Plan de entrenamiento: día 1

Hoy me levanté cansado, como ya es habitual. El sol me pegaba en la cara y la cama estaba completamente sudada. Me moví con pereza, frené la maldita alarma y pedí otro minuto más. Otro poquito más de sueño, incluso así, en esa húmeda situación.

Cuando me despegué de las sabanas me frené un instante. Vi mi panza. La note crecida. Le pegué una cachetada débil al costado y se movió como una marea de grasa. Wow, me dije. Realmente me he dejado estar. Y ahí quedó.

Fui a la oficina, respiré el habitual olor a pollo hervido (pegado a la oficina hay una fábrica procesadora de pollos) y cumplí con el trabajo de prensa. Sentí el agobio del día lunes y empecé a mirar con odio el reloj. Trajeron una computadora y hubo ciertas mejoras en la oficina, pero mi enojo no se iba.

Volví a casa. Quise poner el aire pero el auto se me quedaba, así que bajé las ventanillas. Durante unos instantes me sentí feliz por la sensación del viento y la transpiración de la piel. El cuerpo es sabio. Después me compliqué pensando finales para un cuento de terror, dije que lo terminaría al llegar a casa. Después pensé en lo difícil que sería sostener el trabajo si no arreglaba mi enojo con el mundo (trabajo en el área de prensa). Vi las sierras al frente mío, pero muy a lo lejos. Dejé de pensar. Las sierras azules, distantes. Estuve así un rato, hasta que tuve la sensación de que las sierras se alejaban. Aunque iba en dirección hacia ellas, la sensación era que se alejaban, infinitamente.

Volví a casa, me tiré en la cama un rato, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no dormirme. Los ojos se cerraban solos. No podía abrirlos. El calor. Toda la atención estaba puesta en lo insoportable del calor. Pensé que tenía que trabajar en el final del cuento. Casi terminado, está, pensé para darme ánimos. Pero no tenía resto de voluntad para escribir. El cuerpo comandaba. Estaba inquieto por una siesta. Pensé en leer. Dije que si leía se activaría la voluntad. Leí tres cuentos de Elvio Gandolfo y fumé un cigarrillo. Maldije ese día que estaba viviendo: el cuentista que una semana antes me había cautivado ahora era un infame impostor. Dejé todo y fui a orinar. Pasé un largo rato viéndome al espejo. Mi rostro cansado, agotado de todo. La barba de días sin afeitar, las ojeras, el pelo largo y desprolijo. Quise recordar cuándo había sido la última vez que fui al peluquero. Sentí que en el espejo había un extraño. Sin embargo ese del espejo era yo. No podía ser nadie más. Volví a la cama arrastrando los pies. Justo antes de dormirme, pensé, que entrenaría. Haría un poco de ejercicio. Algo básico.

Puse una lista de spotify con clásicos del rock. Limpié el garaje. Le quité las telas de arañas a las mancuernas. Puse la bolsa de boxeo en su lugar. La miré un rato; toda deshilachada, con cinta azul de concreto, con más de diez años de soportar mis tempestades furtivas. Mi odio. Saqué los guantes de boxeo y le di unos golpes tibios. Me moví como un boxeador profesional que está en el ocaso de su carrera, recordé los movimientos de Joe Frazzier. A la tercera combinación ya debo haber estado sudado. El sol me pegaba en el cuerpo. Salté la cuerda. Hice flexiones de puño. Después de varios minutos saltando la cuerda, amagué desmayarme. Tomé agua y volví a entrenar. Hice abdominales. El cuerpo se iba sometiendo, flexión por flexión, a las ordenes de la mente. Los músculos recordaron el sufrimiento del cuerpo y sentí un placer perverso. El karate, las tardes de gimnasio, la bolsa. El placer de entrenar. De autoinfligirse un castigo.

Cuando terminé el cuerpo me tiritaba. Pasé un rato largo viendo mi mano temblar. La sentí viva. Pensé en el dolor del día siguiente y sentí una profunda felicidad, de las intensas, de esas que se guardan en la memoria con nitidez. Me repetí que al día siguiente iba a entrenar igual de fuerte, solo para volver a tener esa sensación de agonía y felicidad.

El sol ya estaba oculto cuando apagué las luces y fui a bañarme. Hacía años que no disfrutaba tanto de un baño. La última vez había sido cuando me recibí, cuando la mugre era tal que todo el cuerpo parecía cubierto por una nueva piel, más gruesa y horrible aún que la de siempre.

Al salir del baño había escrito un poema. Estaba completo en mi cabeza. Me senté y lo escribí de un tirón. Sin que el cuerpo se quejara. Sin que la mente se enrroscara.

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