Poemas a la muerte, de Emily Dickinson

45

Hay algo más tranquilo aún que el sueño

en esta habitación de dentro.

Una ramita lleva sobre el pecho —

y no dirá su nombre.

Hay quien lo toca, y quien lo besa —

hay quien aprieta su mano impasible —

Posee una sencilla gravedad

que me resulta incomprensible.

No lloraría yo si fuera ellos —

¡Es de maleducados sollozar!

Podrían asustar a la serena hada,

hacer que vuelva a su bosque natal.

Mientras las gentes de corazón simple

hablan de «Prematuros muertos» —

nosotros — que apreciamos la perífrasis,

decimos que los Pájaros partieron.

50

Aún no se lo he dicho a mi jardín —

no vaya a ser que convencerme pueda.

Tampoco tengo fuerza suficiente

para comunicárselo a la Abeja —

No lo diré en la calle, pues las tiendas

me mirarían, fijamente, a mí —

Que alguien tan poca cosa — e ignorante

tenga la valentía de morir.

No quiero que lo sepan las laderas —

por las que tanto paseé —

ni decirles a los amados bosques

el día en que me iré —

No lo susurraré en la mesa —

ni por descuido se me escapará

que hoy dentro del Enigma

alguien caminará —

87

Un miedo súbito — ostentación — y lágrima —

un despertar en la mañana

para encontrar la causa de nuestro despertar

respirando una aurora diferente.

113

¿Qué extraña Fonda es esta

donde a pasar la noche

llega un Viajero peculiar?

¿Quién es el Posadero?

¿Y dónde las doncellas?

¡Mirad qué habitaciones!

Sin rubicundos fuegos en el lar

ni Jarras rebosantes que circulen —

¡Nigromante! ¡Señor de la Posada!

¿Quiénes son esos de allá abajo?

144

Lo llevó puesto hasta que finas venas

se trazaron azules en su mano —

y, suplicando, en sus tranquilos ojos

se detuvieron Lápices de púrpura.

Hasta que los Narcisos en incontables

veces se fueron y vinieron,

y entonces dejó ella de llevarlo —

para ocupar su asiento entre las Santas.

Ya nunca más veremos su paciente silueta

tan suave de encontrar en el crepúsculo —

Ya nunca más su sombrerito tímido

en las calles del pueblo —

sino que en su lugar habrá Coronas,

Cortesanos, en torno a su belleza,

¿no es suyo el rostro asustadizo — e inmortal

del que hablamos aquí entre susurros?

241

Me gusta cómo luce la Agonía,

pues sé que es verdadera —

Los hombres no simulan el Dolor,

ni fingen un Espasmo —

Se vidrian nuestros Ojos — es la Muerte —

No hay forma de imitar

esas Perlas que enhebra

en nuestra frente la cotidiana Angustia.

369

Tendida estaba como si jugase

Su vida se escapó de un salto —

con intención de regresar —

mas no tan pronto —

Alegres brazos, casi desplomados —

como si al descansar del juego —

por un instante se olvidasen —

del Modo de continuar —

Sus Ojos bailarines — entreabiertos —

como si aún su Propietaria hiciese

señas de luz a través de ellos

dirigidas a ti — por diversión —

Su Amanecer junto a la puerta —

tramando, estoy segura —

cómo forzar su sueño —

tan leve — tan profundo —


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