El origen de Frankenstein

Por Gustavo Berriel

En opinión de algunos, la ciencia-ficción surgió en Ginebra (Suiza), en una legendaria casa junto a un lago, de la potente imaginación de una mujer, una noche lluviosa y fría del extraño verano de 1816, cuando un puñado de personas (incluido el mítico Lord Byron) se encontraban confinadas junto a ella en aquella residencia, desde hacía días, por causa de un mal tiempo que parecía interminable.

En última instancia, la responsabilidad por ese prolongado encierro recaía en un lejano volcán (el Tambora, situado a miles de kilómetros de esa finca, en la isla de Sumbawa, en la actual Indonesia), que al entrar en erupción en 1815 generó –para 1816– el famoso “año sin verano” (“The year without summer”): hubo descensos bruscos y totalmente anormales de temperatura en varios sitios del planeta (fundamentalmente en el hemisferio Norte), tormentas de nieve en lugares cercanos al Ecuador y lluvias torrenciales por doquier (con pedriscos gigantes incluidos, en algunos casos), que engendraron consecuencias desastrosas para las cosechas y el comienzo de importantes hambrunas.

Byron alquilaba por aquel entonces aquella espléndida residencia llamada Villa Diodati, situada junto al lago de Ginebra, entre montañas, y recibió en calidad de huéspedes estivales a la pareja conformada por Mary Shelley (nacida 18 años antes como Mary Wollstonecraft Godwin) y Percy Bysshe Shelley (filósofo, poeta romántico y activista político con ciertas inclinaciones radicales). Pasaban el verano allí, además, Claire Clairmont (hermana adoptiva de Mary y en aquella época pareja ocasional de Byron, de quien esperaba una niña) y John William Polidori, médico personal del anfitrión y asimismo escritor.

El clima de toda Europa se vio drásticamente trastornado en los meses subsiguientes al episodio volcánico indonesio, y aquel verano boreal suizo de 1816 pareció más bien invierno, con frío, lluvias y vientos permanentes.  Polvo, gases y cenizas provenientes del Tambora fueron llegando sobre Europa en las semanas posteriores a la erupción, y acabaron conformando una especie de escudo contra la luz del sol.  Los días de aquel verano eran oscuros, con crepúsculos de coloración alucinante y anormal, hostiles y fascinantes a la vez, según se infiere de recuerdos consignados por la propia Mary Shelley en alguna anotación testimonial.

A instancias de esas circunstancias, el grupo pasaba la mayor parte del tiempo en el interior de la mansión Diodati, dedicando muchas horas a la charla, la lectura y la escritura, habida cuenta de que todos ellos, en mayor o menor grado, albergaban inquietudes literarias.  Entre otros temas de conversación, se hablaba con frecuencia de las teorías y experimentos del filósofo del siglo XVIII Erasmus Darwin (abuelo del mismísimo teórico de la evolución, Charles Darwin), relativos al poder de la electricidad para revivir cuerpos inertes, en aplicación de las ideas del galvanismo.  También se compartían lecturas, y el grupo disponía en la ocasión de una vieja antología alemana de historias de fantasmas, que captó la atención de los presentes en más de una de aquellas veladas de confinamiento forzoso en la casona.

En ese clima –atmosférico y psicológico– se llegó a la noche lluviosa y fría que con el paso de los años terminaría haciéndose leyenda.  Se hallaban anfitrión y huéspedes reunidos en la sala, junto al fuego de la estufa, bebiendo vino.  Afuera, el mal tiempo imperante, lejos de dar tregua, parecía empeorar.  Relámpagos y truenos imponentes, en lúgubre combinación, rajaban de lado a lado, cada tanto, un ominoso cielo negro.

Entonces a Lord Byron se le ocurrió una idea, que lanzó en forma de reto al grupo: a modo de macabro torneo, propuso que cada uno imaginara y escribiese la historia más espeluznante que su sentido del horror le permitiera concebir.

De los presentes, Mary Shelley fue, sin duda, la que obtuvo un resultado más notable a partir del desafío lanzado.  Aquella noche tormentosa de ribetes siniestros supondría para ella, al fin y al cabo, el chispazo inaugural en la gestación de Frankenstein, su novela más famosa y –simultáneamente, en opinión de algunos estudiosos– obra fundacional de un género literario nuevo, que muy lejos de allí y sólo muchas décadas más tarde, ya bien entrado el siglo XX (EEUU, década de 1920), adquiriría un desarrollo de entidad y un nombre propio: “ciencia-ficción”.

En realidad, aquella noche Mary no empezó propiamente a escribir su célebre relato, sino que apenas engendró una vaga idea, o quizá, incluso, tan sólo la intuición de que algo grande –aunque embrionario todavía– comenzaba a tomar forma en su interior y saldría pronto de su pluma.  El tema de la creación o recuperación eléctrica de vida en cuerpos o miembros muertos, tratado recurrentemente en aquellas veladas, debió, seguramente, causar honda impresión en la escritora, quien, algunos días más tarde, todavía en Villa Diodati, lo fantaseó o visualizó una madrugada, muy vívidamente, en formato de ensoñación o pesadilla.

Vi (…) con una nítida imagen mental, al pálido estudiante de artes impías, de rodillas junto al objeto que había armado. Vi al horrible fantasma de un hombre extendido y que luego, tras la obra de algún motor poderoso, éste cobraba vida, y se ponía de pie con movimientos torpes y poco naturales”, recordaría años después la autora, en alusión a la agitada madrugada en que encontró, por fin, el tema y los personajes de su extraordinaria narración.

La idea inicial era escribir un texto breve, pero la historia fue ganando su imaginación y terminó en novela. Mary Shelley trabajó en ella durante un año y medio aproximadamente, entre aquella noche del “torneo”, en que empezó a “pensarla” o vislumbrarla de algún modo, y enero de 1818, cuando fue publicada por primera vez, en Londres, en calidad de libro anónimo.  Durante todo ese proceso, al parecer, contó con la asistencia de su marido, Percy, en cuestiones de gramática y estilo.

Percy Bysshe Shelley, poeta romántico, filósofo y activista político, recibió una compensación con creces por esa ayuda prestada a la redacción de Frankenstein, de parte de su esposa, algunos años más tarde: tras la trágica muerte del poeta (acontecida en 1822, cuando navegaba en un velero por costas italianas), la escritora se dedicó durante varios lustros a conseguir la publicación, la difusión y el reconocimiento de la obra de su marido, y podría decirse que obtuvo un éxito razonable en dicha empresa.

Frankenstein o el Moderno Prometeo (tal el título completo de la novela) no fue el único libro escrito por Mary Shelley, pero sí, indudablemente, el que alcanzó mayor repercusión dentro de su obra e instaló su nombre en los anales literarios.  La autora produjo una media docena de novelas más (incluyendo dos históricas), libros de viajes e infantiles, poemarios y una enorme cantidad de biografías, entre otras cosas, aunque nada de ello logró el brillo y la resonancia de aquel relato tenebroso producido en su primera juventud.  

La historia del monstruo artificial–natural, ensamblado por un “científico loco” con diversos miembros y segmentos tomados de cadáveres y cosidos entre sí, al que da vida mediante una imponente descarga eléctrica, provocó a su vez en la literatura el efecto de un rayo imponente, que dejaría un sello indeleble y opacaría el resto de la producción literaria de su autora.

No todos los aficionados o estudiosos de la ciencia-ficción coinciden en la aceptación de esta novela como piedra fundacional del género, y señalan otras obras, anteriores o subsecuentes, para ocupar ese sitial: Utopía, de Tomás Moro (1516); Somnium, de Johannes Kepler (1623); El otro mundo, de Cyrano de Bergerac (1657/62), algunas novelas de Julio Verne o de H. G. Wells, y aun leyendas milenarias, como el antiguo mito griego de las estatuas animadas de madera diseñadas por Dédalo (padre de Ícaro y también diseñador del laberinto de Minos), o el del Gólem, en la tradición judía.

Sea como fuere, existe un consenso amplio en reconocer en Frankenstein, cuando menos, como una referencia ineludible y cierta, que no puede dejar de mencionarse –eventualmente junto a otras– al rastrear el nacimiento de la ficción científica (otro nombre utilizado a veces para referirse al género).

A partir de la segunda mitad del siglo XVIII, la Revolución Industrial comenzó a cambiar irreversiblemente el mundo occidental.  En relativamente pocas décadas (y de un modo que se iría acelerando), los adelantos tecnológicos fueron trayendo aparejadas drásticas transformaciones de los paisajes económicos, sociales y culturales, acompañadas en algunos aspectos de auténticos avances pero también, sin duda y frecuentemente, de incertidumbres, angustias y pesadillas que se volvieron, en algunos casos, espeluznantemente reales.

Aquella noche turbulenta de aquel año sin verano, de clima adulterado y cielos perturbadoramente extraños, en aquella casa junto al lago, entre montañas, una joven de conciencia inquieta se animó a asomarse, de algún modo, hacia “otro lado” (que gravitaba o acechaba desde la inminencia).  Osó ensoñar o vislumbrar otros paisajes, quizás anticiparse o acaso sólo imaginarlos, bajo la lógica de algún juego macabro que la escogió, tal vez, como pionera o pitonisa.  Y se atrevió, luego, a contarlo, en unas páginas que no se olvidarían.

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Gustavo Berriel nació en la ciudad Montevideo, Uruguay, donde estudió Comunicación. Se define como amable, rebelde por naturaleza y un poco neurótico. Suele dar largas caminatas por la ciudad investigando su alma. Ama escribir en lengua española desde que fue alfabetizado. Editó libros de forma artesanal (poesía, ensayo).  La idea de que el arte puede cambiar al mundo lo cuenta entre sus adeptos.   

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