Antes de encontrarlo se pensó que en la casa habitaba un fantasma. La gente llegaba, se instalaba y a los días desaparecía sin dejar rastro. Quedaban los rugidos a través de las paredes. Eran sonidos graves e intermitentes, que por su articulación parecían humanos. Hasta se pensó que decían algo, pero resultaba inentendible; como si la voz naciera de una garganta repleta de virutas de acero.

La mayoría de los forasteros se burlaban de que una casa con aberturas de madera maciza y rejas de hierro estuviera abandonada por una historia de fantasmas. Se mudaban felices y sin pensarlo dos veces. Pero a los días la casa volvía a estar vacía. Quizá la gente decidía marcharse a otro pueblo después de sufrir el insomnio de las primeras noches. Se entiende que nadie quisiera ser el nuevo cobarde del pueblo, pero el relato oficial era que la casa los convertía.

Un otoño llegó de las colinas Milán. Un hijo de hippies tardíos, de esos que empezaban a serlo ya descreyendo del mito. El hombre vino solo, con una guitarra, dos mochilas y la bicicleta. Cuando los vecinos le advirtieron de las historias y el posible fantasma Milán hizo silencio y después mostró una sonrisa. No hizo comentarios, y los pueblerinos pasaron a sospechar. Milán contaba que fue estudiante de medicina antes de La Urgencia. Después se dirigió al Gran Laboratorio en Villa General Belgrano y dedicó sus mejores años a buscar una cura.

– Tiempo perdido – dijo Milán.

– Sin fe todo se pierde, no solo el tiempo – dijo Renato de lejos.

– Siempre se pierde – dijo del otro lado de la barra Héctor.

– Hace muchos años tenía fe, pero ya me olvidé qué se siente.

– Este no es lugar para fe. Esta bien que se olvidara compadre – dijo Héctor.

– Ya está bien de palmaditas, para seguir en este mundo hace falta algo más – Dijo Renato – ¿Y viajas solo?

– No siempre. Antes… – se hizo un silencio – Éramos cinco.

– Ya veo.

– Fui a las sierras, los llevé conmigo. Al principio esa maquinaria alemana da esperanza, algo que creer, pero dura poco. Nada alcanza. Antes al menos la muerte alcanzaba. Ahora esa salida es el fuego. Amontoné una pila de leña alrededor de un pino seco, los vi arder. Aunque ya se habían ido, sentí que me quedaba solo de vuelta.

– Siento eso. Pero seguís. – dijo Renato.

– Es la costumbre de respirar. Y la guitarra.

– Se parece a uno de ellos – dijo Walter – ¿no será uno de ellos cierto? Uno de esos malditos camuflados…

– Tranquilo Walter – intervino Héctor sin dejar de fregar un vaso.

– Dicen que en Japón ya descubrieron la cura y la están… – dijo Renato y siguió un rato con esa historia que también contaban en la radio.

– Antes de esto en Japón ya no quedaba ningún humano – replicó Walter.

– ¿Y acá sí?

– Acá sí. Todavía creen en fantasmas – dijo Milán.

– Los anteriores dijeron lo mismo y ya no están acá – Walter terminó el whisky y se marchó.

– ¿Es cierto que todavía tienen agua corriente y electricidad en Belgrano?

– Sí, y combustible. Cada tanto se veía un helicóptero que venía del centro de Juárez Celman. Era un evento.

– Yo me hubiera quedado ahí. Acá el agua es turbia y la comida escasea. Y eso solo para empezar.

– No pude seguir. Ese horrible olor a las criaturas hacinadas en celdas de vidrio. Se te impregna en la ropa, en el pelo, debajo de las uñas, entra por detrás de los párpados hasta el cerebro.

– Acá también trabajamos con ellos. Tengo una teoría que… – Renato siguió pero ya oscurecía y la gente se iba yendo.

Las primeras semanas Milán pasó como un charlatán de buen nivel hasta que resolvió el problema del fantasma. Lo hizo, dijo después, por pura necesidad fisiológica; las paredes emanaban algo que le quitaban el sueño. Además de los rugidos de hierro. Algo que ya le había dado problemas para acostarse con una maestra de la escuela.

Una noche despertó en la madrugada y apoyó la oreja en las paredes; las fue tanteando de cerca, respiraba suave, se acercaba y se alejaba de distintos puntos. Las tocaba con las yemas de los dedos y daba golpecitos con el puño cerrado. Nada calmaba los rugidos. Sintió que el miedo se iba apoderando de su cuerpo. El corazón le latía más fuerte. Quizá las historias de los pueblerinos eran verdaderas y estaba en peligro. Salió por la puerta delantera con un mareo, casi se cae sobre el piso de madera. Desde la galería miró la silueta del bosque en una noche de poca luna, se acordó de los espeso que lucía de día. Al rato se calmó y entró a la casa, tenía la intención de seguir amaneciendo al frente de ese paisaje.

Los fantasmas están en la mente, pensó antes de dar un martillazo al revoque de la pared. Después dio otro golpe y asomó un conglomerado de ladrillos rojos. Siguió golpeando hasta descubrir una cañería oxidada. La caldera, susurró con media sonrisa. Continuó demoliendo las paredes para descubrir a dónde llevaba esa cañería. Dio con una escotilla. Al abrirla reconoció el olor a putrefacción que salía.

Empuñó una linterna en la izquierda y un machete de cocinero. Bajó los escalones nauseabundo, sin querer respirar.

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