Dos poemas y un discurso de Juan Gelman

Juan Gelman (Buenos Aires, 3 de mayo de 1930 – México, D. F., 14 de enero de 2014) fue un renombrado poeta argentino. Escritor desde su niñez, se desempeñó como periodista, traductor y militante en organizaciones guerrilleras. Exiliado durante la dictadura militar iniciada en 1976, retornó a la Argentina en 1988 aunque se radicó en México. Buena parte de su vida y obra literaria se vieron signadas por el secuestro y desaparición de sus hijos y la búsqueda de su nieta nacida en cautiverio. Fue el cuarto argentino galardonado con el Premio Miguel de Cervantes, luego de Jorge Luis Borges, Ernesto Sabato y Adolfo Bioy Casares. Abajo publicamos dos poemas de su autoría y el discurso que dio al recibir el Premio Cervantes.

Sobre la poesía

Habría un par de cosas que decir/

que nadie la lee mucho/

que esos nadie son pocos/

que todo el mundo está con el asunto de la crisis mundial/ y

con el asunto de comer cada día/ se trata

de un asunto importante/ recuerdo

cuando murió de hambre el tío juan/

decía que ni se acordaba de comer y que no había problema/

pero el problema fue después/

no había plata para el cajón/

y cuando finalmente pasó el camión municipal a llevárselo

el tío juan parecía un pajarito/

los de la municipalidad lo miraron con desprecio o desdén/murmuraban

que siempre los están molestando/

que ellos eran hombres y enterraban hombres/y no

pajaritos como el tío juan/especialmente

porque el tío estuvo cantando pío-pío todo el viaje hasta el crematorio municipal/

y a ellos les pareció un irrespeto y estaban muy ofendidos/

y cuando le daban un palmetazo para que se callara la boca/

el pío-pío volaba por la cabina del camión y ellos sentían que les hacía pío-pío en la cabeza/el

tío juan era así/le gustaba cantar/

y no veía por qué la muerte era motivo para no cantar/

entró al horno cantando pío-pío/ salieron sus cenizas y piaron un rato/

y los compañeros municipales se miraron los zapatos grises de vergüenza/pero

volviendo a la poesía/

los poetas ahora la pasan bastante mal/

nadie los lee mucho/ esos nadie son pocos/

el oficio perdió prestigio/ para un poeta es cada día más difícil

conseguir el amor de una muchacha/

ser candidato a presidente/ que algún almacenero le fíe/

que un guerrero haga hazañas para que él las cante/

que un rey le pague cada verso con tres monedas de oro/

y nadie sabe si eso ocurre porque se terminaron las muchachas/ los almaceneros/ los guerreros/ los reyes/

o simplemente los poetas/

o pasaron las dos cosas y es inútil

romperse la cabeza pensando en la cuestión/

lo lindo es saber que uno puede cantar pío-pío

en las más raras circunstancias/

tío juan después de muerto/ yo ahora

para que me quieras.

*Del libro “Hacia el sur” 1982

Carta a mi madre

Recibí tu carta 20 días después de tu muerte y

cinco minutos después de saber que habías muerto

/ una carta que el cansancio, decías, te

interrumpió / te habían visto bien por entonces /

aguda como siempre / activa a los 85 años de

edad pese a las tres operaciones contra el cáncer

que finalmente te llevó/

¿te llevó el cáncer? / ¿no mi última carta? / la

leíste, respondiste, moriste / ¿adivinaste que me

preparaba a volver? / yo entraría

a tu cuarto y no lo ibas a admitir / y nos

besábamos / nos abrazamos y lloramos / y nos

volvemos a besar / a nombrar / y estamos juntos /

no en estos fierros duros /

vos / que contuviste tu muerte tanto tiempo / ¿por

qué no me esperaste un poco más? / ¿temías por

mi vida? / ¿me habrás cuidado de ese modo? /

¿jamás crecí para tu ser? / ¿alguna parte de tu

cuerpo siguió vivida de mi infancia? / ¿por eso

me expulsaste de tu morir? / ¿como antes de vos?

/ ¿por mi carta? / ¿intuiste? /

nos escribimos poco en estos años de exilio /

también es cierto que antes nos hablamos poco /

desde muy chico, el creado por vos se rebeló de

vos / de tu amor tan estricto / así comí rabia y

tristeza / nunca me pusiste la mano encima para

pegar / pegabas con tu alma / extrañamente

éramos juntos /

no sé cómo es que mueras / me sos / estás

desordenada en mi memoria / de cuando yo fui

niño y de pronto muy grande / y no alcanzo a fijar

tus rostros en un rostro / tus rostros es un aire /

una calor / un aguas / tengo gestos de vos que son

en vos / ¿o no es así? / ¿imagino? / ¿o quiero

imaginar? / ¿recuerdo? / ¿qué sangres te repito? /

¿en qué mirada mía vos miras? / nos separamos

muchas veces /

nací con 5,5 kilos de peso / estuviste 36 horas en

la cama dura del hospital hasta sacarme al

mundo / me tuviste todo el tiempo que tu cuerpo

me pudo contener / ¿estabas bien conmigo

adentro? / ¿no te fui dando arrebatos,

palpitaciones, golpes, miedos, odios,

servidumbres? / ¿estábamos bien, juntos así, yo

en vos nadando a ciegas? / ¿qué entonces me

decías con fuerza silenciosa que siempre fue

después? / debo haber sido muy feliz adentro

tuyo / habré querido no salir nunca de vos / me

expulsaste y lo expulsado te expulsó /

¿esos son los fantasmas que me persigo hoy

mismo / a mi edad ya / como cuando nadaba en tu

agua? / ¿de ahí me viene esta ceguera, la lentitud

con que me entero, como si no quisiera, como si

lo importante siga siendo la oscuridad que me

abajó tu vientre o casa? / ¿la tiniebla de grande

suavidad? / ¿dónde el lejano brillo no castiga con

mundo piedra ni dolor? / ¿es vida con los ojos

cerrados? / ¿por eso escribo versos? / ¿para volver

al vientre donde toda palabra va a nacer? / ¿por

hilo tenue? / la poesía ¿es simulacro de vos? / ¿tus

penas y tus goces? / ¿te destruís conmigo como

palabra en la palabra? / ¿por eso escribo versos? /

¿te destruyo así pues? / ¿nunca me nacerás? / ¿las

palabras son estas cenizas de adunarnos? /

nos separaste muchas veces / ¿eran separaciones? /

¿formas para encontrarse como primera vez? /

¿ese imposible nos hacía chocar? / ¿eso me

reprochabas en el fondo? / ¿por eso eras tan triste

algunas tardes? / tu tristeza me era insoportable /

a veces quise morirme de eso todavía / ¿ya tenía

mi pedazo de vida para ocuparme de él? / ¿como

animal cualquiera? / ¿ya soy triste por eso? / ¿por

tu tristeza ofende la injusticia / escándalo del

mundo? /

siempre supiste lo que hay entre nosotros y nunca

me dijiste / ¿por culpa mía? / ¿te reproché todo el

tiempo que me expulsaras de vos? / ¿ése es mi

exilio verdadero? / ¿nos reprochamos ese amor

que se buscaba por separaciones? / ¿encendió

hogueras para aprender la lejanía? / ¿cada

desencontrarnos fue la prueba del encuentro

anterior? / ¿así marcaste el infinito? /

¿qué olvido es paz? / ¿por qué de todos tus rostros

vivos recuerdo con tanta precisión únicamente

una fotografía? / Odessa, 1915, tenes 18 años,

estudiás medicina, no hay de comer / pero a tus

mejillas habían subido dos manzanas (así me lo

dijiste) (árbol del hambre que da frutas) / esas

manzanas ¿tenían rojos del fuego del pogrom que

te tocaba? / ¿a los 5 años? / ¿tu madre sacando de

la casa en llamas a varios hermanitos? / ¿y muerta

a tu hermanita? / ¿con todo eso / por todo eso /

contra / me querés? / ¿me pedías que fuera tu

hermanita? / ¿así me diste esta mujer, dentro /

fuera de mí? / ¿qué es esta herencia, madre / esa

fotografía en tus 18 años hermosos / con tu largo

cabello negriazul como noche del alma / partida

en dos / ese vestido acampanado marcándote los

pechos / las dos amigas reclinadas a tus pies / tu

mirada hacia mí para que sepa que te amo

irremediablemente? /

¿así viaja el amor / de ser a antes de ser? / ¿de ser

a sido en tu belleza? / ¿viajó de vos a mí? / ¿viaja

ahora / morida? / nada podemos preguntar sino

este amor que todo el tiempo nos golpeó / con su

unidad irrepetible / ¿para que no olvidemos el

dolor? / ¿los dos niñitos del mercado de Ravelo

con una gallinita en los brazos, ofreciendo barato

y con gestos de madre, casi recién salidos de sus

madres? / ¿por qué te apareciste en el mercado

boliviano? / ¿en cada pena estás? / apagabas el sol

para dormirme /

¿podes quitarme vida? / ¿ni quitártela yo? /

¿castigabas por eso? / desciendo de tus pechos / tu

implacable exigencia del viejo amor que nos

tuvimos en las navegaciones de tu vientre /

siempre conmigo fuiste doble / te hacía falta y me

echaste de vos / ¿para aprender a sernos otros? /

cada mucho nos dabas un momento de paz:

entonces me dejabas peinarte lentamente y te ibas

en mí y yo era tu amante y más / ¿tu padre? / ¿ese

rabino o santo? / ¿que amabas? / ¿más que a mí? /

¿me perseguías porque no supe parecerme a él? /

¿y cómo iba a parecerme? / ¿no me querías otro? /

¿lejos de ese dolor? / ¿por qué tan vivo está lo

que no fue? / ¿nunca junté pedazos tuyos? / ¿cada

recuerdo se consume en su llama? / ¿eso es la

memoria? / ¿suma y no síntesis? / ¿ramas y nunca

árbol? / ¿pie sin ojo, mano sin hora? / ¿nunca? /

¿saliva que no moja? / ¿así atan los cordones del

alma? / ¿vos sos dolor, miedo al dolor? /

¿qué fue lo separado? / ¿mi dedo de escribir en tu

sangre? / ¿mi serte de no serte? / y vos, ¿no eras

el otro? / ¿cuántas veces miraste las llamas del

pogrom mientras yo te crecía, entraste al bosque

donde cantaba el ruiseñor que nunca oí, jugaste

con el que nunca fui? / nacimos junto a dos

puertos distintos / conocemos las diferencias de la

sal / vos y yo hicieran un mar desconocido

con dos sales /

me hiciste otro / no sigas castigándome por eso /

¿te sigo castigando por eso? / ¿y sin embargo / y

cuándo / y yo tu sido? / ¿vos en yo / vos de yo? /

¿y qué podemos ya cambiar? / ¿pudimos cambiar

algo alguna vez? / ¿nunca saldé las hambres del

abuelo? / los ojos claros del retrato que presidía tu

cuarto / ¿qué puede el verdadero amor cambiar? /

¿o nos es de tal modo que nos empuja a ser sí

mismos? / ¿para uno en el otro? / ¿resonando en

las partes de la noche? / ¿como dos piedras contra

el cielo? / ¿pájaro y árbol? / cuando se posa el

pájaro en el árbol, ¿quién es vuelo, quién tierra? /

¿quién baja a oscuridad? / ¿quién sube a luz? /

¿qué goce pasa a llaga? / ¿te llevo en llaga viva? /

¿para que nos atemos otra vez? / ¿este sufrido

amor? /

me hiciste dos / uno murió contuyo / el resto es el

que soy / ¿y dónde la cuerpalma umbilical? /

¿dónde navega conteniéndonos? / madre harta de

tumba: yo te recibo / yo te existo /

¿tratos de amor hay en la sombra? / ¿ya volveré a

peinarte el dulce pelo / espesura donde mi mano

queda? / ¿pensativa en tu aroma? / ¿gracia

cuajada en lenta parecida? / ¿me quisiste

imposiblemente? / ¿así me confirmaste en el

furor? / ¿puerto de tardes inclinadas al que volvías

tantas veces? / ¿dónde navegarás ahora sino en mí

/ contra mí? / ¿puerto solo? / bella de cada mar en

mi cabeza / llaga de espumas / alma /

no sé qué daño es éste / tu soledad que arde /

dame la rabia de tus huesos que yo los meceré /

vos me acunaste yo te ahueso / ¿quién podrá

desmadrar al desterrado? / tiempo que no volvés /

mares que te arrancaste de la espalda / tu leche

constelada de cielos que no vi / leche llena de

sed / tus pechos que callaban / paciencias /

caballitos que el pasado maneó / llenos de estepa

detenida / rota por mi avidez de vos / así me

alzaste / me abajaste / me amaste sin piedad /

pañal feroz de tu ternura /

¿o yo fui tu cansancio? / ¿te reproché que me

expulsaras? / ¿nos ata ese reproche hondísimo /

que nunca amor pudo encontrar? / ¿no me quisiste

mar y navegar lejos de vos? / ¿tiempo hecho de

vos? / ¿no me quisiste acaso otro cuando me

concebías? / ¿otra unición de esa unidad? / ¿ama

total de tus dos sangres? / ¿te das cuenta del

miedo que nos hiciste, madre? / ¿de tu poder / tu

claridad? /

¿qué cuentas pago todavía? / ¿qué acreedores

desconozco? / ¿necesito recorrer una a una tus

penas para saber quién soy / quién fui cuando nos

separamos por la carne / dolorosa del animal que

diste a luz / siervarnía / ciega a mi servidumbre

de tu sierva / pero esas maravillas donde me

hijaste y te amadré / tu cercana distancia /

¿me ponías a veces delantales de fierro? / ¿me

besabas a veces con pasión? / ¿y qué pasión había

en tu pasión ? / ¿no podrías cesar en tu morir para

decirme? / ¿no te querés interrumpir? / ¿entraste

tanto en tu desparecer? / ¿volvés al desamparo de

mí? / ¿tan duro era mi amor? / ¿te di un alma y

con otra te echaba a mi intemperie? / ¿no pudiste

morivivirme en suave claustro / no darme de

nacer? / mi nacer, ¿te habrá apagado ganas de

matarme? / ¿eso me perdonabas y no me

perdonabas? / ¿así peleaste con tus sombras? /

¿así me hiciste sombra tuya de otro cuerpo, me

diste tu pezón / campo violeta / donde pacía un

temblor? A ¿techo contra el terror? / ¿única tela de

la paz? / ¿no la tejíamos los dos? / ¿en mañanas

cayendo sobre el patio donde jamás hubo otra

gloria? / ¿blancuras que de vos subían? / ¿rocíos

de tu sangre al puro sol? / ¿lluvia de abajo

interminable? / ¿yo fui animal de lluvia? / ¿te

ensucié pechos con mi boca? / ¿me diste a veces

leche amarga? /,¿te olvidas de las veces que no

quise comer de vos? / ¿qué te venía entonces de la

entraña del alma? / esos jugos, ¿no me atardecen

fiero? / ¿y vos crees que estás muriendo? / ¿antes

que muera yo? / ¿y se apaguen, los gestos que

escribiste en mi cuerpo? / ¿las dichas que

imprimiste? / ¿en mi querer a las mujeres? /

¿prolongándote en ellas? / ¿que de vos me

tuvieran y alejaran? /

¿qué yo habré sido para vos? / ¿cómo me habrás

sufrido cuando salí de vos? / no saberte, ¿no es

mi saber de vos? / yo no sé por qué cielos giraste

/ sé que giran en mí / nada pudiste finalmente

ahorrarme / no soy sin vos sino de vos / no me

reproches eso / todavía me entibia el blancor de tu

nuca / y mis besos allí / siervos de esa armonía /

¿cuántas veces se detuvo allí el mundo? / ¿cuántas

veces cesaste la injusticia allí / madre? / ¿cuántas

veces el mundo endureció tu leche / la que me

abraza / la que me rechaza / la que te pide

explicaciones? / ¿ya solísima / y tarde / y tan

temprano? /

y esta tarde / ¿no está llena de usted? / ¿de veces

que me amó? / la voz que canta al fondo de la

calle / ¿no es su voz? / ¿temblor de vientre juntos

todavía? / ¿qué es este duro amor / tan suave y

tuyo / lluvia a tu fuego / fuego a tu madera / llama

escrita en el fuego con tu huesito último / ardor de

pie en la noche? / ¿alta? / ¿qué gritas en mi alma?

/ pero no me gritas / tu paladar entrado a tiendas

de la sombra siento frío / ¿cuántas veces sentiste

mis fríos? / ¿me habrás mirado extrañada de vos?

/ ¿no te fui acaso el peor de los monstruos? / ¿el

creado por vos? / ¿y cómo hiciste para amarme? /

¿ese trabajo dabas de comer contra tu propia

oscuridad? / y cuando abrí la boca, ¿no gritaste? /

¿no se asustó tu lengua de mi lengua? / ¿no hubo

un jardín de espanto en tu saliva? / ¿que sembré /

cultivé / regué con mi tu sangre? / ¿y qué te habré

morido al darme a luz? / ¿y la profundidad de mis

desastres? / ¿y nuestro encuentro inacabado / ya

nunca / ya jamás / ya para siempre? / ¿y pedregal

de vos a vos donde sangraron mis rodillas? /

¿cuando junto a mi cuna llorabas tantas cosas / y

mi fiebre / y la fiebre de tu salvaje juventud? /

así mezclaste mis huesitos con tu eternidad / tus

besos era suaves en noches que me dejaste solo

con el terror del mundo / ¿me buscabas también

así? / ¿hermanos en el miedo me quisiste? / ¿en

un pañal de espanto? / ¿o me parece que fue así? /

¿dónde se hunde esta mano / dónde acaba? /

¿escribís, mano, para que sepa yo? / ¿y sabes más

que yo? / tocaste el pecho de mi madre cuando fui

animalito / conociste calores que no recuerdo ya /

bodas que no conoceré / ¿qué subtierra de la

memoria aras? / ¿soy planta que no ve sus raíces?

/ ¿ve la planta raíces? / ¿ve cielos / empujada? /

¿cómo vos, madre, me empujas? / mi mano, ¿es

más con vos que mismo yo? / ¿siente tu leche o

lunas de noche en mí perdida? /

 ¿y mi boca? / ¿cuánta alma te chupó? / ¿te fue

fiesta mi boca alguna vez? / ¿y mis pies? / ¿me

mirabas los pies para verme el camino? / ¿y tu

ternura entonces? / ¿era tu viaje hacia mi viaje? /

¿fuiste rodeada de temor amoroso? / ¿del caminar

por mí? / ¿por qué nunca supimos arreglar el

dentrofuera que nos ata? / ¿al afuerino de tu

cuerpo? / tu leche seca moja mi alma / ¿ahora la

soy? / ¿me es? / ¿cuáles son los trabajos del

pájaro que nunca me nombras? / ¿el que nos

volaría juntos? / ¿ala yo / vuelo vos? / me

obligaste a ser otro y tu perdón me muerde las

cenizas / ¿acaso yo podía prolongar tu belleza? /

¿sin convertirla en cuerpo de dolor / lengua

exiliada de tu nuca? / ¿y cuánto amé la ausencia

de tu nuca para que no doliera? / ¿y que te

devolviera? / ¿a dulzura posible en este mundo? /

¿conocida que no puedo nombrar? / ¿vientre que

nadie puede repetir? / ¿lleno de maravilla, de gran

desolación? / ¿pasó a río deshecho por mis pies? /

¿tan duro tu olvidar? / poderosa, ¿soy el que vos

morís? / ¿ceñido de tu nombre? / ¿por qué te abrís

y te cerras? / ¿por qué brilla tu rostro en doble

sangre / todavía?

pasé por vos a la hermosura del día / por mí pasas

a la honda noche / con los ojos sacados porque ya

nada había que ver / sino ese fino ruido que

deshace lo que te hice sufrir /ahora que estás

quieta/

¿y cómo es nuestro amor / éste? /

envolverán con un jacinto la mesa de los panes /

pero ninguno

me hablará / estoy atado a tu suavísima / doy de

comer a mi anima más ciego /

¿a quién das tregua / vos? /

están ya blancos todos tus vestidos/

las sábanas me aplastan y no puedo dormir / te

odiás en mí completamente / se crecieron la mirra

y el incienso que sembraste en mi vez /deja que

te perfumen / acompañen tu gracia / mi alma

calce tu transcurrir a nada /

todavía recojo azucenas que habrás dejado aquí

para que mire el doble rostro de tu amor/

mecer tu cuna / lavar tus pañales / para que no me

dejes nunca más /

sin avisar / sin pedirme permiso /

aullabas cuando te separé de mí /

ya no nos perdonemos /

Discurso de Juan Gelman al recibir el Premio Cervantes 2007

28 de Noviembre de 2007

Majestades, Señor Presidente del Gobierno, Señor Ministro de Cultura, Señor Rector de la Universidad de Alcalá de Henares, autoridades estatales, autonómicas, locales y académicas, amigas, amigos, señoras y señores:

Deseo, ante todo, expresar mi agradecimiento al jurado del Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes, a la alta investidura que lo patrocina y a las instituciones que hacen posible esta honrosísima distinción, la más preciada de la lengua, que hoy se me otorga. Mi gratitud es profunda y desborda lo meramente personal. En el año 2006 se galardonó con este Premio al gran poeta español Antonio Gamoneda y en el 2007 lo recibe también un poeta, esta vez de Iberoamérica. Se premia a la poesía entonces, “que es como una doncella tierna y de poca edad y en todo extremo hermosa” para don Quijote, doncella que, dice Cervantes en “Viaje del Parnaso”,

“puede pintar en la mitad del día la noche, y en la noche más escura el alba bella que las perlas cría… Es de ingenio tan vivo y admirable que a veces toca en puntos que suspenden, por tener no se qué de inescrutable”.

A la poesía hoy se premia, como fuera premiada ayer y aun antes en este histórico Paraninfo donde voces muy altas resuenan todavía. Y es algo verdaderamente admirable en estos “Dürftiger Zeite”, estos tiempos mezquinos, estos tiempos de penuria, como los calificaba Hölderin preguntándose “Wozu Dichter”, para qué poetas. ¿Qué hubiera dicho hoy, en un mundo en el que cada tres segundos y medio un niño menor de 5 años muere de enfermedades curables, de hambre, de pobreza? Me pregunto cuántos habrán fallecido desde que comencé a decir estas palabras. Pero ahí está la poesía: de pie contra la muerte. Safo habló del bello huerto en el que “un agua fresca rumorea entre las ramas de los manzanos, todo el lugar sombreado por las rosas y del ramaje tembloroso el sueño descendía”, Mallarmé conoció la desnudez de los sueños dispersos, Santa Teresa recogía las imágenes y los fantasmas de los objetos que mueven apetitos, San Juan bebió el vino de amor que sólo una copa sirve, Cavalcanti vio a la mujer que hacía temblar de claridad el aire, Hildegarda de Bingen lloró las suaves lágrimas de la compunción, y tanta belleza cargada de másvida causa el temblor de todo el ser. ¿No será la palabra poética el sueño de otro sueño?

Santa Teresa y San Juan de la Cruz tuvieron para mí un significado muy particular en el exilio al que me condenó la dictadura militar argentina. Su lectura desde otro lugar me reunió con lo que yo mismo sentía, es decir, la presencia ausente de lo amado, Dios para ellos, el país del que fui expulsado para mí. Y cuánta compañía de imposible me brindaron. Ese es un destino “que no es sino morir muchas veces”, comprobaba Teresa de Avila. Y yo moría muchas veces y más con cada noticia de un amigo o compañero asesinado o desaparecido que agrandaba la pérdida de lo amado. La dictadura militar argentina desapareció a 30.000 personas y cabe señalar que la palabra “desaparecido” es una sola, pero encierra cuatro conceptos: el secuestro de ciudadanas y ciudadanos inermes, su tortura, su asesinato y la desaparición de sus restos en el fuego, en el mar o en suelo ignoto. El Quijote me abría entonces manantiales de consuelo.

Lo leí por primera vez en mi adolescencia y con placer extremo después de cruzar, no sin esfuerzo, la barrera de las imposiciones escolares. Me acuciaba una pregunta: ¿cómo habrá sido el hombre, don Miguel? Conocía su vida de pobreza y sufrimiento, sus cárceles, su cautiverio en Argel, su Lepanto, los intentos fallidos de mejorar su suerte. Pero él, ¿quién era? Releía el autorretrato que trazó en el prólogo de las Novelas Ejemplares: “Este que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada”, que nada me decía, salvo la mención de sus “alegres ojos”. Comprendí entonces que él era en su escritura. Me interno en ella y aún hoy creo a veces escuchar sus carcajadas cuando acostaba al Caballero de la Triste Figura en el papel. Sólo quien, desde el dolor, ha escrito con verdadero goce puede dar a sus lectores un gozo semejante. Cómico es el rostro de la tragedia cuando se mira a sí misma.

Declaro que, en verdad. quise recorrer ante ustedes, con ustedes, los trabajos de Persiles y Sigismunda, o la locura quebradiza del licenciado Vidriera, o compartir la nueva admiración y la nueva maravilla del coloquio de los perros, o el combate verdaderamente ejemplar entre los poetas malos y los buenos que tiene lugar en “Viaje del Parnaso” y en el que cualquier buen poeta podía caer herido por un pésimo soneto bien arrojado. Pero tal como la lámpara alimentada a querosén que los campesinos de mi país encienden a la noche y alrededor de la cual se sientan a cenar, cuando hay, y luego a leer, cuando hay y cuando hay ganas, y a la que mosquitos y otros seres alados acuden ciegos de luz y la calor los mata, así yo, encandilado por don Alonso Quijano, no puedo sustraerme a su fulgor.

Muchas plumas hondas y brillantes han explorado los rincones del gran libro. Por eso, parafraseando al autor, declaro sin ironía alguna que, con seguridad, este discurso carece de invención, es menguado de estilo, pobre de conceptos, falto de toda erudición y doctrina. Sólo hablo como lector devoto de Cervantes, pero quién puede describir los territorios del asombro. Con mucha suerte y perspicacia, es posible apenas sentarse a la sombra de lo que siempre calla. Cervantes se instala en un supuesto pasado de nobleza e hidalguía para criticar las injusticias de su época, que son las mismas de hoy: la pobreza, la opresión, la corrupción arriba y la impotencia abajo, la imposibilidad de mejorar los tiempos de penuria que Hölderlin nombró. Se burla de ese intento de cambio y se burla de esa burla porque sabe que jamás será posible terminar con la utopía, recortar la capacidad de sueño y de deseo de los seres humanos. Cervantes inventó la primera novela moderna, que contiene y es madre de todas las novedades posteriores, de Kafka a Joyce. Y cuando en pleno siglo XX Michel Foucault encuentra en Raymond Roussel las características de la novela moderna, éstas: “el espacio, el vacío, la muerte, la transgresión, la distancia, el delirio, el doble, la locura, el simulacro, la fractura del sujeto”, uno se pregunta ¿qué? ¿No existe todo eso, y más, en la escritura de Cervantes?

Su modernidad no se limita a un singular universo literario. La más humana es un espejo en el que podemos aún mirarnos sin deformaciones en este siglo XXI. Dice Don Quijote: “Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención, con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero, y que sin saber cómo o por dónde, en la mitad del coraje y brío que enciende y anima a los valientes pechos, llega una desmandada bala (disparada de quien quizá huyó y se espantó del resplandor que hizo el fuego al disparar la maldita máquina) y corta y acaba en un instante los pensamientos y la vida de quien la merecía gozar luengos siglos”.

Desde el lugar de presunto caballero andante quejoso de que las armas de fuego hayan sustituido a las espadas, y que una bala lejana torne inútil el combate cuerpo a cuerpo, Don Quijote destaca un hecho que ha modificado por completo la concepción de la muerte en Occidente: es la aparición de la muerte a distancia, cada vez más segura para el que mata, cada vez más terrible para el que muere. Pasaron al olvido las ceremonias públicas y organizadas que presidía el mismo agonizante en su lecho: la despedida de los familiares, los amigos, los vecinos, el dictado del testamento ante los deudos. La muerte hospitalizada llega hoy con un cortejo de silencios y mentiras. Y qué decir de los 200.000 civiles de Hiroshima que el coronel Paul Tobbets aniquiló desde la altura apretando un simple botón. Piloteaba un aparato que bautizó con el nombre de su madre, arrojó la bomba atómica y después durmió tranquilo todas las noches, dijo. Pocos conocen el nombre de las víctimas cuya vida el coronel había segado. La muerte se ha vuelto anónima y hay algo peor: hoy mismo centenares de miles de seres humanos son privados de la muerte propia. Así se da en Irak.

Creo, sin embargo, como el historiador y filósofo Juan Carlos Rodríguez, que el Quijote es una gran novela de amor. Del amor imposible. En el amor se da lo que no se tiene y se recibe lo que no se da y ahí está la presencia del ser amado nunca visto, el amor a un mundo más humano nunca visto y torpemente entrevisto, el amor a una mujer que no es y a una justicia para todos que no es. Son amores diferentes pero se juntan en un haz de fuego. ¿Y acaso no quisimos hacer quijotadas en alguna ocasión, ayudar a los flacos y menesterosos? ¿Luchando contra molinos de aspas de acero, que ya no de madera? ¿Despanzurrando odres de vino en vez de enfrentar a los dueños del dolor ajeno? ¿”En este valle de lágrimas, en este mal mundo que tenemos -dice Sancho-, donde apenas se halla cosa que esté sin mezcla de maldad, embuste y bellaquería”?

He celebrado hace dos años, con ocasión de la entrega del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, mi llegada a una España que no acepta las aventuras bélicas y que rompe clausuras sociales que hieren la intimidad de las personas. Hoy celebro nuevamente a una España empeñada en rescatar su memoria histórica, único camino para construir una conciencia cívica sólida que abra las puertas al futuro. Ya no vivimos en la Grecia del siglo V antes de Cristo en que los ciudadanos eran obligados a olvidar por decreto. Esa clase de olvido es imposible. Bien lo sabemos en nuestro Cono Sur. Para San Agustín, la memoria es un santuario vasto, sin límite, en el que se llama a los recuerdos que a uno se le antojan. Pero hay recuerdos que no necesitan ser llamados y siempre están ahí y muestran su rostro sin descanso. Es el rostro de los seres amados que las dictaduras militares desaparecieron. Pesan en el interior de cada familiar, de cada amigo, de cada compañero de trabajo, alimentan preguntas incesantes: ¿cómo murieron? ¿Quiénes lo mataron? ¿Por qué? ¿Dónde están sus restos para recuperarlos y darles un lugar de homenaje y de memoria? ¿Dónde está la verdad, su verdad? La nuestra es la verdad del sufrimiento. La de los asesinos, la cobardía del silencio. Así prolongan la impunidad de sus crímenes y la convierten en impunidad dos veces.

Enterrar a sus muertos es una ley no escrita, dice Antígona, una ley fija siempre, inmutable, que no es una ley de hoy sino una ley eterna que nadie sabe cuándo comenzó a regir. “¡Iba yo a pisotear esas leyes venerables, impuestas por los dioses, ante la antojadiza voluntad de un hombre, fuera el que fuera!”, exclama. Así habla de y con los familiares de desaparecidos bajo las dictaduras militares que devastaron nuestros países. Y los hombres no han logrado aún lo que Medea pedía: curar el infortunio con el canto.

Hay quienes vilipendian este esfuerzo de memoria. Dicen que no hay que remover el pasado, que no hay que tener ojos en la nuca, que hay que mirar hacia adelante y no encarnizarse en reabrir viejas heridas. Están perfectamente equivocados. Las heridas aún no están cerradas. Laten en el subsuelo de la sociedad como un cáncer sin sosiego. Su único tratamiento es la verdad. Y luego, la justicia. Sólo así es posible el olvido verdadero. La memoria es memoria si es presente y así como Don Quijote limpiaba sus armas, hay que limpiar el pasado para que entre en su pasado. Y sospecho que no pocos de quienes preconizan la destitución del pasado en general, en realidad quieren la destitución de su pasado en particular.

Pero volviendo a algunos párrafos atrás: hay tanto que decir de Cervantes, de este hombre tan fuera del uso de los otros. De sus neologismos, por ejemplo. Salvo él, nadie vio a una persona caminar asnalmente. O llevar en la cabeza un baciyelmo. O bachillear. Don Quijote aprueba la creación de palabras nuevas, porque “esto es enriquecer la lengua, sobre quien tienen poder el vulgo y el uso”. Hace unos años ciertos poetas lanzaron una advertencia en tono casi legislativo: no hay que lastimar al lenguaje, como si éste fuera río coagulado, como si los pueblos no vinieran “lastimándolo” desde que empezaron a nombrar. Cuando Lope dice “siempre mañana y nunca mañanamos” agranda el lenguaje y muestra que el castellano vive, porque sólo no cambian las lenguas que están muertas. La lengua expande el lenguaje para hablar mejor consigo misma.

Esas invenciones laten en las entrañas de la lengua y traen balbuceos y brisas de la infancia como memoria de la palabra que de afuera vino, tocó al infante en su cuna y le abrió una herida que nunca ha de cerrar. Esas palabras nuevas, ¿no son acaso una victoria contra los límites del lenguaje? ¿Acaso el aire no nos sigue hablando? ¿Y el mar, la lluvia, no tienen muchas voces? ¿Cuántas palabras aún desconocidas guardan en sus silencios? Hay millones de espacios sin nombrar y la poesía trabaja y nombra lo que no tiene nombre todavía. Esto exige que el poeta despeje en sí caminos que no recorrió antes, que desbroce las malezas de su subjetividad, que no escuche el estrépito de la palabra impuesta, que explore los mil rostros que la vivencia abre en la imaginación, que encuentre la expresión que les dé rostro en la escritura. El internarse en sí mismo del poeta es un atrevimiento que lo expone a la intemperie. Aunque bien decía Rilke: “[…] lo que finalmente nos resguarda/es nuestra desprotección”. Ese atrevimiento conduce al poeta a un más adentro de sí que lo trasciende como ser. Es un trascender hacia sí mismo que se dirige a la verdad del corazón y a la verdad del mundo. Marina Tsvetaeva, la gran poeta rusa aniquilada por el estalinismo, recordó alguna vez que el poeta no vive para escribir. Escribe para vivir.

Juan Gelman

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