Ciencia ficción: precursores y fundadores, por Elvio E. Gandolfo

Capítulo primero de “El libro de los géneros recargado” de Elvio E. Gandolfo, editado por Blatt & Ríos. 

 

La ciencia ficción, al igual que la narración policial, la novela rosa o el western, es una forma literaria popular, y entra dentro del fenómeno de los “géneros”, que se desarrolla desde mediados del siglo XIX hasta la actualidad. El término “género” tiene en este caso un matiz distinto, más limitado y particular, que cuando se lo emplea para referirse a las diferencias entre la novela, el drama o la poesía. En ese sentido está relacionado sobre todo con la difusión, y su consideración incluye elementos que no suelen tenerse en cuenta para valorar una obra literaria a secas. Así, por ejemplo, dentro de la evolución de un género suelen ser más importantes las obras “básicas”, las que destacan la originalidad, el primer empleo de un tema, por ejemplo, que las obras “mejores”, desde un punto de vista estilístico. Importa más el tiraje de un libro, la cantidad de público que lo lee, que su calidad intrínseca, siempre si hablamos dentro de ese género.

No puede dejar de tenerse en cuenta, sin embargo, que hay múltiples vasos de comunicación entre ese mundo restringido y el de la literatura general. Sobre todo en el siglo XX, los géneros de difusión popular han cumplido un papel vivificador en momentos de estancamiento, no por oculto menos importante.

En el caso de la ciencia ficción su peso dentro de la cultura ha adquirido una amplitud fuera de lo común. Muchas de sus supuestas profecías se han cumplido y su presencia es múltiple en la vida cotidiana. Un aparato demasiado aerodinámico, un ambiente o decorado futurista son de “ciencia ficción” en el habla común.

La omnipresencia del fenómeno hace olvidar en ocasiones que el género pertenece, ante todo, a lo escrito, a la literatura, y que cuenta con una historia compleja y precisa. Aquí nos concentraremos sobre todo en los precursores y en los fundadores del mismo. La línea divisoria entre ambos sería justamente el momento de conformación de una prensa periódica o masiva que le dio su base de difusión y sus virtudes y defectos. En el caso de los precursores no hay conciencia de estar escribiendo dentro de un género preciso; en el de los fundadores esa conciencia ya se va precisando.

Precursores

Con las obras precursoras de la ciencia ficción ocurre como con el descubrimiento de América en el terreno histórico. Es indudable que hubo diversas expediciones anteriores al desembarco de Colón. Pero este último significó el momento definido de choque e interpenetración entre dos mundos, la exploración sistemática de un terreno nuevo. Del mismo modo es indudable la relación que tienen muchas de las obras precursoras con la ciencia ficción, pero no la han generado, se han transformado en antecedentes justamente a partir de su existencia.

Como elemento común a muchos de los textos desperdigados en los siglos anteriores al XIX, puede citarse el hecho de que por lo general tienen que ver con mentes inquisitivas, especuladoras, satíricas, humorísticas, apartadas de las corrientes comúnmente aceptadas de la literatura de la época, y en más de una ocasión pertenecientes a filósofos, predicadores de nuevas sociedades o disconformes radicales con las condiciones vigentes. Dentro del siglo XIX la mayor parte de los escritores cuenta con algún relato encuadrable dentro de la ciencia ficción o la narración fantástica, muy cercana al género que nos ocupa.

Con cierto exagerado propósito de dotar de cartas de nobleza a un género popular se tiende a veces a incluir dentro de él, o como antepasado de él, casi la totalidad no sólo de la literatura sino de los textos escritos por el hombre. Así hay quienes citan fragmentos de la Biblia, del Popol Vuh o de otros libros de orden religioso. Menos erróneo es reconocer la influencia de todo el material mitológico, reencarnado bajo distintos ropajes en la ciencia ficción moderna. En ese sentido pueden citarse obras básicas como la epopeya de Gilgamesh, La Ilíada, La Odisea, incluso en el aspecto de la estructura, de la forma de presentar una serie de aventuras. En lo temático, La República de Platón ha influido a más de una utopía posterior, y el fragmento del Critón donde se cita La Atlántida ha desencadenado bibliotecas enteras de civilizaciones desaparecidas u ocultas.

Con el paso del tiempo, uno de los temas más insistentes es el del viaje a la Luna, o la ubicación de reinos y ciudades imaginarias en el cielo. Luciano de Samosata habla de ellas en su Historia verdadera, en el siglo II. En 1536 Ariosto imagina en el Orlando Furioso un desplazamiento hasta nuestro satélite mediante un ala de buitre y otra de águila. A partir de las observaciones con telescopio de Galileo, realizadas en 1609, los relatos comienzan a incorporar datos científicos. Kepler da a conocer teorías astronómicas bajo forma de sueño en su famoso Somnium (1634). El obispo inglés Francis Godwin publica su The Man in the Moone en 1638, y a mediados de ese siglo aparece uno de los viajes a la Luna más famosos: El otro mundo o Los Estados e imperios de la Luna, de Cyrano de Bergerac, personaje auténticamente novelesco. En él, intenta viajar en primer lugar mediante botellones de rocío (sabido era entonces que la Luna atraía el rocío), pero fracasa y aterriza en Canadá. Luego lo intenta con cohetes (idea realmente de avanzada) y es salvado de caer nuevamente a tierra gracias a la atracción gravitatoria de nuestro satélite. A partir de su llegada, el libro se transforma en un desfile de ideas brillantes en ocasiones, un tanto farragosas en otras, relacionadas con los intereses múltiples de su aventurero autor.

Por su parte el deán irlandés Jonathan Swift describe distintas sociedades y una isla voladora en sus justamente célebres Viajes de Gulliver (1726), donde la acidez de sus críticas y de su cinismo está inextricablemente ligada a su poderosa capacidad narrativa, evitando así la alegoría directa o el texto de tesis. Lo mismo ocurre con el Micromègas (1752) de Voltaire.

La Utopía (1516) de Tomás Moro inaugura el híbrido subgénero utópico, a mitad de camino entre el ensayo y la narración, que sería continuado por Campanella (con La ciudad del sol, 1623), Bacon (con La nueva Atlántida, 1627) e innumerables idealistas posteriores.

El barón danés Louis de Holberg publicó en 1741 su Viaje de Nicolás Klim por el mundo subterráneo, dando origen al tema de la tierra hueca y habitada, que tendría descendientes tan importantes como el Viaje al centro de la tierra de Verne, o Pellucidar, el fantástico mundo de cavernas inventado por E. R. Burroughs, creador de Tarzán.

A partir de 1764, fecha de publicación de El castillo de Otranto de Horace Walpole, aparece la novela gótica, relacionada con lo sobrenatural y el terror, y que inaugurará más de un elemento típico de la ciencia ficción.

Enraizada con vigor en la novela gótica inglesa, y participando de la extraña mezcla de ciencias exactas y ocultismo de fines del siglo XVIII, la novela Frankenstein o el Prometeo moderno (1817), de la novelista inglesa Mary Shelley, bien puede tomarse como el primer indicio concreto de la aparición de un género nuevo. Resultado de una apuesta con su esposo (el poeta Shelley), John Polidori y Byron, y escrita a los dieciocho años de edad, en ella aparecen elementos básicos: el sabio que roza la locura, los peligros de la experimentación, el ser creado que escapa al control de su creador, la parafernalia seudocientífica (el laboratorio con máquinas impresionantes, el poder omnipotente de la electricidad celestial). La novela tuvo gran éxito y conoció adaptaciones teatrales inmediatas y posteriormente adaptaciones cinematográficas que dieron al monstruo estatura de auténtico mito contemporáneo.

Entre los numerosos escritores que incluyen relatos relacionados con este género durante el siglo XIX pueden citarse ante todo a Edgar Allan Poe (en “El entierro prematuro”, “Hans Pfall”, “Manuscrito encontrado en una botella” y, especialmente, en su única novela, Las aventuras de Arthur Gordon Pym), Nathaniel Hawthorne (en “El experimento del Dr. Heidegger”, “La hija de Rapaccini”, “La marca de nacimiento”), Ambrose Bierce, Fitz James O’Brien, Jack London, Samuel Butler y Sir Edward Bulwer Lytton. En Francia, tanto Balzac como Alphonse Daudet y Erckmann-Chatrian ofrecieron ejemplos aislados de ciencia ficción.

La prensa periódica

A partir de mediados del siglo XIX los grandes adelantos en las técnicas gráficas, sumados a la educación primaria compulsiva, crearon un enorme mundo lector y un mecanismo de publicación y distribución de material de lectura que tuvo su manifestación más importante en la prensa periódica.

Ese mecanismo se puso en marcha ante todo en Estados Unidos, Inglaterra y Francia, reproduciéndose luego con pocas variantes en los demás países occidentales.

En Estados Unidos el Saturday Evening Post ya alcanzaba entre 80 y 90 mil ejemplares por número hacia fines de 1855. Se publicaban además revistas semanales y relatos (las dime novels) a bajo precio, para las clases con menos recursos económicos. Ya hacia fines de siglo y principios del XX, publicaciones como la ya citada y el Ladies’ Home Journal tenían un tiraje que oscilaba en el medio millón de ejemplares.

En Inglaterra el editor más destacado era George Newnes, que lanzó las revistas Tit Bits (célebre también en su versión castellana) y The Strand, donde aparecieron la mayor parte de los cuentos de Sherlock Holmes.

Casi todas estas revistas incluían seriales, relatos de diversa medida y también, señal del interés cada vez mayor por lo científico en sus aspectos sensacionalistas, famosos fraudes, como The Moon Hoax, fraguado por un periodista del diario The Sun en 1835, fingiendo informar sobre observaciones del célebre astrónomo Herschel.

La primera revista que incluyó sólo cuentos fue Argosy, a partir de 1896. Era publicada por Frank Munsey, un personaje novelesco, típicamente americano, que llegó a poseer una gran cadena de publicaciones.

Entre los innumerables autores ahora ya olvidados puede citarse a Louis Phillips Senarens (1863-1939), destacable por su productividad: cerca de mil quinientos títulos. Otros autores de mayor o menor importancia, difundidos en ese entonces, son Robert Barr, Fred M. White, Grant Allen, Arthur Conan Doyle, Rider Haggard (cuyas novelas se señalizaban en las publicaciones periódicas norteamericanas) y W. H. Hodgson.

La obra de quienes fundaron la ciencia ficción estaría ya enmarcada dentro de este mundo de producción masiva de libros y revistas.

Fundadores

Con Julio Verne, H. G. Wells y J. H. Rosny Ainé llegamos a los verdaderos padres fundadores. El primero constituyó un adecuado puente de transición con la novela de aventuras. Sus narraciones se basaban hasta donde era posible en la ciencia conocida, y participaban de positivismo filosófico de la época, creyente del progreso, elemento que se fue atenuando en los últimos años de su vida, tiñendo de amargura algunos de sus relatos finales (como El eterno Adán, publicado póstumamente en 1910).

Para precisar lo que lo diferenciaba de H. G. Wells, Verne declaró “Yo aplico la ciencia, él inventa”. La frase, en su concisión, es útil para distinguir también dos grandes ramas de la ciencia ficción en general: la corriente soviética y una reducida porción de la norteamericana (últimamente bautizada como hard science) seguirían a Verne en su respeto por los hechos conocidos y en los propósitos didácticos, aunque con menor empuje y frescura que en el maestro. El resto, que constituye la porción más importante del género, inventaría, como Wells, renovando la narración fantástica y brindándole a la ciencia ficción esa extraña mezcla de lo maravilloso explicado con lo filosófico o lo metafísico que la ha caracterizado hasta hoy.

Las novelas y cuentos de H. G. Wells (1888-1940) asentaron los temas clásicos y hasta el modo de tratarlos, en una producción no muy extensa que abarca pocos años, y conocida en esa época como sus “novelas científicas” (scientific romances). Los temas y títulos más importantes fueron: el viaje por el tiempo en La máquina del tiempo (1896), la locura de la ambición científica desmedida y la revitalización del tema del golem en La isla del Dr Moreau (1896), la invisibilidad en El hombre invisible (1897) y sobre todo la invasión extraterrestre, de tan fecunda continuidad, en La guerra de los mundos (1898), que marcaba además el derrumbe del positivismo y el antropocentrismo de la época victoriana.

La obra del francés J. H. Rosny Ainé (1856-1940) ha sido mucho menos reconocida que la de los autores anteriores, aunque no es menos importante. Como rasgos distintivos pueden anotarse el tono espiritualista de muchos de sus relatos y el ritmo poético de su prosa, a veces de arrebatado panteísmo. Describió el encuentro de seres humanos con una raza extraterrestre en Los Xipéhuz (1887; el ocaso de la vida terrestre ante una nueva forma biológica (los ferromagnetales) en La muerte de la Tierra (1910); un cataclismo cósmico en La fuerza misteriosa (1914) y una típica saga espacial en Los navegantes del infinito (1928).

Para dar punto final a esta imprecisa zona de los fundadores, mencionaremos a dos de los que han quedado más relegados en la consideración histórica y crítica: el francés Albert Robida, eximio dibujante que describió gráfica y literariamente artefactos cotidianos y armas del futuro en obras como Los viajes extraordinarios de Saturnino Farándula, y el periodista norteamericano Edward P. Mitchell, que anticipó con ágil estilo temas de Wells como la invisibilidad y el viaje por el tiempo, e imaginó, entre otras invenciones, la implantación de una computadora dentro de un cerebro humano.

Con esto llegamos a los límites impuestos para el presente trabajo. Incluyendo la producción de las décadas posteriores, que acentuaron por una parte la tendencia literaria en lo estilístico y por otro la diversificación de los medios de expresión o de presencia de la ciencia ficción hasta convertirla en un fenómeno que rompe las barreras de lo literario, pueden apuntarse algunos de sus aportes.

En algunas de sus zonas le ha dado continuidad al relato épico, estancado en el western y presente aquí bajo la forma de la space opera, difundida sobre todo durante la época de la Gran Depresión, en un estallido de sociedades vistosas y aventuras espaciales de capa y espada, que contrastaba con la dura realidad. En otras zonas, la ciencia ficción ha logrado una especie de vulgarización o solidificación alrededor de estructuras de alcance popular de imágenes del inconsciente personal o colectivo que el movimiento surrealista tocó con marcado elitismo; y en un buen par de docenas de novelas importantes ha construido una salida viable para el encajonamiento al que había llegado la novela psicológica burguesa, caída en la evidente decadencia de los best-sellers.

Por último, y quizá más importante, ha desplegado una especie de vastísima visión de los anhelos y pesadillas de la raza humana. Como es lógico, la realidad ha sido menos brillante que la visión (basta comprar lo que brinda hasta ahora la conquista del espacio con los delirios de la space opera). Pero en toda novela o cuento mayor del género se detecta un aliento casi metafísico, de búsqueda de otra cosa, que evita la alegoría y el irracionalismo,  expresándose con las herramientas de la imaginación, sin trampear, sin aprovechar el anhelo público de esa otra dimensión misteriosa para inventar la seudobúsqueda de vanos dioses astronautas.

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