Poema de Claudia Rankine (en español e inglés)

29 Julio – 18 Agosto 2014   Haciendo sitio

Guión para una ficción pública en el Hammer Museum

En el tren la mujer que está de pie te hace pensar que no hay asientos libres. Y en realidad hay uno. ¿La mujer va a bajarse en la siguiente parada? No, preferiría estar de pie todo el trayecto hasta Union Station.

El espacio que hay junto al hombre es la pausa en una conversación que de pronto sientes la urgencia de llenar. Pasas rápido por encima del miedo de la mujer, un miedo que comparte con el resto. Dejas que se lo quede.

Conforme te sientas el hombre no se da por enterado porque el hombre sabe mucho más del sitio vacío que tú. Para él, imaginas, es como respirar, no le sorprende; se ha visto empujado a pensar tanto en ello que no lo llamarías pensamiento.

Cuando, al abandonar su asiento un pasajero, se sienta la mujer, le echas un vistazo al hombre. Hunde la mirada más allá de la ventana, en lo que parece oscuridad.

Te sientas al lado del hombre en el tren, autobús, el avión, sala de espera, en cualquier lugar en el que pueda estar maldito. Pones tu cuerpo ahí en su inmediación, adyacente, a lo largo, dentro.

No hablas de no ser interpelada y tu cuerpo le habla al espacio que llenas y te obcecas en llenarlo salvo que el espacio le pertenece al cuerpo del hombre que está junto a ti, no a ti.

Adonde él va, va el espacio. Si el hombre dejara su asiento antes de Union Station tú no serías más que una persona en un asiento del tren. Y dejarías de debatirte con el asiento sin ocupar cuándo dónde por qué el espacio no quiere perder su significado.

Imaginas que si el hombre hablara contigo diría: no pasa nada, estoy bien, no tienes que sentarte ahí. No tienes por qué sentarte y te sientas y miras más allá de él hacia la oscuridad que el tren se encuentra atravesando. Un túnel.

La oscuridad te permite, entretanto, mirar hacia él. ¿Nota que le miras? Lo sospechas. ¿Qué significado tiene la sospecha? ¿Qué hace la sospecha?

El gris verdoso suave de tu abrigo de algodón toca su manga. Estáis hombro con hombro aunque si fuerais de pie te sentirías empequeñecida. Te sientas en reparación de lo que ha hecho ¿quién a quién? Borras el pensamiento. Y demasiado tarde, a lo mejor.

Puede que sea siempre demasiado tarde o demasiado pronto. El tren se mueve demasiado rápido como para que tus ojos se acostumbren a nada que esté más allá del hombre, la ventana, el tunel embaldosado, su resbaladiza oscuridad. De vez en cuando pasa una luz blanca y centellea como un sonido fuera de lugar.

Más allá del pasillo vías habitáculo puerto mundo una mujer le pregunta a un hombre en las filas de adelante si le importaría que intercambiaran los sitios. Desea sentarse junto a su hija o su hijo. Oyes, pero no oyes. No puedes ver.

Es entonces cuando, el hombre que se sienta junto a ti, se gira hacia ti. Y, como asintiendo desde el interior de tu cabeza, convienes que si alguien te pide que te muevas le dirás viajamos en familia.

July 29–August 18, 2014 / Making Room

Script for Public Fiction at Hammer Museum

On the train the woman standing makes you understand there are no seats available. And, in fact, there is one. Is the woman getting off at the next stop? No, she would rather stand all the way to Union Station.

The space next to the man is the pause in a conversation you are suddenly rushing to fill. You step quickly over the woman’s fear, a fear she shares. You let her have it.

The man doesn’t acknowledge you as you sit down because the man knows more about the unoccupied seat than you do. For him, you imagine, it is more like breath than wonder; he has had to think about it so much you wouldn’t call it thought.

When another passenger leaves his seat and the standing woman sits, you glance over at the man. He is gazing out the window into what looks like darkness.

You sit next to the man on the train, bus, in the plane, waiting room, anywhere he could be forsaken. You put your body there in proximity to, adjacent to, alongside, within.

You don’t speak unless you are spoken to and your body speaks to the space you fill and you keep trying to fill it except the space belongs to the body of the man next to you, not to you.

Where he goes the space follows him. If the man left his seat before Union Station you would simply be a person in a seat on the train. You would cease to struggle against the unoccupied seat when where why the space won’t lose its meaning.

You imagine if the man spoke to you he would say, it’s okay, I’m okay, you don’t need to sit here. You don’t need to sit and you sit and look past him into the darkness the train is moving through. A tunnel.

All the while the darkness allows you to look at him. Does he feel you looking at him? You suspect so. What does suspicion mean? What does suspicion do?

The soft gray-green of your cotton coat touches the sleeve of him. You are shoulder to shoulder though standing you could feel shadowed. You sit to repair whom who? You erase that thought. And it might be too late for that.

It might forever be too late or too early. The train moves too fast for your eyes to adjust to anything beyond the man, the window, the tiled tunnel, its slick darkness. Occasionally, a white light flickers by like a displaced sound.

From across the aisle tracks room harbor world a woman asks a man in the rows ahead if he would mind switching seats. She wishes to sit with her daughter or son. You hear but you don’t hear. You can’t see.

It’s then the man next to you turns to you. And as if from inside your own head you agree that if anyone asks you to move, you’ll tell them we are traveling as a family.

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