Clase de escritura de Hebe Uhart, apuntada por Liliana Villanueva

Estar a “media rienda”

“Para escribir hay que estar,
como decía Chéjov, ‘a media rienda’”.

Hebe Uhart

La conexión con uno mismo. El “pliegue” o desdoblamiento. La literatura es lo particular. La repercusión de los hechos en mí o en el personaje. La perspectiva escéptica. La idealización del pasado. Estados de ánimo para escribir. Estar a media rienda.

Escribir es una artesanía extraña donde es necesaria e imprescindible la conexión con uno mismo, ya que el que va a escribir debe aprender a acompañarse, a desdoblarse de alguna manera siendo a un mismo tiempo el personaje que siente y el otro, el que observa a ese que siente o que está viviendo algo. La conexión con uno mismo es importante, porque si yo soy una bronca permanente o un rencor o un odio, yo soy una pasión en estado vivo y por lo tanto, no puedo cualificarla, ni puedo definirla, ni puedo acotarla, ni puedo criticarla. Si tengo un rencor eterno no puedo escribir sobre eso porque soy yo un rencor, soy yo una bronca. Entonces, debo pararme y mirar. Esto es válido para cualquier conflicto que tengamos con parejas, con amigos, con los otros, porque siempre estamos hablando un poco con los otros, aconsejando, desechando, criticando, enojándonos. Pero yo paro y digo: no me voy a seguir enojando con esto. Ahí, en ese momento, me despliego, aparece el “pliegue”. Eso sucede cuando yo me detengo a mirar qué tipo de bronca tengo, la examino, la defino con el fin de adquirir algún tipo de conocimiento de mí misma, que es lo que me sirve para escribir.

Si tengo un sentimiento debo profundizarlo, no quedarme en la superficie. Estoy cansada, por ejemplo, pero ¿cómo es la cualidad de mi cansancio?, o ¿de qué manera particular uno se cansa de sí mismo? Si la observación o la percepción no está acabada, completa, me abstengo de escribir, porque lo que escriba va a traicionar la idea que tengo del tema. Si, por ejemplo, escribo en un cuento que estoy enamorada, todo el mundo tiene una experiencia de estar enamorado, pero con esa parte del pliegue o del desdoble yo miro la cualidad de mi enamoramiento, es decir, qué detalle concreto es propio de ese sentimiento. Todo el mundo se ha enamorado alguna vez, pero todos los amores son distintos, particulares. Y la literatura es lo particular, son los detalles. La literatura es un terreno resbaloso: es íntimo y es público a la vez. Para escribir no importan tanto los hechos sino la repercusión de esos hechos en mí o en mi personaje. No hay que poner muchos hechos, lo que hay que hacer es agarrar un hecho, algo que me pasa, un recuerdo, una imagen, y describir su repercusión.

En sus Memorias de una joven católica, Mary McCarthy hace referencia a las contradicciones de los diferentes miembros de la familia ante un mismo hecho y cómo cada uno de ellos reacciona de distinta manera a eso que ocurrió. En El punto de vista, de Henry James, hay una historia contada en cartas, escritas alternativamente entre madre e hija que dan versiones totalmente diferentes de la misma situación. Hay escritores que son buenos creando una situación donde el lector escucha la historia, como Anton Chéjov. El narrador de Chéjov hacer callar a todo el mundo para contar él la historia. Pero es muy difícil hacer bien un cuento de escritor, desde ese lugar privilegiado. Lo recomendable es que el que escribe salga de ese lugar, como hacían Felisberto Hernández o Juan José Morosoli, que salen, se observan a sí mismos desde afuera y miran lo que hay. Míjail Chéjov[1] era muy enamoradizo a los trece años. Pero después hace el pliegue, el desdoblamiento, y dice: “yo me enamoraba a veces de una nena porque tenía un trajecito rosa, de otra porque tocaba el piano con dos dedos, de otra porque tenía una nariz así o asá”. Es en ese pliegue donde él reconoce la peculiaridad de su enamoramiento. El que escribe tampoco se debe centrar en su propia persona, tiene que salir al exterior. Uno tiene que saber que siempre, al escribir, se miente un poco.

Al filo de 1900, hace ciento catorce años, Conrad dijo que veía que muchos jóvenes estaban escribiendo desde una perspectiva escéptica y que por algún motivo, esa forma de ver el mundo producía en quien lo experimentaba un sentimiento de superioridad que conspiraba contra la excelencia de la obra.

El sentimiento de víctima también conspira contra la escritura, porque toda víctima es narcisista. Cuando todo está mal, uno se pregunta: “¿por qué me tiene que pasar esto justo a mí?”. La víctima ve el espectáculo del mundo como si éste estuviera en su contra. La persona que se autodefine como “muy sensible” no percibe la sensibilidad de los otros y no logra empatía con sus propios personajes. Anton Chéjov y Joseph Conrad dan muchos ejemplos de empatía con los personajes. La actitud generalizada de escepticismo produce esterilidad y tampoco sirve para escribir, es una actitud no conducente porque la figura del que escribe se agiganta. El tema, que debería ser lo más importante, pasa a ser sólo resto y se achica. El que escribe no se debe centrar en su propia persona, aunque escriba de sí mismo. En todo caso, necesitamos equilibrarnos con el mal exterior.

Para Simone Weil, esa escritora inclasificable, la alegría no era otra cosa que el sentimiento de la realidad. La tristeza, entonces, es el debilitamiento de esa sensación. Conocemos testimonios de gente que ha pasado por períodos depresivos en los que describen la pérdida de color de todo lo que los rodea. El estado de depresión va a dar como resultado una perspectiva escéptica que no es buena para escribir. Hay que salir al exterior. Chéjov -el actor- cuenta cuando vence esa actitud que él llama “la alegría del pesimismo”, producto, en su caso, de la bebida: “aquella exaltación espiritual, aquella facultad de olvidar que yo experimentaba en estado de ebriedad y por la que, en rigor, bebía, dejaron de ser las mismas que antes. Algo se oponía a mi estado de embriaguez. (…) Yo comprobaba aburrimiento en mi alma alcoholizada y hacía gestos para mis adentros. Me sentía fastidiado. Antes, el vino me hacía ingenioso, alegre, ligero, perspicaz, atrevido, mientras que ahora a todo eso se le añadía un matiz de aburrimiento y echaba a perder la ingeniosidad y la perspicacia que antes me proporcionaba sosiego y alegría. Yo iba perdiendo la alegría del pesimismo”. Chéjov se disocia y se ve a sí mismo en esa transformación, en ese cambio de sensaciones que provoca una situación equis, sin buscar el mal fuera de sí. Es una cuestión hasta orgánica o biológica: para equilibrarse, muchas personas ponen el mal fuera de sí mismas, en una persona, en la familia, en el gobierno. Si el mal está fuera de mí, yo quedo fuera de ese mal y el personaje queda exaltado. La evasión no asocia el malestar con lo que está viviendo.

En el proceso de escribir hay que estar, como decía Chéjov[2], a media rienda: “cualquiera fuese la cosa que yo deseara en mi infancia, a cualquier juego que me entregara, lo que más me importaba era el resultado, el fin, el remate perfecto. Yo lo hacía todo precipitadamente, de prisa, avanzando con emoción hacia el resultado prefijado. Casi no experimentaba el placer del proceso del juego, apresurándome a rematarlo. (…) Ahora, en cambio, al ejecutar algún trabajo, casi siempre llego a un estado de ánimo inverso. Todo mi interés se dirige hacia el proceso del trabajo mismo, mientras que sus resultados constituyen una sorpresa. (…) Poco a poco se fue afirmando en mí la autoconciencia, y noté que en relación con ello, se redujo mi cansabilidad, que me había apenado tanto antes. Yo me cansaba de la multitud de impresiones exteriores a las que permitía influir en mí sin control alguno. Yo estaba materialmente despedazado por las impresiones más variadas e inarmónicas. Era desconocida para mí la sensación de estar a media rienda: yo no sabía apartar de mí las impresiones innecesarias. Reaccionando a todo lo que encontraba en mi camino, yo gastaba y agotaba mis fuerzas”.

Ni me aburro, ni me canso, ni me irrito: debo acompañar a mis ganas de escribir, poner toda la energía en ese proceso de escritura. Hay que saber tenerse paciencia, decirse “ahora no sale, pero ya voy a poder”. Desconfiamos de nosotros mismos cuando decimos “no tolero tal cosa”. En el “no tolero” se juega la buena disponibilidad hacia los demás. Si no tolero ni me tengo paciencia, me convierto en un mero operador. En el caso de que escriba sobre una experiencia vivida, me desdoblo: yo soy la persona que escribe y el personaje del que estoy escribiendo. El desdoblamiento es imprescindible para aprender a filtrar impresiones.

Hay una tendencia en los viejos a aseverar que todo pasado fue mejor, más vivaz y más vigoroso. Cuando habla de su época en Músicos y relojeros, Alicia Steimberg le hace decir a su abuela: “esos eran inviernos y no como los de ahora que no se sabe qué son”; “esas eran frutillas, más grandes y más rojas”. La percepción se le ha empobrecido porque el mundo se ha gastado para ella. Cuando estoy contenta o despejada, le otorgo a los objetos una prontitud y una nitidez que no tienen si estoy triste, conecto con el mundo de una manera diferente. Pero cuando estoy contenta, el agua hierve cuando tiene que hervir, me preparo un mate y estoy de acuerdo con el universo y con las cosas.

¿Qué relación tiene la actitud alegre y la sensación que produce el mundo para aquel que va a escribir? Si lo bueno es lo que da realidad a las cosas y todo está mal, yo me pongo por encima de las cosas y de la realidad. Mi tía María, que era demente, decía en uno de sus alegatos incomprensibles, que yo trataba de entender: “me quitaron la madre, la llave y la cacerola”, y yo pensaba ¿cómo va a poner a la madre al mismo nivel que la llave o la cacerola? Parece un disparate, pero su frase se entiende desde la pérdida de lo real. Mi tía no tenía acceso a la madre, al cariño, no tenía acceso a las cosas, a los objetos, ni tenía acceso al alimento. Ella vivía en un submundo perdido y deteriorado, de una profunda tristeza.

Para Spinoza, la tristeza es la conciencia de nuestras bajas fuerzas. La tristeza nos empequeñece y son pocos los escritores que pueden hacer literatura desde esos temas. Enrique Wernicke, por ejemplo, escribe sobre la muerte del padre en “La mudanza”. Se trata de un duelo reciente, es un sentimiento inmediato, que no es lo mismo que la evocación o la reflexión de una pérdida. Wernicke revela una forma particular de estar triste, que es diferente en cada persona. Aunque los signos sean los mismos, como el llanto, la desesperación o el encierro en sí mismo, la pérdida se expresa en literatura de una forma distinta. Wernicke concentra su mirada en los objetos que quedan: “las cosas nunca sabrán que nos hemos ido” o “las cosas de los muertos deberían irse con ellos”.

Yo heredé una vajilla de mi madre que no me era íntima y se la vendí a unos gitanos. En una vitrina que no se actualiza, por ejemplo, hay una conciencia del tiempo diferente. Las cosas son testimonio de vidas pero revelan toda la futilidad de la existencia. Para Wernicke, los muebles son como animales a los que hay que buscarles nido. Lo muy colorido no alegra a un deprimido, hay una reacción ante lo no dicho. Los hombres, dice Wernicke, “deberían hablarse para siempre”. Cuando mis abuelos italianos se despidieron de la familia antes de partir hacia América, mi bisabuela les dijo, en el puerto de Génova: “Ci vediamo nel paradiso”. Eran otras épocas, la gente no viajaba tanto, los viajes eran para toda la vida y los inmigrantes se despedían para siempre. Ante la inminente mudanza, Wernicke se dice a sí mismo: “soy demasiado mayor para imponerme una casa nueva”. Y es cierto, cuanto más grande sos, más trabajo te dan las cosas nuevas y se le raja más a los duelos.

“Estar a media rienda” significa no estar demasiado eufórico, porque me saldrá algo que parece hecho por un borracho o un drogado, ni muy deprimido, porque veré el mundo tan negro que nada valdrá la pena, estaré en un estado de depresión que me impide mirar. El ser humano nunca encuentra su lugar. Te quedás un rato en reposo y ya querés otra cosa. A mí me pasaba algo con relación al tiempo libre: no encontraba qué hacer y todo lo que hiciera era más bien para evitar otra cosa.

Aprender a convivir con uno mismo sirve no sólo a la literatura, sino también en la vida, sirve para vencer esa dificultad, ya se trate de no encontrar la palabra adecuada o el mejor modo de tratar al perro. Al pudrirnos al escribir, empezamos a pensar que todo está mal, que nada nos gusta, que el texto nos está saliendo equivocado. No es bueno ser masoquista, hay que estar templado. Si no toleramos muchas cosas, es porque no nos toleramos a nosotros mismos. Y si no nos toleramos a nosotros mismos, no podremos escribir. Decía Horacio Quiroga: “No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir y evócala luego. Si eres capaz de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino”.


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