Sin habitaciones disponibles en el motel, cuento de Lee Child

Estaba nevando cuando Reacher se bajó del micro, en un lugar de Estados Unidos en el que no nieva seguido. Era ya bastante después de mediodía, y las luces de la calle estaban encendidas. La gente parecía tanto entusiasmada como ansiosa por el desacostumbrado clima. Había unos quince centímetros de nieve semiderretida en el suelo, y la nevisca seguía cayendo fuerte. Algunos parecían morirse de ganas de ir a andar en trineo o tirarse bolas de nieve, y otros parecían convencidos de que la luz estaba a punto de cortarse y el transporte vehicular estaba a punto de volverse imposible durante meses. Contexto, pensó  Reacher. Lo  que  era  apenas  una espolvoreada para los estándares del norte era una gran cosa en el sur.

Cruzó chapoteando la vereda hasta un terreno elevado de lo que supuso era pasto. Como un parque, con un mástil, que tenía colgando quieta una barra y estrellas apelmazadas y congeladas. La ciudad estaba a un kilómetro de la autopista interestatal, y lo sabía. Era todo estaciones de servicio y locales de comidas rápidas y posadas y moteles. Una parada, nada más, toda provista de lo que los viajeros ocasionales querían. Especialmente ese día. Los autos ya se estaban desviando para parar y avanzaban salpicando por entre la nieve semiderretida del centro, buscando un lugar para quedarse una noche imprevista. Cualquier cosa para evitar la muerte segura en la furiosa tormenta de nieve más adelante.

Contexto, volvió a pensar Reacher. Y melodrama. Resolvió que sería mejor conseguirse un cuarto antes de que el pánico se convirtiera en avalancha. Había visto de vez en cuando videos en las noticias, de viajeros varados tirados en lobbies de moteles. Sin habitaciones disponibles en el hotel.

Lo que hizo que se acordara de que era Nochebuena. Veinticuatro de diciembre.

Eligió el lugar de aspecto más barato, que era un motel que se venía abajo junto a una Shell lo suficientemente grande como para camiones de dieciocho ruedas. Era un antro de doce habitaciones con diez ya ocupadas, lo que hizo que Reacher pensara que la avalancha quizás ya había empezado. Ese lugar no podría haber sido la primera opción de nadie. No era el Ritz. Eso estaba claro.

Pagó en efectivo y recibió la llave y caminó por la hilera de puertas hasta su cuarto, metido en el cuello de la chaqueta para protegerse de la nieve. Diez habitaciones tenían autos estacionados afuera, todos escarchados de nieve y salpicados de sal, todos con placas de estados al sur, todos cargados con equipaje y paquetes. Familias, supuso Reacher, aspirando a juntarse para las fiestas, sus viajes interrumpidos, sus planes arruinados, sus regalos sin entregar.

Abrió la puerta y entró al cuarto, que parecía adecuado en todos los aspectos. Había una cama y un baño. Incluso una silla. Sacudió el aguanieve de los zapatos y se sentó, y miró las ráfagas por la ventana empañada, cómo se arremolinaban entre los halos amarillos de la luz de vapor. Supuso que los conductores estarían huyendo en oleadas. Pero buscarían primero alojamiento, no comida, lo que significaba que los diners por un par de horas más no iban a estar atestados. Encendió la lámpara de la mesita de luz y sacó un libro del bolsillo.

Noventa minutos más tarde estaba en un diner, esperando una hamburguesa con queso. El lugar se estaba llenando y el servicio era lento. Había una especie de energía maniática en el salón, de tantos forzados espíritus alegres. La gente se estaba tratando de convencer a sí misma de que estaban viviendo una aventura. Eventualmente llegó su comida y comió. El lugar se llenó más y más. La gente entraba y quedaba para ahí, vencida de alguna manera. Los moteles estaban llenos se dio cuenta Reacher. Sin más habitaciones disponibles en el hotel. La gente miraba el piso del diner. Como en las imágenes de los noticieros. Pidió tarta de durazno y café solo, y se acomodó para esperarlo.

Volvió caminando al motel ya casi de noche. Todavía seguía cayendo nieve, pero menos. Mañana sería un mejor día. Dobló en la oficina del motel y se frenó enseguida, para evitar chocarse con una mujer muy embarazada. Estaba con un tipo, uno bien cerca del otro sin ningún propósito, y ella había estado llorando.

Había un auto ahí parado, un viejo tres puertas, escarchado de nieve y salpicado de sal, y lleno de equipajes y paquetes.

Sin más habitaciones disponibles en la posada.

-¿Están bien? -dijo Reacher.

El hombre no dijo nada, y la mujer dijo:

-No exactamente.

-¿No puede conseguir una habitación?

-Toda la ciudad está llena.

-Deberían haber seguido -dijo Reacher-. El clima se está calmando.

-Yo le dije que parara. Estaba preocupada.

-¿Y qué piensan hacer?

La mujer nos respondió, y el hombre dijo:

-Supongo que vamos a dormir en el auto.

-Se van a congelar.

-¿Qué otra opción tenemos?

-¿Cuándo se supone que nace el bebé?

-Pronto.

-Negociemos -dijo Reacher.

-¿Qué por qué?

-Yo duermo en su auto y ustedes se pueden quedar con mi cuarto.

-No lo podemos dejar hacer eso.

-He dormido en autos en otras ocasiones. Pero nunca estando embarazado. Imagino que no debe ser fácil.

Ni el hombre ni la mujer hablaron. Reacher sacó la llave del bolsillo y dijo:

-Tómenlo o déjenlo.

-Se va a congelar – dijo la mujer.

-Voy a estar bien.

Y después se quedaron los tres parados ahí un minuto más, moviéndose en el frío, pero poco después la mujer agarró la llave, y ella y su pareja se escabulleron hacia la habitación, un poco avergonzados pero básicamente muy contentos, queriendo mirar hacia atrás pero sin permitírselo. Reacher les deseo feliz Navidad, y se dieron vuelta y le desearon lo mismo. Después se metieron adentro, y Reacher se dio vuelta y se fue.

No durmió en el auto de ellos. En vez de eso caminó hasta la Shell, y encontró a un tipo con un camión cisterna con veinte mil litros de leche. Que tenía fecha de vencimiento. Y el clima se estaba despejando. El tipo estaba con ganas de arrancar, y Reacher se fue con él.


Cuento incluido en el libro “Sin segundo nombre” de Lee Child.


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