7 poemas de Michel Houellebecq

Una vida de nada

Yo ya me sentí viejo al poco de nacer;

Los demás luchaban, deseaban, suspiraban;

En mí no sentía más que una añoranza imprecisa.

Nunca tuve nada parecido a una infancia.

En la profundidad de ciertos bosques, sobre una alfombra de musgo,

Repugnantes troncos de árbol sobreviven a su follaje;

En torno a ellos se forma una atmósfera de luto;

En su piel ennegrecida y sucia medran los hongos.

Yo no serví jamás a nada ni a nadie;

Lástima. Vives mal cuando es para ti mismo.

El menor movimiento constituye un problema,

Te sientes desgraciado y, sin embargo, importante.

Te mueves vagamente, como un bicho minúsculo.

Ya apenas eres nada, pero, ¡qué mal lo pasas!

Llevas contigo una especie de abismo

Mezquino y portátil, levemente ridículo.

Dejas de ver la muerte como algo funesto;

De vez en cuando ríes; sobre todo al principio;

Intentas vanamente adoptar el desprecio.

Luego, lo aceptas todo, y la muerte hace el resto.

El amor, el amor

En un cine porno, unos jubilados cascados
Contemplaban, escépticos,
Los retozos mal filmados de dos lascivas parejas;
No había argumento.

He ahí, pensaba yo, el rostro del amor,
El auténtico rostro.
Algunos son seductores, y seducirán siempre,
Y el resto sobrevive.

No existe ni el destino ni la fidelidad,
Sólo cuerpos que se atraen.
Sin sentir ningún apego ni, desde luego, piedad,
Uno juega, y después destroza.

Algunos son seductores y por lo tanto muy amados;
Sabrán lo que es un orgasmo.
Pero hay tantos otros cansados y sin nada que ocultar,
Ni siquiera un fantasma.

Si acaso, una soledad agravada por la impúdica
Alegría de las mujeres;
Si acaso, una certeza: “eso no es para mí”,
Un oscuro y pequeño drama.

Con certeza morirán un poco desengañados,
Sin ilusiones poéticas;
Practicarán a conciencia el arte de despreciarse,
Será algo mecánico.

Me dirijo a todo aquel que nunca haya sido amado,
Que nunca supo gustar;
Me dirijo a los ausentes del sexo liberado,
Y del placer corriente.

No teman amigos, su pérdida es mínima:
El amor no existe en ninguna parte.
Sólo es una broma cruel de la que ustedes son víctimas,
Una jugada de experto.

Transposición, control

La sociedad es quien establece las distinciones
Y los procedimientos de control
Hago acto de presencia en el supermercado,
Interpreto muy bien mi papel.

Asumo mis diferencias,
Delimito mis exigencias
Y abro la mandíbula,
Mis dientes están un poco negros.

El precio de las cosas y los seres se tasa por consenso
transparente
Donde intervienen los dientes,
La piel y los órganos,
La belleza que se marchita.

Ciertos productos con glicerina
Pueden constituir un factor de plusvalía parcial;
Decimos: “Es usted hermosa”;
El terreno está minado.

El valor de los seres y las cosas es generalmente de una precisión extrema Y cuando decimos: “Te quiero”
Establecemos una crítica,
Una aproximación cuántica,
Escribimos un poema.

Sin reconciliarse

Mi padre era un imbécil bárbaro y solitario;
Ebrio de decepción, solo ante el televisor,
Rumiaba unos planes frágiles y muy raros,
Su mayor alegría era verlos fracasar.

Me trató siempre como a una rata a la que perseguir.
La mera idea de un hijo, creo, lo asqueaba.
No soportaba pensar que le aventajase un día,
Solo por seguir vivo cuando él reventara.

Se murió en abril, gimiente y perplejo;
Su mirada delataba una cólera infinita,
Cada tres minutos, insultaba a mi madre,
Criticaba la primavera, hacía bromas procaces.

Al final, justo antes de acabar su agonía,
Una calma breve recorrió su pecho.
Sonrió al decir “estoy nadando en orina”,
Y después se apagó con un ligero estertor.

La grieta

En la inmovilidad, el silencio impalpable,
Yo estoy ahí. Estoy solo. Si me golpean, me muevo.
Trato de proteger una cosa roja y sangrante,
El mundo es un caos preciso e implacable.

Hay gente alrededor, los oigo respirar
Y sus pasos mecánicos se cruzan sobre el enrejado.
He sentido, no obstante, el dolor y la rabia;
Cerca de mí, muy cerca, un ciego suspira.
Hace muchísimo tiempo que sobrevivo. Tiene gracia.
Recuerdo muy bien los tiempos de esperanza
E incluso recuerdo mi primera infancia,
Pero creo que es éste mi último papel.

¿Sabes? Lo vi claro desde el primer segundo,
Hacía algo de frío y yo sudaba de miedo
El puente estaba roto, eran las siete en punto
La grieta estaba ahí, silenciosa y profunda.

Hipermercado, Noviembre

Primero tropecé con un congelador.

Me asusté un poco y me puse a llorar.
Alguien masculló que yo rompía el clima;
Para parecer uno más, seguí adelante.

Barriobajeros embrutecidos de mirada animal
Se cruzaban sin prisa junto al agua mineral.
De entre los anaqueles llegaba un rumor
Como de circo y desmadre.
Se me torcieron los pasos.

Me empotré en el mostrador de los quesos;
Había dos viejas comprando sardinas.
Una se volvió y le dijo a la otra:
“Hay que ver qué pena, un chico de su edad”.

Y luego vi unos pies, circunspectos y anchos:
Era un vendedor que tomaba medidas.
Muchos se sorprendieron con mis nuevos zapatos;
Una última vez me quedé un poco al margen.

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