia es una relación cordial y correspondida. Ella y él están en lugares parecidos: tienen una misma percepción del tiempo.


Para abril, Gafuri rinde la última materia de primer año. Y cuando la tanda de exámenes termina y es capaz de volver a ver su presente con claridad, se encuentra con que ya no lo desconciertan las noches, el momento del día que, hasta hace poco, debía sortear acostándose temprano y tratando de no pensar. Ahora tiene novia y, casi sin quererlo, se aprende el nombre de las calles más allá de los bulevares.


Para este segundo año, Nando vuelve a Santa Fe: su futuro está lejos de los libros y lejos también de cualquier esfuerzo que comporte alguna singularidad.

Su parte del alquiler es cubierta por Cintia, aunque no mediante una suma pactada, sino por una contribución indirecta, compartiendo sus materiales de estudio y llenando la heladera de Gafuri: el dinero, para ella, no es un problema. Está apenas obligada a volver a la casa de sus padres noche de por medio para salvar las apariencias.


Su nueva residencia, la de Cintia, parece, sin embargo, definitiva: fue ella quien se encargó de juntar el juego de camas simples, puso sus botellas de shampoo junto al zócalo sucio del baño y trajo cuatro sillas para devolver la mesa a la vida. Por lo demás, cuando debe dar un teléfono al pie de los recibos de pago, ofrece el número de la casita de Gafuri, algo que él no toma con naturalidad sino con euforia.

Pero ¿de dónde viene esta urgencia de estar con una chica? ¿O debería decir una mujer?

5.

Una noche, cuando ambos están metidos en la cama, suena el teléfono. Cintia corre hasta la sala y levanta el tubo antes del segundo timbre, convencida de que escuchará del otro lado la voz furiosa de su padre.

No se entiende, dice un poco al auricular y otro poco a su novio, que se le ha unido. Entonces cubre el tubo:

Zindo, ¿puede ser?, pregunta. Está borracho.

No estoy, dice Gafuri con los labios, sin voz.

La noche siguiente ocurre lo mismo.


La tercera noche han tomado el recaudo de desconectar el teléfono antes de meterse en la cama. Pero, para asombro de ambos, suena el timbre.

Gafuri no necesita abrir para saber de quién se trata: reconoce a Zindo por el latido del 504 todavía en marcha y por el ritmo mortuorio de las balizas, cuyo pulso lumínico pasa por debajo de la puerta.

Te estoy pasando a buscar, dice Zindo, vamos a hacer ese viaje al oeste.

Gafuri se dice que Zindo está, por lo menos, borracho.

Todo ha salido mal, en opinión de Zindo, desde el momento en que olvidaron el viaje. Hacerlo es la única forma de que la vida vuelva a ordenarse, de restablecer el equilibrio.

Por cada silencio que hay entre ambos, se escucha un tema de Los Dalton desde el pasacassette del auto, una banda que Gafuri no escucha al menos hace dos años, cuando probó derrapes por última vez en el playón de CILSA o cuando el sueño lo venció por última vez en el piso, en casa de Zindo.

Tengo que rendir unos finales, miente Gafuri.

Son unos días solamente, aclara Zindo. Podés traerte los libros.

Gafuri dice que haber llegado hasta ahí significa demasiado, y con eso sugiere que le apena decirle que no irá.

Traté de llamarte, dice Zindo, pero me atendía una mujer.

En ese momento, un pie de Cintia sale del campo duro de la casa y entra en el campo amortiguado por las luces del auto.

6.

A partir de esa noche, Zindo y Gafuri pierden contacto.

El tiempo, para Gafuri, se acelera, en el sentido de que la rutina pasa al frente y hay grandes bloques de su vida que pueden sintetizarse en dos palabras: estudiar y rendir.

El deslumbramiento que supuso aquel segundo año en Rosario, cuando asumió las condiciones de su nueva vida, va perdiendo fuerza con el correr de los meses, como si la boca de un túnel quedara atrás y en algún punto del avance dejara de alumbrar el camino.

Ahora Gafuri avanza con impulso pero sin tracción y espera que, con los meses, la luz vuelva a mostrarle el camino desde el otro lado.


Y tiempo después el camino se aclara, si es que todo cambio, cualquiera sea su carácter, proyecta su luz. Gafuri termina de cursar en tiempo récord, hace las prácticas en un dispensario y no tarda en recibirse. El siguiente cuatrimestre también Cintia recibe su diploma.

Por supuesto, ofrecen una fiesta.


Gafuri conoce la necesidad de ciertos invitados de demostrar interés, sobre todo cuando deben justificar su presencia. Para ello ha preparado una batería de respuestas.

Si le preguntan cuál fue el motivo por el que apuró su carrera, responde que estaba cansado de pedir dinero prestado para el alquiler y que quería que su padre, antes de morir, lo viera diplomado, aunque no sabe con certeza cuál es su estado de salud y hace un año que cubre los gastos de la casa con lo que obtiene por trabajos particulares derivados del dispensario.


La asistencia está repartida entre los amigos de Cintia del colegio secundario, que no superan en número a los demás pero que son más ruidosos, algunos compañeros de la facultad, el padre de Cintia y un amigo del padre, quienes beben whisky.

¿Cuál de estos invitados viene del lado de Gafuri? ¿Cuál de todos ellos no estaría en la fiesta si no fuera por él?

Está el otro ayudante de Anatomía II, impedido de cerrar la boca a causa de sus dientes delanteros, y está Echagüe, un alumno de esa misma comisión, alguien pulcro y arreglado. Ambos pasan la noche hablando del cursado.

Son hombres a quienes Gafuri no sabe si volverá a ver mañana o nunca, y no llega a darse cuenta si eso importa.


Entre todos ellos, nadie, ni siquiera Cintia, sabe ni sabrá el verdadero motivo de su apuro. Lo que pretendía Gafuri era que su gran esfuerzo pagara en la realidad permitiéndole cambiar de vida.

Su profesión es nada más que un instrumento.


Mientras termina de emborracharse en la vereda, mirando desde afuera la casita que funcionó como centro de operaciones, Gafuri lo entiende: cada vez que su vida pida un cambio, recordará su época dorada, cuando todos los caminos estaban abiertos.

7.

Y el título de odontólogo como herramienta de transformación personal parece entrar en acción de inmediato, aunque de una forma que pone en guardia a Gafuri.

El padre de Cintia, médico, sugiere que empiecen a trabajar juntos durante las mañanas en su propio consultorio. Gafuri dice que lo pensarán, pero su suegro necesita una respuesta inmediata, antes de renovar el alquiler al psiquiatra, alguien que no usa delantal y que mancha la fama de todo el complejo con su pelo largo y su aspecto rotoso.

Es la decisión correcta, declara su suegro luego de cerrar el acuerdo y de quedar a solas con Gafuri.

Un matrimonio es también una sociedad, agrega.

Y el caso es que esta reacción parece imponer un modo de funcionamiento.

De aquí en más, por cada iniciativa que Gafuri se proponga, su suegro ofrecerá una alternativa con el pretexto de mejorar las condiciones de vida de él y de Cintia.


Gafuri ha conseguido un trabajo en Victoria destinado a examinar las dentaduras del ganado y así optimizar la alimentación y el pastoreo. Pero, al mismo tiempo, su suegro hace lugar por la tarde en el consultorio con el fin de que su yerno produzca prótesis para bocas humanas: ahora Gafuri, que siempre odió el trabajo de prótesis, siente que hace horas extras.

Gafuri tiene planes para Semana Santa. Llevará a Cintia a Cayastá, a conocer las ruinas de la primera capital, y a disfrutar del río y las cabañas. Acaso puedan salir a pescar juntos. Cintia está impaciente. El suegro, sin embargo, dice que los llevará a las sierras de Córdoba, que irán al teatro de revistas y al cine. Pero la fecha llega y las reservas no fueron hechas. Pasan el fin de semana en Rosario.

Gafuri está a punto de comprar un Dodge 1500, en su opinión un auto con personalidad, con el que ambos, él y Cintia, podrían hacer honor a los primeros años de trabajo duro sin saltearse ninguna etapa.

¿Un Dodge 1500? No voy a dejar que mi hija llegue al consultorio en una cafetera, dice su suegro, y al día siguiente aparece con la llave de un compacto.

8.

Es en el compacto que, por primera vez en años, Gafuri viaja a Santa Fe. Aunque la necesidad se le ha impuesto, no ha dado todavía con el motivo real de este viaje más allá de algún beneficio secundario, como el de evitar los planes de fin de semana de su novia y su suegro. En todo caso, Gafuri lo hace pasar como un gesto de clemencia hacia su propio padre, explica a Cintia, ya viejo y solo.


Quise comprar un Dodge 1500, dice Gafuri a su padre durante la visita.

Buen auto, dice el padre de Gafuri sin moverse un milímetro de su sillón de tiras ni dejar de mirar la calle a favor de la mano.

Pero mi suegro nos compró un compacto, agrega Gafuri.

Buen auto, repite el padre.


Si le hubiera dicho que manejaba un tronco con ruedas, me hubiera dicho buen auto, le dice a Nando esa misma noche. Su compañero de casa en Rosario está increíblemente pelado y, al mismo tiempo, lampiño, como si su cabeza pero también su cara fueran inhabitables.

Pero no es un tronco, es un compacto, agrega Gafuri.

Me quedo con el tronco, dice Nando.

Gafuri había olvidado su manera de reírse, con los ojos hinchados y los colmillos a la vista. Gafuri sonríe de un solo lado pero se pregunta qué puede saber de autos este peatón.

La charla va de tema en tema, según la habilidad de Gafuri para desviarla: quien habla, en realidad, es Nando. A Gafuri no le importa, solamente ha buscado en Nando una excusa para beber.

Por suerte, pasado un rato, la conversación se detiene y Gafuri puede emborracharse en paz, atento al movimiento de la calle, donde los autos pasan a una velocidad superlenta y chicos y chicas van y vienen con sus bebidas en envases descartables; la ciudad, por detrás, pone hasta tal punto un fondo ideal a esta noche, que el hielo para los tragos, como en un iglú, podría picarse desde las paredes.

¿Quién entre todos estos hombres y mujeres que vienen y van podría intersectarlo hoy y desviar su rumbo? ¿Quién estaría abierto a las posibilidades? ¿Quién, en fin, podría provocar con su aparición lo que llamamos una peripecia?

Por lo menos a tu compacto le va mejor que al 504 de Zindo, suelta Nando.


Nando vuelve a mostrar sus colmillos como si con eso tomara revancha por daños históricos.

Hace no mucho tiempo, dos semanas atrás, calcula, remolcaron el viejo 504 hasta la casa del tío de Zindo.

No es que el tío hubiera preguntado por Zindo, dice Nando en un tono que se propone ser irónico.

Lo encontraron los del seguro y lo mandaron de vuelta, agrega.

¿Desde dónde?, pregunta Gafuri.

San Juan.

El oeste, suelta Gafuri.

Ahí estaba San Juan la última vez que me fijé en un mapa, dice Nando. Hacía siete años que habían dado por perdido el auto.

¿Y Zindo?, pregunta Gafuri.

Estamos hablando del 504, dice Nando. ¿A quién le importa Zindo?


Después de lo dicho, flota un silencio denso, que podría durar para siempre: no será Nando quien ponga la cuota necesaria de sensatez para dar por terminada la reunión. Pero tampoco Gafuri, que sigue colgado de la historia, alcanza a decir algo. Por suerte la moza intercede: están plegando las sillas y ya apagaron las heladeras, lo que puede comprobarse en la figura, ahora oscura, del barman.

Eh, Gafuri, no te hagas el dormido, dice Nando.

Hay que pagar.


El camino hasta la casa de Nando no es largo, como no lo es ninguna distancia en Santa Fe. Con todo, ni uno ni el otro hace lo posible por aligerar el tramo. Nando eructa en silencio y cabecea contra la ventanilla. Gafuri mira la calle sin pestañear.

Ya estamos, dice al llegar y, para que no queden dudas, baja el vidrio de Nando desde el botón.

Nando despierta sobresaltado y mira la ventanilla como si el vidrio tuviera la culpa.

Un tronco con ruedas, dice al bajar del auto.

Yo me quedo con el tronco, agrega.

9.

Ahora Gafuri da vueltas en la cama hasta escuchar los primeros vehículos con sus motores gruesos, conducidos por hombres dedicados al trabajo duro. Antes de que llegue el turno de los motores suaves, entre los que estará también el compacto, Gafuri duerme unos minutos.

Con el paso de los días, cuando sabe de antemano que será inútil tratar de conciliar el sueño, se levanta y fuma en la cocina atento a la llama del calefón, que se agita con el viento.

Por último, renuncia a dormir; decide que lo mejor es abastecerse de alcohol a la espera de la noche.


Con la llegada del calor, Gafuri cambia la llama del piloto por las estrellas. Borracho en el patio, se imagina la vida de su viejo amigo: perdido en la noche, caminando por la banquina, usando las zapatillas de almohada.


¿Qué podría contarle él, Gafuri, si se vieran ahora mismo, si, como aquella noche, Zindo pusiera las balizas y detuviera su auto frente a la puerta? ¿Qué podría decirle Gafuri que Zindo no supiera de antemano?

Después de siete años, Gafuri sigue con la misma mujer, vive en la misma casa y se dedica a lo mismo que entonces. Desearía, al menos, poder decirle que tuvo problemas en la carrera, incluso que abandonó la facultad.

Desearía que en algún plano de su vida prevaleciera el lado salvaje.

Por supuesto, no le diría que tienen un auto cuando ese auto es un compacto.


En su defensa, puede decir que, como van las cosas, Gafuri tendrá, en el futuro, acceso a su propio auto mientras el compacto quedará en manos de su mujer.

Zindo, por su parte, apenas tendrá hoy dónde caerse muerto.

Zindo, se convence Gafuri, es un fracasado, aunque, debe confesarlo, no un fracasado del tipo que termina jugando ajedrez rápido en las plazas.

Es un fracasado que ha elegido la vida que lleva.


No importa que al día siguiente haya que trabajar; Gafuri es capaz de quedarse hasta la madrugada sin otro pasatiempo que oír, mientras bebe, las voces excitadas de chicos y chicas camino a bares y kioscos.

A través del portón o por encima del tapial que linda con el mundo exterior, la música irregular de zapatos de plataforma llena el pasaje de la casita. Se escuchan también los motores preparados y la cumbia en movimiento y, una vez que los autos se alejan, los pasos leves de un chico que, a un costado, deja caer la colilla en la canaleta, justo a la altura del agua servida de su casa.

Ninguno de esos sonidos suena aislado en el oído profundo de Gafuri.

Todos esos sonidos forman juntos el llamado de la noche.

10.

De este lado del mundo es un verano turbio y ventoso, de esos que tiran abajo los conos de señalización, agitan los árboles encima del agua ensuciando las piscinas y propagan incendios a velocidades increíbles.

Aparte de un paréntesis blanco que corresponde al horario del consultorio, ahora Gafuri está expuesto a las inclemencias del tiempo: va y viene del trabajo a pie.


¿Cómo sería un verano brutal como este sin otra cosa para seguir vivo más que su propio cuerpo?

Gafuri lo pone en práctica. Hace uso de las finas sombras proyectadas a mediodía por la línea de la construcción. Aprende a diferenciar, mediante el tacto, el tipo de ladrillo que irradia calor y diseña un camino para evitar esas paredes. Entra a los bares a pedir vasos grandes de agua, en lo posible, con hielo.

Gafuri se ha convertido en un mendigo.


Un día decide trabajar sin aire acondicionado y transpira encima de los pacientes.

Al día siguiente trabaja sin luz eléctrica. A modo de argumento, le explica al primer paciente que hasta no hace mucho el trabajo del dentista estaba a cargo del peluquero y que el torno funcionaba a pedal. Su campo de acción se limitaba a unos pocos arreglos, extracciones parciales o totales. Nadie se moría por eso.

El paciente huye del consultorio. Gafuri cuelga el delantal y baja por la avenida en dirección al río, donde pondrá sus pies en remojo.

Un río, vale decirlo, cargado, a punto de estallar.


En cambio, miles de kilómetros al norte, el clima es diametralmente opuesto. Tal como ocurre en Rosario, las calles están desiertas. Según las noticias, apenas alcanzan a verse, al noreste de Estados Unidos, algunos camiones que descargan mercadería y retropalas municipales que intentan abrirse paso. Las ciudades de la zona, en lo que hace a su capacidad de cobijar gente en los interiores, funcionan al tope de sus posibilidades. Con todos sus ocupantes y algunos visitantes extra, los edificios pesan hoy más que nunca.


Sin embargo, en Nueva York hay veintinueve vagabundos muertos, un número que alarma a los habitantes y no solamente por la posibilidad de morir de frío, sin casa y en soledad.

En Nueva York, al parecer, el hecho de ser un croto no equivale a una deshonra; al contrario, es el resultado de una decisión tomada en libertad: los habitantes de Nueva York viven la muerte de sus vagabundos como una gran pérdida, propia de los peligros que entraña ser un hombre libre.


Es que cualquier ciudad que se precie de tal, dice Gafuri con el noticiero de fondo, ama a sus vagabundos.

Los vagabundos son lo que sobra, dice el suegro, que ha puesto los antebrazos a cada lado del plato. No ayudará con la mesa: él es el invitado.

Papá, dice Cintia.

Pero sobran del lado de adentro, agrega el suegro.

Si sobraran, razona Gafuri, no habría motivos para no eliminarlos. Por definición, lo que sobra es prescindible.

En este caso, lo que sobra resulta útil, dice el suegro. Es la manera de advertir a todo el mundo sobre las consecuencias de abandonar el trabajo.

O puede funcionar de inspiración, dice Gafuri en voz casi inaudible, dirigiéndose al televisor.

¿Por eso es que volviste al torno a pedal?, suelta el suegro. ¿Querés terminar como un croto?


Camino a la puerta, el suegro parece olvidar aquella regla de discreción que otras veces lo llevó a apartarse al momento de dejar las cosas en claro.

A partir de mañana volvemos a la normalidad, Gafuri, ordena el suegro, aunque, después de todo, el tono parece afable.

Agrega:

Te espera una montaña de bocas destartaladas para moldear y una montaña equivalente de dientes postizos por construir.

Gafuri ha dicho algo que no se escucha porque, al mismo tiempo, su suegro desactiva la alarma de la camioneta con un golpe de bocina. En el horizonte, la tormenta parece eludir la ciudad para cambiar las cosas en otra parte.

Ponémelo en vereda a este croto, dice el suegro y le da un beso breve, en los labios, a su hija.

En ese momento pasa un grupo de tres chicas que, cada una a su turno, miran a Gafuri por debajo de sus flequillos.

Sin dirigirle la palabra a su yerno, el suegro sube a la camioneta y acelera. Llegando a la esquina, se pone a la par de las chicas y demora más de lo necesario en doblar.

Tiene razón, dice Gafuri luego de que él y Cintia han visto desaparecer la camioneta.

Voy a echarle nafta al auto.

Mi ciruja, dice Cintia y vuelve a casa.

Gafuri elige una estación de servicio al norte de la ciudad, llena el tanque y sigue camino.

Cruza luces que relampaguean, nubes densas de humo industrial, aliviadores tendidos sobre cauces desbordantes.

11.

Gafuri se aparta de la ruta provincial número 11 a la altura de Sauce Viejo, pasa junto a la chimenea de la fábrica de alimento para mascotas y rodea la casa por el cobertizo donde el tío de Zindo guardaba las herramientas de jardinería.

Está claro que la preocupación por el jardín sigue presente aunque el estilo de mantenimiento no sea el mismo: antes, el tío de Zindo segaba cada hierba que sobresalía por fuera de la línea; ahora el cuidado es libre o aparenta serlo, tendiente, en todo caso, a lograr un efecto de desborde controlado.

Los cítricos siguen fuertes y firmes, lo mismo que las azaleas y la fila de hortensias que hacen de cerco contra el alambrado del vecino. Hay un tacho de chapa con agua pura de la lluvia reciente, una pava de fogón, dos agujeros en un balde viejo y dado vuelta. Nada de esto estaba acá hace diez años.

Gafuri alcanza a verlo todo con las luces bajas del compacto, que dejó encendidas a sus espaldas. También dejó la puerta del conductor abierta: no sabe muy bien qué es lo que hace en la vieja casa de Zindo y es posible que, de un momento a otro, se decida a sentarse otra vez al volante y vuelva por donde vino.

Pero al cabo del rodeo, del otro lado de la casa, hay un enorme animal dormido. Es el bulto de un auto agazapado bajo un cubrelanchas.


La casa se interpuso entre su posición y las luces encendidas del compacto, de modo que Gafuri espera un momento antes de dar el próximo paso. No es noche de luna llena, pero lo que hay, una luna achatada por un lado como una tapita enterrada a medias, ayudará.

No hace falta llave: el 504 ya no tiene la pestaña plateada que servía para abrir, sino dos agujeros contiguos. Gafuri posa dedos índice y medio y tira.

Lo primero que alcanza a ver adentro es el volante y la butaca del conductor reducidos a su esqueleto. Sobre el asiento, hay una pila de madera húmeda y terciada que Gafuri corre a la butaca del acompañante, con lo que quedan expuestos los resortes oxidados. A un costado, sin embargo, el asiento del acompañante está más o menos entero, lo mismo que la parte trasera de la cabina.

Gafuri entra. Por debajo de sus pies la chapa del chasis esta agujereada. No hay manera de hacer andar la radio. No está el mapa en el interior de la guantera. El asiento está en la posición en que Zindo lo usaba: tan atrás como resulta posible, para hacer pensar a quien lo viera que iba como flotando, más allá de cualquier asunto humano. Gafuri se tiende, estira los brazos.

Es como si le dijera a Zindo: hacia allá atrás, hasta donde puede verse por este parabrisas sin vidrio, la ruta traza su última curva antes de entrar al resplandor de la ciudad.

En esa dirección, la llanura es tan sostenida que los autos, en su avance, parecen a punto de cambiar de estado: de viajar bajo las estrellas a moverse entre ellas.

En ese lugar estamos nosotros.

Eso, para mí, fue Santa Fe.


Este cuento forma parte del libro “Teoría y práctica” de Francisco Bitar publicado en el 2018.

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