Escribir narrativa norteamericana, ensayo de Philip Roth

Hace algunos inviernos, cuando vivía en Chicago, la muerte de dos chicas adolescentes conmocionó y dejó perpleja a la ciudad. Que yo sepa, la población sigue perpleja; en cuanto a la conmoción, Chicago es Chicago, y el descuartizamiento de una semana se disuelve en el de la siguiente. Las víctimas de aquel año en concreto eran hermanas. Una noche de diciembre salieron de casa para ir a ver una película de Elvis Presley, por sexta o séptima vez, según nos cuentan, y nunca regresaron. Transcurrieron diez días, quince, veinte, y entonces registraron toda la triste ciudad, cada una de sus calles y callejones, en busca de las desaparecidas hermanas Grimes, Pattie y Babs. Una amiga las había visto en el cine, luego un grupo de amigos las había atisbado cuando subían a un Buick negro, otro grupo dijo que a un Chevrolet verde, y así sucesivamente, hasta el día en que se fundió la nieve y descubrieron los cuerpos desnudos de las dos muchachas en una zanja al lado de la carretera de una reserva forestal al oeste de Chicago. El forense dijo que desconocía la causa de la muerte, y entonces los periódicos se hicieron cargo del asunto. Un diario publicó un dibujo de las chicas en la última página, con calcetines cortos, Levi’s y pañuelos en la cabeza: Pattie y Babs de dos palmos de altura y a cuatro colores, como Dixie Duga los domingos. La madre de las dos muchachas lloró en los brazos de una periodista local, quien al parecer instaló su máquina de escribir en el porche delantero de los Grimes y producía un artículo al día, contándonos lo buenas y trabajadoras que habían sido las chicas, unas chicas normales, que iban a la iglesia, etcétera. Luego, por la noche, podías ver entrevistas en la televisión, protagonizadas por compañeros de escuela y amigos de las hermanas Grimes: las adolescentes miran a su alrededor, muriéndose por soltar la risa; los chicos con chaqueta de cuero se ponen rígidos. «Sí, conocí a Babs, sí, era buena chica, sí, era popular…» Hablan y hablan, hasta que por fin se produce una confesión. Un vagabundo de los barrios bajos, de unos treinta y cinco años, un lavaplatos, un desgraciado llamado Benny Bedwell, admite haber matado a las dos chicas, después de que él y un amigo cohabitaran con ellas durante varias semanas en diversos hoteles de mala muerte. Al enterarse de la noticia, la llorosa madre manifiesta a los periódicos que ese hombre es un mentiroso; las chicas, insiste ahora, fueron asesinadas la noche en que salieron para ir al cine. El forense sigue manteniendo (con muestras de descontento por parte de la prensa) que las chicas no presentaban señales de haber tenido contacto sexual. Entretanto, todo el mundo en Chicago compra cuatro periódicos al día, y a Benny Bedwell, tras haber proporcionado a la policía una crónica de sus aventuras hora por hora, lo meten en la cárcel. Los reporteros buscan a dos monjas, profesoras de las chicas en la escuela donde estudiaban. Las rodean e interrogan, y finalmente una de ellas lo explica todo. «No eran chicas excepcionales —dice la hermana—, no tenían aficiones.» Más o menos por entonces un alma bondadosa descubre a la señora Bedwell, la madre de Benny, y se fija un encuentro entre esa anciana y la madre de las adolescentes asesinadas. Les hacen una foto juntas, dos damas norteamericanas con exceso de peso y agotadas, totalmente aturdidas, pero erguidas en sus asientos para los fotógrafos. La señora Bedwell le pide perdón por lo que ha hecho su Benny. Le dice: «Jamás pensé que un hijo mío haría una cosa así». Dos semanas después, tal vez tres, su hijo está en la calle con fianza, luciendo varios abogados y un traje elegante. Lo llevan en un Cadillac rosa a un motel en las afueras de la ciudad, donde da una conferencia de prensa. Sí, es una víctima de la brutalidad policial. No, él no es un asesino, un degenerado quizá, pero incluso eso está cambiando. Va a hacerse carpintero (¡carpintero!) para el Ejército de Salvación, dicen sus abogados. Inmediatamente se le pide a Benny que cante (toca la guitarra) en un club nocturno de Chicago por dos mil dólares a la semana, ¿o son diez mil? Me he olvidado. Lo que recuerdo es que de repente cruza por la mente del espectador, o del lector de periódicos, La Pregunta: ¿se trata todo esto de relaciones públicas? Pero no lo es, claro, ya que hay dos chicas muertas. Con todo, una canción empieza a hacerse popular en Chicago, «The Benny Bedwell Blues». Otro periódico lanza un concurso semanal: «¿Cómo cree que fueron asesinadas las hermanas Grimes?», y se otorga un premio a la mejor respuesta (en opinión de los jueces). Y ahora el dinero empieza a fluir: donaciones a centenares llueven sobre la señora Grimes desde toda la ciudad y el estado. ¿Para qué? ¿De quién? La mayor parte de las contribuciones son anónimas. Solo los dólares, millares y millares de dólares. El Sun-Times nos mantiene informados del fabuloso total. Diez mil, doce mil, quince mil. La señora Grimes repara y decora de nuevo su casa. Se presenta un desconocido, llamado Shultz o Schwartz, ya no lo recuerdo, que se dedica al negocio de los electrodomésticos, y le regala a la señora Grimes toda una cocina nueva. La señora Grimes, desbordante de agradecimiento y alegría, se vuelve hacia la hija superviviente y le dice: «¡Imagíname en esa cocina!». Finalmente, la pobre mujer sale de casa y compra dos periquitos (o tal vez sean otro de los regalos del señor Shultz); a uno de los periquitos le llama Babs y al otro Pattie. Más o menos por entonces, a Benny Bedwell, que sin duda apenas ha aprendido a clavar un clavo como es debido, lo extraditan a Florida, acusado de haber violado allí a una niña de doce años. Poco después yo mismo abandoné Chicago, y por lo que sé, aunque la señora Grimes se ha quedado sin sus dos hijas, tiene un flamante lavavajillas y dos pajaritos.

¿Y cuál es la moraleja de este relato? Es, sencillamente, que el escritor norteamericano a mediados del siglo XX está ocupadísimo tratando de entender, describir y luego hacer creíble buena parte de la realidad norteamericana. Causa estupor, asquea, enfurece y finalmente incluso azora a la magra imaginación de uno. Una y otra vez la realidad supera nuestro talento, y la cultura vomita casi a diario figuras que son la envidia de cualquier novelista. ¿Quién podría haber inventado, por ejemplo, a Charles Van Doren? ¿A Roy Cohn y David Schine? ¿A Sherman Adams y Bernard Goldfine? ¿A Dwight David Eisenhower?

Varios meses atrás, la mayor parte del país oyó decir a uno de los candidatos a la presidencia de Estados Unidos: «Si les parece que el senador Kennedy tiene razón, entonces creo sinceramente que deberían votar por el senador Kennedy, y si les parece que yo tengo razón, les pido humildemente que me voten. Ahora bien, creo, y esta es desde luego una opinión personal, que tengo razón…», y cosas por el estilo. Aunque no se lo pareció a treinta y cuatro millones de votantes, sigue pareciéndome un tanto fácil ridiculizar al señor Nixon, y no es ese el motivo de que me haya molestado en parafrasear aquí sus palabras. Si al principio resultaba divertido, uno acababa por quedarse estupefacto. Tal vez como creación literaria satírica podría haber parecido «creíble», pero al verle en la pantalla del televisor, como una figura pública real, me resultó difícil tomarle en serio. Al margen de los demás efectos que me causaron los debates televisados, debo señalar que, como curiosidad literaria, también me provocaron envidia profesional. Todas las maquinaciones sobre el maquillaje y el tiempo de refutación, la cuestión de si el señor Nixon debía mirar al señor Kennedy mientras replicaba o debía desviar la vista… todo esto era tan irrelevante, tan fantástico, tan extraño y pasmoso, que empecé a desear haberlo inventado. Claro que no era necesario ser un narrador para desear que alguien lo hubiera inventado y que no fuese algo real que existía ante nosotros.

Así pues, los periódicos nos llenan de asombro y nos sobrecogen (¿es posible?, ¿está sucediendo una cosa así?), al tiempo que nos producen náuseas y desesperación. Los amaños, los escándalos, la demencia, la idiotez, la piedad, las mentiras, el ruido… Recientemente, en Commentary, Benjamin DeMott escribía que «la sospecha profundamente arraigada de los tiempos [es], a saber, que los acontecimientos y los individuos son irreales, y que el poder para alterar el curso de la época, de mi vida y la tuya, en realidad no se aplica en ninguna parte». Parece existir, según DeMott, una especie de «descenso universal a la irrealidad». La otra noche, por poner un ejemplo benigno del descenso, mi mujer encendió la radio y oyó anunciar al locutor una serie de premios en metálico para las tres mejores obras teatrales televisivas, de cinco minutos de duración, escritas por niños. En tales momentos a uno le resulta difícil orientarse en la cocina. Ciertamente, pocos son los días en los que incidentes mucho menos benignos dejan de recordarnos de qué está hablando DeMott. Cuando Edmund Wilson dice que tras leer la revista Life tiene la sensación de que no pertenece al país retratado en sus páginas, que él no vive en este país, comprendo lo que quiere decir.

Sin embargo, para un narrador, sentir que realmente no vive en su propio país, ya sea el representado por Life, ya el que experimenta cuando cruza la puerta de su casa, debe de parecerle un grave obstáculo profesional, pues, ¿cuál será su tema? ¿Su paisaje? Uno pensaría que tal vez obtengamos una elevada proporción de novelas históricas o de sátira contemporánea, o quizá nada. Ningún libro. Sin embargo, casi todas las semanas uno encuentra en la lista de best sellers otra novela que está ambientada en Mamaroneck o Nueva York o Washington, cuyos personajes se mueven en un mundo de lavavajillas, televisores, agencias de publicidad e investigaciones senatoriales. Parece que los escritores estén produciendo libros acerca de nuestro mundo. Ahí están Cash McCallEl hombre del traje de franela grisUna muchacha de nuestro tiempoEl campamento enemigoAdvise and Consenty tantos otros títulos. Pero lo digno de señalar es que esos libros no son muy buenos. No es que los autores no estén lo bastante horrorizados por el paisaje para mi gusto, todo lo contrario. En general, están llenos de preocupación por el mundo que les rodea, pero, en última instancia, no imaginan la corrupción, la vulgaridad y la traición de la vida pública norteamericana más profundamente de lo que pueden imaginar el carácter humano, es decir, la vida privada del país. En general todos los problemas son solubles, lo cual sugiere que, más que atemorizados u horrorizados, han sido provocados por alguna controversia tópica. «Controvertido» es una palabra corriente en el lenguaje crítico de esa literatura, como lo es también en el lenguaje del productor de televisión.

No descubro nada nuevo si digo que en el territorio de los best sellers a menudo vemos que el héroe se aviene a instalarse en Scarsdale, o donde sea, conociéndose a sí mismo. Y en Broadway, en el tercer acto, alguien dice: «Escucha, ¿por qué no os queréis el uno al otro?», y la protagonista, llevándose las manos a la frente, exclama: «¿Por qué no pensé en eso, Dios mío?», y ante la acción avasalladora del amor, todo lo demás se viene abajo, la verosimilitud, la verdad y el interés. Es como «La playa de Dover» con un final feliz para Matthew Arnold, y para nosotros, porque el poeta está ante la ventana con una mujer que le comprende. Si la investigación literaria de nuestro tiempo se convirtiera en propiedad exclusiva de Wouk, Weidman, Sloan Wilson, Cameron Hawley y los chicos de Broadway para quienes amor vincit omnia sería una auténtica desgracia… como dejar el sexo a los pornógrafos, en cuyo caso lo que sucede también es más de lo que parece a primera vista.

Pero la época todavía no se ha entregado por completo a las mentes y los talentos inferiores. Ahí está Norman Mailer, un interesante ejemplo de escritor en quien nuestra era ha provocado una repugnancia tan magnífica que casi considera que tratar de ella en la ficción está fuera de lugar. Mailer se ha convertido en un actor del drama cultural, y eso tiene la dificultad de que le deja menos tiempo para ser escritor. Por ejemplo, para desafiar a las autoridades de la defensa civil y sus ejercicios de protección del bombardeo atómico, tienes que abandonar la máquina de escribir durante una mañana y situarte delante del Ayuntamiento; entonces, si tienes suerte y te meten en la cárcel, has de pasarte una noche fuera de casa y prescindir también de tu trabajo de la mañana siguiente. Para retar a Mike Wallace, o poner en tela de juicio su agresión sin principios, o simplemente utilizarlo o enderezarlo, primero tienes que ser un invitado de su programa, lo cual significa una noche perdida. Entonces es posible que tengas que pasarte las dos semanas siguientes (hablo de memoria) sintiéndote mal contigo mismo por haber participado, y luego otras dos escribiendo un artículo en el que tratas de explicar por qué lo hiciste y cómo fue. «Es la era del palurdo —dice un personaje en la nueva novela de William Styron—. Si no tenemos cuidado van a hundirnos…» Y el hundimiento puede adoptar numerosas formas. Por ejemplo, Mailer nos da un libro titulado Anuncios para mí mismo, en su mayor parte una crónica de por qué lo hice y la experiencia de hacerlo… y a quién se la tengo tomada: su vida como sustituto de su ficción. Un libro irritante, que se permite excesos, escandaloso y mezquino, no mucho peor que la mayor parte de la publicidad que hemos de soportar, pero, tomado en su conjunto, curiosamente conmovedor al revelar una desesperación tan profunda que quien la sufre parece haber prescindido por el momento de efectuar un asalto imaginativo contra la experiencia norteamericana y, en cambio, se ha convertido en paladín de una especie de venganza pública. Sin embargo, lo que uno defiende un día puede convertirle en su víctima al día siguiente; tras haber escrito Anuncios para mí mismo no veo que uno pueda escribir de nuevo. Ahora Mailer probablemente se encuentre en la nada envidiable posición de tener que actuar o quedarse callado. Quién sabe, tal vez fuese ahí donde él quería estar. Tengo la impresión de que los tiempos son duros para un narrador cuando se pone a escribir cartas a su periódico en vez de esas complicadas y disimuladas cartas a sí mismo que son los relatos.

Con esto último no he pretendido hacer una observación sentenciosa o condescendiente, ni siquiera generosa. Por muchas dudas que uno tenga sobre el estilo de Mailer o sus motivos, lo cierto es que simpatiza con el impulso que le provoca el deseo de ser crítico, reportero, sociólogo, periodista e incluso alcalde de Nueva York, pues lo que resulta más que nada duro en esta época es escribir acerca de ella como novelista o cuentista serio. Mucho se ha hablado, y sobre todo lo han hecho los mismos autores, de que el escritor norteamericano carece de categoría, no se le respeta y no tiene público. Apunto aquí a la pérdida de algo más esencial para la misma tarea, la pérdida deltema; o, por decirlo de otro modo, la retirada voluntaria de interés, por parte del narrador, de algunos de los fenómenos sociales y políticos más grandes de nuestra época.

Por supuesto, hay escritores que han tratado de abordar de frente esos fenómenos. En los últimos años he leído varios libros y relatos en los que uno u otro personaje empieza a hablar de «La Bomba», y en general la conversación me deja menos que convencido y, en ciertos casos, incluso con cierta simpatía hacia la lluvia radiactiva. Sucede como en las novelas universitarias, donde la gente sostiene largas conversaciones acerca de la generación a la que pertenecen. ¿Pero luego qué? ¿Qué puede hacer el escritor con la realidad norteamericana tal como es? ¿No hay más alternativa que ser Gregory Corso y burlarte de todo llevándote el pulgar a la nariz? La actitud de los beats (si ese término significa algo) no carece de atractivo. Todo es una broma. Norteamérica, ja, ja. Pero eso no pone demasiada distancia entre el ámbito beat y su enemigo jurado, el ámbito del best seller, no mucho más de lo que cuesta pasar de un lado de la moneda al otro, pues, ¿es Norteamérica, ja, ja, realmente algo más que Norteamérica, hurra, puesta del revés?

Es posible que esté exagerando la reacción del escritor serio a nuestro aprieto cultural y su incapacidad o su desgana para tratarlo de una manera imaginativa. Creo que, al final, poco se puede afirmar sobre la psicología de los escritores de una nación, aparte, claro está, de sus mismas obras. En este caso, por desgracia, el grueso de las pruebas no son los libros que han sido escritos, sino los que se han dejado sin terminar y aquellos que ni siquiera han sido considerados dignos de ser escritos. Sin embargo, esto no quiere decir que no haya habido ciertos signos literarios, ciertas obsesiones e innovaciones, en las novelas de nuestros mejores escritores, en apoyo de la idea de que el mundo social ha dejado de ser un tema tan apropiado o tan manejable como pudo serlo en otro tiempo.

Empezaré con unas palabras sobre el hombre que, al menos por su reputación, es el escritor de la época. La reacción de los estudiantes universitarios a la obra de J. D. Salinger indica que quizá él, más que ningún otro, no ha dado la espalda a los tiempos sino que ha logrado incidir en la importante lucha que hoy se está librando entre el yo y la cultura. El guardián entre el centeno y los recientes relatos publicados en The New Yorker relacionados con la familia Glass, sin duda tienen lugar en el presente inmediato. Pero ¿qué decir del yo, qué decir del héroe? Esta cuestión tiene un interés particular, pues en el caso de Salinger, más que en la mayoría de sus coetáneos, últimamente la figura del escritor se ha situado de manera directa en la línea de visión del lector, por lo que al final existe una conexión entre las actitudes del narrador como, por ejemplo, hermano de Seymour Glass y como un hombre cuya profesión es la de escribir.

¿Y qué decir de los héroes de Salinger? Bien, descubrimos que Holden Caulfield acaba en un costoso sanatorio. Y Seymour Glass finalmente se suicida, pero antes de que lo haga es la niña de los ojos de su hermano. ¿Y por qué no? Ha aprendido a vivir en este mundo. Pero ¿cómo? No viviendo en él, besando las plantas de los pies de las chiquillas y lanzando piedras a la cabeza de su amada. Está claro que es un santo. Pero puesto que la locura es indeseable y la santidad, para la mayoría de nosotros, es inalcanzable, el problema de cómo vivir en este mundo no tiene en absoluto ninguna respuesta, a menos que la respuesta sea que uno no puede. El único consejo que Salinger parece darnos es que seas encantador cuando vas camino del manicomio. Por supuesto, Salinger no tiene ninguna obligación de dar consejos de ninguna clase a escritores o lectores. Sin embargo, observo que cada vez tengo más curiosidad por ese escritor profesional, Budy Glass, y por cómo se las arregla él para deslizarse por la vida en brazos de la cordura.

Salinger insinúa que el misticismo es un posible camino hacia la salvación; por lo menos algunos de sus personajes responden bien a una creencia religiosa agudizada y efectiva. He leído muy poco sobre zen, pero tal como lo entiendo a juzgar por lo que dice Salinger, cuanto más penetramos en este mundo, tanto más podemos alejarnos de él. Si contemplas una patata durante el tiempo suficiente, deja de ser una patata en el sentido habitual; por desgracia, sin embargo, tenemos que ocuparnos a diario de los objetos en el sentido habitual. Me parece que, pese a su encantador manejo de los objetos del mundo, tanto en los relatos salingerianos de la familia Glass como en El guardián hay un rechazo de la vida tal como se vive en el mundo inmediato: este lugar y este tiempo se consideran indignos de las poquísimas personas que han sido puestas en ellos solo para que enloquezcan y sean destruidas.

Un rechazo del mundo en que vivimos, aunque de un orden diferente, se observa en la obra de otro de nuestros escritores mejor dotados, Bernard Malamud. Incluso cuando Malamud escribe un libro sobre béisbol, El mejor, no se trata del béisbol que se juega en el Yankee Stadium, sino de un juego alocado y estrambótico, donde un jugador que recibe instrucciones de arrancar la cubierta de la pelota al golpearla llega enseguida a la base y hace precisamente eso: el bateador golpea y el núcleo de la pelota traza un arco hasta el centro del campo, donde el confuso fildeador empieza a enredarse con la esfera que se desenrolla; entonces el jugador situado entre la segunda y la tercera bases acude corriendo y, con los dientes, separa al fildeador y la pelota. Aunque El mejor no es el libro de Malamud que ha tenido más éxito, en cualquier caso es una introducción a su mundo, que no es en modo alguno una réplica del nuestro. Por supuesto, existen unos seres a los que se llama jugadores de béisbol y unos seres reales llamados judíos, pero ahí termina buena parte de la similitud. Los judíos de El tonel mágico y los judíos de El dependiente no son los judíos de Nueva York ni de Chicago. Son un invento de Malamud, una especie de metáfora que representa ciertas posibilidades y promesas, y me inclino todavía más a creerlo así al leer esta afirmación atribuida a Malamud: «Todos los hombres son judíos». En realidad, sabemos que eso no es cierto, e incluso los hombres que son judíos no están seguros de serlo. Pero Malamud, como autor de obras de ficción, no ha mostrado un interés concreto por las inquietudes y los dilemas y corrupciones del judío norteamericano contemporáneo, el judío al que consideramos característico de nuestro tiempo. Más bien sus personajes viven en una depresión atemporal y en un Lower East Side que no está en ninguna parte; su sociedad no es opulenta, su dilema no es cultural. Y no estoy diciendo, porque no puede decirse tal cosa de Malamud, que haya rechazado la vida o el análisis de sus dificultades. Lo que más le preocupa es el significado de ser humano, y ser humanitario. Lo que deseo señalar es que no encuentra, o no ha encontrado todavía, en la escena contemporánea un telón apropiado o suficiente para sus relatos de crueldad y dolor, de sufrimiento y regeneración.

Ahora bien, no puede considerarse que Malamud y Salinger hablen en nombre de todos los escritores norteamericanos, y sin embargo su respuesta en la ficción al mundo que nos rodea (aquello que eligen enfatizar o dejar de lado) me interesa sencillamente porque ellos son dos de los mejores. Por supuesto, hay muchos otros escritores, también capacitados, que no viajan por las mismas carreteras; sin embargo, me pregunto si, incluso entre ellos, no podríamos estar presenciando una respuesta a los tiempos, tal vez aparentemente no tan dramatizada como el distanciamiento social en Salinger y Malamud, pero de todos modos presente en el cuerpo de la obra.

Tomemos la cuestión del estilo de la prosa. ¿Por qué todo el mundo es de repente tan exuberante? Quienes hayan leído a Saul Bellow, Herbert Gold, Arthur Granit, Thomas Berger y Grace Paley sabrán a qué me refiero. Recientemente Harvey Swados ha manifestado en The Hudson Review que veía el desarrollo de «una prosa nerviosa y musculosa perfectamente adaptada a las exigencias de una era que parece al mismo tiempo atroz y ridícula. Se trata de escritores metropolitanos, en su mayoría judíos, y están especializados en una especie de poesía en prosa que a menudo depende para su eficacia tanto de cómo está ordenada o del aspecto que tiene en la página impresa, como de lo que dice. Es una escritura arriesgada…», añadía Swados, y tal vez sea su mismo riesgo lo que nos permite descubrirle alguna clase de explicación. Quisiera comparar dos breves pasajes descriptivos, uno deLas aventuras de Augie March, de Bellow, y el otro de la nueva novela de Gold, Therefore Be Bold, con la esperanza de que las diferencias reveladas sean ilustrativas.

Como numerosos lectores ya han señalado, el lenguaje de Augie March combina la complejidad literaria con la facilidad de la conversación, une el habla académica con el habla de las calles (no de todas, sino de ciertas calles); el estilo es especial, particular, enérgico, y aunque en ocasiones puede ser rígido, generalmente sirve con brillantez a los propósitos de Bellow. He aquí, por ejemplo, una descripción de la abuela Lausch:

Con la boquilla en las estrechas y oscuras encías entre las que brillaba toda su astucia, ruindad y autoridad, recibía sus mejores inspiraciones de estrategia. Estaba tan arrugada como una vieja bolsa de papel, y era una autócrata, de caparazón duro y jesuítica, un viejo halcón bolchevique a punto de abalanzarse, sus pequeños pies, calzados con zapatos de cordones grises, inmóviles sobre la caja y el taburete de limpiabotas que Simon había construido en la clase de trabajos manuales, la sucia vieja y lanuda Winnie [la perra] cuyo mal olor llenaba el piso tendida en el cojín a su lado. Si el ingenio y el descontento no van necesariamente juntos, no lo aprendí de la anciana.

El lenguaje de Herbert Gold también ha sido claramente especial, privado, enérgico. En el siguiente pasaje de Therefore Be Bold observamos que también aquí el escritor empieza por reconocer una similitud física entre el personaje que describe y algún objeto inverosímil, y desde ahí, como en el pasaje de Bellow sobre la abuela Lausch, intenta terminar, por medio del cuerpo, haciendo un descubrimiento acerca del alma. El personaje descrito se llama Chuck Hastings.

En ciertos aspectos parecía una momia, la piel apergaminada y amarillenta, las manos y la cabeza demasiado grandes para un cuerpo consumido, las insondables órbitas de pensamiento más allá del Nilo. Pero su ágil nuez de Adán y el dedo con el que subrayaba sus puntos de vista hacían de él no tanto el nadador de Estigia que nadaba a lo perro hacia limbos coptos como un intelectual de escuela secundaria que intimidaba a las chiquillas de ojos como ombligos.

En primer lugar, la misma gramática me desconcierta: «… insondables órbitas de pensamientos más allá del Nilo». ¿Qué es lo que está más allá del Nilo, el pensamiento o las órbitas? ¿Qué significa en cualquier caso estar más allá del Nilo? Estas dificultades gramaticales tienen poco que ver con la inversión irónica con que empieza la descripción de Bellow: «Con la boquilla en las estrechas y oscuras encías entre las que brillaba toda su astucia, ruindad y autoridad…». Bellow sigue describiendo a la abuela Lausch como «autócrata», «de caparazón duro», «jesuítica», «un viejo halcón bolchevique a punto de abalanzarse»… imaginativo, ciertamente, pero realista, exacto, no exhibicionista ante todo. Del Chuck Hastings de Gold, sin embargo, se nos dice que «su ágil nuez de Adán y el dedo con el que subrayaba sus puntos de vista hacían de él no tanto el nadador de Estigia que nadaba a lo perro hacia limbos coptos», etcétera… ¿Lenguaje al servicio de la narración o regresión literaria al servicio del ego? En una reciente crítica de Therefore Be Bold, Granville Hicks citaba este mismo párrafo para alabar el estilo de Gold. «Esto es de tono alto —admitía el señor Hicks—, pero la cuestión es que Gold lo mantiene elevado sin cesar.» Entiendo que el juego de palabras sexual no es deliberado; sin embargo, podría servir como recordatorio de que el sentido de la teatralidad y la pasión no son lo mismo. Lo que tenemos aquí no es resistencia o vitalidad sino la realidad que toma asiento detrás de la personalidad, y no la personalidad del carácter imaginado, sino la del escritor que está imaginando. La descripción de Bellow parece surgir de la firme comprensión que tiene el escritor de su personaje: la abuela Lausch es. Detrás de la descripción de Chuck Hastings me parece que hay algo más de lo que se dice: Herbert Gold es. Miradme, estoy escribiendo.

Ahora bien, no estoy abogando por la ocultación del yo. Lo que sugiero es que esa prosa nerviosa y muscular a la que Swados se refiere tal vez tenga algo que ver con las hostiles relaciones que existen entre el escritor y la cultura. Swados sugiere que la prosa es apropiada para la época, y me pregunto si no lo será, en parte, porque la rechaza. El escritor arroja ante nuestros ojos (lo hace con la misma manera de ordenar las frases) su personalidad, con todo su carácter independiente y especial. Desde luego, el misterio de la personalidad puede ser nada menos que el máximo interés de un escritor; y, ciertamente, cuando la prosa musculosa es reveladora del carácter y evocadora de un entorno, como sucede en Augie March, puede tener una eficacia extraordinaria. Pero, en el peor de los casos, como forma de onanismo literario, reduce seriamente las posibilidades narrativas, y quizá puede considerarse como un síntoma de la pérdida de la comunidad por parte del escritor, de lo que está fuera de sí mismo, como tema.

Es cierto que también cabe entender de otras maneras el estilo exagerado. No es de extrañar que la mayoría de los profesionales que Swados señala sean judíos. Cuando los escritores que no se sienten muy relacionados con lord Chesterfield empiezan a darse cuenta de que no tienen ninguna obligación de intentar escribir como lo hacía ese distinguido y antiguo estilista, es muy probable que escriban de una manera exagerada. Está también la cuestión de la lengua hablada que han oído esos escritores, como dirían nuestros estadistas, en las escuelas, los hogares, las iglesias y las sinagogas de la nación. Incluso diría que cuando el estilo exagerado no es un intento de deslumbrar al lector, o a sí mismo, sino de incorporar a la prosa literaria norteamericana los ritmos, matices y énfasis del habla urbana y de la inmigración, en ocasiones el resultado puede ser un lenguaje de nuevas y ricas sutilezas emocionales, con una especie de ambiguos encanto e ironía propios, como sucede en el libro de relatos de Grace Paley The Little Disturbances of Man.

Pero tanto si el profesional es Gold como Bellow o Paley, hay que señalar una cosa más sobre la exageración del estilo: es una expresión de placer. Sin embargo, se plantea un interrogante: si el mundo es tan deshonesto e irreal como me parece que, día tras día, se está volviendo; si uno se siente cada vez más impotente ante esa irrealidad; si el fin inevitable es la destrucción, si no de toda la vida, por lo menos de gran parte de lo que es valioso y civilizado en la vida, ¿por qué entonces, en nombre de Dios, el escritor está complacido? ¿Por qué no todos nuestros héroes de ficción acaban en instituciones, como Holden Caulfield, o se suicidan, como Seymour Glass? ¿A qué se debe que tantos de ellos (no solo en libros de Wouk y Weidman, sino también en los de Bellow, Gold, Styron y otros) acaben haciendo una afirmación de la vida? Pues es evidente que en nuestros días la atmósfera vibra de afirmación, y aunque sin duda este año la revista Life nos ofrecerá un editorial pidiendo novelas afirmativas, lo cierto es que cada vez hay más libros de escritores serios que terminan con una nota de celebración. No solo el tono es exagerado, sino que la moraleja también lo es. En El optimista, otra de las novelas de Gold, el héroe, tras haberse llevado los palos, exclama en la última línea del libro: «Más. Más. ¡Más! ¡Más! ¡Más!». Al final de la novela de Curtis Harnack The Work of an Ancient Hand, el héroe, lleno de «arrobamiento y esperanza», dice en voz alta: «Creo en Dios». Y Henderson, el rey de la lluvia de Saul Bellow es un libro dedicado a celebrar la regeneración del corazón, la sangre y la salud general de su protagonista. No obstante, creo que es de cierta importancia que la regeneración de Henderson tenga lugar en un mundo que es absolutamente imaginado, pero que en realidad no existe. No es el África tumultuosa de la prensa y los debates en las Naciones Unidas la que Eugene Henderson visita. En el libro no aparecen el nacionalismo ni los disturbios ni el apartheid. Pero ¿por qué deberían estar ahí? Está el mundo, y también está el yo. Y el yo, cuando el escritor vuelca en él todo su talento y su atención, se revela como algo de lo más notable. En primer lugar, existe, es real. Soy, grita el yo, y entonces, tras una buena y larga mirada, añade: y soy hermoso.

Al final del libro de Bellow, su héroe, Eugene Henderson, un corpulento y desmañado millonario, regresa a Norteamérica tras haber viajado por África, donde ha luchado contra una plaga, ha sido domador de leones y brujo que causa la lluvia. Vuelve a casa con un león vivo. En el avión se hace amigo de un niño persa, cuya lengua no puede entender. De todos modos, cuando el avión aterriza en Terranova, Henderson toma al niño en brazos y baja a la pista. Y entonces:

Una y otra vez rodeé a la carrera el reluciente y remachado fuselaje del avión, detrás de los camiones de combustible. Oscuros rostros me miraban desde el interior. Las cuatro grandes y hermosas hélices estaban quietas. Supongo que tuve la sensación de que ahora me tocaba moverme a mí, así que eché a correr, dando brincos y más brincos, el corazón latiéndome con fuerza, estremecido, sobre el puro y blanco revestimiento del gris silencio ártico.

Y así dejamos a Henderson, un hombre muy feliz. ¿Dónde? En el Ártico. Esta imagen permanece alojada en mi mente desde que leí el libro hace un año: un hombre que encuentra alegría y energía en un África imaginada, y lo celebra en una inmensidad despoblada y cubierta de hielo.

Antes he ofrecido una cita de la nueva novela de Styron, Esta casa en llamas. Pues bien, el libro de Styron, como el de Bellow, habla también de la regeneración de un norteamericano que abandona su país y se va una temporada al extranjero. Pero si el mundo de Henderson está enormemente alejado del nuestro, Kinsolving, el héroe de Styron, habita un lugar que reconocemos de inmediato. El libro está lleno de detalles que probablemente dentro de veinte años requerirán un aparato de notas al pie para que sea posible entenderlo bien. El protagonista es un pintor norteamericano que se ha ido a vivir con su familia a un pueblo de la costa de Amalfi. Cass Kinsolving detesta Norteamérica y se odia a sí mismo. A lo largo del libro, Mason Flagg, un compatriota rico, juvenil, ingenuo, licencioso, indecente, cruel y estúpido, se mofa de él, le tienta y le desacredita. Debido a su relación con Flagg, Kinsolving se pasa la mayor parte del libro eligiendo entre vivir y morir, y en un momento determinado, en un tono que es característico, dice de su expatriación:

… el hombre para huir del cual había ido a Europa [vaya, es] el hombre de todos los anuncios de coches, ¿sabes?, el joven que está ahí agitando la mano… parece tan guapo, educado y todo, todo era perfecto, la universidad estatal de Pensilvania y una rubia y una sonrisa ancha como una valla publicitaria. Y tiene todo un futuro por delante. Me refiero a la electrónica. La política. Eso que llaman comunicación. Publicidad. Ventas. El espacio exterior. Solo Dios sabe. Y es tan ignorante como un campesino albanés.

Sin embargo, pese a la repugnancia que la vida pública norteamericana puede causarle a un hombre en su vida privada, Kinsolving, como Henderson, finalmente regresa a Norteamérica, tras haber optado por la existencia. Pero el país donde le encontramos me parece el de su infancia y (aunque solo sea de una manera metafórica) el de la infancia de todo el mundo: cuenta su historia mientras pesca desde un bote en un río de Carolina. La afirmación del final no es tan decidida como la de Gold («¡Más! ¡Más!») ni tan sublime como la de Harnack («Creo en Dios») ni tan alegre como el retozo de Henderson en el campo de aviación de Terranova. «Ojalá pudiera deciros que he encontrado alguna creencia, alguna roca… —dice Kinsolving—, pero si he de ser sincero, solo puedo deciros esto: que en cuanto al ser y la nada, lo único que sabía era que elegir entre ellos significaba sencillamente elegir el ser…» Ser. Vivir. No dónde vive uno o con quién vive, sino el hecho de que uno vive.

¿Y qué quiere decir todo esto? Desde luego, sugerir que el libro de Saul Bellow o que el estilo de la prosa de Herbert Gold surgen de un modo inexorable de nuestro inquietante aprieto cultural y político sería una simplificación excesiva. Sin embargo, que el aprieto común es inquietante pesa sobre el escritor no menos, y tal vez incluso más, que sobre su vecino, pues para el escritor la comunidad es, propiamente, tanto su tema como su público. Y es posible que cuando esta situación produce no solo sentimientos de disgusto, enojo y melancolía, sino también de impotencia, el escritor tiende a descorazonarse y finalmente se vuelve hacia otros asuntos, a la construcción de mundos por completo imaginarios y a una celebración del yo, que, en una diversidad de maneras, pueden convertirse en su tema, así como el ímpetu que establece los perímetros de su técnica. Lo que he tratado de señalar es que la visión del yo como inviolable, poderoso y atrevido, el yo imaginado como la única cosa que parece real en un entorno que da una sensación de irrealidad, ha aportado a algunos de nuestros escritores alegría, consuelo y vigor. Ciertamente, haber atravesado intacto una seria lucha personal, el mero hecho de haber sobrevivido, no es algo que pueda tomarse a la ligera, y precisamente por esta razón nos solidarizamos con el héroe de Styron hasta el final. Sin embargo, cuando el superviviente no tiene más opción que el ascetismo, cuando solo es posible celebrar el yo si está excluido de la sociedad, o si se ejercita y es objeto de admiración en un mundo fantástico, no tenemos muchos motivos para alegrarnos. Al final, encuentro algo poco convincente en el regenerado Henderson sobre el revestimiento puro y blanco del mundo, bailando alrededor de ese avión reluciente. Así pues, no quisiera concluir con esa escena, sino con la imagen de su héroe que Ralph Ellison presenta al final de El hombre invisible, pues también en este caso el héroe se queda con la pura y simple realidad de sí mismo. Está tan solo como puede estarlo un hombre. No es que no haya salido al mundo; al contrario, lo ha hecho una y otra vez… pero al final decide pasar a la clandestinidad, vivir allí y esperar. Y tampoco le parece un motivo de celebración.

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