Los reyes de la arena, cuento de George R. R. Martin

Simon Kress vivía solo en una gran mansión que se extendía entre las áridas colinas rocosas a cincuenta kilómetros de la ciudad. Así que cuando tuvo que ausentarse inesperadamente por asuntos de negocios no tenía vecinos que cuidaran de sus mascotas. El halcón carroñero no suponía ningún problema; anidaba en el campanario en desuso y de todas formas tenía por costumbre conseguirse su propia comida. En cuanto al arrastrapiés, Kress simplemente lo atrajo fuera de la casa: dejó que se las arreglara: el monstruito se alimentaría de babosas, pajaritos y carretones de las rocas. Pero la pecera, que contenía auténticas pirañas de la Tierra, era un problema. Kress finalmente tiró una pierna entera de vaca en el enorme tanque. Las pirañas siempre podían comerse unas a otras si se retrasaba más de lo esperado. Ya lo habían hecho antes. Le resultaba divertido.

Desafortunadamente, se retrasó mucho más de lo esperado. Cuando al fin volvió, todos los peces estaban muertos. Y también el halcón carroñero. El arrastrapiés había trepado hasta el campanario y se lo había comido. Simon Kress estaba muy contrariado.

Al día siguiente voló en su aerocoche hasta Asgard, en un viaje de unos doscientos kilómetros. Asgard era la ciudad más grande de Baldur y también tenía el mayor astropuerto y el más antiguo. A Kress le gustaba impresionar a sus amigos con animales poco usuales, entretenidos y caros, y Asgard era el lugar donde comprarlos.

Esta vez, sin embargo, no tuvo suerte. Xenomascotas había cerrado sus puertas, t’Etherane, el vendedor de mascotas, intentó colocarle otro halcón carroñero. Y en Aguas Extrañas no tenían nada más exótico que pirañas, luminotiburones y calamares-araña. Kress ya había tenido todos esos bichos; quería algo nuevo.

Cerca del anochecer, se encontró paseando por el bulevar Arco Iris, buscando lugares donde no hubiera comprado antes. Tan cerca del astropuerto, ambos lados del paseo estaban llenos de comercios de importación. Los grandes emporios corporativos tenían impresionantes escaparates donde artefactos alienígenas raros y costosos descansaban sobre cojines de fieltro ante cortinajes negros que convertían las tiendas en lugares misteriosos. Repartidos entre este tipo de comercios estaban las tiendas de basura, lugares pequeños, estrechos y desagradables con expositores abarrotados de baratijas procedentes de otros mundos. Kress lo intentó en ambos tipos de tienda, con igual decepción.

Entonces se tropezó con una tienda diferente.

Estaba muy cerca del pueblo. Kress no había estado allí nunca. La tienda ocupaba un pequeño edificio de una sola planta y tamaño moderado, encajado entre un bar de euforia y un templo-burdel de la Secreta Hermandad Femenina. Tan abajo, el bulevar Arco Iris se volvía algo vulgar. La tienda en sí era inusual. Llamativa.

Los escaparates estaban llenos de neblina, ahora de un rojo pálido, ahora del gris de la niebla de verdad, ahora dorada y rutilante. La niebla se arremolinaba, fluía y resplandecía con un ligero brillo interior. Kress vislumbró objetos en los escaparates —máquinas, obras de arte y otras cosas que no reconoció—, pero no consiguió ver con claridad ninguno. La niebla flotaba sensualmente a su alrededor, mostrando un poquito primero de una cosa y luego de otra, y luego ocultándolo todo. Era intrigante.

Mientras observaba, la niebla se puso a formar letras. Una palabra tras otra. Kress permaneció en su sitio y leyó:

WO. Y. SHADE. IMPORTADORES. ARTEFACTOS.

ARTE. FORMAS. DE. VIDA. Y. MISCELÁNEA.

Las letras se detuvieron. A través de la niebla, Kress vio moverse algo. Eso fue suficiente para él, eso y la expresión «formas de vida» del anuncio. Se recogió la capa de paseo sobre el hombro y entró en la tienda.

Una vez en el interior, Kress se sintió desorientado. Por dentro era enorme, mucho más de lo que dejaba intuir la modesta fachada. La iluminación era tenue y el lugar tranquilo. El techo era un paisaje estelar, con nebulosas en espiral, muy oscuro y realista, muy bonito. Los mostradores relucían débilmente para mostrar mejor la mercancía que contenían. Los pasillos estaban alfombrados por una niebla pegada al suelo. En algunos sitios casi le llegaba a las rodillas y se arremolinaba entre sus pies al caminar.

—¿Puedo ayudarle?

La mujer casi parecía haberse materializado de entre la niebla. Alta, demacrada y pálida, llevaba un mono corriente y una extraña gorra echada hacia atrás.

—¿Es usted Wo o Shade? —preguntó Kress—. ¿O una dependienta?

—Jala Wo, a su disposición —repuso ella—. Shade no recibe a los clientes. No tenemos dependientes.

—Tienen ustedes un establecimiento bastante grande —dijo Kress—. Me extraña no haber oído hablar antes de su negocio.

—Acabamos de abrir esta tienda en Baldur —dijo la mujer—. Tenemos franquicias en unos cuantos mundos, sin embargo. ¿Qué puedo venderle? ¿Arte, quizá? Tiene usted aspecto de coleccionista. Tenemos unos cuantos grabados de cristal de Nor T’alush de calidad.

—No —dijo Simon Kress—. Ya poseo todos los grabados de cristal que deseo. Busco una mascota.

—¿Una forma de vida?

—Sí.

—¿Alienígena?

—Por supuesto.

—Tenemos un mimético. Del Mundo de Celia. Un simio pequeño y muy inteligente. No solo aprenderá a hablar, sino que además acabará por imitar su voz, sus inflexiones, sus gestos, incluso sus expresiones faciales.

—Muy mono —dijo Kress—. Y común. No tengo interés en ninguno de esos dos atributos, Wo. Quiero algo exótico. Inusual. Y que no sea mono. Detesto los animales monos. De momento poseo un arrastrapiés, importado de Cotho, y no salió barato. De cuando en cuando lo alimento con alguna camada de gatitos que nadie quiere. Eso es lo que hago con los animales monos. ¿Ha quedado claro?

Wo sonrió enigmática.

—¿Alguna vez ha tenido un animal que lo adorara? —preguntó. Kress sonrió.

—Oh, alguna vez. Pero no necesito que me adoren, Wo. Solo que me resulten entretenidos.

—Me ha entendido mal —dijo Wo, todavía sonriendo extrañamente—. Quiero decir adoración literal.

—¿De qué está hablando?

—Creo que tengo algo perfecto para usted —dijo Wo—. Sígame. Condujo a Kress entre los mostradores resplandecientes y por un pasillo amortajado de brumas bajo la falsa luz de las estrellas del techo. Atravesaron una pared de niebla, pasaron a otra sección de la tienda y se detuvieron delante de un enorme tanque de plástico. Un acuario, supuso Kress.

Wo le hizo una seña para que se acercara. Lo hizo y vio que estaba equivocado. Era un terrario. Dentro había un desierto en miniatura de unos dos metros cuadrados. Arena pálida tintada de escarlata por una tenue luz rojiza. Rocas: basalto, cuarzo y granito. En cada esquina del tanque había un castillo.

Kress parpadeó, miró con atención y se corrigió; solo había tres castillos en pie. El cuarto se escoraba: una ruina que se derrumbaba. Los otros tres eran primitivos pero estaban intactos, esculpidos en arena y piedra. Sobre las almenas y por entre sus pórticos pululaban diminutas criaturas que se arrastraban y trepaban. Kress apretó la cara contra el plástico.

—¿Insectos? —preguntó.

—No —respondió Wo—. Una forma de vida mucho más compleja. Y más inteligente también. Se llaman reyes de la arena.

—Insectos —dijo Kress, apartándose del cristal—. No me interesa lo inteligentes que sean. —Frunció el entrecejo—. Y no intente engañarme, por favor. Esas cosas son demasiado pequeñas para tener otra cosa que un cerebro rudimentario.

—Comparten una mente colmena —dijo Wo—. Mentes castillo, en este caso. Solo hay tres organismos en el tanque. El cuarto murió. Puede ver que su castillo ha caído.

Kress volvió a mirar el tanque.

—¿Mentes colmena, eh? Interesante. —Volvió a fruncir el entrecejo—. Pero sigue sin ser más que una granja de hormigas sobredimensionada. Esperaba algo mejor.

—Libran guerras.

—¿Guerras? Mm. —Kress volvió a mirar.

—Fíjese en los colores, si tiene la bondad —le dijo Wo. Señaló las criaturas que pululaban sobre el castillo más cercano. Una arañaba las paredes del tanque. Kress la estudió. Seguía pareciéndole un insecto. Apenas más grande que una uña, con seis patas y seis ojos diminutos alrededor del cuerpo. Un conjunto de mandíbulas de aspecto siniestro chasqueaban audiblemente, mientras dos finas antenas largas tejían patrones en el aire. Antenas, mandíbulas, ojos y patas eran de un negro hollín, pero el color dominante era el naranja tostado de su armadura.

—Es un insecto —repitió Kress.

—No es un insecto —insistió Wo con calma—. Mudan el exoesqueleto acorazado cuando los reyes aumentan de tamaño. Si crecen. En un tanque de este tamaño, no crecerán más. —Tomó a Kress por el codo y lo condujo al otro lado del tanque—. Mire los colores aquí.

Lo hizo. Eran diferentes. Allí los reyes de la arena tenían una armadura de un rojo vivo; las antenas, mandíbulas, ojos y patas eran amarillos. Kress miró el extremo opuesto del tanque. Los moradores del tercer castillo eran de un blanco desleído, con borde rojo.

—Mm —dijo Kress.

—Guerrean, como ya he dicho —le contó Wo—. Incluso pactan treguas y alianzas. Fue una alianza lo que destruyó el cuarto castillo de este tanque. Los negros se estaban haciendo demasiado numerosos, asi que los demás unieron fuerzas y los destruyeron.

Kress seguía sin estar convencido.

—Entretenido, sin duda. Pero los insectos también libran guerras.

—Los insectos no adoran —dijo Wo.

—¿Eh?

Wo sonrió y señaló el castillo. Kress miró con atención. Un rostro había sido tallado en la pared de la torre más alta. Era el rostro de Jala Wo.

—¿Cómo…?

—Proyecté una holografía de mi cara en el tanque, la dejé durante unos cuantos días. El rostro de Dios, ¿ve? Yo les doy de comer; siempre estoy cerca. Los reyes de la arena tienen un sentido psiónico rudimentario. Telepatía de proximidad. Me sienten y me adoran usando mi cara para decorar sus edificios. Todos los castillos la tienen. ¿Lo ve? —y así era.

El rostro de Jala Wo en el castillo era sereno y pacífico, y el parecido sorprendente. Kress se maravilló.

—¿Cómo lo hacen?

—Las patas delanteras también les sirven de brazos. Incluso tienen algo parecido a dedos; tres zarcillos flexibles. Y cooperan bien, tanto en la construcción como en la batalla. Recuerde, todos los móviles de un mismo color comparten una sola mente.

—Cuénteme más —dijo Kress. Wo sonrió.

—Las madríbulas viven en los castillos. Madríbulas es el nombre que les he dado. Un juego de palabras, si lo quiere así; esas cosas son al mismo tiempo madre y aparato digestivo. Hembras, tan grandes como su puño, inmóviles. En realidad, lo de reyes de la arena induce a engaño. Los móviles son campesinos y guerreros, el gobernante en realidad es una reina. Pero esa analogía tampoco es acertada. Considerado en conjunto, cada castillo es una única criatura hermafrodita.

—¿Qué comen?

—Los móviles comen papilla: comida predigerida que obtienen dentro del castillo. La obtienen de la madríbula una vez que esta la ha procesado durante varios días. Sus estómagos no pueden aguantar nada más, así que si la madríbula muere, también mueren ellos al poco tiempo. La madríbula… la madríbula come de todo. No tendrá que hacer gastos extraordinarios. Las sobras de comida servirán perfectamente.

—¿Comida viva? —preguntó Kress.

Wo se encogió de hombros.

—Las madríbulas comen móviles de los otros castillos, sí.

—Estoy intrigado —admitió—. Si no fueran tan pequeños…

—Los suyos pueden ser mayores. Estos reyes de la arena son pequeños porque el tanque es pequeño. Parece que limitan su crecimiento para ajustarse al espacio disponible. Si se les traslada a un tanque más grande, volverían a crecer.

—Mm. Mi tanque de las pirañas es el doble de grande y está vacío.

Podría limpiarse, llenarse de arena…

—Wo y Shade se encargarían de la instalación con mucho gusto.

—Por supuesto —dijo Kress—, quiero recibir cuatro castillos intactos.

—Por supuesto —concedió Wo. Se pusieron a hablar del precio.

Tres días más tarde Jala Wo llegó a la mansión de Simon Kress con reyes de la arena aletargados y varios operarios para hacerse cargo de la instalación. Los ayudantes de Wo era alienígenas que a Kress no le resultaban familiares: bípedos anchos y rechonchos, con cuatro brazos y ojos saltones multifacetados. Tenían la piel gruesa y correosa que se retorcía formando cuernos, espinas y protuberancias en sitios extraños del cuerpo. Pero eran muy fuertes y buenos trabajadores. Wo les daba órdenes en una lengua musical que Kress jamás había oído.

El trabajo estuvo terminado en un día. Trasladaron su tanque de pirañas al centro de su espaciosa sala de estar, dispusieron los sofás a su alrededor para contemplar mejor el tanque, lo limpiaron a fondo y lo rellenaron dos tercios con arena y piedras. Instalaron un sistema de iluminación especial, tanto para proporcionar la luz rojiza que preferían los reyes de la arena como para proyectar imágenes holográficas en el interior del tanque. Encima montaron una resistente cubierta plástica con un mecanismo de alimentación incorporado.

—Así podrá alimentar a sus reyes de la arena sin quitar la tapa del tanque —explicó Wo—. No debe correr ningún riesgo de que se le escapen los móviles.

La tapa también llevaba controles de temperatura y humedad, para condensar la cantidad justa de humedad del aire.

—Tiene que ser seco, pero no excesivamente seco —dijo Wo. Finalmente, uno de los obreros de cuatro brazos trepó al interior del tanque y excavó cuatro agujeros profundos en las cuatro esquinas. Uno de sus compañeros le pasó las madríbulas durmientes, retirándolas una a una de sus escarchados envoltorios criogénicos. No eran nada digno de mención. Kress decidió que parecían trozos de carne cruda echada a perder. Con boca.

El alienígena las enterró en las esquinas del tanque. Luego lo selló todo y se marchó.

—El calor las sacará de su letargo —dijo Wo—. En menos de una semana habrá móviles excavando hacia la superficie. Asegúrese de darles comida en abundancia. Necesitarán todas sus energías hasta que se hayan instalado por completo. Calculo que comenzarán a levantar los castillos dentro de tres semanas.

—¿Y mi cara? ¿Cuándo tallarán mi cara?

—Encienda el holograma al mes —le aconsejó—. Y sea paciente. Si tiene cualquier pregunta, llame, por favor. Wo y Shade están a su servicio. —Le saludó con una inclinación y se marchó.

Kress volvió junto al tanque y se encendió un peta. El desierto seguía inmóvil y… desierto. Tamborileó con los dedos impacientemente contra el plástico y frunció el ceño.

Al cuarto día, Kress creyó ver movimiento bajo la arena, sutiles desplazamientos subterráneos.

Al quinto día, vio su primer móvil, un blanco solitario.

Al sexto día, contó una docena de ellos, blancos, rojos y negros. Los naranja se retrasaban. Tiró un cuenco lleno de sobras de comida medio podridas a través del alimentador. Los móviles lo sintieron al unísono y empezaron a arrastrar pedazos a sus respectivas esquinas. Cada grupo de color estaba altamente organizado. No se pelearon. Kress estaba un poco decepcionado, pero decidió darles tiempo.

Los naranja hicieron su aparición al octavo día. Para entonces los demás reyes de la arena habían empezado a acarrear piedrecitas y a erigir fortificaciones primitivas. Seguían sin guerrear. De momento eran la mitad de pequeños que los que había visto en el local de Wo y Shade, pero a Kress le parecía que crecían con rapidez.

Los castillos empezaron a alzarse a mitad de la segunda semana. Batallones organizados de móviles arrastraban grandes pedazos de arenisca y granito a sus respectivas esquinas, donde otros móviles colocaban arena en su sitio empleando mandíbulas y zarcillos. Kress había adquirido unas lentes ampliadoras para verlos trabajar, estuvieran donde estuvieran en el tanque. Dio vueltas y vueltas alrededor de las paredes plásticas, observando. Los castillos eran un poco más sencillos de lo que a Kress le hubiera gustado, pero ya tenía una idea para arreglarlo. Al día siguiente Kress introdujo pedazos de obsidiana y cristales de colores con la comida. Al cabo de pocas horas, habían sido incorporados a los castillos.

El castillo negro fue el primero en estar terminado, seguido de las fortalezas blanca y roja. Los naranja eran los últimos, como siempre. Kress se llevó el almuerzo a la sala de estar y comió sentado en el sofá, de forma que pudiera observar el tanque. Esperaba que la primera guerra tuviera lugar en cualquier momento.

Se quedó decepcionado. Pasaron los días; los castillos crecieron en altura y tamaño, y Kress rara vez se apartaba del tanque excepto para atender a sus necesidades higiénicas y responder a llamadas de negocios de suma importancia. Pero los reyes de la arena no guerreaban. Se estaba disgustando.

Finalmente, dejó de alimentarlos.

Dos días después de que cesaran de caer las sobras de comida del cielo sobre el desierto, cuatro móviles negros rodearon un naranja y lo arrastraron hasta su madríbula. Primero lo mutilaron, arrancándole las mandíbulas, las antenas y los miembros, y lo llevaron bajo la umbría puerta principal de su castillo. No volvió a salir. A la hora, más de cuarenta móviles naranja marcharon a través de las arenas y atacaron la esquina de los negros. Los superaban en número los negros que emergieron rápidamente de las profundidades. Cuando la lucha hubo terminado, los asaltantes habían sido masacrados. Los muertos y moribundos fueron arrastrados a las profundidades para alimentar a la madríbula negra.

Kress, encantado, se felicitó por su brillante idea.

Cuando puso comida en el tanque al día siguiente, estalló una batalla a tres bandas por su posesión. Los blancos fueron los ganadores absolutos.

Tras lo cual, hubo guerra tras guerra.

Cuando casi había pasado un mes desde que Jala Wo le había traído los reyes de la arena, Kress encendió el proyector holográfico y su rostro se materializó en el tanque. Giraba lentamente, una y otra vez, de forma que su mirada recaía por igual en los cuatro castillos. Según Kress el parecido era bastante bueno: tenía su sonrisa malévola, la ancha boca, las mejillas llenas. Sus ojos azules chispeaban, su pelo gris tenía un flequillo a la moda, sus cejas eran altas y sofisticadas.

Al poco, los reyes de la arena empezaron a trabajar. Kress los alimentó con generosidad mientras su imagen era proyectada desde los cielos. Las guerras se detuvieron temporalmente. Toda la actividad estaba concentrada en la adoración.

Su rostro empezó a emerger en las paredes de los castillos.

Al principio las cuatro tallas le parecían iguales, pero según continuaban los trabajos, Kress empezó a estudiar las reproducciones y fue percatándose de sutiles diferencias técnicas y de ejecución. Los rojos eran los más creativos y usaban diminutos fragmentos de pizarra para el gris de su pelo. El ídolo blanco le parecía joven y malicioso, mientras que el rostro modelado por los negros, aunque era virtualmente el mismo, línea por línea, le parecía sabio y magnificente. Los naranja, como siempre, eran los últimos y los menos interesantes. Las guerras no habían ido bien para ellos y su castillo era patético en comparación con los demás. La imagen que tallaron era primitiva y caricaturesca, y parecía que tenían intención de dejarla así. Cuando terminaron de trabajar en el rostro, Kress estaba bastante molesto con ellos, pero no había nada que pudiera hacer.

Cuando los reyes de la arena hubieron terminado los rostros de Kress, desactivó el holograma y decidió que era hora de celebrar una fiesta. Sus amigos se quedarían impresionados. Incluso podía organizar una guerra para ellos, pensó. Tarareando contento para sí, empezó a redactar una lista de invitados.

La fiesta fue un éxito absoluto.

Kress invitó a treinta personas: un puñado de amigos íntimos que compartían sus aficiones, unas cuantas antiguas amantes y una colección de rivales de negocios y de sociedad que no podían permitirse pasar de la convocatoria. Sabía que algunos se sentirían turbados e incluso ofendidos por sus reyes de la arena. Contaba con ello. Simon Kress tenía por costumbre considerar sus fiestas un fracaso a menos que uno de sus invitados se marchara indignado.

Por impulso añadió el nombre de Jala Wo a la lista. «Traiga a Shade si le parece», añadió a la hora de dictar su invitación.

Su aceptación le sorprendió un poco. «Shade, lamentablemente, no podrá asistir. No va a reuniones sociales. En cuanto a mí, espero con ansia la oportunidad de ver cómo van sus reyes de la arena», le respondió Wo.

Kress les sirvió una comida suntuosa. Cuando la conversación murió al fin y la mayoría de sus invitados estaban atontados por el vino y los petas, los escandalizó al reunir, él personalmente, en un cuenco, las sobras que habían dejado sobre la mesa.

—Venid todos —les dijo—. Quiero presentaros a mis últimas mascotas. —Y, llevando el cuenco, se dirigió a su sala de estar.

Los reyes de la arena cumplieron sus más ansiadas expectativas. En preparación, los había dejado sin comer durante dos días y estaban de ánimo beligerante. Mientras los invitados rodeaban el tanque formando un anillo, mirando a través de las lentes de aumento que les había proporcionado Kress con previsión, los reyes de la arena libraron una gloriosa batalla por las sobras. Contó casi sesenta móviles muertos cuando acabó el conflicto. Los rojos y los blancos, que habían formado una alianza recientemente, acapararon la mayor parte de la comida.

—Kress, eres asqueroso —le dijo Cath m’Lane. Había vivido con él una breve temporada dos años antes, hasta que su sensiblería y su sentimentalismo casi lo habían vuelto loco—. He sido una tonta al volver aquí. Pensé que quizás habrías cambiado, que querías disculparte. —Jamás le había perdonado aquella vez en que su arrastrapiés se había comido un perrito al que ella tenía afecto—. Ni se te ocurra volver a invitarme a esta casa, Simon. —Salió a grandes zancadas, acompañada de su amante y un coro de risas.

Sus otros invitados tenían montones de preguntas. Querían saber de dónde habían salido los reyes de la arena.

—De Wo y Shade, Importadores —repuso, con un cortés gesto en dirección a Jala Wo, que había permanecido callada y apartada toda la velada.

¿Por qué decoraban los castillos con su imagen?

—Porque soy la fuente de toda bondad. —Eso hizo que estallaran en carcajadas.

¿Lucharían de nuevo?

—Por supuesto, pero no esta noche. No os preocupéis, habrá más fiestas.

Jad Rakkis, xenólogo aficionado, empezó a hablar de los insectos sociales y las guerras que libraban.

—Esos reyes de la arena son entretenidos, pero nada más. Deberías leer sobre las hormigas soldado de la Tierra, por ejemplo.

—Los reyes de la arena no son insectos —dijo con severidad Jala Wo, pero Jad estaba hablando a todo tren y nadie le prestó la más mínima atención. Kress le sonrió y se encogió de hombros.

Malada Blane sugirió hacer apuestas la próxima vez que se reunieran para contemplar una lucha, y a todos les encantó la idea. A eso siguió una animada discusión sobre las reglas y las probabilidades. Duró casi una hora. Finalmente los invitados empezaron a marcharse.

Jala Wo fue la última en irse.

—Así que parece que mis reyes de la arena son un éxito —le dijo Kress cuando estuvieron solos.

—Crecen bien —dijo Wo—. Ya son más grandes que los míos.

—Sí —dijo Kress—, excepto los naranja.

—Me he percatado de ello —repuso Wo—. Parece que son menos numerosos y su castillo es pobre.

—Bueno, alguien tiene que perder —dijo Kress—. Los naranja fueron los últimos en emerger y establecerse. Han sufrido por ese retraso.

—Discúlpeme —dijo Wo—, pero debo preguntarle si está alimentando bien a sus reyes de la arena.

Kress se encogió de hombros.

—Hacen dieta de vez en cuando. Los vuelve más feroces.

Wo frunció el ceño.

—No hay necesidad de matarlos de hambre. Deje que guerreen a su tiempo, por sus propias razones. Es su naturaleza y será testigo de conflictos deliciosamente sutiles y complejos. La guerra constante provocada por el hambre es degradante y carente de arte.

Simon Kress devolvió a Wo su ceño con intereses.

—Está en mi casa, Wo, y aquí soy yo el que juzga qué es degradante. Alimenté a los reyes de la arena según su consejo y no lucharon.

—Debe tener paciencia.

—No —dijo Kress—. Soy su dueño y su dios, después de todo. ¿Por qué debería esperar a sus caprichos? No guerreaban con la frecuencia que quería. Y corregí la situación.

—Ya veo —dijo Wo—. Hablaré del asunto con Shade.

—No es asunto suyo, o de él —restalló Kress.

—Buenas noches, entonces —dijo Wo con resignación. Pero mientras se deslizaba en su capa para marcharse, fijó en él una última mirada de desaprobación—. Contemple sus propios rostros, Simon Kress —le advirtió—. Contemple sus propios rostros.

Perplejo, volvió al tanque y examinó los castillos cuando Wo se hubo marchado. Sus rostros seguían ahí, como siempre. Solo que… se puso las lentes de aumento. Incluso con ellas era difícil de ver. Pero le parecía que la expresión del rostro de sus retratos había cambiado ligeramente, que su sonrisa era un tanto siniestra, que parecía maligna. Pero era un cambio muy sutil, si había un cambio. Kress finalmente lo achacó a la sugestión y decidió no volver a invitar a Jala Wo a ninguna de sus reuniones.

Durante los meses siguiente, Kress y cerca de una docena de sus favoritos se reunían todas las semanas para lo que a él le había dado por llamar sus «juegos de guerra». Ahora que su fascinación inicial por los reyes de la arena había decrecido, Kress pasaba menos tiempo alrededor de su tanque y más ocupado con sus asuntos de negocios y su vida social, pero seguía disfrutando de invitar a unos cuantos amigos para una guerra o dos. Mantenía a los combatientes siempre listos gracias al hambre. Eso tuvo severos efectos sobre los reyes de la arena naranja, que disminuyeron visiblemente hasta el punto de que Kress empezó a preguntarse si su madríbula no habría muerto. Pero los demás iban bien.

A veces, por la noche, cuando no podía dormir, Kress descorchaba una botella de vino y se la llevaba a la sala de estar, donde la penumbra rojiza de su desierto en miniatura era la única luz. Bebía y observaba durante horas, solo. Normalmente había una batalla en marcha en algún lugar, y cuando no, siempre podía empezar una fácilmente echando algo de comida.

Empezaron a apostar en las batallas semanales, como había sugerido Malada Blane. Kress ganó una buena cantidad al apostar por los blancos, que se habían convertido en la colonia más poderosa y numerosa del tanque, con el castillo más grande. Una semana, deslizó la tapa del tanque a un lado y dejó caer la comida cerca del castillo blanco en vez de en el campo de batalla central, de forma que los demás tuvieran que atacar a los blancos en su fortaleza si querían obtener algo de comida. Lo intentaron. Los blancos fueron brillantes en su defensa. Kress le ganó cien estándares a Jad Rakkis.

Rakkis, de hecho, perdía grandes sumas casi todas las semanas.

Afirmaba tener un gran conocimiento de sus costumbres tras haberlos estudiado después de la primera fiesta, pero seguía sin tener suerte a la hora de hacer sus apuestas. Kress sospechaba que las afirmaciones de Jad no eran más que fanfarronadas sin base alguna. El propio Kress había intentado estudiar un poco a los reyes de la arena, en un momento de curiosidad, conectándose a la biblioteca para averiguar de qué mundo procedían sus mascotas. Pero no había ninguna entrada sobre ellos. Quería contactar con Wo y preguntárselo, pero tenía otras preocupaciones y el asunto se le olvidaba continuamente.

Al final de un mes en el que sus pérdidas totales sumaron más de mil estándares, Jad Rakkis acudió a los juegos de guerra con una pequeña caja de plástico bajo el brazo. Dentro había una criatura arácnida recubierta de un fino vello dorado.

—Una araña de las arenas —anunció Rakkis—. Procedente de Cathaday. La he conseguido esta misma tarde de t’Etherane, el vendedor de mascotas. Normalmente le extraen las bolsitas de veneno, pero esta las tiene intactas. ¿Te atreves, Simon? Quiero recuperar mi dinero. Apuesto un millar de estándares, araña de las arenas contra reyes de la arena.

Kress estudió la araña en su prisión de plástico. Sus reyes de la arena habían crecido; eran dos veces más grandes que los de Wo, como ella había predicho, pero esa cosa los superaba con mucho en tamaño. Era venenosa y los reyes no. Sin embargo, los reyes eran muy numerosos. Además, las interminables guerras de los reyes le habían empezado a aburrir últimamente. La novedad del combate le intrigó.

—Hecho —dijo Kress—. Jad, eres un idiota. Los reyes atacarán y atacarán hasta que esa fea criatura tuya esté muerta.

—El idiota eres tú, Simon —aseguró Rakkis, sonriendo—. La araña de arena de Cathaday se alimenta de excavadores que abren sus madrigueras en huecos y resquicios y… bueno, ya verás, irá directamente a los castillos y se comerá a las madríbulas.

Kress puso mala cara ante las risas generalizadas. No había contado con eso.

—Acabemos de una vez —dijo con irritación. Fue a servirse otra bebida.

La araña era demasiado grande para caber por el hueco del alimentador de la tapa. Dos de los otros ayudaron a Rakkis a desplazarla ligeramente a un lado y Malada Blane le pasó la caja. Sacudió la caja hasta que la araña cayó. Cayó suavemente sobre una duna en miniatura frente al castillo rojo, y se quedó allí, confundida un momento, moviendo la boca y sacudiendo las patas amenazadoramente.

—Vamos —animó Rakkis. Se reunieron alrededor del tanque. Simon Kress encontró sus gafas de aumento y se las puso. Si iba a perder un millar de estándares, al menos quería ver bien la acción.

Los reyes habían visto al invasor. En el castillo había cesado toda actividad. Los pequeños móviles escarlata se quedaron quietos, observando.

La araña empezó a moverse hacia la oscura promesa del portón.

Desde la torre superior, el rostro de Simon Kress contemplaba la escena impasible.

De pronto hubo una oleada de actividad. Los móviles rojos más cercanos formaron en dos cuñas y marcharon sobre la arena hacia la araña. Emergieron más guerreros de las entrañas del castillo y formaron una triple línea de defensa para guardar el acceso a la cámara subterránea donde residía la madríbula. Los exploradores que se escabullían por las dunas fueron llamados de vuelta para la batalla.

Empezó la lucha.

Los reyes de la arena atacantes se derramaron sobre la araña. Las mandíbulas chasquearon al cerrarse sobre las patas y el abdomen de la araña y no se soltaron. Los rojos treparon deprisa por las patas hacia la espalda. Mordían y desgarraban. Uno de ellos encontró un ojo y lo arrancó con sus diminutos zarcillos amarillos. Kress sonrió y señaló.

Pero eran pequeños y no tenían veneno, y la araña no se detuvo. Sus patas lanzaban reyes de la arena en todas direcciones. Sus mandíbulas goteantes encontraron más reyes y los dejaron rotos y rígidos. Ya había alrededor de una docena de rojos moribundos. La araña de las arenas seguía avanzando y avanzando. Pasó por encima de la triple línea de defensa ante el castillo. Las líneas se cerraron a su alrededor, la cubrieron librando una batalla desesperada. Un equipo de reyes había conseguido arrancar a mordiscos una de las patas de la araña, según vio Kress. Los defensores saltaban de las torres para aterrizar sobre la masa retorcida y pulsante.

Perdida debajo de los reyes de la arena, la araña consiguió de alguna manera moverse de sopetón y desapareció en la oscuridad.

Jad Rakkis dejó escapar un largo suspiro. Estaba pálido.

—Maravilloso —dijo alguien. Malada Blane soltó una risilla procedente del fondo de su garganta.

—Mira —dijo Idi Noreddian, tirando de la manga a Kress. Habían estado tan concentrados en la batalla en esa esquina que ninguno de ellos se había percatado de la actividad en el resto del tanque. Pero ya no había movimiento en el castillo, las arenas estaban desiertas excepto por los móviles rojos muertos, y entonces lo vieron.

Había tres ejércitos alineados frente al castillo rojo. Estaban completamente inmóviles, en perfecta formación, fila tras fila de reyes de la arena naranja, blancos y negros. Esperando a ver qué emergía de las profundidades.

Simon Kress sonrió.

—Un cordón sanitario —dijo—. Y mira los demás castillos, si tienes la bondad, Jad.

Rakkis lo hizo, y maldijo. Equipos de móviles estaban sellando las puertas con arena y rocas. Si la araña conseguía sobrevivir a ese encuentro, no encontraría una entrada fácil a los demás castillos.

—Debería haber traído cuatro arañas —dijo Rakkis—. Aun así, he ganado. Mi araña está ahí abajo, comiéndose a tu puñetera madríbula.

Kress no contestó. Esperó. Había movimientos en las sombras. De pronto, empezaron a entrar móviles rojos por el portón. Ocuparon sus posiciones en el castillo y se pusieron a reparar los daños que había ocasionado la araña. Los otros ejércitos se disolvieron y se retiraron a sus respectivas esquinas.

—Jad —dijo Simon Kress—, creo que estás un poco confundido acerca de quién se está comiendo a quién.

A la semana siguiente Rakkis trajo cuatro esbeltas serpientes plateadas. Los reyes de la arena las despacharon sin demasiados problemas.

A la siguiente lo intentó con un gran pájaro negro. Se comió más de treinta móviles blancos y sus aleteos y convulsiones prácticamente destruyeron su castillo, pero al final se le cansaron las alas y los reyes de la arena atacaban con todas sus fuerzas allí donde aterrizaba.

Después de eso fue el turno de una caja de insectos. Escarabajos acorazados no muy diferentes a los propios reyes de la arena. Pero estúpidos, muy estúpidos. Una fuerza combinada de naranjas y negros rompió su formación, los dividió y los masacró.

Rakkis empezó a entregarle pagarés a Kress.

Fue por ese entonces que Kress volvió a encontrarse con Cath m’Lane, una noche, cuando estaba cenando en su restaurante favorito de Asgard. Se detuvo brevemente junto a la mesa de ella y le contó lo de los juegos de guerra, invitándola a unirse al grupo. Ella enrojeció, luego recuperó el control y su actitud se volvió helada.

—Alguien tiene que detenerte, Simon. y supongo que tendré que ser yo —dijo ella. Kress hizo un gesto de indiferencia, disfrutó de una buena comida y no volvió a pensar en la amenaza.

Hasta una semana después, cuando una mujer bajita y de aspecto fornido llamó a su puerta y le enseñó un brazalete de la policía.

—Hemos recibido quejas —dijo—. ¿Tiene usted un tanque lleno de insectos peligrosos, Kress?

—No son insectos —dijo, furioso—. Venga, se lo enseñaré.

Cuando hubo visto los reyes de la arena, la mujer sacudió la cabeza en una negativa.

—Esto no va a poder ser. Y de todas formas, ¿qué sabe acerca de esas criaturas? ¿Sabe de qué mundo proceden? ¿Tienen el visto bueno de la junta ecológica? ¿Tiene licencia para tenerlas? Tenemos un informe de que son carnívoras, posiblemente peligrosas. También tenemos un informe de que son inteligentes. Y, en cualquier caso, ¿de dónde las sacó?

—De Wo y Shade —repuso Kress.

—Jamás los he oído nombrar —dijo la mujer—. Probablemente los introdujeron de contrabando, sabiendo que nuestros ecólogos jamás los aprobarían. No, Kress, esto no va a poder ser. Voy a confiscarle el tanque y hacer que lo destruyan. Y también le caerán unas cuantas multas.

Kress le ofreció cien estándares por olvidarse de él y sus reyes de la arena.

Ella chasqueó la lengua.

—Ahora tendré que añadir intento de soborno a las demás acusaciones contra usted.

No fue hasta que elevó la cifra a dos mil estándares que la mujer estuvo dispuesta a ser persuadida.

—No va a ser fácil, ¿sabe? —dijo ella—. Hay que alterar formularios, eliminar registros. Y conseguir una licencia falsa de los ecólogos llevará mucho tiempo. Por no mencionar tener que tratar con la denunciante. ¿Y si vuelve a llamar?

—Déjemela a mí —dijo Kress—. Déjemela a mí.

Pensó en ello un rato. Esa noche hizo unas cuantas llamadas. Primero llamó a t’Etherane, el vendedor de mascotas.

—Quiero comprar un perro —dijo Kress—. Un cachorrito.

El mercader de rostro orondo se le quedó mirando boquiabierto.

—¿Un cachorrito? Eso no es propio de usted, Simon. ¿Por qué no viene? Tengo unos cuantos encantadores.

—Quiero un tipo muy específico de cachorrito —dijo Kress—. Tome nota. Le describiré cómo debe ser.

Después llamó a Idi Noreddian.

—Idi —dijo—. Quiero que vengas esta noche con tu equipo holográfico. Se me ha ocurrido que quiero que me grabes una batalla de los reyes de la arena. Un regalo para una amiga.

La noche después de hacer la grabación, Simon Kress se quedó levantado hasta tarde. Absorbió un drama controvertido en su sensorio, se preparó un pequeño tentempié, se fumó uno o dos petas y abrió una botella de vino. Muy contento consigo mismo, fue hasta la sala de estar, copa en mano.

Las luces estaban apagadas. El resplandor rojizo del terrario hacía que las sombras tuvieran un tono escarlata y febril. Se acercó para contemplar sus dominios, con curiosidad por cómo iban los negros en las reparaciones de su castillo. El cachorrito lo había dejado en ruinas.

La restauración iba bien. Pero al inspeccionar las obras con sus gafas de aumento miró por casualidad su imagen de cerca. Se sobresaltó.

Reculó, parpadeó, se tragó una buena cantidad de vino y volvió a mirar.

El rostro en la pared seguía siendo el suyo. Pero, pervertido. Sus mejillas eran gordas y porcinas, su sonrisa una mueca depravada. Tenía un aspecto de suprema malignidad.

Inquieto, rodeó el tanque para inspeccionar los demás castillos.

Cada uno era diferente, pero en el fondo era lo mismo.

Los naranja se habían ahorrado los pequeños detalles pero el resultado seguía siendo monstruoso, aborrecible: una boca brutal y unos ojos carentes de inteligencia.

Los rojos le habían dotado de una sonrisa satánica, crispada. Las comisuras de los labios caían en un gesto extraño y desagradable.

Los blancos, sus favoritos, habían tallado un cruel dios idiota. Enfurecido, Simon Kress lanzó su copa de vino por la habitación.

—Cómo os atrevéis —dijo en voz baja—. Ahora no comeréis durante una semana, malditos… —Su voz era chirriante—. Ya os enseñaré. —Tenía una idea. Salió de la habitación y volvió al poco con una antigua espada arrojadiza en la mano. Medía un metro y la punta seguía afilada. Kress sonrió, trepó a la parte superior del tanque y movió la tapa lo suficiente para poder trabajar, abriendo una de las esquinas del desierto. Se inclinó y apuñaló el castillo blanco. Blandió la espada haciéndola oscilar, derribando torres, murallas y contrafuertes. Un giro de su muñeca destruyó los rasgos de la insolente caricatura que los reyes de la arena habían modelado de su rostro. Luego puso la punta de la espada sobre la boca negra que era la entrada a la cámara de la madríbula y empujó con todas sus fuerzas. Oyó un sonido suave y húmedo y se topó con resistencia. Todos los móviles temblaron y se derrumbaron. Satisfecho, Kress sacó la espada.

Observó un momento, preguntándose si habría matado a la madríbula. La punta de la espada estaba húmeda y fangosa. Pero finalmente los reyes de la arena blancos empezaron a moverse de nuevo. Lenta y débilmente, pero se movían.

Se preparaba para deslizar la tapa otra vez y trasladarse a otro castillo cuando sintió algo que reptaba por su mano.

Gritó y tiró la espada, se sacudió de encima al rey de la arena, que cayó a la alfombra, y lo aplastó con el tacón de su zapato, y siguió machacándolo mucho después de que hubiera muerto. Había crujido al pisarlo. Tras eso, temblando, se apresuró a sellar el tanque de nuevo y corrió a ducharse. Se inspeccionó cuidadosamente. Puso su ropa en agua hirviendo.

Más tarde, tras varias copas de vino, regresó a la sala de estar. Estaba un poco avergonzado por la forma en que se había dejado aterrorizar por el móvil. Pero no estaba dispuesto a volver a abrir el tanque. De ahora en adelante, la tapa permanecería siempre puesta. Sin embargo, seguía teniendo que castigar a los demás.

Kress decidió lubricar sus procesos mentales con otra copa más de vino. Cuando la terminaba, le llegó la inspiración. Se acercó sonriendo al tanque e hizo unos cuantos ajustes en los controles de humedad.

Cuando se quedó dormido en el sofá, con la copa todavía en la mano, los castillos de arena se derretían bajo la lluvia.

Kress despertó al oír furiosos golpes contra su puerta.

Se sentó, mareado y con dolor de cabeza. Las resacas de vino siempre eran las peores. Se arrastró hasta la cámara de entrada.

Cath m’Lane estaba fuera.

—Tú, monstruo —dijo, con el rostro hinchado y surcado de lágrimas—. Me he pasado toda la noche llorando, maldito seas. Pero ya no. Simon, ya no.

—Calma —dijo Kress con una mano en la cabeza—. Tengo resaca.

Ella soltó un juramento, lo apartó de un empujón y se abrió camino al interior de la casa. El arrastrapiés salió de detrás de una esquina ¿para ver a qué se debía el alboroto? Ella le escupió y entró en la sala de estar, con Kress siguiéndola sin poder alcanzarla.

—Espera —dijo Kress—, ¿adónde vas…? No puedes… No puedes. —Se detuvo, súbitamente horrorizado. Ella sostenía un pesado mazo en la mano izquierda—. No.

La mujer fue directamente hacia el tanque de los reyes de la arena.

—¿No te gustan tanto tus criaturitas, Simon? Pues a ver si puedes vivir con ellas.

—¡Cath! —aulló Kress.

Agarrando el mazo con ambas manos, Cath lo descargó con tanta fuerza como pudo contra un lado del tanque. El sonido del impacto le resonó en la cabeza y Kress emitió un barboteo de desesperación. Pero el plástico no cedió.

Ella volvió a blandir el mazo. Esta vez hubo un chasquido y apareció una red de finas grietas.

Kress se abalanzó contra ella cuando intentaba ganar impulso para un tercer golpe. Ambos cayeron al suelo y rodaron. Ella perdió el mazo e intentó estrangularle, pero Kress se liberó y le mordió un brazo, haciéndole sangre. Ambos se pusieron de pie tambaleándose y jadeando.

—Deberías verte, Simon —dijo ella—. Te gotea sangre del labio. Ahora te pareces a una de tus mascotas. ¿Te gusta el sabor?

—Fuera de aquí —dijo él. Vio la espada arrojadiza allí donde se había caído la noche anterior y la recogió—. Fuera de aquí —repitió, blandiendo la espada para dar énfasis a sus palabras—. No vuelvas a acercarte a ese tanque.

Se rio de él.

—No te atreverás —dijo. Se agachó para recoger el mazo.

Kress aulló y se abalanzó sobre ella. Antes de que comprendiera bien lo que ocurría; la hoja de hierro le había atravesado el abdomen. Cath m’Lane lo miró con extrañeza y luego bajó la vista hacia la espada. Kress dio un paso atrás, gimoteando.

—No quería… yo solo quería…

Ella se quedó transfigurada, sangrando, muerta, pero por alguna razón no se cayó.

—Monstruo —consiguió decir, aunque tenía la boca llena de sangre. Y se giró y golpeó el tanque con sus últimas fuerzas. La maltratada pared de plástico se resquebrajó, y Cath m’Lane quedó enterrada bajo una avalancha de plástico, arena y barro.

Kress emitió unos grititos histéricos y se subió al sofá a cuatro patas.

Los reyes de la arena emergían de la tierra que estaba esparcida sobre el suelo de su sala de estar. Se arrastraban sobre el cuerpo de Cath. Unos cuantos se aventuraron tentativamente por la alfombra. Otros los siguieron.

Observó cómo se formaba una columna, un cuadrado viviente y retorcido de reyes de la arena, que transportaban algo, algo legamoso y sin rasgos, un trozo de carne cruda del tamaño de la cabeza de una persona. Empezaron a alejarse del tanque. Aquello latía.

En ese momento Kress perdió el control y echó a correr.

Ya era muy por la tarde cuando encontró el coraje para regresar. Había corrido a su aerocoche y había volado a la ciudad más cercana, a unos cincuenta kilómetros de distancia, casi muerto de miedo. Pero una vez que estuvo a salvo y lejos, había encontrado un restaurante pequeño, se había tragado varias tazas de café y dos tabletas contra la resaca, comido un desayuno completo y, gradualmente, había recuperado la compostura.

Había sido una mañana espantosa, pero seguir dándole vueltas a lo ocurrido no solucionaría nada. Pidió más café y reflexionó sobre su situación con fría racionalidad.

Había matado a Cath m’Lane. ¿Podía dar parte de ello, decir que había sido un accidente? Poco probable. La había atravesado de lado a lado y ya le había dicho a aquella policía que él se encargaría de ella. Tenía que hacer desaparecer la prueba y esperar que no le hubiera contado a nadie adónde pensaba ir esa mañana. Eso último era probable. No habría recibido su regalito hasta muy tarde la noche anterior. Dijo que se había pasado la noche llorando y había estado sola en su casa. Muy bien: solo tenía que deshacerse de un cuerpo y de un aerocoche.

Eso dejaba a los reyes de la arena. Aquello sería más difícil. Sin duda a esas alturas ya habrían escapado todos. El pensar en ellos en su casa, en su cama y su ropa, infestando su comida, le puso la piel de gallina. Se estremeció y se sobrepuso a su repulsión. En realidad no debía de ser tan difícil matarlos a todos, se recordó. No tenía que matar a todos los móviles. Solo a las cuatro madríbulas, eso era todo. Podía hacerlo. Eran grandes, según había visto. Las encontraría y las mataría.

Simon Kress fue de compras antes de volver a casa. Compró un conjunto de prendas protectoras que le cubrieran de los pies a la cabeza, varias bolsas de bolas de veneno para control de saltarrocas y una bombona de un pesticida ilegalmente potente en aerosol. También compró un dispositivo remolcador de enganche magnético.

Cuando aterrizó, actuó metódicamente. Primero enganchó el aerocoche de Cath al suyo con el remolcador magnético. Cuando revisó el interior tuvo su primer golpe de suerte. El chip cristalino con el hola que había grabado Idi Noreddian del combate de los reyes de la arena estaba allí. Era algo que le había preocupado.

Cuando los aerocoches estuvieron listos, se puso las prendas protectoras y entró en la casa en busca del cuerpo de Cath.

No estaba.

Tanteó con cuidado la arena que se secaba rápidamente, pero no había duda; el cuerpo había desaparecido. ¿Podía haberse arrastrado ella misma fuera de la arena? Improbable, pero Kress buscó. Un examen superficial de la casa no le aportó ningún indicio ni del cuerpo ni de los reyes de la arena. No tenía tiempo para una investigación a fondo, no con el aerocoche delator frente a su puerta. Decidió que lo intentaría más tarde.

A unos setenta kilómetros al norte de los terrenos de Kress había una cordillera de volcanes activos. Voló hasta allí, remolcando el aerocoche de Cath. Encima del resplandeciente cono del volcán de mayor tamaño desactivó el enganche magnético y contempló cómo el aerocoche desaparecía en la lava.

Ya era de noche cuando volvió a casa. Eso le inquietó. Pensó en volver a la ciudad y pasar la noche allí. Lo descartó. Todavía no estaba a salvo.

Esparció las bolitas de veneno alrededor de su casa. Nadie encontraría eso sospechoso, siempre había tenido problemas con los saltarrocas. Cuando hubo terminado esa tarea, preparó el fumigador de insecticida y se aventuró en el interior de la vivienda.

Kress revisó la casa habitación por habitación, encendió las luces dondequiera que iba hasta que quedó rodeado por un resplandor de iluminación artificial. Se paró a limpiar la sala de estar, metiendo paladas de arena y fragmentos de plástico en el tanque roto. Los reyes de la arena se habían marchado, tal como temía. Los castillos se habían desmoronado y estaban destrozados, abatidos por el bombardeo acuoso que Kress había desencadenado sobre ellos, y lo poco que quedaba se deshacía al secarse.

Frunció el entrecejo y siguió buscando con la bombona de pesticida colgada del hombro.

Encontró el cuerpo de Cath m’Lane en su bodega más profunda.

Estaba tendida a los pies de la empinada escalera, con los miembros retorcidos como si hubiera sufrido una caída. Había móviles blancos pululando por encima del cadáver y, mientras lo miraba, el cuerpo se movió con espasmos sobre el suelo de tierra prensada.

Se rio y puso la iluminación al máximo. En el rincón más lejano había un rechoncho castillo terroso y un agujero oscuro, visibles entre dos estantes de botellas. Kress distinguió el contorno difuso de su rostro en la pared de la bodega.

El cuerpo volvió a moverse con un estremecimiento, recorriendo unos pocos centímetros hacia el castillo. Kress tuvo una repentina visión de la madríbula que aguardaba, hambrienta. Podría tragar el pie de Cath, pero no más. Era demasiado absurdo. Volvió a reír y bajó a la bodega, con el dedo en el gatillo de la manguera que le serpenteaba por el brazo derecho. Los reyes de la arena, cientos de ellos moviéndose como un solo organismo, abandonaron el cuerpo y formaron líneas de batalla, un campo blanco entre él y su madríbula.

Repentinamente, Kress tuvo otra inspiración. Sonrió y bajó la mano que sostenía la manguera.

—Cath siempre fue difícil de tragar —dijo, encantado con su ingenio—. Especialmente para alguien de vuestro tamaño. Vamos, os ayudaré un poquito. ¿Para qué están los dioses si no?

Se marchó al piso de arriba y al poco volvió con un cuchillo de carnicero. Los reyes de la arena, pacientes, esperaron mientras Kress cortaba a Cath m’Lane en pedacitos pequeños y fácilmente digeribles.

Simon Kress durmió esa noche vestido con su traje protector y con el pesticida a mano, pero no le hizo falta. Los blancos, saciados, se quedaron en la bodega, y no vio señales de los demás.

Por la mañana terminó de limpiar la sala de estar. Cuando hubo acabado, no quedaban rastros de la pelea aparte del tanque roto.

Tomó un almuerzo ligero y reanudó su búsqueda de los reyes de la arena desaparecidos. A plena luz del día, no fue demasiado difícil. Los negros se habían asentado en su jardín de rocalla y se habían construido un pesado castillo de obsidiana y cuarzo. A los rojos los encontró en el fondo de la piscina vacía que llevaba mucho tiempo en desuso y se había llenado parcialmente con la arena arrastrada por el viento con el transcurso de los años. Kress vio a móviles de ambos colores que recorrían sus terrenos, muchos de ellos transportando a sus castillos las bolitas de veneno. Kress decidió que el pesticida era innecesario. No hacía falta arriesgarse a una pelea cuando podía dejar que el veneno hiciera su trabajo. Ambas madríbulas estarían muertas al anochecer.

Eso solo dejaba a los reyes de color naranja tostado. Kress rodeó su mansión varias veces, en círculos cada vez más amplios, pero no encontró rastro de ellos. Cuando empezó a sudar en el interior de su traje protector, era un día seco y cálido, decidió que no importaba. Si estaban ahí fuera, probablemente estarían comiendo las bolitas de veneno al igual que los rojos y los negros.

Aplastó a varios reyes bajo sus pies, con una cierta satisfacción, mientras caminaba de regreso a la casa. Una vez dentro, se quitó el traje protector. Se sirvió una comida deliciosa y se fue relajando. Todo estaba bajo control. Dos de las madríbulas perecerían en breve, la tercera estaba ubicada en un lugar donde podía deshacerse de ella una vez que hubiera servido a sus propósitos, y no tenía dudas de que encontraría a la cuarta. En cuanto a Cath, había eliminado cualquier rastro de su visita.

Su ensoñación se vio interrumpida cuando su monitor empezó a parpadear para advertirle. Era Jad Rakkis que llamaba para jactarse de unos gusanos caníbales que llevaría a los juegos de guerra de esa noche.

Kress se había olvidado por completo de ello, pero se recuperó rápidamente.

—Oh, Jad, mis disculpas. Se me olvidó mencionártelo. Me aburrí de todo eso y me he librado de los reyes de la arena. Esas bestezuelas son horribles. Lo lamento, esta noche no habrá fiesta.

Rakkis estaba indignado.

—¿Y ahora qué hago con los gusanos?

—Ponlos en una cesta de fruta y envíaselos a algún ser querido —dijo Kress, cortando la conexión. Al instante empezó a llamar a los demás. No necesitaba que apareciera nadie en su puerta en esos momentos, con los reyes de la arena vivos y sueltos por sus terrenos.

Justo cuando llamaba a Idi Noreddian, Kress se percató con irritación de que había pasado por alto algo evidente. La pantalla empezó a aclararse, indicando que alguien respondía al otro extremo. Kress la apagó.

Idi llegó puntualmente una hora después. Se sorprendió al descubrir que la reunión se había cancelado, pero parecía perfectamente encantada de pasar la velada a solas con Kress. La deleitó relatándole la reacción de Cath al holo que habían grabado juntos. Y se aseguró de que Idi no le había contado la gamberrada a nadie. Kress asintió satisfecho, y volvió a llenar las copas de vino. Solo quedaba un chorrito.

—Tengo que ir por otra botella —dijo—. Acompáñame a la bodega y ayúdame a escoger una buena cosecha. Siempre has tenido mejor paladar que yo.

Lo acompañó de buena gana, pero vaciló en lo alto de las escaleras cuando Kress abrió la puerta y él hizo un gesto para que pasara delante.

—¿Dónde están las luces? —dijo ella—. Y este olor… ¿qué es este olor tan peculiar, Simon?

Cuando la empujó, Idi puso cara de sorpresa un instante. Gritó mientras rodaba por las escaleras. Kress cerró la puerta y se puso a clavarla usando los tablones y el martillo neumático que había preparado con ese propósito. Cuando terminaba, oyó gemir a Idi:

—Estoy herida. Simon, ¿qué es esto? —De repente soltó un chillido, y poco después empezaron los gritos.

Tardaron horas en cesar. Kress fue a su sensorio y se conectó a una comedia picante para borrarlos de su mente.

Cuando estuvo seguro de que había muerto. Kress remolcó su aerocoche hasta los volcanes del norte y lo hizo desaparecer. El remolque magnético había sido una buena inversión.

Cuando Kress bajó a comprobar cómo estaban las cosas a la mañana siguiente, de detrás de la puerta de la bodega le llegaron extraños ruidos de arañazos. Escuchó durante unos instantes de desconcierto, preguntándose si Idi Noreddian podía haber sobrevivido y ahora arañaba la puerta para salir. Le parecía poco probable; tenían que ser los reyes de la arena. A Kress no les gustaban las implicaciones que se desprendían de ese hecho. Decidió que mantendría la puerta sellada, al menos de momento, y salió al exterior para enterrar a las madríbulas roja y negra en sus propios castillos.

Las encontró más que vivas.

El castillo negro relucía con su piedra volcánica y había reyes de la arena por todas partes reparándolo y mejorándolo. La torre más alta le llegaba a la cintura y en ella había una espantosa caricatura de su rostro. Cuando se acercó, los negros abandonaron al instante sus labores y formaron en dos amenazadoras falanges. Kress miró a sus espaldas y vio a otros que intentaban cerrarle la retirada. Sobresaltado, dejó caer la pala y salió corriendo de la trampa, aplastando a varios móviles bajo sus botas.

El castillo rojo reptaba por las paredes de la piscina. La madríbula estaba a salvo en un pozo, rodeada de arena y murallas de arena. Los rojos pululaban por todo el fondo de la piscina. Kress contempló cómo arrastraban un saltarrocas y un gran lagarto al interior del castillo. Retrocedió apartándose del borde de la piscina, horrorizado, y sintió algo que crujía bajo sus pies. Al mirar al suelo, vio a tres móviles trepando por su pierna. Se los sacudió de encima y los pisoteó hasta matarlos, pero había más que se acercaban rápidamente a él. Eran mayores de lo que recordaba. Algunos eran casi tan grandes como su pulgar.

Corrió. Cuando llegó a la seguridad de su casa, tenía el corazón desbocado y estaba sin aliento. Kress se apresuró a cerrar la puerta con llave. Su casa supuestamente era a prueba de plagas. Estaría a salvo en ella.

Una bebida fuerte le calmó los nervios. Así que el veneno no les hacía efecto. Debería habérselo imaginado. Wo le había advertido que la madríbula se comía cualquier cosa. Tendría que usar el pesticida. Kress se tomó otro trago para el camino, se puso su traje protector y se ató el contenedor a la espalda. Abrió la puerta.

En el exterior, los reyes de la arena le esperaban.

Dos ejércitos se enfrentaron a él, aliados contra la amenaza común.

Más de los que hubiera imaginado. Las puñeteras madríbulas debían criar como saltarrocas. Los había por todas partes, un mar reptante de cuerpos.

Kress alzó la manguera y apretó el gatillo. Una neblina grisácea bañó las filas de los reyes que se encontraban más cerca. Movió la mano de un lado a otro.

Allí donde caía la neblina, los reyes de la arena se sacudían violentamente y morían con espasmos repentinos. Kress sonrió. No eran rivales para él. Roció en un amplio arco frente a él y dio un paso adelante, con confianza, sobre una alfombra de cuerpos rojos y negros. Los ejércitos retrocedieron. Kress avanzó, con la intención de atravesar sus filas hasta llegar a sus madríbulas.

Al instante la retirada se detuvo. Un millar de reyes de la arena se lanzaron contra él en una oleada.

Kress esperaba el contraataque. Mantuvo su posición, haciendo un barrido con su espada de neblina ante sí en grandes arcos concatenados. Iban a él y morían. Unos cuantos consiguieron pasar; no podía rociar hacia todas partes a la vez. Los sintió trepándole por las piernas, sintió sus mandíbulas mordiendo en vano el plástico reforzado de su traje de protección. Pasó de ellos y continuó rociando.

Entonces empezó a sentir los blandos impactos sobre su cabeza y hombros.

Kress tembló, giró y miró hacia arriba. La fachada de su casa estaba viva de reyes de la arena. Negros y rojos, cientos de ellos. Se lanzaban al aire, lloviendo sobre él. Caían a su alrededor. Uno cayó en su visor, sus mandíbulas arañando el plástico para llegar a sus ojos durante un terrible instante antes de que lo cogiera y lo arrojara a lo lejos.

Hizo oscilar la manguera y roció el aire. Roció la casa, roció hasta que los reyes de la arena aerotransportados estuvieron muertos o moribundos. La neblina cayó sobre él, haciéndole toser. Tosió y siguió rociando. Solo cuando la fachada de la casa quedó despejada volvió Kress a prestar atención a la tierra.

Le rodeaban, los tenía encima, docenas de ellos se escabullían por su cuerpo, centenares más se apresuraban para unirse a esos. Volvió la neblina contra ellos. El pesticida dejó de manar de la manguera. Kress oyó un siseo fuerte y la niebla mortal se alzó entre sus hombros formando una gran nube, cubriéndolo, ahogándolo, quemándole los ojos y empañándole la vista. Tanteó la manguera y volvió a apartar la mano cubierta de reyes de la arena moribundos. La manguera estaba cortada; se la habían comido. Estaba rodeado de una nube de pesticida, cegado. Se tambaleó, gritó y empezó a correr de vuelta a la casa, quitándose reyes de la arena de encima sin dejar de correr.

Una vez dentro, cerró la puerta y se derrumbó sobre la alfombra, rodando hacia uno y otro lado hasta que estuvo seguro de que los había aplastado a todos. Kress se quitó el traje protector y se duchó. El agua caliente le escaldó y le dejó la piel enrojecida y sensible, pero al menos dejó de tener la piel de gallina.

Se vistió con sus prendas más resistentes, pantalones gruesos de trabajo y chaqueta de cuero, tras sacudirlas nerviosamente.

—Maldita sea —repetía una y otra vez—. Maldita sea. —Tenía la garganta seca. Tras registrar el vestíbulo de arriba abajo para asegurarse de que estaba limpio, se permitió servirse una bebida—. Maldita sea —repitió. Le temblaba la mano mientras se servía, derramando licor sobre la alfombra.

El alcohol consiguió tranquilizarlo, pero no eliminó el miedo. Se sirvió una segunda copa y se acercó furtivamente a la ventana. Había reyes de la arena moviéndose sobre la gruesa hoja de plástico. Se estremeció y se retiró hasta su consola de comunicaciones. Tenía que conseguir ayuda, pensó furioso. Llamaría a las autoridades y los policías vendrían con lanzallamas y…

Simon Kress se detuvo en mitad de la llamada. No podía llamar a la policía. Tendría que contarles que había reyes blancos en la bodega y encontrarían los cuerpos. Quizás a esas alturas la madríbula hubiera dado cuenta de Cath m’Lane, pero no de Idi Noreddian. Ni siquiera la había cortado a trozos. Además, habría huesos. No, llamaría a la policía solo como último recurso.

Se quedó sentado frente a la consola con el ceño fruncido. Su equipo de comunicaciones ocupaba toda una pared; desde allí podía contactar con cualquier persona en Baldur. Con su gran fortuna y su astucia… y siempre se había enorgullecido de su astucia. Lo resolvería de alguna forma.

Consideró brevemente la idea de llamar a Wo, pero la descartó enseguida. Wo sabía demasiado, haría preguntas y no confiaba en ella. No, necesitaba a alguien que hiciese lo que le pedía sin preguntas.

Su ceño se relajó y poco a poco se convirtió en una sonrisa. Simon Kress tenía contactos. Inició una llamada a un número que no había marcado desde hacía mucho.

Apareció el rostro de una mujer en la pantalla: cabello blanco, expresión neutra y una gran nariz ganchuda. Su tono era eficiente y enérgico.

—Simon —dijo—. ¿Qué tal van los negocios?

—Los negocios van bien, Lissandra —contestó Kress—. Tengo un trabajo para ti.

—¿Una retirada? Mi precio ha subido desde la última vez, Simon. Han pasado diez años.

—Te pagaré bien —dijo Kress—. Sabes que soy generoso. Quiero que te ocupes de un problema de control de plagas.

La mujer apenas sonrió.

—No hay necesidad de usar eufemismos, Simon. La llamada está protegida.

—No, lo digo en serio. Tengo un problema de plaga. Una plaga peligrosa. Ocúpate de ella por mí. Sin preguntas. ¿Entendido?

—Entendido.

—Bien. Necesitarás… oh, dos o tres operativos. Tendrán que llevar trajes de protección resistentes al calor y equiparse con lanzallamas, láseres o similares. Ven a mi casa. Verás el problema enseguida. Bichos, montones y montones de bichos. Encontrarás castillos en mi jardín de rocalla y en la vieja piscina. Destrúyelos, mata todo lo que haya dentro. Luego llama a la puerta y yo te indicaré el resto del trabajo. ¿Puedes venir rápidamente?

El rostro de Lissandra permaneció imperturbable.

—Saldremos antes de una hora.

Lissandra fue fiel a su palabra. Llegó en un aerocoche negro y esbelto con tres operativos. Kress los observó desde la seguridad de una ventana del segundo piso. Carecían de rostro, embutidos en los trajes de protección de plástico negro. Dos de ellos llevaban lanzallamas portátiles, el tercero un cañón láser y explosivos. Lissandra no llevaba nada. Kress la reconoció porque era la que daba las órdenes.

El aerocoche primero hizo una pasada a baja altura, comprobando la situación. Los reyes de la arena enloquecieron. Móviles escarlata y ébano corrían por todas partes, frenéticos. Kress podía ver el castillo de rocalla desde su punto de observación. Ya era tan alto como un hombre. Sus almenas estaban recubiertas de defensores negros y una corriente constante de móviles descendía a sus profundidades.

El aerocoche de Lissandra descendió cerca del de Kress y los operativos se apearon y cargaron las armas. Tenían un aspecto inhumano, mortífero.

El ejército negro se retiró formando una barrera entre ellos y el castillo. Los rojos… Kress se percató súbitamente de que no veía a los rojos. ¿Dónde se habían metido?

Lissandra señaló y gritó, y los dos lanzallamas apuntaron a los reyes negros. Sus armas tosieron secamente y empezaron a rugir, largas lenguas de fuego azul y escarlata lamieron el espacio frente a ellos. Los reyes de la arena se frieron, ennegrecieron y murieron. Los operativos empezaron a mover el fuego a un lado y otro en un patrón eficiente y encadenado. Avanzaron con pasos cuidadosos y medidos.

El ejército negro ardió y se desintegró. Los móviles huyeron en un millar de direcciones, algunos hacia el castillo, otros hacia el enemigo. Ninguno alcanzó a los operativos con los lanzallamas. La gente de Lissandra era muy profesional.

Entonces uno de ellos tropezó.

O pareció tropezar. Kress volvió a mirar y vio que la tierra había cedido bajo el hombre. Túneles, se dijo con un estremecimiento de miedo… Túneles, fosos, trampas. El operativo quedó hundido en la arena hasta la cintura y repentinamente el terreno a su alrededor entró en erupción y se vio cubierto de reyes escarlata. Dejó caer el lanzallamas y empezó a arañarse enloquecidamente el cuerpo. Sus aullidos eran terribles.

Sus compañeros titubearon, luego se giraron y abrieron fuego. Una bola de fuego se tragó al hombre y a los reyes de la arena. El aullido se detuvo abruptamente. Satisfecho, el segundo lanzallamas se volvió hacia el castillo y dio otro paso adelante, y retrocedió bruscamente cuando su pie desapareció bajo la tierra hasta el tobillo. Intentó tirar para sacarlo, y la arena a su alrededor cedió. Perdió el equilibrio y se tambaleó, agitando las manos, y los reyes de la arena, una masa revuelta de ellos, lo cubrieron mientras rodaba y se agitaba. Su lanzallamas era inútil.

Kress golpeó con los puños la ventana, gritando:

—¡El castillo! ¡Id por el castillo!

Lissandra, que estaba contra su aerocoche, le oyó e hizo una señal.

El tercer operativo apuntó el cañón láser y disparó. El haz pulsó a través del terreno y cortó la parte superior del castillo. Acuchilló los parapetos de arena y piedra. Cayeron las torres. El rostro de Kress se desintegró; ya solo era una montaña de arena. Pero los móviles negros continuaron moviéndose. La madríbula estaba enterrada a demasiada profundidad; no la habían tocado.

Lissandra dio otra orden. Su operativo descartó el láser, cebó un explosivo y corrió hacia el castillo. Saltó por encima del cuerpo humeante del primer lanzallamas, aterrizó en tierra sólida en el interior del jardín de rocalla de Kress y lanzó. La bola de explosivo aterrizó justo en la cima de las ruinas del castillo negro. Un resplandor de luz blanca quemé los ojos de Kress y hubo una tremenda explosión de arena, roca y móviles. Momentáneamente el polvo lo cubrió todo. Llovían reyes y trozos de reyes.

Kress vio que los móviles negros estaban inmóviles y muertos.

—La piscina —gritó a través de la ventana—. Id por el castillo de la piscina.

Lissandra lo entendió enseguida; la tierra estaba cubierta de negros inmóviles, pero los rojos se reagrupaban deprisa. Su operativo pareció indeciso. Luego sacó otra bola de explosivo. Dio un paso hacia delante, pero Lissandra lo llamó y volvió corriendo hacia ella.

A partir de ahí todo fue muy simple. Llegó al aerocoche y Lissandra lo elevó. Kress corrió hacia otra ventana para observar. Descendieron justo sobre la piscina haciendo pasadas y el operativo lanzó sus bombas al castillo rojo desde la seguridad del aerocoche. Tras la cuarta pasada, el castillo había quedado irreconocible y los reyes de la arena dejaron de moverse.

Lissandra fue exhaustiva. Le hizo bombardear cada castillo varias veces más. Luego usó el cañón láser, trazando zigzags hasta que estuvo segura de que nada vivo podía quedar intacto en esas pequeñas zonas de tierra.

Finalmente llamaron a la puerta de Kress. Kress sonreía como un maníaco cuando los dejó entrar.

—Encantador —dijo—, encantador.

Lissandra se sacó la máscara de su traje de protección.

—Esto te va a costar caro, Simon. Dos operativos muertos, sin mencionar el riesgo para mi propia vida.

—Por supuesto —barbotó Kress—. Se te pagará bien, Lissandra. La cifra que pidas, pero termina el trabajo.

—¿Qué queda?

—Tienes que limpiar mi bodega —dijo Kress—. Hay otro castillo ahí abajo, y tendrás que hacerlo sin explosivos. No quiero que se me caiga la casa encima.

Lissandra le hizo una seña a su operativo.

—Ve fuera y tráete el lanzallamas de Rajk. Debería estar intacto. Regresó, armado, listo y sin decir palabra. Kress los condujo a la bodega.

—La pesada puerta seguía cerrada por los tablones que había clavado. Pero estaba deformada hacia fuera, como si algo ejerciera una presión tremenda desde el interior. Eso inquietó a Kress, así como el silencio reinante. Se mantuvo bien lejos de la puerta mientras el operativo de Lissandra sacaba los clavos y los tablones.

—¿Es seguro eso? —se descubrió murmurando, señalando el lanzallamas—. Tampoco quiero un incendio, ya sabes.

—Tengo el láser —dijo Lissandra—. Lo usaremos para matar a la presa. Probablemente no necesitaremos el lanzallamas. Pero lo quiero aquí por si acaso. Hay cosas peores que el fuego, Simon.

Kress asintió.

El último tablón había sido retirado. Seguía sin haber sonido alguno procedente de la bodega. Lissandra ladró una orden y su subordinado se apartó, tomó posiciones a su espalda y alzó el lanzallamas para apuntar directamente a la puerta. Lissandra volvió a ponerse la máscara, levantó el láser, dio un paso adelante y abrió la puerta.

Ningún movimiento. Ningún sonido. Ahí abajo estaba oscuro.

—¿Hay luz? —preguntó Lissandra.

—Justo al lado de la puerta —dijo Kress—. A mano derecha. Cuidado con la escalera. Es bastante empinada.

Atravesó el umbral, cambió el láser a su mano izquierda y alzó la derecha, tanteando en busca del interruptor. No ocurrió nada.

—Lo tengo —dijo Lissandra—, pero no parece que…

Y de pronto gritaba, y retrocedió tambaleándose. Un gran rey blanco se había aferrado a su muñeca. Las sangre manaba allí donde sus mandíbulas habían penetrado en el traje protector. El bicho era tan grande como su mano.

Lissandra bailó una horripilante danza por toda la habitación y empezó a golpear su mano contra la pared más cercana. Una y otra vez. Golpeaba con un sonido pesado y carnoso. Finalmente el rey se desprendió. Lissandra gimió y cayó de rodillas.

—Creo que me he roto los dedos —dijo en un susurro. La sangre seguía manando. Había dejado caer el láser cerca de la puerta de la bodega.

—No voy a bajar ahí —anunció su operativo en tono firme y claro.

—No —dijo ella—. Quédate en la puerta y usa el lanzallamas. Redúcelo todo a cenizas. ¿Queda claro?

Asintió.

Mi casa —gimoteó Simon Kress. El estómago se le revolvió. El rey blanco era enorme. ¿Cuántos más había allá abajo?—. No —prosiguió—. Dejadlo. He cambiado de opinión. Dejadlos en paz.

Lissandra no estuvo de acuerdo. Alzó la mano. Estaba cubierta de sangre y de un icor verdinegro.

—Tu amiguito ha mordido limpiamente a través de mi guante, Simon, y ya has visto lo que me ha costado quitármelo de encima. No me importa tu casa, Simon. Sea lo que sea que hay ahí abajo, va a morir.

Kress apenas la oyó. Creyó entrever movimiento en la oscuridad, más allá de la puerta de la bodega. Se imaginó un ejército blanco que se acercaba, de reyes tan grandes como el que había atacado a Lissandra. Se imaginó ser alzado por un centenar de brazos diminutos y que le arrastraban a la oscuridad donde la madríbula esperaba hambrienta. Estaba asustado.

—No.

No le hicieron caso.

Kress se abalanzó hacia delante y su hombro chocó contra la espalda del operativo de Lissandra justo cuando estaba a punto de abrir fuego. Gruñó, perdió el equilibrio y cayó a plomo hacia la oscuridad. Kress escuchó cómo caía por las escaleras. Después de eso hubo otros ruidos: chasquidos, correteos y sonidos de algo blando al ser aplastado.

Kress se giró para enfrentarse a Lissandra. Estaba empapado en un sudor frío, pero una enfermiza excitación se había adueñado de él. Era casi sexual.

Los fríos ojos de Lissandra lo contemplaron desde detrás de su máscara.

—¿Qué demonios haces? —preguntó ella mientras Kress recogía el láser—. ¡Simon!

—Una ofrenda de paz —dijo soltando una risita—. No le harán daño a su dios, no, no mientras su dios sea bueno y generoso. He sido cruel. Les he hecho pasar hambre. Tengo que compensárselo, como comprenderás.

—Estás loco —dijo Lissandra. Fue lo último que dijo. Kress le quemó un agujero en el pecho lo suficientemente grande para pasar el brazo. Arrastró el cuerpo por el suelo y lo hizo rodar escaleras abajo. Los ruidos eran más fuertes: chasquidos quitinosos u arañazos, yecos densos y gorgoteantes. Kress volvió a clavar la puerta.

Mientras huía, lo invadía una sensación de satisfacción que cubría su miedo como una capa de almíbar. Sospechaba que la sensación no era suya.

Planeaba dejar la casa, volar a la ciudad y alquilar una habitación para pasar la noche, o el año. En vez de eso, Kress empezó a beber. No estaba seguro de por qué. Bebió a ritmo constante durante horas y lo vomitó todo violentamente en la alfombra de la sala de estar. En algún momento se quedó dormido. Cuando despertó, la casa estaba completamente a oscuras.

Se acurrucó en el sofá. Podía oír ruidos. Había cosas que se movían en las paredes. Estaban a su alrededor. Su oído era extraordinariamente agudo. Cada pequeño crujido era la pisada de un rey de la arena. Cerró los ojos y aguardó, esperando sentir su terrible tacto, temeroso de moverse y rozar alguno.

Kress sollozó y se quedó completamente inmóvil un rato, pero no ocurrió nada.

Volvió abrir los ojos. Temblaba un poco. Lentamente las sombras empezaron a suavizarse y a disolverse. La luna entraba por los altos ventanales. Sus ojos se habituaron a la penumbra.

La sala de estar estaba vacía. No había nada, nada, nada. Solo sus miedos de borracho.

Simon Kress se armó de valor, se levantó y fue a encender una luz. Nada. La habitación estaba tranquila, desierta.

Escuchó. Nada. Ningún sonido. Nada en las paredes. Todo había sido su imaginación, su miedo.

Los recuerdos de Lissandra y la cosa en la bodega volvieron sin desearlo. La vergüenza y el miedo le sobrecogieron. ¿Por qué había hecho algo así? Podría haberlos ayudado a quemar a esa cosa, a matarla. ¿Por qué?… Sabía por qué. La madríbula lo había hecho, había puesto el miedo en él. Wo había dicho que era psiónica, incluso cuando era pequeña. Y ya era grande, muy grande. Se había alimentado de Cath y de Idi, y tenía dos cuerpos más allá abajo. Seguiría creciendo. Y había aprendido a saborear la carne humana, pensó.

Empezó a temblar, pero volvió a recuperar el control de sí mismo. No le haría daño a él. Era su dios. Los blancos siempre habían sido sus favoritos.

Recordó cómo la había apuñalado con la espada arrojadiza. Ese había sido antes de que llegara Cath. Maldita Cath.

No podía quedarse allí. La madríbula volvería a tener hambre. Con lo grande que era, no pasaría mucho tiempo hasta que la tuviera. Su apetito sería voraz. ¿Qué haría entonces? Tenía que marcharse, volver a la seguridad de la ciudad mientras siguiera contenida en la bodega. La bodega era solo de yeso y tierra prensada, y los móviles podían cavar y hacer túneles. Cuando se liberaran… Kress no quería pensarlo.

Fue a su dormitorio e hizo las maletas. Se llevó tres bolsas. Una muda de ropa, eso era todo lo que necesitaba; el resto lo rellenó con sus objetos de valor, las joyas y obras de arte que no hubiese soportado perder. No esperaba regresar.

El arrastrapiés lo siguió escaleras abajo contemplándolo con sus malignos ojos relucientes. Estaba famélico. Kress se dio cuenta de que hacía muchísimo tiempo que no lo alimentaba. Normalmente podía cuidar de sí mismo, pero sin duda la comida escaseaba últimamente. Cuando intentó aferrarse a una de sus bolsas, Kress le gruñó y le dio una patada, y el animal se escabulló, ofendido.

Kress salió al exterior, acarreando con torpeza sus bolsas, y cerró la puerta al salir.

Se quedó un momento apoyado contra la casa, con el corazón martilleándole en el pecho. Solo había unos metros entre él y el aerocoche. Tenía miedo de cruzarlos. La luna brillaba y la parte delantera de la casa era un escenario de matanza. Los cuerpos de los dos operativos de Lissandra yacían allí donde habían caído; uno quemado y retorcido, el otro hinchado bajo una masa de reyes de la arena muertos. Y los móviles, los móviles negros y rojos, lo rodeaban por todas partes. Hizo un esfuerzo por recordar que estaban muertos. Era casi como si estuvieran aguardando, como habían aguardado tantas veces antes.

Tonterías, se dijo Kress. Más miedos de borracho. Había visto los castillos volar en pedazos. Estaban muertos y la madríbula blanca estaba atrapada en su bodega. Inspiró profundamente varias veces y avanzó sobre los reyes. Crujieron. Los aplastó contra la arena con salvajismo. No se movieron.

Kress sonrió y caminó lentamente por el campo de batalla, escuchando los sonidos de la seguridad.

Crujido. Chasquido. Crujido.

Dejó las bolsas en el suelo y abrió la puerta de su aerocoche.

Algo se movió de la oscuridad hacia la luz. Había una forma pálida en el asiento de su aerocoche. Era tan grande como su antebrazo. Sus mandíbulas chasqueaban suavemente y le contempló con seis ojos pequeños dispuestos alrededor del cuerpo.

Kress se mojó los pantalones y retrocedió lentamente.

Hubo más movimientos en el interior del aerocoche. Había dejado la puerta abierta. El rey de la arena salió y se le acercó con cautela. Otros lo siguieron. Habían estado ocultos en los asientos, enterrados bajo el tapizado. Pero ahora salían. Formaron un anillo irregular alrededor del aerocoche.

Kress se lamió los labios, se giró y fue rápidamente hacia el aerocoche de Lissandra.

Se detuvo antes de haber recorrido la mitad del camino. También había cosas moviéndose en su interior. Grandes cosas con aspecto de gusano, entrevistas a la luz de la luna.

Kress gimió y se retiró de vuelta a la casa. Cerca de la puerta principal, alzó la vista.

Contó una docena de largas formas blancas que se arrastraban de aquí para allá por las paredes del edificio. Cuatro de ellas se apiñaban en la cima del campanario en desuso donde una vez había anidado el halcón carroñero. Estaban tallando algo. Un rostro. Un rostro muy familiar.

Simon Kress aulló y regresó corriendo a la casa.

Una cantidad suficiente de bebida le trajo el olvido fácil que buscaba. Pero despertó. Pese a todo despertó. Tenía un dolor de cabeza terrible, olía mal y tenía mucha hambre. Cuánta hambre. Jamás había tenido tanta.

Kress sabía que no era su estómago el que le dolía.

Un rey blanco lo observaba desde el tocador de su dormitorio, apenas agitando las antenas. Era tan grande como el que había en el aerocoche la noche anterior. Intentó no retroceder.

—Te… te daré de comer —le dijo—. Te daré de comer. —Tenía la boca horriblemente seca, como papel de lija. Se lamió los labios y huyó de la habitación.

La casa estaba llena de reyes de la arena; tenía que ir con cuidado, vigilando dónde ponía los pies. Se ocupaban de sus asuntos. Estaban haciendo modificaciones en su casa, excavando en las paredes, tallando. Por dos veces vio su propia imagen que le contemplaba desde lugares inesperados. Los rostros estaban deformados, retorcidos, llenos de miedo.

Salió al exterior a recoger los cuerpos que se pudrían en el patio con la esperanza de que aplacaran el hambre de la madríbula blanca. Habían desaparecido, los dos. Kress recordó la facilidad con que los móviles podían transportar cosas que pesaban varias veces más que ellos.

Era horrible pensar que la madríbula aún tenía hambre después de devorarlos.

Cuando Kress volvió a entrar en la casa, una columna de reyes de la arena serpenteaba bajando las escaleras. Cada uno llevaba un trozo de su arrastrapiés. La cabeza pareció mirarlo con reproche cuando pasó a su lado.

Kress vació sus neveras, sus despensas, todo, amontonó toda la comida de la casa en el centro de la cocina. Una docena de blancos esperaba para llevársela. Evitaron la comida congelada, dejando que se descongelara en un gran charco, pero se llevaron todo lo demás.

Cuando desapareció toda la comida, Kress sintió cómo sus punzadas de hambre disminuían un poco, aunque él no había comido nada. Pero sabía que el alivio sería breve. Pronto la madríbula volvería a tener hambre. Tenía que alimentarla.

Kress sabía lo que tenía que hacer. Fue a su comunicador.

—Malada —dijo cuando el primero de sus amigos contestó—. Voy a dar una pequeña fiesta esta noche. Comprendo que te aviso con poquísima antelación, pero espero que puedas venir. De verdad lo espero.

El siguiente fue Jad Rakkis y luego los demás. Para cuando terminó, nueve de ellos habían aceptado la invitación. Kress esperaba que fuesen suficientes.

Kress recibió a sus invitados en el exterior —los móviles habían hecho limpieza con notable rapidez, y el terreno tenía casi el mismo aspecto que antes de la batalla— y acompañó a cada uno de sus amigos hasta la puerta principal. Les dejaba pasar primero. Él no entraba.

Cuando cuatro de sus amigos hubieron entrado, Kress finalmente reunió valor. Cerró la puerta detrás de su último invitado, ignorando las exclamaciones de sobresalto, y corrió hacia el aerocoche en el que había llegado el hombre. Se introdujo en él, puso el pulgar sobre el sensor y maldijo. Naturalmente, estaba programado para elevarse solo en respuesta a la huella digital de su dueño.

El siguiente en llegar fue Jad Rakkis. Kress corrió hacia su aerocoche cuando este aterrizó y agarró a Rakkis por el brazo cuando salía.

—Vuelve dentro, rápido —dijo mientras lo empujaba—. Llévame a la ciudad. Deprisa, Jad. ¡Sácame de aquí!

Pero Rakkis se quedó mirándolo y no se movió.

—¿Por qué? ¿Qué pasa, Simon? No lo entiendo. ¿Qué hay de tu fiesta?

Y entonces ya era demasiado tarde porque la arena suelta que los rodeaba se agitaba, ojos rojizos los miraban y las mandíbulas chasqueaban. Rakkis soltó un grito ahogado y se movió para volver al aerocoche, pero un par de mandíbulas se cerraron alrededor de su tobillo y de repente estaba de rodillas. La arena bullía de actividad subterránea. Jad se agitó y gritó de manera terrible mientras le despedazaban. Kress apenas pudo soportar el espectáculo.

Tras eso, no volvió a intentar escapar. Cuando todo acabó, dio cuenta de lo que quedaba en su mueble bar y se emborrachó muchísimo. Sabía que sería la última vez que disfrutaría de ese placer. El único alcohol que quedaba en la casa estaba guardado en la bodega.

Kress no había tomado ni un solo bocado de comida en todo el día, pero se durmió sintiéndose ahíto, saciado al fin, con la horrible hambre al fin a raya. Su último pensamiento antes de que las pesadillas se lo llevaran fue a quién podría invitar al día siguiente.

La mañana era caliente y seca. Kress abrió los ojos y de nuevo vio un rey blanco en su tocador. Los volvió a cerrar con la esperanza de que fuera un sueño. No lo era, y tampoco pudo volver a dormir. Al poco se encontró contemplando aquel ente.

Lo contempló durante casi cinco minutos hasta que lo que había de extraño se le hizo evidente; el rey de la arena no se movía.

Los móviles podían quedar quietos casi por completo, por supuesto. Los había visto a la espera y atentos un millar de veces. Pero siempre había algo de movimiento en ellos; el chasquear de las mandíbulas, la sacudida de una pata, las oscilaciones de las largas y finas antenas.

Pero el rey de la arena que había sobre su tocador estaba completamente inmóvil.

Kress se levantó, conteniendo la respiración, sin atreverse a tener esperanza. ¿Podría estar muerto? ¿Podría ser que algo lo hubiera matado? Atravesó la habitación.

Los ojos estaban negros y vidriosos. La criatura parecía hinchada, como si fuera blanda y se estuviera pudriendo por dentro, llenándose de gases que empujaban hacia el exterior las placas de su caparazón.

Kress movió una mano temblorosa y lo tocó.

Estaba tibio, incluso caliente, y seguía calentándose. Pero no se movía.

Apartó la mano y, cuando lo hizo, un segmento del exoesqueleto blanco se desprendió. La carne que había debajo era del mismo color, pero tenía un aspecto más suave, hinchada y febril. Y parecía latir.

Kress retrocedió y corrió hacia la puerta.

Había más móviles blancos en el pasillo. Todos estaban como el de su dormitorio.

Bajó las escaleras saltando por encima de los reyes. Ninguno se movió. La casa estaba repleta de ellos, muertos, moribundos, comatosos, lo que fuera. A Kress no le importaba lo que les pasaba. Solo le importaba que no podían moverse.

Encontró a cuatro de ellos en su aerocoche. Los cogió uno a uno y los tiró lo más lejos que pudo. Malditos monstruos. Se volvió a colocar sobre los asientos medio comidos, puso el pulgar sobre el sensor.

No ocurrió nada.

Kress lo volvió a intentar otra vez y otra. Nada. No era justo. Era su aerocoche, tenía que funcionar, ¿por qué no arrancaba?

Finalmente salió y lo examinó, esperando lo peor. Y lo encontró.

Los reyes de la arena habían destrozado la retícula gravitatoria. Estaba atrapado. Seguía atrapado.

Sombrío, volvió a la casa. Fue a su galería y encontró el hacha antigua que tenía colgada al lado de la espada arrojadiza que había usado con Cath m’Lane. Se puso manos a la obra. Los reyes de la arena no se agitaron ni siquiera cuando los troceaba en pedazos. Pero reventaban cuando les daba el primer tajo, casi explotando. Por dentro eran algo horroroso; extraños órganos a medio formar, un légamo viscoso de color rojizo que casi parecía sangre humana e icor amarillento.

Kress destruyó a veinte antes de darse cuenta de lo inútil que era.

Los móviles no eran realmente importantes. Y además, había muchísimos… Podía seguir así todo un día y no los mataría a todos.

Tenía que bajar a la bodega y usar el hacha contra la madríbula. Decidido, inició el descenso. Llegó a la puerta y se detuvo.

Ya no era una puerta. Se habían comido las paredes, de forma que el hueco era el doble de grande que antes y redondo. Un pozo, eso era. No había ningún indicio de que hubiera habido una puerta cerrada con tablones sobre aquel abismo de negrura.

Un olor desagradable y asfixiante emanaba de abajo.

Y las paredes estaban húmedas, ensangrentadas y cubiertas de hongos blanquecinos.

Y lo peor, respiraba.

Kress se quedó inmóvil al otro lado de la habitación y sintió el viento cálido que lo recorría cuando aquello exhalaba, e intentó no asfixiarse, y cuando el viento corrió en dirección contraria, huyó.

De vuelta a la sala de estar, destruyó tres móviles más y se derrumbó. ¿Qué estaba ocurriendo? No lo entendía.

Entonces Kress recordó a la única persona que podría entenderlo.

Kress volvió a su comunicador, pisando a un rey de la arena con las prisas y rezando para que el aparato funcionara.

Cuando Jala Wo respondió, se vino abajo y se lo contó todo.

Ella le dejó hablar sin interrupciones, sin expresión alguna excepto un leve ceño en su faz pálida y descarnada. Cuando Kress terminó, solo dijo:

—Debería dejarle ahí.

Kress empezó a farfullar.

—No puede. Ayúdeme. Pagaré…

—Debería —dijo Wo—, pero no lo haré.

—Gracias —dijo Kress—. Oh, gracias.

—Cállese —dijo Wo—. Escuche. Eso es obra suya. Si se mantiene bien a los reyes de la arena serán caballerosos guerreros rituales. Usted, por medio del hambre y la tortura, ha convertido a los suyos en algo diferente. Era su dios. Los hizo como son ahora. Esa madríbula en su bodega está enferma, sigue sufriendo por la herida que usted le infligió. Probablemente esté loca. Ese comportamiento es… inusual.

»Tiene que salir de ahí rápidamente. Los móviles no están muertos, Kress. Están aletargados. Le conté que el exoesqueleto se les cae cuando crecen. Normalmente, se les cae mucho antes. No sé de reyes de la arena que hayan crecido tanto como los suyos mientras siguen aún en la etapa insectoide. Yo diría que es otro efecto de mutilar a la madríbula. Eso no importa.

»Lo que importa es la metamorfosis por la que están pasando sus reyes. Según crece la madríbula, se vuelve progresivamente más inteligente. Sus poderes psiónicos aumentan y su mente se vuelve más sofisticada, más ambiciosa. Los móviles acorazados son útiles cuando la madríbula es pequeña y poco inteligente, pero ahora necesita siervos mejores, cuerpos con más habilidades. ¿Entiende? Los móviles van a alumbrar una nueva especie de reyes de arena. No puedo decirle exactamente a qué se parecerán. Cada madríbula diseña la suya propia para responder a sus necesidades y deseos. Pero serán bípedos, con cuatro brazos y pulgares oponibles. Serán capaces de construir y manejar maquinaria sofisticada. Los reyes individualmente no serán inteligentes. Pero la madríbula sí que lo será. Y mucho.

Simon Kress miraba boquiabierto la imagen de Wo en la pantalla.

—Sus trabajadores —dijo con esfuerzo—. Los que vinieron aquí, los que instalaron el tanque…

Jala Wo sonrió un poco.

—Shade —dijo.

—Shade es un rey de la arena —repitió Kress, anonadado—. Y usted me vendió un tanque de… niños…

—No sea absurdo —dijo Wo—. Un rey de la arena de primera etapa es más parecido a un espermatozoide que a un niño. Las guerras atemperan y controlan su naturaleza. Solo uno entre cien llega a segunda etapa. Solo uno entre mil llega a la tercera etapa final y se vuelve como Shade. Los reyes de la arena adultos no sienten mucho aprecio por las madríbulas pequeñas. Hay demasiadas de ellas y sus móviles son una plaga —suspiró—. Toda esta charla es una pérdida de tiempo. La madríbula blanca despertará a la inteligencia dentro de poco. Ya no va a necesitarle y le odia. Y estará muy hambrienta. La transformación es muy extenuante. La madríbula debe ingerir enormes cantidades de alimento antes y después. Así que tiene que salir de ahí. ¿Entiende?

No puedo —dijo Kress—. Mi aerocoche ha sido destruido y no puedo arrancar ninguno de los otros. No sé cómo reprogramarlos. ¿Puede venir a buscarme?

—Sí —dijo Wo—. Shade y yo saldremos inmediatamente, pero está usted a más de doscientos kilómetros de Asgard y hay equipo que necesitamos para enfrentarnos al rey de la arena demente que ha creado. No puede esperar ahí. Tiene dos piernas. Camine. Diríjase al este, tanto como pueda y lo más deprisa que pueda. El terreno ahí fuera es bastante desolado. Podremos encontrarle fácilmente con una búsqueda aérea, y estará a salvo del rey de la arena. ¿Entiende?

—Sí —dijo Simon Kress—. Oh, sí.

Cortó la comunicación y se apresuró hacia la puerta. Estaba a medio camino cuando oyó el ruido: un sonido a medias entre un crepitar y un crujido.

Uno de los reyes de la arena se había partido por la mitad. Cuatro diminutas manos cubiertas de sangre entre rosada y amarillenta salieron por la abertura y se pusieron a apartar la piel muerta.

Kress echó a correr.

No había contado con el calor.

Las colinas eran resecas y rocosas. Kress corrió alejándose de la casa lo más rápido que pudo, hasta que le dolieron las costillas y la respiración le salía en jadeos. Luego caminó, pero tan pronto como se recuperó empezó a correr otra vez. Durante casi una hora corrió y caminó, corrió y caminó bajo el ardiente sol. Sudaba a mares y deseó haberse traído algo de agua. Miró al cielo con la esperanza de ver a Wo y Shade.

No estaba hecho para aquello. Hacía demasiado calor y sequedad, y no estaba nada en forma. Pero siguió adelante al recordar cómo había respirado la madríbula, y al pensar en las criaturitas retorcidas que en aquellos momentos estarían reptando por toda su casa. Esperaba que Wo y Shade supieran cómo encargarse de ellas.

Tenía sus propios planes para Wo y Shade. Todo era culpa de Wo y Shade, había decidido Kress, y pagarían por ello. Lissandra había muerto, pero conocía a otros con la misma profesión. Obtendría su venganza. Se lo prometió un centenar de veces mientras sudaba y se esforzaba caminando hacia el este.

Al menos esperaba que fuera al este. No tenía mucho sentido de la orientación y tampoco tenía claro hacia qué lado había salido corriendo empujado por el pánico inicial. Pero desde entonces había hecho lo posible por ir recto hacia el este, como le había indicado Wo.

Cuando ya llevaba varias horas corriendo sin señales de rescate, Kress empezó a estar seguro de que se había equivocado de dirección.

Cuando pasaron varias horas más, fue teniendo miedo. ¿Y si Wo y Shade no lo encontraban? Moriría allí fuera. Hacía dos días que no comía; estaba débil y asustado; tenía la garganta en carne viva por la falta de agua. No podía seguir adelante. El sol se ponía y se perdería completamente en la oscuridad. ¿Qué había salido mal? ¿Se habrían comido los reyes de la arena a Wo y Shade? El miedo volvió a adueñarse de él por completo y con él llegaron una sed tremenda y un hambre terrible. Pero Kress siguió adelante. Se tambaleaba cuando intentaba correr y se cayó dos veces. La segunda vez se raspó la mano contra una roca, y cuando la retiró estaba ensangrentada. Se la chupó mientras caminaba, preocupado por el riesgo de infección.

El sol estaba en el horizonte, a su espalda. La tierra se enfrió algo, cosa que Kress agradeció. Decidió seguir caminado hasta que se desvaneciera la última luz y pasar la noche donde estuviera. Seguro que ya se había alejado suficientemente de los reyes de la arena para estar a salvo, y Wo y Shade le encontrarían al día siguiente a primera hora.

Cuando ascendió a lo alto de la siguiente loma, vio el contorno de una casa.

No era tan grande como la suya, pero sí lo suficiente. Representaba techo, seguridad. Kress gritó y empezó a correr hacia la casa. Comida y bebida, tenía que alimentarse; ya podía saborear la comida. Le dolía el estómago de hambre. Corrió colina abajo hacia la casa, haciendo señas con las manos y gritando a los ocupantes. La luz casi había desaparecido, pero vio media docena de niños jugando en el crepúsculo.

—Eh, los de ahí —gritó—. Ayuda, ayuda.

Se le acercaron corriendo.

Kress se detuvo de repente.

—No —dijo—. Oh, no. Oh, no.

Reculó, resbaló en la arena, se levantó e intentó volver a correr. Lo atraparon fácilmente. Eran unas criaturas espantosas, pequeñas, de ojos saltones y piel naranja terrosa. Se debatió, pero fue inútil. Aunque eran pequeños, cada uno tenía cuatro brazos y Kress solo dos.

Le llevaron hacia la casa. Era una casa destartalada y patética, construida con arena que se desmoronaba, pero la puerta era bastante grande y oscura. Y respiraba. Eso fue terrible, pero no fue lo que hizo que Simon Kress se pusiera a gritar. Gritó debido a los otros, los pequeños niños anaranjados que salieron reptando del castillo y que contemplaban impasibles su paso.

Todos tenían su cara.


Recomendamos el libro “Fuego y Sangre” de George R. R. Martin.

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