Sinombre

Una de las primeras mañanas, cuando apenas habíamos llegado, fui con Zen a las orillas del lago. Lo veíamos con tristeza; tanta agua, toda oscura y contaminada. Torciendo la cabeza, mirando el lago en vertical, dijo que el pueblo no debía tener nombre.

– Será mejor que permanezca sin nombre, sin llamar la atención.

– La gente necesita algo para creer.

– Ahora ya no. Los necesitamos vivos.

Después dijo que debían conseguir palas y voluntarios para hacer tres piletas de purificación. Lo había hecho en un videojuego y tenía fe que funcionara. Zen nunca había dejado de predicar la esperanza. En el pueblo en ese momento vivían tres familias y once individuos. La gente se guardó en sus casas, dijeron que había otros problemas que atender. Eran épocas de buenas lluvias.

Tres jóvenes y cuatro niños se acercaron a las piletas, sólo había dos palas, así que nos turnabamos. Los niños jugaban a las orillas del lago; se envalentonaban entre ellos para ver quien era el que llegaba más cerca del agua burbujeante. Después les dimos la tarea de vigilar el perímetro por si aparecía alguna horda.

Los primeros metros de tierra se excavaron rápidamente. Cuando llegamos a las piedras tuvimos que buscar picos. En una de las piletas usamos esas mismas piedras y la arena de un río seco. Lo más difícil de conseguir fue el cloro pero en la ciudad todavía quedaban depósitos sin ser allanados.

Me ofrecí a tomar el primer vaso de agua que purificamos pero Zen se negó. Se sirvió en un vaso de vidrio, la miró al rayo del sol y la tomó de un solo trago. El resto lo miramos atentos, de manera algo estúpida porque si moría no sería de inmediato. El color del agua era transparente pero se podían ver diversas partículas blancas que se movían en su interior. El sabor es distinto, como algo plástico, pero no es algo de qué preocuparse, dijo Zen.

Las piletas funcionaban, el agua tenía un sabor desagradable pero se podía tomar. Alguna gente del pueblo reconoció el logro, otra siguió opinando que era una idiotez, eso duró hasta que la sequía. Ahí empezamos a embotellarla y usarla en las ferias de trueque en la ciudad. Las botellas no tenían etiqueta pero con el paso del tiempo la gente terminaría reconociendo el sabor del agua. Le llamarían sinombre y para muchos sería el comienzo de una esperanza.

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