Borradores, el amigo molesto pero indispensable del oficio

Si hay algo que no existe es un escritor sin borradores. César Aira dice que no corrige sus novelas. Es parte del marketing y toda esa fiesta que se hace alrededor de los genios, pero no le creo ni una palabra. Los borradores son el taller donde se trabaja la narrativa hasta dejarla a punto. Si no usas borradores lo que estas haciendo es un diario íntimo, una publicación en facebook, una descarga emocional, entre otras tantas posibles, que desde el punto de vista narrativo están llena de errores. Pueden funcionar, en especial si tienen humor o hay una voz que seduce por su propia inmadurez o espontaneidad, pero si tu idea es mejorar como narrador tenes que corregir.

Para eso son los borradores. El loop consiste en escribir, borrar, corregir, reescribir, borrar, reescribir, etc. Eventualmente llegar a publicar.

Es cierto que los borradores tienen mala fama. Para comenzar se los mira como una perdida de tiempo; todo lo que se escriba y no se publique es un desperdicio. O se cree que estandarizan los textos. O hacen que el escritor se aburra. Los borradores no tienen la culpa de que el escritor se aburra. Un borrador no es una línea de puntos sobre la que se dibuja una figura.

Hay varios tipos de borradores según la etapa evolutiva del texto. En un primer momento está el cuaderno de notas, ideas, tramas y personajes. Pueden ser frases o pequeños retazos de conversaciones que sirven como disparador. Incluso reflexiones o preguntas. Pienso en la película de Alien, que introdujo a la ciencia ficción en el mercado de masas, y la idea se vendió bajo un concepto tan simple como “Tiburón en el espacio”.

Chejov registra en uno de sus cuadernos de notas:

“Un hombre, en Montecarlo, va al casino, gana un millón, vuelve a casa, se suicida”.

En la contradicción de esa oración hay un cuento. Con esa premisa podemos dar paso a un segundo borrador donde los personajes actúan, se fisuran y drenan líquido dramático a lo largo del texto. En este segundo momento hay escuelas para todos los gustos y tipos de escritores, que tienen que ver con el estilo propio de cada uno y cómo la historia pasa de la imaginación al papel.

En mi caso soy bradburiano. Ray Bradbury decía:

Date prisa, no te muevas. Es la lección de la lagartija. Para todos los escritores. Cualquiera sea la criatura superviviente que observen, verán lo mismo. Saltar, correr, congelarse. En su capacidad de destellar como un párpado, chasquear como un látigo, desvanecerse como vapor, aquí un instante, ausente en el próximo, la vida se afirma en la tierra.

Lo que dice Ray es que suelten toda la historia como se les venga a la cabeza. Háganlo a saltos, dense prisa, que se les escapa. Láncenla, dice, que si la piensan demasiado se volverá fría. Una técnica propia del surrealismo.

En ese punto el consejo más importante que te puedo dar es que llegues al final. No te quedes en el medio de la carretera con el personaje varado, sin saber qué hacer, pensando que la historia te ha dominado. Siempre pasa que las historias nos quieren dominar. A menudo lo consiguen. ¿Qué tiene de malo? Dejá que te dominé, dejá que aparezcan dinosaurios, extraterrestres y que despierten a las doncellas de hierro de abajo de la tierra.

Ya tenes una primera idea en la cabeza, ahora dejá que la imaginación se desencadene. No le pongas palos en la rueda. Ya llegará el momento de la tijera y el recorte, pero en ese primer borrador lo mejor es ser algo inconsciente y hacer como que todo va de maravillas.

Cuando la técnica de fluir no funciona, ya sea por la complejidad de la trama, por los conflictos que se diluyen sin conseguir un final convincente u otros, la sugerencia es pensar escenas y momentos que son puntos sin retorno en la historia. Es otro tipo de borrador, uno que resume los giros principales que ocurren en la obra. Este borrador de escenas es muy usado por los guionistas de cine, donde la acción y el conflicto es la regla de oro. Se lo hace fácilmente si uno conoce las intenciones, las contradicciones y las etapas de desarrollo de los personajes. La textura de los personajes es lo que seduce al lector. Son estos los que generan identificación y marcan un camino y un ritmo para llegar del punto A al B, pasando en el medio por X, Y, Z, etc. Puede ser que el personaje nunca llegue del punto A al B, puede ser que en el medio descubra un delirio más interesante y la aventura se desvíe en esta dirección. Pero hay un plan que está empujando hacía un curso de acción. Ese curso de acción es una brújula dentro de la historia, no es infalible pero es lo mejor que hay disponible en el mercado. Hacer un borrador con ese itinerario de viaje puede darte un gran empujón para escribir.

Cuando la historia llega la final tenes listo tu primer borrador oficial. Felicitaciones, es un lindo momento. Dura poco pero se siente un gran placer, algo difícil de transmitir a los que no están en el oficio de la escritura o la sala de partos de un hospital. Realmente hace valer todo lo que sufriste en el camino e incluso lo que sigue a continuación, aunque no de inmediato. Lo mejor es dejar el borrador levar en soledad. Esperar un tiempo, salir del encierro, tomar un poco de sol, devolver las llamadas perdidas, etc. Mirar la criatura a los ojos en ese mismo instante que acabas de terminar su confección es un error. Hay demasiada intimidad y apego. Conviene ir ir por sexo, buscar algo de exceso, despegarse, cortar la relación. Pensar en otras cosas. Ver los horribles noticieros. Recién entonces volver con un marcador y una motosierra para descuartizar todos los personajes que sobran y las arboledas que no agregan nada relevante. Bueno, podes dejar algunos árboles sueltos, por puro placer estético, pero no vas a querer dejar un bosque donde el lector se pierda.

El trabajo de corregir puede ser cansador pero es más sencillo que el de escribir el primer borrador. Hay una material con problemas concretos para corregir. Se puede podar un bosque entero con los auriculares puestos. En ese momento suelo pensar en Ernesto Sábato como una guía ética para el podado.

Un buen escritor expresa grandes cosas con pequeñas palabras; a la inversa del mal escritor, que dice cosas insignificantes con palabras grandiosas.

Cuando me cuesta borrar, porque me he enamorado demasiado de un personaje o incluso de una oración, repito las palabras de Picasso.

Todo acto de creación es en primer lugar un acto de destrucción.

Y shac. Se acabó el problema. Es lo más normal del mundo que con tanto machete haga falta escribir de vuelta. Lo cual es, a mi criterio, un buen signo. Si los borradores sirven para algo son para escribir más y mejor. Como dijimos al principio; el loop consiste en escribir, borrar, corregir, reescribir, borrar, reescribir, etc. Eventualmente llegar a publicar.

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4 pensamientos en “Borradores, el amigo molesto pero indispensable del oficio

  1. Como dicen a escribir se aprende escribiendo. Yo soy una aprendiza, cuando mejor me parece que me salen mis letras es cuando las escribo y pienso al mismo instante, sobretodo poesía. Cuando intento escribir un microrelato me lo pienso un poso más.
    Saludos.

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  2. Pingback: Escuchar críticas o estancarse | pidotiempo

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