Algo se trabó adentro y la máquina dejó de serlo. Le reclamaría al guionista pero no sé dónde está. En internet aparece un tipo diciendo que los videojuegos son su escape al mundo, una gaviota se vuelve viral por el sonido que hace al respirar, parece que se ríe. El mundo real es un videojuego, si estás dentro sin saberlo podes reírte, pero si ves que es un videojuego estás lejos y se vuelve una burbuja asfixiante. También podes reírte, pero ya no es lo mismo. Lo sabes. Incluso te volves pretencioso, porque al ver que se trata de un videojuego no podes volver a meterte tan felizmente a matar zombies en el call of duty. “Llamado del deber”, ese es todo un nombre para un juego de guerra y exterminación. Siento un amor odio poderoso hacia la figura del zombie. Es actual. Me identifica. Mientras tomaba mates, encerrado en mi pieza, he escrito algunos cuentos cortos sobre zombies, que en mayor o menor medida son ficciones de cosas que me ocurrieron en la realidad. Hay uno que trata de la vez que vi a una chica linda y le dije que era una vieja. Lo hice sin querer. Después me masturbé pensando en ella. Fueron varias veces y todavía lo hago. La volví a ver hace poco en una feria de libros, al lado mío, con sus tetas y su sonrisa enérgica y toda esa certeza (la gente que anda por las fiestas con mucha certeza me da envidia, pero solo durante un instante). Entonces la saludo. Y le digo cómo estás. Y obvio, ella responde, que bien. Compro un libro de cuentos de E. E. Gandolfo. Recibo el cambio y vuelvo hacia ella que sigue a mi lado, fingiendo que mira libros, o quizá sí mira los libros. Y le doy un beso. Le digo que me voy. Ya te vas, dice ella. Sí, ya me voy, respondo yéndome. Esta vez no me masturbo pero sí pienso que ella estaba ahí para mí. El videojuego la sigue eligiendo, es curioso que no me quede con ella, tomando una cerveza. Sería solo decirlo, quizá no funciona, es cierto, quizá me rebota. Odio ser abandonado, eso ya lo sabíamos. El juego podría llamarse, has sido abandonado. Quizá paso demasiado aislado en esta pieza, si pudiera salir sería un poco más sencillo. Pero me nace abandonar. Cuando no tomo ninguna iniciativa, estoy abandonando personas, lugares, cosas. Debería salir. En especial porque lo más difícil es salir. Realizar ese primer movimiento, el resto es inercia. El problema es la interacción. Es decir, hablar. Poner palabras en orden oral. Hacer acentuaciones arbitrarias, elegir sin elegir. Escribir es superior a hablar, esto es indiscutible. El lenguaje es un virus dentro de este videojuego. Uno bien camuflado, que para la mayoría de las personas pasa desapercibido. Me pregunto por qué le presto tanta atención al lenguaje. Desde niño que era así. Apenas siendo un pequeño de cuatro años, en el jardín de infantes la maestra habló con mis padres para mostrarle una lista de palabras que me había escuchado decir. Eran palabras extrañas. Está en relación con lo anterior: algo se trabó adentro mío y la máquina dejó de serlo. ¿Por qué este virus se instaló con tanta soltura? Yo no hice demasiado para frenarlo, como si intuyera lo inevitable. El lenguaje es una vertiente del juego, otro juego dentro del juego. Las capas son infinitas. Para mi dios sería el guionista. De eso se trata escribir. Aunque no merezco grandes méritos (esos méritos pertenecen a los de Antes de Internet), estoy por encima de la media, en especial si me dejás la libertad de hacer lo que quiera y no me das ordenes. Es difícil ser dios en un esquema jerárquico. Por eso el trabajo se me da fatal. El periodismo está lleno de jerarquías. Además tenes que hablar con la gente. Pero en general eso de las entrevistas fluye bien, esa máscara me calza perfecto. El virus del lenguaje se combate con las preguntas. Lo supe de niño pero lo entendí hace poco mientras viajaba por el Asia. Pasé muchos meses de soledad en la ruta. Conocí gente hermosa que nunca volveré a ver. Hice el amor con dos mujeres que con suerte algún día olvidaré. El olvido es una sanación. El alzheimer es un regalo gordo. Suena cruel desde afuera, pero hablo de la experiencia: lo que olvido da lugar a la paz. Salvo las llaves de casa y de la oficina del trabajo. Siempre las olvido. El jefe es un idiota. Quiero decir que no sabe nada del videojuego. El juega, simplemente. Es feliz. Se lo ve todo el tiempo como su felicidad se desparrama por donde pasa. Es un horror. Algo horrible realmente. Él cree que está viviendo. No para ni un segundo de lamer pollas. En Argentina no usamos la palabra polla. Ni coño. Pero yo las elijo. Casi sin pensarlo, no es que me debata la vida en esto de elegir una estúpida palabra. Ellas vienen a mi, son mis esclavas como yo soy esclavo de ellas. Nos debemos el uno al otro, como si estuviéramos en una relación comprometida. No es que no haya querido el divorcio. Claro, todos lo hemos intentado. Pero es ceguera temporal. Nada se divorcia. Menos el lenguaje. A veces se cansa y deja de ser efectivo, son momentos horribles. Parecidos a la felicidad. Cuando algo se quiebra o vence internamente. Creo que es el cambio de cartucho, cuando sacas una línea de juego y pones otra. Como un cambio de discurso. Es difícil anteponerse a estas circunstancias. Si uno pudiera hacerlo sería un juego totalmente distinto, y eso ya sería otro nuevo cartucho. El cambio es impredecible. De lo contrario no es cambio, sino plan o algo así. Los políticos odiarán esto, pero es la verdad, ellos no pueden realizar ningún cambio, en todo caso creo que trabajan para demorar el cambio. No creo, como otros, que cambiar sea una gran capacidad. Pienso que lo han vendido bastante a ese lineamiento, la flexibilidad conviene en medidas insospechadas al mundito de los negocios. Si yo fuera el guionista quisiera que mis esclavos sean tan flexibles como el bigote de un gato.

Esta un poco espeso todo esto ¿no cierto? Abramos la ventanilla de esta nave galáctica y dejemos pasar un poco de éter fresco por nuestra cara agotada. Respiremos juntos mientras leen una historia concreta que ha crecido en los hervideros de mi cabeza. Si no queres esta bien, podes poner el video de la gaviota que parece que se ríe. Pero ya ambos sabemos que no se ríe.

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