El amor de una mujer generosa, cuento de Alice Munro

El amor de una mujer generosa

Desde hace un par de décadas hay un museo en Walley dedicado a conservar fotografías, mantequeras, arreos de montura, una vieja butaca de dentista, un engorroso artilugio para pelar manzanas y demás curiosidades, como aquellos pequeños aisladores de porcelana o vidrio tan bonitos que se ponían en los postes de telégrafo.

Hay también un estuche rojo en el que se lee D. M.WILLENS, OPTOMETRISTA en letras impresas, y al lado una nota donde dice: «Este estuche de instrumental óptico tiene un notable valor local, no tanto por su antigüedad como porque perteneció al señor M D. Willens, que murió ahogado en el río Peregrine en 1951. El estuche se salvó del accidente, y al parecer fue recuperado por el donante anónimo que lo entregó para que formara parte de nuestra colección».

El oftalmoscopio podría hacer pensar en un muñeco de nieve. La parte superior, en concreto, la que está sujeta al mango hueco. Un disco grande, con un disco más pequeño encima. En el disco grande hay un orificio por el que se mira mientras se van moviendo las lentes. El mango es pesado, porque todavía lleva las baterías dentro. Si se sacaran las baterías y se colocara la correspondiente varilla, con un disco en cada extremo, se le podría conectar un cable eléctrico. Pero debía de darse la necesidad de utilizar el instrumento en sitios donde no había electricidad.

El retinoscopio parece más complicado. Debajo del arco donde se apoya la frente hay algo similar a la cabeza de un elfo, con una cara plana y redonda y un capuchón metálico. La pieza se sostiene en un ángulo de cuarenta y cinco grados sobre una fina columna, y en lo alto de esa columna se supone que ha de encenderse una lucecita. La cara plana es de cristal, una especie de espejo oscuro.

Todo el material es de color negro, pero solo por la pintura. En las zonas que la mano del optometrista debía de rozar más a menudo, la pintura ha saltado y se ve el brillo plateado del metal.

I
Jutland

Este lugar se llamaba Jutland. Antiguamente hubo aquí un molino y algún tipo de asentamiento, pero a finales del siglo pasado ya no quedaba nada, aunque a decir verdad nunca llegó a prosperar demasiado. Mucha gente creía que se llamaba así en honor a la famosa batalla naval de la Primera Guerra Mundial, pero en realidad todo estaba en ruinas antes de que esa batalla tuviera lugar.

Los tres chicos que subieron hasta aquí una mañana de sábado a principios de la primavera de 1951 creían, como casi todos los niños de la zona, que el nombre guardaba alguna relación con los viejos tablones de madera que sobresalían de la margen del río y los gruesos puntales que asomaban en el agua cerca de la orilla, formando una empalizada desigual. (En realidad eran los restos de un dique, construido antes de los tiempos del cemento). Los tablones, un montón de piedras angulares, un arbusto de lilo, varios manzanos enormes deformados por el nudo negro y la acequia del molino, una zanja poco profunda que se llenaba de ortigas cada verano, eran los únicos vestigios de aquella época.

Un camino comunicaba con la carretera del pueblo, pero nunca se había pavimentado de grava y aparecía en los mapas como una línea de puntos, una pista forestal. En verano circulaban bastantes coches, de la gente que iba a nadar al río o las parejas que buscaban un sitio donde aparcar. Había un claro donde se podía dar la vuelta justo antes de llegar a la acequia, pero solía estar tan invadido de zarzas y berros, y cicuta silvestre en los años lluviosos, que a veces los coches tenían que retroceder marcha atrás hasta la carretera.

Las huellas de coche hasta el borde del agua se distinguían a primera vista aquella mañana de primavera, pero estos chicos no las advirtieron porque solo iban pensando en nadar. Al menos ellos lo llamaban nadar; al volver al pueblo dirían que habían estado nadando en Jutland cuando aún quedaba nieve.

Aquí, río arriba, hacía más frío que en las vegas cerca del pueblo. En los árboles de la ribera todavía no había brotado ni una sola hoja, la única nota de verdor la ponían los puerros silvestres y las caltas palustres, frescas como espinacas, que crecían en todos los arroyuelos que bajaban hasta el río. Y en la otra orilla, bajo unos cedros, vieron justamente lo que buscaban: una franja alargada, fina y pertinaz de nieve gris como la piedra.

Aún no se había derretido del todo.

Así que saltarían al agua y sentirían el frío atravesándolos como puñales de hielo. Puñales de hielo que les salían por los ojos y se les clavaban desde dentro en la parte superior del cráneo. Aletearían unas cuantas veces y saldrían del agua temblando y castañeteando los dientes; embutirían los brazos y las piernas entumecidos en la ropa, sintiendo en las carnes la dolorosa y lenta reconquista de la sangre y el alivio de haber cumplido con el desafío.

Las huellas que no habían advertido cruzaban en línea recta la acequia, donde ahora no crecía nada y solo quedaba la hierba amarillenta muerta y aplastada del año anterior. Cruzaban la acequia y llegaban al río sin que se advirtiera ningún intento de dar la vuelta. Los chicos pasaron por encima, pero entonces se habían acercado lo suficiente al agua para que algo más extraordinario que unas huellas de neumáticos captara su atención.

Había un destello azulado en el agua que no era un reflejo del cielo. Era un coche totalmente hundido en la poza, medio inclinado, con las ruedas delanteras y el morro encajados en el cieno del fondo, y el maletero abombado casi rozando la superficie. El celeste era entonces un color poco común para un coche, y la carrocería redondeada tampoco era frecuente. Enseguida lo supieron. Aquel pequeño coche inglés, el Austin, seguramente el único en todo el condado. Era del señor Willens, el optometrista. Cuando iba sentado al volante parecía un personaje de historieta cómica, porque era un hombre corpulento pero de poca estatura, cargado de hombros y con la cabeza muy grande. Siempre parecía metido a presión en aquel pequeño coche como si fuera un traje a punto de reventar.

El coche tenía una escotilla en el techo que el señor Willens abría cuando hacía buen tiempo. Ahora estaba abierta. No se veía bien qué había dentro. El color del coche permitía distinguir perfectamente la silueta, pero el agua no estaba demasiado clara y las formas más oscuras se veían turbias. Los chicos se agacharon en la orilla, luego se tumbaron boca abajo sacando la cabeza como tortugas, intentando atisbar en el interior. Había algo oscuro y peludo, algo parecido a la cola de un animal grande, que salía por la escotilla del techo y se movía lánguidamente en el agua. Enseguida se dieron cuenta de que era un brazo, metido en la manga de una chaqueta oscura de un material grueso y afelpado. Todo indicaba que el cuerpo de un hombre —tenía que ser el cuerpo del señor Willens— estaba atrapado dentro en una postura extraña. La fuerza del agua (porque incluso en la represa del molino el agua llevaba bastante fuerza en esta época del año) debía de haberlo levantado del asiento y lo había empujado a su antojo, de manera que un hombro había quedado cerca del techo y el brazo libre. Seguramente la cabeza estaba encajada contra la puerta y la ventanilla del conductor. Una rueda delantera se notaba más hundida en el lecho del río que la otra, lo que significaba que el coche estaba ladeado, además de inclinado hacia delante. De hecho, probablemente la ventana estuviera abierta y la cabeza asomara por fuera, a juzgar por la posición del cuerpo, pero eso no alcanzaban a verlo. Podían imaginar la cara del señor Willens tal como la conocían: una cara grande y cuadrada que a menudo adoptaba una expresión ceñuda muy teatral, pero nunca amenazante de verdad. Tenía un pelo fino y crespo, rojizo o cobrizo en la coronilla y peinado en diagonal sobre la frente. Las cejas eran más oscuras que el pelo, tupidas e hirsutas como un par de orugas pegadas por encima de los ojos. A los chicos les parecía una cara grotesca de por sí, igual que las caras de tantos otros adultos, y no les daba miedo verla ahogada. Pero lo único que se distinguía era aquel brazo y la mano pálida. Consiguieron observar la mano con bastante nitidez una vez se acostumbraron a mirar a través del agua. Se mecía temblorosa y vacilante, como una pluma, aunque con una textura similar a la de la masa. Y también igual de ordinaria, una vez te acostumbrabas a verla allí. Las uñas parecían caritas limpias, con su mirada inteligente y cotidiana de saludo, ignorando sabiamente las circunstancias.

«La madre que lo parió —dijeron los chicos. Con voces cada vez más enérgicas y un tono de profundo respeto, incluso de gratitud—. La madre que lo parió».

Era la primera salida que hacían este año. Habían cruzado el río Peregrine por el puente de doble arco y un solo carril que se conocía como Puerta del Infierno o Trampa de la Muerte, aunque el verdadero peligro, más que el puente en sí, era la curva cerrada que daba la carretera en el lado sur.

Había un arcén para los peatones, pero nunca lo utilizaban. No recordaban haber ido nunca por ahí. Quizá hacía años, cuando todavía tenían edad para que los llevaran de la mano. Pero para ellos esa época no existía; no habrían admitido que formaba parte de su pasado ni aunque les hubieran enseñado fotografías que lo probaban o los hubieran obligado a escuchar anécdotas en las conversaciones de la familia.

Cruzaron el puente caminando por el pretil de hierro que había al otro lado. Era un bordillo de un palmo de anchura que se levantaba más o menos un pie del suelo del puente. El río Peregrine arrastraba el hielo y la nieve derretida del invierno hasta el lago Hurón. Apenas empezaba a recuperar el caudal, después de las crecidas que cada año empantanaban las llanuras, arrancando los árboles jóvenes y arremetiendo contra cualquier bote o cabaña que encontraban a su paso. Con los riachuelos fangosos que seguían drenándose de los campos y el pálido reflejo del sol en la superficie, el agua parecía caramelo hirviendo. Pero si te caías dentro te congelaría la sangre y te arrojaría río abajo, si no te estampaba antes en los contrafuertes y te partía el cráneo.

Los coches tocaban el claxon, en señal de advertencia o de reproche, pero los chicos no hicieron caso. Avanzaron en fila india ensimismados como sonámbulos. Al llegar a la orilla norte se encaminaron hacia el valle por los atajos que recordaban del año anterior. La crecida era tan reciente que resultaba difícil seguir esos senderos. Había que ir pisoteando la maleza caída y saltar de un montículo de hierba fangosa al otro. A veces no ponían mucho cuidado al saltar y aterrizaban en el barro o en los charcos que aún quedaban, y cuando se les mojaron los pies dejaron de preocuparse. Siguieron chapoteando por el barro y los charcos, mientras el agua se les metía por el borde de las botas de goma. Soplaba un viento cálido, que deshacía las nubes en hilachas de lana vieja, y las gaviotas y los cuervos se peleaban y se lanzaban en picado hacia el río. Los halcones volaban en círculos en lo alto, ojo avizor; los tordos acababan de volver por primavera, y los mirlos de alas rojas revoloteaban en parejas, con un plumaje tan lustroso que parecía lacado.

—Debería haberme traído el rifle del veintidós.

—Debería haberme traído la escopeta de cartuchos.

Eran demasiado mayores para levantar unos palos y hacer ruidos de disparos. Decían esas cosas lamentándose con naturalidad, como si pudieran disponer de las armas cuando quisieran.

Remontaron la orilla norte hasta un claro donde solo había arena. Supuestamente las tortugas enterraban allí los huevos. Todavía no era la temporada del desove, y en realidad la historia de los huevos de tortuga venía de años atrás, ninguno de estos chicos había visto nunca ninguno. De todos modos patearon y pisotearon la arena, por si acaso. Luego buscaron el sitio donde el año anterior uno de ellos había encontrado con otro chico un hueso de vaca, el hueso de la cadera, que la corriente había arrastrado de alguna pila de despojos. Cada año el río traía un buen número de cosas sorprendentes o aparatosas, objetos raros o domésticos, y los depositaba en lugares insospechados. Rollos de cable, un tramo de escalones intacto, una pala torcida, una olla para hacer palomitas de maíz. El hueso de vaca había quedado atrapado en la rama de un zumaque, que parecía el lugar ideal, porque las ramas lisas del árbol parecían astas de vaca o cornamentas de ciervo, algunas incluso rematadas en puntas de color rojizo.

Estuvieron un rato dando brincos y Cece Ferns les enseñó la rama en cuestión, pero no encontraron nada.

Fueron Cece Ferns y Ralph Diller los que hicieron el hallazgo, y cuando le preguntaron dónde había ido a parar, Cece Ferns dijo: «Se lo quedó Ralph». Los dos chicos que estaban con él ahora, Jimmy Box y Bud Salter, sabían por qué. Cece nunca se podía llevar nada a casa, salvo algo pequeño que pudiera esconder fácilmente de su padre.

Hablaron de otros hallazgos útiles que podrían aparecer o habían aparecido en años anteriores. Las estacas de las vallas servían para construir una balsa, se podían recoger troncos de las orillas para la choza o el bote que planeaban construir. Suerte de verdad sería hacerse con algunas trampas sueltas de rata almizclera. Con eso se podría montar un negocio. Podrían conseguir la madera para hacer los bastidores donde curtir las pieles y robar los cuchillos para despellejarlas. Hablaron de ocupar un cobertizo abandonado que conocían, en el camino sin salida detrás de las antiguas caballerizas. Había un candado en la puerta, pero seguramente podían colarse por la ventana, sacando los postigos por la noche y volviéndolos a colocar por la mañana. Podían llevarse una linterna para trabajar. No, un farol. Podían despellejar las ratas almizcleras y curtir las pieles y venderlas por un montón de dinero.

Se enfrascaron tanto en el proyecto que empezaron a preocuparse por dejar las valiosas pieles en el cobertizo todo el día. Uno de ellos tendría que hacer guardia mientras los demás iban a tender las trampas. (Nadie mencionaba la escuela).

Así era como hablaban cuando se alejaban del pueblo. Hablaban como si fueran libres, o casi libres, como si no tuvieran que ir a la escuela, ni vivieran con sus familias ni sufrieran cualquiera de las humillaciones que su edad les imponía. Y también como si el campo y los establecimientos ajenos fueran a abastecerlos de todo lo que necesitaban para sus empresas y aventuras, con solo alguno que otro pequeño riesgo y esfuerzo por su parte.

Otra cosa que cambiaba cuando hablaban allí era que prácticamente dejaban de usar nombres. Tampoco es que cuando hablaban entre ellos se llamaran mucho por el nombre, ni siquiera con los diminutivos familiares, como Bud. Pero en la escuela casi todo el mundo tenía un apodo, a veces relacionado con el aspecto o la manera de hablar de alguien, como Gafotas o Parlanchín, y a veces, como Culo Escocido y Follagallinas, relacionados con incidentes reales o imaginarios de las vidas de los que recibían el mote, o incluso de las vidas (esos apodos pasaban de generación en generación durante décadas) de sus hermanos, padres o tíos. También dejaban de lado esos nombres cuando estaban en el bosque o en la orilla del río. Si tenían que avisarse de alguna manera, bastaba con decir «Eh». Incluso los apodos insultantes y obscenos y que supuestamente no llegaban a oídos de los adultos habrían estropeado la sensación de que en esos momentos las miradas, las costumbres, la familia y la historia personal de cada cual estaban de más.

Y aun así apenas pensaban en los otros como amigos. No se les habría ocurrido decir que uno de ellos era su mejor amigo, o el segundo mejor, o ir cambiando los posibles candidatos para esos puestos, como hacían las chicas. Cualquiera de entre por lo menos una docena de chicos podría ocupar el lugar de uno de estos tres, y los demás lo aceptarían exactamente igual. Casi todos en esa pandilla tenían entre nueve y doce años, demasiado mayores ya para quedarse encerrados en un patio o un barrio, pero demasiado jóvenes para trabajar, aunque fuese barriendo la acera delante de las tiendas o llevar pedidos por las casas en bicicleta. La mayoría de ellos vivían en el arrabal al norte del pueblo, así que era de esperar que se buscaran un trabajo por el estilo en cuanto tuvieran edad para hacerlo, y que ninguno de ellos fuera a estudiar al internado de Appleby o al del Alto Canadá. Y aunque ninguno vivía en una choza ni tenía un pariente en la cárcel, las diferencias entre las costumbres de cada casa y lo que se esperaba de ellos en la vida eran notables. Pero esas diferencias se atenuaban en cuanto perdían de vista la cárcel del condado, el silo y las torres de la iglesia, y estaban demasiado lejos para oír las campanadas del reloj del juzgado.

Volvieron al pueblo a paso ligero. A veces trotaban un poco, pero no corrían. Abandonaron los saltos, las distracciones, los chapoteos, y dejaron también de lado las risotadas y los alaridos que hacían en el camino de ida. Descubrían nuevos tesoros arrastrados por la corriente, pero pasaban de largo. Avanzaban como adultos, de hecho, a un ritmo sostenido y por el camino más razonable, sin perder de vista adónde tenían que ir y lo que había que hacer a continuación. Como si estuvieran muy cerca de algo y solo los separara del mundo la imagen que tenían delante de los ojos, que era lo que parecía sucederles a la mayoría de los adultos. La charca, el coche, el brazo, la mano. Barajaban la idea de que al llegar a un lugar determinado empezarían a gritar. Entrarían en el pueblo chillando y pregonando el suceso, y todo el mundo se quedaría paralizado, asimilando la noticia.

Cruzaron el puente como de costumbre, por el pretil, pero sin ninguna sensación de riesgo, ni de valentía, ni tampoco de descuido. Podrían haber cruzado lo mismo por el arcén.

En lugar de seguir la carretera serpenteante por la que se llegaba tanto al embarcadero como a la plaza, subieron directamente el terraplén por un sendero que salía cerca de los galpones del ferrocarril. El reloj dio la campanada del primer cuarto. Las doce y cuarto.

A esa hora la gente volvía a casa a comer. Los que trabajaban en una oficina tenían la tarde libre, pero los que trabajaban en las tiendas solían disponer de una hora a mediodía, porque los sábados abrían hasta las diez o las once de la noche.

La mayoría de la gente iba a casa a comer un plato caliente, una comida que llenara. Chuletas de cerdo, o salchichas, o ternera cocida, o pastel de carne. Siempre acompañado de patatas, fritas o en puré; o de tubérculos que se guardaban para el invierno, o col, o cebollas con bechamel. (Algunas amas de casa, más ricas o más despreocupadas, quizá hubieran abierto una lata de guisantes o alubias). Pan, bollos, confituras, tarta. Incluso los que no podían ir a casa, o los que por alguna razón preferían no hacerlo, pedían una comida parecida en el Duke of Cumberland o en el hotel Merchant, o, por menos dinero, tras los ventanales empañados del Shervill’s Dairy Bar.

Los que volvían a casa a esa hora eran hombres en su mayoría. Las mujeres ya estaban allí, se pasaban allí todo el día. Pero algunas mujeres de mediana edad que trabajaban en una tienda o una oficina por alguna razón ajena a su voluntad (un marido muerto, o un marido enfermo, o directamente sin marido) eran amigas de las madres de los chicos, y los saludaron desde el otro lado de la calle (Bud Salter lo pasaba peor, porque le llamaban Buddy) con un aire divertido o cargado de intención que les hacía pensar en todo lo que sabían de los asuntos de la familia, o de las infancias lejanas.

Los hombres no se molestaban en saludar a los chicos por su nombre, ni aunque los conocieran bien. Los llamaban «chicos», o «jovencitos» o, alguna que otra vez, «señores».

«Que pasen un buen día, señores».

«¿Vais ya para casa, chicos?».

«¿En qué travesuras andáis esta mañana, jovencitos?».

Todos estos saludos tenían un punto de socarronería, pero había diferencias. Los hombres que decían «jovencitos» estaban mejor dispuestos —o pretendían parecerlo— que los que decían «chicos». «Chicos» podía ser una señal de que se avecinaba una reprimenda, por fechorías que tanto podían ser imprecisas como concretas. Quien decía «jovencitos» era porque alguna vez también había sido joven. Llamarlos «señores» era burla y menosprecio en toda regla, pero no abría la puerta a ningún reproche, porque a alguien que hablaba así le traía sin cuidado.

Los chicos contestaban, sin levantar nunca la vista más allá del bolso de las señoras o la nuez de Adán de los hombres. Decían «Hola» alto y claro, porque, si no, ahí podían empezar los problemas, y en respuesta a una pregunta decían «Sí, señor» o «No, señor», o «No mucho». Incluso ese día en cuestión esas voces les provocaron cierta inquietud y confusión, y respondieron con la reticencia de costumbre.

En una esquina determinada tuvieron que separarse. Cece Ferns, siempre el más ansioso por llegar a casa, se marchó primero.

—Nos vemos después de cenar —dijo.

—Sí —dijo Bud Salter—. Luego tenemos que ir al centro.

Todos entendieron que quería decir «al centro, a la comisaría de policía». Por lo visto, sin necesidad de hablarlo entre ellos, habían acordado un nuevo plan de acción, una manera más discreta de dar la noticia. Pero no dijeron expresamente que no iban a contar nada en casa. No había ninguna razón de peso para que Bud Salter o Jimmy Box no lo hicieran.

Cece Ferns nunca contaba nada en casa.

Cece Ferns era hijo único. Sus padres eran más viejos que los de la mayoría de los otros chicos, o quizá solo parecían más viejos por la mala vida que llevaban. En cuanto se separó de los demás, Cece apretó el paso, como hacía normalmente en el último trecho hasta casa. No era que tuviera ganas de llegar, ni que pensara que iba a arreglar algo por apresurarse. Tal vez lo hacía para que pasara más rápido, porque ese último trecho siempre tenía que estar lleno de aprensión.

Su madre estaba en la cocina. Bien. Se había levantado de la cama, aunque todavía iba en bata. Su padre no estaba, y eso también era bueno. Su padre trabajaba en el silo y tenía el sábado por la tarde libre, y si no había llegado aún lo más probable es que hubiera ido directamente al Cumberland. Eso significaba que pasaría un rato largo hasta que tuviera que lidiar con él.

El padre de Cece se llamaba Cece Ferns, igual que él. Era un nombre conocido y en general apreciado en Walley, y cuando alguien lo mencionaba al contar una anécdota incluso treinta o cuarenta años más tarde, se daba por hecho que todo el mundo sabía que hablaban del padre, no del hijo. Si alguien relativamente nuevo en el pueblo comentaba «Me extraña que Cece haga eso», le decían que nadie se refería a ese Cece.

«No, él no, hablamos de su padre».

Hablaban de cuando Cece Ferns fue al hospital, o lo llevaron, con una neumonía o alguna otra cosa grave, y las enfermeras lo envolvieron en toallas o sábanas húmedas para bajarle la fiebre. Sudó la calentura, y todas las toallas y las sábanas quedaron teñidas de marrón. Era la nicotina que llevaba dentro. Las enfermeras nunca habían visto nada igual. Cece estaba pletórico. Alardeaba de que fumaba tabaco y bebía alcohol desde los diez años.

Y aquella vez que fue a la iglesia. No se sabía bien por qué, pero era la iglesia baptista, y su mujer era baptista, así que quizá fue para complacerla, aunque eso todavía era más difícil de imaginar. Aquel domingo se daba la comunión, y en la iglesia baptista el pan es pan, pero el vino es mosto de uva. «¿Esto qué es? —exclamó Cece Ferns sin disimulo—. Si esta es la sangre del Cordero de Dios, debía de estar anémico perdido».

Los preparativos para el almuerzo estaban en marcha en la cocina de los Ferns. En la mesa había una hogaza de pan cortado en rebanadas y una lata de dados de remolacha abierta. Unas cuantas lonchas de mortadela ya estaban fritas —antes de los huevos, aunque era preferible ponerlas después— y apartadas al lado de los fogones, para que no se enfriaran del todo. Y ahora la madre de Cece había empezado a preparar los huevos. Estaba encorvada delante de la cocina con la espumadera en una mano y la otra sujetándose el estómago para calmar algún dolor.

Cece le agarró la espumadera y bajó el fuego, que estaba demasiado fuerte. Tuvo que apartar la sartén mientras el hornillo se enfriaba, para evitar que las claras del huevo quedaran duras o se quemaran en los bordes. No había llegado a tiempo de limpiar la grasa rancia y poner un poco de manteca fresca en la sartén. Su madre nunca limpiaba la grasa rancia, la dejaba ahí entre una comida y la siguiente y añadía un poco de manteca si hacía falta.

Cuando le pareció que el hornillo estaba a la temperatura justa, volvió a poner la sartén al fuego y fue empujando los bordes de los huevos, que parecían puntillas, hasta darles forma redonda. Encontró una cuchara limpia y roció un poco de grasa caliente en las yemas para cuajarlas. A él y a su madre les gustaba tomar así los huevos, pero a veces a ella no le quedaban al punto. A su padre le gustaban los huevos vuelta y vuelta, aplastados como tortitas y duros como una suela de zapato, sazonados con mucha pimienta. Cece también podía prepararlos a su gusto, si quería.

Ninguno de los otros chicos sabía cuánta maña se daba Cece en la cocina; como tampoco sabían nada del escondite que se había preparado fuera de la casa, en la esquina donde acababa la ventana del comedor, tapada por el agracejo rojo.

Su madre se sentó al lado de la ventana mientras él terminaba de cocinar. De vez en cuando miraba de reojo la calle. Aún cabía la posibilidad de que su padre volviera a casa a comer algo. Quizá no llegara borracho, aunque su comportamiento no siempre dependía de lo borracho que estuviera. Si entraba en la cocina en este momento podía pedirle a Cece que preparara unos huevos también para él. Entonces podía preguntarle dónde se había dejado el delantal y decirle que sería una mujercita estupenda para algún tipo con suerte. Así es como se comportaría si estaba de buen humor. Si estaba de peor humor empezaría por echarle a Cece una de aquellas miradas suyas —o sea, con una expresión exagerada, absurdamente amenazadora— y le diría que se anduviera con cuidado.

«Te crees muy listo, ¿eh? Bueno, más te vale andarte con cuidado».

Si Cece le sostenía la mirada, o quizá si no lo miraba, o si soltaba la espumadera o la dejaba caer de golpe, o incluso si iba con pies de plomo para no dejar caer nada ni hacer ningún ruido, a su padre le daba entonces por enseñar los dientes y empezar a gruñir como un perro. Habría parecido ridículo —era ridículo— de no ser porque iba completamente en serio. Un minuto más tarde la comida y los platos estarían por el suelo, y las sillas o la mesa volcadas, y el padre podía estar persiguiendo a Cece por la cocina gritando que cuando lo atrapara le aplastaría la cara contra el hornillo caliente, ¿qué le parecía eso? Cualquiera que lo viera creería que se había vuelto loco. Pero si en ese momento llamaban a la puerta —si un amigo del padre pasaba a buscarlo, por ejemplo—, cambiaba la cara como si nada y abría la puerta y saludaba al amigo a voces en tono de chanza.

«Estoy contigo en dos patadas. Te invitaría a entrar, pero la mujer ha estado otra vez tirando los platos».

No pretendía que nadie se lo creyera. Decía esas cosas para que todo lo que pasaba en su casa sonara a chiste.

La madre de Cece le preguntó si ya empezaba a hacer calor y dónde había estado por la mañana.

—Sí —dijo él—: Por ahí, en los llanos.

Ya le había parecido que traía el olor del viento fresco, comentó su madre.

—¿Sabes qué voy hacer en cuanto terminemos de comer? —dijo luego—. Me prepararé una bolsa de agua caliente y me meteré en la cama, a ver si así recupero fuerzas y me dan ganas de hacer algo.

Era lo que casi siempre decía, pero cada vez lo anunciaba como si fuera una idea que se le acababa de ocurrir, una decisión esperanzada.

Bud Salter tenía dos hermanas mayores que nunca hacían nada útil a menos que su madre las obligara. Y nunca se contentaban con arreglarse el pelo, pintarse las uñas, lustrarse los zapatos o maquillarse, ni siquiera cambiarse de ropa, dentro de los límites de su habitación o el cuarto de baño. Esparcían sus peines, sus rulos, sus polveras, sus pintaúñas y sus betunes por toda la casa. Además cargaban todos los respaldos de las sillas con sus vestidos y blusas recién planchados, y tendían sus rebecas a secar sobre toallas por todos los huecos libres del suelo. (Luego te chillaban si pasabas cerca). Se apostaban delante de varios espejos: el espejo del perchero del recibidor, y el espejo al lado de la puerta de la cocina, con la repisa siempre atestada de imperdibles, horquillas, peniques sueltos, botones, cabos de lápices. A veces una de ellas se pasaba veinte minutos o más delante de un espejo, mirándose desde distintos ángulos, inspeccionándose los dientes, echándose el pelo hacia atrás y luego despeinándoselo hacia delante. Al final se alejaba, aparentemente satisfecha, o al menos lista, pero solo para ir a la siguiente habitación, al siguiente espejo, donde empezaba de nuevo como si le acabaran de entregar una cabeza nueva.

Ahora mismo la más mayor, la que se suponía que era la guapa, estaba quitándose las horquillas del pelo delante del espejo de la cocina. Tenía la cabeza cubierta de rizos relucientes como caracoles. Su otra hermana, por orden de su madre, estaba triturando las patatas para el puré. Su hermano de cinco años estaba sentado en su sitio a la mesa, golpeando el cuchillo y el tenedor rítmicamente al grito de «¡Quiero que me sirvan! ¡Quiero que me sirvan!».

Era lo que decía su padre a veces, cuando bromeaba.

Bud se acercó a su hermano y le habló en voz baja.

—Mira. Otra vez está poniendo grumos en el puré de patatas.

Su hermano dejó de cantar y empezó a quejarse.

—No me lo comeré si pone grumos. Mamá, no me lo comeré si pone grumos.

—Anda ya, no seas tonto —dijo la madre de Bud. Estaba friendo rodajas de manzana y aros de cebolla con las chuletas de cerdo—. Deja de lloriquear como un crío.

—Ha sido Bud —dijo la hermana más mayor—. Bud ha ido a decirle que está poniendo grumos en el puré. Siempre le dice lo mismo, y él no se da cuenta de que le toma el pelo.

—Creo que voy a hacerte puré la cara, Bud —dijo Doris, la hermana que trituraba las patatas. No siempre decía esas cosas por las buenas: una vez le dejó a Bud las uñas marcadas en la mejilla.

Bud se acercó a la alacena, donde había una tarta de ruibarbo enfriándose. Fue a buscar un tenedor y empezó a pincharla con cuidado a hurtadillas, dejando escapar el delicioso vapor, un dulce olor a canela. Trataba de abrir un hueco en uno de los bordes de la masa para probar el relleno. Su hermano lo vio, pero estaba demasiado asustado para decir nada. Era un niño muy consentido y sus hermanas lo defendían a cada momento; Bud era el único de la casa al que respetaba.

—Quiero que me sirvan —repitió, ahora en un tono más bajo y comedido.

Doris fue a la alacena a buscar el cuenco para el puré de patatas. Bud hizo un movimiento en falso y una parte de la masa se desmoronó.

—Y encima ahora está estropeando la tarta —dijo Doris—. Mamá, está estropeando tu tarta.

—Cierra la maldita boca —dijo Bud.

—Deja la tarta en paz —dijo la madre de Bud con severidad estudiada, casi serena—. Basta de maldecir. Basta de ir con el cuento. A ver si crecéis de una vez.

Jimmy Box se sentó a cenar a la mesa, apretujado con el resto de su familia. Jimmy, su padre, su madre y sus hermanas, de cuatro y seis años, vivían en casa de su abuela, con la abuela, la tía abuela Mary y un tío soltero. Su padre tenía un taller de reparación de bicicletas en el cobertizo de atrás de la casa, y su madre trabajaba en los almacenes Honeker.

El padre de Jimmy estaba lisiado, a raíz de un ataque de polio cuando tenía veintidós años. Caminaba doblado hacia delante desde las caderas, apoyándose en un bastón. No se le notaba mucho cuando estaba en el taller, porque ese trabajo requería estar encorvado de todos modos. Cuando iba por la calle sí se veía que andaba muy raro, pero nadie se metía con él ni lo imitaba para burlarse. De joven había sido una figura destacada del hockey y el béisbol en el pueblo, y aún conservaba un halo de la gracia y el coraje de sus tiempos de jugador, que daba perspectiva a su estado actual y permitía verlo como una etapa más (por definitiva que fuera). Él alentaba esa impresión gastando bromas tontas y adoptando un tono optimista, negando el dolor que delataban sus ojos hundidos y que muchas noches lo mantenía en vela. Y, a diferencia del padre de Cece Ferns, no cambiaba de humor en cuanto ponía un pie en su casa.

Aunque, claro, la casa no era suya. Su mujer se había casado con él después de que quedara lisiado, por más que estaban comprometidos desde antes, y pareció natural que se instalaran en la casa de su madre, para que la madre pudiera cuidar a los niños que llegaran mientras ella iba a trabajar. A la madre también le pareció natural hacerse cargo de otra familia; igual de natural que su hermana Mary se fuera a vivir con todos ellos cuando le falló la vista, y que su hijo Fred, que era extremadamente tímido, siguiera viviendo en casa hasta que encontrara un sitio mejor. Era una familia que soportaba las cargas con más resignación aún que los cambios del tiempo. De hecho en esa casa nadie se habría referido a la enfermedad del padre de Jimmy o de la vista de la tía Mary como si fueran una carga o un problema mayor que la timidez del tío Fred. Los reveses y la adversidad se encajaban como venían, no se distinguían de la otra cara de la moneda.

En la familia estaba arraigada la idea de que la abuela de Jimmy era una excelente cocinera. Y quizá lo fuera en otros tiempos, pero en los últimos años la cosa había decaído. Se practicaban economías que esa época no se justificaban. La madre y el tío de Jimmy ganaban un sueldo decente, y su tía Mary cobraba la pensión, y el taller de bicicletas tenía una buena clientela, pero se gastaba un huevo cuando había que poner tres, y el pastel de carne llevaba una taza extra de copos de avena. Luego trataba de compensarse regándolo todo generosamente con salsa inglesa o espolvoreando las galletas con mucha nuez moscada. Sin embargo, nadie se quejaba. Todo eran cumplidos. En aquella casa las quejas eran tan raras como los rayos globulares. Y todo el mundo decía «Disculpa», incluso las niñas decían «Disculpa», cuando chocaban unos con otros sin querer. Todo el mundo pasaba las cosas amablemente, y las pedía por favor, y daba las gracias en la mesa, como si cada día hubiera invitados. Así era como se las arreglaban para vivir tan apiñados, con ropas amontonadas en una misma percha, abrigos colgados en el pasamanos, y los catres desplegados permanentemente en el comedor para Jimmy y el tío Fred, y el aparador tapado bajo un montón de ropa por planchar o remendar. Nadie corría por las escaleras, ni daba portazos, ni ponía la radio alta, ni decía nada desagradable.

¿Eso explicaba que Jimmy mantuviera la boca cerrada aquel sábado durante el almuerzo? Todos mantuvieron la boca cerrada, los tres. En el caso de Cece se entendía. Su padre no habría soportado que Cece diera a conocer un suceso tan importante. Lo habría tachado de mentiroso, por sistema. Y la madre de Cece, que lo juzgaba todo por las reacciones del padre, habría pensado —con razón— que el mero hecho de ir a la comisaría de policía con aquella historia provocaría un trastorno en casa, así que le habría pedido que por favor se callara. Los otros dos chicos, en cambio, vivían en hogares medianamente razonables y podrían haber hablado. En casa de Jimmy habrían recibido la noticia con consternación y cierto recelo, pero enseguida habrían admitido que no era culpa de Jimmy.

Las hermanas de Bud le habrían preguntado si estaba loco. Puede que incluso tergiversaran las cosas para insinuar que era típico de él algo tan repugnante como encontrar un cadáver, pero su padre, que era un hombre sensato y paciente, acostumbrado a oír historias rocambolescas en la agencia de transporte ferroviario de mercancías donde trabajaba, habría hecho callar a las hermanas y, después de hablar seriamente con Bud para asegurarse de que decía la verdad y no exageraba, habría llamado a la policía.

Era simplemente que sus casas parecían demasiado llenas, había demasiadas cosas con las que bregar. Y eso tanto valía para la casa de Cece como para las demás, porque incluso cuando su padre no estaba persistía a todas horas la amenaza y el recuerdo de su presencia desquiciada.

—¿Lo has contado?

—¿Y tú?

—Yo tampoco.

Echaron a andar hacia el centro, sin pensar por dónde iban. Doblaron por Shipka Street y cuando se dieron cuenta estaban pasando por delante de la casa estucada de una planta donde vivían el señor y la señora Willens. Solo entonces la reconocieron. Tenía una pequeña ventana en voladizo a cada lado de la puerta de entrada y un pequeño porche con espacio para un par de sillas, que ahora no estaban pero donde solían sentarse el señor Willens y su mujer a tomar el fresco las noches de verano. Habían construido un anexo a un lado de la casa, con el tejado plano y salida a la calle, al que se accedía por un sendero independiente. En la placa que había junto a la puerta se leía: D. M. WILLENS, OPTOMETRISTA. Ninguno de los chicos se había visitado nunca en esa consulta, pero la tía de Jimmy, Mary, solía ir a buscar sus colirios, y su abuela se hacía allí las gafas. Igual que la madre de Bud Salter.

El estuco era de un color rosa palo, y las puertas y los marcos de las ventanas estaban pintados de marrón. Como en la mayoría de las casas del pueblo, aún no habían quitado los postigos. La vivienda no tenía nada de especial, pero el jardín era famoso por sus flores. La señora Willens era una consumada jardinera; ella no cultivaba sus flores en largas hileras bordeando el huerto, como la abuela de Jimmy y la madre de Bud. Las plantaba en macizos redondos o en forma de media luna, y por todas partes, y también en arriates alrededor de los árboles. En un par de semanas el jardín se llenaría de narcisos. Ahora mismo, sin embargo, lo único que estaba en flor era el arbusto de forsitia en la esquina de la casa. Llegaba prácticamente a la altura de los aleros y derramaba sus flores amarillas como una fuente.

La forsitia se meció, pero no por el viento: tras el arbusto apareció una figura encorvada vestida de marrón, que resultó ser la señora Willens. Era una mujer menuda, e iba enfundada en las viejas ropas que usaba para trabajar en el jardín, unos pantalones holgados y una chaqueta raída, además de una gorra de plato que quizá fuera de su marido, porque casi le tapaba los ojos. Llevaba unas tijeras de podar.

Los chicos aminoraron el paso; era eso o echar a correr. Tal vez pensaron que con suerte no los vería, que se podían confundir con postes, pero ella ya los había visto y se acercaba a ellos a paso rápido.

—Veo que os habéis quedado embobados con mi forsitia —dijo la señora Willens—. ¿Queréis unos ramos para casa?

Si estaban embobados no era por la forsitia, sino por la escena en conjunto: todo parecía igual que siempre, la placa junto a la puerta de la consulta, las cortinas abiertas para que entrara la luz. Nada lúgubre ni ominoso, nada que dijera que el señor Willens no estaba dentro y su coche guardado en el garaje detrás de la consulta y no en la poza de Jutland. Y la señora Willens trabajando en el jardín, donde cualquiera habría esperado encontrarla —todo el mundo en el pueblo lo decía— en cuanto se derritiera la nieve. Y llamándolos con aquella voz suya, áspera por el tabaco, brusca y desafiante pero en absoluto hostil, una voz que se podría reconocer de lejos o salir del fondo de cualquier comercio.

—Esperad —dijo—. Esperad, que os daré un poco.

Empezó a cortar con destreza, selectivamente, unas cuantas ramas, y cuando tuvo las que quería se acercó a ellos tapada por una cortina de flores de un vivo color amarillo.

—Tomad —dijo—. Llevádselas a vuestras madres. Siempre da gusto ver la forsitia, es lo primero que brota en primavera. —Estaba repartiendo las ramas entre los tres—. Como la Galia —dijo—. La Galia se divide en tres partes. Debéis de saberlo, si estudiáis latín.

—Todavía no estamos en secundaria —dijo Jimmy, a quien el trato diario en casa había preparado mejor que a los demás para hablar con las señoras.

—¿Ah, no? —dijo ella—. Bueno, os aguardan grandes cosas por delante. Decidles a vuestras madres que las pongan en agua templada. Bah, estoy segura de que ya lo saben. Os he dado ramas que aún no han brotado del todo, así que deberían durar muchísimo.

Le dieron las gracias —Jimmy primero, y los otros siguieron su ejemplo— y luego se encaminaron de nuevo al centro, con los brazos cargados de flores. No tenían ninguna intención de volver a casa a dejarlas, y confiaban en que la mujer tampoco sabría muy bien dónde vivían. Siguieron andando y se volvieron disimuladamente para ver si los estaba mirando.

No, no miraba. De todos modos la casa grande cerca de la acera tapaba la vista.

La forsitia les permitió concentrarse en otra cosa. La vergüenza de ir cargados de flores, cómo deshacerse de ellas. De lo contrario habrían tenido que pensar en el señor y la señora Willens. En cómo podía ella estar tan absorta en el jardín y él ahogado en su coche. ¿Sabría la mujer dónde estaba su marido? Daba la impresión de que no. ¿Sabía por lo menos que había salido? Actuaba como si no pasara nada, nada de nada, y eso fue lo que sintieron ellos también mientras la tenían delante. El hecho de que la mujer no lo supiera pareció desterrar y negar completamente lo que sabían, lo que habían visto.

Dos chicas en bicicleta aparecieron a la vuelta de la esquina. Una era Doris, la hermana de Bud. Nada más verlos, las chicas se pusieron a reír y chillar.

—Oh, mira esas flores —gritaron—. ¿Dónde es la boda? Mira qué damas de honor tan guapas.

Bud gritó lo peor que se le pasó por la cabeza.

—Tienes todo el culo manchado de sangre.

Era mentira, claro, pero una vez había pasado de verdad: Doris había vuelto de la escuela con la falda manchada de sangre. Todo el mundo la había visto, y el recuerdo perduraría para siempre.

Bud estaba seguro de que su hermana lo delataría cuando volviera a casa, pero no lo hizo. Se avergonzaba tanto por lo de aquella otra vez que no podía mencionar el tema, ni siquiera para crearle problemas a su hermano.

Se dieron cuenta de que tenían que deshacerse de las flores enseguida, así que simplemente tiraron las ramas debajo de un coche aparcado. Doblaron hacia la plaza sacudiéndose aún unos pocos pétalos de la ropa.

El sábado todavía era un día importante en aquella época; la gente llegaba al pueblo desde el campo. Ya había coches aparcados alrededor de la plaza y en las calles próximas. Había chicos y chicas del campo, y otros niños más pequeños, del pueblo y del campo, yendo a la matiné del cine.

Era inevitable pasar delante de los almacenes Honeker en la primera calle después de la plaza. Y allí, a la vista de la gente en uno de los escaparates, Jimmy vio a su madre. De vuelta ya al trabajo, estaba enderezando el sombrero de una maniquí, ajustándole el velo, y luego los hombros del vestido. Como era bajita, tenía que ponerse de puntillas. Se había quitado los zapatos para pisar la moqueta del escaparate. Las carnes rosadas de sus talones se transparentaban a través de las medias, y al estirarse se le veía la parte posterior de la rodilla por el corte de la falda. Más arriba había un trasero ancho pero bien formado, y la línea de las bragas o la faja. Jimmy imaginó sus resoplidos, y también el olor de las medias, que a veces se quitaba en cuanto llegaba a casa para que no se le hicieran carreras. Las medias y la ropa interior, incluso la ropa interior limpia de mujer, desprendía un olor íntimo que era a la vez atrayente y desagradable.

Jimmy deseó dos cosas. Que los demás no la vieran (la habían visto, pero la idea de que una madre saliera todos los días a la calle bien vestida y frecuentara la vida del pueblo les resultaba tan ajena que no podían hacer ningún comentario, solo dejarlo pasar) y sobre todo, por favor, que ella no se volviera y lo descubriera. Si eso ocurría, era capaz de ponerse a dar golpecitos en el vidrio y a saludarlo gesticulando con los labios. En el trabajo perdía la serena discreción, la estudiada delicadeza que solía tener en casa. Su talante servicial, normalmente dócil, se volvía efusivo. Antes a Jimmy le encantaba esa otra cara suya, esa chispa, tanto como le fascinaban los almacenes Honeker, con sus largos mostradores de vidrio y madera barnizada, sus grandes espejos en lo alto de las escaleras, donde uno podía mirarse mientras subía a la sección de ropa de señora, en la segunda planta.

«Aquí está mi pequeño vándalo», solía decir su madre, y a veces le deslizaba una moneda de diez centavos. Nunca podía quedarse más de un minuto; el señor o la señora Honeker podían estar vigilando.

Pequeño vándalo.

Palabras que antes eran tan gratas al oído como el tintineo de las monedas, ahora sonaban un poco maliciosas y lo avergonzaban.

Estaban a salvo, habían pasado de largo.

También había que pasar por delante del Duke of Cumberland, pero a Cece no le preocupaba. Si su padre no había ido a casa a almorzar, significaba que todavía seguiría varias horas allí. Aun así, siempre que oía «Cumberland» imaginaba unas tierras asoladas por la tristeza. Incluso cuando no sabía qué significaba, advertía en ese nombre ecos de pesadumbre. Un peso hundiéndose en aguas oscuras, profundas.

Entre el Cumberland y el ayuntamiento había un callejón sin asfaltar, y la comisaría de policía estaba en la parte de atrás del ayuntamiento. Se metieron por el callejón y no tardaron en oír un ruido nuevo, que rivalizaba con el bullicio de la calle. No venía del Cumberland, donde el sonido quedaba amortiguado dentro, porque el local solo tenía unas ventanitas pequeñas, altas, como unos servicios públicos. Venía de la comisaría. La puerta de la oficina estaba abierta, con el tiempo tan bueno que hacía, y desde el callejón se olía el tabaco de pipa y los puros. Normalmente no eran solo agentes de policía quienes estarían en la comisaría, y menos un sábado por la tarde, sentados con la estufa encendida en invierno, o el ventilador en verano, o la puerta abierta para que corriera la brisa en un agradable día de entretiempo como ese. También solía parar por allí el coronel Box; de hecho los chicos oyeron de lejos sus resuellos, las secuelas de una risa asmática que arrastraba desde hacía mucho. Era pariente de Jimmy, pero en la familia lo trataban con frialdad porque no aprobaba el matrimonio de sus padres. Cuando lo reconocía, hablaba a Jimmy en un tono irónico, de sorpresa. «Si alguna vez te ofrece veinticinco centavos, o lo que sea, di que no te hace ninguna falta», le había advertido a Jimmy su madre, pero el coronel Box nunca le había ofrecido nada.

También solía estar ahí el señor Pollock, que se había jubilado de la droguería, y Fergus Solley, que no era medio tonto pero lo parecía, porque lo habían gaseado en la Primera Guerra Mundial. Estos hombres y algunos más se pasaban el día jugando a cartas, fumando, contando historias y tomando café a expensas del pueblo (eso decía el padre de Bud). Quien quería presentar una queja o una denuncia tenía que hacerlo a la vista de todos ellos, que probablemente se enteraban de todo.

Había que aguantarse.

Los chicos se quedaron delante de la puerta abierta. Nadie se había percatado de que estaban allí. «Todavía no estoy muerto», dijo el coronel Box, repitiendo la última frase de alguna anécdota. Los chicos empezaron a alejarse despacio con la cabeza gacha, pateando la grava. Al dar la vuelta a la esquina del edificio empezaron a correr. Al lado de los servicios públicos de caballeros había un chorro de vómito reciente y pastoso en la pared, y un par de botellas vacías tiradas en el suelo. Tuvieron que pasar entre los bidones de basura y las ventanas altas y vigilantes de la oficina del secretario municipal, y así salieron del callejón de gravilla, de vuelta a la plaza.

«Tengo dinero», dijo Cece. Este mensaje práctico y desapasionado fue un gran alivio para todos. Cece hizo tintinear las monedas en su bolsillo. Era el dinero que le había dado su madre cuando fue al dormitorio a decirle que salía, después de lavar los platos. «Llévate cincuenta centavos del aparador», le había dicho. A veces tenía dinero, aunque Cece nunca veía que su padre le diera nada. Y cuando le decía que fuera a buscar unas monedas, o ella misma se las daba, Cece comprendía que su madre se avergonzaba de la vida que llevaban, se avergonzaba por él y además delante de él, y entonces no soportaba verla (aunque se alegraba por el dinero). Menos aún si ella le decía que era un buen chico y que no pensara que no le agradecía todo lo que hacía.

Bajaron por la calle del embarcadero. Al lado de la estación de servicio había un quiosco donde la señora Paquette vendía perritos calientes, helados, caramelos y cigarrillos. A ellos nunca había querido venderles cigarrillos, ni cuando Jimmy decía que eran para su tío Fred, pero no les echaba en cara que lo intentaran. Era una mujer rolliza y bonita, francocanadiense.

Compraron unos látigos de regaliz, negros y rojos. Dejaron el helado para más tarde, cuando les bajara un poco la comida. Se acercaron a un sitio donde había dos viejos asientos de coche apoyados en una valla, que en verano quedaban a la sombra de un árbol. Se sentaron en uno y repartieron los regalices.

En el otro asiento estaba el capitán Tervitt.

El capitán Tervitt había sido realmente capitán muchos años en los barcos que cruzaban el lago. Ahora trabajaba como agente municipal. Detenía el tráfico para que los niños cruzaran la calle delante del colegio y evitaba que se tiraran en trineo por la pendiente en invierno. Tocaba su silbato y levantaba una mano grande, que parecía la de un payaso, enfundada en un guante blanco. Aún era un hombre alto y ancho de espaldas, a pesar de la vejez y el pelo blanco. Los coches hacían lo que decía, y los niños también.

Por la noche recorría el pueblo comprobando que las puertas de las tiendas estuvieran bien cerradas y que no hubiera nadie robando. De día solía dormir en lugares públicos. Cuando hacía mal tiempo, en la biblioteca, y cuando hacía bueno elegía algún lugar al aire libre. No pasaba mucho tiempo en la comisaría, probablemente porque estaba demasiado sordo para seguir la conversación sin su audífono y, como la mayoría de los sordos, detestaba llevar audífono. Y sin duda era un hombre solitario, después de haber pasado tanto tiempo escrutando el horizonte por encima de la proa de los barcos.

Tenía los ojos cerrados y la cabeza recostada hacia atrás, para que el sol le diera en la cara. Cuando los chicos se acercaron a hablar con él (y la decisión se tomó sin necesidad de que lo consultaran, aparte de una mirada de reserva y resignación), tuvieron que despertarlo. Su cara tardó un momento en registrar cómo, cuándo y dónde estaba. Entonces sacó un reloj grande y anticuado del bolsillo, como si diera por hecho que los niños siempre quieren saber la hora, pero ellos siguieron hablándole atolondradamente y un poco avergonzados. «El señor Willens está en la poza de Jutland», dijeron, y «Hemos visto el coche», y «Ahogado». El capitán Tervitt había levantado la mano pidiendo con gestos que se callaran, mientras con la otra mano hurgaba en el bolsillo de los pantalones y sacaba el audífono. Asentía despacio y con seriedad, como alentándolos a tener paciencia, mientras se colocaba el aparato en el oído. Luego levantó las dos manos —Tranquilos, tranquilos— mientras lo comprobaba. Finalmente asintió, esta vez con un gesto seco, y con voz severa, aunque como si hasta cierto punto quisiera bromear con esa severidad, dijo: «Adelante».

Cece, que era el más callado de los tres —así como Jimmy era el más educado y Buddy el más respondón—, hizo que todo diera un vuelco.

«Se ha dejado la bragueta abierta», dijo.

Y entonces los tres chicos dieron un alarido y echaron a correr.

La euforia no desapareció inmediatamente, pero tampoco era algo que pudieran compartir o hablar entre ellos; tuvieron que separarse.

Cece se fue a casa a seguir preparando su escondite. El suelo de cartón, que se había helado durante el invierno, estaba empapado y había que cambiarlo. Jimmy subió al altillo del garaje, donde recientemente había descubierto una caja de las viejas revistas de Doc Savage que su tío Fred leía de jovencito. Bud llegó a casa y encontró a su madre sola, encerando el suelo del comedor. Se pasó una hora hojeando historietas y entonces se lo contó. Pensaba que su madre no tenía experiencia o autoridad más allá del territorio doméstico y que no sabría qué hacer hasta que telefoneara a su padre, pero para su sorpresa llamó inmediatamente a la policía. Luego llamó a su padre. Y alguien se encargó de ir a buscar a Cece y Jimmy.

Un coche de policía se desvió a Jutland desde la carretera municipal y la noticia se confirmó. Un agente y el pastor anglicano fueron a ver a la señora Willens.

—No quería molestarles sin necesidad —dijo la señora Willens, al parecer—. Iba a esperar hasta que anocheciera antes de dar parte.

Les contó que el señor Willens se había ido con el coche al campo a llevarle un colirio a un anciano ciego. A veces se demoraba, dijo. Visitaba a alguien, o el coche se quedaba atascado.

¿Había notado a su marido desmoralizado últimamente?, le preguntó el policía.

—Ni muchísimo menos —dijo el pastor—. Era el baluarte del coro.

—Esa palabra no estaba dentro de su vocabulario —añadió la señora Willens.

Se habló bastante en el pueblo de que los chicos se sentaran a comer y no dijeran una sola palabra. Y que luego se compraran un puñado de látigos de regaliz. Alguien inventó un nuevo apodo —Salvavidas— y los tres cargaron con él a partir de entonces. A Jimmy y a Bud siguieron llamándolos así hasta que se marcharon del pueblo, y Cece —que se casó joven y empezó a trabajar en el silo— vio cómo el mote pasaba a sus dos hijos. A esas alturas ya nadie pensaba en lo que significaba.

El insulto al capitán Tervitt quedó en secreto.

Los chicos esperaban algún tipo de recriminación, alguna mirada altiva de agravio o de condena, la próxima vez que tuvieran que pasar bajo su brazo levantado al cruzar la calle para ir a la escuela. Pero el capitán Tervitt mantuvo en alto la mano enguantada, la noble mano blanca de payaso, con su benevolencia y serenidad de costumbre. Y dio su consentimiento.

Adelante.

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