Personajes, los percutores de la literatura

Partamos de la base: todo lo que se pueda conocer a nuestros personajes es poco. No hablamos solo de los protagonistas, para los que sin dudas esto se aplica al pie de la letra, sino que es un principio general de cualquier historia. Si un personaje entra en escena es por algo. Responde a una intención y tiene, desde lo narrativo, un objetivo determinado. 

Si estudiamos sus intenciones y contradicciones fundamentales les vamos a poder dar textura, profundidad y vida en la imaginación de los lectores. La tensión de un personaje gira alrededor de sus  intenciones y contradicciones; si las conocemos con precisión el resto de los detalles (las formas, las manías, los actos repetitivos, las muletillas, el tono de voz, etc.) van a aparecer solos y con coherencia.

Cuidado con describir la vestimenta y lo que reviste superficialmente al personaje, recordemos a Stephen King cuando dice “no estás vendiendo ropa, tío”. Una descripción exterior demasiado larga es un lujo del que el lector prescinde. Lo importante es que se conozca quién es el protagonista, qué lo motiva y cuáles son sus planes.

Les comparto como un maestro hace de la superficie un hueco donde meter una historia. Lo que sigue son las primeras dos oraciones del cuento “La forma de la espada” de Jorge Luis Borges:

“Le cruzaba la cara una cicatriz rencorosa: un arco ceniciento y casi perfecto que de un lado ajaba la sien y del otro el pómulo. Su nombre verdadero no importa; todos en Tacuarembó le decían el Inglés de La Colorada.” 

La imagen que se forma en la mente del lector lo es todo. El ruso Iván Turguénev decía que nunca empezaba un relato sin tener una imagen clara de sus personajes. ¿Si no la tenía él, cómo la iba a tener el lector? De esa manera se aseguraba que sus personajes cobraran vida.

El otro punto fundamental es el plan o trayecto por donde van a moverse nuestras criaturas. Es importante que el personaje actúe por su propia voluntad. Horacio Quiroga en su célebre Decálogo del perfecto cuentista habla sobre esto.

“Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos no pueden o no les importa ver. No abuses del lector.”

No obligues a los personajes a hacer algo de lo que no están  convencidos o verdaderamente dispuestos a hacer. Dejalos fluir por el camino que les dibujaste. Si están vivos ellos te van a sorprender, si no te sorprenden, desconfía. 

La voz de los personajes es su música.

Los personajes hablan, pero nunca dicen todo, (además de pedante esto es imposible). En la música ocurre igual; se combinan sonidos con silencios, si solo fueran sonidos sería ruido. La voz se crea también en los silencios.

Algunos personajes dicen más de lo que hacen. Otros hacen más de lo que dicen. Los hay también tímidos y silenciosos, o simplemente silenciosos. En cualquier caso hay voces. Los personajes son eso que dicen o callan. Prestarle atención a sus voces es descubrir de lo que están hechos por dentro.

¿Cómo habla? ¿Cuáles son sus maneras y modos? ¿Qué palabras repite? Pocas cosas definen más rápidamente a una persona que su forma de usar el lenguaje. Si han trabajado con entrevistas a esto ya lo saben.

Lo que nos diferencia de los animales es el lenguaje: podemos hablar. Darle a los personajes una voz es esencial. Y si además conseguimos una voz seductora les aseguro que la atención del lector será de principio a fin.

¿Y si no habla? Hacemos con eso. Explorar qué se dice en los silencios puede ser tan abridor como una frase perfecta.

Veamos uno de los silencios más importantes de la literatura occidental, extraído de la biblia, cuando Jesús está ante Pilato (S. Juan 18:38). Lo transcribo como líneas de diálogo de una obra de teatro para que se entienda mejor. Espero que ningún creyente se enoje.

Pilato: ¿Eres tú el Rey de los judíos?

Jesús: ¿Dices tú esto por ti mismo, o te lo han dicho otros de mí?

Pilato: ¿Soy yo acaso judío? Tu nación, y los principales sacerdotes, te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?

Jesús: Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí.

Pilato: ¿Luego, eres tú rey?

Jesús: Tú dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad. Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz.

Pilato: ¿Qué es la verdad?

Ahí termina el diálogo. En serio, ahí termina. No hay respuesta de Jesús a la pregunta de Pilato. Hay un vacío, un silencio. Quizá el silencio más importante de toda la biblia. Pero ese silencio nos está hablando en distintos niveles de sentido. Si el personaje no habla puedo ver qué hace, cómo se mueve, a dónde mira. Si tuviera que escribir el guión de ese pasaje le agregaría una descripción de la cara incómoda (¿o incrédula?) que hizo Jesús cuando Pilato le preguntó sobre la verdad.

A grandes rasgos existen dos posiciones que toma el escritor con sus personajes. O son sus hijos preferidos o son unas criaturas horribles que le llegan de afuera, con las que solo tienen una relación profesional, cuasi exorcista.

El tema es que para que cobren vida nos vamos a tener que acercar a los personajes emocionalmente. Para esto hay que entrar dentro de sus mundos de la manera más liviana posible. Es decir, sin llevar nuestros propios prejuicios o juicios de valor. Si entramos cargados de las convicciones propias no vamos a encontrar las del personaje.

En esto la escritura se vuelve parte del círculo vicioso de conocerse a uno mismo. Si están empezando a escribir y lo hacen sobre su propia vida les recomiendo concentrarse durante un tiempo en la infancia. ¿Cuál es tu primer recuerdo de la infancia? ¿Cómo fue tu llegada al jardín de infantes? ¿Cuál era tu juego favorito? ¿Quiénes eran tus amigos/enemigos?

Hay que adquirir un yo elástico, múltiple e infinito. A fines exploratorios la pregunta ¿quién soy? es igual de válida que la de ¿quién no soy? El ser escritor tiene que ver con el coraje de aceptar esa convivencia. 

Les recomiendo leer y hacer entrevistas. Son realmente una herramienta magnífica a fines de conocer los discursos de las personas. ¡Y están bien vistas! Es decir, en general los narcisismos de nuestra época son tan fervientes que nadie se niega a dar una entrevista.

No hace falta que sean celebridades. ¿A quién le interesan las celebridades? Para que el personaje conecte necesito ver su humanidad en lo cotidiano. No es que vayamos escribir una rutina (a los guionistas de hollywood esto les encanta) pero necesitamos algo de sustento cotidiano para convencer al lector que le contamos una historia verídica. O verosímil si trabajamos la ficción. Cuanto más fantásticos sean los personajes más hay que trabajar el efecto de verosimilitud. Stephen King escribe 30 páginas sobre la rutina de un pueblito donde no pasa nada antes de meter al monstruo que rompe todo.

Para cerrar un consejo práctico: no cometan el error de poner un nombre sin pensarlo un buen rato. Sométanlo a pruebas. Los personajes atraen por su nombre un aura que es innegable. Es inconsciente colectivo, un apellido ruso despierta en el lector algo distinto a un apellido guaraní.

Busquen la complejidad y lo particular, que de la idealización ya está  encargada la publicidad y hollywood. Hagan monstruos, confeccionen sus pequeños Frankensteins con amor y pasión. Y sobre todo,  con una sonrisa de diversión. 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s