El zoo de papel, cuento de Ken Liu

Uno de mis recuerdos más antiguos comienza con mis sollozos. Me negaba a calmarme, sin importar lo que mamá y papá intentaran hacer.

Papá se dio por vencido y abandonó la habitación, pero mamá me llevó a la cocina y me hizo sentar a la mesa del desayuno.

Kan, kan —me dijo, al tiempo que sacaba un papel de envolver de encima del refrigerador. Todos los años, mamá abría los envoltorios de los regalos de Navidad cortándolos con cuidado y los guardaba sobre el refrigerador, formando una alta pila.

Apoyó el papel con el lado del revés hacia arriba y comenzó a plegarlo. Dejé de llorar y me puse a observarla, curioso.

Dobló el papel y volvió a plegarlo. Lo plisó, apretó, remetió, enrolló y retorció hasta que el papel desapareció entre sus manos ahuecadas. Luego se llevó a la boca el paquete de papel plegado y lo sopló como si fuera un globo.

Kan —dijo—. Laohu.

Apoyó las manos sobre la mesa y lo soltó.

En la mesa había un pequeño tigre de papel del tamaño de dos puños puestos uno junto al otro. La piel del tigre era el dibujo del papel de envolver, un fondo blanco con barras de caramelo rojas y árboles de Navidad verdes.

Extendí la mano hacia la creación de mamá. Crispó la cola y se lanzó juguetonamente sobre mi dedo.

—Raurrr-sa —gruñó. El sonido era una mezcla de maullido de gato con crujido de papel de periódico.

Sobresaltado, me reí y le acaricié el lomo con el índice. El tigre de papel vibró bajo mi dedo, ronroneando.

Zhe jiao zhezhi —dijo mamá. «Esto se llama origami».

Yo no lo sabía en ese momento, pero la estirpe de mamá era especial. Les insuflaba aire para que compartieran su aliento y, por consiguiente, se animaran con su vida. Esa era su magia.

Papá escogió a mamá de un catálogo.

Una vez, cuando estaba en secundaria, le pedí a papá que me diera detalles. Él estaba intentando que yo volviera a hablar con mamá.

Se había apuntado en el servicio matrimonial en la primavera de 1973. Pasando las páginas sin parar, sin detenerse más que unos segundos en cada una, encontró la foto de mamá.

Nunca he visto esa foto. Papá me la describió: mamá sentada en una silla, de perfil a la cámara, vestida con un ajustado cheongsam de seda verde. Su cabeza estaba vuelta hacia la lente, de modo que su largo cabello negro caía astutamente sobre su pecho y su hombro. Lo contemplaba con los ojos de una niña en calma.

—Fue la última página del catálogo que miré —dijo él.

El catálogo decía que tenía dieciocho años, que le encantaba bailar y que hablaba bien inglés porque era de Hong Kong. Nada de eso resultó ser cierto.

Papá le escribió y la empresa transmitió los mensajes de ida y vuelta. Finalmente, voló a Hong Kong para conocerla.

—La gente de la empresa había escrito sus respuestas. Ella no sabía nada de inglés, excepto «hola» y «adiós».

¿Qué clase de mujer se incluye en un catálogo para que la compren? La secundaria me hizo pensar que yo sabía mucho de todo. El desprecio me producía una sensación placentera, como el vino.

En lugar de irrumpir en la oficina para que le devolvieran el dinero, papá le pagó a una camarera del restaurante del hotel para que oficiara de traductora.

—Mientras yo hablaba, tu mamá me miraba con una mezcla de miedo y esperanza. Y cuando la joven empezaba a traducir lo que yo decía, comenzaba a sonreír lentamente.

Volvió a Connecticut e inició los trámites para que ella pudiera reunirse con él. Yo nací un año después, el Año del Tigre.

A petición mía, mamá también hizo una cabra, un ciervo y un búfalo de agua con papel de envolver. Corrían por toda la sala mientras Laohu los perseguía, gruñendo. Cuando los atrapaba, los apretaba hasta que se les salía el aire y se convertían en simples trozos de papel plegado aplastado. Entonces, yo tenía que soplarlos para volver a inflarlos y dejarlos correr por ahí un poco más.

A veces, los animales se metían en líos. Una vez, durante la cena, el búfalo de agua saltó a un plato de salsa de soja que estaba sobre la mesa (quería remojarse como un verdadero búfalo de agua). Lo saqué rápidamente, pero la capilaridad ya había actuado y sus patas habían absorbido el líquido oscuro hasta muy alto. Las patas ablandadas por la salsa no podían sostenerlo y se derrumbó sobre la mesa. Lo sequé al sol, pero después las patas le quedaron dobladas y renqueaba cuando corría. Al final, mamá le envolvió las patas con papel film para que pudiera remojarse a sus anchas (pero no en salsa de soja).

A Laohu también le gustaba abalanzarse sobre los gorriones cuando jugaba conmigo en el patio trasero. Pero, una vez, un pájaro acorralado lo atacó con desesperación y le rasgó una oreja. Laohu gimoteó e hizo muecas de dolor en mis manos hasta que mamá le unió la oreja con cinta adhesiva. Después de eso, siempre esquivó a los pájaros.

Y luego, un día, vi un documental sobre tiburones en la TV y le pedí uno a mamá. Ella lo hizo, pero el tiburón se sentía descontento aleteando sobre la mesa. Llené el fregadero con agua y lo puse dentro. Comenzó a nadar en círculos, feliz. Sin embargo, pasado un rato estaba empapado y translúcido y, lentamente, fue hundiéndose hasta el fondo, mientras los dobleces se deshacían. Metí la mano para rescatarlo y lo único que acabé por sacar fue un pedazo de papel mojado.

Laohu apoyó sus garras delanteras en el borde del fregadero y apoyó la cabeza sobre ellas. Con las orejas caídas, lanzó un débil gruñido que me hizo sentir culpable.

Mamá me hizo otro tiburón, esta vez con papel de aluminio. El tiburón vivía feliz en una pecera grande con peces de colores. A Laohu y a mí nos gustaba sentarnos junto a la pecera para observar al tiburón de papel de aluminio persiguiendo a los peces. Laohu pegaba la cara contra un lado de la pecera y yo, del otro lado, veía sus ojos, ahora grandes como tazas de café, mirándome fijamente.

Cuando yo tenía diez años, nos mudamos a una casa nueva en el otro extremo de la ciudad. Dos vecinas vinieron a darnos la bienvenida. Papá les sirvió unas bebidas y luego se disculpó por tener que salir corriendo a la empresa de servicios públicos para saldar las cuentas que había dejado el propietario anterior.

—Siéntanse como en su casa. Mi esposa no sabe mucho inglés, así que no crean que no les habla por falta de cortesía.

Mientras yo leía en el comedor, mamá desempacaba en la cocina. Las vecinas conversaban en la sala, sin intentar hacerlo específicamente en voz baja.

—Parece un hombre bastante normal. ¿Por qué lo hizo?

—Hay algo en el mestizaje que nunca resulta bien. El niño parece incompleto. Ojos rasgados, rostro blanco. Un pequeño monstruo.

—¿Crees que él sabe hablar inglés?

Las mujeres callaron. Un rato después, vinieron al comedor.

—¡Hola! ¿Cómo te llamas?

—Jack —dije.

—No suena muy chino.

Entonces, mamá entró en el comedor. Les sonrió a las mujeres. Las tres permanecieron de pie a mi alrededor formando un triángulo, sonriendo y asintiendo con la cabeza, sin nada que decir, hasta que papá regresó.

Mark, uno de los chicos del vecindario, vino a visitarme con unos muñecos de Star Wars. El sable láser de Obi-Wan Kenobi se encendía y el muñeco podía balancear los brazos y decir con voz metálica:

—¡Usa la Fuerza!

Pensé que el muñeco no se parecía en nada al Obi-Wan de verdad.

Juntos, lo vimos repetir su actuación cinco veces sobre la mesa de café.

—¿Puede hacer algo más? —pregunté.

Mi pregunta molestó a Mark.

—Observa todos los detalles —me dijo.

Observé los detalles. No estaba seguro de lo que él esperaba que le dijera.

Mark quedó decepcionado con mi respuesta.

—Muéstrame tus juguetes.

Yo no tenía más juguetes que mi zoo de papel. Traje a Laohu de mi habitación. A esas alturas, ya estaba muy gastado, emparchado con cinta adhesiva y pegamento por todas partes, evidencia de los años de reparaciones hechas por mamá y por mí. Ya no era tan ágil ni tenía un andar firme como antes. Lo senté sobre la mesa de café. Podía oír los pasos saltarines de los otros animales que, desde el pasillo, espiaban tímidamente la sala.

Xiao laohu —dije, y me interrumpí. Pasé al inglés—. Este es Tigre.

Con cautela, Laohu se acercó a Mark dando grandes zancadas y le ronroneó, olisqueando sus manos.

Mark examinó los dibujos del envoltorio de Navidad que eran su piel.

—No se parece en nada a un tigre. ¿Tu mamá te hace juguetes con basura?

Yo nunca había visto a Laohu como basura. Pero, ahora que lo miraba, en realidad no era más que un trozo de papel de envolver.

Mark volvió a oprimir la cabeza de Obi-Wan. El sable láser se encendió; el muñeco movió los brazos de arriba abajo.

—¡Usa la Fuerza!

Laohu se volvió y se abalanzó sobre él, haciendo caer de la mesa a la figura de plástico. Fue a parar al suelo y se rompió; la cabeza de Obi-Wan rodó bajo el sofá.

—Rauuuuu —rio Laohu. Yo también me reí.

Mark me dio un puñetazo, muy fuerte.

—¡Costó muy caro! Ya ni siquiera se puede encontrar en las tiendas. ¡Probablemente costó más de lo que tu papá pagó por tu mamá!

Tropecé y caí al suelo. Laohu gruñó y saltó a la cara de Mark.

Mark gritó, más por el miedo y la sorpresa que por el dolor. Después de todo, Laohu estaba hecho de papel.

Mark agarró a Laohu, ahogando su gruñido conforme lo abollaba con la mano y lo rompía por la mitad. Hizo dos bolas con los trozos de papel y me las arrojó.

—Ahí tienes tu estúpida basura china barata.

Después de que Mark se marchara, pasé un largo rato tratando, sin éxito, de unir los pedazos con cinta adhesiva, de alisar el papel y volver a plegar a Laohu siguiendo las marcas de doblez. Lentamente, los demás animales vinieron a la sala y se reunieron alrededor mío y del papel de envolver roto que alguna vez había sido Laohu.

Mi pelea con Mark no terminó allí. Mark era popular en la escuela. No quiero volver a pensar nunca más en las dos semanas que siguieron.

Un viernes, al final de esas dos semanas, llegué a casa.

—¿Xuexiao hao ma? —preguntó mamá. No dije nada y fui al baño. Me miré en el espejo. No me parezco en nada a ella. En nada.

En la cena, le pregunté a papá:

—¿Tengo cara de amarillo?

Papá bajó los palillos. Aunque yo nunca le había contado lo que sucedía en la escuela, pareció entender. Cerró los ojos y se frotó el puente de la nariz.

—No.

Mamá miró a papá sin entender. Volvió a mirarme a mí.

—¿Sha jiao «Amarillo»?

—En inglés —dije—. Habla en inglés.

Ella lo intentó.

—¿Qué pasar?

De un empujón, alejé de mí los palillos y el cuenco: pimientos verdes salteados y carne con cinco especias.

—Deberíamos comer comida norteamericana.

Papá trató de razonar.

—Muchas familias cocinan comida china de vez en cuando.

—Nosotros no somos otras familias. —Lo miré. Otras familias no tienen madres que no encajan.

Miró a otro lado. Y luego apoyó una mano en el hombro de mamá.

—Te traeré un libro de cocina.

Mamá se volvió hacia mí.

—¿Bu haochi?

—En inglés —dije, levantando la voz—. Habla en inglés.

Mamá estiró la mano para tocarme la frente y ver si tenía fiebre.

—¿Fashao la?

Aparté su mano con desdén.

—Estoy bien. ¡Habla en inglés! —Estaba gritando.

—Háblale en inglés —le dijo papá a mamá—. Sabías que algún día sucedería esto. ¿Qué esperabas?

Mamá dejó caer sus manos a los costados. Se quedó sentada y miró a papá, luego a mí y luego a papá otra vez. Trató de hablar, se interrumpió, volvió a intentarlo y se interrumpió de nuevo.

—Tienes que hacerlo —dijo papá—. He sido demasiado tolerante contigo. Jack necesita integrarse.

Mamá lo miró.

—Si digo «amor», sentir aquí. —Señaló sus labios—. Si digo «ai», sentir aquí. —Puso la mano sobre su corazón.

Papá meneó la cabeza.

—Vives en los Estados Unidos.

Mamá se encorvó en su silla. Se parecía al búfalo de agua cuando Laohu se abalanzaba sobre él y lo estrujaba hasta robarle todo su aire vital.

—Y quiero juguetes de verdad.

Papá me compró la colección completa de muñecos de Star Wars. Le regalé mi Obi-Wan Kenobi a Mark.

Empaqué el zoo de papel en una caja de zapatos grande y lo guardé debajo de la cama.

A la mañana siguiente, los animales habían escapado y se habían adueñado de sus viejos lugares preferidos de mi habitación. Los atrapé a todos, volví a ponerlos en la caja de zapatos y cerré la tapa con cinta adhesiva. Pero los animales hacían tanto ruido dentro de la caja que, finalmente, la arrojé a un rincón del altillo, tan lejos de mi habitación como pude.

Si mamá me hablaba en chino, me negaba a contestarle. Después de un tiempo, intentó usar más el inglés. Pero su acento y sus frases entrecortadas me abochornaban. Traté de corregirla. En algún momento, dejó de hablar por completo ante mi presencia.

Mamá comenzó a usar la mímica cuando quería comunicarme algo. Trataba de abrazarme como veía que lo hacían las madres norteamericanas en la TV. Sus movimientos se me antojaban exagerados, inciertos, ridículos, sin gracia. Ella advirtió que me fastidiaba y no lo hizo más.

—No deberías tratar así a tu madre —me dijo papá. Pero no pudo mirarme a los ojos mientras lo decía. En lo profundo de su corazón, debía de saber que había cometido un error al traer a una campesina china y esperar que encajara en los suburbios de Connecticut.

Mamá trató de cocinar al estilo norteamericano. Yo jugaba a videojuegos y estudiaba francés.

De vez en cuando, la veía frente a la mesa de la cocina, estudiando el lado del revés de una hoja de papel de envolver. Más tarde, sobre mi mesa de noche, aparecía un animal nuevo que trataba de acurrucarse contra mí. Yo los atrapaba, los apretaba hasta sacarles el aire y luego los metía en la caja del altillo.

Finalmente, cuando yo cursaba secundaria, mamá dejó de hacer animales. Para entonces, su inglés había mejorado mucho, pero yo ya estaba en la edad en que no me interesaba lo que pudiera decirme, fuera cual fuera el idioma que usara.

A veces, cuando llegaba a casa y veía su cuerpecito moviéndose ajetreadamente en la cocina mientras cantaba para sí una canción en chino, me resultaba difícil creer que me había dado a luz. No teníamos nada en común. Ella bien podía ser de la luna. Me apresuraba entonces a llegar a mi habitación para continuar con mi búsqueda de la felicidad típicamente norteamericana.

Papá y yo estábamos de pie, uno a cada lado de mamá, que yacía en una cama de hospital. Todavía no tenía cuarenta años, pero parecía mucho más vieja.

Durante años, se había negado a acudir al médico para consultar por un dolor que sentía dentro y que, según decía, no era gran cosa. Para el momento en que, finalmente, se la llevó la ambulancia, el cáncer se había extendido mucho más allá de los alcances de la cirugía.

Mi mente no estaba en esa habitación. Estaba en medio de la temporada de contrataciones de estudiantes universitarios y enfocado en los curriculum vitae, los expedientes académicos y los cronogramas de entrevistas ideados estratégicamente. Urdía planes sobre cómo mentir a los reclutadores de las empresas con más efectividad para que me ofrecieran empleo. Entendía intelectualmente que era terrible pensar en eso mientras mi madre agonizaba. Pero esa comprensión no implicaba que pudiera modificar lo que sentía.

Ella estaba consciente. Papá le sujetaba la mano izquierda con las dos suyas. Se inclinó para besarle la frente. Parecía débil y anciano, tanto que me inquietó. Me percaté de que yo sabía casi tan poco de papá como de mamá.

Mamá le sonrió.

—Estoy bien. —Me miró, aún sonriendo—. Sé que tienes que volver a tus estudios. —Su voz era muy débil y difícil de oír por el zumbido de las máquinas a las que estaba conectada—. Ve. No te preocupes por mí. Esto no tiene importancia. Sólo haz las cosas bien en la universidad.

Extendí la mano para tocar la suya porque pensé que era lo que se esperaba de mí. Me sentí aliviado. Ya estaba pensando en el vuelo de regreso y en el radiante sol de California.

Ella le susurró algo a papá. Él asintió y salió de la habitación.

—Jack, si… —Un ataque de tos se apoderó de ella y no pudo hablar por un rato—. Si no sobrevivo, no estés muy triste ni estropees tu salud. Concéntrate en tu vida. Pero conserva esa caja que guardas en el altillo y, todos los años, en Qingming, sácala y piensa en mí. Siempre estaré contigo.

Qingming era el Festival Chino de los Muertos. Cuando yo era muy pequeño, en Qingming, mamá acostumbraba escribir una carta a sus parientes muertos de China, contándoles las buenas noticias de su vida en los Estados Unidos durante el año anterior. Me leía la carta en voz alta y, si yo hacía un comentario sobre algo, también lo escribía. Después, plegaba la carta, la convertía en una grulla de papel y la soltaba en dirección oeste. Mirábamos a la grulla mientras agitaba sus alas crujientes e iniciaba su travesía hacia el oeste, hacia el Pacífico, hacia China, hacia las tumbas de la familia de mamá.

Habían pasado muchos años desde la última vez que lo habíamos hecho.

—No sé nada del calendario chino —dije—. Descansa, mamá.

—Sólo conserva la caja y ábrela de vez en cuando. Sólo ábrela… —y comenzó a toser otra vez.

—Está bien, mamá. —Le acaricié el brazo con torpeza.

—Haizi, mama ai ni… —La tos volvió a apoderarse de ella. Una imagen de años atrás destelló en mi memoria: mamá diciendo ai y luego poniendo la mano sobre su corazón.

—Está bien, mamá. No hables.

Papá regresó y yo dije que necesitaba llegar temprano al aeropuerto porque no quería perder el vuelo.

Mamá murió cuando mi avión sobrevolaba algún lugar de Nevada.

Papá envejeció rápidamente después de la muerte de mamá. La casa era demasiado grande para él y había que venderla. Mi novia, Susan, y yo fuimos a ayudarlo a empacar y a limpiar.

Susan encontró la caja de zapatos en el altillo. El zoo de papel, escondido en la oscuridad sin aislamiento del altillo durante tanto tiempo, se había vuelto quebradizo y los brillantes dibujos de los papeles de envolver se habían desteñido.

—Nunca he visto un origami como este —dijo Susan—. Tu mamá era una artista estupenda.

Los animales de papel no se movían. Quizás la magia que los había animado se había agotado al morir mamá. O quizás yo sólo había imaginado que esas construcciones de papel alguna vez habían estado vivas. La memoria de los niños no era de fiar.

Era el primer fin de semana de abril, dos años después de la muerte de mamá. Susan se encontraba fuera de la ciudad, en uno de sus interminables viajes como consultora de gestión, y yo estaba en casa pasando perezosamente de un canal a otro en la TV.

Me detuve en un documental sobre tiburones. De pronto, en mi mente vi las manos de mamá plegando y volviendo a plegar el papel de aluminio para hacerme un tiburón, mientras Laohu y yo la observábamos.

Un crujido. Levanté la vista y vi que en el suelo, al lado de la biblioteca, había una bola de papel de envolver roto y cinta adhesiva. Me acerqué para recogerla y arrojarla a la basura.

La bola de papel se desplazó, se desplegó y advertí que era Laohu, en quien no pensaba desde hacía mucho tiempo.

—Rauuur-sa.

Mamá debía de haberlo armado de nuevo después de que yo me diera por vencido.

Era más pequeño de lo que yo recordaba. O tal vez mis puños eran más pequeños en aquel entonces.

Susan había distribuido los animales de papel por todo el apartamento como elementos de decoración. Probablemente, había dejado a Laohu en un rincón bastante remoto, porque se lo veía muy raído.

Me senté en el suelo y extendí un dedo. La cola de Laohu se estremeció y él se abalanzó sobre mí, juguetón. Reí y le acaricié el lomo. Laohu ronroneó bajo mi mano.

—¿Cómo has estado, viejo amigo?

Laohu dejó de jugar. Se levantó, saltó a mi regazo con gracia felina y procedió a desplegarse.

En mi regazo había un cuadrado de papel de envolver lleno de marcas de doblez, con el lado del revés hacia arriba. Estaba densamente cubierto de caracteres chinos. Yo nunca había aprendido a leer chino, pero conocía los caracteres que significaban «hijo» y estaban en la parte superior, donde se esperaría que estuvieran en una carta dirigida a mí, escritos con la torpe e infantil caligrafía de mamá.

Fui al ordenador para buscar en Internet. Era el día de Qingming.

Me llevé la carta al centro de la ciudad, al sitio donde sabía que paraban los autobuses turísticos de los chinos. Detuve a todos los turistas, preguntándoles: ¿Nin hui du zhongwen ma?, «¿Sabe leer chino?». No hablaba en chino desde hacía tanto tiempo que no estaba seguro de que me comprendieran.

Una mujer joven aceptó ayudarme. Nos sentamos en un banco y ella me leyó la carta en voz alta. El idioma que yo había tratado de olvidar durante años regresó a mí y sentí que las palabras se hundían en mi interior, atravesaban mi piel, mis huesos, hasta abrazarse con fuerza a mi corazón.

Hijo:

No hemos hablado en mucho tiempo. Te enfadas tanto cuando trato de tocarte que me das miedo. Y pienso que este dolor que ahora siento constantemente puede ser algo grave.

Por eso decidí escribirte. Voy a escribir en los animales de papel que te hice y que te gustaban tanto.

Los animales dejarán de moverse cuando yo deje de respirar. Pero si te escribo con todo mi corazón, dejaré un poco de mi ser en el revés de este papel, en estas palabras. Y después, si piensas en mí el día de Qingming, cuando los espíritus de los difuntos tienen permiso para visitar a sus familias, permitirás que las partes de mí que dejo atrás también vuelvan a la vida. Las criaturas que hice para ti volverán a brincar, a correr y a saltar, y quizás entonces llegarás a leer estas palabras.

Como debo escribirte con todo mi corazón, necesito escribirte en chino.

En todo este tiempo, nunca te relaté la historia de mi vida. Cuando eras pequeñito, siempre pensé que te contaría esa historia cuando fueras mayor para que pudieras entenderla. Pero, por una cosa o por otra, esa oportunidad nunca se presentó.

Nací en 1957, en la aldea de Sigulu, provincia de Hebei. Tus dos abuelos provenían de familias campesinas muy pobres y tenían pocos parientes. Apenas unos años después de mi nacimiento, China fue víctima de la Gran Hambruna, en la que murieron treinta millones de personas. El primer recuerdo que tengo es el de despertarme y ver a mi madre comiendo tierra para llenar su estómago y guardar la última pizca de harina para mí.

Después, las cosas mejoraron. Sigulu es famosa por sus artesanías de papel zhezhi y mi madre me enseñó a hacer animales de papel y a darles vida. Era una magia práctica que formaba parte de la vida de aquella aldea. Hacíamos pájaros de papel para que espantaran a las langostas de los campos y tigres de papel para alejar a los ratones. En el Año Nuevo Chino, mis amigos y yo hacíamos dragones de papel rojos. Nunca olvidaré el espectáculo de todos esos dragoncillos volando rápidamente por el cielo, sobre nuestras cabezas, llevando ristras de petardos que explotaban para alejar todos los malos recuerdos del año anterior. Te habría encantado.

Después, llegó la Revolución Cultural de 1966. Vecinos contra vecinos, hermanos contra hermanos. Alguien recordó que el hermano de mi madre, mi tío, se había marchado a Hong Kong en 1946 para dedicarse al comercio. Tener un pariente en Hong Kong significaba que éramos espías y enemigos del pueblo y que debíamos ser combatidos de todas las formas posibles. Tu pobre abuela no pudo soportar el maltrato y se arrojó a un pozo. Poco después, unos muchachos armados con escopetas de caza arrastraron a tu abuelo hasta el bosque y nunca regresó.

Y quedé yo, una huérfana de diez años. El único pariente que tenía en el mundo era mi tío de Hong Kong. Una noche, me escabullí y me subí a un tren de carga que iba al sur.

Ya en la provincia de Guangdong, unos días más tarde, unos hombres me pescaron robando comida de un campo. Cuando se enteraron de que yo pretendía llegar a Hong Kong, se rieron.

—Es tu día de suerte. Nuestro trabajo es llevar chicas a Hong Kong.

Me escondieron en el fondo de un camión, junto con otras chicas, y nos hicieron pasar por la frontera ilegalmente.

Nos llevaron a un sótano y nos dijeron que nos pusiéramos de pie y que diéramos el aspecto de sanas e inteligentes frente a los compradores. Las familias pagaban un arancel a ese almacén, venían a examinarnos y seleccionaban a una de nosotras para «adoptarla».

La familia Chin me escogió para que cuidara a sus dos hijos. Me levantaba a las cuatro todas las mañanas para preparar el desayuno. Les daba de comer a los niños y los bañaba. Compraba la comida. Lavaba la ropa y barría. Seguía a los niños a todos lados y ellos hacían lo que se les antojaba. Por la noche, me encerraban en un armario de la cocina para dormir. Si era lenta o hacía algo mal, me golpeaban. Si los niños hacían algo mal, me golpeaban. Si me sorprendían tratando de aprender inglés, me golpeaban.

—¿Por qué quieres aprender inglés? —me preguntaba el Sr. Chin—. ¿Quieres ir a la policía? Le diremos a la policía que eres una inmigrante ilegal del continente en Hong Kong. Les encantará meterte en la cárcel.

Viví así durante seis años. Un día, una anciana que me vendía pescado en el mercado diurno me llevó a un rincón.

—Conozco a otras chicas como tú. ¿Qué edad tienes ahora, dieciséis? Un día, tu dueño se emborrachará, te mirará, te atraerá hacia él y no podrás detenerlo. Su esposa te descubrirá y entonces pensarás que realmente estás en el infierno. Tienes que dejar esta vida. Conozco a alguien que puede ayudarte.

Me habló de norteamericanos que querían esposas asiáticas. Si podía guisar, limpiar y cuidar de mi esposo norteamericano, él me daría una buena vida. Era la única esperanza que tenía. Y por eso me inscribí en aquel catálogo que decía tantas mentiras y conocí a tu padre. No es una historia muy romántica, pero es mi historia.

En los suburbios de Connecticut me sentía sola. Tu padre era bueno y amable conmigo y yo le estaba muy agradecida. Pero nadie me entendía y yo no entendía nada.

¡Pero cuando naciste tú…! ¡Era tan feliz cuando miraba tu rostro y veía rasgos de mi madre, de mi padre y míos! Había perdido toda mi familia, todo Sigulu, todo lo que había conocido y amado. Pero ahí estabas tú y tu rostro era la prueba de que aquello había sido real. No era una invención mía.

Ahora tenía a alguien con quien hablar. Te enseñaría mi idioma y, juntos, podríamos rehacer un pequeño fragmento de todo lo que yo había amado y perdido. Cuando me dijiste tus primeras palabras en chino, con el mismo acento de mi madre y mío, lloré durante horas. Cuando te hice los primeros animales zhezhi y te echaste a reír, sentí que no existía ninguna preocupación en el mundo.

Creciste un poco y hasta podías ayudarnos a tu padre y a mí a comunicarnos entre nosotros. Ahora sí me sentía en casa. Finalmente, tenía una buena vida. Deseaba que mis padres hubieran podido estar conmigo para cocinar para ellos y darles también una buena vida. Pero mis padres ya no estaban. ¿Sabes cuál es el sentimiento que los chinos consideran el más triste del mundo? El de un hijo que por fin siente el deseo de cuidar de sus padres y se da cuenta de que no los tiene desde hace mucho tiempo.

Hijo, sé que no te gustan tus ojos chinos, que son mis ojos. Sé que no te gusta tu cabello chino, que es mi cabello. ¿Pero puedes entender cuánta alegría me causó tu mera existencia? ¿Y puedes entender cómo me sentí cuando dejaste de hablarme y cuando no me permitías hablarte en chino? Sentí que perdía todo de nuevo.

¿Por qué no quieres hablarme, hijo? Con este dolor, se me hace difícil seguir escribiendo.

La joven me devolvió el papel. Yo no podía soportar mirarla a la cara.

Sin levantar la visa, le pedí que me ayudara a trazar el carácter ai en el papel, debajo de la carta de mamá. Escribí el carácter una y otra vez sobre ese papel, entrelazando los trazos de mi pluma con las palabras de ella.

La joven estiró una mano y la apoyó sobre mi hombro. Después se puso de pie y se marchó, dejándome solo con mi madre.

Siguiendo las marcas de doblez, volví a plegar el papel para formar a Laohu. Lo acuné en el hueco de mi brazo y, al son de sus ronroneos, emprendimos el camino a casa.


Cuento incluido en “El zoo de papel y otros relatos” de Ken Liu.

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