Reseña felizmente infeliz de Serotonina, de Michel Houellebecq

Es malo que los que se aman hablen la misma lengua, es malo que puedan comprenderse realmente, que puedan comunicarse verbalmente, porque la vocación de la palabra no es crear el amor, sino la división y el odio, la palabra separa a medida que se formula, mientras que un informe amoroso, semilingüístico, hablar a tu mujer o a tu hombre como se hablaría a un perro, genera las condiciones de un amor incondicional y duradero.

Michel Houellebecq

El problema de Michel Houellebecq está en la fama de su personaje y en que sigue vivo, escribiendo y publicando. Es decir, está sometido al juicio por la obra que supo hacer y por una desmesurada expectativa futura que llega principalmente por boca de los lectores críticos (son estos los verdaderos culpables de que aparezcan obras de calidad). Sin embargo para Michel lo actual sigue siendo lo viejo, por eso es que se desinteresa, con capacidad envidiable, de la crítica y hace gárgaras de champagne antes de saltar otra vez por el trampolín de la polémica con su última novela.

Serotonina.

Idioma original: francés

Año de publicación: 2019

Título original: Serotonine

282 páginas de lectura veloz

Traducción de Jaime Zulaika

Ilustración de tapa: Matthew Larson

La más floja de sus novelas y aún dentro de esa mediocridad, considerando su estándar, se posiciona por encima de las floripondeadas que se presentan a troquel en las novedades editoriales.

El problema de Houellebecq es el personaje que invoca su nombre. Una marca registrada de la decadencia de valores católicos que, sin embargo, van a pelear hasta el cansancio para aletargar su vencimiento. Desde la *faja que envuelve al libro, la editorial se encarga de ubicarlo como un disruptivo del “statu quo”, cuando en realidad Houellebecq es un conservador.

Esto puede verse incluso en las primeras páginas de la novela: el protagonista y narrador nos alerta que odia su nombre. La diferencia radicaría en que en el plano real es el mismo Michel el que ha forjado, laboriosa e inevitablemente, una marca encima de su apellido. Detenerse en este detalle real, de no ficción, en principio externo a la obra, puede ser un desperdicio, pero dada la consistencia y el semblante de autorreferencia que el autor propone en la novela, considero necesario dar esa alerta.

La ficción es un mecanismo de supervivencia. En este caso de valores y estéticas en retroceso. ¿Deja de tener sentido el mecanismo cuando la ficción ya no altera al personaje real? ¿O es justamente esa repetición la que busca archivar el escritor? Encontrar un género, al menos temáticamente es algo que Houellebecq ha cristalizado. En esta última suposición el personaje de Michel estaría ganando otra vez su lucha contra el fracaso inevitable, incluso cuando ya no vea más allá de la anestesia farmacológica y la nube de humo que emanan sus cigarrillos.

De ciertos vicios y mañas uno ya no puede renegar. Si esto es difícil en la juventud, en la adultez puede que sea imposible.

En Serotonina se repite la estructura de su personaje celebre: un pusilánime dandy que observa e intenta argumentar con fiereza científica para así camuflar que sus críticas a la sociedad son el devenir de una vida jugada a la sombra del escenario. Solo por momentos, en los flashbacks con los que la memoria lo tortura, el protagonista y narrador hace desenredo de una vida donde pudo haber algo de felicidad.

Otros críticos han visto en Serotonina una decadencia del autor de la decadencia. ¿No será parte de la trampa que Michel siembra para actualizar su mapa de la decadencia, ahora incluyéndose? Un personaje en vibrante enojo consigo mismo, desposeído del ego que supo elevarlo.

Apegado al consumo de fármacos para detener la irremediable carrera hacia la muerte, el desgano general y la desilusión en tópicos variados sobre la vida.

Su protagonista lo odia todo. Incluso su nombre. Le encuentra también a esto argumentaciones bidimensionales que lo llevan a conclusiones sólidas sobre las que no edifica ninguna decisión. El personaje sin voluntad que Florent-Claude representa, desencantado de sí mismo, en una falsa e ingenua posición de estarse sin esperanzas, es una radiografía de la generación milenial conflictuada desde el vamos hasta con la forma en que se l@s nombra y más aún, con la que ellxs mismes se nombran.  

Michel ha escrito mejores novelas, se dirá esto hasta el hartazgo, y sin embargo hay una pincelada de melancolía que eleva la obra por encima de la media. Hay oraciones donde se puede olfatear que Michel fue poeta. Ya caduco, seco como un frasco de pastillas vencidas pero que si se las sumerge todavía aflora cierta efervescencia. La ilusión de desaparecer, el regreso al amor perdido de los padres, la inútil persistencia en el error, la consciencia del fracaso, la dosis diaria de drogas para intentar experimentar una mejoría, ya no, redimirse.  

En esos límites fijados por la misma sociedad es que el personaje se lanza hacia adelante, en una breve intensidad poética, con el objetivo único de desaparecer. Y como un signo de la época pero revertido, a lo que Houellebecq nos acostumbra, el viaje empieza yéndose de su departamento a otro barrio del mismo París, donde el sibarita se somete a vivir en un cuarto diminuto de hotel, que para él no se diferencia de una pocilga.

Para terminar, quiero ser abrupto, como descubrirán que es la suma de elipsis dentro de Serotonina, (se diría que Michel está aburrido de escribir o como repite su protagonista varias veces en la novela: “ya hablaré de esto más adelante”), señalaré que la traducción propiciada por Jaime Zulaika es un cachivache.

Puntaje de pidotiempo: 3 estrellas de 5.

*Faja de libro: ¿hace falta decir que odiamos las fajas?


“Serotonina” de Michel Houellebecq.

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