Tres poemas de Gilberto Owen

Es ya el cielo

Es ya el cielo. O la noche. O el mar que me reclama

con la voz de mis ríos aún temblando en su trueno,

sus mármoles yacentes hechos carne en la arena,

y el hombre de la luna con la foca del circo,

y vicios de mejillas pintadas en los puertos,

y el horizonte tierno, siempre niño y eterno.

Si he de vivir, que sea sin timón y en delirio.

Celos y muerte de Booz

Y sólo sé que no soy yo,

el durmiente que sueña un cedro Huguiano, lo que sueñas,

y pues que he nacido de muerte natural, desesperado,

paso ya, frenesí tardío, tardía voz sin ton ni son.

Me miro con tus ojos y me veo alejarme,

y separar las aguas del Mar Rojo de nuestros cuerpos mal fundidos

para la huida infame,

y sufro que me tiñe de azules la distancia,

y quisiera gritarme desde tu boca: “No te vayas.”

Destrencemos los dedos y sus promesas no cumplidas.

Te cambio por tu sombra y te dejo como sin pies sin ella

y no podrás correr al amor de tu edad que he suplantado.

Te cambio por tu sueño para irme a dormir con el cadáver leal de tu alegría.

Te cedo mi lámpara vieja por la tuya de luz de plata virgen

para desear frustradas canciones inaudibles.

Ya me hundo a buscarme en un te amé que quiso ser te amo,

donde se desenrolla un caracol atónito al descubrir el fondo salobre de sus ecos,

y los confesonarios desenredan mis arrepentimientos mentirosos.

Ya me voy con mi muerte de música a otra parte.

Ya no me vivo en ti. Mi noche es alta y mía.

Espera, octubre

Espera, octubre.

No hables, voz. Abril disuelve apenas

la piel de las estatuas en espuma,

aún canta en flor el árbol de las venas,

y ya tu augurio a ras del mar, tu bruma

que sobre el gozo cuelga sus cadenas,

y tu clima de menta, en que se esfuma

el pensamiento por su laberinto

y se ahonda el laberinto del instinto.

No quemes, cal. No raye las paredes

de aire de abril de mi festín tu aviso.

Si ya me sabes presa de tus redes,

si a mi soñar vivir nací sumiso,

vuelve al sueño real de que procedes,

déjame roca el humo infiel que piso,

deja a mi sed el fruto, el vino, el seno,

y a mi rencor su diente de veneno.

Espejo, no me mires todavía.

Abril nunca es abril en el desierto,

y me espía tu noche todo el día

para que al verte yo me mire muerto;

Narciso no murió de egolatría,

sí cuando le enseñé que eres incierto,

que eres igual al hombre que te mira

y que al mirarse en ti ya no se mira.

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