Dos cuentos de Spencer Holst

Ajedrez 

Hubo una vez una demostración de cortesía rusa. Hay en Rusia una ciudad bastante grande el centro de una vasta zona árida. En esta ciudad hay un club de ajedrez y quienquiera, en toda esa zona, esté seriamente interesado en el ajedrez, pertenece a este club.

Durante varios años hubo dos ancianos que estaban muy por encima de todos los demás miembros del club. No eran maestros, pero en esta zona eran los mejores jugadores, y a lo largo de los años los socios del club habían estado tratando de decidir cuál de ellos era el mejor; cada año había un concurso, y cada año los dos hacían lo mismo: primero, uno de ellos ganaba, después ganaba el otro, después empataban o declaraban tablas; el club estaba dividido, la mitad de los socios pensaba que el uno era superior, la otra mitad pensaba que el otro. Los socios del club querían tener un campeón.

De modo que decidieron que este año harían un concurso distinto: decidieron traer un jugador inferior, una persona completamente desconocida, ajena a la zona, y cada candidato jugaría con él una partida; y entendieron que cada uno de los candidatos le ganaría al jugador mediocre, de modo que no era cuestión de ganar o perder, sino que resolvieron más bien votar después, tras estudiar y discutir el juego de cada uno de los candidatos, y que le otorgarían el campeonato a aquel que jugara con mejor estilo.

La noche del torneo llegó, y el primer candidato jugó con el jugador inferior hasta que el jugador inferior finalmente se encogió de hombros y le dijo: “Abandono. Usted gana, obviamente”. Momento en el cual el primer candidato se inclinó e hizo girar el tablero en redondo, tomando él la posición que el jugador inferior había abandonado, y dijo: “Continúe”. Jugaron hasta que por fin el jugador inferior recibió jaque mate.

Después el segundo candidato jugó con el jugador inferior hasta que finalmente el extranjero alzó sus manos y dijo: “Abandono”. Y el segundo candidato, exactamente como lo había hecho el primero, hizo girar el tablero en redondo y dijo: “Continúe”.

Jugaron por un rato hasta que el vencido jugador inferior, con expresión vacía, se echó hacia atrás y se encogió de hombros y dijo: “No sé qué hacer. No sé a dónde mover. ¿Qué haré?”

El segundo candidato torció la cabeza para entender mejor cómo veía su oponente el tablero, y después dijo cautelosamente: “Bueno, ¿por qué no mueve esa pieza allá?” El forastero miró el tablero sin comprender, y finalmente se encogió de hombros como diciendo: “Bueno, no puede causar ningún daño, y después de todo, qué importa, sé que voy a perder de todas maneras”. Con ese gesto movió la pieza allá.

El maestro frunció el cejo y examinó el tablero durante varios minutos antes de mover.

Su entrecejo se ahondó.

Las comisuras de su boca se cayeron.

Sus ojos se endurecieron, devolvió una hosca, pétrea, desafiante mirada a su público por un momento, antes de decir con una voz ronca que todos pudieron escuchar: “¡Abandono!”

Saltó de su silla, alzó rápidamente su bastón con puño de oro y lo descargó sobre el tablero de ébano y marfil, partiéndolo por la mitad.

Salió corriendo de la habitación, murmurando en voz alta una larga, vigorosa letanía de blasfemias que fue maravilloso escuchar.

Por supuesto le otorgaron el campeonato del club. Y de paso, pienso, demostró la manera apropiada de perder una partida.

Brillante silencio

Dos osos kodiak de Alaska formaban parte de un pequeño circo en que la pareja aparecía todas las noches en un desfile empujando un carro cubierto. A los dos les enseñaron a dar saltos mortales y volteretas, a sostenerse sobre sus cabezas y a danzar sobre sus patas traseras, garra con garra y al mismo compás. Bajo la luz de los focos, los osos bailarines, macho y hembra, fueron pronto los favoritos del público.

El circo se dirigió luego al sur, en una gira desde Canadá hasta California y, bajando por México y atravesando Panamá, entraron en Sudamérica y recorrieron los Andes a lo largo de Chile, hasta alcanzar las islas más meridionales de la Tierra de Fuego. Allí, un jaguar se lanzó sobre el malabarista y, después, destrozó mortalmente al domador. Los conmocionados espectadores huyeron en desbandada, consternados y horrorizados. En medio de la confusión, los osos escaparon. Sin domador, vagaron a sus anchas, adentrándose en la soledad de los espesos bosques y entre los violentos vientos de las islas subantárticas. Totalmente apartados de la gente, en una remota isla deshabitada y en un clima que ellos encontraron ideal, los osos se aparearon, crecieron, se multiplicaron y, después de varias generaciones, poblaron toda la isla. Y aún más, pues los descendientes de los dos primeros osos se trasladaron a media docena de islas contiguas. Setenta años después, cuando finalmente los científicos los encontraron y los estudiaron con entusiasmo, descubrieron que todos ellos, unánimemente, realizaban espléndidos números circenses.

De noche, cuando el cielo brillaba y había luna llena, se juntaban para bailar. Formaban un círculo con los cachorros y otros osos jóvenes, y se reunían todos al abrigo del viento, en el centro de un brillante cráter circular dejado por un meteorito que había caído en un lecho de creta. Sus paredes cristalinas eran de creta blanca, su suelo plano brillaba, cubierto de gravilla blanca, y bien drenado y seco. Dentro de él no crecía vegetación. Cuando se elevaba la luna, su luz, reflejada en las paredes, llenaba el cráter con un torrente de luz lunar, dos veces más brillante en el suelo del cráter que en cualquier otro lugar próximo. Los científicos supusieron que, en principio, la luna llena recordó a los dos osos primigenios la luz de los focos del circo y, por tal razón, bailaban bajo ella. Pero, podríamos preguntarnos, ¿qué música hacía que sus descendientes también bailaran?

Garra con garra, al mismo compás… ¿qué música oirían dentro de sus cabezas mientras bailaban bajo la luna llena en la aurora austral, mientras danzaban en brillante silencio?

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