Hebe Uhart, la abuela literaria que uno sueña

Hebe Uhart, la autora de Viajera crónica, Un budín esponjoso, Visto y oído, entre otros, acaba de ganar el prestigioso Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas. En esta entrada compartimos algunas de sus respuestas en la entrevista que le hizo  y uno de sus cuentos para el deleite de los lectores.

Dos semanas atrás, un jurado de notables —compuesto por César Aira, Martín Kohan, Alejandra Costamagna, entre otros— decidió entregarle Hebe Uhart el Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas. Este galardón que se da en Chile y está dotado en 60.000 dólares es uno de los más importantes de Sudamérica. Se premia la trayectoria y el aporte al diálogo cultural y artístico de Iberoamérica. Uhart se suma, así, a una lista que integran Rubem Fonseca, Ricardo Piglia, Horacio Castellanos Moya, Margo Glantz y César Aira. “Estoy contenta porque me lo de Bachelet; no me lo da el otro, Piñera”, dice. “Yo prefiero a Bachelet”.

 Siempre, desde chica, tuve buenas críticas. Los únicos que me jodieron por haber escrito fueron los novios.

“¿Cómo se vive el reconocimiento? Depende de las edades”, dice. “En realidad nunca recibí malas críticas. Siempre, desde chica, tuve buenas críticas. Los únicos que me jodieron por haber escrito fueron los novios. Uno me dijo ‘¿Yo a vos te trato mal? Porque vos escribís y yo quiero escribir pero no me ayudás’. Pero él quería ser más burguesito y para escribir, te tenés que desclasar. Tenés que poner las energías ahí, no en optimizar tus recursos. Si ponés las energías en optimizar tus recursos, los optimizás, pero va en detrimento de lo otro que vas a hacer, porque esto requiere más atención”.

—En Visto y oído hay una crónica de un viaje a Córdoba de tu etapa de maestra.

Ese fue un viaje muy interesante a Embalse Río III, que se había hecho para juntar a todos los chicos del país. Yo ahí era vicedirectora de una escuela de Santos Lugares. Los chicos nuestros eran suburbanos, pero prácticamente capitalinos; inmediatamente manejaban el espacio como si fueran los dueños. Los chicos jujeños —porque ahí se veía bien cómo es el país en sus distintas manifestaciones— venían de un pueblo y no habían visto nunca un colectivo. Los maestros los dejaban encerrados y ellos se quedaban quietitos. Había chicos de la villa, de Entre Ríos, del Chaco. Los chicos de Mendoza no le daban bolilla a nadie porque venían de un colegio privado caro. Ahí te das cuenta que la integración forzosa es muy difícil. Yo les decía a nuestros chicos que las chicas jujeñas eran muy lindas. ¿Sabés qué me decían? “¿Usted llama lindo a eso?” Claro, a los 11 o 12 años son crueles.

El cuento prometido: El budín esponjoso.

Yo quería hacer un budín esponjoso. No quería hacer galletitas porque les falta la tercera dimensión. Uno come galletitas y parece que le faltara alguna cosa; por eso se comen sin parar. Las galletitas parecen hechas con pan rallado o reconstituido. Los únicos que saben comer galletitas como corresponde son los perros: las cazan en el aire, las destrozan con un ruido fuerte y ya las tragaron en un suspiro, levantando un poco la cabeza.

Tampoco quería hacer un flan, porque el flan es un proto-alimento y se parece a las aguas vivas. Ni un bizcochuelo borracho, que es una torta ladina. Es una masa a la que se le pone vino; uno va confiado, esperando sabor a torta y resulta que tiene otro; un gusto fuerte y rancio.

El bizcochuelo esponjoso que yo quería hacer era como una torta que comí una vez, que venía hermosamente envasada en una cajita: se llamaba torta Paradiso. En la caja había una figura de una mujer, con un vestido largo: no recuerdo bien si era una mujer y un hombre o una mujer solamente; pero si era una mujer solamente, estaba esperando a un hombre.

La torta Paradiso era tan esponjosa como nunca volví a comer nada igual; no es que se deshiciera en la boca; apenas se masticaba suavemente y uno sentía que todos los procesos de masticación, deglución, etc., eran perfectos. Además no era como las galletitas, que son para comer cuando uno está aburrido; era para pensar en la torta Paradiso alguna tarde y comerla, alguna tarde de lindos pensamientos. Cuando vi la receta “Budín esponjoso”, dije: Con esto, voy a hacer una cosa semejante. Le pedí a mi mamá que me dejara usar la cocina económica para hacerla.

—Ni en sueños —me dijo.

La cocina económica nunca se encendía; era un artefacto negro y grande que tenía una tapa también negra. Nunca supe cómo era por dentro ni cómo funcionaba. No se usaba porque parece que era fastidiosa. Estaba todos los días en la cocina como un fastidio desconocido. Era como el horno para hacer pan; en el fondo había un horno para hacer pan pero yo no vi nunca hacer pan allí ni asar nada. Este era considerado otro fastidio, pero al aire libre. Pero para mí eran diferentes; de la existencia de la cocina económica yo rara vez me acordaba porque era como un mueble. Del horno sí, porque cada vez que me iba a jugar, iba a saltar desde la base del horno (previa mirada adentro, a lo oscuro, ya que estaba, lleno de ceniza vieja, de mucho tiempo atrás) hasta el suelo. Parecía un palomar el horno y si alguna vez habían hecho pan ahí, nadie recordaba y parecía que no quisieran recordar, como si ese horno trajera malos o despreciativos recuerdos. En la cocina económica no era posible que yo hiciera budín esponjoso, en la cocina común, tampoco. Entonces pregunté:

—Puedo hacerla en el galpón?

—Sí —me dijo mi mamá.

Podía hacerlo en el galpón con un calentador.

En la cocina no, porque los chicos enchastran la cocina. En el galpón mi mamá iba a prender un calentador (es peligroso, los chicos no deben manejarlo).

Hice el budín en una cacerolita que por su tamaño ni era apta para hacer sopa ni nada. Yo no conocía a esa cacerolita verde, sería de algún juego anterior cuando yo no había nacido.

Si el calentador era tan peligroso, como decían, yo no sé cómo mi mamá se arriesgaba a darle fuelle con ese inflador. A cada bombeada mi mamá se arriesgaba a ser quemada por un estallido; puede ser que la muerte no le importara.

Como ese budín tenía que dorarse arriba, sobre la cacerolita verde había unas brasas peligrosas. Para esta empresa yo quería que me ayudara mi amiga que vivía enfrente. Desde el día anterior le dije que tenía permiso para hacer el budín esponjoso y quedó en venir. Vino con cara de haber venido por no tener otra cosa mejor que hacer y participó en calidad de observadora reticente. Ella tampoco tenía miedo de la muerte por estallido de calentador y cuando se bajaban las llamas, bombeaba dándose el lujo de dar una última bombeada fuerte, como diciendo “Lista esta merda”. Pero yo advertí que no bombeaba como contribución al budín, sino por el ejercicio en sí, por hacer algo, porque ella estaba acostumbrada a manejar ese artefacto y le resultaba una cretinada que se apagara, por el hecho en sí.

Ya la cacerolita estaba al fuego con el budín esponjoso adentro; pero yo quería ver si ya estaba cocinado; mejor dicho, quería ver cómo se iba cocinando. Igual que un japonés que tenía un vivero y se levantaba de noche para ver cómo crecían las plantas.

Pero no podía levantar esa tapa que estaba llena de brasas; le pregunté a mi amiga y se encogió de hombros.

—Ah, ya sé —Pensé— Con un palo largo.

Agarré un palo largo de escoba y traté de pasarlo por la manija de la tapa; mi amiga me ayudaba, con reticencias. Cuando intentábamos abrirla, vino mi mamá y mi amiga puso cara y aspecto general (lo que además era cierto) de que no tenía nada que ver con esa idea luminosa del palo. Mi mamá supo enseguida que esa idea era mía.

—¡Qué manía! —Dijo— De mirar las cosas crudas, antes de que se hagan! A eso le falta mucho.

Cuando ella se fue, pude levantar la tapa con un palo más fino y pude espiar apenas un momento el pastel. Tuve una idea vaga, pero todavía parecía un panqueque, no tenía la tercera dimensión.

—A lo mejor todavía sube —me dijo mi amiga y me propuso hacer otra cosa mientras. Pero yo no me iba a mover hasta ver qué pasaba.

Al rato lo abrí, ya definitivamente, porque no se podían sacar y poner las brasas a cada momento: el pastel se había puesto de color marrón subido, se había replegado en si mismo en todas direcciones: a lo largo y a lo ancho. Quedó como una factura marrón, de esas que llaman vigilantes.

Mi mamá dijo:

—Es lógico, yo ya suponía.

Yo pensé que para los grandes la confección de soretes era una cosa lógica e inevitable.

Pero yo no lo comí ni nadie lo comió. Usted tampoco hubiera podido comer eso.

 

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