Polvo al polvo, cuento de Lucia Berlin

Michael Templeton era un héroe, un adonis, una estrella. Un héroe de verdad, bombardero de la RAF condecorado con honores. Cuando volvió a Chile después de la guerra fue jugador estrella en los equipos de rugby y de críquet del Príncipe de Gales. Corría con su BSA para el equipo de motociclismo británico y había salido campeón tres años consecutivos. Nunca perdió una carrera. Incluso ganó la última antes de derrapar y estrellarse contra el muro.

Nos había conseguido a Johnny y a mí asientos en la cabina de prensa. Johnny era el hermano pequeño de Michael y mi mejor amigo. Idolatraba a Michael tanto como yo. Nosotros entonces sentíamos desdén por todo y desprecio por la mayoría de la gente, en especial nuestros profesores y nuestros padres. Incluso reconocíamos, con cierta soberbia, que Michael era un canalla. Pero tenía estilo, caché. Todas las chicas y las mujeres, hasta las ancianas, estaban enamoradas de él. Tenía una voz grave y lenta, lenta. A Johnny y a mí nos llevaba en su moto a dar vueltas por la playa en Algarrobo. Surcando la arena húmeda y compacta, espantando las bandadas de gaviotas que batían tan fuerte las alas que ahogaban el ruido del motor, del océano. Johnny nunca se burló de mí por estar enamorada de Michael, me daba fotos y recortes además de los que ayudábamos a su madre a pegar en álbumes.

Sus padres no fueron a la carrera. Se quedaron sentados a la mesa del comedor tomando té y galletitas. El té del señor Templeton era ron, en realidad, en la taza azul. La madre de Michael estaba llorando, enferma de preocupación por la carrera. Este chico me va a matar, dijo. El señor Templeton dijo que esperaba que el loco de Mike se rompiera el cuello de una maldita vez. No era solo por la carrera, solían hablar así a diario. A pesar de que era un héroe, tres años después de volver de la guerra Michael seguía sin tener trabajo. Bebía y jugaba y se metía en líos serios con las mujeres. Cuchicheos por teléfono y visitas a altas horas de la noche de padres o maridos, portazos. Pero eso fascinaba aún más a las mujeres y lo cierto es que la gente se empeñaba en prestarle dinero.

El estadio estaba abarrotado y se respiraba un ambiente festivo. Los corredores y los equipos de los boxes derrochaban carisma, apuestos italianos, alemanes, australianos. Los principales competidores eran la escudería británica y los argentinos. Los ingleses corrían con máquinas BSA y Norton; los argentinos con Moto Guzzi. Ninguno de los pilotos tenía el porte de Michael, su aire de indiferencia o su pañuelo blanco. Quiero decir que incluso con la conmoción de su muerte, incluso con la moto en llamas, con la sangre de Michael en el muro de hormigón, su cuerpo, los alaridos y las sirenas, todo conservó su flema característica. Que fue la última carrera, y la había ganado. Johnny y yo no hablamos, ni del terror, ni del drama del suceso.

El comedor de su casa era un hervidero de gente. La señora Templeton se había hecho la permanente y empolvado la cara. Aunque estaba diciendo que se moriría la verdad es que parecía revivida, preparando té y pasando bollos y contestando el teléfono. El señor Templeton repetía a cada momento «¡Ya le dije que se rompería el maldito cuello! ¡Se lo dije!». Johnny le recordó que había dicho que ojalá se lo rompiera.

Fue emocionante. Nadie aparte de mí había visitado a los Templeton desde hacía años, y ahora la casa estaba llena. Había reporteros del Mercurio y del Pacific Mail. Nuestro ÁLBUM DE MICHAEL estaba abierto encima de la mesa. La gente decía «héroe» y «príncipe» y «trágica pérdida» por toda la casa. Arriba y abajo había corros de chicas preciosas. En cada corro una de las chicas estaría sollozando mientras otras dos o tres le daban palmaditas y pañuelos.

Johnny y yo mantuvimos nuestra típica pose de desdén socarrón. No nos habíamos hecho realmente a la idea de que Michael estaba muerto, no nos dimos cuenta hasta la noche del sábado después del funeral. Era cuando solíamos sentarnos en el borde de la bañera mientras él se afeitaba, tarareando «Saturday night is the loneliest night of the week». Nos hablaba de sus «chavalas», enumerando sus atributos así como sus inevitables y graciosísimos defectos. El sábado después de su muerte nos quedamos los dos sentados en la bañera. No lloramos, solo nos sentamos en la bañera, hablando de él.

Nos divertimos, a pesar de todo, observando el trajín antes del funeral, las rivalidades entre las novias compungidas. Lo más increíble fue cómo toda la colonia británica de Santiago decidió que Michael había muerto por el rey. Para gloria del Imperio, dijo el Pacific Mail. La señora Templeton estaba desaforada, nos puso a los dos con las doncellas a sacudir alfombras y lustrar las barandas y a hornear más bollos. El señor Templeton se quedó sentado con su taza azul musitando que Mike nunca pudo encontrar el rumbo, que siempre fue incorregible.

Me permitieron salir del colegio para asistir al entierro. Ni siquiera habría ido, pero tenía un examen de química a segunda hora. Cuando lo terminé me quité la bata del uniforme y la dejé en mi taquilla. Estuve muy solemne y valiente.

Hay ciertas cosas de las que la gente nunca habla. No me refiero a las cosas difíciles, como el amor, sino a las más bochornosas, como por ejemplo que los funerales a veces son divertidos o que es emocionante ver arder un edificio. El funeral de Michael fue maravilloso.

En esos tiempos aún había carrozas fúnebres. Aparatosos coches que chirriaban tirados por cuatro o seis caballos negros. Los caballos iban guarnecidos con anteojeras y una gruesa malla negra encima, con borlas polvorientas que arrastraban por las calles. Los cocheros vestían de frac con sombrero de copa, y llevaban látigo. Como a Michael se le consideraba un héroe, muchas organizaciones habían contribuido en el funeral, así que había seis carruajes. Uno era para su féretro, los demás para las flores. El cortejo siguió a las carrozas fúnebres hasta el cementerio en limusinas negras.

Durante la misa en la (alta) iglesia anglicana de Saint Andrew varias de las chicas tristes se desmayaron o se las tuvieron que llevar desconsoladas. Fuera los chóferes demacrados y pintorescos fumaban en el bordillo con sus sombreros de copa. Hay gente que siempre asocia el olor embriagador de las flores con los funerales. Para mí tiene que estar mezclado con el tufillo a estiércol de caballo. Había también un centenar de motocicletas aparcadas que seguirían al cortejo hasta el cementerio. Estruendo de motores, detonaciones, humo, fogueos. Los pilotos de cuero negro, con cascos negros, los colores de su escudería en las mangas. Habría sido de muy mal gusto por mi parte contarles a las chicas del colegio cuántos hombres increíblemente guapos había en aquel funeral. De todos modos lo hice.

Fui en el coche con los Templeton. En todo el camino hasta el cementerio el señor Templeton discutió con Johnny por el casco de Michael. Johnny lo sostenía en el regazo, quería ponerlo en la tumba de su hermano. El señor Templeton alegaba, sensatamente, que los cascos eran difíciles de conseguir, y muy caros. Tenías que hacer que alguien los trajera de Inglaterra o Estados Unidos, y además pagar un impuesto oneroso.

–Véndeselo a algún otro desgraciado para que corra con él –insistió.

Johnny y yo cruzamos la mirada. ¿No sabías que solo se preocuparía por lo que costaba el dichoso casco?

Cruzamos más miradas y sonrisas clandestinas al llegar al cementerio, entre tantos panteones, criptas y ángeles. Decidimos que nos enterraríamos en el mar y nos prometimos uno al otro no faltar.

El canónigo, de encaje blanco sobre una sotana morada, estaba en la cabecera de la tumba rodeado por el equipo de competición británico, cada uno con su casco bajo el brazo. Nobles y solemnes, como caballeros. Cuando el cuerpo de Michael fue entregado a la tierra, el canónigo dijo: «El hombre que nace de mujer no tiene sino una vida breve y llena de sufrimiento. Crece, y en su plenitud es cortado como una flor», y mientras estaba hablando, Odette lanzó una rosa roja, y Conchi lanzó otra, y luego Raquel. Desafiante, Millie se abrió paso y lanzó un ramo entero.

Fue precioso lo que el canónigo dijo entonces frente a la tumba. «Me mostrarás la senda de la vida: hartura de alegrías hay en tu rostro; deleites a tu diestra para siempre.» Johnny sonrió. Me di cuenta de que pensaba que esas eran las palabras justas en honor de Michael. Miró a su alrededor para asegurarse de que las rosas se habían acabado, fue hasta el borde de la fosa y lanzó el casco de Michael. Ian Frazier, que era el que más cerca estaba, gritó con dolor e impulsivamente lanzó también su casco junto al de Michael. Y luego, ploc, ploc, ploc, como hechizados, todos los corredores británicos lanzaron su casco encima del féretro. No solo llenando la tumba, sino formando un túmulo de cúpulas negras como un montón de aceitunas. Misericordioso Padre, decía el canónigo mientras los dos sepultureros apilaban tierra sobre el montículo y lo cubrían con coronas de flores. Los dolientes cantaron «Dios salve al rey». En los rostros de los pilotos había expresiones de pena y pérdida. Todo el mundo desfiló con paso triste, y luego hubo una desbandada y rugidos de motocicleta y un eco lejano de pezuñas de caballo a medida que los carruajes se alejaban al galope, escorándose peligrosamente, los látigos restallando, las colas negras de los fracs de los cocheros aleteando al viento.


Recomendamos la lectura del libro “Una noche en el paraiso” de Lucia Berlin.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Crea un sitio web o blog en WordPress.com

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: