Alguien narra siempre, prólogo de Fabián Casas a los cuentos completos de Juan José Saer

Me acuerdo de cuando vi La libertad, la primera película de Lisandro Alonso. No fue en el cine, sino en una tele muy chiquita, en un departamento de soltero que yo tenía. Era de noche y me la habían prestado diciéndome: «No creo que la puedas terminar». Pero la terminé y la película, el efecto de ese film, no terminó nunca en mí. Después vi Los muertos, Liverpool y Fantasma. Cada película que veía me gustaba más. Fantasma, por ejemplo, una película insoportable para muchos, para mí fue y es una obra maestra de Alonso. «No sabés cómo se escuchaba el ruido de las butacas pegándose a sí mismas cuando la gente abandonaba el cine», me dijo Lisandro cuando lo conocí. Lisandro es un tipo joven, melenudo y con poco interés por la literatura. Su biblioteca es tan grande como la biblioteca de Messi. Pero le gusta un escritor que a mí también me gusta mucho: Juan José Saer. «Es al único tipo al que le pedí un autógrafo, lo tengo en mi libreta de calificaciones de la FUC», me dijo. Así que Saer, un escritor para escritores, de golpe era el escritor preferido de un tipo que casi no lee. ¿Cómo se explica? Creo que Lisandro lee en Saer una voluntad radical, un hombre que, desde adentro del capitalismo, lucha por derrotarlo, aunque eso sea imposible. Las películas de Lisandro hacen lo mismo. Ya lo dijo Margaret Thatcher: «There is no alternative». Y esta sentencia, por venir de quien viene, tiene más potencia que el slogan de Rotten: «No future».

Cuando se estrenó Matrix, la primera película de los Wachowski, la gente salía impresionada del cine por la forma en que estos dos directores detenían la imagen, la volvían inestable, la fragmentaban. Detenían una bala en el aire. Estaba buena la historia, pero también la manera en que la contaban. Pero a los fanáticos de Saer esa morfología visual no los impactó. Saer venía haciendo lo mismo desde principios de los sesenta y había llegado a un punto altísimo de esa peculiar descomposición de la frase en Nadie nada nunca, una de sus muchas obras maestras. Saer tenía un plan: borrar las fronteras de los géneros desde la poesía. ¿No es esta una decisión anticapitalista? ¿Y si, influenciados por Saer, borramos las fronteras de las estructuras burguesas de parentesco y creamos una nueva forma más libre de estar en familia, de vincularnos? ¿Y si perdemos, en un gesto alquímico, la forma humana y nos liberamos de una buena vez? ¿Cómo se hace? Estas preguntas están incrustadas en la obra de Saer.Pero para romper, primero hay que saber armar. Saer sabía. Podía escribir un relato clásico a la perfección —en este libro hay varios— o hacer un ejercicio narrativo de una novela aparentemente convencional —Responso—, que igual, debido a la pericia de la escritura y la metafísica subyacente en el relato, se volvía inolvidable. Como en todo gran escritor, técnica y metafísica están unidas de manera indeleble. Cuando Saer hacía una descripción —pienso, por ejemplo, en la iluminación precaria de la cabaña de Palo y hueso—, uno sentía que Saer había vivido esa imagen, que la traía no de la literatura, sino de la vida. Cuando uno exporta algo de un libro para ponerlo en otro libro, lo que se crea es un «matrimonio de primos», un estancamiento retórico que debilita el texto. Saer nunca hacía eso. De ahí la potencia de sus interiores, la descripción de sus personajes, la forma de hablar de ciertas mujeres y hombres en sus cuentos, novelas y poemas. Aclaremos acá que Saer fue un ensayista correcto, pero que ese no era su fuerte; en cambio, fue un gran ensayista cuando escribía sus relatos más osados. De la misma manera que Borges fue un gran poeta, pero no siempre en verso.

¿Por qué si las condiciones externas de mi vida en el día de hoy no difieren del día de ayer, sin embargo, hoy cargo con un peso en el plexo, con un dolor en el alma y una angustia sin objeto? ¿Por qué cambió mi ánimo si objetivamente no cambió nada en el entorno que lo justifique? ¿Qué muebles se movieron secretamente en mi cabeza para que lo que ayer era templanza y alegría hoy esté cerca de la desesperación? Algo de esto se preguntan todos los personajes saerianos a lo largo de estos relatos polimorfos que forman este gran libro. Sobre el final de «Algo se aproxima», el relato que termina el primer libro de cuentos de Saer y que, a su manera, abre el mundo de investigación en el que se sumergirán miles de lectores fanáticos, un personaje le pregunta a otro, mientras comen en un bar, si la vida tiene sentido. Y el que come, riendo, le dice: «Ninguno, por supuesto». Frente a una vida sin sentido, los personajes saerianos aman, odian, se traicionan y responden con dulzura o cinismo a eso que «se aproxima». Que es del orden de lo inefable, como la realidad.

Saer es un realista discontinuo. Inestable. En una entrevista lo explica bien: «¿Qué es lo real en este momento? ¿No sé qué es lo real en este momento? ¿Es todo? ¿Nada? ¿Son reales los anteojos de él? ¿Somos reales nosotros en tanto sujetos pensantes y hablantes? ¿Es real esa maceta? ¿La percepción de él es igual que la mía? ¿Entre los cuatro constituimos una percepción común? ¿Qué es lo que privilegiamos de esa percepción, de esa representación? ¿De qué manera entran nuestras asociaciones, nuestros recuerdos, nuestras imposibilidades, nuestras emociones en lo que estamos percibiendo y viviendo? ¿Cómo interpreta cada uno? Hasta el infinito se puede desplegar esto y cada cual agarra un pedazo de ese flujo continuo y a la vez discontinuo del que hablo en Lo imborrable, y cada cual se prende a eso y trata de hacer algo con eso. Darle una forma especial a eso, propia, de cada uno. En ese sentido yo me considero un escritor realista, porque no elaboro ni metáforas, ni alegorías, ni fábulas ni relatos fantásticos. Casi en el sentido más académico de los términos».

Otra de las operaciones estéticas de Saer en estos cuentos y en sus novelas es en torno al lenguaje. Y ahí aprende directo de su maestro Antonio Di Benedetto, quien al escribir Zamainventa un lenguaje que da la sensación de ser verosímil. Uno piensa, aunque sabe que no fue así: «De esta manera se hablaba en la época de las colonias en nuestro territorio invadido por los españoles». Saer sabe que determinadas palabras tienen fecha de vencimiento y que hay que crear un lenguaje privado, sin dejar de ser coloquial, para que estas sobrevivan al paso del tiempo. Como decía Guevara: «Hay que endurecerse sin perder la ternura». Sus comienzos, mezcla de registro coloquial y desfachatez, son inolvidables: «Para decir la pura verdad y para de paso hacer algo de historia…», escribe en uno de sus grandes relatos, «El taximetrista». Y en «Por la vuelta»: «Resulta en realidad difícil soportar el crepúsculo». O en el comienzo de su magnífica novela Glosa: «Es, si se quiere, octubre, octubre o noviembre, del sesenta y uno, octubre tal vez, el catorce o el dieciséis, o el veintidós o el veintitrés tal vez, el veintitrés de octubre de mil novecientos sesenta y uno pongamos —qué más da».

Cuando se le propuso a Leónidas Lamborghini reunir su obra completa, fiel a su estilo, prefirió hacerla erosionándola, es decir, pasando por la máquina lamborghinesca de la distorsión los poemas que ya estaban escritos. El libro se llamó Carroña última forma —es genial—, y ya desde la tipografía era difícil de leer: las letras caían en medio de la página, de manera vertical, como los humanos ven las inscripciones de la Matrix en la película de los Wachowski citada más arriba. Debe ser difícil para un escritor hacer su obra completa. Da la sensación de término, de completud. Y más raro para Saer, porque muchos de sus relatos parecen estar abiertos a múltiples combinaciones, y portan la promesa de no terminar nunca, como la Never Ending Tour que moviliza a Bob Dylan por el mundo. Saer elige acá, en este libro —y lo escribe en una nota con la que se abre el volumen—, que prefirió publicar los últimos cuentos al principio y los primeros al final, y agrega: «Tal vez de esta manera el lector tendrá del conjunto una perspectiva semejante a la mía». Creo que para los lectores de Saer da lo mismo en qué orden lean los cuentos. Pero si se da la posibilidad de que este libro caiga en manos de un neófito en Saer, yo me tomo el atrevimiento de sugerir la lectura contraria: ir de atrás para adelante, siguiendo la cronología de los textos. ¿Por qué? Porque me parece que en los últimos cuentos de Saer, los de Lugar, que abren el volumen, hay cierta pérdida de la potencia creadora, algo que Saer había observado en Borges después del libro El hacedor. Un ejemplo: en el relato «Nieve de primavera», una mujer cuenta ciertas peripecias que tiene con su marido en una calle de Viena. Bien, esa mujer habla y tiene las percepciones demasiado parecidas a las de Saer, se vuelve un personaje poco creíble. Se mimetiza con el autor, no logra drenar singularidad. Cosa que Saer ya había logrado intuir cuando cambia, en El limonero real, de la primera a la tercera persona. En los borradores es Wenceslao quien dice: «Sabe amanecer y ya estoy con los ojos abiertos», pero Saer después pasa a «Amanece y ya está con los ojos abiertos». ¿Por qué? Porque el trabajo de narración fenomenológica magistral del texto iba a ser poco creíble en la mente y la labia de Wenceslao.

Otra cosa más: en La mayor, uno de mis libros de relatos preferidos de Saer y que está incluido aquí, tanto los textos largos como los que se agrupan en la sección «Argumentos» poseen la misma densidad ontológica. Con Saer una novela puede ser un haiku y un haiku puede ser una novela, característica que comparte con César Aira, otro grandísimo escritor de «la Gran Llanura de los Chistes». En La grande, su última novela, Saer cita a todos sus personajes para un último gran concierto. Como hizo Luis Spinetta con las bandas eternas. Una despedida a todo lo que da. El último capítulo pensado por el escritor quedó interrumpido por la muerte —que, como decía Beckett, nunca te pide un día libre para verte— y sólo se transcribió esta parte enigmática y bella: «Con la lluvia, llegó el otoño, y con el otoño, el tiempo del vino». Háganme caso, llenen una copa de vino y brinden por haber sido contemporáneos de uno de los más grandes escritores del mundo. Estos relatos acá reunidos dan cuenta de esta afirmación de manera contundente, por prepotencia de trabajo, astucia y belleza.

Fabián Casas


Este prologo fue escrito por Fabián Casas para el libro “Cuentos completos” de Juan José Saer, publicado por Seix Barral.

A continuación un cuento del autor santafesino.

Bien común

Formaban una parejita joven. Se habían casado no hacía mucho y trabajaban para una editorial catalana, vendiendo a domicilio libros de arte, diccionarios, enciclopedias, etcétera. A veces iban los dos de gira; otras veces, uno se quedaba en Madrid, mientras el otro salía de viaje, o si no, trabajaban zonas diferentes al mismo tiempo, en equipos diferentes, etcétera. Ganaban bien pero el trabajo era bastante duro, y les resultaba difícil afincarse, tener hijos, organizarse como una verdadera familia.

Aunque parezca extraño, el trabajo los dejaba insatisfechos, no desde el punto de vista financiero o en cuanto a la dignidad profesional, sino en un sentido ético: no estaban seguros, en ciertos casos, de que incitar a la gente a endeudarse para comprar enciclopedias interminables y costosas, no era una especie de chantaje. Muchos las compraban creyendo que un porvenir brillante o un cambio de situación social se manifestarían con la posesión de esos enormes volúmenes ilustrados, la mayor parte de cuyo contenido les era indiferente y caducaría tal vez mucho antes de que hubiesen terminado de pagarlos. Venderle a quien no tiene muchos recursos lo superfluo, haciéndole creer que le es indispensable, se parece bastante, para ser francos, a una estafa.

Por razones que se volverán comprensibles en seguida, es mejor no llamarlos por sus nombres; basta decir que tenían más de veinticinco años y menos de treinta, o sea que estaban viviendo el último tiempo de la juventud y entraban, como a través de un túnel a la vez vertiginoso y lento, todavía frescos, en la madurez. Ciertos aspectos de lo que podemos ser realmente permanecen ignorados en la infancia, y si a veces se nos revelan, bruscos, en la adolescencia, en muchos casos van mostrándose de a poco, en distintas etapas de la vida, de tal manera que, en sus postrimerías, a causa de tantos cambios súbitos o graduales, podemos descubrir que un desconocido, admirable, repelente o curioso —para el caso es lo mismo— ha usurpado el lugar del que creíamos ser.

Una noche —llevaban un año y medio más o menos de casados— ella volvió de un viaje con cara triste y preocupada y aunque el marido lo notó apenas la vio entrar, únicamente se decidió a preguntarle lo que le ocurría cuando, en la madrugada, los sollozos apagados de ella, que estaba acostada a su lado en la oscuridad, lo despertaron. Y, pidiéndole por favor que no encendiera la luz, la mujer, más desconsolada que culpable, le hizo la terrible confesión: por una singularidad de su modo de ser, cuyos motivos a ella misma se le escapaban, siempre la había atraído, desde mucho antes de conocerlo, la posibilidad de hacer el amor con desconocidos, y si el afecto sincero que sentía por su marido había ocultado durante cierto tiempo esa singularidad, esa semana en que había estado sola en un hotel de Ciudad Real, su irresistible inclinación la había vuelto a atrapar, hostigándola día y noche hasta obligarla a pasar al acto. El deseo súbito que la arrebató, afirmaba la muchacha, había sido como un ataque de locura, o como si, de golpe, hubiese pasado del mundo familiar a otro desconocido en el que únicamente su deseo existía, y todos los vínculos con su verdadera vida se hubiesen borrado. Antes y después de ese arrebato, en el mundo verdadero, era el amor por su marido y la vida en común que llevaban lo único que le importaba, y por esa razón se sentía menos culpable que desconsolada y perpleja.

El hombre la escuchaba aterrado, y esa noche de asco y aflicción se prolongó en un mes de pesadilla: recriminaciones y violencias, gritos y llantos, silencios y amenazas, pasaban de uno al otro, día tras día, en un desgarramiento prolongado. Decidían separarse para siempre, y unos minutos más tarde copulaban con rabia y desesperación en la noche insomne y sin fin. En vez de calmarlos, el alcohol los exasperaba, y sentían que el dolor y la furia nunca dejarían de crecer, hasta que al cabo de algunas semanas, el rencor, la tristeza y la impotencia, atenuándose, dieron paso a una calma insensible y gris. Ya no hablaron de separarse pero ella, para pagar de algún modo el precio de su singularidad, se resignó a responder, sin omitir un solo detalle, a los interrogatorios interminables acerca de su brusco arrebato a que él la sometía. Se vio obligada a contestar, una y otra vez, las preguntas más extrañas, relativas a la duración de su acto, a las posiciones en las que lo había realizado, al cuerpo del hombre, a la intensidad de su goce, a las frases que intercambiaron, al aspecto de la pieza donde habían estado, a la iluminación, al orden de los acontecimientos, a la hora. Mil veces las preguntas salían por entre los labios del hombre, que la miraba fijo mientras las formulaba, en busca de nuevos y curiosos detalles o de una sempiterna confirmación, y mil veces ella le respondía con sinceridad exacta y escrupulosa, sin siquiera pensar en lo que esa sinceridad podía tener de hiriente para su marido. Y a tanto llegó esa exigencia de verdad que, cuando la tormenta pareció amainar, y siguieron viviendo en una calma aparente como si no hubiese pasado nada, ella se creyó en la obligación de decirle que no estaba segura de que en el futuro el arrebato no se repetiría.

Él la escuchó en silencio, pero era fácil adivinar en su mirada que ya que no podían separarse le pediría algo a cambio, lo que en efecto sucedió unos días más tarde: él, le dijo, la aceptaba como era, pero no quería que las cosas pasaran a sus espaldas o en su ausencia. Que esos arrebatos de ella, si él los aceptaba, eran un bien común que poseían y que debían administrar juntos. Perpleja y curiosa, y con cierto alivio también, porque esa propuesta la liberaba de sus sentimientos de culpa, la mujer aceptó.

Durante un año y medio más o menos, cuando viajaban juntos, la misma situación se repetía de tanto en tanto; en los hoteles de provincia donde se alojaban, no se inscribían como marido y mujer sino como simples colegas, y dormían en habitaciones separadas pero contiguas. Después del trabajo, recorrían los establecimientos nocturnos, y si la mujer se sentía atraída por algún desconocido —ya que su singularidad exigía que fuese un desconocido y que sirviese para una sola noche— el marido, en su papel de compañero de trabajo, los observaba a distancia, tomando de a tragos pausados su alcohol y haciendo tintinear distraídamente los cubitos de hielo contra el vidrio del vaso. El corazón le latía un poco más fuerte cuando las maniobras comenzaban. Y si las cosas parecían conducir al desenlace previsto, se alejaba en dirección al hotel, adelantándose a la pareja y, tendiéndose en la oscuridad de su cuarto esperaba, alerta y palpitante, que los otros llegaran. Cada ruido que los anunciaba, el ascensor o, si no había, los pasos en la escalera, en el pasillo, el ruido de la puerta al abrirse o al cerrarse, aceleraban los latidos, acrecentaban la ansiedad, reconcentraban la atención. Tendido inmóvil en la negrura, su ser entero estaba vuelto hacia los ruidos que venían de la habitación de al lado —risas ahogadas, murmullos, suspiros, quejidos, rechinar de metales y crujidos de madera, roce apagado de paños o rumor de seda— y que parecían penetrar en él no únicamente a través del oído, sino de cada milímetro de su cuerpo. Cuando el desconocido se iba, ella venía a la habitación y, en silencio, sin encender la luz ni intercambiar una sola frase (ella arañaba apagadamente la puerta y él iba a abrirle en la oscuridad) hacían el amor y se dormían hasta el día siguiente.

Si en el marido la inclinación por esas noches idénticas iba en aumento, en la mujer en cambio, la frecuencia de sus arrebatos e incluso el deseo de que se produjesen disminuían. Lo que había sido su única libertad, fue transformándose lentamente en una especie de obligación. Tenía la impresión de haber contraído una deuda infinita, que nunca terminaría de pagar. Al mismo tiempo, la voluntad de su marido parecía haber anexado su goce, transformándolo en un apéndice de su propio deseo. Ya no gozaba durante ese ritual repetido, solamente se limitaba a concentrarse en cada uno de sus actos para adecuarlo en forma escrupulosa al deseo de su marido. Una especie de indiferencia se apoderó de ella. Durante cierto tiempo, no logró entender lo que le pasaba y se dejó llevar por los acontecimientos, pero un día en que oyó a su marido, en el colmo de la exaltación, proyectar la construcción de un tabique delgado en su propia casa para que ella pudiese recibir desconocidos y él escuchar con más claridad desde la pieza de al lado, se dio cuenta de que había llegado el momento de intentar sobrevivir, así que sin decirle nada, aprovechando que él estaba de viaje, y dejándole una esquela de adiós, hizo sus valijas y cambió, no únicamente de ciudad, sino incluso de país, de continente y de nombre.

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