Enciende una vela solitaria, cuento de Víctor Conde

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Conduce. Conduce, otra línea más, otra pequeña barrera hacia ninguna parte que se traga el parachoques. Un desfile de hormigas en tiempo lento, fotografiadas con una cámara con el obturador expuesto, hormigas pintadas de blanco extendidas en el tiempo. Líneas en medio de la autopista.

Conduce.

Llegar. Debo llegar. Miranda me está esperando; bueno, no a mí, pero sí un milagro que podría venir desde cualquier parte, cualquiera, incluso desde el cielo. Miranda está herida. Miranda se muere. Miranda está sola y el mundo quiere tragársela, como ya se tragó tantas cosas. Quiere fagocitarla, no, no debo pensar eso, no debo acordarme del mundo. Miranda, y yo, dos, por Dios, sólo dos. Uno y medio es multitud.

La imagen que me devuelve el retrovisor… y sí, cargada de un yo que quiere ser sólo eso, no oigo los gritos del mundo, todo lo que está más allá de la ventanilla del maldito camión se queda fuera, lejos, en tiempo lento, pasando con languidez pintada de cobalto por la ventana, el

COLECTIVO

de durmientes que está esperando para hacerme daño. Para sumarme a la estadística, uno más, uno menos, poner palabras en mi boca, sentidos en mi corazón, ilusiones en mi futuro, pero yo no, no quiero, no quiero desaparecer en la masa, enciendo el mechero, el pequeño milagro de la física que se esconde tras la apariencia de una llama de alcohol calienta la redoma con los polvos, empieza a alzarse el vapor mysto en la cabina del conductor…

Nunca he tenido tantísimo miedo.

De un lado de la carretera surge de repente una mujer con tres niños de la mano, uno de ellos llora, los demás imitan el gesto, se han contagiado. No son una persona, ni cuatro, son un ente grupal, un solo pensamiento, me gusta, me gusta, me gusta, dicen sus rostros de Buda volando en un barco de ácido. Carecen de personalidad independiente, la perdieron hace mucho en alas de la epistemolia.

¡Qué gracia!

La epistemolia los devoró, dejando sólo una carcasa que se llena cuando hay más entes grupales cerca. Ansiosos de opiniones, de sentimientos, ávidos de una voluntad que les diga qué hacer, adónde ir, por qué deben seguir respirando, con qué llenar sus horas muertas, a qué se tiene que parecer su penosa vida.

Sin otras personas cerca no son nada, sólo carcasas vacías. Eso me puede pasar a mí si me descuido. No, no me acercaré tanto. Subo del todo el cristal de la ventanilla. Acelero. Cambia­de­marcha­de­una­santa­vez­por­Dios!!!

Grito

¡PELLEJOS, FUERA!

y mis ruedas hacen chask-boom a medida que atropellan a uno de los niños, una de las extensiones vacías del ente grupal. No le ha dolido demasiado, el conjunto sigue entero y funcional. Es como si un adulto perdiera un dedo en una noche ahogada en recuerdos, en ácido, en formol. No les duele mucho, o eso me han dicho. Eso quiero creer.

Ninguno llora, pero todos se estampan en mi retrovisor con esa postura de haber sido cogidos a mitad de un movimiento que jamás acabarán que tiene la epistemolia.

Patético.

Prisa, prisa, debo llegar antes del anochecer. Miranda me espera, no aguantará mucho más. El milagro va en el maletín que le robé al colectivo de Nuevo Holocausto cuando paré a por combustible. Dios, que nunca más me tenga que acercar a una de sus ciudades. No soporto la idea de imaginarlos tras los cristales de los edificios, esperando, supurando ansiedad, comiéndose su propio sudor y la sangre que les llega compartida por cien sistemas circulatorios más, a través de los tubos. Masas de carne, montones de sudor, bocas hambrientas, venas que palpitan suplicando que alguien estimule sus centros de placer.

En las ciudades.

Montañas y montañas de ellos.

Apilados unos sobre otros, como mantas vivas, como sellos, como símbolos del ocaso de una especie.

Durmientes.

En la oscuridad.

Compartiéndolo todo, TODO, hasta el alma, lo inasible, lo inexistente.

Comparten lo que no existe.

Me dan miedo.

La aguja del combustible aún no ha golpeado el dibujito gracioso del surtidor, ese que palpita rojo corazón cuando la máquina comienza a agonizar. En la radio continúa esa voz misteriosa, llena de hechizo:

«… el santo contragolpe, el santo contragolpe, el santo contragolpe…»

Lleva días así. Estoy empezando a creer que es una grabación.

Un cartel a la derecha, una salida próxima, dos kilómetros (menos, menos un metro, menos dos, menos tres); un cartel que indica el nombre del pozo de condenación al que me dirijo:

MADHATTAN.

Madhattan, la mayor reunión de carne compartida que se haya visto jamás. El lugar donde se inventó el software original. El último lugar del mundo donde quisiera estar.

A donde tengo que ir por fuerza si quiero salvar a Miranda.

El efecto de la última inyección está pasando. Vuelvo a la realidad, lentamente, paso a paso. Cada milímetro de esa caída eleva un grado el índice de peligro, suma uno y medio a la posibilidad total de que ellos me encuentren y vengan a por mí. Que empiecen a sugerirme ideas locas, estúpidas, pulsa el botón de la amistad, me gusta, me gusta, nene gutta, como si fuésemos infantes sin cerebro.

Y eso, maldita sea, es lo que somos ya.

No sé cómo me pude enamorar de ella. La conocí en Joint Paradise, el refugio del pervertido de Nicolas Check. O la Central de Control del Ácido, como a nosotros nos gustaba llamarla. Los dispersos estaban allí, y trataban de inmunizarse contra el efecto de fusión en una sola mente, pero pocos podían. No se puede tener el maldito implante detrás del lóbulo frontal (¡qué gran timo, el mayor engaño de la historia de la sifilización!) y empeñarse en no oír la llamada del colectivo.

No puedes taparte unos oídos que tienes dentro del cráneo, a menos que te lo abras con un estilete y entierres tus propias manos en la masa encefálica. El Gran Bob, un amigo del Centro de Control, lo intentó una vez. El Gran Bob nos dijo que había encontrado el remedio para aislarse de la fusión de mentes. El Gran Bob es ahora un vegetal babeante.

Mientras las ruedas dejan una firma en el asfalto con la sangre de aquel niño sin mente, la mía, que aún existe (sí, quiero creerlo, no, lo afirmo, espera… ¡puedo incluso demostrarlo!), se marcha sin pedir permiso al pasado lejano y rebota en la era de los dinosaurios y llega dando saltos hasta una fecha alejada del Big Bang, más o menos al momento en que yo nací. Eso me hace pensar en el concepto, epistemológico o no, de la muerte.

Dicen que la vida entera pasa ante tus ojos cuando tu cerebro sabe que va a morir. Yo vengo haciéndolo poco a poco desde hace años, una escena cada vez, porque estoy convencido de que ni de coña le va a dar tiempo a mi larga y compleja vida de reproducirse en media décima de segundo. Es pura física. Ni siquiera un «grandes éxitos» recopilados de mi vida.

Por eso lo hago, por eso visualizo un trocito cada vez de la película, treinta años sin editar y sin descanso para ir al baño, para que cuando llegue el momento de mi muerte

(y lo siento cerca)

sólo queden ya los títulos de crédito y la escena sorpresa que a veces aguarda al final.

Así sí que me dará tiempo de hacer realidad el cliché, y podré concentrarme en admirar el maldito túnel de los huevos.

La muerte. ¿Qué decir? Hola, tía, encantado.

Este soy yo llegando al pueblo de mis padres hace unos años, antes de que todo se fuera a la mierda (foto), bajándome del autobús con aspecto de extranjero y quejándome por lo dolorida que tengo la espalda (foto, baja los brazos que no se te ve la cara), y entrando en el bar más cercano para ventilar el canario. Supongo que habrá que consumir algo o el dueño te mirará con mala cara. No, señor, no voy a ensuciarle gratuitamente la taza ni a mearme por fuera, estaría bueno, póngame por favor un café con leche, no, espera, eso no es lo más barato que tiene, un cortado descafeinado, sí, que son unos céntimos menos, estamos en crisis (foto).

El paisaje de ese recuerdo es igualito a las fotos de mis viejos.

Creo recordar que…

Me sacaron de la isla cuando era un bebé, así que a menos que en mi cabeza funcione una especie de memoria atávica de la especie o un circuito cerrado de televisión con mi subconsciente, no puedo acordarme de nada. Pero la sensación… sí, la sensación, esa cosa indefinible y que por no estar en el rango de lo explicable (¡lo Inexpresable!) metemos alegremente dentro de la palabra «cosa», perdura y me llena de algo que no son recuerdos pero tampoco mentiras, sino un concepto intermedio. Sí, claro, la espuma, y las barcas, y los faros, y cuánto de esto no habrá sido imaginado y de repente ahora cobra forma, se hace carne, efecto Jesucristo turboplús, «encarnación» de los deseos de la infancia.

¿Es este el lugar al que me han conducido mis pasos? Tiene que serlo, porque hay huellas a mi espalda.

Esquivo un conejo que estaba en medio de la carretera, moviendo de manera graciosa su naricilla. Él sí que merece vivir. No se ha fusionado con millones de primos descerebrados. Sigue siendo un ser único. Lo merece, merece vivir, por eso me aparto, derrapo, estoy a punto de chocar. Prefiero morir yo que matar a un solo ente único más. ¡Muack!, me beso el anular, toma ya Kant, por esta!! ¡Algún día llegaré a comprender tus crípticos libros!

No me quedan familiares vivos. Mis abuelos murieron hace años, cuando yo tenía quince, maternos y paternos, todos a la vez. Es como si la garantía o el permiso de estancia de mi familia en esta galaxia expirase de repente. Qué miedo me dio. Todos el mismo día, todos de muerte natural. Eso me da qué pensar. Quizá estemos condenados, también los de mi generación, a espicharla de pronto, sin aviso previo, cuando la garantía de mis genes expire.

Brrrr. Esss… c… c… c… calofrío.

Justo cuando creía que ese era el destino que quería compartir con la epistemolia (sólo por joder), apareció… Miranda.

Para echar por tierra todos mis credos, mis padrenuestros, mis ilusiones y las ganas de vengarme del mundo.

Para decirme con su suave mirada y su tierna sonrisa que sí, y vamos, que hay o puede haber algo más, algo que no tengamos que compartir necesariamente con ochocientos millones de personas más.

Algo que sea sólo nuestro, sin derecho a que los demás hurguen ni metan sus apestosa narices.

Ya no quedan ideas así en este mundo compartido de mierda.

Me quedo sin ti. Te has ido sin siquiera darme un beso. Te odio, mas no puedo parar de amarte con locura. Dios se descojona de fondo. Construyo puzzles en el suelo del salón, las porcelanas manchadas con polvo de gigante roja.

.Còsmicos… socimsóC.

Sonidos cósmicos.

Lo siento, chaval: alcanzaste el secreto demasiado pronto.

2: Ya no me gusta

Hiperestimulación. Metaestimulación. Ontoestimulación. Acidificación.

—¿Hay alguien más ahí fuera? ¿Alguien que sea alguien? —grito por la ventanilla. Espero que sólo una voz me responda. Pero no hay más que viento acelerado lamiendo el metal de mi camión.

Qué afortunado soy, en el fondo, me cago en la hostia.

Otra bifurcación, una salida hacia la izquierda.

Siento cerca una comuna de durmientes. Están ahí, ocultos en refugios subterráneos anti-bomba, esperando a alguien que se sume a su colectivo de locura y depravación. Otra ameba que les venda el cerebro por una pizca de comprensión grupal, de amor de grupo, de sexo en grupo. Enséñame tus fotos que yo te enseñaré las mías. Ya no puede haber excitación sexual cuando toda la humanidad se ha fusionado en un solo individuo. El sexo se ha convertido en una suerte de onanismo planetario, ya no haces el amor con otro, te lo haces a ti mismo con otra cara.

Hazme sitio que me parto de la risa.

Al pasar cerca de la comuna puedo oír su canción. Me aterra, el efecto del LSD está pasando. Maldición. No puedo parar, no, no pararé, por nada del mundo, ni siquiera para chutarme. Tengo que estar

DESPEJADO.

Siento cómo su canción crea ecos en las bóvedas de mi cerebro, me llama, notas de sirena, embrujo de Ulises, cogorza de San Juan evangelista, ojalá os vayáis todos juntitos al infierno, de un solo salto. Ojalá haya un hueco allí para mí, un empleo libre y con derecho a vacaciones, pero como vuestro carcelero, con un látigo de púas. Seguro que Satanás se enrolla y me contrata. Tengo que pensar en otra cosa, distraerme, acelero, acelero, la aguja salta como una cigarra en el contador de millas, tengo que…

… pensar…

… en…

… otra…

… cosa…

Budastimulación. Testiculación. Fatidiculación.

Deificación.

Una vez vi una película sobre los experimentos reales de un tipo que exploraba los estados hiperestimulados de conciencia. Se encerraba en un tanque de privación sensorial durante días y se metía unas bolas de peyote, hasta que su mente empezaba a alucinar de verdad. En una ocasión creyó transmutarse (físicamente, no figuradamente) en una especie de hombre de las cavernas. En otra, el cordero de Dios vestido con una escafandra le dictó a toda velocidad y en hebreo la segunda parte del Apocalipsis, el Regreso. Luego echó un polvo con la Inmaculada y después ella siguió siendo así, Inmaculada, pero él no, él estaba manchado de por vida. Su nombre pasó a engrosar la lista de los más buscados del Cielo, tienen su foto allá arriba, pegada en un corcho, con la recompensa ofrecida. Me provocó repelús su historia.

Durante casi una década he intentado ser como ese tipo, mantener mi individualidad aunque fuera a costa de mi cordura. Una llama débil en la eterna oscuridad, una vela azotada por un vendaval en un barco a la deriva. Por eso me tatué medio cuerpo entero con una serpiente azul, para ser único. Por eso experimenté con todos los tipos de drogas y estimulantes conocidos. Por eso, en última instancia, acabé llegando por pura casualidad a la Central de Control de Nicolas Check. Y él me presentó a una de sus «primas», pero de las de verdad, de las consanguíneas: Miranda.

Check me recibe en su sancta sanctorum de los colgados (otra vez estoy allí). Puede que algún defensor de lo políticamente correcto exclame

¡HOLA CHAVAL! ¡DAME UN ABRAZO!

pero que lo haga en vez de que lo diga, que los actos son los que definen a las personas y no sus discursos. Check es así, una persona expansiva, con un aire general de Jesucristo de Dalí, ese de los

PANTALONES VAQUEROS

y la papelina en la mano, que te saluda desde su trono sobre las aguas del Mar Rojo y te invita cordialmente a pasar a su mundo, a sus intifadas, a sus cruzadas antimoros, a la enajenación religiosa que sólo puede terminar en martirio.

Check sabe quién soy antes siquiera de que me presente, algo en los pómulos que son de mi padre y en la barbilla que es exclusiva de mi madre, una reacción en cadena que lleva a desgranar en su cabeza el nudo genético que me parió, y ¡hala! Hola chico, bienvenido al fin, te estábamos esperando. Pasa a la antesala de mi vida de pesadilla y

PONTE CÓMODO.

Miranda. Está desnuda, en la playa de al lado, tomando uno de sus baños matutinos. La veo (aún en el recuerdo) salir de las aguas como Moisés habiéndose olvidado del báculo. Las dos partes del mar han caído sobre ella pero no le han hecho daño, sólo han mojado su pelo moreno, su piel llena de pecas, sus pechos pequeños, casi infantiles, que son todo areola, los dedos de los pies que se entierran graciosamente en la arena mojada, una forma única de dejar huellas atrás.

La veo por primera vez

¡¡ZAS BOOM BANG!!

cuando brota de las aguas cual ninfa marina, cual náyade sonriente de mercurio y sal, y la visión de su cuerpo desnudo es como una psicosis comprimida, una catarsis de estados cuánticos, un pubis afeitado que gotea sal y espuma, una singularidad del fin del universo hecha mujer que reorganiza a su voluntad todas las conexiones de mis neuronas, poniendo mi maldito subconsciente a pegar gritos de auxilio.

¡No-puede-ser!

Creo que ya tengo a la protagonista femenina de mi vida.

Y yo, como un idiota, me enamoré. No sé si la idea de que Miranda aún no hubiese probado la epistemolia, de que fuera aún virgen de pensamiento pero no de cuerpo (a saber cuántas veces se la habría follado Check antes de decirle que todo era una mentira, que la Revelación Divina final es un chiste), pero lo cierto es que caí en sus redes como un imberbe soñador recién salido del huevo.

Miranda.

La chica de la mirada tierna.

La chica con la enfermedad incurable.

El único ser de este mundo que ha desarrollado un implante natural, sin cirugía, detrás del lóbulo parietal, por lo que está condenada a que su cerebro se convierta en un biomódem que la fusione con la puta epistemolia.

El siguiente paso evolutivo.

La naturaleza que harta de grifa se quiere apuntar a las redes sociales.

Mi amor, al que trato de salvar con esquizofrénica intensidad de su destino.

Los rascacielos de Madhattan están ahí delante, los diviso al fin tras la última curva. El miedo, el miedo puro se esconde en ellos. El terror.

Tengo que atravesar los niveles inferiores de esa inmensa favela que conserva parte de su nombre prehistórico, pre-epistemolia, pero no creo que el camión aguante. Es una antigualla de los tiempos en que la gente aún tenía trabajo. Pero no creo que resista cual Bucéfalo de diez ruedas el ataque final de mi cruzada.

No, tendré que dejarlo en la parte de debajo de la favela, donde cae todo el detrito. Donde ni siquiera ellos se atreven a aventurarse.

Check me espera. Dice que Miranda agoniza, que los últimos resquicios de su ser individual se licuan a cada segundo que pasa. Que soy lo único que puede salvarla.

Me preocupa que emplee esa expresión, ese impersonal «lo» en lugar de unos familiares y humanos «el» o «la». Puede que sólo piense en mí como en una cosa, un instrumento. Una parte más de su arsenal médico de extirpación de la epistemolia, de lobotomización de la pantalla de radar social humana.

Si es así, bienvenido sea su plan, me da igual en qué consista. Lo único que me importa a estas alturas, lo único que me hace sentirme humano, es la posibilidad remota salvar a Miranda. De coger a la estúpida naturaleza y enseñarle por dónde se puede meter su último y demencial paso evolutivo.

Aparco (o más bien incrusto el camión, con sus mil toneladas de furia y sus diez ruedas bañadas en sangre de pellejos) en la parte de debajo de la favela, en la montaña de mierda. Cojo la escopeta y me bajo de la cabina. Miro hacia arriba.

Los rascacielos.

Ellos están ahí, lo sé. Puedo notarlos. La última inyección, la saco del paquete, me hago un seppuku con ella en el brazo. El veneno, el dulce veneno, empieza a rodar arteria abajo, abajo, abajo, acumulando inercia, ganando más y más velocidad. Saltándose los semáforos en rojo. Llevándose por delante los ecos de la canción de los durmientes.

La Vía Láctea al completo

EEEEEESTALLAAAAAAAAA

ante mi alucinada retina. Protégete de la onda expansiva de mi cerebro, chaval.

Hola, soy yo, otra vez. Uno y único. Estoy aquí.

Cargo la recortada con un fílmico y épico ¡clack-chak!, haciéndola girar con una sola mano. Carga, dispara y vuelve a recargar, y un nódulo menos de carne durmiente en este mundo. Una célula menos del Gran Organismo de la que preocuparse.

No sé si será por el subidón del ácido o por toda la rabia que llevo acumulada en mi interior, pero joder, ardo en deseos de empezar a repartir estopa.

3: Me gustas

Trepo, temo, tiemblo.

Trepo por las chavolas de Madhattan, por los amontonamientos de heces, por las lianas de fibra óptica quemada que una vez condujeron aquello que insensatamente llamaron «la salvación del mundo». Tengo la vista puesta en el objetivo. Un maletín con medicina milagrosa en una mano, el antídoto definitivo contra el mal definitivo en la otra.

La casa santuario de Check, el Centro de Control, está allá arriba, en el lugar menos probable, en la encrucijada tecnológica desde donde el nuevo gurú de la individualidad quiere parir una tecnología que combata la epistemolia. Sin resultados espectaculares, al menos por el momento.

Me siento un cruce entre Charles Bronson (una vieja estrella de películas ultraviolentas de cuando yo era niño) y Tarzán. Tarzán de los monos. No, Tarzán del mono, el que me da alas y me lleva volando a

¡Dios, pellejo a las diez en punto, BANG, vómito de fuego de mi cañón, reconfortante retroceso contra el hombro, sesos que vuelan y manchan la pared, ja ja, tres puntos colega!

ese lugar que está más allá del punto de no retorno, justo al oeste del Oeste. Concéntrate, chaval, concéntrate, por Yahvé y Zarathustra y Buda y todos los antiguos traficantes de medias verdades. Concéntrate para que no te caigas o serás un bonito sello de correos sobre el techo del camión

¡Otro saliendo por la izquierda, click-chack, BANG BANG, un brazo, dos piernas, su carita de cuelgue metafísico que me mira como si pidiese disculpas por no haber entendido el chiste! ¡Ja ja, otro menos!

Ellos no suelen desplazarse en grupo a ningún sitio, salvo que tengan hambre o que alguno de sus corpúsculos haya sufrido una herida que esté transmitiendo dolor constantemente al resto, y haya que o bien curarla, si se puede, o bien amputar ese corpúsculo.

Pero cosas así, abandonadas a su libre albedrío, han degenerado en auténticos horrores de colectividad humana.

Por los laberintos de las favelas se arrastran monstruos creados por la fusión de mentes y cuerpos, pesadillas animadas dignas de los antiguos libros medievales, que hay que exterminar a toda costa. Los ciempiés humanos, por ejemplo, que serpentean en silencio en busca de más eslabones que unir a su delirante cadena. Bestias nacidas de la evolución espontánea de los durmientes, hermanadas por cadenas de respiración y hambre. Pero no son los únicos.

También están los sebos de carne, enlazados por cadenas de excreción interna, unos en las bocas de otros en un ciclo sin fin. O los más espantosos a mi entender, las estrellas de mar: Nódulos de siete o más miembros unidos por la cabeza, sus cerebros combinados en una sola cosa, en una sopa proteica de neuronas que desea alcanzar el summun del pensamiento único.

Monstruos de la post-modernidad. Heces humanas en un mundo al que ya no le importa nada.

Me encuentro con una de esas estrellas de mar cuando ya estoy empezando a creer que nada podrá detenerme. Siete cuerpos desnudos de diferentes edades y sexos, cosidos por un titiritero loco a la altura de sus cabezas, un dios que tenía un soplete y no sabía qué hacer con él.

La estrella me mira con sus dieciséis ojos y se pregunta, seguramente, qué hará esta presa sola andando por allí, con una serpiente azul tatuada en el cuerpo. ¡Un signo de identidad, cómo se atreve! ¡Blasfemia, blasfemia! ¡Todos a por el hereje, a la voz de arrr!

Disparo. Doy gracias a mi divinidad particular porque la escopeta cubra un cono con sus postas, no una línea recta, porque así cojo a más de ellos. La estrella se retuerce de dolor, sangrando, perdiendo varios miembros. Los demás chillan, apretando agónicamente el botón cerebral de ¡no me gusta, no me gusta! que les permita expulsar a sus miembros dañados. El botón milagroso que niegue el dolor. Jo jo, por las bragas de la Virgen, no pienso darle ese placer.

Otro disparo y agoto la munición. Apunto al núcleo, a la masa encefálica. Una explosión de hueso y lo que hay debajo sale como un surtidor, manchando el tejado de la chavola, un tejado cocido al sol. La masa encefálica, la sopa de cerebros, comienza a hervir.

Clack-chik y mierda, me convenzo de que no me quedan postas. Arriba, es mi única posibilidad, arriba y a la derecha, en la dirección de Nunca Jamás. Allí está la salvación, el santuario de Check.

Entonces se escucha otro disparo. No he sido yo. Y los pellejos no saben usar armas, así que tiene que haber sido otro individuo. Otra presa.

Elevo la vista. Check, esperándome en su atalaya, con un rifle de repetición en las manos. Vamos, sube, tío, y yo que sí, mierda, qué te crees que estoy intentando. Y él me da la mano y vacía el cargador en lo que queda de la estrella de mar, reduciéndola a un montón de cuerpos temblorosos que hasta ese momento pensaban que eran parte de otra cosa más grande, el sueño de la gestalt infrahumana.

—Has tardado —me dice a modo de saludo. Una amarga sonrisa hiere sus labios. Se ha dejado barba, y seguro que no ha encontrado el peine aquel que le presté hace años.

—He tenido que venir de lejos —me excuso. Pero ya no importa. He llegado, y estoy vivo. Sigo siendo yo.

Qué subidón. Lucy se bajó del cielo robando los diamantes.

Entro por la puerta principal (dos planchas de uralita amontonadas) en el Centro de Control del Ácido. Allí, Check custodia como si fuese el mismísimo espíritu guardián de Camelot el cuerpo incorrupto de Miranda.

La veo tumbada en un catre, vestida con una especie de túnica que aúna su figura con los mitos de la antigüedad, una Helena de Troya que ya no es de allí sino de Madhattan, los ojos cerrados, los párpados echados como la cortina de un viejo teatro donde la ilusión se acabó hace mucho. Parece dormida. No, parece… muerta.

Ese pensamiento me produce terror, casi un dolor físico, pero Check se apura a tranquilizarme.

Me cuenta que su cerebro ya no puede aislarse de la canción. No puede taparse los oídos porque están dentro del cráneo y si la operamos para ponerle unos tapones de fibra podríamos arriesgarnos a perderla, como al Gran y Estúpido Bob. Bob el as del escalpelo. El vegetal viviente, que está allí, sí, mirándome sin verme desde una esquina. Check lo usa a veces como florero o colgador para su chaqueta. Otras veces lo emplea como altar para ponerse en

CONTACTO

con entidades extrasensoriales.

Al pobre Bob, en el fondo, le da igual una cosa que otra.

—Sólo hay una solución, y es evitar que los nodos receptores de la epistemolia se sigan multiplicando por su cerebro —dice Check como si hablara de un experimento científico que salió mal. Pero eso es lo que Miranda viene a ser, en el fondo: un audaz truco de la naturaleza que estamos intentando hacer que fracase. Ponerle al Gran Hacedor un gorro cónico con orejas de asno.

—¿Cómo? —pregunto en un alarde de originalidad. Menos mal que no hay un dramaturgo cerca para lanzarme mis frases de folletín a la cara. Tiraría a dar.

—Completando lo que se ha atrofiado de su cuerpo con el de otro ser vivo e independiente. Un ser que jamás se haya unido a la epistemolia. ¿Has traído el maletín con la medicina?

—Sí, claro, pero…

Y él me mira

Con su más genuina cara de tacháaaaaan.

Dios, cómo duelen las dobles lecturas, los sentidos ocultos, cuando son tan obvios que guardarlos detrás de la lengua es gritarlos a pleno pulmón.

Yo soy la solución, la parte que le falta a Miranda. Eso es lo que Check, el cirujano loco, propone. Y sabe que si la amo lo suficiente, aceptaré el sacrificio, la danza de los bisturís, la orgía de sangre.

Yo, que hice todo este viaje para ser uno con mi amada, para fundirme con ella conservando mi individualidad, nuestra, la de los dos… voy a tener que desaparecer para que ella viva.

¿Y sabéis qué?

Que me importa un carajo. El placer sigue fluyendo por mi cuerpo, cayendo y cogiendo velocidad vena abajo.

Soy yo. Siempre. Para siempre.

El único ser humano con conciencia de sí mismo que quedó sobre la faz de la Tierra cuando la eterna promesa del «un día todos calvos y hermanos» se cumplió.

Yo. El tío de la serpiente.

4: ( )

Miranda despierta. Ha vuelto a tener ese sueño recurrente. El gran águila tatuada que sobrevuela el bosque. Es muy grande, demasiado para la cordura de una sola persona. Sus plumas consumen noche y arrojan fuego. El pico refulge con el oro de los incas y la plata de los aztecas. De las puntas de las alas surgen dos chorros de vapor, estelas que subrayan sus giros entre las nubes, por encima y por debajo de la tormenta, secándose con relámpagos. El águila es vieja como el universo, sabia como la Totalidad que es más que la suma de las partes. Es tan infinita que cuesta comprenderla.

Luego la olvida, olvida el águila igual que se olvidan todos los sueños con la Aurora, y también si alguna vez tuvo un significado.

Miranda se mira a sí misma. Está en un catre, en una habitación polvorienta. ¿Qué hace aquí? De fondo se escucha una especie de griterío, la algarabía sumada de mil muchedumbres que gritan a la vez, llamándola, pidiéndole que se una a ellos, que les cuide y les mime y les limpie a todos las caquitas y los haga felices. Y la algarabía sería insoportable de no ser porque hay un muro, una especie de barrera en su cerebro que apantalla el sonido.

Es como si hubiera alguien más ahí dentro, protegiéndola de la sordidez, haciendo pantalla con sus manos.

Miranda se pone en pie y observa el nuevo día. Los rayos del sol son cálidos. El amanecer le acaricia con ternura la piel.

Su piel.

Entonces lo pregunta, en voz alta, y ninguna otra voz le contesta, ni siquiera esas lejanas que bullen en un infierno de lamentos. Ni tampoco esa tan cercana que le susurra cosas bonitas al oído, que le dice que a partir de ahora estará a salvo, y lo más importante, que será una sola cosa. Un solo ser. Un ser hecho de dos.

Ninguna voz es capaz de explicarle por qué la mitad de su cuerpo tiene tatuada una enorme serpiente azul.


Recomendamos el libro “Crónicas del Multiverso” de Víctor Conde.

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