Un cigarrillo en la cantera

En el valle se escuchaba un ruido suave pero constante, como una lluvia que venía de lejos y nunca se detenía. Los que podían escucharlo solían hablar de lo irritante que era. Un músico deambulante lo comparó con los grillos de la noche, cien grillos encerrados en tu cabeza, durante todo el día, lo dijo en su último espectáculo antes de mudarse a otro pueblo.

Sancho, un niño que solía andar solo a la hora de la siesta, conocía las historias que contaban los más viejos acerca de aquellos ruidos. Eran muchas las teorías que escuchó y todas, en distintas medidas, le causaban miedo. Quizá porque entre las versiones de la gente no había acuerdo, y cada quien contaba lo que le dictada exclusivamente su oscura imaginación. El niño sentía, invariablemente, de que el mal ya estaba adentro de todos ellos. De la anciana de los gatitos, que gritaba a los vecinos si tocaban a sus mascotas. Del párroco de la iglesia que vivía en soledad. De la familia de granjeros que atendía la despensa como si nada hubiera ocurrido con el mundo pero sin embargo jamás fiaría ni medio vaso de agua. De la profesora de plástica que no usaba corpiño y se encerraba en el baño durante la clase. De su padre que no salía de la casa, ni se movía del sillón donde afilaba cuchillos. De su madre que había desaparecido una tarde después de gritarles a todos. De las amigas de su hermana que volvían del río con piedras que usaban para amenazarlo. De los chicos más grande que él, que iban en bicis oxidadas por el pueblo de punta  apunta sin aburrirse. De sus primos que mataban palomas con la ondera y las encerraban en jaulas para verlas resucitar con los ojos lechosos.

Sancho no pensaba de que si estaba en el pueblo de alguna manera él también estaba condenado. Él mismo se veía como alguien especial. Salido de la norma. Su padre alguna vez se lo había dicho y a él le pareció algo notorio. De allí que pasara más tiempo afuera de su casa y del pueblo que adentro.

En una de sus tardes de ocio Sancho decidió rastrear el ruido hasta su fuente. Se alistó para atravesar el bosque, cargó con agua dos botellas y armó un sandwich de lechuga y tomate. Al rato de adentrarse en el bosque el sonido se escuchaba más fuerte y nítido. Sancho seguía sintiendo ese miedo invisible y poderoso pero la fuerza de resolver el misterio le empujaba. Dio varias vueltas antes de encontrar la cantera. Los vio desde una ladera y al instante supo que las historias que se contaban en el pueblo eran todas falsas. Eran cientos de criaturas encerradas por el desmoronamiento de una montaña de rocas alcalinas, como las palomas muertas que sus primos mantenían en cautiverio. El miedo del niño se deshizo y se convirtió en poder.

Por las tardes, después de clases y sin decir ni una palabra de adónde iba, el niño visitaba la cantera. Mantenía con aquellas criaturas una especie de juego íntimo; las estudiaba de cerca, les ponía nombres, les dibujaba rostros sanos en un cuaderno Gloria, les inventaba historias de qué profesiones tuvieron antes de La Urgencia. Le excitaba verlos enloquecidos por el olor a carne viva. Antes de visitarlos tomaba la precaución de perder a los demás niños en el bosque; no confiaba en ellos para guardar el secreto. Si los adultos descubrían el cantero era probable que decidieran quemarlos. Quizá no lo hubieran hecho porque la gasolina era demasiado costosa, pero aquel niño prefería no correr el riesgo. Era inteligente e intuía que el odio y el miedo juntos consiguen sus objetivos.

Meses después de encontrarlos se le ocurrió un gesto para mimar a las criaturas; un poco de música. En lo alto del montículo de escombros ubicó dos parlantes portátiles y los conectó a un viejo MP3 que le robó a su hermana. No se fijó en la canción, simplemente dio play. Por casualidad, o no, lo que sonó fue how to disappear completely. Las reacciones de las criaturas fueron tenues, muy por debajo de sus expectativas. El niño se aburrió. Los insultó con furia en su mente, les tiró unas piedras y se arrepintió de haber cargado los parlantes en su mochila. Se arrepintió de haber pasado tanto tiempo en esos últimos tiempos cerca de esos animales muertos. Se convenció que debía madurar y sacó del bolsillo un cigarrillo que había encontrado por la mañana cerca del bar. Mientras la canción se repetía el niño probó por primera vez en su vida lo que era fumar. Pensó que con eso entendería mejor a los adultos. Estuvo unos instantes prestando atención a la manera correcta de agarrar el cigarrillo. Lo apretaba con fuerza, sin posibilidad a que se cayera. Le dio fuego con un encendedor bic y aspiró.

Tosió un par de veces y volvió a tragar el humo, haciendo un esfuerzo. Se quedó a la espera de un placer que no aparecía. Vio confundido la ceniza del cigarrillo. Le hubiese gustado estar con algún amigo verdadero a quien decirle que había fumado y no era la gran cosa, pero no supo si tenía de esos amigos. Tiró al suelo el cigarrillo todavía encendido y se percató de que la música ya no sonaba. Tampoco se escuchaba el ruido al que estaba acostumbrado hacía años. Otro sonido distinto fue creciendo a sus espaldas; los yuyos altos rozándose, agredidos por algo más que la briza.

Giró bruscamente su cabeza; durante un instante creyó que conocía esa imagen, la había visto en algún lado, las rocas le resultaban familiares, el grupo de criaturas que se abalanzaban sobre él. Era su final, lo había dibujado en las historias de su cuaderno, sintió que también lo había soñado y mezclado con sus fantasías. Lo había buscado con sus propias acciones, lo habría podido evitar, pensó. Pero entonces ya los tenía encima.

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