Cómo alimentar a una musa y conservarla, por Ray Bradbury

No es fácil. Nadie lo ha hecho nunca de un modo sistemático. Los que más se esfuerzan acaban ahuyentándola al bosque. Los que le vuelven la espalda y se pasean despreocupados, silbando bajito entre dientes, la oyen andar tras ellos con cautela, atraída por un desdén cuidadosamente adquirido.

Por supuesto, hablamos de La Musa.

El término ha desaparecido del lenguaje de nuestro tiempo. Las más de las veces sonreímos al oírlo y evocamos imágenes de una frágil diosa griega cubierta de helechos, arpa en mano, acariciando la frente de nuestro sudoroso Escriba.

La Musa, entonces, es la más asustadiza de las vírgenes. Se sobresalta al menor ruido, palidece si uno le hace preguntas, gira y se desvanece si uno le perturba el vestido.

¿Qué la aflige?, se preguntarán ustedes. ¿Por qué la estremece una mirada? ¿De dónde viene y adónde va? ¿Cómo lograr que nos visite por períodos más largos? ¿Qué temperatura la complace? ¿Le gustan las voces fuertes o suaves? ¿Dónde se le compra el alimento, de qué calidad y cuánto, y a qué horas come?

Podemos empezar parafraseando un poema de Oscar Wilde, sustituyendo la palabra «Arte» por «Amor»:

El Arte escapará si tu mano es floja, y morirá si aprietas demasiado. Mano leve, mano fuerte, ¿cómo saber si retengo el Arte o lo he soltado?

Que cada cual reemplace, si quiere, «Arte» por «Creatividad», o «Inconsciente» o «Ardor», o cualquier palabra que describa lo que ocurre cuando uno gira como una rueda de fuego y un relato «sucede».

Quizás otra forma de describir a La Musa sería reexaminar esas pequeñas motas de luz, esas etéreas burbujas que cruzan flotando la visión de todos, diminutas pecas en la lente externa y transparente del ojo. Inadvertidas años enteros, pueden volverse de pronto insoportablemente molestas, interrumpirnos a cualquier hora del día. Se entrometen y arruinan lo que se está mirando. El problema de las «manchitas» ha llevado a más de uno al médico. El inevitable consejo es: no les haga caso y se irán. Lo cierto es que no se van; se quedan, pero, más allá de ellas, uno se concentra en el mundo y sus cambiantes objetos, como es debido.

Lo mismo con nuestra Musa. Si ponemos la atención más allá de ella, recupera el aplomo y se aparta.

Es mi opinión que para Conservar a una Musa, primero hay que ofrecerle comida. Cómo se alimenta algo que todavía no está ahí es un poco difícil de explicar. Pero vivimos en un clima de paradojas. Una más no debería hacernos daño.

El hecho es harto simple. A lo largo de la vida, ingiriendo comida y agua, construimos células, crecernos y nos volvemos más grandes y sustanciosos. Lo que no era, ahora es. El proceso no se puede detectar. Sólo se percibe a intervalos. Sabemos que está sucediendo, pero no muy bien cómo ni por qué.

De modo parecido, a lo largo de la vida nos llenamos de son idos, visiones, olores, sabores y texturas de personas, animales, paisajes y acontecimientos grandes y pequeños. Nos llenamos de impresiones y experiencias y de las reacciones que nos provocan. Al inconsciente entran no sólo datos empíricos sino también datos reactivos, nuestro acercamiento o rechazo a los hechos del mundo.

De esta materia, de este alimento se nutre La Musa. Ése es el almacén, el archivo, al que hemos de volver en las horas de vigilia para cotejar la realidad con el recuerdo, y en el sueño para cotejar un recuerdo con otro, lo que significa un fantasma con otro, y exorcisarlos si hace falta.

Lo que para todos los demás es El Inconsciente, para el escritor se convierte en La Musa. Son dos nombres de lo mismo. Pero independientemente de cómo lo llamemos, allí está el centro del individuo que fingirnos encomiar, al que alzamos altares y de la boca para afuera lisonjeamos en nuestra sociedad democrática. Porque sólo en la totalidad de su propia experiencia, que archiva y olvida, es cada hombre realmente distinto de todos los demás. Pues nadie asiste en su vida a los mismos acontecimientos en el mismo orden. Uno ve la muerte antes que otro, o conoce el amor más temprano. Cuando dos hombres ven el mismo accidente, cada uno lo archiva con diferentes referencias, en otro lugar de su alfabeto único. En el mundo no hay cien elementos; hay dos billones. Cada uno dejará una marca diferente en espectroscopios y balanzas.

Sabemos qué nuevo y original es cada hombre, incluso el más lerdo e insípido. Mi padre y yo no fuimos realmente grandes amigos hasta muy tarde. El lenguaje, el pensamiento cotidiano de él no era muy excepcional, pero bastaba que yo dijera «Papá cuéntame cómo era Tombstone cuando tenías diecisiete años», o «¿Y los trigales de Minnesota cuando tenías veinte?», para que papá se largara a hablar de cómo había huido de su casa a los dieciséis, rumbo al oeste a comienzos de este siglo, antes de que se fijaran las fronteras, cuando en vez de autopistas sólo había sendas de caballo y vías de tren y en Nevada arreciaba la Fiebre del Oro.

El cambio en la voz de papá, la aparición de la cadencia o las palabras justas, no sucedía en el primer minuto, ni en el segundo ni en el tercero. Sólo cuando había hablado cinco o seis minutos, y encendido la pipa, volvía de pronto la antigua pasión, los días pasados, las viejas melodías, el tiempo, la apariencia del sol, el sonido de las voces, los furgones surcando la noche profunda, los barrotes, los raíles estrechándose detrás en polvo dorado a medida que adelante se abría el Oeste: todo, todo, y allí la cadencia, el momento, los muchos momentos de verdad y por lo tanto de poesía.

De pronto La Musa se había presentado a papá.

La Verdad se le acomodaba en la mente.

El Inconsciente se ponía a decir lo suyo, intacto, y le fluía por la lengua.

Como debemos hacer nosotros cuando escribirnos.

Como podemos aprender de todo hombre, mujer o niño de alrededor, cuando, conmovidos y emocionados, cuentan algo que hoy, ayer o algún otro día los despertó al amor o al odio. En algún momento, después de chisporrotear húmedamente, la mecha destella y empiezan los fuegos artificiales.

Ah, para muchos es un trabajo duro y dificil meterse con el lenguaje. Pero yo he oído a granjeros hablar de su primera cosecha de trigo en la primera granja de un estado, recién llegados de otro, y aunque no eran Robert Frost parecían su primo tercero. He oído a conductores de locomotora hablar de América en el tono de Thomas Wol- fe, que recorrió nuestro país con estilo como lo recorrían ellos con acero. He oído a madres contar la larga noche de su primer parto y el miedo de que el bebé muriese. Y he oído a mi abuela hablar de la primera pelota que tuvo, a los siete años. Y, cuando se les entibiaban las almas, todos eran poetas.

Si parece que he tomado el camino más largo, quizá sea así. Pero quería mostrar qué llevamos todos dentro, eso que siempre ha estado allí y tan pocos nos molestamos en tener en cuenta. Cuando la gente me pregunta de dónde saco las ideas me da risa. Qué extraño… Tanto nos ocupa mirar fuera, para encontrar formas y medios, que olvidamos mirar dentro.

Para recalcar la cuestión, pues, La Musa está ahí, almacén fantástico, todo nuestro ser. Todo lo más original sólo espera que nosotros lo convoquemos. Y sin embargo sabemos que no es tan fácil. Sabemos cuán frágil es la trama tejida por nuestros padres o tíos o amigos, a quienes una palabra equivocada, un portazo o una sirena de bomberos pueden destruir el momento. Así también, el embarazo, la timidez o el recuerdo de las críticas pueden endurecer a la persona media de modo que cada vez sea menos capaz de abrirse.

Digamos que todos nos hemos alimentado de la vida, primero, y más tarde de libros y revistas. La diferencia es que una de esas series de acontecimientos nos sucedió, y la otra fue alimentación deliberada.

– Si vamos a poner nuestro inconsciente a dieta, ¿cómo preparar el menú?

Bien, la lista podría empezar así:

Lea usted poesía todos los días. La poesía es buena porque ejercita músculos que se usan poco. Expande los sentidos y los mantiene en condiciones óptimas. Conserva la conciencia de la nariz, el ojo, la oreja, la lengua y la mano. Y, sobre todo, la poesía es metáfora o símil condensado. Como las flores de papel japonesas, a veces las metáforas se abren a formas gigantescas. En los libros de poesía hay ideas por todas partes; no obstante, qué pocos maestros del cuento recomiendan curiosearlos.

Mi cuento «La costa en el crepúsculo» es resultado directo de haber leído el encantador poema de Robert Hillyer sobre el encuentro de una sirena cerca de Plymouth Rock. Mi cuento «Vendrán lluvias suaves» se basa en el poema así titulado de Sara Teasdale, y el cuerpo del cuento engloba el tema del poema. De «Aunque siga brillando la luna» de Byron surgió un capítulo de mi novela Crónicas marcianas, que habla de una raza muerta de marcianos que por las noches ya no rondarán los mares vacíos. En estos casos, y docenas más, hice que una metáfora saltara hacia mí, me diera impulso y me lanzara a escribir una historia.

¿Qué poesía? Cualquiera que ponga de punta el pelo de los brazos. No se esfuerce usted demasiado. Tómeselo con calma. Con los años puede alcanzar a T. S. Eliot, caminar junto con él e incluso adelantársele en su camino a otros pastos. ¿Dice que no entiende a Dylan Thomas? Bueno, pero su ganglio si lo entiende, y todos sus hijos no nacidos. Léalo con los ojos, como podría leer a un caballo libre que galopa por un prado verde e interminable en un día de viento.

¿Qué más conviene a nuestra dieta?

Libros de ensayo. También aquí escoja y seleccione, paséese por los siglos. En los tiempos previos a que el ensayo se volviera menos popular encontrará mucho que escoger. Nunca se sabe cuándo uno querrá conocer pormenores sobre la actividad del peatón, la crianza de abejas, el grabado de lápidas o el juego con aros rodantes. Aquí es donde hará el papel de diletante y obtendrá algo a cambio. Porque, en efecto, estará tirando piedras a un pozo. Cada vez que oiga un eco de su Inconsciente se conocerá un poco mejor. De un eco leve puede nacer una idea. De un eco grande puede resultar un cuento.

Busque libros que mejoren su sentido del color, de la forma y las medidas del mundo. ¿Y por qué no aprender sobre los sentidos del olfato y el oído? A veces sus personajes necesitarán usar nariz y orejas para no perderse la mitad de los olores y sonidos de la ciudad, y todos los sonidos del páramo libres aún en los árboles y la hierba de los parques.

¿Por qué esta insistencia en los sentidos? Porque para convencer al lector de que está ahí hay que atacarle oportunamente cada sentido con colores, sonidos, sabores y texturas. Si el lector siente el sol en la carne y el viento agitándole las mangas de la camisa, usted tiene media batalla ganada. Al lector se le puede hacer creer el cuento más improbable si, a través de los sentidos, tiene la certeza de estar en medio de los hechos. Entonces no se rehusará a participar. La lógica de los hechos siempre da paso a la lógica de los sentidos. A menos, claro, que corneta usted algo realmente imperdonable que saque al lector del contexto, como hacer que la Revolución Norteamericana triunfe con ametralladoras o presentar dinosaurios y cavernícolas en la misma escena (vivieron en épocas separadas por millones de años). Yaun en este último caso, una Máquina del Tiempo bien descrita y técnicamente perfecta puede volver a suspender la incredulidad.

Poesía, ensayos. ¿Y qué de los cuentos y las novelas? Por supuesto. Lea a los autores que escriben como espera escribir usted, que piensan como le gustaría pensar. Pero lea también a los que no piensan como usted ni escriben como le gustaría, y déjese estimular así hacia rumbos que quizá no tome en muchos años. Una vez más, no permita que el esnobismo ajeno le impida leer a Kipling, por ejemplo, porque no lo lee nadie más.

Vivimos en una cultura y una época tan inmensamente ricas en basura como en tesoros. En ocasiones es un poco difícil diferenciar la basura del tesoro, así que nos contenemos, temerosos de pronunciarnos. Pero como queremos darnos consistencia, recoger verdades a muchos niveles y de muchas maneras, probarnos en la vida y probar las verdades de otros que se nos ofrecen en tiras cómicas, shows televisivos, libros, revistas, periódicos, obras de teatro y películas, no debemos temer que nos vean en mala compañía. Siempre me he sentido en buenos términos con el «Pequeño Abner» de Al Capp. Creo que Charlie Brown puede enseñarnos mucho de psicología infantil. En los hermosos dibujos del «Príncipe Valiente» de Hal Foster hay todo un mundo de aventura romántica. De niño yo coleccionaba esa maravillosa tira del C. Williams sobre la clase media norteamericana, «A nuestro modo», que quizá más tarde haya influido en mis libros. Tanto soy el Charlie Chaplin de Tiempos modernos en 1935 como el amigo-lector de Aldous Huxley en 1961. No soy una sola cosa. Soy muchas cosas que Norteamérica ha sido en mi tiempo. Fui lo suficientemente sensato como para no dejar de moverme, aprender, crecer. Y nunca he abjurado de las cosas que me alimentaron ni les he vuelto la espalda. Aprendí de Tom Swift y aprendí de George Orwell. Me deleité con el Tarzán de Edgar Rice Burroughs (y sigo respetando esa vieja delicia y no me lavarán el cerebro) como me deleito hoy con las Screwtape Letters de C. S. Lewis. He conocido a Bertrand Russell y he conocido a Tom Mix, y mi Musa ha crecido en el abono de lo bueno, lo malo y lo indiferente. Soy una criatura capaz de recordar con amor no sólo los frescos de Miguel Ángel en el Vaticano sino también los sonidos hace tanto tiempo muertos del programa de radio «Vic y Sade».

¿Cuál es la pauta que mantiene todo esto unido? Si he alimentado a mi Musa con partes iguales de basura y tesoros, ¿cómo he llegado al cabo de la vida con historias que algunos consideran aceptables?

Pienso que hay un nexo. Todo lo que hice fue hecho con entusiasmo, porque quería, porque hacerlo me encantaba. El hombre más grande del mundo, un día, fue para mí Lon Chaney, fue Orson Welles en Ciudadano Mane, fue Laurence Olivier en Ricardo III. Cambian los hombres, pero hay algo que sigue siempre igual: la fiebre, el ardor, la delicia. Porque quería hacerlo, lo hice. Donde quería alimentar, alimenté. Me recuerdo vagando tras el escenario de mi pueblo natal, azorado, ¡con un conejo que me había dado el Mago Piedranegra en la mayor actuación de la historia! Me recuerdo en 1933, vagando azorado por las calles de papiermáché de la Exposición de Chicago sobre el Siglo del Progreso; y en 1954 por las salas del dux de Venecia. La calidad de cada evento fue inmensamente diferente, pero mi capacidad de beber la misma.

Esto no significa que en distintos momentos uno tenga que reaccionar a todo de igual forma. Por empezar es imposible. A los diez uno acepta a Verne y rechaza a Huxley. A los dieciocho acepta a Thomas Wolfe y deja atrás a Buck Rogers. A los treinta descubre a Melville y pierde a Thomas Wolfe.

Permanece la constante: la búsqueda, el encuentro, la admiración, el amor, la respuesta sincera a los materiales accesibles, por muy raídos que parezcan, cuando un día se vuelve a mirarlos. Cuando tenía diez años pedí una estatua de un gorila africano, de la cerámica más barata, que regalaban contra envío de la faja de un paquete de macarrones Fould. El gorila, que llegó por correo, tuvo una recepción tan grande como la ofrecida al Niño David en su primera ceremonia.

Así pues, la Alimentación de la Musa, a la cual hemos dedicado aquí la mayor parte del tiempo, me parece una continua persecución de amores, una comparación de esos amores con las necesidades presentes y futuras, un paso de texturas simples a complejas, de ingenuas a informadas, de no intelectuales a intelectuales. Nada se pierde nunca. Si uno ha transitado vastos territorios y se ha atrevido a amar tonterías, habrá aprendido hasta de los artículos más primitivos que alguna vez recogió y descartó. Una curiosidad errante por todas las artes, de la mala radio al buen teatro, de las canciones de cuna a la sinfonía, de la choza en la selva al Castillo de Kafka, siempre encontrará una excelencia básica que discernir, una verdad que guardar, saborear y utilizar más tarde, algún día. Hacer todo eso es ser una criatura de su tiempo.

No dé la espalda, por dinero, al material que ha acumulado en una vida.

No dé la espalda, por la vanidad de las publicaciones intelectuales, a lo que usted es; al material que lo hace singular, y por tanto indispensable a los otros.

Para alimentar a su Musa, pues, es preciso que usted siempre haya tenido hambre de vida, desde niño. De lo contrario es un poco tarde para empezar. Claro que mejor tarde que nunca. ¿Aún se siente dispuesto?

De ser así, tendrá que dar largos paseos nocturnos por su ciudad o su pueblo, o paseos de día por el campo. Y largos paseos, a cualquier hora, por librerías y bibliotecas.

Y, mientras la alimentamos, el último problema es cómo conservar a la Musa.

La Musa debe tener forma. Escribirá usted mil palabras al día durante diez o veinte años a fin de modelarla, aprendiendo gramática y el arte de la composición hasta que se incorporen al Inconsciente sin frenar ni distorsionar a la Musa.

Viviendo bien, observando a medida que vive, leyendo bien y observando a medida que lee, usted ha nutricio su Identidad Más Original. Mediante el entrenamiento, el ejercicio repetido, la imitación y el buen ejemplo ha creado un lugar limpio y bien iluminado para conservar a la Musa. Le ha dado, a él, ella o lo que sea, espacio para que se vuelva y revuelva. Y a través del entrenamiento ha llegado a aflojarse y ya no tiene una mirada fija y descortés cuando la inspiración entra en el cuarto.

Ha aprendido a ir de inmediato a la máquina y conservar para siempre la inspiración poniéndola en papel.

Y ha aprendido a responder a la pregunta que hicimos al comienzo: ¿La creatividad prefiere las voces fuertes o suaves?

La que más le gusta, parece, es la voz fuerte, apasionada. La voz que se alza del conflicto, la comparación de contrarios. Siéntese frente a su máquina, elija personajes de varios tipos, échelos a volar juntos con gran estrépito. En un abrir y cerrar de ojos surgirá su personalidad secreta. A todos nos gusta la decisión, la convicción; cualquiera que alce la voz a favor, que la alce en contra.

Lo cual no significa excluir la historia tranquila. Una historia tranquila puede entusiasmar y apasionar tanto como cualquier otra. En la calma y quieta belleza de una Venus de Milo hay entusiasmo. Aquí el espectador es tan importante como la cosa vista.

Tenga esto por seguro: cuando habla el amor sincero, cuando empieza la admiración franca, cuando surge el entusiasmo, cuando el odio se riza como humo, no hay duda de que la creatividad se quedará con usted toda la vida. El centro de su creatividad ha de ser el mismo que el centro de la historia y del personaje principal de la historia. ¿Qué quiere su personaje, cuál es su sueño y qué forma tiene, cómo se expresa? Una vez dada, esa expresión será el motor de la vida del personaje, y de la suya como Creador. En el momento exacto en que irrumpe la verdad, el inconsciente cambia de archivo de desperdicios a ángel que escribe en un libro de oro.

Mírese, entonces. Pondere aquello que lo ha alimentado durante años. ¿Fue un banquete o una dieta de inanición?

¿Quiénes son sus amigos? ¿Creen en usted? ¿O le atrofian el crecimiento a fuerza de ridículo e incredulidad? Si éste es el caso, usted no tiene amigos. Vaya a encontrar alguno.

Y por último, ¿se ha entrenado lo suficiente como para poder decir lo que quiere sin sentirse maniatado? ¿Ha escrito lo bastante como para estar relajado y permitir que la verdad salga sin que la arruinen poses afectadas ni la cambien el deseo de hacerse rico?

Alimentarse bien es crecer. Trabajar bien y constantemente es mantener en condición óptima lo que se ha aprendido y se sabe. Experiencia. Labor. Son las dos caras de la moneda que cuando gira de canto no es ni experiencia ni trabajo sino el momento de la revelación. Por ilusión óptica, la moneda se vuelve redonda, brillante, un arremolinado globo de vida. Es el momento en que la hamaca del porche cruje levemente y una voz habla. Todos contienen el aliento. La voz se eleva y cae. Papá habla de otros años. De sus labios surge un fantasma. Agitándose, el inconsciente se restrega los ojos. La Musa se aventura a los helechos que hay bajo el porche, desde donde, dispersos en la hierba, escuchan los muchachos del verano. Las palabras se vuelven poesía que a nadie importa, porque nadie ha pensado llamarla así. He aquí el tiempo. He aquí el amor. He aquí el cuento. Un hombre bien alimentado guarda y serenamente da cauce a su infinitesimal porción de eternidad. En la noche estival parece grande. Y lo es, como lo fue siempre en todas las edades, cuando hubo un hombre con algo que contar y otros, tranquilos y sabios, que escucharan.

NOTA FINAL

La primera estrella de cine que recuerdo es Lon Chaney.

Lo primero que dibujé fue un esqueleto.

Lo primero que recuerdo haber temido fueron las estrellas en una noche de verano en Illinois.

Las primeras historias que leí fueron cuentos de ciencia ficción en Amazing.

La primera vez que me alejé de casa fue para ir a Nueva York y ver el Mundo del Futuro encerrado en la Periesfera a la sombra del Trilón.

La primera vez que decidí una carrera fue a los once años: sería mago y recorrería el mundo con mis hechizos.

La segunda vez fue a los doce, cuando para Navidad me regalaron una máquina de escribir.

Y decidí hacerme escritor. Y entre la decisión y la realidad hubo ocho años de escuela y colegio, y de vender perió- dicos en una esquina de Los Ángeles, mientras escribía tres millones de palabras.

La primera vez que me aceptaron fue en la revista Script, de Rob Wagner, y tenía veinte años.

El segundo cuento se lo vendí a Thrilling Wonder Stories.

El tercero a Weird Tales.

Desde entonces he vendido 250 cuentos a casi todas las revistas de Estados Unidos, además de haber escrito el guión de Moby Dick para John Huston.

He escrito para Weird Tales sobre Lon Chaney-y-los-delesqueleto.

He escrito sobre Illinois y sus tierras vírgenes en mi novela El vino del estío.

He escrito sobre las estrellas del cielo de Illinois, a las que hoy viaja una nueva generación.

He hecho en papel mundos del futuro muy parecidos a los que vi en la Feria de Nueva York cuando era chico.

Y, muy tarde en el día, he decidido que nunca abandonaría mi primer sueño.

Me guste o no, al fin y al cabo soy una especie de mago, medio hermano de Houdini, conejo, me gustaría pensar, hijo de Piedranegra, nacido bajo la luz de cine de un viejo teatro (mi segundo nombre es Douglas; cuando en 1920 llegué, Fairbanks estaba en su apogeo), y maduré en una época perfecta, cuando el hombre da el último y mayor paso fuera del mundo que lo alumbró, la cueva que le dio abrigo, la tierra que lo sostuvo y el aire que lo convocó para que nunca pudiera descansar.

En suma, soy un retoño pío de nuestra era de emoción-en-masa, diversión-en-masa y soledad-en-la-multitudneoyorquina.

Es una gran era en la cual vivir, y morir, si hace falta, por ella. Cualquier mago que se precie les diría lo mismo.

1961

 

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