Cae un hombre herido 

La herida es la quinta que recibe, se le ha congelado el pecho, emite un sonido seco, quebradizo. En retrospectiva este año Tim ha sido limpiador de retretes, mozo, barman, distribuidor y dueño de una carnicería. El debacle empezó cuando los zombis arruinaron el ganado de la pampa.
La herida se abre de manera definitiva cuando el jefe, un viejo joven que ha abierto una consultora política de ultra derecha, le comunica, mientras se sacude el pito, que prescindirá de sus servicios.

– Terminá ese retrete y después andá nomas. No te pongas mal, ya vas a ver  que se te pasa rápido. ¿No es la primera vez cierto? Siempre pasa. Las cosas pasan.

El jefe termina su oración, se sacude y le da un apretón de manos. Tim quiere morderle la oreja y escupir el cartílago sobre la alfombra beige de su oficina de lujo. Y quizá comerse una parte de sus sesos, se imagina untando sus dedos en esa gelatina de neuronas. Pero nada de eso ocurre,  Tim se queda pasmado. De a poco las piernas se le aflojan y cae de rodillas. La cuarta herida fue hace un mes y medio. Ya no puede más.

Lo que no crece se pudre, piensa con su último aliento de lucidez. El cuerpo se queda esparcido y enfriándose sobre la alfombra.

El jefe tiene razón, piensa cuando la computadora vuelve a encenderse pero ahora en la total oscuridad. Al rato se levanta y ya es uno más entre los demás. Imposible de reconocerlo. Pensar que pudo ser un artista, un ingeniero de la destrucción. Ahora busca en silencio su rumbo. Tal vez hasta tenga mejor suerte caminando así. Del todo congelado.

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