Eveline, cuento de James Joyce


Se sentó a la ventana viendo cómo la tarde invadía la avenida. Su cabeza quedó inclinada contra las cortinas de la ventana, y el olor de la polvorienta cretona se instaló en su nariz. Estaba cansada.

Pasaba poca gente. Vio regresar al hombre que vivía en la última casa; oyó el castañeteo de sus pasos a lo largo del pavimento de hormigón y su crujido, después, en el camino de ceniza que pasaba ante las nuevas casas rojas. Hubo una época en que aquello fue un campo donde jugaban todas las tardes con los chicos de los vecinos. Un hombre de Belfast compró el campo y construyó casas en él —no como sus casitas marrones, sino casas de ladrillos lustrosos con tejados brillantes. Los chicos de la avenida jugaban en aquel campo: los Devines, los Waters, los Dunns, el pequeño Keogh, que estaba tullido, ella y sus hermanos y hermanas. Ernest, sin embargo, nunca jugaba con ellos: era demasiado mayor. Su padre les perseguía con un palo de endrino hasta echarles del campo, pero, por lo general, Keogh se quedaba de nixy les avisaba en cuanto veía que se acercaba su padre. Parecían haber sido muy felices entonces. Su padre no era tan desagradable y, además, su madre vivía. Había pasado mucho tiempo. Ella y sus hermanos y hermanas habían crecido; su madre había muerto. Tizzie Dunn había muerto también, y los Waters habían regresado a Inglaterra. Todo cambia. Ahora ella se iba a ir como los demás, iba a abandonar su hogar.

¡Hogar! Miró la habitación y revisó todos sus objetos familiares a los que durante tantos años había quitado el polvo una vez a la semana, preguntándose de qué lugar de la tierra salía tanto polvo. Quizá no volvería a ver jamás esos objetos familiares de los que nunca había soñado en separarse. Y, sin embargo, no había sido capaz durante todos esos años de averiguar el nombre del cura cuya amarillenta fotografía colgaba de la pared sobre el estropeado armonio, junto a la coloreada estampa con las promesas hechas a la bendita Margarita María Alacoque. Se trataba de un amigo de la escuela de su padre. Siempre que mostraba esa fotografía a las visitas, su padre añadía de paso:

—Ahora está en Melbourne.

Había llegado el momento de irse de casa, de abandonar el hogar. ¿Era una decisión juiciosa? Intentó sopesar cada aspecto de la cuestión. Fuera como fuese, en su casa tenía cobijo y comida, tenía a todos aquellos a quienes conocía de toda la vida. Era cierto que tenía que trabajar mucho en casa y en su empleo. ¿Qué dirían de ella en los almacenes cuando se enteraran de que se había ido con un tipo? Quizá dirían que estaba loca, y la sustituirían mediante un anuncio. La señorita Gavan se pondría contenta. Siempre le había tenido ojeriza, manifestándola especialmente cuando había gente delante.

—Señorita Hill, ¿no ve que esas señoritas están esperando? Vamos, señorita Hill, ¡muévase!

No derramaría muchas lágrimas por dejar los almacenes.

Pero en su nuevo hogar, en un país distante y desconocido, las cosas no serían así. Para entonces estaría casada, ella, Eveline. La gente la trataría con respeto. No sería tratada como su madre lo había sido. Incluso ahora, a sus diecinueve años, aún se sentía a veces en peligro ante la violencia de su padre. Sabía que esa era la causa de que padeciera palpitaciones. Cuando estaban creciendo nunca se había metido con ella, como lo hacía con Harry y con Ernest, porque era una chica, pero después comenzó a amenazarla y a decir lo que le haría en nombre de su madre muerta. Y ella se había quedado sin nadie que la protegiera. Ernest había muerto y Harry, dedicado al negocio de la decoración de iglesias, estaba casi siempre fuera. Además la inevitable disputa en torno al dinero de los sábados por la noche había empezado a hartarla de un modo atroz. Ella siempre entregaba todo su salario —siete chelines— y Harry enviaba siempre lo que podía; el problema estaba en sacarle algún dinero a su padre. Decía que ella despilfarraba el dinero, que no tenía cabeza, que no iba a darle el dinero que tanto le costaba ganar para que lo malgastara por las calles, y decía muchas cosas más porque lo habitual era que se encontrara fatal los sábados por la noche. Al final le daba el dinero preguntando si es que no tenía intención de comprar la comida del domingo. Entonces ella salía corriendo, tan rápido como podía, y hacía la compra, sujetando con fuerza su bolso de cuero negro mientras se abría paso a codazos entre la multitud, y regresaba tarde al hogar bajo su carga de provisiones. Había trabajado mucho para tener la casa en orden y cuidar de que las dos criaturas que habían quedado a su cargo fueran con regularidad a la escuela y comieran con regularidad. Había sido mucho trabajo, una vida dura, pero ahora que estaba a punto de abandonarla, no encontraba que fuera una vida totalmente indeseable.

Estaba a punto de explorar otra vida con Frank. Frank era muy amable, animoso y sincero. Se iba a ir con él en el barco que salía por la noche para ser su esposa y vivir con él en Buenos Aires, donde había un hogar aguardándola. Qué bien recordaba el día en que le vio por primera vez. Él se alojaba en una casa de la carretera principal que ella solía visitar. Parecía que habían pasado tan sólo unas pocas semanas. Él se encontraba en la puerta, con la gorra echada hacía atrás y su pelo revuelto echado hacia delante sobre un rostro bronceado. Ese fue el día en que se conocieron. Él la esperaba a la salida de los almacenes y la acompañaba a casa. La llevó a ver La muchacha bohemia y ella se sintió triunfante al sentarse a su lado en un lugar desacostumbrado del teatro. A él le gustaba mucho la música y cantaba un poco. La gente se dio cuenta de que la estaba cortejando, y cuando él cantaba la canción de la muchacha que amaba a un marinero se sentía presa de un confuso placer. Él la llamaba Poppens en broma. Todo comenzó con la simple excitación que para ella representaba contar con un amigo. Después comenzó a interesarse por él. Frank contaba historias de países lejanos. Había comenzado como camarero de cubierta ganando una libra al mes en un barco de la Allan Line que hacía la travesía al Canadá. Él le contó los nombres de los barcos en los que había trabajado y los nombres de los diferentes servicios. Había navegado a través de los Estrechos de Magallanes, y le contó historias de los terribles Patagonios. Había caído de pie en Buenos Aires, según dijo, y había vuelto al viejo país sólo para pasar las vacaciones. Su padre se enteró del asunto, naturalmente, y le prohibió dirigirle la palabra.

—Conozco a esos marineros —dijo.

Y como tuvo un altercado con Frank, ella se vio obligada a verse en secreto con su amante.

La tarde avanzó en la avenida. El blanco de las dos cartas que guardaba en su regazo comenzó a oscurecerse. Una era para Harry; la otra, para su padre. Había notado que su padre se estaba haciendo viejo; la echaría de menos. A veces podía ser muy amable. No hacía mucho, cuando se vio obligada a guardar cama todo un día, le leyó un cuento de fantasmas y le hizo tostadas en el fuego. Otro día, cuando su madre vivía, se fueron todos de excursión a la Colina de Howth. Aún recordaba cómo su padre se puso el sombrero de su madre para divertir a los críos.

Se le estaba haciendo tarde, pero continuó sentada a la ventana, inclinando la cabeza contra la cortina, inhalando el olor de la polvorienta cretona. Podía oír la música de un organillo en el otro extremo de la avenida. Conocía la canción. Qué curioso resultaba oírla precisamente esa noche, recordándole la promesa hecha a su madre, la promesa de mantener unido el hogar todo el tiempo que pudiera. Recordaba la última noche de la enfermedad de su madre. Se vio de nuevo en la cerrada habitación oscura al otro lado del vestíbulo, a la que llegaba una melancólica canción de Italia. El organista recibió seis peniques y la orden de marcharse. Recordó a su padre de vuelta a la habitación de la enferma, diciendo:

—¡Malditos italianos! ¡Mira que plantarse aquí a tocar!

Absorta en la penosa visión de su madre, el hechizo de aquella vida llena de sacrificios ordinarios que concluía en un delirio final, le alcanzó en lo más vivo de su ser. Se estremeció al oír de nuevo la voz de su madre diciendo constantemente con enloquecida insistencia:

—Derevaun Seraun! Derevaun Seraun!

Se levantó en un súbito impulso de terror. ¡Huye! ¡Debía huir! Frank la salvaría. Él le daría la vida, quizá amor, también. Pero ella quería vivir. ¿Por qué había de ser desdichada? Tenía un derecho a la felicidad. Frank la tomaría en sus brazos, la estrecharía en sus brazos. Él la salvaría.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Estaba entre la hormigueante multitud de la estación de North Wall. Él la tomaba de la mano y ella sabía que le hablaba, que le decía una y otra vez algo del viaje. La estación estaba llena de soldados con maletas marrones. Al otro lado de las grandes puertas vio la masa negra del buque junto al muro del muelle, con las portañuelas iluminadas. No respondió a sus palabras. Sintió sus mejillas mortecinas y frías, y entre un laberinto de zozobras, rezó a Dios que la condujera, que le mostrara la senda de su deber. El buque lanzó a la niebla un apesadumbrado silbido. Un paso adelante y mañana se encontraría en el mar con Frank, navegando hacia Buenos Aires. Su pasaje estaba cerrado. ¿Podía echarse atrás después de todo lo que había hecho por ella? Una náusea de angustia estremeció su cuerpo; sus labios no dejaron de moverse en ferviente oración silenciosa.

Una campana sonó sobre su cabeza. Sintió que él la cogía de la mano.

—¡Ven!

Todos los mares del mundo se agitaron en su corazón. Él la conducía hacia ellos: él la iba a ahogar. Se aferró con las dos manos a la barandilla de hierro.

—¡Ven!

¡No! ¡No! ¡No! Era imposible. Sus manos se agarraron frenéticamente al hierro. Su grito de angustia brotó de entre los mares.

—¡Eveline! ¡Evvy!

Él corrió hasta más allá de la barrera y la llamó para que le siguiera. Le gritaron que continuara adelante, pero se detuvo y la llamó. Ella le mostró su rostro blanco, pasivo, como un animal desvalido. Sus ojos no tuvieron para él signo alguno de amor o de adiós o de reconocimiento.

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