Sueños rotos y otros poemas de William Butler Yeats

William Butler Yeats nació en Dublín el 13 de junio de 1865. Es uno de los representantes más reconocidos del renacimiento literario de Irlanda y co-fundador del “Abbey Theatre”. Premio Nobel de Literatura”en 1923. Comenzó a escribir poesía simbolista y experimentó con visiones y alucinaciones. Detestó la ciencia, a la que vio en contraste directo con la poesía, la belleza y la verdad, y, tras renunciar al “credo protestante” en 1880, empezó a sentirse atraído por el Budismo. Murió en Roquebrune-Cap-Martin, Francia el 28 de enero de 1939.

 

Sueños rotos

Hay gris en tu cabello.
Los jóvenes ya no contienen el aliento
a tu paso;
acaso algún anciano te bendiga entre dientes
porque fue tu plegaria
lo que ayudó a curarle en el lecho de muerte.
Tan sólo por tu bien –que todos los pesares del corazón ha conocido,
que todos los pesares del corazón ha procurado,
desde la escasa infancia atesorando
agobiante belleza–, tan sólo por tu bien
el cielo se ha guardado el golpe de su sino,
tan grande su porción en la paz que confieres
con sólo entrar en una sala.

Tu belleza no puede sino dejar entre nosotros
vagos recuerdos, nada sino recuerdos.
Así dirá un muchacho a un viejo cuando los viejos callen:
«Hábleme de esa dama que el poeta
de obstinada pasión cantó para nosotros
cuando la edad más bien debía helar su sangre».

Vagos recuerdos, nada sino recuerdos,
mas en la tumba todos, todos habrán de renovarse.
La certeza de que veré a esa dama
reclinada o en pie o caminando
con la gracia temprana de su sexo,
ante el fervor de mi joven mirada,
ha hecho que balbucee como un necio.

Eras más bella que ninguna,
salvo por un defecto de tu cuerpo:
tus manos, tus pequeñas manos no eran hermosas,
y temo que saldrás corriendo
a hundirlas hasta la muñeca
en ese lago misterioso, siempre colmado,
donde aquellos que obedecieron la ley sagrada
se han sumergido y son perfectos. Deja intactas
las manos que he besado,
por el bien del antiguo bien.

Muere el toque final de medianoche.
Todo el día en la misma silla
de sueño en sueño y rima en rima he deambulado
charlando sin sentido con una imagen de aire:
vagos recuerdos, nada sino recuerdos.

 

La isla del lago de Innisfree

Me levantaré ahora e iré, iré a Innisfree,
y haré allí una humilde cabaña de arcilla y zarzas;
nueve hileras de judías tendré allí, una colmena que me dé miel
y viviré solo en un claro entre el zumbar de las abejas.

Y allí tendré algo de paz, pues la paz viene gota a gota
y cae desde los velos matinales a donde canta el grillo;
allí la medianoche es una luz tenue, y un cárdeno brillo el mediodía,
y colman el atardecer las alas del pardillo.

Me levantaré ahora e iré, pues siempre, día y noche,
oigo el rumor del lago ante la orilla;
cuando estoy en la calzada, o en las grises aceras,
lo oigo en lo más hondo de mi corazón.

 

La muerte

Ni miedo ni esperanza
acompañan al animal que muere;
el hombre aguarda su final
temiendo y esperando todo;
muchas veces murió,
muchas se levantó de nuevo.
Un gran hombre con su orgullo
al enfrentar asesinos
hunde en el escarnio
la cesación del aliento.
Él conoce la muerte a fondo —
el hombre creó la muerte.

 

Recuerdo de juventud 

Los momentos pasaban como en el teatro;
tenía la sabiduría que el amor hace nacer;
tenía mi cuota de sentido común,
y a pesar de todo cuanto podría afirmar,
y aunque tenía por eso el elogio de ella,
una nube venida desde el norte despiadado
ocultó de repente la luna del Amor.
Creyendo cada palabra que decía,
yo alabé su espíritu y su cuerpo
hasta que el orgullo hizo brillar sus ojos
y sonrojó sus mejillas el placer
y volvió ligeros sus pasos la vanidad;
nosotros, sin embargo, a pesar de esos elogios,
en lo alto veíamos tan sólo oscuridad.
Nos sentamos silenciosos como piedras,
sabíamos, aunque ella no hubiera dicho una palabra,
que aún el mejor amor debe morir,
y se habría destruido en forma cruel
de no ser porque el Amor,
ante el grito de un grotesco pajarillo,
arrancó de las nubes su luna maravillosa.

 

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