Rosebud y dos poemas más de Jorge Aulicino

Rosebud

Es decir estuvo suficientemente solo bajo la rama de un arce.

Levantó los ojos, los bajó, con infinita insistencia.

Se privó de todo.

Y cuando levantaba la vista veía: el arce

-una palabra-; humo, una nube amarilla.

Y cuando bajaba la vista veía una mata de pasto aplastada.

Donde habitaban unas moscas grises.

El hecho finalizó hacia la primavera de 1956.

Cuando presentó su experiencia a los mayores,

Ellos entendieron que el chico volvía de la guerra de guerrillas

porque en realidad no dijo una palabra.

“Este chico hablará el día del Juicio”, dijo la abuela,

pero se equivocaba.

Aquella permanencia bajo el arce –una palabra-

Había sumido al chico en esta reflexión:

“Tengo la potestad de irme de las palabras,

lo que significa lisa y llanamente irme.

Y, de permanecer bajo el arce –una palabra-

No puedo decir nada, puesto que soy un chico bajo el arce”.

No había que entender que aquello significara nada.

Excepto que el chico estaba bajo el arce, definitivamente

perdido para los significantes,

en una eternidad que carecía de sentido.

En la casa aún vacía de mi hija

En la casa aún vacía de mi hija

ni muy nueva ni antigua

de techos altos y muchas habitaciones

la pintura no está bien

y hay detalles de mal gusto

como ciertos círculos de colores

adheridos a algunos vidrios

o la estufa de leños falsos,

pero es enorme y silenciosa,

se oyen los pájaros en el níspero,

el laurel, el limonero, las tejas

Mi hija aprecia esa riqueza

inestimable, ese

monte interior, salvaje

y protector,

ese jardín en el que despertó la especie.

Y el gato joven con su leve maullido que asomó

en una ventana de la galería alta

y la conventual luz

y la eternidad sin muebles

Sólo un ligero gesto de angustia muestra

por los detalles

de una no natural decadencia,

siempre en torno de las epifanía.

Hablamos en el auto de cómo quitar las calcomanías

con agua caliente y esponja de plástico.

Libro del engaño y del desengaño

1

Qué harás con los días sucios y fríos,

cuando el gato trepa a la ventana

y el tiempo recorta con salvaje continuidad

el perfil de los edificios en la ceniza del cielo.

Apenas dos o tres días, y la habitación luce desordenada, desierta,

ruedan por el suelo pelusas y fragmentos de hojas secas y la tierra

que entra por las rendijas, ávida de habitar los huecos

grises del pensamiento que no ha sido tratado durante semanas.

Amplia de alas y de rimas, la literatura abandonada.

Qué harás con los días si te dan la oportunidad.

Pedí misterio, leguas.

Pedí divinidad.

2

Lidiando con la idea de que la poesía es un sujeto sólido.

Atravesando aún los desiertos de la luz,

del agua y el crepitar de los techos.

Patios interiores cubiertos

de pátina de aceite, el olor grasoso de

las paredes por las que se desliza

la lluvia, el recorrido igual del agua

trazando mapas imprecisos:

disolución de los hemisferios,

huida del reptil confuso, cuyo dispositivo sin embargo

le permite percibir la intensidad del clima:

no los trazados, los diagramas, sino el calor de la sangre, la

cercanía del carnívoro, el acecho de los pájaros de presa.

3

De algún modo está todo asociado a las proclamas

lucubradas sobre una mesa; a los mapas

de las reyertas; al fatídico peso de los otros.

En tiempos de mal clima, en inviernos de hosquedad,

cuando sobre el cielo avanzaban humo y tormenta,

cuando eran las ciudades llenas de pesar y de vida;

cuando caminabas por calles con la mirada hecha palabra,

puro presente, malestar y convicción,

de algún modo sabías que el golpe de una puerta,

la tos sempiterna en el patio, los ruidos en las escaleras,

horadaban el espacio conquistado, reiteraban,

claveteaban, recordaban la lentitud, el peso, la densidad

en los que se hunden los días como en una sábana.

4

Ahora entrás en el living quieto, cómodo, y hay en él

sin embargo un deslizarse de suaves sombras. Es sábado.

Ventanas entreabiertas, cortinas detenidas.

Algo dice el living amodorrado. Habla de humanos que hablaron,

que dijeron, que fumaron, tosieron, escucharon

dentro de sí ruidos de armas y bastiones, ecos de órdenes

en los corredores entre sus huesos; una advertencia,

una lejana vibración que pautaba sus palabras, pues

no es gratuita el habla:  intercambiaban datos sobre el tiempo,

trituradas opiniones que podían modificarse como masa

en las manos de la conversación; sorbieron café sentados

en estos mismos muebles, y el aura de batallas y descubrimientos

estaba en los términos que emplearon; está en la distancia

que es al mismo tiempo cercanía de estos tapizados,

los lomos de los libros, la dócil madera de una mesa de apoyo

cuya pátina disimula una grieta, un astillado, un golpe;

acalla una mancha; oscurece el roce de una punta; amortigua un eco.

@JorgeAulicino poesía: https://campodemaniobras.blogspot.com.ar/

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